martes, 30 de abril de 2013

Capítulo 21 – Camisa De Fuerza (Ana)

Extracto del diario.

Todo se pierde, fenece. Y sé que es una perogrullada: somos mortales, excesivamente frágiles. Pero todos mantenemos un halo de farsa inmortalidad que solo se desvanece frente a la enfermedad, la decrepitud, la muerte cercana. Mientras tanto sólo nos preocupamos del dinero, la casa, el coche, el trabajo, la salida nocturna el fin de semana, las vacaciones a un lugar remoto del que presumir o en el que desaparecer. Y también, claro está, las relaciones, o su ausencia, una autentica cepa de obsesión y angustia

La familia está ahí –lo cual a veces es una desgracia-, pero, ¿la hemos elegido nosotros? No. Por eso resulta tan importante encontrar a alguien que te acepte, con el que compartir ciertas afinidades. Personas que terminan convirtiéndose en tus amigos, en tu pareja. Pero la vida es un viaje en tren con muchas paradas. Y es absurdo pensar que te van a acompañar siempre. Vamos envejeciendo. Aprendemos. La vieja química del cerebro ya no nos sorprende como antes, no nos pilla con la guardia baja: sabemos que no es duradero. Escuchas: “eres la persona más importante para mí” y sabes que es el germen del fin. No importa el lapso de tiempo transcurrido, siempre llegará la indiferencia, como despiadada antítesis del amor.

Con los grandes amigos sucede igual pero de forma más sutil, sin grandes estridencias. No es una gran bronca lo que provoca el distanciamiento, es la falta de interés por mirarse a un espejo que sólo refleja un pasado rancio en el que ya ni siquiera nos reconocemos.

Por eso todos intentamos transcender, luchar contra el desasosiego de nuestra propia insignificancia. Todos necesitamos un ancla. Las relaciones decepcionan, la fe no es algo que puedas elegir, acumular es un dislate capitalista que te deja vacío, ¿qué queda? Muchas cosas. Crear tu propia familia por ejemplo, la forma más simple de legado. O convertirte en un idealista, intentar cambiar el mundo, marcar una diferencia. Aunque lo más complicado sea estar a la altura del espejo, de nuestras convicciones en un mundo sin demasiada ética.

De todas las opciones que existen quizás sea el arte la más compleja por su solipsismo inicial. Pero también es una de las más satisfactorias. No importa el juicio de valor que el tiempo –padre de la verdad-, o los demás hagan de tu obra. La inmortalidad es simple singularidad buscando transcendencia. Lo esencial es emocionar, transmitir un paisaje emocional que haga huir a los gusanos hambrientos del cerebro embrutecido. No importa la afinidad, solo el delirio. Amo a Angélica Liddell.

Quiero olvidar la resignación que provoca el paso del tiempo y envenenar mi cuerpo con el sexo sórdido de la otredad.
¡Moloch, ven a mí, deja mi cuello exangüe de vida! ¡Haz de mi cuerpo un espectáculo de la exaltación del dolor!
Necesito ese Dolor para sentirme viva.
Huesos hundiéndose como piedras. Camisa de fuerza de carne. Quiero escapar. Llegar más adentro. Marcas de vida abriéndose al rojo oscuro. Cortar y ahogarme en mi interior.
Oh, sí…

Sin control, sin amor
escucha el mar embravecido
la posibilidad de una isla
abre tus alas
no mires atrás.

Fin Capítulo 21.

The Artifact And Living by Michael Andrews on Grooveshark

lunes, 29 de abril de 2013

Capítulo 20 – Desencuentros (Alicia)

Abro los ojos. Otro día más. Vislumbro el sueño. Hugo otra vez. Pero hoy había algo… diferente. Me toco las mejillas. No están húmedas. Es extraño. Suspiro. Intento alargar el momento pero tengo responsabilidades. Ana. Voy a la ducha. Me visto. Tacones otra vez. Nunca se sabe. Tengo la dirección de Mario. No creo que saque nada en claro de esa visita, seguramente sea otro gañán al que Ana ha utilizado durante un tiempo. La clave es Natalia, esa dominatrix que la acogió durante unas semanas, ella es la pista más importante. Pero en cualquier caso no pierdo nada por ir allí.

Llego al barrio de extrarradio sobre las doce. Parece casi un gueto, está todo cerrado menos un pequeño bar en la esquina que más bien parece una tapadera de algún asunto turbio. Llamo varias veces al telefonillo. No hay respuesta. Aprovecho que un vecino sale del portal para entrar. Llamo al a puerta. Nada. Bien, quizás sea mejor así. Saco unas ganzúas y empiezo a manipular la cerradura. Estoy algo oxidada desde que Miguel me dio aquellas clases, pero es una puerta antigua, no me cuesta demasiado. Siento una ligera excitación, me cuesta reconocerlo pero echaba de menos todo esto.

Entro y cierro la puerta con cuidado. Pasillo. Salón. Vaya, parece una pequeña biblioteca: estanterías cubriendo las paredes hasta el techo llenas de libros, películas, ¿cómics? Vaya, alguien no ha superado su etapa de adolescente. Sillón, televisor lleno de polvo, persianas bajadas. No hay cortinas. Curiosa la mezcla de dejadez y utilitarismo, no hay objetos decorativos, ni fotos. Me acerco a la estantería de cds de música. Soy curiosa, no puedo evitarlo. Buen gusto, ecléctico. Miles Davis, clásica, rock, heavy, bastantes vinilos de música electrónica que solo ha podido conseguir de importación…

De pronto escucho un ruido. Joder Alicia, tendrías que haber comprobado primero todas las habitaciones. Vuelvo a la entrada, la cocina está a mi izquierda, el pasillo avanza un par de metros y luego gira a la derecha. Al final hay dos habitaciones, una debe de ser el baño, es de la otra, cuya puerta está entreabierta, de donde procede el sonido. Me acerco, el corazón se me acelera, hay alguien dentro. Abro del todo la puerta, la habitación está en penumbra, Mario –le reconozco por las fotos- está  desnudo, atado con unas esposas a la cama. Me sonrío: Ana volviendo a las andadas. De todas formas esto facilita las cosas, es un buen escenario para una charla.

Mario: (Balbuceando con los ojos cerrados) …tuvieron que mutilar el secreto de la nada…Peter Punk en la playa desierta…contra el tiempo que corre la sonrisa del coyote…apresando al dragón….
Alicia: Mierda, está totalmente ido. Parece drogado (le da un bofetón) ¡reacciona!
Mario: (Abre los ojos de pronto) Ah, eres tú. Kirk me dijo que vendrías…
Alicia: ¿Cómo? ¿Quién es Kirk?
Mario: (Habla con voz pastosa) Kirk, mi gato, está ahí, observándonos desde la mesa del ordenador (Alicia mira en esa dirección pero no hay nada, de hecho ella es alérgica a los gatos, lo habría notado nada más entrar en la casa) ...la llave de las esposas también está sobre la mesa. Ana. Ana la dejó ahí. Aunque quizás… (sonrisa inconexa) prefieres que siga así…
Alicia: (Le da un buen repaso con la mirada) Siento decirte que no eres mi tipo. Estoy acostumbrada a hombres mejor... dotados. Ahora vamos a lo importante: cuéntame todo lo que ha sucedido con Ana. Luego hablaremos de Natalia... Ocultar pruebas es un delito, deberías de saberlo.
Mario: No deberías seguir con esa pose de chica dura, me excita demasiado y ahora me sería imposible disimularlo… (Hace un gesto como si escuchara algo a lo lejos) Kirk tiene un mensaje para ti de Hugo, dice que le encanta soñar contigo. Que no estés triste, no fue culpa tuya, la… (Hace un gesto de dolor, pierde el hilo, deja caer la cabeza de lado, inconsciente)
Alicia: ¡¿Qué…?! ¡Oye! (Le zarandea y le da otro bofetón) ¿De qué coño estabas hablando, con qué te has drogado?
Mario: (Se despeja) Mierda, ¡¿puedes dejar de pegarme?! El contexto es el adecuado pero deberías de ser tú quien llevase las esposas, ¿puedes quitármelas por favor?

Le miro. Maldita sea. No debería. Quizás sea peligroso. Y además, lo que ha dicho antes… Dudo. Pero siempre me fio de mi instinto. Cojo la llave y le quito las esposas.
Mario: ¿Puedes acercarme los pantalones? (Se los pone. Cuando va a levantarse nota un mareo y se deja caer de nuevo en la cama) Ana utilizo Rohypnol para drogarme, es como la peor resaca de mi vida multiplicada por cien. Dios... (Me mira fijamente) Te agradezco la ayuda pero, ¿quién eres, cómo has entrado en mi casa?
Alicia: Soy detective, he sido contratada por los padres de Ana. La puerta estaba abierta… ¿conoces a Hugo?
Mario: ¿Hugo? No, no conozco a nadie con ese nombre. Mira, estaré encantado de ayudarte en todo lo que pueda. Pero antes necesito despejarme, ¿puedes esperar unos minutos?
Alicia: Sí, claro…
Al rato se escucha el ruido de la ducha. Echo un vistazo a la habitación, sí Ana ha estado aquí quizás haya dejado alguna pista. En el suelo encuentro un portátil. Lo enciendo. Justo cuando estoy accediendo al correo suena el móvil.
Alicia: Hola Miguel, dime.
Miguel: Natalia está conmigo, ¿dónde estás?
Alicia: Estoy en casa de Mario todavía…
Miguel: Perfecto, espéranos allí. Tengo novedades. No te van a gustar. (Cuelga)

Fin capítulo 20.

Bye Bye Blackbird by Miles Davis on Grooveshark

sábado, 27 de abril de 2013

Capítulo 19 – Veintidós Golpes (Alicia)

Javier abre la puerta unos centímetros y me mira a través de la cadena: Alicia… (No puede evitarlo: baja la mirada y se fija en mis zapatos rojos. Sonríe) Joder, ¿dónde te habías metido?
Alicia: Muriendo, ¿sabías que hay muchos tipos de muerte?
Javier: (Me mira a la cara desconcertado) Sí, creo que has estado muerta. Tienes los ojos más tristes.
Entro en su casa. Todo sigue igual. Desorden. Ordenadores. Hay varios teléfonos sonando en la habitación contigua. Las paredes llenas de mapas y anotaciones. Sonrío mientras me quito el abrigo: no ha cambiado nada.
Javier me observa obsesionado, excitado. Un puto fetichista fuera de control. Sobre todo entre estas cuatro paredes. Me desnuda de forma violenta con la mirada y eso me excita. Quizás por la tenue sensación de peligro, no lo sé.
Javier: (Suspicaz) ¿A qué has venido? ¿Qué coño quieres Alicia? Siempre quieres algo…
Alicia: (Estamos sentados juntos en un amplio sofá destartalado que preside el salón) Igual que tú. Todos queremos algo. Todo tiene un precio. La información quizás sea lo más caro de conseguir (la falda se me ha subido un poco, el zapato se descuelga de mi pie y zozobra. Su mirada queda imantada) Estoy buscando a alguien…
Javier: Eres una bruja. (Empieza a acariciar mis pies, delineando la línea del talón con sus dedos) quizás la próxima vez esto no sea suficiente, ¿has visto "From Dusk Till Dawn" de Tarantino? La próxima vez quizás bebamos tequila juntos. Pero me alegra volver a verte. Me excita este reencuentro. Humbert está contento. Humbert necesita más detalles…


Unos minutos después salgo descalza de su casa. Tras un par de llamadas me ha dado una pista fiable sobre Ana. También me ha puesto al corriente sobre Peter. Y sobre el viaje a Valencia. Me ha facilitado detalles que ni siquiera la policía conoce. Bien. Todo resulta inquietante y coincido con su comentario final: ten cuidado con ella.

Me agrada caminar descalza. Antes, cuando pasaba las vacaciones en mi pueblo, me gustaba hacerlo por la noche. Disfrutaba hollando las huellas de los gatos, sintiendo la arena, la piedra, el cemento, el agua, no sé, como si de esa manera pudiera anclarme sutilmente a una realidad que por aquel entonces me resultaba demasiado ajena. Sin embargo en la ciudad es peligroso. La suciedad te engulle. Te hiere. Me subo al coche y conduzco hasta el piso de Miguel.

Pensamientos peligrosos. Hace unos meses recorrí este mismo camino volviendo de un concierto, la noche que compartí con mi poeta. Que absurdo utilizar ese adjetivo posesivo. Existía un paraíso de palabras al que fui invitada pero, ¿fue realmente mío? No lo creo. Enseguida las medidas fallaron, era como Alicia en el libro, cada vez más pequeña en ese jardín fastuoso que poco a poco dejaba de pertenecerme. Pero durante esa noche fui feliz con él. Saboreé la felicidad, porque la felicidad vivía en su boca, en su lengua acariciando mis pezones, en sus manos recorriendo mi espalda mientras me hendía en su carne, mientras mi pelo se alborotaba sobre su cuerpo. Podría haber andado toda la noche descalza con él y nada me hubiera herido porque sobrevolaba por encima de todo. Eran alas de perfecta felicidad, cosidas con esperanza, con placer, con palabras, con libertad, como si mi vida se hubiera conducido entre penumbras para llegar a este momento y poder saborearlo, alzándome por encima del vértigo.

Y eso fue todo. Nada más. Ahora soy como la escultura del Ángel Caído del Retiro, mirando de forma obsesiva hacía el cielo. ¿Realmente existió ese cielo? No. Sombras chinescas donde el foco de luz fue el ideal de la distancia. Del tiempo limitado. De un concierto. De una caricia en el cuello. Lo sé. Pero no he vuelto a sentir nada parecido. Nada. Y si me quito también eso, ¿qué me queda? ¿Una vida sin pasión, sin una sola poesía dedicada? Dios, me ahogo solo de pensarlo. Tengo treinta y siete años. Ya he pasado la adolescencia. Ya me he desangrado en la responsabilidad adulta. No quiero mirar atrás y ver sólo el cadáver de Momo desdibujándose a lo lejos.

Aparco el coche. Subo los tres pisos. Miguel hace una mueca al verme entrar.
Miguel: ¿Sabes que vas descalza?
Alicia: (Sarcástica) Gracias por decírmelo, lo había olvidado.
Miguel: (En su mirada hay reproche e impaciencia) ¿Has conseguido que te cuente algo?
Alicia: ¿No lo consigo siempre?
Miguel: (Su tono es seco) Date una ducha mientras preparo algo de cena. Seguro que estás cansada.
Alicia: Por favor Miguel, ya sabes que es como un juego, nada peligroso. No me juzgues.
Miguel: No me gusta Javier. Algún día llegará más lejos contigo y entonces… (Deja de hablar y sigue troceando pimientos)

Suspiro. No quiero discutir ahora. No con él. Me doy una ducha. Agua caliente, casi al extremo. Quiero sentir algo en mi piel. Me acaricio ligeramente, ¿cuánto hace que no…? Cabeceo. Da igual. No importa. Salgo al salón. Solo llevo una camiseta y las bragas. Como siempre. Me tumbo en el sillón y enciendo un cigarrillo. Me gusta observarle mientras cocina. Siempre que lo hace parece feliz. Canta una canción que no conozco con un tono casi inaudible.

Miguel: (Se gira y su rostro se agita) Joder Alicia, vístete, me dice sin apartar la mirada.
Alicia: Como si nunca me hubieses visto en bragas…
Miguel: (Se acerca, noto su respiración acelerada, ansiosa) Hay cosas a las que nunca puedes llegar a acostumbrarte. Y verte así es una de ellas.

Me siento incomoda. Extraña. Me visto y bajo a la calle a comprar una botella de vino. Necesito respirar. Me acomodo en un banco para pensar, centrarme. Nunca había visto a Miguel de esa forma. Cuando llegué descalza del vertedero estaba en shock. Miguel me desvistió, me metió en la ducha y me frotó con una esponja hasta que el olor a muerte desapareció. Me vistió, me tumbó en la cama y me abrazó hasta que dejé de temblar. Me cuidó, como lo ha hecho siempre. Mi hermano, así lo veía, como si fuese mi hermano. Pero ahora me doy cuenta que para él ha sido diferente. Joder Alicia, siempre estropeando todo, siempre haciendo daño.

Quiero evadirme. Miro el correo en el móvil. Nada. Ningún mensaje. Normal. Estoy acostumbrada a no recibir respuestas.

A mi lado se ha sentado un chico. Mueve las manos de forma extraña, le observo de reojo. Con la mano derecha se frota la ceja derecha, luego se toca la nariz, después la radio que tiene sobre las piernas, luego el pecho. Sube la mano izquierda, pecho, ceja, pecho tres veces, y vuelve a empezar. Cualquiera que lo viese pensaría que son movimientos aleatorios. Yo sé que sigue un patrón. El TOC te acaba invalidando si no consigues controlarlo. Ese chico no puede hacer nada, porque cualquier cosa, un trabajo, una conversación, una relación, implica salirse del patrón, tendría que volver a empezar pero esta vez con retraso. A veces es mucho más leve, pero aun así condiciona tu vida. Veintidós golpecitos de cuchara a la taza de café, los zapatos en la posición correcta. Pisar una hoja seca y buscar con cierta desesperación otra para que sean pares. Siempre pares. Puede que consigas fingir normalidad, pero tu mente sigue buscando la hoja, contando los putos golpecitos, colocando los zapatos para poder dormir, descansar. Vivir.

Suspiro. Últimamente lo hago mucho. Me levanto. Lo dejo atrás. Cuando vuelvo Miguel ya ha terminado de preparar la cena. Hay una cierta tensión, evita mirarme.
Miguel: (Rompe el silencio) Venga, siéntate y come. Estás demasiado delgada.
Alicia: (Con alivio) Joder Miguel, pareces mi madre.

Me mira a los ojos y sonríe. Respiro.

Fin capítulo 19.

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jueves, 25 de abril de 2013

Capítulo 18 – Cónclave (Ignacio y Erika)

Madrid no es sutil, es una mole achaparrada, una fábrica hacinada y ruidosa, frustrante en sus distancias. Es una ciudad gris y chabacana, sólo tiene entidad en el atasco eterno, en el estado policial, en la indiferencia política. De noche cambia, se transforma en capital: la gente sale, se divierte, no importa que día sea de la semana. Gran Vía es una pasarela internacional, una Torre de Babel que la redime efímeramente. Pero que importa la ciudad si sólo somos cacahuetes en un zoo.

El concierto no era especialmente bueno pero el cantante –que debía de estar tomando las mismas drogas que yo-, arrastraba con su pasión, disparando a bocajarro contra la sempiterna desidia emocional del público. Casi me hacía olvidar que hoy cumplía treinta y cuatro y estaba solo. Casi. Ciertos cáusticos pensamientos empezaron a precipitarme hacía una insondable depresión. Entonces la vi: hermosa criatura, pelo azabache, ojos verdes, moviéndose como si danzará en el mismo infierno. Y una obsesión eclipsó a la otra. Sólo tenía ganas de tocarla, de follarla ahí mismo.

Me acerqué, la estreché, y ella ajena siguió su ritmo, como si viviera una guerra interna, fluyendo a través de las guitarras, recortada en una realidad de presente puro que se deshacía como flecos quemados de neurosis. Y hubo un momento en que la música nos rodeó con su abrazo cálido, sinestésico, como la danza atávica de un mar que se ahoga en su propia espuma y luego resurge invencible. Y nos besamos. Derrotados. Calientes. Indomables. Hermosos.

Todo terminó demasiado pronto, la sinergia se evaporó. Nos miramos como extranjeros. Pero ninguno quiso huir. Y así empezó todo. No era amor, solo dos almas tropezando en la oscuridad.

Ha pasado una semana desde que conocí a Erika. Por desgracia estas cosas suelen durar poco. La observo, y es como si se deshilachara ante mis ojos, como el humo ensortijado de su cigarrillo. Sigue mirando al vacío, con ese rictus de perplejidad y lejanía que tan bien conozco. Soy obtuso, incapaz de desvelar el misterio, como alterna la promiscuidad vital con el sonambulismo. La penetro, pero soy incapaz de follarme su mente. Y se me acaba el tiempo.

Sigo trasegando la botella, me noto entumecido. Intento fijar mi atención en la única nota de color de la habitación –aparte de sus labios frambuesa-, un foulard azul enroscado en el cabecero. No soporto el silencio. Me levanto y empiezo a gesticular delante del espejo.

Ignacio: Sherlock, ya sabes que te admiro, eres la persona más inteligente que conozco, ¿qué piensas de todo esto?
Sherlock: (voz impostada) El truco es una solución al 7% de cocaína. En cuanto a las mujeres, la misoginia es la actitud más lógica ante su errático comportamiento. Pero claro, esa era mi opinión antes de conocer a Irene Adler… Intenta dentro de lo posible mantenerte alejado de ellas.
Ignacio: Creo que es demasiado tarde para ello…

Erika: ¿Puedes dejar de hablar solo? Me pone nerviosa…
Ignacio: Ah, querida, tienes la molesta costumbre de interrumpirme cuando voy a llegar a alguna conclusión interesante. Ayer estuve a punto de convencer a Hemingway de que alejase la escopeta de su cabeza. Empezaba a reconocer que “El viejo y el mar” era una su obra más sobrevalorada y que tenía que compensarnos a todos por ello.
Erika: Tu mente esta muy dañada, sin embargo aún no he encontrado ninguna excusa en tu biografía.

Ignacio pone la radio -suena algo de música clásica- tira la sabana al suelo y mira el cuerpo de Erika con una sonrisa.

Ignacio: Me encantan tus quemaduras, aun no me has dicho cómo ocurrió el accidente; algo extraño seguro, solo tienes quemado el torso y parte del cuello, ni extremidades ni cara. Son como una región de tatuajes volcánicos de extrema belleza (hace el gesto de acariciarla)
Erika: (Recoge la sabana y se vuelve a tapar) Estás loco. Por la forma en la que hablas da la impresión de que sólo te gusto por mis cicatrices.
Ignacio: Eres demasiado insegura. Estamos en un mercado de carne, solo tienes que revolotear de madrugada en cualquier local y tendrás barra libre para tu coño. Sin embargo yo te quiero, quiero cada singularidad de tu cuerpo. Eso es más difícil de encontrar.
Erika: Sí, una lastima que sólo hables con gente muerta y que tu mayor aspiración sea seguir en esa mierda de empleo nocturno.

Ignacio: (suspiro) No nos enfademos, no estropeemos una relación perfecta de una semana. Cuando al día siguiente del concierto me hablaste de Mario, como convenciste a tu familia para que le dijeran que te habías suicidado, no sé, me pareció una idea divertida aprovechar los días que te quedabas en Madrid para atormentarle. Habían pasado más de diez años, se iba a volver loco al recibir tu mail. Y fue genial observar como reaccionaba en la estación de autobuses. Pero Peter era alguien jodido. Tú viste como parte del juego coincidir con él al dejar ese libro en el portal de Mario. Un aliado en tu revancha. Incluso le ayudaste a llevarse a Ana. Pero para él no era un juego, ese tío era peligroso, ¿te fijaste cómo hablaba de Ana? Ahora está muerto. La policía investiga. Adiós a vuestro cónclave de ex resentidos. Pero, ¿por qué no disfrutar del único día que te queda de vacaciones? Mañana volverás a Barcelona...
Erika: No se trata del juego, como tú lo llamas. Aunque sí, tienes razón: la diversión se ha acabado. En cuanto a nosotros… hay ciertas afinidades que nacen del hueco del dolor y el silencio. Lo siento, no soy buena para las relaciones normales. Prefiero dejarlo aquí. Como diría Whitman: “¡Oh Capitán! ¡Mi capitán! Nuestro espantoso viaje ha concluido…”
Ignacio: El barco se hunde y solo tú podías salvarme. Adelante, busca tu felicidad a pesar de mí.

Erika se viste con su conjunto de lencería rojo mortalmente atractivo. La angustia sobrevuela la habitación, no importa si han sido siete días o tres años, algo transcendental ha acontecido, cada pequeño detalle suyo se ha convertido en fetiche, en un altar en mi memoria. Quiero reaccionar, no quiero forcejear más tarde con L'esprit de l'escalier, o con la ruda nostalgia de lo que nunca ha llegado a suceder.

Ignacio: Ya’aburnee es una palabra árabe que significa “tú me entierras”, y alude al deseo de morirse antes que la otra persona para no tener que sobrellevar su dolorosa ausencia. Eso es lo que me despiertas. No me dejes solo. Te necesito. Permítenos ser algo más que un momento de ternura, que dos mentes farfullando sobre un orgasmo pretérito.
Erika: “Yo soy un sueño, un imposible/vano fantasma de niebla y luz/soy incorpórea, soy intangible: no puedo amarte.” ¿Eres acaso ese poeta masoquista que siempre contesta: “¡Oh, ven; ven tú!”?
Ignacio: La música no es inocente. Una sabana levanta la mano y baila en la noche. Dame una oportunidad. Déjame hablarte de la muñeca de Kafka. Gritemos juntos. Siempre en movimiento. Todo o nada. Ahora o nunca. Sin tibiezas. Quiero ser un cristal roto que brilla sólo por ti. Quiero ser tu órbita cementerio. Déjame ser tu orgasmo eviterno, tu aullido vertical. Déjame ahogarme en tu oleaje, ser el artista de tu pecado.

El miedo queda embriagado y se esfuma. Y aparece la sumisión, el placer, las marcas de cuerdas en las muñecas, los mordiscos a ras de hueso, pasión enfebrecida eclosionando límites y jurando amor eterno mientras laceran la carne con sus cuchillos de saliva. Y el amor, durante un momento efiterno, triunfa.

Fin del capítulo 18.

La Chispa Adecuada by Héroes del Silencio on Grooveshark