lunes, 7 de julio de 2014

La vocación se puede inventar. El talento es una suma de esfuerzos artificiales.

El problema del decadente, aparte de su indolencia intrínseca, es la falta de ambición y metas. Atrapado por la sombra de sus escritores favoritos hace quiebros entre paredes blancas y escapes de gas buscando un momento en la madrugada para arrojar a la Muerte su regalo de vida. Es cierto que tengo la molesta manía de corregir mis textos y llenarlos de molestas metáforas –manidas quizás, pero extrañamente inexistentes en los demás blogs que ANTES leía-, y que siempre ando falto de humor y alegría. Reservo mi alegría cuando tengo la extraña suerte de eyacular dentro de mi musa. O al terminar sin demasiadas secuelas mi jornada de trabajo. O simplemente al abrir la tercera botella de cerveza en la soledad de una tarde de verano. Bien.

Hace una hora me llegó el último libro de Batania con la siguiente dedicatoria: “La vocación se puede inventar. El talento es una suma de esfuerzos artificiales”. Quizás dice eso porque su experiencia vital fue llegar a Madrid sin vocación, pero a fuerza de leer y escribir todos los días el hobbie se transformó en trabajo, y el trabajo en una amable rutina que le mantiene prolífico y en paz con el teclado. Paul Auster decía: “lo difícil es no hacerlo” Bukowski decía: “escribo por pura necesidad, para sobrevivir”. Yo creo que somos sedimentos de certezas. A veces escavamos dentro de nosotros con expectativas equivocadas y lo más afortunados –como Batania- descubren sorprendidos ese placer legítimo, esa necesidad que cobra vida y exige cada vez más. El teclado es un juguete divertido, pero creo que es erróneo llamar vocación a lo que la mayor parte de las veces es anhelo de notoriedad –reafirmación del ego-, masturbación neuronal, la elección de gastar tu tiempo en completar un puzzle de palabras.

Y quizás no se vislumbra esa pasión obsesiva en la mayor parte los libros que se editan hoy en día porque también falta lo más importante: el talento. Y ahí si discrepo totalmente. El talento lo tienes o no lo tienes. No somos especiales ni copitos de nieve únicos y perfectos que pululan por las ciudades en espera del foco adecuado. La inmensa mayoría somos mierda sin ninguna clase de talento. Naturalmente no siempre ha sido así, cuando éramos niños teníamos la potencialidad de destacar y ser especiales, cada uno a su manera. Pero está sociedad capitalista, con su educación alienante, sus sueños comprados a plazos, su necesidad de consumir, incluso de follar con una serie de directrices iguales para todos, ha conseguido modelarnos y matar cualquier atisbo de singularidad. Ese es uno de los motivos por los cuales hay más honestidad en la desesperación y la tristeza: nacen del aislamiento y la soledad. Una persona que no tiene problemas, que es moderadamente feliz, a priori ni siquiera va a tener la necesidad de usar el arte para su desahogo, no va a querer meterse en una habitación, con las persianas bajadas, a desmontar sus pensamientos y cuestionar su vida.

El talento es escaso pero existe. El problema es el mar de mierda que rodea y ahoga el brillo de las obras que merecen la pena ser disfrutadas. Porque el arte es un negocio. Escribir todos los días durante años te hace mejorar, encontrar un estilo propio y exhalar de vez en cuando algún eructo bienintencionado. Pero el verdadero talento no necesita ser señalado por una inmensa mayoria, eso ya lo hará el tiempo que es el padre de la verdad. El Talento sucede. Sin explicación ni aplausos. Es algo diferente que te desconecta de la realidad y estimula tu sensibilidad. Es una bengala en una noche sin estrellas. Una sorpresa encantadora. Por eso, aunque hordas de mediocres sigan sumando esfuerzos artificiales durante siglos, ni siquiera podrán rozar la transcendencia. Sólo conseguirán dejarnos sordos con sus rebuznos.

Batania mola. Comprad sus libros.

Lotus Flower by Radiohead on Grooveshark

domingo, 6 de julio de 2014

Escritura automática para no convertirme en un robot atiborrado de cerveza, con ese escaso talento que hace la zancadilla a un teclado que tiene la manía de cruzar en rojo sin mirar (I)

La escritura salva. O eso dicen. Los que tienen pasión y necesitan escribir todos los días. Yo lo intento. Pero nada. Me mueve la necesidad de hacer más liviano el tiempo, más laxo con mis paranoias. Incluso la cerveza es attrezzo. Incluso la mirada triste de la chica de la gasolinera es simple decorado al estilo Show de Truman. Uno cierra la puerta, pero los demonios encienden sus puros y aguardan en la oscuridad mostrando sólo un pequeñísimo dardo de luz roja. Enfrentamiento como mero espectáculo ficticio y sin argumentos. A veces el yoismo lo invade todo. Odio esas frases opulentas en las que todo el mundo parece justificarse. Es aburrido vivir en esas conversaciones. Prefiero la espalda ensangrentada del ángel que va empujando su silla de ruedas alrededor de mi lata de cerveza. Esa sordidez, por real, es más segura, más cercana. Lo demás es tan esperpéntico como el disfraz de un Teletubbie. Escribir es intenta comprender el mundo, vulgar excusa para maldecir golpeando el teclado, como si estuviéramos preñados de oráculos y serpentinas.

Pero no caigo en el tufo del elitismo rancio que llega de la mano de aquellos que crean textos abstrusos por la mera quimera de buscar la transcendencia en lo ininteligible. Ni fornico con el diccionario de sinónimos. Si utilizo este lenguaje es porque mi soledad son mis libros. Mi mente es así. Hijo único. Mucho tiempo libre. Mis metáforas son casas vacías, sueños de huérfana sólo accesibles a gente inteligente. Aunque reconozco que hay ocasiones en las que ni siquiera sé de qué coño estoy hablando. Pero recuerda: no me pagan. No te estoy vendiendo nada. No quiero escribir un libro. El contador de visitas está cerca de los trescientos mil y no significa NADA. Una bolsa vacía llena de pan duro y monstruos vitales. Cuidado: los ojos se agotan mientras Google sigue jugando a la ruleta rusa con tu tiempo libre.

No. No hace falta justificarme. Las cosas suceden. A veces hay que forzarlas. A veces hay que hacer lo mismo que los demás. A veces hay que contratar los servicios de una meretriz para sentir algo real durante dos o tres minutos, lo que me permita mi consabida eyaculación precoz. Soy culpable de que mi impostura se masturbe delante del espejo y olvide poner dos o tres tildes por párrafo. Me dejo llevar por el cansancio, el embrutecimiento más desolador. El adocenamiento más alienante. Pero me gusta vivir al margen. Por eso bebo. Por eso hago todas esas cosas ilógicas que me sabotean suavemente. Mi energía vital sólo puede concentrarse en el cortoplacismo del segundo siguiente. La felicidad es escasa porque el dolor se enamora de la realidad. Bukowski se ponía tras su máquina de escribir sin planear nada. Sólo pretendía exudar toda la mierda que había sufrido ese día. Quería triunfar. Sobrevivir. Respirar. Hacer equilibrismos ante el público siempre necio pero indispensable.

Mi ghetto trastabilla miseria. Ahí afuera hay locos. Y hombres sabios. Normalmente son la misma cosa. Apuesto todo al rojo impar de las esquirlas de cristal que tragué ayer. Sucedió al abrir la botella. El sacacorchos con su nihilismo mal entendido. Tenía que tirarla a la basura. Pero fue imposible resistir el impulso de llenar mi estómago con su Deltoya impúdico. A veces no quieres luchar. Sólo pretendes que, de alguna forma, alguien tire de la cadena por ti, que la guadaña llene tu boca con el sabor metálico de la sangre.

Escucho a Barricada: veo todo en blanco y negro, el vaso acaba siendo amigo mudo, las mismas caras, los mismos gestos… Eran buenos tiempos. Chupitos de absenta hundiéndose en los minis de cerveza. Las mujeres bebían con nosotros. Algunas se asustaban. Otras caían de rodillas a nuestros pies. Ciudades de carne que se conquistaban durante unos segundos. Pero éramos nosotros quienes, sin apenas darnos cuenta, hincábamos la rodilla absorbidos por su displicente mirada. Un baile. Un latido rompiéndose en sístoles y diástoles. Kaddish.

El cansancio lo reduce todo a pequeños detalles de faro en ruinas. La realidad se presenta como una vieja desdentada que busca con sus ojos famélicos el hueso sin carne del talento. Como un escritor beat que busca la trascendencia caminando hacia atrás. Como una herida que en los labios de una cazadora de arcoíris se transforma en hermosa esperma. La esquizofrenia del teclado arrecia. Por eso sigo masturbándome, atrapado en la creencia de que es la única manera de impedir que el huracán de palabras sin dueño conquiste los poemas de un corazón agorafóbico que mendiga por las tardes en el metro de Madrid para su marcapasos de viento.

Danse macabre: symphonic poem in G minor, Op. 40 by Camille Saint-Saëns on Grooveshark

jueves, 3 de julio de 2014

Epílogo.

Follamos ajenos al mundo
Arqueas tu espalda como si fueras una rosa
Bajo el influjo del verano
Llenas mi boca de horas inmortales
Que hacen brillar la oscuridad
Y derrotan todas las palabras hostiles

Antes de que escalaras el viento de la noche
Mi soledad maullaba hordas de huecos
Con su ejército de latas de cerveza
Ahora mi hogar amanece entre tus cabellos de ángel azul

En momentos así pienso que el amor
Es un viaje extraño
Pero cálido
Al otro del silencio
De una ciudad
Que siempre tendrá tu olor y tu sonrisa

Bailas desnuda entre los huesos de niebla de los relojes
Y te entretienes dibujando en mi jaula de miedo
Arabescos de placer
¿Dónde va la vida cuándo todo se detiene?
Hacía tu nombre

Porque sólo tú has conseguido
Que la realidad choque contra un nosotros
Y salga
Malherida.

Night Of The Hunter by 30 Second To Mars on Grooveshark Si Te Vas... by Extremoduro on Grooveshark

Atrevámonos a amar el color del tiempo en un muro abandonado.

Todo tiene más sentido mientras nos violamos salvajemente uno encima del otro. Dejemos que los versos salten por la ventana y se suiciden. Hay mejores formas de jurar amor. Lo importante son los fuegos artificiales que provoca mi lengua en tu coño. Tu dedo entre interiores mientras la asfixia que te provoca mi polla retumba en arcada romántica. Sé que estamos llenos de vicio y olvido. Pero no reserves tu culo de virgen vestal. Ahora el mundo se reduce a un nosotros. A tu carne llamándome a gritos, cosificando toda tu rabia, tu amor, tus gemidos de infierno y risa.

Te sodomizo lentamente y disfruto con el dolor de tu entrega. Habías imaginado una experiencia tan terrible que cuando deja de doler el placer te sorprende y la sensación adictiva te hace querer más. Te putifico. Lleno todos tus agujeros. Ahora poseemos la verdad de tu alma de piel de pájaro y mi cuerpo de viento roto. Eres una vulgar golfa que tiene en el fondo de su coño una imagen de París donde siempre nieva. Eres un rostro con madejas de paraíso perdido y polvo de estrella primigenio. Eres una tormenta de niña desdichada que todavía está decidiendo cual es la liturgia adecuada para vencer su indolencia frente a la página en blanco.

Pero te insisto: sólo tiene sentido escribir cuando tienes una necesidad real de vomitar el aullido poético que te agarrota. Es un juego fútil, un naufragio, la obsesión onanista por impedir que cicatrice la herida existencial. Pero al representar tu angustia y tu náusea consigues que sobreviva tu singularidad un poco más. Puede parecer que refugiarse en la creación, el arte, es poco consuelo para los que sufren como tú ese nihilismo atroz que les impulsa a pensar demasiado, a no caer en las trampas habituales de la religión y la ameba. Podrías sentirte tentada de arrojarte al abismo con ese ímpetu antisocial adolescente -anhelo erróneamente romántico-, de dejar un bonito cadáver. Pero te aviso que luego el tiempo, que nunca tiene compasión, se encargaría de convertir esa trascendencia en ridícula impostura.

Suena un trueno. Puede que llueva. Llevo tres cervezas y mi mente pierde brillo. Te decía que para escribir no necesitas el dolor. Ni preocuparte por el alquiler. Ni tener un trabajo alienante. Ni quedarte ciega delante del monitor. No hace falta que repases obsesivamente todo lo que escribes porque al final sólo conseguirás emborronar tu estilo y estropear la magia. Tampoco es necesario arder ni hacer el boca a boca a la guadaña. Lo que puede ayudarte es escuchar las explosiones que ensucian tus sabanas, llenarte los ojos de esperma y ebriedad azul. Dejar que Rimbaud te ayude a reírte de los viejos amores mentirosos. Escuchar con disimulo el aplauso del público, siempre necio pero indispensable. Sufrir el síndrome de Stendhal sin caer en excentricidades pseudointelectuales. Pero al final, lo más importante, lo único que necesitas, es sentir algo real y tener la valentía de compartirlo.

Hazme caso, sé de lo que hablo: todos mis poemas eran falsos.