sábado, 25 de julio de 2015

El amor es perderle el respeto a la tristeza aunque la ambulancia nunca llegue a tiempo. El amor es una Rosa enamorada del jardinero y su guadaña. El amor son dos amantes reencontrándose después de mucho tiempo, y el ruido de su orgasmo golpeando la pared una, y otra, y otra vez…

Vuelvo a casa después de correr, agotado, empapado en sudor, sin haber conseguido entorpecer el ruido de mi interior. Y ahí estás tú, mi puta, mi loca depresiva, la chica tatuada, la Pizarnik de Orcasitas, la del corazoño romántico, la que piensa que la vida se reduce a esquivar los charcos de pasiones, la ciclotímica que primero me ama y luego me destruye. La que me devuelve las llaves y se quita las bragas. La que me insulta y luego se pone de rodillas. La que lame mi cuerpo y moja mis sábanas. La celosa parasitaria que besa las heridas de mis nudillos. La niña caprichosa antisocial y decadente que solo se corre si jugamos a la asfixia erótica… ¿Qué quieres de mí? Ahora que vivimos entre las partes afiladas de una relación llena de errores y desilusiones, ¿cómo fingir que nada ha cambiado? Pero tienes la boca ocupada y no puedes contestarme. Y me rindo a la ebriedad del momento, al deseo de hacerte daño. Deslizo mis dedos con violencia en tu coño. Somos un poema inabarcable donde no existe la piedad. Hazme vida mientras arañas mis contornos. Quiero violarte el cerebro, sodomizarte mientras aún sientes el dolor de mis dedos en tu garganta. Tampoco te reprimas, atácame, escupe tu rabia. Muéstrame algo real, tan real como la muerte. No nos dejes pensar, ya perdimos hace tiempo la oportunidad de ser épicos, especiales, mejores… No, no lo somos, somos egoístas y mezquinos, somos pájaros en sillas de ruedas, somos la voz afónica de la lepra. Por eso fóllame, deséame. Y que por un instante el orgasmo nos transcienda de ser una simple sombra de carne.