sábado, 4 de mayo de 2013

Capítulo 24 - Las vías del tren (Miguel)

Miguel creció en una pequeña ciudad del extrarradio. Su infancia fue normal, relativamente feliz. Pero siempre le faltó algo, siempre esa leve sensación de vacío. Puedes vivir con gente que te quiere y no sentirte querido.

Le atraían las vías del tren. Al principio sólo se sentaba a observar cómo se alejaban los trenes, soñando con huir. Los imaginaba poblados de vidas vividas. Nunca había subido en tren, así que los pensaba antiguos, con bancos de madera y literas donde dormitar.

Poco a poco se fue acercando. Le gustaba el riesgo de sentir el viento azotándole la cara con el paso veloz de los vagones, sentir las vibraciones en el suelo, primero en los pies, después estremeciéndole por dentro. Le gustaba el riesgo de ver acercarse los trenes mientras cruzaba las vías, sentir cómo el corazón se aceleraba.

Sentir. Eso era todo. Quería sentir algo, un poco de eso que contaban los demás. Sentirse vivo.

Su madre, católica convencida le hablaba de la alegría de vivir, de creer. Él sólo veía sufrimiento, tristeza.

¿Crees que es justo?, le preguntaba constantemente cuando veía a la gente sufrir. Y ella contestaba que había que aceptar el sufrimiento, que Dios tiene métodos que no entendemos, que los hombres provocan todo ese sufrimiento. Había que asumirlo y confiar, verlo como pruebas a superar. Dios aprieta pero no ahoga, decía.

Pero él veía cómo se ahogaba su vecina cada vez que tenía que llamar desesperada a la policía porque a su hijo drogadicto se le iba la mano en pleno mono. Era muy buen chico, repetía, era muy buen chico.

O escuchaba cómo se ahogaba el señor Pepe, el vecino del quinto, buen hombre, creyente, siempre amable, ahogado ahora en el cáncer que se aferraba a sus pulmones. Me muero, le dijo un día sin lágrimas en los ojos. Ni un puto cigarro en mi vida. Siempre me he cuidado, he hecho todo lo que se supone que debía hacer. He sido recto, buen cristiano. Pero me muero sin ver crecer a mis hijas, sin saber si serán felices, sin llevarlas del brazo a la iglesia cuando se casen. Después recuperó la compostura y volvió a su papel de hombre dócil.

Miguel no encontraba sentido a nada. Sólo cuando la adrenalina inundaba su cuerpo pensaba con claridad, y todo encontraba su lugar.

Mientras, su padre dormitaba en el sillón, de vuelta de la fábrica donde quemaba sus días.

Tenía que haber algo más. Aquello no podía ser todo.

Creció, se metió en algún lío. Buscó adrenalina en lugares poco adecuados. Buscó que alguien decidiese, que alguien le guiase. Al final descubrió que el sexo le proporcionaba la adrenalina que en otro tiempo conseguía cruzando vías. Pero era algo demasiado fugaz. Conseguir conquistar a alguien, sexo, fin.

Veía a la gente enamorarse, cometer locuras por aquello que sentían y les envidiaba. Pero no era capaz de sentir nada parecido. El interés no duraba más allá del orgasmo. Sexo, sólo eso, después nada, la nada absoluta. Después sólo ganas de ducharse y alejarse, buscar otro cuerpo, sentirse vivo otro segundo.

Entonces conoció a Alicia. Ella buscaba a alguien, le dijo. Él era una de sus pistas. Había compartido diez minutos en un baño con aquella desconocida a la que ahora buscaban, no sabía nada más de ella. No le importaba. Pero cuando Alicia preguntó hubiese querido saber cada detalle de la vida de aquella desconocida del baño, sólo para poder seguir hablando con Alicia.

Toma mi teléfono, le dijo, por si recuerdas algo. Y la vio alejarse.

A los dos días la llamó, fingiendo interés por aquella chica… ¿Marta? Creía que ese era el nombre que había usado Alicia.

Alicia parecía siempre segura, pero en el fondo de sus ojos vivía una niña asustada, él la había visto. Sentía ganas de protegerla, de abrazarla. ¿Cómo puedes estar haciendo tanto el tonto?, se preguntaba. Debe ser esto lo que sienten los demás, sí, debe ser esto.

Había recordado algo, le dijo. Cuando quedaron a tomar un café le explicó que Marta había recibido una llamada, y se había subido los vaqueros con prisa, torpe de repente, con cara de asustada. Le había escuchado llamarle. ¿Javier? Sí, ese era el nombre. Lo recordaba bien, era el nombre de su hermano. ¿Cuánto hace que no le llamo?, pensó de repente.

Recordaba todo desde el principio, pero sabía que necesitaría una excusa para ese café.

Se ofreció a echarle una mano. Conozco el infierno, le dijo. Y Alicia recordó la pequeña Taberna del Infierno, el lugar al que solía ir con su amiga María, y sonrió. No la imaginaba sonriendo. Pero se descubrió pensando cómo volver a hacerla sonreír. Era todo absurdo, pensaba.

Conocía a la peor gente de Madrid, o a la mejor, según se mire. Así que Alicia aceptó la ayuda. Era su primer caso allí y necesitaba alguien que la guiase.

Trabajaron juntos. Sólo eso. Ella nunca pareció ver a Miguel de otra forma. Una caña después de un día duro, un tequila si había sido jodido de verdad. Nada más.

Y luego tuvo que buscar a Hugo. Nunca le contó qué le unía a ese chico perdido, pero sabía que aquel caso era especial. Cuando apareció descalza aquella mañana, con olor a vertedero y cara de haberse perdido para siempre, supo que aquello lo cambiaría todo. La cuidó. Nunca la había visto desnuda. Pero aquella no era la forma, no lo era. La duchó, acarició con cariño su cuerpo hasta que empezó a dejar de temblar bajo el agua. La secó, la vistió, y la abrazó hasta que se durmió, y después. Cuando despertó, Alicia había desaparecido. No supo nada más de ella. Su número de móvil ya no existía. Podría haberla buscado, pero no tenía sentido, ella se había ido, sin dejar una nota. ¿Para qué buscarla? 

Miguel volvió a su búsqueda de la felicidad en las bragas de desconocidas que no le importaban, que ya no le hacían sentir ni la mitad de lo que sentía antes. Pero algo era algo. Sentirse vivo. No echarla de menos. Se mentía pensando que lo había conseguido, hasta que escuchó su voz al otro lado del teléfono y su vida convulsionó.

Fin Capítulo 24.

De las dudas infinitas by Supersubmarina on Grooveshark