domingo, 1 de julio de 2012

Trilogía Decadente De Una Mente Sin Recuerdos (I)

Llevo un rato mirando la pantalla sin saber sobre qué escribir. Cuando me sucede eso suelo ponerme a leer algún libro o alguno de los blogs que tengo en favoritos, incluso los periódicos digitales. A malas puedo hablar de política, de economía. Otras veces me remonto a mi pasado. O a mi incierto presente/futuro. También suele surgir el tema del amor. Pero para la decadencia hace falta algo más.

La gente cree que las palabras son como las caras bonitas, se ponen juntas y obtenemos un resultado. No es así. Quizás en otros géneros puedes simularlo, esa mierda de libros llamados –bendito google- Chick-lit, postfeministas que presentan a mujeres de clase media-alta obsesionadas con las compras y los ejecutivos perversos, o peor aún, clones de Bridget Jones cliché de neurótica impresentable. Crear un argumento donde la pija descerebrada de turno tiene como mayor tesoro un bolso que vale ocho veces el salario medio interprofesional y está enamorada del guapo y misterioso, o del guapo bonachón, o del guapo cabrón, debe de resultar aburrido pero inmensamente sencillo. Tanto como escribir sobre vampiros y hombres lobos, o sobre zombies que conquistan el mundo. Pero la gente quiere escapismo, una palabra tras otra, ser feliz. Una felicidad mongoloide, pero felicidad a fin de cuentas.

La decadencia, sin embargo, es más complicada de trasladar al texto, tiene que haber un estado anímico concreto para que sea creíble, tiene que haber soledad, aislamiento, ira, resignación, un corazón deshilachado, una mano aterida a una copa de vino. Leed las biografías. ¿Es masoquismo? Quizás. Y cobardía, derrotismo e incapacidad para sociabilizarse. Defectos. Pero dejando un enorme zurullo en la base de la Pirámide de Maslow diría que la felicidad es subjetiva, independiente de necesidades y estereotipos culturales, que la autorrealización es posible si no existen carencias espirituales. Tampoco quiero decir que el artista tenga que sufrir, a lo sumo tiene que esforzarse y ser perfeccionista, lo único que pido es, y perdonad el exabrupto, COJONES. O si la expresión mundana no es del gusto de las múltiples feminazis del lenguaje: OVARIOS. Sí, simple y llanamente. Se trata de llenar la página de forma visceral, da igual si es decadente, humor paródico, o cualquier mierda biográfica que para vosotros resulte importante, no podéis dejar indiferente. No hace falta ser zafios, podéis expresar mucha mierda en una poesía, pero hay que ser sincero, porque el único público real eres tú, y no merece la pena venderse si pierdes la oportunidad de mostrarte.

Quizás lo he comentado anteriormente, no reviso mis post antiguos, la decadencia, el realismo sucio, es una gran broma nihilista, se puede simplificar diciendo que es la cultura del fracasado, como ver Fight Club y pensar que solo trata de un esquizoide terrorista. Pero hay más cosas. Ves ahí abajo a un loco que ha tocado fondo y ese agravio comparativo que todos tenemos tan interiorizado te hace sentir mejor con respecto a tu vida. Pero luego observas que el loco no grita: canta. Y te deja estupefacto, ¿qué cojones hace ahí, porque no está llorando, porque no quiere subir? Y sientes esa sutil falta de libertad que te rodea. Él es un gilipollas, eso por descontado, pero es libre. Se ha bajado momentáneamente de la rutina adocenante de cuarenta horas de trabajo, de dos horas de colas y/o transporte público, de parejas posesivas, de esa única agenda que todo el mundo sigue sin plantearse si le hace feliz. Y resulta que el bufón, el loco, se ríe del traje nuevo del emperador.

No necesitamos bajar a su agujero para aprender de él, desde aquí se le escucha, solo tenemos que aprovechar la oportunidad, cuestionarnos, valorar nuestro tiempo con otro baremo. Y a veces el insomnio nos sorprende con el gorjeo de nuestro propio pájaro azul. Y es un canto orgulloso, real, enfático. Las cosas más importantes son inaprensibles.

Ahora, con vuestro permiso, voy a seguir bebiendo.

High Hopes by David Gilmour in Concert on Grooveshark