lunes, 19 de diciembre de 2011

En busca del tiempo perdido.

Y vuelvo a hablar con ella con la excusa de la Navidad. Y me cuenta sus planes. Después de cuatro meses sigo igual. Me enamoré de ella sin percatarme y aún sigo igual de jodido, a medio camino entre las lluvias inconexas y el masoquismo hilarante. Antes pensaba que caer en estos apocalipsis sentimentales era una cuestión de edad, de falta de experiencia, de vacíos existenciales, una falta de control, de lucidez, de madurez…un poquito de ridículo universal que me salpicaba y limpiaba con un gesto condescendiente.

Porque no tiene ningún sentido, solo es especial en mi cabeza, un paraíso perdido que jamás ha existido. Pero nada, la náusea no atiende a mis razonamientos. Nausea para dormir, comer, vivir.

Llego al trabajo desahuciado, no hay nada mejor que un trabajo basura a deshoras para hacerte sentir mejor con tu experiencia vital. Hablo con una compañera de trabajo, Kali, una cápsula de morbo asiático pequeña y simpática. De alguna forma le caigo bien a pesar de todo. Y en un arrebato le cuento lo que me pasa. Ella se me queda mirando, algo sorprendida quizá, y me empieza a hablar de Pablo...

"Cuando le conocí ni siquiera me fijé en él, no era mi tipo, alguien normal. Pero la segunda vez que coincidimos sucedió algo extraño, me quedé subyugada, como si todo a mí alrededor desapareciera. Pero él siempre estaba ocupado, viajaba mucho y parecía como si el destino nos impidiera quedar. Yo siempre le estaba llamando o enviando mensajes. Ahí fue cuando lo fastidié: le demostré abiertamente que le quería. Un error, porque si algo he aprendido de todo esto es que cuando eres tan sincera el interés que pudieran tener en ti desaparece. Así es como funcionamos. El caso es que siempre terminaba haciéndome desplantes. Nunca me he vuelto a rebajar tanto por alguien. Pero también es cierto que nadie, ni antes ni después, me ha besado como él, lo que sentía cuando me besaba era algo incomparable. Nunca tuvimos sexo. Increíble decir eso ahora. Toda esta situación duró unos dos años. Los últimos ocho meses estuve todos los días levantándome pensando en él y acostándome de la misma manera. Al final conseguimos quedar de nuevo, una hora, quizás hora y media, a su lado el tiempo perdía sentido. A pesar de los meses que habían pasado era como si hubiera sido ayer cuando nos habíamos visto. Nos despedimos y me fui a un cumpleaños. Pero me había olvidado el regalo en la cafetería. Le llamé y se ofreció a recogerlo y quedar para dármelo al día siguiente. No me llamó. El lunes fui allí. Nadie había ido a buscarlo. No le importaba nada, era una mierda para él. Me tiré llorando dos días seguidos, ni siquiera me daba cuenta, solo empezaba a sollozar y no paraba, daba igual que fuera en un autobús o en el trabajo. Tardé un año en olvidarle. O al menos en conseguir que no me importara tanto que no estuviera en mi vida."

Son las dos de la madrugada. Me invita a tomar una botella del lote de navidad en su coche y seguir conversando. Me parece bien, al final es más fácil hablar de las cosas tristes que de las alegres.

Descorchamos el cava tibio. Seguimos. Me habla de la náusea, del vacío horrible que sientes. De dolor. Y sonrío, porque aunque no tenemos mucho en común nadamos en el mismo río metafísico de empatía. Compramos tabaco. Hay un momento en que me dice que le recuerdo a Pablo, me pide que no le susurre porque la pongo cachonda. Y no puedo evitar echarme a reír, quizá por el cava, la situación o porque realmente los dos tenemos muy claro que solo podemos ser amigos.
Me cuenta otras historias sentimentales que ha tenido antes de ser madre. Le hablo de Domi. “Es una venganza” Joder: tiene sentido. Es acojonante lo clarividente que pueden llegar a ser los demás con cosas que para ti son nudos gordianos.

Son casi las cuatro de la mañana, me gusta esa extraña libertad que impulsa romper con la rutina, hacer cosas imprevistas. El cambio de color del semáforo que tengo enfrente es casi una nana a la vida. Kali habla de sus cuitas actuales. Esta jodida. Tiene dos niños, pero vivir con su pareja no le hace feliz. No se ve con él toda la vida, falta pasión, han cambiado demasiado y ya no quieren las mismas cosas. La comunicación en la cama se ha roto, o quizá nunca hubo demasiada. Pero tiene miedo, claro. Y siente esa necesidad de ser romántica, cariñosa. De tener otras experiencias. De libertad. Y ahora no puede, porque primero tiene que tomar una decisión y asumir las consecuencias. Y se reprime. Y eso le hace sentirse jodida. A pesar de todos sus planes y la ilusión con la que afronta la vida.

Intento llenar el silencio que se ha impuesto después de eso con algunas tonterías. Quizá más por mí que por ella. Pero es hora de irse. Nos abrazamos y me voy. Hace mucho frío.

No duermo bien. El masoquismo, claro: solo han pasado cuatro meses.

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