jueves, 12 de julio de 2012

Recuerdo

Destino es una palabra romántica, y por tanto irreal y estúpida, el miedo al caos utiliza ese tipo de palabras como cobarde cancerbero de la conciencia.

Aunque un blog, al igual que un diario, que cualquier apunte perdido en una libreta, no deja de ser algo efímero –me encanta esta palabra- también podríamos ir más allá y llegar a la conclusión nihilista de que todo lo es, incluidos nosotros mismos, todos nuestros orgasmos, triunfos, fracasos y experiencias. Tantos anhelos para al final morir mirándonos el agujero del calcetín, rodeados de nada y de todos, con miedo, con necesidad de más, recordando las sobadas palabras del replicante de Blade Runner.

Y aunque escribir es como hablar el idioma de los aeropuertos, como descubrir que los finales son bendiciones contradictorias, es un consuelo saber que siempre puedes editar, añadir, quitar, mejorar. Siempre hay una segunda oportunidad para arreglar las cosas, para pedir perdón, para comprender sin límites de tiempo ni consecuencias, como si el espíritu de la escalera claudicase ante el perfeccionismo de tus dedos. Puedes rendir un homenaje, o parodiarte. O cambiar los detalles. Aunque eso ya lo hace la memoria.

Ángel tenía un restaurante familiar, de esos pequeños, de comida casera, acogedores, de los que todos conocen el nombre de los demás y siempre hay conversaciones de mesa a mesa. Fui allí durante diez años. Conocí a su mujer que era la cocinera. A su hijo que le ayudaba aunque odiaba ese trabajo y quería ser militar. Y a Ángel en particular, que había sido torero y había disfrutado de cierta fama hasta que tuvo una tremenda cogida que le lastró con una cojera de por vida. Los dos últimos años fueron malos para el negocio, pero también para su carácter. No era feliz, no hacía feliz a la gente de su alrededor. Cuando pasas tantas horas implicado en un negocio es comprensible que te obsesione, que se convierta en su vida. El último año empezó a tener mareos, cada vez estaba más cansado. Tenía incluso momentos de insensatez con su familia, con los clientes de más confianza.

En julio ya era evidente que le sucedía algo. Tuve una conversación al respecto, le dije que no veía sentido a que estuviera todo el día trabajando, que adelantase las vacaciones, o que al menos cerrase una tarde para ir al médico. Él me miro con cierta suficiencia y desdén y me replicó que había que ser responsable. A finales de esa semana su mujer consiguió convencerle para ir al médico. Era demasiado tarde, el tumor que le provocaba los mareos, el malestar físico, los cambios de humor, acabó con su vida quince días después, con tan solo cincuenta y un años.

Y aquí, entre la segunda y la tercera cerveza, me he acordado de él, de sus conversaciones, cuando alguna vez estábamos solos en su restaurante los sábados y se emocionaba contándome alguna de sus faenas, o aquella vez en París cuando estuvo con tres mujeres diferentes la misma noche. O cuando preparaba sus postres caseros, las torrijas, los flanes, y dentro de lo que cabe, se le veía feliz.

La historia no es muy amena, ni encierra ninguna conclusión. Simplemente sucedió.

Satie: Gnossienne #4 by Erik Satie on Grooveshark