miércoles, 14 de octubre de 2015

"Es por culpa de mi infancia, sabes. Nunca supe lo que era el amor..."

Cuando afirmo que debemos ser empáticos con nuestras contradicciones pero sin ser incoherentes con la esencia supongo que caigo en un divertido oxímoron. Lo que quiero decir es que la literatura, la novela, se basa en desmenuzar y comprender en un discurso hilvanado y lógico las grandes contradicciones y tragedias del ser humano. Quizás afirmo esto porque los decadentes solemos confundir la libertad con el autosabotaje. Conocer gente, sociabilizar, luego desaparecer y hundirse en la misantropía. Huir, como un Grenouille mediocre. Salir a correr una hora y luego pasarme el resto de la tarde solo en casa, bebiendo cerveza, escuchando música. No buscar trabajo. No hacer nada. Esperar la decrepitud y la precariedad sin ningún plan. Esperar. Como si el tiempo no fuera valioso, exigente, como si no necesitara como los demás algo de significado para sentirme vivo.


Cuando era adolescente sentía cierta envidia por esas personas capaces de canalizar su pasión en algo concreto y no agotarlo a corto plazo, en mi caso, con la música, siempre me obsesionaba con algún grupo, o género musical –principalmente rock gótico, heavy mental, doom metal- pero me duraba poco, me interesaba más repetir la sorpresa inicial, indagar en el nuevo sonido, en cierta forma necesitaba deconstruir la canción, comprenderla, absorberla, y luego, como reacción lógica, abandonarla. Por eso quizás me interesaba más las biografías que los posters, quería comprender no admirar. Pero un día, poco a poco, empecé a escuchar a Héroes Del Silencio más a menudo. Un recopilatorio, una canción en la radio, gente con la que sentía una afinidad brutal que estaban embriagados y que hablaban de ellos como si formasen parte de una secta. Y lo curioso es que durante más de diez años todas las personas que conocía y que luego se volvieron importantes para mí formaban parte de esa obsesión melómana en torno a HDS. Recuerdo cuando tuve una relación a distancia con una chica de Sevilla, un mero acto protocolario en el que ella me presentó a sus amigos se convirtió en una amistad que aún hoy resiste la distancia. Tatuajes de Héroes. Benacazón creando un círculo de músicos bohemios que se buscaban a sí mismos en el camino del exceso, que escuchaban The Doors y querían ir al otro lado, brindando con la luna con un grito de libertad, un hermanamiento que tenía a HDS como banda sonora, creando la necesidad de desasimiento, de singularidad, de ruptura. Cesar. Herminia. Manolo. Juanma. Todos ellos siguen ahí. Un círculo intacto. Inamovible. 

Y no dudo que la música solo fue un vehículo emocional, un pretexto para abrazarnos y pensar que éramos invencibles en nuestra derrota. Porque en mi caso cuando iba a Benacazón siempre pensaba en ello como un viaje de ida: no quería regresar. No quería volver a Madrid, a mi vida, a mí mismo. Quería terminar con todo. Quizás nunca lo intuyeron. O quizás sí, y eso creó una resonancia entre nosotros porque también se sentían atrapados por sus circunstancias. 

Pasaron los años, seguían siendo la banda sonora de mis noches etílicas cuando en 2007 sucedió lo imposible: HDS iban a hacer una pequeña gira de diez conciertos, solo cinco en España. Estaba entusiasmado, en aquel momento por Internet solo había un par de conciertos en vídeo –y cientos de cintas piratas-, de hecho nunca les había visto en directo. Llamé a todos y quedamos para ver los conciertos de Zaragoza y Sevilla –y poco faltó para que fuera también a Valencia. Meses de planes y emoción. Aunque en el fondo sentía que algo no iba bien. Y llegó por fin el día: cogimos el coche, llegamos al hotel, hicimos la pertinente cola a la entrada del concierto, y después de unas horas de espera, ya casi de noche, empezaron a sonar los primeros compases de “El estanque”. La gente empezó a gritar, todos estábamos emocionados, y cuando Bunbury empezó a cantar –estábamos a unos diez metros del escenario- casi no lo podía creer, me sentía desbordado. Pero dos canciones después las sensaciones fueron poco a poco diluyéndose, desinflándose, como si no fuera capaz de disfrutar del instante, como si lo importante solo fuera haber asistido. Y no era culpa de ellos, no habían cambiado tanto, es cierto que Valdivia no tenía la misma calidad como guitarrista, pero el concierto fue largo, intenso, serio, con una buena planificación detrás. El que había cambiado era yo, porque había viciado mis expectativas con una pasión fungible, impostada, que ya no existía. Y era triste, como esos amantes que vuelven a verse después de meses sin rozarse y todo queda reducido al sexo, porque han perdido el vínculo sutil pero esencial que compartían antes. Y solo queda frialdad y un poso de decepción. Y en aquel momento, en mitad del concierto, y luego en Valencia, lo que pensé es que así se mostraban los estragos del tiempo, y que a fin de cuentas el problema era solo mío: el concierto había llegado demasiado tarde para mí. 

“Tengo
Momentos en que sólo recuerdo una conversación
Quizás sólo fueran palabras desnudas
Pero de corazón

Hace tiempo que ya no te veo
Quizás no te llamo
Porque no me atrevo
Hace tiempo que ya no te veo
¿Habremos cambiado?
Quizás a peor…”