viernes, 8 de febrero de 2013

Besemos el silencio del hueso cien minutos después de ninguna parte.

El cáliz venenoso, tóxica luciérnaga de oscuridad
atraviesa mi garganta enfermándome
retorciéndose como un animal vivo en mi interior.

La Muerte observa estremecida
como mis dedos trastabillan sobre el teclado
y es por ello que esconde todos los cuchillos, que cierra todas las ventanas
que se abrocha con nerviosismo el cinturón de seguridad
sabe que voy a intentar escribir un poema
y que tal vez, esta vez, tenga éxito.

(…)

He visto mariposas de madera armadas con nubes y dedales
estrellándose con fuerza contra la atalaya de políticos
policías, curas, sindicalistas, empresarios demagogos
y toda esa caterva de seres infames y mezquinos
que expolian la poca dignidad que nos queda.

He visto al pájaro azul empezando a cantar
y a toda esa comunidad de almas aguadas
que provocan que el mundo agonice
sin una chispa de talento y de verdadera singularidad
muriendo ante la revolución violenta y real
de unos versos afilados.

**
Exactamente un año después de ayer
¿o quizás fuera un catorce de febrero?
el decadente sintió el abrazo asesino de la loca
quejándose, herida en su orgullo
porque su recuerdo no era inmortal.

¡Oh, puta egocéntrica!
nunca llegaste a comprender
que la fuerza de un poema reside
en que no busca, ni necesita
compañía
solo la mirada cariñosa
de un único
e idolatrado
lector.

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