A veces creo que ya he tocado fondo, esa especie de escatológica
asincronía con tu propia alma, esa incapacidad para eludir la frustración, esa
bilis letal que quema tu garganta cuando tienes que sociabilizar y sonreír a
tus compañeros de trabajo, cuando lo que realmente quieres es expandir
su cerebro desparramándolo por el suelo. Pero todavía sigo aquí, con las
pulsiones suicidas vaciando el vaso de vino una y otra vez hasta el vómito,
hasta que los días se difuminan y la resaca solo es otra voz inmisericorde
dentro de mi cabeza. Languideciendo estúpidamente, soñando con
terrorismo urbano, con quemar, romper, destrozar, aunque solo sean mis nudillos
contra la pared. Acariciando mi polla recordando quimeras y oportunidades
perdidas, con ese masoquismo despiadado de la soledad, sin esperanza, pero conservando
el humor, ese sonido de estertor amable, del tullido arrastrándose por un coño
reseco, dispuesto a arañar un poco de placer antes del accidente final.
Hay momentos en que el silencio te ahoga entre cuatro
paredes y el frío empieza a supurar, te sientes totalmente solo y relativizar
no sirve de nada. Los locos son personas con demasiada sensibilidad, saturados
por la realidad, incapaces de aceptarla sin echarse a reír o a llorar sin
control. En momentos así busco sentir algo, tecleando, escuchando música,
viendo una película, leyendo. Desgraciadamente solo el talento me emociona. Me
resulta asombroso que el resto del mundo llore por un resultado deportivo pero
no le afecte la muerte de un personaje literario, el final de un libro, una
canción cuya letra parece que ha sido escrita para ti y que entra en bucle en
tu cerebro.
Estoy solo. Y puede que tú, ahí, leyéndome en el
ordenador o en el móvil, también lo estés. No me refiero a una soledad absoluta
y dramática. Seguro que tienes amigos, hijos, algún amante, toda una vida
esperando ahí afuera con una puntualidad modélica. Me refiero a esa soledad más
sutil, donde la gente de tu entorno no sabe realmente lo que piensas, como sientes,
que deseas, que te excita. Te escondes, huyes del rictus, del juicio
condescendiente, no quieres convertirte de pronto en la rara, en la extravagante. Por eso me agrada que me leas, que pongas
tu propia banda sonora, que pueda llegar a emocionarte.
Te imagino a veces masturbándote, mezclando el vicio y la
poesía entre tus dedos. Me gustaría estar ahí.
O quizás no, quizás tú, sí, tú, mereces todas las mentiras que han
escupido sobre tus piernas abiertas porque solo eres una tara infumable, una cobarde inconsciente e idiota. Y ahora, condenada a sufrir esa soledad
como una segunda piel de la cual nunca podrás desprenderte, sufres el justo pero elevado precio por dejarte caer sin intentarlo.
Pero, ¿quién soy para juzgarte de forma tan dura?
Adelante, ven aquí, la noche mezclada con alcohol es un buen paliativo para la mortaja del alma. Podemos columpiarnos con medio cuerpo fuera de la
ventana, mirar al suelo y reírnos de lo fácil que resultaría todo. Yacer ebrios
esperando una segunda oportunidad mientras seguimos fecundando pesadillas tras
las atalayas del manicomio. En el fondo todo es optimismo suicida y ansia de
sexo, hastío y tu coño caliente abierto en canal. Y aunque esta soledad, en
mitad de la nada que compartimos, siempre es preferible a una compañía
desquiciada, sigo buscando en ti un puto pedazo de cariño.