miércoles, 24 de agosto de 2011

Elemental, mi querido Rorschach

Habitación con olor a comida, sudor y animal muerto. Rorschach de pie en ropa interior gesticula ante el espejo, Erika tumbada en la cama fuma su desaliento entre las sabanas rancias. La única nota de color es un foulard azul enroscado en el cabecero junto al resto de ropa femenina.

Rorschach: Bueno Sherlock, ya sabes que te admiro ¿Qué piensas de todo esto?
Sherlock: El truco es una solución al 7% de cocaína. En cuanto a las mujeres, hazme caso: no merecen la pena, son –y perdona la pausa dramática me tengo que inyectar – un despropositito sin talento, no es misoginia, es que desconfío abiertamente de ellas. Quédate solo.
R: Intentaré hacerte caso, eres la persona más inteligente que conozco…
S: Elemental, mi querido Rorschach.
R: Tú nunca dijiste esa frase…
S: Hay que estar a la altura del mito, ¿Te preparo un chute…?

Erika: ¿Puedes dejar de hablar solo? Me pone nerviosa…
Rorschach: Tienes la molesta costumbre de interrumpirme. Ayer estaba hablando con Hemingway y estaba a punto de convencerle para que alejase la escopeta de su cabeza. Nos estábamos tuteando una vez llegado al acuerdo de que el Viejo y el Mar era una puta mierda sobrevalorada.
E: Tu mente esta muy dañada y aun no he encontrado ninguna excusa en tu biografía.

Rorschach pone la radio -suena algo de música clásica- tira la sabana al suelo y mira el cuerpo herido de Erika con una sonrisa.
R: Me encantan tus quemaduras, aun no me has dicho como fue el accidente, algo extraño seguro, solo tienes quemado el torso y parte del cuello, ni extremidades ni cara, únicamente tus amantes pueden disfrutan del espectáculo. Me encantan tus pechos, es como si hubieran apagado miles de cigarrillos en ellos y tu espalda es una región de tatuajes volcánicos.

Erika recoge la sabana y se vuelve a tapar.
E: Eres un puto loco, un acomplejado, casi diría que solo te gusto por mis cicatrices.
R: Tú eres la insegura, estamos en un mercado de carne, solo tienes que revolotear de madrugada en cualquier local y pedir tu ración de sexo, barra libre para tu vagina. Sin embargo yo te quiero, eso es más difícil de encontrar.
E: Sí, es una lastima que hables con gente muerta y que tu mayor aspiración sea seguir en esa mierda de empleo de horario nocturno.
R: No nos enfademos, llevamos solo tres días de relación, ¿Vemos alguna película, compramos algún libro, follamos?
E: No me gusta últimamente como me follas, buena banda sonora, intensos preliminares, pero luego me siento como tu hermana.
R: Me veo incapaz de hacerlo de otra forma la verdad, no sé si es porque te quiero o porque tengo algún episodio oscuro en mi infancia que me impide golpearte mientras te llamo puta.
E: ¡Oh Capitán! ¡Mi capitán! Nuestro espantoso viaje ha concluido… te voy a dejar por ese motivo, necesito violencia en la cama, necesito sodomización verbal, que alguien pierda el control sobre mi. Lo siento, era cuestión de tiempo.
R: Te comportas como una zorra pero ya estoy acostumbrado. Adelante, busca tu felicidad a pesar de mí.

Erika se viste con su conjunto de lencería rojo mortalmente atractivo. Ya esta fuera de mi alcance. Se despide. Adiós. Adiós…
La angustia sobrevuela la habitación, no podré olvidarla jamás, no podré superarlo nunca, cada pequeño detalle enquistado por la magia del amor en mi cerebro, convirtiendo cada fetiche en un altar. No importa si han sido tres días o treinta años, algo transcendental ha acontecido y merece mi respeto perpetuo.

R: Siento tus pies desnudos taconeando mis pensamientos, luz asperjada en el aguacero de mi cara, la nostalgia de tus manos convertida en sombras chinescas de un desamor encanecido…solo fuimos un momento de ternura, mentes farfullando sobre el orgasmo, camisas de manga larga ocultando el delirium tremens de una obsesión…fuimos como…como…

Desgraciadamente mis intestinos no entienden de poesía ni desgarros sentimentales y una violenta necesidad diarreica hace que doble las rodillas por los retorcijones. Me muevo rápidamente hacia el baño pero el destino tiene a bien de humillarme de nuevo: no hay papel higiénico. Mierda. Miro asustado la habitación ponderando las posibilidades, se acaba el tiempo. Pero allí, en ese rincón, la esperanza se viste de azul. Y con el hermoso foulard en las manos me dirijo al baño pensando en aquella chica del trabajo y cuanto costará emborracharla esta vez.

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