martes, 15 de septiembre de 2015

Kim Phuc

Hace 43 años se hizo la famosa foto de Kim Phuc, la niña vietnamita que gritaba “quema, quema” mientas huía de su aldea en llamas, desnuda, víctima del napalm que quemó su ropa y su piel. Esa foto conmocionó al mundo y ayudó en parte a acabar con la guerra del Vietnam.

Las lágrimas de cocodrilo que nuestros líderes políticos han hecho brillar ante los flashes de la cámara por la foto de Aylan Kurdi, el niño sirio ahogado en la playa, han durado solo nueve días. Hoy ni siquiera han llegado a un acuerdo con la reubicación de los refugiados y se emplaza la siguiente reunión para el 9 de octubre. Se cierran las fronteras, se construyen muros y hoy entra una nueva legislación en Hungría que castiga entre tres a cinco años de prisión a los refugiados que intenten entrar en el país. Los traficantes se frotan las manos: les dejan seguir con su negocio, y si algo sale mal, no importa, pueden abandonar el vehículo, como sucedió con el camión frigorífico donde murieron setenta refugiados –cuatro niños- y por los que nadie lloró tanto unos días antes de la famosa foto.

Así somos también los ciudadanos europeos. Escribía ayer el escritor italiano Erri De Luca: “Los hombres y mujeres que buscan nuestros países están reinventando la utopía europea, pues sueñan con la Europa próspera y solidaria que ya casi no existe y que nosotros hemos olvidado”

No les vamos a dejar reinventar nada, nos hemos deshumanizado demasiado en el tiempo que ha pasado entre esas dos fotos, nuestra atención se dispersa en estímulos cortoplacistas, conocemos la noticia, nos da mucha lástima, derramamos muchas lágrimas virtuales por Twitter, Facebook, y luego, quizás una semana después, o nueve días como nuestros queridos líderes, hablamos menos de ello, y nos enfocamos en cosas más importantes, como el partido de la selección de baloncesto, la champions, las elecciones catalanas... a fin de cuentas llevaban ya cuatro años de guerra civil en Siria y nadie hizo nada, aparte claro está de vender armas, y ahora bombardear el país.

Hace un par de semanas alguien vanagloriado de estar muy bien informado me insistía con vehemencia que EEUU no tenía más remedio que bombardear Siria “Otra solución no es posible”; supongo que ahora me diría que Hungría con su muro de la vergüenza –y poniendo a España como ejemplo de política migratoria- también es algo que no tiene remedio. Y yo le digo, os digo, que no hay atajos, no hay soluciones simples para cuestiones complejas, y que todo lo que está sucediendo ahora no arregla nada, solo da una visión honesta de cómo es realmente el ser humano actual: hipócrita y despreciable.