sábado, 28 de julio de 2012

Interludio poético para mi inmensa minoría.

El canto de plañidera es una nevera vacía donde juegan las ratas,
el éxtasis después de la agonía es el amor que se aprende de los que fueron y ya no son.
La esperanza es una canción sin letra, como la mejilla seca de una flor que encuentras entre cartas de amor llenas de polvo.
Y antes de que el musgo cubra tus labios y borre su nombre de la tumba,
recuerdas que no soportaba vivir en voz alta, enamorada de un silencio con forma de corpiño.
La conjetura no deja de ser un mar sobre un mar, un pasillo embrujado que oculta un dentro de un yo.
Y ningún revolver cargado podrá deshacerlo.

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Te gustan los charcos, las canicas, los laberintos emocionales que llenan la boca y despellejan rodillas, la poesía que huele a habitación estancada, sudor y sexo, los cigarros que se apagan en los dedos mientras escuchas a los cipreses llorar por el viento.
No te gusta pertenecer a las cosas, a la gente. Quieres ser una piel demolida a golpes de besos y abrazos, quieres ser la tinta derramada que transforme el dibujo, quieres iluminar una habitación con tu saliva y recordar como las mariposas brotaban de tu coño y se posaban en mis manos antes de morir.

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Rojo. Rojo insomnio. Como el vino de rosa putrefacta, como unos ojos cobrizos pasados por el tamiz del deseo, como el carmín de una puta, el virgo granate, el rubor escarlata, como los rubís que anidan entre tus piernas, como el mar desencantado ante un atardecer de mal presagio. Y allí donde mire el mundo es rojo, mi querida pelirroja, una herida abierta que sigue supurando tu ausencia.

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