viernes, 29 de enero de 2016

El rasguño.

Hace décadas cuando aún era niño, vomité a Dios. Luego me quedé tiritando, con los muñones del alma especulando con la herida, el espejismo y la bomba. Ese espacio vacío lo ocupó la inteligencia. Dejé de mirar arriba y empecé a observar esos pasos de cebra interiores donde los poemas dejan su exquisita belleza justo antes de ser atropellados por el fanatismo y la prisa.

Ahora el tejado parece vacío, mis pensamientos se deslizan como cables eléctricos desgastados y sin voltaje, estatuas horizontales, manchas a contraluz, harapos, vestigios impúdicos de un fracaso por la ausencia de ambición. Observo el horizonte: se escucha llegar al invierno. Viene tarde, pero viene, como un esqueleto tambaleándose con su lenguaje secreto de viento y frío. 


No importa. Cierro los ojos, vuelvo a ese lugar que es patria del temblor, donde los charcos piden permiso a la lluvia, las flores tienen vocación de mortaja y los buitres se alimentan de lo que va muriendo en tu interior. Es duro conocer ese lugar, saber que el derrumbe siempre está ahí, esperando, como el picor de pierna amputada que despierta al niño todas las noches, esa ansiedad que fermenta en la oscuridad, paletada de tierra sobre los ojos. Por eso busqué refugio en tus besos. Pero el tiempo ya había trazado la huella arrugada de la inercia y su látigo apagado. Debería hacer una montaña de recuerdos y pájaros muertos y luego quemarla, hacerla arder, aspirar el humo repleto de hambre. Pero no puedo hacerlo, no soy tú. Tú sabías que la herida siempre hace ruido, un ruido quebradizo, de grieta, de cuchilla contra la piel, de mantis durante el orgasmo, de inmortal muerte prolongada e irreversible. Tú te hiciste mujer en ella. Yo dejé que el tiempo me zarandease como un débil bosquejo que dudaba entre latir o apagarse.