domingo, 31 de enero de 2016

Los profesores destruyen lectores.

El otro día leí un artículo que hablaba sobre el canon literario, sobre la distinción que se suele hacer entre la literatura culta y la literatura de masas; el autor opinaba que no hay nada que haga la lectura minoritaria mejor que la comercial, no es necesariamente más valiosa ni más compleja, ni el hecho de que una obra sea capaz de gustar a un público amplio va en detrimento de su calidad; más bien al contrario, es una cualidad más. También indicaba que si se pretende publicar, escribir para un público, la obligación del escritor es ofrecer algo de interés, que lo entretenga; si además es capaz de conmover y remover conciencias y certezas, quizás logre elevar el oficio de narrador a la categoría de arte. Pero lo segundo sin lo primero se le antojaba francamente difícil y no se debería de escribir “a pesar del lector”.

Creo que hay un matiz que se le olvida: bagaje cultural del lector. Obviamente todos tenemos que empezar por libros sencillos, es una cuestión de buscar cuál es tu género favorito, ir adquiriendo vocabulario y curiosidad intelectual. Los profesores destruyen lectores en el momento en el que exigen a un chaval de catorce años que se lea “La Celestina”. Hay que ir poco a poco, y seguramente si en los centros de enseñanza fueran menos intransigentes con su canon literario y dieran la oportunidad a los adolescentes de empezar a interesarse por la literatura a través de libros tipo Harry Potter o el Señor de los Anillos no existiría tanto analfabetismo funcional y abulia intelectual en España.

Pero más adelante hay que volverse un poco más exigente: está muy bien que, de vez en cuando, por pereza o por gracieta puntual, caigamos en libros que solo son entretenidos y no aportan nada más. Obviamente no quitan el hambre intelectual, pero por hacer un símil cinematográfico, a veces tengo ganas de ir a ver Mercenarios 3 y otras ver la última de Gaspar Noé o Lars Von Trier. No es incompatible. Pero cuidado con decir que son iguales y que la prioridad es entretener. No: lo importante es que te remueva algo por dentro, te haga pensar, te conmueva, incluso te irrite. Eso es arte. Lo demás es simple divertimento de segunda clase. Y lógicamente en esa ecuación también intervenimos nosotros. Cuando tenía quince años intenté leerme “El nombre de la rosa” y no lo conseguí. Vaya rollo pensaba, hablar tanto de religión, de la vida del convento, ¿por qué no se parece más a la película? Años después, con más idea de que era una novela histórica y no solo la investigación de un crimen, la devoré en pocos días, de hecho ahora la película me parece bastante simplona. Es decir, cuando la obra es compleja, personal, cuando el escritor escribe para sí mismo, pero no por pura pedantería, sino porque quiere hacer algo diferente, y por tanto pide y exige esa misma responsabilidad y compromiso al lector, el esfuerzo se convierte en placer y consigue que nos apropiemos de parte de esa belleza.

Lo demás es infantilizar al público, tomarle por tonto, volverle más vago y pasivo. El canon está ahí para que tú decidas si lo aceptas o prefieres fabricarte uno tú mismo, pero para ello debes conocerlo. El que una obra sea minoritaria puede ser por dos causas: artificio o exigencia. Sí es lo primero lo correcto, si tienes criterio, es ignorarla, pero si es lo segundo, inténtalo, porque la exigencia va en las dos direcciones, pero la recompensa también. Estoy de acuerdo en no caer en la pedantería intelectual, hace poco hablaba de ser librófago: leer de todo sin prejuicios, con cierta pragmática inteligencia. Pero tampoco caigamos en el bulo ignorante y conformista de creer que si una obra es poco accesible ya no merece la pena y además es un error del autor.