domingo, 27 de julio de 2014

La mejor felación de mi vida.

Mi interés por la escritura siempre ha sido muy transversal, podríamos decir que soy más lector que escritor. De esos que quieren ser escritores hasta que se dan cuenta que hay que escribir demasiado para serlo. Gigantescas toneladas de palabras orquestadas delante del teclado con esa visceralidad propia del insatisfecho, del infeliz, del exhibicionista redundante, del feliz a ratos. Por eso llevar más de tres años y medio con este blog es más mérito de otras que de mí. Seguramente empecé a escribir por el desamparo de tiempo que me produjo la ruptura de una relación de casi seis años. Mi ex quería a su lado alguien estable, que quisiera tener hijos, que no viera la vida con una obsesión Peter Pan cortoplacista. Y al poco de naufragar en este lodazal de letras tropecé con otra catalana que me tuvo atrapada entre sus garras varios meses. Fue ridículo, exultante y posiblemente algo necesario.

En cualquier caso ya mi prosa se había cercado en torno a la decadencia, el desamor y el terreno sexual. La notoriedad me fascinaba. Los blogs son un chollo sexual. Las mujeres obscenamente superiores en casi todos los campos tienen la kryptonita en la literatura, algo las remueve por dentro, generaciones de sufragistas quedan sepultadas por el cliché romántico. Quise aprovecharlo, en ocasiones de forma taimada, dado que mi vida sentimental se había encallecido en relaciones largas de poca variedad sexual. Además era divertido: correos, llamadas a horas intempestivas, vídeos y después de algún tiempo el viaje para friccionar la literatura y realidad. Todos deberíamos de follar más, seríamos más felices, estaríamos menos frustrados. Estamos rodeados de sacos de patatas –ellas- y de máquinas de taladro sin imaginación –nosotros-, por eso un libro tan pésimo a nivel literario como “50 sombras de Grey” ha vendido más de treinta millones de ejemplares: no sabemos follar. Estamos reprimidos. Castrados.

Fue por esa época que me interesé por el BDSM. Escribía sobre ello, me registraba en foros, hablaba con sumisas, alucinaba con un mundillo en el que las fustas, los contratos de sumisión, las humillaciones y ruptura de tabús era lo normal. Contacté durante un par de meses con mucha gente. Recuerdo a un Amo en Madrid presumiendo de cuadra, es decir, de tener a varias sumisas a su disposición. O la sumisa esclava que estaba en proceso de animalización y tenía que comportase en su casa como un perro: comer en el suelo, andar a cuatro patas, comunicarse por ladridos. A mí me fascino por su nivel estético, por la inteligente psicología de los roles de dominación, esa libertad del todo vale mientras sea sano, seguro y consensuado. Pero poco a poco me fui decepcionando: como todas las buenas ideas estaba ya podrido desde el principio, quizás porque la mayoría de los Amos se limitaban a la idea de convertir a su sumisa en su puta y las sumisas en obedecer y poco más. Un desastre a todos los niveles. Como el caso de la chica efímera de Granada que durante un par de años confundió malos tratos con BDSM. Hay que decir en favor del género femenino que tampoco deslumbraba por su inteligencia, pero es un ejemplo de hasta dónde puede retorcerse una buena idea.

Antes de que el mundillo me aburriera tuve algunas experiencias con sumisas. Quedé con una ya madurita. Divorciada, rubia, delgadísima, pechos firmes y recelosos que al igual que yo era nueva en este mundillo. Se presentaba como sumisa pero ya poseía ese vértigo en la forma de arquear las cejas de Ama dominadora. Fue una velada divertida. Cenar. Emborracharse. Llegar a casa enlazando manos y lenguas. Sabía besar hasta que empezaba a morder. En apenas unos segundos se quedó en ropa interior, dejándose los tacones puestos, y avanzó como una pantera hacía mí. Estaba de caza. Oh, sí las cosas pudieran fluir de esta manera siempre.

Íbamos un poco sobre seguro, ya habíamos hablado sobre eso –podríamos decir que SOLO habíamos hablado de sexo-, y ella sabía que la mejor forma de conquistarme era con una buena felación. Y ahí estaba: borracha, disoluta, de rodillas, entregada al juego. Y todo se hizo realidad: su saliva era ambrosía, desdoblaba la lengua a mi alrededor, garganta profunda, mis cojones como bolas de Navidad siendo adoradas dentro y fuera de su boca, sus manos acariciando mi espalda, bajando, las uñas hundiéndose en cada arcada. Yo nunca me hubiera divorciado de alguien así. Y de pronto la sorpresa: su dedo ensalivado entrando en mi trasero. Fue una sensación incomoda, pero teniendo en cuenta que la totalidad de mi polla estaba en su boca no estaba en posición de quejarme. La feladora profesional siguió y siguió. Yo sentía un hormigueo en la base del estómago que iba bajando y llenándome de calor. En esos momentos amaba a esa mujer. Y eso que ni siquiera sabía su nombre real. Pero no se conformó con eso, me hizo girarme y mientras seguía masturbándome empezó a hacerme un beso negro profundo, muy profundo. Su lengua entrando dentro de mí de una forma que nunca había sentido antes.

Me sentía a punto de reventar, mi polla palpitando justo al límite de la ruptura. Estaba tan excitado no solo por las sensaciones nuevas, sino por el hecho de estar haciendo algo nuevo e inesperado. Siguió así durante un buen rato. Pero yo quería volver a sentir su boca, la desplacé y volví a ponerme como antes. Volví a entrar en ella. Me masajeaba los huevos, seguía más abajo, presionaba, multiplica las zonas de placer. Mi respiración se entrecortaba, me temblaban las piernas, pero quería alargarlo todo lo posible. Unos segundos después me corría con fuerza contra su garganta con un estertor animal. Fue, con sinceridad, la mejor felación que he tenido el honor de disfrutar en mi vida. Después de algo así todas las siguientes son en blanco y negro. Siempre falla algo: la cara, la entrega, la sorpresa. Hay que guiar las manos, indicar el ritmo, ni siquiera las palabras solucionan el contexto. Es como morir de éxito. Ni siquiera el amor puede mejorar algo así.

La historia no acaba del todo bien. Volvimos a quedar. Volvimos a hablar de BDSM. Volvimos a ir a mi casa. Pero esta vez ella traía un consolador en el bolso. Como attrezzo o ayuda me pareció adecuado. Nunca me he sentido intimidado: mi bestia púrpura –a pesar de mi edad y el alcohol-, siempre se ha comportado con soltura hasta en las peores situaciones –quizás hable de algunas de ellas más adelante. Pero mi globo de ilusiones de niño pequeño estaba a punto de explotar. Después de la fricción preliminar empezó a chupar el consolador. Pero en vez de darme el cetro de poder rodeo mi cintura y lo hizo aterrizar con todo su fálico poderío en mi culo. Y así, con una sonrisa equidistante, empezó a forzar la entrada. Tardé unos segundos en salir de mi estupor y apartarlo de un manotazo. La cosa se enfrío bastante porque según ella debía ayudarla a cumplir también sus fantasías. Quise darle a entender que mi virginidad anal la tenía reservada para la mujer de mi vida, que iba demasiado rápido. Me llamo reprimido, machirulo y muchas cosas que todavía sigo buscando en el diccionario. Quise retornar a la fricción y golpearla un poco con la fusta. Pero fue un total coitus interruptus.

Unos meses después, entre un drama Blogger y otro, conseguí quedar con otra que, para más inri, tenía incluso una autodenominada “caja de juguetes” que quería utilizar conmigo. Con argumentos de virgen vestal conseguí eludir también el momento. Pero me di cuenta que el BDSM era demasiado peligroso para un decadente mojigato como yo y decidí dedicarme a mujeres más normales –risa histérica al final de este párrafo.

Pero aunque han pasado ya dos años, hay noches en las que con ardor mitómano recuerdo esa felación, esa lengua que llegó donde ninguna otra había llegado antes y que, generosa, ardiente y exploradora merece de sobras este sentido homenaje.

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