domingo, 13 de septiembre de 2015

Las criaturas hermosas también sufren porque ni siquiera las palabras pueden salvarnos de nuestra fealdad interior

Primero es el Deseo, el Miedo compartido
Ajeno legado de patrañas
Nueve meses después surge conciencia
De ese naufragio en líquido amniótico

Aspiró el aire como si contuviera la sabiduría para decidir si quiero vivir
o morir
Así cada día, como un niño desnudo en el manicomio
Busco alimento en la figura del Padre
Pero ahí solo existe el silencio, la nada opaca
Su falta de responsabilidad me convierte en un mero exilio de esperma
Y extiendo los brazos hacía la Madre
Pero ella es una montaña, un silencio sin compañía
una Ternura en diferido

Y pasan los años, afirmo ser acróbata
pero siempre dejo la luz encendida por las noches
Las obsesiones crecen como monstruos
Los gusanos reptan por los pliegues amargos de mi vida
Mirada de murciélago, muñones de evasión
Mi adolescencia se masturba con los ojos cerrados

¿Debería aprender a vivir en habitaciones sin espejos ni ventanas?
¿Debería arrojar piedras a la parte sana de mi cerebro para acabar con el castillo de hambre de mi conciencia?

Los bosques de piel y huesos también sufren
Porque ni siquiera las palabras pueden salvarnos de nuestra fealdad interior.

***
Todo muere. Conmuta. Ayer quería escribir, día libre. Llevaba cinco cervezas encima, tenía los tres últimos poemarios de Bukowski encima de la mesa. Pero me sentía decepcionado: me aburrían. Ya no me emociona como antes. De hecho casi nadie lo hace, no hay nada peor que la monotonía al leer un libro. Y decidí salir a correr un poco. Quizás no sea muy decadente pero a veces necesito desconectar. Y aunque resulte banal comentarlo los corazoños adolescentes son muy exigentes en la cama. Eran las tres de la madrugada, llevaba cinco, quizás seis kilómetros. Todo funcionaba a la perfección, es decir, no había nadie, sonaba la música adecuada cuando al doblar un edificio me encontré con un neón gigantesco con la palabra “Jesús”; pertenecía a una de esas sectas cristianas que proliferan en tiempos de crisis. Su luz era de un rojo humeante, ebria, como una meretriz con lencería usada que cruza las piernas antes de tentarte. Jesús. Pero al igual que el infierno de una mosca nos parece trivial, así fui dejando atrás esa monstruosa visión. Joder, se aprovechan de nuestra inanición espiritual, de nuestras mentes aguadas, de nuestro miedo; de otra forma no tendrían poder sobre nosotros y destruiríamos esos cubículos de estupidez. Y seguí corriendo dos o tres kilómetros pensando en estas cosas, algo deprimido, y con ganas de llegar a casa para seguir bebiendo.

***
Llegaste, me trague todo tu amor, bilis blanca recorriendo mi garganta, y en menos de una hora desapareciste. El acto me convirtió en un espejo de todas las callejuelas sucias de Madrid. Y alcé mis alas negras y ahí estaba: la pérdida de fe, el sueño sin sueños, despertarme sin reconocer la habitación, el silencio de orgasmos. ¿Qué error hubo en mi nacimiento, porque pertenezco a un sexo que detesto? Me gustaría poseer una soledad masculina, mayestática, hermosa, cincelada con martillo y sin misericordia. Con vocación de guerra, con miles de músculos abrigando los huesos huérfanos, un escudo de carne infinita. Una soledad gigante, de ogro salvaje y egoísta, una soledad sin lágrimas que partiera en dos las tempestades al cruzarlas… una soledad acogedora, algodonada, una soledad que llenara mi coño de priapismo, esperanza y ladridos. Dime, ¿cómo consigo esa soledad sin abandonar tu recuerdo? Y el decadente contesta: "No temáis a la felicidad: no existe"