sábado, 21 de julio de 2012

Kierk (I)

Si no traduces alguna letra o disfrutas de alguna grabación en directo, se tiende a pensar que Joy Division está sobrevalorado. “…en una habitación sin ventanas, en una esquina, encontré la verdad. Interpretando tu muerte con sombras chinescas” No suele haber justicia poética, solo revisionismo peor o mejor encauzado, como The Killers destrozando Shadowplay. Sigue siendo una de mis tres opciones preferidas para la banda sonora de mi suicidio. Siempre hay malos ejemplos. Taxi Driver, esa enorme crítica a la sociedad americana que nadie entendió, siendo encumbrada precisamente por eso. Bukowski, ese viejo indecente con suerte, chapoteando sobre el teclado mientras su mente pierde el equilibrio en el borde de un vaso. ¿Hay una libertad real ahí?

Ahora estoy en su fiesta de despedida, con los demás imbéciles del trabajo. Uno a uno mostrando sus sonrisas como piezas de dominó, la retórica ahogándose en maniqueísmos, bromas de mal gusto, coqueteos y desmembramiento público. Pero es la última oportunidad que tengo de disfrutar de Leonor. Cada vez estaba más agobiada por esta sensación de supervivencia perpetua que hay en España, como si cada día fuera una fotocopia gris del anterior. Por eso se va a Londres, ha conseguido un buen trabajo, quiere divertirse, mejorar el idioma, sorprenderse, y cuando esté agotada la experiencia irse a otra parte. Tiene la elegancia de no presumir demasiado.

Leonor tiene el pelo azabache cuervo y los ojos grises, inteligentes, tristes, inquietos, vívidos. Tiene una nariz insolente y los labios muy finos. Se le forma una pequeña arruga en la comisura cuando no le gusta algo, como si no se atreviera a fruncirlos del todo. Es menuda y de pechos pequeños, voluptuosa pero delicada. Apenas lleva cuatro meses trabajando con nosotros, pero solo por la manera que tiene de echarse el pelo atrás y mirarte de reojo ya fue capaz de enamorarme el primer día.

Cuando dejamos el restaurante y nos dirigimos a una discoteca cercana, pienso que sería demasiado melodramático pedirle que se quedase o sugerir un primer y único encuentro sexual. Siempre la he observado de lejos, no sé cómo reaccionaría, quizás se mostraría cínica o bromease alegremente.

Me dedico a beber mientras ella baila rodeada de idiotas. Hiere la sensibilidad verla en un lugar tan mezquino, como un Van Gogh en un garaje. Decido entre la tercera y la cuarta copa salvarla a pesar suyo. Pero justo cuando me desprendo con un sonido hueco de la barra alguien se abalanza sobre ella y le asfixia la boca. No suena el trueno de la bofetada y para mi sorpresa es correspondido con animosidad. Al final alguien tendrá su ración de sexo esta noche.
Consigo acercarme sin que el orgullo me haga trastabillar y me despido de ella. “Te deseo suerte, el amor está sobrevalorado, pero a pesar de eso te quiero” Hay demasiado ruido para que haya podido oírlo, pero por si acaso me doy la vuelta y huyo rápidamente.

El taxi me deja en casa. Pienso en llamar a una puta, desfondar la conciencia, amargar el placer, un poco de compañía. Pero ya es demasiado tarde incluso para eso.
Justo cuando me voy a rendir llaman a la puerta. Son las tres de la madrugada, ¿quién cojones será? Abro pero no hay nadie. En el suelo hay un paquete. Lo abro. Es un mapa antiguo de tela con varias zonas señaladas, y en una esquina, bordado con letras doradas, la siguiente leyenda: “El mapa de la vagina de oro

(Continuará)

Shadowplay by Joy Division on Grooveshark