sábado, 7 de julio de 2012

Sueño de una noche de verano (III)

Julio ha comenzado y me siento más loco de lo habitual. Quizás sea la falta de dinero, la dieta de alcohol, levantarse, como en tiempos de la universidad, con un par de chupitos de vodka. Años perdidos, brindis corroyendo el cerebro. Tantos grandes escritores, con grandes premios y fama, todos borrachos, alcohólicos. Lo cual indica que escribir no debe de resultar tan difícil y que quizás su gran interés era solo limar el tiempo, buscar la desconexión. Odio julio. Demasiado calor. Pero no es solo por eso, ya he gastado medio año. Medio año siendo un animal, un animal que come, caga y eyacula en soledad. No ha habido fricción existencial en ningún momento. Para eso hace falta cojones y mis bolsas escrotales son meramente ornamentales.

Intento sublimar esta apestosa soledad escribiendo, pero no sé cómo continuar la historia. Miro la pantalla idiotizado y echo otro chorrito de vodka al vaso de vino. Es una grata combinación, aunque prefiero el tequila. Me imagino el físico de Shannen Doherty para mi protagonista, una especie de Bonnie insatisfecha que busca en el lugar inadecuado, con esa potencialidad chisporroteando en sus pupilas. Unas pupilas, como el resto su cuerpo, dilatadas por las drogas y el placer. Se pone a cuatro patas para excitarle. Piensa que lo suyo es diferente, como pensamos todos, es lo malo de vivir las cosas en primera persona, te haces excesivas ilusiones sobre el resultado. El amor la tira del pelo, la muerde, poso de culpabilidad, marioneta del sexo. La rebeldía, la libertad, la juventud. Y todo sigue su curso hasta que el orgasmo, como accidente existencial, acaba con la pantomima.

Esto no funciona. El texto fluye, o simplemente es mierda llenándolo todo, más basura aquí y allá. Me viene una arcada real y vomito sobre mi ordenador, esos de oficina que consigo de segunda mano. Una economía también decadente. El procesador hace un ruido extraño y el monitor se apaga. Bien

Cojo la botella de vino y salgo al exterior. Son las tres de la madrugada, todo está en calma, todo el mundo está en su casa, en la cama, han hecho los deberes. Duermen el sueño de los justos, acompañados, todos, sin excepción, después de haber masturbando el cuerpo de su pareja con más o menos gracia. Ahora tocaría la parte hostil, violenta, peligrosa, psicópata. Pero no, soy alguien tranquilo, me gusta observar el botón rojo de destrucción pero nada más. Muchas veces me veo obligado a socializar con ellos y sus sempiternas ofensas, pero veo a la mayoría como perros recién atropellados, desorientados, salpicando con su sangre y su dolor. Debería de responsabilizarme, sacrificarlos, pero me siento ajeno, un desahogo de ese tipo no me haría sentir vivo.

La gente sigue ahí arriba, en sus casas, con sus planes, su dinero, su trabajo. Y yo aquí abajo, caminando solo con mi botella de vino barato. Quizás tenga un problema con el alcohol, no sería el primero de mi familia. Mi familia. Empiezo a recordar ciertas cosas y con ellas a mi abuela, y en un gesto excesivo decido acercarme al cementerio. No tardo más de media hora. Es sencillo llegar, cementerio de pueblo, no demasiado grande y sí demasiado cerca. Tenemos status de ciudad por el número de habitantes, pero la chabacanería y las viejas costumbres son más difíciles de quitar. Cuando llego doy vueltas alrededor hasta que veo un árbol junto a la pared por el que puedo escalar fácilmente. Salto con la agilidad propia de un idiota y casi me desfondo la rodilla. En cualquier caso la botella está a salvo. Recuerdo cuando era niño que veníamos a menudo a limpiar la lápida de mi abuelo, cogía agua y paseaba por ahí. Nunca me he sentido melancólico o triste en un cementerio, más bien como un observador, un curioso, alguien a quien le llama la atención la fechas, los apellidos, la ostentación, el abandono de algunas lápidas. Tengo demasiado interiorizado el carácter absoluto de la muerte, el final de todo, por eso los cementerios siempre me han parecido de una excentricidad anacrónica.

De todas formas el ambiente provoca inquietud, quizás sea el silencio, estar ahí en medio de la nada, pisar una tumba de tierra sin darte cuenta. Tardo un rato en encontrar la lápida de mi abuela, me siento sobre ella y echo un trago. Pienso en las últimas palabras que intercambiamos en el hospital, en lo irreconocible que estaba en el tanatorio, en cómo me resistía a llorar el día que la enterramos.

En ese momento alguien enciende un cigarro con una cerilla, al estilo Marla Singer, y me da un susto del cojón.

Kierk: Joder, ¿quién coño eres?
Es una chica morena, media melena, con una borrachera considerable por la forma que tiene de acercarse a mí. No debe de medir más de 1.60, rellenita. Lleva una falda vaquera y un top negro. Tiene anillos en varios dedos y un colgante demasiado grande para mi gusto. No se puede decir que sea guapa, es más bien del montón, pero tiene unos ojos ámbar de medusa que me dejan noqueado durante unos segundos. Se sienta a mi lado, echa un trago a la cerveza que lleva y eructa con una sonrisa.
Mujer: No voy a follar contigo.
Kierk: Ja, ja, ja. Joder, no puedo negar que solo por el hecho de decirlo ya me has despertado las ganas. De todas formas soy muy gilipollas, alguien de extremos, o te respeto como a una hermana o te violo antes del alba. Deberían de sacrificarme, no estoy aprovechando el regalo de la vida.
Mujer: Te noto triste, desahuciado, perdido, si necesitas de alguien que te salve has venido al lugar equivocado. Los fines de semana me veo con un hombre casado, me saca más de quince años. Es divertido, pero a veces, después de follar, empieza a gimotear cuando se pone el anillo. A pesar de todo sigue llamándome, es parte del juego.
Kierk: Me siento intimidado, ¿Qué edad tienes, veinticinco?  ¿Qué cojones haces aquí?
Mujer: Vivo cerca, me gusta venir de vez en cuando a beber, a pensar. ¿Te llevabas bien con tu abuela?
Kierk: No. Pero me apetecía despedirme. Podría decirte que soy presa del Ennui, pero la verdad es que mis tendencias suicidas son motivadas por cosas más estúpidas.
Mujer: ¿Y antes de cortarte las venas con esa botella de vino barato, decidiste que la única cosa que tenías pendiente era despedirte de tu abuela muerta? Poético. Triste. Lamentable. Quizás haces bien, quizás sea lo más lógico. Ahora sí que me gustaría follar contigo. Creo que sería un final adecuado para esta noche.

Empieza a caminar y elige una lápida. Es una chica rellenita, poco atractiva, sin embargo, en esa breve conversación, en la forma de desnudarse, de quitarse la ropa interior y ponerla debajo, en como alarga el brazo y se ofrece, me subyuga. Hay algo dentro de ella que trasciende, que es real, sincero, sin imposturas, en la forma que adopta su boca cuando la penetro, en la forma desinhibida de moverse, en la lógica de sus orgasmos. Me corro dentro de ella. Había olvidado como era dejarse llevar completamente.

Ella espera unos minutos y luego se levanta. Hace un gesto con la mano y escucho como se aleja. Dejo caer la cabeza, busco con la mano la botella y pego el último trago. Ni siquiera le he preguntado su nombre. Me giro bruscamente y la busco con la mirada. Pero solo hay niebla y silencio.
Unos segundos de duda y ya ha dejado de existir.

Ostinato by Herbie Hancock & Chick Corea on Grooveshark