domingo, 25 de enero de 2015

¿He dicho en algún momento que haya salido de la autolesión? Simplemente he cambiado las reglas y el contexto por algo socialmente más aceptable.

Sentía frío e intenté abrocharte la risa. Pero tú me diste la espalda, ya tenías tu propia bufanda de piel y huesos rodeándote el corazón. Así eras tú: hermoso animal violento. Demente sequía. Puta y lisérgica gangrena. Querías violar a Dios, arrancar su alma fraudulenta y fotocopiarla en blanco y negro para luego distribuirla por cementerios y orfanatos. Y planeabas el asedio entre volutas de humo blanco, vino tinto y paredes con vocación de cuchillo. Por las noches jugábamos a preguntas y cicatrices: ¿Eres señuelo o decepción? ¿Cuál es tu dolor favorito? ¿Cuántas veces te cortaste pensando en mí? ¿Es tu coño la única lucidez de esta habitación? ¿Somos el ridículo infierno de una mosca follándose la nada?

Pero te fuiste. Los arboles golpeaban con sus ramas mis botellas. Todo estaba repleto de mierda. Había afonía y cada segundo se confabulaba con la muerte para parecer eterno. Tu recuerdo era una gotera de sangre desde el ático de mi neurosis. No me atrevía a mirarme los escombros en el espejo. Intenté disfrazarme de ciudad de papel, pero estaba claro que los abismos habían despertado en mi boca y ya no iban a parar. No quedaban muchas opciones: con una sonrisa salté y la gravedad dibujó mi menstruación con bastante talento sobre el asfalto.