Ana lleva un mes conmigo. No ha funcionado. Quizás sea el punzón de
hielo debajo de la almohada. La veleidad intrínseca. La falta de afinidad con
la vida. ¿Por qué no me atraen las
mujeres normales? Ana habla de Alicia. De su promiscuidad disociada de
orgasmos. De Peter. Escucho su cascada de cenizas. Nos despedimos. Es doloroso.
Vuelvo al ordenador y escribo.
Voy a ocultarme en el lenguaje, ¿por qué? Tengo miedo. Pregúntale al
viento. Aquí sólo hay estatuas y muñecas rotas. Un jardín prohibido. Un
instante de éxtasis. La noche con su excelsa sapiencia de la oscuro abriga las
risas del interior de las paredes. Mis muñecas transfiguran la luz con un eco
de sangre negra. El silencio del templo de papel que sólo sirve para preservar
pensamientos de gente muerta.
Madrid hiede. Es una ciudad de nadie,
una puta sifilítica que te lo hace gratis si cierras los ojos. En Madrid no hay
primavera, solo manchas de sangre, lodo y zapatos viejos. Madrid es un corazón
que late de mentira, una flor cubierta de hollín, una anciana tocando el violín
en la boca de metro apartada a empujones, un grito eterno que nadie escucha.
Madrid es la sombra del ahorcado, unos ojos de serrucho, dientes manchados de
carmín, un osario de almas grises sin tiempo.
Me gustaría construir una estación de tren en el párrafo, no puedo,
por ello, rozar con sutileza el teclado: debo desnudarme, emborracharme,
vomitar mis vísceras en el silencio, empalarme buscando ese hogar, esa patria,
ese sentido que se aleja de mí junto al segundero.
Hay palabras con manos que acechan tu corazón, hay palabras de todo
tipo, con ecos de cárcel o vetusta ternura, palabras que se escriben como si el
silencio fuera una pared y estuvieran ahí para golpearla hasta el derribo. Hay
palabras que buscan tus ojos, que son huecos llenos de gritos, palabras que
resuenan en un callejón peligroso. Hay palabras que bailan en la boca del mudo,
palabras que se alimentan de relojes, que bailan en el alfeizar con mi locura,
palabras que se escriben como si fueras una vela a punto de apagarse, que
recrean un corazón con forma de jardín de escombros y arboles de vidrio, que evocan
el juguete favorito de un niño desdichado. Las palabras son un interior, cisternas de la memoria,
rastros de paraíso perdido.
Escalo tu recuerdo, como madreselva en el muro de la doncella. Tu
desnudez iluminándome, tus huesos arqueándose como flores en la oscuridad
ardiente. Nuestros cuerpos buscando placer ocultaban el vuelo de los cuervos.
Mis ojos de herrumbre, como barcos en un mar de piedra, tatuando el
aire de imberbe tristeza. Grieta en el techo de la almohada. Peonías rompiéndose
bajo el yugo de la clepsidra, ese amargo reloj de agua que digiere nuestras emociones
como el borracho que mira el ojo negro de la botella. El cuervo grazna
impaciente. La hormiga se come el feto del escorpión. Estoy solo. De nuevo.
Kirk maúlla demasiado fuerte. Elijo el lugar de la herida. Y voy
muriendo. Liturgia pura. Aurora de dedos negros que quieren beber de mi cadáver.
La muerte me llama con su corazón de espejos. No hablamos de lapidas, solo de
lluvia. La sangre en círculos de sumidero. Un último brindis mientras se
desliga de mí.
El resto es silencio.
El resto es silencio.
Fin Epílogo 2.