lunes, 23 de febrero de 2015

En esa habitación de goteras rojas me hice mayor. Me hice carne y puzzle de invierno. En esa habitación dejé de insultarme. En esa habitación empecé a escribir.

La vida es un barco que se hunde, el capitán borracho y la tripulación enloquecida, ¿para que aprender a nadar? La vida es un abuso de posibilidades donde carniceros iletrados se turnan para manipulan mi carne joven y enferma. Me cortan en pedazos pequeños, se los llevan a la boca y me saborean lentamente. Intento razonar con ellos pero es inútil: su mente tiene forma de polla. Una polla egoísta y decepcionante con una boquita minúscula que susurra mentiras, que dice: “mi amor”, “mi vida”, “mi musa”.

Y lloro, vomito, menstrúo, me deshago ante sus ojos sin que se den cuenta. De acuerdo, cumplid vuestra función, cuando eres joven la única tragedia es vivir en diferido. Dios existe y tiene coño, vive en los condones usados, en el silencio, en la analgesia extrema, en el papel higiénico que limpia el orgasmo, en el amante voraz que me hace daño al penetrarme, en la gravedad de mis venas y de mi miedo, en cada aborto mensual de mi coño, en todos esos miles de coágulos que tienen forma de niños no-natos, de pájaros rojos sin alas. Dios existe cada vez que me abro de piernas y cae insostenible la danza de espejos rojos. Soy mujer, demiurga, lame mi perfume de vida muerta que se atreve a manchar de rojo el reloj de la Naturaleza.

Una vez estuve internada. Fue algo temporal, solo un par de semanas. Estaba obsesionada con el hambre, tuve una crisis de ansiedad. Allí me atiborraron de pastillas. Una de mis compañeras de habitación lloraba por las noches por su bebe. Su bebe había muerto. Ella tenía quince años. Y luego se reía. No paraba de reírse. Como la tierra seca. Vaya historia, ¿eh? ¿Cómo, ya no quieres follar? ¿Por qué? Estamos conociéndonos, tú me dijiste que querías conocerme. Pues eso. Es cruel prometer que todo saldrá bien, disfrutemos el momento. Ven. Ya no hay infección. Alimentémonos de mi infertilidad.