Crumb es un documental de 1994 sobre el artista del cómic underground Robert Crumb y su familia. Dirigido por Terry Zwigoff y producido por Lynn O'Donnell y David Lynch, el documental fue muy elogiado, recibiendo además el gran premio del jurado y el premio a la mejor fotografía en el Festival de Cine de Sundance. Los cómics de Crumb se caracterizan por presentar a mujeres voluptuosas y enérgicas frente a hombres pequeñísimos e inseguros. En general su obra gráfica se sustenta en tres pilares: una continua obsesión sexual, el consumo de LSD y otras drogas y una angustia por vivir en un mundo que no comprende. Sus dos personajes más conocidos que se convirtieron además en iconos de la contracultura son Fritz the Cat y Mr. Natural.
"Si no dibujo un rato, me vuelvo loco. Me siento depresivo y suicida si no dibujo. Aunque a veces también me pasa cuando dibujo".
Su padre era un militar profesional, (había estado en la II Guerra Mundial y volvió algo trastocado) que maltrataba a sus hijos habitualmente. Ellos se refugiaron en el mundo de los cómics. Montaron a una edad muy temprana una especie de empresa en la que todos los papeles estaban asignados por Charles, el mayor. Hacía dibujar todo el tiempo a Robert y después vendía las tiras por el vecindario. A Max, el pequeño, le asignaron el papel de repartidor. Las hermanas hacían de secretarias y contables. Cada uno interactuaba en las viñetas del otro introduciendo sus propios personajes e historias. Crumb habla durante el documental de todo ello: de los malos tratos, de sus complejos adolescentes, de cómo se hizo adulto en un mundo de hombres que no le entendían, y de mujeres que jamás se fijaban en él. Explica que la obsesión por el dibujo fue su salvación, el ora et labora que le mantuvo más o menos cuerdo, y con el tiempo le convirtió en alguien famoso.
Sus dos hermanos, en cambio, no tuvieron la misma suerte. Maxon, el menor, malvive en un cuarto de hotel miserable en la Calle Seis, sin muebles, con una tabla de clavos en donde se sienta todos los días en posición de loto, mientras traga centímetro a centímetro, hora tras hora, una cinta de tela de tres metros de largo, hasta que la cinta le sale por el ano, momento en el que vuelve a empezar. Charles, casi cincuentón, vivía aislado en su casa, sin salir nunca a la calle y rodeado de gatos, de libros y de su madre. Con una manifiesta falta de higiene, desdentado y muy medicado. Menos de un año después (la película no se había estrenado todavía), Charles se suicidó. Los manifiestos problemas mentales de toda la familia tienen muchas reminiscencias con la película “El Desencanto” (documental sobre la familia Panero) y lo irreversiblemente nocivo de algunos lazos familiares.
El documental empezó la ronda de festivales y no paró de cosechar premios y generó un viraje en el mundillo del arte: Crumb pasó de anacrónico exabrupto de los ’60 a clásico. “Me mandaron de una patada a los museos”, afirmó entre risas. En el documental mostraba un maletín lleno de dibujos que iba a entregar a un coleccionista europeo a cambio de una casa de piedra de doscientos años en un pueblo de Francia, adonde había decidido irse a vivir. De hecho esa es su residencia actual.
“Cuando escucho música antigua es uno de los pocos momentos en que realmente tengo un poco de amor por la humanidad. Escuchas la mejor parte del alma de la gente común, tú sabes. Es su manera de expresar su conexión con la eternidad o como quieras llamarlo. La música moderna no tiene eso. Es una pérdida lamentable que la gente no pueda expresarse ya de esa manera”. Ésta es quizás la esencia del arte de Crumb, crear el escondite perfecto tras la profesión de dibujante para recluirse de un mundo que siempre había sido extraño y hostil.
En Twitter he dejado un par de enlaces en MEGA con el documental subtitulado por si alguien está interesado en verla.


