martes, 24 de julio de 2012

Postdata.

Bolaño está sobrevalorado, como casi todo lo que nos rodea, pero luego tiene frases, vulgares en su obviedad, que te dejan pensativo: "La soledad sí que es capaz de generar deseos que no se corresponden con el sentido común o con la realidad."

Y es terriblemente cierto. Es llamativo cómo funcionan las relaciones humanas. Tropiezas con una persona entre millones, casualidad más que causalidad, una copa de más en una noche en la que te sientes solo, y quizás por ello más receptivo o desesperado. Inicias una conversación. Las palabras son anzuelos. Quizás os guste el mismo escritor o el mismo grupo musical, quizás solo te gusten sus ojos, o sus tetas. En cualquier caso intentas que el encuentro se repita. Todo es muy endeble al principio. Pero los matrimonios suelen surgir así, en un cine lleno de asientos vacíos, sin que tenga nada que ver el puto destino. La vida es un tapiz que te da la espalda y que intentas desentrañar mientras eludes las trompetas de la justicia poética. Sigues por tanto sincerándote, construyes una amistad llena de pequeñas confidencias y dependencias. Y finalmente verbalizas el deseo sexual.

Aquí se nos presenta una situación curiosa. Ella ni siquiera es demasiado guapa, tampoco inteligente, pero claro, ¿qué es la inteligencia? Dicen por ahí que hay siete tipos, que normalmente todos destacamos en alguno. No deja de ser una forma condescendiente de hacernos sentir especiales, cuando solo somos la mierda cantante y danzante, catastralmente mediocres. Y eso sin hablar de los adictos a la televisión, los deportes y las mayorías absolutas del PP, que además son idiotas especializados.
Nos rodea una engañosa pátina cultural que nos hace escupir las opiniones más vanguardistas o populistas –el sofisma de la mayoría siempre tiene razón- como robots, esquivando el sentido común, sin discriminar la información, sin tomarnos el tiempo necesario para pensar una respuesta. La inteligencia por el contrario, te deslumbra, te sorprende.
Esta chica no lo es. Como coartada escribe poemas llenos de filigranas que son clichés de pura mierda, sucedáneos sin alma, una página al azar del diccionario de sinónimos. Dan vergüenza ajena pero se mueve en un circo en el que todos aplauden y ríen.

A pesar de eso te empiezas a hacer ilusiones, quieres intentarlo, quizás confundas vacuidad con introspección. Pero es una mala decisión, porque descubres demasiado tarde que nuestra protagonista es una calientapollas. El pensamiento visceral que surge es que además es una mentirosa, ¿cómo llamarías sino a una mujer que verbaliza toda clase de sentimientos para luego, como un cervatillo ante los faros de un coche, quedarse paralizada cuando quieres algo más?
Si fueras un mero espectador admirarías lo intuitiva que se muestra al dosificar su morbo, pero claro, eres su víctima. A pesar de todo, siendo justos, tienes el corazón en la bragueta y por eso perdonas o relativizas vuestras incompatibilidades, por eso sigues creando entelequias haciendo caso omiso de su falta de acción, pintando un premio sobre una imagen cada vez más irreal.

Pero un día la niña-mujer tiene un despunte de pragmatismo cartesiano, le preocupa salir de las sombras y provocar mi decepción, mi bostezo. Por eso, con una vulgar excusa, apaga mi foco y huye con una sonrisa ofendida. Al día siguiente, lo que ella considera un lapso de tiempo prudencial, se levanta la falda para que puedan olfatear su ropa interior con facilidad. Así es el juego. Esta vez pondrá su coño, su culo y su boca. Y será más o menos feliz. No conmigo claro, con un satélite en forma de perro, ha comprendido que es más sencillo mirar hacia abajo que hacía arriba. Un razonamiento normal para un alma aguada.

Por eso tengo que borrarla, escupir en su recuerdo, quemar sus cartas, hacer desaparecer su huella física. Emparedar su número de teléfono, convertir su voz y sus canciones en un sonido grimoso y desagradable.

Pero al final no requiere tanto esfuerzo, ella es como uno de esos árboles de navidad artificiales que despojados de adornos caben en una caja minúscula de cartón. Menos que nada. Un mareo carente de significado, que ahora, desde tan lejos, no entiendes como ha sucedido.

Y sin embargo by Joaquín Sabina on Grooveshark