pólvora en mi inconsciente
vivir entre la abrasión kamikaze de la nieve y el trapicheo lisérgico de las luciérnagas
corazón de titiritero alcohólico, síndrome del impostor rizomático
los besos son charcos sin argumento ni timón, sin permanencia
el hedonismo una noche oscura que rebota en el teclado
y se hunde en la insolvencia de una cama vacía.
El trabajo aborrecible, demasiadas horas mutiladas. De pronto un pequeño chisporroteo en mi interior, sutil como un suspiro, como veintiocho gramos menos, apenas perceptible para los demás. Y noto la náusea, el vacío, el nadir, esa feroz y esencial luz de mi interior muriendo con un reproche contenido. Ya solo queda la transmutación en tuerca, el guion previsible y la fosa común. Ya no valen los cuentos de hadas y los finales felices cuando permites que los cocodrilos de sonrisa aviesa ahoguen tus sueños en sus charcos de alquitrán y dinero. ¿Acaso escribí algo anoche? No lo recuerdo, mis palabras tienen ahora vocación de fuego y se borran antes de que pueda acariciarlas. Intento convencerlas que el escritor es un acróbata, que su misión consiste en construir un edificio de palabras tan alto que pueda olvidarse de sí mismo durante la caída. Pero nacen sordas, sin vocación, me dejan aturdido como una herida analfabeta, exiliado, solo. Volved conmigo, por favor, volved, ¿qué soy sin vosotras? ¿qué haré si no me cobijáis en vuestro regazo?
“¿Recuerdas cuando eras joven? Brillabas como el sol. Ahora hay una mirada en tus ojos como agujeros negros en el firmamento.”
“Descubriste el secreto demasiado pronto, lloraste por la luna.”
La canción es un homenaje a Syd Barret, el amigo y fundador, el genio loco, el músico, el pintor..., aquel al que un buen día decidieron dejar en casa porque les estaba arruinando su futuro como banda con sus extravagancias y salidas de tono producidas por el LSD y su incipiente enfermedad mental. Roger Waters lo resumió así: “Pink Floyd no podría haber sucedido sin él, pero por otra parte, no podríamos haber seguido adelante con él” La canción también es un canto a la ausencia en general, que ellos personifican en Syd; todo en ella despierta la añoranza y la tristeza del abandono: su cadencia melancólica, sus notas largas y delicadas, la 'congoja' de los solos de David...
Dos curiosidades, la primera, las iniciales en el título de la canción (SYD). La segunda, después de casi siete años sin verlo, un día en el que estaban grabando en Abbey Road el disco, Syd apareció por allí. Hasta pasados unos minutos no lo reconocieron, había engordado unos cuarenta kilos, tenía la cabeza y las cejas afeitadas, y seguía ausente, casi ido. “He comido muchas chuletas de cerdo”, susurró ante sus preguntas. Roger Waters quedó tan apenado que fue incapaz de continuar con la grabación.

