Todo se pierde, fenece. Y sé que es una perogrullada: somos mortales,
excesivamente frágiles. Pero todos mantenemos un halo de farsa inmortalidad que
solo se desvanece frente a la enfermedad, la decrepitud, la muerte cercana.
Mientras tanto sólo nos preocupamos del dinero, la casa, el coche, el trabajo,
la salida nocturna el fin de semana, las vacaciones a un lugar remoto del que
presumir o en el que desaparecer. Y también, claro está, las relaciones, o su
ausencia, una autentica cepa de obsesión y angustia
La familia está ahí –lo cual a veces es una desgracia-, pero, ¿la
hemos elegido nosotros? No. Por eso resulta tan importante encontrar a alguien
que te acepte, con el que compartir ciertas afinidades. Personas que terminan
convirtiéndose en tus amigos, en tu pareja. Pero la vida es un viaje en tren
con muchas paradas. Y es absurdo pensar que te van a acompañar siempre. Vamos
envejeciendo. Aprendemos. La vieja química del cerebro ya no nos sorprende como
antes, no nos pilla con la guardia baja: sabemos que no es duradero. Escuchas:
“eres la persona más importante para mí” y sabes que es el germen del fin. No
importa el lapso de tiempo transcurrido, siempre llegará la indiferencia, como
despiadada antítesis del amor.
Con los grandes amigos sucede igual pero de forma más sutil, sin
grandes estridencias. No es una gran bronca lo que provoca el distanciamiento,
es la falta de interés por mirarse a un espejo que sólo refleja un pasado
rancio en el que ya ni siquiera nos reconocemos.
Por eso todos intentamos transcender, luchar contra el desasosiego de
nuestra propia insignificancia. Todos necesitamos un ancla. Las relaciones
decepcionan, la fe no es algo que puedas elegir, acumular es un dislate capitalista que te deja vacío, ¿qué queda?
Muchas cosas. Crear tu propia familia por ejemplo, la forma más simple de
legado. O convertirte en un idealista, intentar cambiar el mundo, marcar una
diferencia. Aunque lo más complicado sea estar a la altura del espejo, de
nuestras convicciones en un mundo sin demasiada ética.
De todas las opciones que existen quizás sea el arte la más compleja
por su solipsismo inicial. Pero también es una de las más satisfactorias. No
importa el juicio de valor que el tiempo –padre de la verdad-, o los demás
hagan de tu obra. La inmortalidad es simple singularidad buscando
transcendencia. Lo esencial es emocionar, transmitir un paisaje emocional que
haga huir a los gusanos hambrientos del cerebro embrutecido. No importa la
afinidad, solo el delirio. Amo a Angélica Liddell.
Quiero olvidar la resignación que provoca el paso del tiempo y
envenenar mi cuerpo con el sexo sórdido de la otredad.
¡Moloch, ven a mí, deja mi cuello exangüe de vida! ¡Haz de mi cuerpo
un espectáculo de la exaltación del dolor!
Necesito ese Dolor para
sentirme viva.
Huesos hundiéndose como piedras. Camisa de fuerza de carne. Quiero escapar. Llegar más adentro. Marcas de
vida abriéndose al rojo oscuro. Cortar y ahogarme en mi interior.
Abro los ojos. Otro día
más. Vislumbro el sueño. Hugo otra vez. Pero hoy había algo… diferente. Me toco
las mejillas. No están húmedas. Es extraño. Suspiro. Intento alargar el momento
pero tengo responsabilidades. Ana. Voy a la ducha. Me visto. Tacones otra vez.
Nunca se sabe. Tengo la dirección de Mario. No creo que saque nada en claro de
esa visita, seguramente sea otro gañán al que Ana ha utilizado durante un
tiempo. La clave es Natalia, esa dominatrix que la acogió durante unas semanas,
ella es la pista más importante. Pero en cualquier caso no pierdo nada por ir
allí.
Llego al barrio de
extrarradio sobre las doce. Parece casi un gueto, está todo cerrado menos un
pequeño bar en la esquina que más bien parece una tapadera de algún asunto
turbio. Llamo varias veces al telefonillo. No hay respuesta. Aprovecho que un
vecino sale del portal para entrar. Llamo al a puerta. Nada. Bien, quizás sea
mejor así. Saco unas ganzúas y empiezo a manipular la cerradura. Estoy algo
oxidada desde que Miguel me dio aquellas clases, pero es una puerta antigua, no
me cuesta demasiado. Siento una ligera excitación, me cuesta reconocerlo pero
echaba de menos todo esto.
Entro y cierro la puerta
con cuidado. Pasillo. Salón. Vaya, parece una pequeña biblioteca: estanterías
cubriendo las paredes hasta el techo llenas de libros, películas, ¿cómics?
Vaya, alguien no ha superado su etapa de adolescente. Sillón, televisor lleno
de polvo, persianas bajadas. No hay cortinas. Curiosa la mezcla de dejadez y
utilitarismo, no hay objetos decorativos, ni fotos. Me acerco a la estantería
de cds de música. Soy curiosa, no puedo evitarlo. Buen gusto, ecléctico. Miles
Davis, clásica, rock, heavy, bastantes vinilos de música electrónica que solo
ha podido conseguir de importación…
De pronto escucho un ruido. Joder Alicia,
tendrías que haber comprobado primero todas las habitaciones. Vuelvo a la
entrada, la cocina está a mi izquierda, el pasillo avanza un par de metros y
luego gira a la derecha. Al final hay dos habitaciones, una debe de ser el
baño, es de la otra, cuya puerta está entreabierta, de donde procede el sonido.
Me acerco, el corazón se me acelera, hay alguien dentro. Abro del todo la
puerta, la habitación está en penumbra, Mario –le reconozco por las fotos- está
desnudo, atado con unas esposas a la
cama. Me sonrío: Ana volviendo a las andadas. De todas formas esto facilita las
cosas, es un buen escenario para una charla.
Mario: (Balbuceando
con los ojos cerrados) …tuvieron que mutilar el secreto de la nada…Peter
Punk en la playa desierta…contra el tiempo que corre la sonrisa del
coyote…apresando al dragón….
Alicia: Mierda, está totalmente ido. Parece drogado (le da un bofetón) ¡reacciona!
Mario: (Abre los ojos
de pronto) Ah, eres tú. Kirk me dijo que vendrías…
Alicia: ¿Cómo? ¿Quién es Kirk?
Mario: (Habla con voz pastosa) Kirk, mi gato,
está ahí, observándonos desde la mesa del ordenador (Alicia mira en esa dirección pero no hay nada, de hecho ella es alérgica
a los gatos, lo habría notado nada más entrar en la casa) ...la llave de
las esposas también está sobre la mesa. Ana. Ana la dejó ahí. Aunque quizás… (sonrisa inconexa) prefieres que siga
así…
Alicia: (Le da un buen repaso con la
mirada) Siento decirte que no eres mi tipo. Estoy acostumbrada a hombres mejor... dotados. Ahora vamos a lo importante: cuéntame
todo lo que ha sucedido con Ana. Luego hablaremos de Natalia... Ocultar pruebas es un delito, deberías de saberlo.
Mario: No deberías seguir con esa pose de chica
dura, me excita demasiado y ahora me sería imposible disimularlo… (Hace un gesto como si escuchara algo a lo lejos)
Kirk tiene un mensaje para ti de Hugo, dice que le encanta soñar contigo.
Que no estés triste, no fue culpa tuya, la… (Hace
un gesto de dolor, pierde el hilo, deja caer la cabeza de lado, inconsciente)
Alicia: ¡¿Qué…?! ¡Oye! (Le zarandea y le da otro bofetón) ¿De qué coño estabas
hablando, con qué te has drogado?
Mario: (Se despeja) Mierda, ¡¿puedes
dejar de pegarme?! El contexto es el adecuado pero deberías de ser tú quien
llevase las esposas, ¿puedes quitármelas por favor?
Le miro. Maldita sea. No debería. Quizás sea peligroso. Y además, lo
que ha dicho antes… Dudo. Pero siempre me fio de mi instinto. Cojo la llave y
le quito las esposas.
Mario: ¿Puedes acercarme los pantalones? (Se los pone. Cuando va a levantarse nota un
mareo y se deja caer de nuevo en la cama) Ana utilizo Rohypnol para
drogarme, es como la peor resaca de mi vida multiplicada por cien. Dios... (Me mira fijamente) Te agradezco la
ayuda pero, ¿quién eres, cómo has entrado en mi casa?
Alicia: Soy detective, he sido contratada por los
padres de Ana. La puerta estaba abierta… ¿conoces a Hugo?
Mario: ¿Hugo? No, no conozco a nadie con ese nombre.
Mira, estaré encantado de ayudarte en todo lo que pueda. Pero antes necesito despejarme,
¿puedes esperar unos minutos?
Alicia: Sí, claro…
Al rato se escucha el ruido de la ducha. Echo
un vistazo a la habitación, sí Ana ha estado aquí quizás haya dejado alguna
pista. En el suelo encuentro un portátil. Lo enciendo. Justo cuando estoy
accediendo al correo suena el móvil.
Alicia: Hola Miguel, dime.
Miguel: Natalia está conmigo, ¿dónde estás?
Alicia: Estoy en casa de Mario todavía…
Miguel: Perfecto, espéranos allí. Tengo novedades.
No te van a gustar. (Cuelga)
Javier abre la puerta unos
centímetros y me mira a través de la cadena: Alicia… (No puede evitarlo: baja la mirada y se fija en mis zapatos rojos.
Sonríe) Joder, ¿dónde te habías metido?
Alicia: Muriendo, ¿sabías que hay muchos tipos de muerte?
Javier: (Me mira a la
cara desconcertado) Sí, creo que has
estado muerta. Tienes los ojos más tristes.
Entro en su casa. Todo
sigue igual. Desorden. Ordenadores. Hay varios teléfonos sonando en la
habitación contigua. Las paredes llenas de mapas y anotaciones. Sonrío mientras
me quito el abrigo: no ha cambiado nada.
Javier me observa
obsesionado, excitado. Un puto fetichista fuera de control. Sobre todo entre
estas cuatro paredes. Me desnuda de forma violenta con la mirada y eso me excita.
Quizás por la tenue sensación de peligro, no lo sé.
Javier: (Suspicaz) ¿A qué has venido? ¿Qué coño quieres Alicia? Siempre
quieres algo…
Alicia: (Estamos
sentados juntos en un amplio sofá destartalado que preside el salón) Igual que tú. Todos queremos algo. Todo tiene un
precio. La información quizás sea lo más caro de conseguir (la falda se me ha subido un poco, el zapato se descuelga de mi pie y
zozobra. Su mirada queda imantada) Estoy buscando a alguien…
Javier: Eres una bruja. (Empieza
a acariciar mis pies, delineando la línea del talón con sus dedos) quizás
la próxima vez esto no sea suficiente, ¿has visto "From Dusk Till
Dawn" de Tarantino? La próxima vez quizás bebamos tequila juntos. Pero me
alegra volver a verte. Me excita este reencuentro. Humbert está contento.
Humbert necesita más detalles…
Unos minutos después salgo
descalza de su casa. Tras un par de llamadas me ha dado una pista fiable sobre
Ana. También me ha puesto al corriente sobre Peter. Y sobre el viaje a
Valencia. Me ha facilitado detalles que ni siquiera la policía conoce. Bien.
Todo resulta inquietante y coincido con su comentario final: ten cuidado con
ella.
Me agrada caminar descalza.
Antes, cuando pasaba las vacaciones en mi pueblo, me gustaba hacerlo por la
noche. Disfrutaba hollando las huellas de los gatos, sintiendo la arena, la
piedra, el cemento, el agua, no sé, como si de esa manera pudiera anclarme
sutilmente a una realidad que por aquel entonces me resultaba demasiado ajena.
Sin embargo en la ciudad es peligroso. La suciedad te engulle. Te hiere. Me subo
al coche y conduzco hasta el piso de Miguel.
Pensamientos peligrosos. Hace
unos meses recorrí este mismo camino volviendo de un concierto, la noche que
compartí con mi poeta. Que absurdo utilizar ese adjetivo posesivo. Existía un
paraíso de palabras al que fui invitada pero, ¿fue realmente mío? No lo creo.
Enseguida las medidas fallaron, era como Alicia en el libro, cada vez más
pequeña en ese jardín fastuoso que poco a poco dejaba de pertenecerme. Pero
durante esa noche fui feliz con él. Saboreé la felicidad, porque la felicidad
vivía en su boca, en su lengua acariciando mis pezones, en sus manos
recorriendo mi espalda mientras me hendía en su carne, mientras mi pelo se
alborotaba sobre su cuerpo. Podría haber andado toda la noche descalza con él y
nada me hubiera herido porque sobrevolaba por encima de todo. Eran alas de
perfecta felicidad, cosidas con esperanza, con placer, con palabras, con
libertad, como si mi vida se hubiera conducido entre penumbras para llegar a
este momento y poder saborearlo, alzándome por encima del vértigo.
Y eso fue todo. Nada más. Ahora
soy como la escultura del Ángel Caído del Retiro, mirando de forma obsesiva
hacía el cielo. ¿Realmente existió ese cielo? No. Sombras chinescas donde el
foco de luz fue el ideal de la distancia. Del tiempo limitado. De un concierto.
De una caricia en el cuello. Lo sé. Pero no he vuelto a sentir nada parecido.
Nada. Y si me quito también eso, ¿qué me queda? ¿Una vida sin pasión, sin una
sola poesía dedicada? Dios, me ahogo solo de pensarlo. Tengo treinta y siete
años. Ya he pasado la adolescencia. Ya me he desangrado en la responsabilidad
adulta. No quiero mirar atrás y ver sólo el cadáver de Momo desdibujándose a lo
lejos.
Aparco el coche. Subo los
tres pisos. Miguel hace una mueca al verme entrar.
Miguel: ¿Sabes que vas descalza?
Alicia: (Sarcástica) Gracias por decírmelo, lo había olvidado.
Miguel: (En su mirada
hay reproche e impaciencia) ¿Has conseguido
que te cuente algo?
Alicia: ¿No lo consigo siempre?
Miguel: (Su tono es
seco) Date una ducha mientras preparo
algo de cena. Seguro que estás cansada.
Alicia: Por favor Miguel, ya sabes que es como un juego, nada
peligroso. No me juzgues.
Miguel: No me gusta Javier. Algún día llegará más lejos
contigo y entonces… (Deja de hablar y
sigue troceando pimientos)
Suspiro. No quiero
discutir ahora. No con él. Me doy una ducha. Agua caliente, casi al extremo. Quiero
sentir algo en mi piel. Me acaricio ligeramente, ¿cuánto hace que no…? Cabeceo.
Da igual. No importa. Salgo al salón. Solo llevo una camiseta y las bragas.
Como siempre. Me tumbo en el sillón y enciendo un cigarrillo. Me gusta observarle
mientras cocina. Siempre que lo hace parece feliz. Canta una canción que no
conozco con un tono casi inaudible.
Miguel: (Se gira y su
rostro se agita) Joder Alicia,
vístete, me dice sin apartar la mirada.
Alicia: Como si nunca me hubieses visto en bragas…
Miguel: (Se acerca,
noto su respiración acelerada, ansiosa) Hay
cosas a las que nunca puedes llegar a acostumbrarte. Y verte así es una de
ellas.
Me siento incomoda.
Extraña. Me visto y bajo a la calle a comprar una botella de vino. Necesito
respirar. Me acomodo en un banco para pensar, centrarme. Nunca había visto a
Miguel de esa forma. Cuando llegué descalza del vertedero estaba en shock.
Miguel me desvistió, me metió en la ducha y me frotó con una esponja hasta que
el olor a muerte desapareció. Me vistió, me tumbó en la cama y me abrazó hasta
que dejé de temblar. Me cuidó, como lo ha hecho siempre. Mi hermano, así lo
veía, como si fuese mi hermano. Pero ahora me doy cuenta que para él ha sido
diferente. Joder Alicia, siempre estropeando todo, siempre haciendo daño.
Quiero evadirme. Miro el
correo en el móvil. Nada. Ningún mensaje. Normal. Estoy acostumbrada a no
recibir respuestas.
A mi lado se ha sentado un
chico. Mueve las manos de forma extraña, le observo de reojo. Con la mano
derecha se frota la ceja derecha, luego se toca la nariz, después la radio que
tiene sobre las piernas, luego el pecho. Sube la mano izquierda, pecho, ceja,
pecho tres veces, y vuelve a empezar. Cualquiera que lo viese pensaría que son
movimientos aleatorios. Yo sé que sigue un patrón. El TOC te acaba invalidando
si no consigues controlarlo. Ese chico no puede hacer nada, porque cualquier
cosa, un trabajo, una conversación, una relación, implica salirse del patrón,
tendría que volver a empezar pero esta vez con retraso. A veces es mucho más
leve, pero aun así condiciona tu vida. Veintidós golpecitos de cuchara a la
taza de café, los zapatos en la posición correcta. Pisar una hoja seca y buscar
con cierta desesperación otra para que sean pares. Siempre pares. Puede que
consigas fingir normalidad, pero tu mente sigue buscando la hoja, contando los
putos golpecitos, colocando los zapatos para poder dormir, descansar. Vivir.
Suspiro. Últimamente lo
hago mucho. Me levanto. Lo dejo atrás. Cuando vuelvo Miguel ya ha terminado de
preparar la cena. Hay una cierta tensión, evita mirarme.
Miguel: (Rompe el
silencio) Venga, siéntate y come.
Estás demasiado delgada.
Alicia: (Con alivio) Joder Miguel, pareces mi madre.
Madrid no es sutil, es una mole achaparrada, una fábrica hacinada y ruidosa, frustrante en sus distancias. Es
una ciudad gris y chabacana, sólo tiene entidad en el atasco eterno, en el
estado policial, en la indiferencia política. De noche cambia, se transforma en
capital: la gente sale, se divierte, no importa que día sea de la semana. Gran
Vía es una pasarela internacional, una Torre de Babel que la redime
efímeramente. Pero que importa la ciudad si sólo somos cacahuetes en un zoo.
El concierto no era especialmente bueno
pero el cantante –que debía de estar tomando las mismas drogas que yo-,
arrastraba con su pasión, disparando a bocajarro contra la sempiterna desidia
emocional del público. Casi me hacía olvidar que hoy cumplía treinta y cuatro y
estaba solo. Casi. Ciertos cáusticos pensamientos empezaron a precipitarme
hacía una insondable depresión. Entonces la vi: hermosa criatura, pelo azabache,
ojos verdes, moviéndose como si danzará en el mismo infierno. Y una obsesión
eclipsó a la otra. Sólo tenía ganas de tocarla, de follarla ahí mismo.
Me
acerqué, la estreché, y ella ajena siguió su ritmo, como si viviera una guerra
interna, fluyendo a través de las guitarras, recortada en una realidad de presente puro
que se deshacía como flecos quemados de neurosis. Y hubo un momento en que la
música nos rodeó con su abrazo cálido, sinestésico, como la danza atávica de un
mar que se ahoga en su propia espuma y luego resurge invencible. Y nos besamos.
Derrotados. Calientes. Indomables. Hermosos.
Todo terminó demasiado pronto, la
sinergia se evaporó. Nos miramos como extranjeros. Pero ninguno quiso huir. Y
así empezó todo. No era amor, solo dos almas tropezando en la oscuridad.
Ha pasado una semana desde que conocí a
Erika. Por desgracia estas cosas suelen durar poco. La observo, y es como si se
deshilachara ante mis ojos, como el humo ensortijado de su cigarrillo. Sigue
mirando al vacío, con ese rictus de perplejidad y lejanía que tan bien conozco.
Soy obtuso, incapaz de desvelar el misterio, como alterna la promiscuidad vital
con el sonambulismo. La penetro, pero soy incapaz de follarme su mente. Y se me
acaba el tiempo.
Sigo trasegando la botella, me noto
entumecido. Intento fijar mi atención en la única nota de color de la
habitación –aparte de sus labios frambuesa-, un foulard azul enroscado en el
cabecero. No soporto el silencio. Me levanto y empiezo a gesticular delante del
espejo.
Ignacio: Sherlock, ya sabes que te admiro, eres la persona más
inteligente que conozco, ¿qué piensas de todo esto?
Sherlock: (voz
impostada) El truco es una solución
al 7% de cocaína. En cuanto a las mujeres, la misoginia es la actitud más
lógica ante su errático comportamiento. Pero claro, esa era mi opinión antes de
conocer a Irene Adler… Intenta dentro de lo posible mantenerte alejado de ellas.
Ignacio: Creo que es demasiado tarde para ello…
Erika: ¿Puedes dejar de hablar solo? Me pone nerviosa…
Ignacio: Ah, querida, tienes la molesta costumbre de
interrumpirme cuando voy a llegar a alguna conclusión interesante. Ayer estuve
a punto de convencer a Hemingway de que alejase la escopeta de su cabeza. Empezaba
a reconocer que “El viejo y el mar” era una su obra más sobrevalorada y que
tenía que compensarnos a todos por ello.
Erika: Tu mente esta muy dañada, sin embargo aún no he
encontrado ninguna excusa en tu biografía.
Ignacio pone la radio
-suena algo de música clásica- tira la sabana al suelo y mira el cuerpo de
Erika con una sonrisa.
Ignacio: Me encantan tus quemaduras, aun no me has dicho cómo
ocurrió el accidente; algo extraño seguro, solo tienes quemado el torso y parte
del cuello, ni extremidades ni cara. Son como una región de tatuajes volcánicos
de extrema belleza (hace el gesto de
acariciarla)
Erika: (Recoge la
sabana y se vuelve a tapar) Estás
loco. Por la forma en la que hablas da la impresión de que sólo te gusto por
mis cicatrices.
Ignacio: Eres demasiado insegura. Estamos en un mercado de
carne, solo tienes que revolotear de madrugada en cualquier local y tendrás
barra libre para tu coño. Sin embargo yo te quiero, quiero cada singularidad de
tu cuerpo. Eso es más difícil de encontrar.
Erika: Sí, una lastima que sólo hables con gente muerta y que
tu mayor aspiración sea seguir en esa mierda de empleo nocturno.
Ignacio: (suspiro) No nos enfademos, no estropeemos una relación perfecta
de una semana. Cuando al día siguiente del concierto me hablaste de Mario, como
convenciste a tu familia para que le dijeran que te habías suicidado, no sé, me
pareció una idea divertida aprovechar los días que te quedabas en Madrid para
atormentarle. Habían pasado más de diez años, se iba a volver loco al recibir
tu mail. Y fue genial observar como reaccionaba en la estación de autobuses.
Pero Peter era alguien jodido. Tú viste como parte del juego coincidir con él
al dejar ese libro en el portal de Mario. Un aliado en tu revancha. Incluso le
ayudaste a llevarse a Ana. Pero para él no era un juego, ese tío era peligroso,
¿te fijaste cómo hablaba de Ana? Ahora está muerto. La policía investiga. Adiós
a vuestro cónclave de ex resentidos. Pero, ¿por qué no disfrutar del único día
que te queda de vacaciones? Mañana volverás a Barcelona...
Erika: No se trata del juego, como tú lo llamas. Aunque sí,
tienes razón: la diversión se ha acabado. En cuanto a nosotros… hay ciertas
afinidades que nacen del hueco del dolor y el silencio. Lo siento, no soy buena
para las relaciones normales. Prefiero dejarlo aquí. Como diría Whitman: “¡Oh Capitán! ¡Mi capitán! Nuestro espantoso
viaje ha concluido…”
Ignacio: El barco se hunde y solo tú podías salvarme. Adelante, busca tu felicidad a pesar
de mí.
Erika se viste con su
conjunto de lencería rojo mortalmente atractivo. La angustia sobrevuela la
habitación, no importa si han sido siete días o tres años, algo transcendental
ha acontecido, cada pequeño detalle suyo se ha convertido en fetiche, en un altar
en mi memoria. Quiero reaccionar, no quiero forcejear más tarde con L'esprit de l'escalier, o con la ruda
nostalgia de lo que nunca ha llegado a suceder.
Ignacio: Ya’aburnee es una palabra árabe que significa “tú me entierras”, y alude al deseo de morirse
antes que la otra persona para no tener que sobrellevar su dolorosa ausencia.
Eso es lo que me despiertas. No me dejes solo. Te necesito. Permítenos ser algo
más que un momento de ternura, que dos mentes farfullando sobre un orgasmo
pretérito.
Erika: “Yo soy un
sueño, un imposible/vano fantasma de niebla y luz/soy incorpórea, soy
intangible: no puedo amarte.” ¿Eres
acaso ese poeta masoquista que siempre contesta: “¡Oh, ven; ven tú!”?
Ignacio: La música no es inocente. Una sabana levanta la mano y
baila en la noche. Dame una oportunidad. Déjame hablarte de la muñeca de Kafka.
Gritemos juntos. Siempre en movimiento. Todo o nada. Ahora o nunca. Sin
tibiezas. Quiero ser un cristal roto que brilla sólo por ti. Quiero ser tu órbita cementerio. Déjame ser tu orgasmo eviterno, tu aullido vertical. Déjame ahogarme
en tu oleaje, ser el artista de tu pecado.
El miedo queda embriagado y se esfuma. Y aparece la
sumisión, el placer, las marcas de cuerdas en las muñecas, los mordiscos a ras
de hueso, pasión enfebrecida eclosionando límites y jurando amor eterno mientras laceran
la carne con sus cuchillos de saliva. Y el amor, durante un momento efiterno,
triunfa.