martes, 2 de febrero de 2016

Carta de Julio Cortázar a Alejandra Pizarnik

París, 9 de septiembre de 1971

Mi querida, tu carta de julio me llega en septiembre, espero que entre tanto estás ya de regreso en tu casa. Hemos compartido hospitales, aunque por motivos diferentes; la mía es harto banal, un accidente de auto que estuvo a punto de. Pero vos, vos, ¿te das realmente cuenta de todo lo que me escribís? Sí, desde luego te das cuenta, y sin embargo no te acepto así, no te quiero así, yo te quiero viva, burra, y date cuenta que te estoy hablando del lenguaje mismo del cariño y la confianza –y todo eso, carajo, está del lado de la vida y no de la muerte. Quiero otra carta tuya, pronto, una carta tuya. Eso otro es también vos, lo sé, pero no es todo y además no es lo mejor de vos. Salir por esa puerta es falso en tu caso, lo siento como si se tratara de mí mismo. El poder poético es tuyo, lo sabés, lo sabemos todos los que te leemos; y ya no vivimos los tiempos en que ese poder era el antagonista frente a la vida, y ésta el verdugo del poeta. Los verdugos, hoy, matan otra cosa que poetas, ya no queda ni siquiera ese privilegio imperial, queridísima. Yo te reclamo, no humildad, no obsecuencia, sino enlace con esto que nos envuelve a todos, llámale la luz o César Vallejo o el cine japonés: un pulso sobre la tierra, alegre o triste, pero no un silencio de renuncia voluntaria. Sólo te acepto viva, sólo te quiero Alejandra.


Escribíme, coño, y perdoná el tono, pero con qué ganas te bajaría el slip (¿rosa o verde?) para darte una paliza de esas que dicen te quiero a cada chicotazo.

Julio

domingo, 31 de enero de 2016

Los profesores destruyen lectores.

El otro día leí un artículo que hablaba sobre el canon literario, sobre la distinción que se suele hacer entre la literatura culta y la literatura de masas; el autor opinaba que no hay nada que haga la lectura minoritaria mejor que la comercial, no es necesariamente más valiosa ni más compleja, ni el hecho de que una obra sea capaz de gustar a un público amplio va en detrimento de su calidad; más bien al contrario, es una cualidad más. También indicaba que si se pretende publicar, escribir para un público, la obligación del escritor es ofrecer algo de interés, que lo entretenga; si además es capaz de conmover y remover conciencias y certezas, quizás logre elevar el oficio de narrador a la categoría de arte. Pero lo segundo sin lo primero se le antojaba francamente difícil y no se debería de escribir “a pesar del lector”.

Creo que hay un matiz que se le olvida: bagaje cultural del lector. Obviamente todos tenemos que empezar por libros sencillos, es una cuestión de buscar cuál es tu género favorito, ir adquiriendo vocabulario y curiosidad intelectual. Los profesores destruyen lectores en el momento en el que exigen a un chaval de catorce años que se lea “La Celestina”. Hay que ir poco a poco, y seguramente si en los centros de enseñanza fueran menos intransigentes con su canon literario y dieran la oportunidad a los adolescentes de empezar a interesarse por la literatura a través de libros tipo Harry Potter o el Señor de los Anillos no existiría tanto analfabetismo funcional y abulia intelectual en España.

Pero más adelante hay que volverse un poco más exigente: está muy bien que, de vez en cuando, por pereza o por gracieta puntual, caigamos en libros que solo son entretenidos y no aportan nada más. Obviamente no quitan el hambre intelectual, pero por hacer un símil cinematográfico, a veces tengo ganas de ir a ver Mercenarios 3 y otras ver la última de Gaspar Noé o Lars Von Trier. No es incompatible. Pero cuidado con decir que son iguales y que la prioridad es entretener. No: lo importante es que te remueva algo por dentro, te haga pensar, te conmueva, incluso te irrite. Eso es arte. Lo demás es simple divertimento de segunda clase. Y lógicamente en esa ecuación también intervenimos nosotros. Cuando tenía quince años intenté leerme “El nombre de la rosa” y no lo conseguí. Vaya rollo pensaba, hablar tanto de religión, de la vida del convento, ¿por qué no se parece más a la película? Años después, con más idea de que era una novela histórica y no solo la investigación de un crimen, la devoré en pocos días, de hecho ahora la película me parece bastante simplona. Es decir, cuando la obra es compleja, personal, cuando el escritor escribe para sí mismo, pero no por pura pedantería, sino porque quiere hacer algo diferente, y por tanto pide y exige esa misma responsabilidad y compromiso al lector, el esfuerzo se convierte en placer y consigue que nos apropiemos de parte de esa belleza.

Lo demás es infantilizar al público, tomarle por tonto, volverle más vago y pasivo. El canon está ahí para que tú decidas si lo aceptas o prefieres fabricarte uno tú mismo, pero para ello debes conocerlo. El que una obra sea minoritaria puede ser por dos causas: artificio o exigencia. Sí es lo primero lo correcto, si tienes criterio, es ignorarla, pero si es lo segundo, inténtalo, porque la exigencia va en las dos direcciones, pero la recompensa también. Estoy de acuerdo en no caer en la pedantería intelectual, hace poco hablaba de ser librófago: leer de todo sin prejuicios, con cierta pragmática inteligencia. Pero tampoco caigamos en el bulo ignorante y conformista de creer que si una obra es poco accesible ya no merece la pena y además es un error del autor.

viernes, 29 de enero de 2016

¿Te gusta Diego Ojeda, recomendarías su lectura a alguien que no ha leído mucha poesía y quiere leer algo actual?

Mi experiencia como lector es la siguiente: fui a la Fnac, cogí sus dos libros y me los leí en una hora. Teniendo en cuenta que suele haber música y cierto trasiego de gente es obvio remarcar dos cosas: son muy cortos y de un lenguaje excesivamente sencillo y poco articulado, poesías del tipo “no hay prisa, no hay prosa, entre tú y yo solo hay poesía” “Me di de baja en la escuela de idiomas, nunca aprenderé el lenguaje de las despedidas” xD

Lo de “prosa poética” se les ha ido de las manos y son textos que podría leer perfectamente en un blog o en Twitter. Eso no es malo, me parece bien desacralizar la poesía, hacerla cercana, mundana, pero cuando TODO lo que se publica es igual se corre el riesgo de banalizarla, de crear una especie de mercado basura en el que la única exigencia es, por un lado las editoriales rellenar rápido y barato su catálogo, y por otro aupar el ego de autores que ya son felices con ver su libro en las estanterías. Creo que se debería ser más exigentes, porque al final lo que consiguen es que los nuevos lectores de poesía se aburran pronto y que todo se diluya en una moda pasajera.

Alguno podrá decir que por lo menos ahora sí tienen una oportunidad real de salir a la luz todos los autores jóvenes. Pero insisto que es contraproducente porque están confundiendo vender ocho mil ejemplares en cuatro ediciones –muy gracioso hasta para ser España- con el éxito artístico. Y el problema está en ambos lados porque no tienen ningún editor que diga: “NO, tu libro todavía no está listo, no vamos a publicar lo primero que traigas, trabaja más”. Y no pido que sean Rimbaud en su segundo poemario, pero ahora mismo son comida basura: publicar, deglutir y olvidar. No quitan el hambre intelectual. No escribo esto por esnobismo, simplemente me gustaría entrar en una librería alguna vez, leer por encima un poemario, sentir un poco de envidia sana, releer uno o dos poemas más y pensar: “Ok, merece la pena, tengo que comprarlo para poder disfrutarlo en casa”. Pero no creo que eso vaya a suceder si todo sigue como hasta ahora.

Acabando la digresión y volviendo a tu pregunta: si a pesar de lo dicho no quieres probar primero con Baudelaire, Neruda, Benedetti, Bukowski, Pizarnik, etcétera y quieres leer algo actual, no voy a negar que “Mi chica revolucionaria” es un poemario ameno, con los típicos temas de amor, desamor de siempre, pero menos encorchetado que el primero, con más frescura, como si el autor hubiera sido más honesto consigo mismo y en vez de copiar conceptos o caer en el intrusismo sin preámbulos se hubiera tomado un poco más en serio lo que está haciendo. Igualmente te animaría a leerlo en un centro comercial, 12€ me parece excesivo para algo que te vas a leer en media hora y solo te va a aportar un par de metáforas para el recuerdo.

Un saludo.

jueves, 28 de enero de 2016

Pink Floyd - The Wall

Soledad y frustración, quizás la piedra angular sobre la que se conforma esta obra conceptual. The Wall es el undécimo álbum de estudio de la banda británica de rock progresivo Pink Floyd. Pink surgía como protagonista central y aglutinaba no sólo los traumas y problemas de Waters, es decir sus ladrillos en el muro, sino también los del inolvidable Syd Barrett, cuya alargada y lunática sombra aún seguía cubriendo al grupo. La sobreprotección de su madre (‘Mother’), la tiránica influencia de sus profesores (‘Another Brick in the Wall Part 2’), las primeras experiencias con las drogas (‘Comfortably Numb’), la muerte de su padre en la Segunda Guerra Mundial (‘In the Flesh?’) y otras situaciones que se narran a lo largo del álbum se van convirtiendo en los ladrillos del muro que irán aislando a Pink dentro de su propio mundo (‘Nobody Home’).

Convertido en una estrella del rock, nuestro protagonista terminará por encerrarse completamente dentro de un mundo de locura (‘Is There Anybody Out There?’), llegando a verse a sí mismo en pleno concierto como un dictador fascista que dirige a sus leales súbditos (‘Run Like Hell’), ocasión que Waters aprovecha para incluir algo de crítica social. Este imposible contraste entre la megalomanía y la soledad conducirá al cantante a una situación de crisis absoluta (‘Waiting for the Worms’) y a la catarsis liberadora que echará abajo el mujo (‘The Trial’), poniendo fin a su sufrimiento y cerrando el círculo del disco al terminar tal y como empezó.

Tres años después del lanzamiento del disco se estrenó Pink Floyd The Wall, la adaptación cinematográfica que convertía en imágenes el álbum. Waters se encargó de escribir el guion y el papel de Pink recayó en el cantante punk Bob Geldof. La idea de incluir actuaciones en vivo durante la película se desechó, quedando ésta compuesta por las escenas rodadas por Parker y una gran cantidad de animaciones a cargo de Gerald Scarfe, que contribuían a reflejar el universo de locura del protagonista, incluyendo los icónicos martillos andantes que son uno de los grandes símbolos de la banda. No se trata de ninguna obra esencial del séptimo arte, pero cumple perfectamente su función como complemento al álbum y plasmación de su concepto, ayudando así a entenderlo y disfrutarlo mejor.