miércoles, 8 de abril de 2015

El decadente -derrumbe en equilibro, nihilista apocalíptico- mira con cariño a sus monstruos de papel antes de despedirse…

Dos de la madrugada. Borracho. Labios de harapo. Destellos solapados de humo blanco. Perdiendo el equilibro al borde del vaso mientras el tiempo me lanza un cubo lleno de sangre. Soy un fantasma. Un Lestat sin jardín salvaje. La vida real empieza a preparar la emboscada de mañana. Me duelen los cojones. Intento paliar el hambre con pornografía, pero no sirve, me resulta demasiado aburrida.

Cierro los ojos, Bukowski soñaba con Jane, contando los días desde su muerte, entre la limpieza de su ausencia y la irrealidad de la herida. Imagino mis dedos arqueando de nuevo tu coño, susurrando “Love me tender” hasta que pierdas el control de tu faro de carne escarchada, rasgando tu ropa y follándote como si estuviera profanando una iglesia.

Latido afilado e intenso: me corro, doscientos millones de espermatozoides abortados en un pañuelo de papel, la vida secándose, el feto de una nación boqueando delante de mí. Si sumase todos mis orgasmos en kleenex, látex y espermicida podrían acusarme de exterminar a todo un universo de vida potencial. Todos los masturbadores compulsivos tenemos vocación de genocidas.

Voy a la cocina a por la segunda botella de vino. El ordenador hace un ruido extraño parecido al de mis vecinos: estertores. Somos putos zombis de potencial desaprovechado, ni siquiera tenemos la decencia de morirnos en silencio, lo hacemos sin dignidad, lentamente. Es como el concepto de amor, nos dividimos en dos grupos: cínicos y gilipollas. Unos hablan de tarifas –contratos sociales- y parcelas de poder mientras esconden su desesperación y su valor real de mercado, los otros son leales a una patochada llamada romanticismo, hablando de sentimientos y fidelidad eterna con un gastado y anacrónico lenguaje amoroso forense que para lo único que sirve –con suerte- es para echar un par de polvos intensos justo antes de bajar la guardia.

A veces da la impresión de que hemos convertido nuestra sociedad en un gigantesco supermercado de carne donde todos llevamos muy visible la etiqueta con nuestro precio y caducidad. Y para reprimir la náusea nos disfrazamos, nos prostituimos, cosificamos y nos dejamos cosificar. Y si todo eso falla compramos diez canales nuevos de televisión con la tarjeta de crédito. Por eso el arte que nace del talento es tan incómodo: provoca reacciones, preguntas, emoción, vértigo.

Pero ahora que la ciénaga negra de mis venas se deshace por el suelo, ¿qué importa todo eso, qué sentido tiene la nostalgia, recordar cuando mis cicatrices disfrutaban del oasis de tu cuerpo? Nada. Observo las sábanas tendidas, como se cogen de la mano como figuras de tiza muerta. Soledad… ¿por qué ya no quieres mancharte conmigo, compartir tu frío, ser la puta de mi caos, romper promesas de rodillas? Tu coño brillaba como una tormenta sobre el océano, fricción y látex parafraseando Muerte en Venecia, un paisaje de piel y huesos convertido en guerra. Pero ahora solo somos un accidente de calma, un mapa de caricias obsoleto que se consume despacio.

Este blog ya no es mi hogar. Mi último brindis, adiós queridos lectores. Adiós. Adiós...

lunes, 16 de marzo de 2015

Bah, las intenciones son conceptos vacíos, los sueños son edificios sin paredes, caída sin gravedad, ¿la necropsia nos intuye sanos? ¿Quedan más redes sociales que deglutir? Y vosotros, ¿qué tal, seguís fingiendo normalidad? ¿qué habéis elegido: esperanza o los viejos vicios?

El trabajo aborrecible. Demasiadas horas mutiladas. Trasegando mi pequeña dosis de esperanza caducada directamente de la petaca del alma. De pronto un pequeño chisporroteo en mi interior, sutil como un suspiro, como veintiocho gramos menos, apenas perceptible para los demás. Y notar la náusea, el vacío, el nadir, esa luz feroz y esencial de mi interior muriendo con un reproche contenido. Ya solo queda la transmutación en tuerca, el guion previsible y la fosa común. Ya no valen los cuentos de hadas, me he convertido en un exilio de carne que bosteza ante su herida analfabeta. Soy un virus sin coartada, un sueño de pupilas dilatadas vendido a un par de cocodrilos de sonrisa aviesa.

Salgo al exterior. Alfombras de hojarasca, trinos de pájaros enloquecidos y charcos de tiza. Al llegar a casa veo síntomas de enfermedad rondando entumecidos por los recovecos de luna llena que dejaste descansando en el poema. Estoy agotado, los ojos secos, ensordecido por los grilletes. Las manchas de mi pared me miran con amor, tengo hambre, ¿qué escribí anoche? No lo sé, ahora mis palabras tienen vocación de fuego, se borran porque creen que la exposición es una dictadura. Quizás el escritor es un acróbata sin margen de error. Miro abajo. Sí, escribo para construir un edificio de palabras tan alto que tenga tiempo de olvidarme de mí mismo durante la caída. Es el final, mi tristeza se ha puesto sus tacones, su carmín favorito y ha besado a la Muerte en las muñecas. Estoy preparado: lanzadme vuestras piedras.

martes, 24 de febrero de 2015

Fue la danza esquizofrénica de las cosas que no existen la que formó un mar de antorchas en mi salón.

Mis dedos son playas nudistas deshabitadas
Un ataque de risa producido por hablar de sombras que nunca terminan
¿Eran tus parpadeos mensajes de amor en morse?

Me gustaría tener una flor que recuerde mi nombre
Que me guarde luto mientras perfecciona su preñez
Que sangre por mí pero no se atreva a llamarlo empatía
Y que delate su perfume en pleno invierno

Hay canas en mi perilla. Me rompo de espejos
Olvidémoslo todo y brindemos con vino barato a las cuatro de la tarde
La siguiente hora ha tosido allí en la esquina
Será la próxima en morir
¿Quieres torturarla conmigo?
¿Quieres ser un barco a la deriva en un lugar que no existe?

Las voces susurran: Todo principio es una tragedia sin musa
Veo pasar a mi ángel de la guarda
Con un cuervo posado en la gangrena de sus alas
Pone la calefacción, frota mis manos
Pero no consigue que entre en calor
Sigo frío, frío, frío…
Y me compadece por esa extrema pobreza
Sin saber que ese espacio helado
Es lo único que aún me pertenece
Algo que nadie ha conseguido arrebatarme aún

La literatura es una puta que finge orgasmos
Y vende esperanza caducada
Por eso abro con violencia su coño de palabras
Y aunque llora y pide clemencia
Mi hambre se la folla escupiéndole a los ojos toda la ira
De un corazón agorafóbico que todavía mendiga
Por las tardes en el metro de Madrid
Para su marcapasos de viento

Y justo cuando todo acaba
Y estoy hundiéndome en el castillo de la nada
Mi gato –ese cabrón insolente- empieza con sus recriminaciones
Me maúlla que siempre es mejor follar con los ojos cerrados
Para evitar desgracias terribles como el Amor

Es fácil para él
Lleva castrado cinco años

Pero sí
Tiene razón
La próxima vez
Intentaré no enseñar
Mi jaula
Tan rápido.

Madurez es una palabra que usan los demás para resumir que la vida real es una mierda y que tienes que aceptarlo.

Bienvenida a mis letras querida psiquiatra. Como me ha sugerido, y dado que si no colaboro me quitarán el subsidio, voy a intentar hablar un poco de mí por escrito. A veces me mira con tristeza, es joven, vocacional todavía, no está cansada, no ve un listado de números y nombres, se implica, no cree que la solución sea esconder el problema con antidepresivos y pasar al siguiente paciente de la larga lista de la Seguridad Social. Su mesa posee ese extraño caos armonioso de la gente polivalente y emotiva. Me gusta su acento andaluz -¿ya ha hecho amigos en Madrid?-, me agrada cuando se toca el puente de las gafas porque algo le disgusta o cuando cruza las piernas y balancea sutilmente el pie mientras me escucha y apunta cosas en su libreta.

Estoy divagando demasiado. Quiere que escriba para hablarle de mi pasado, de los ejemplos de sordidez de mi familia. Cada vez que veo la primera parte de la Chaqueta Metálica, el personaje de Patoso cayendo poco a poco en la locura, esa mirada antes de suicidarse, la voz ronca, todo eso ya lo había visto en mi propia casa cuando era pequeño. Pero esos recuerdos no son el secreto del sótano de mi psique.

La verdad es que siempre he querido disfrutar las cosas al límite, llegar al final del Kronen y soltar las manos. Los demás podían tener su propia perspectiva, sus sueños, y ambiciones. Aprender y adaptarse hasta conseguir esa normalidad aceptada socialmente que te exime de juicios externos. Pero siempre me hartó esa felicidad hueca, ese ideario capitalista del horario fijo de ocho a cinco, las obligaciones familiares y sectarias.

No. Hay gente que prefiere la no-vida, el no-movimiento, la no-elección. Mira por tu ventana, no son tan invisibles, seguro que los identificas, son esos borrachos con pinta de mendigo que siempre recalan en una plaza o en un parque, siempre con sus dos o tres cervezas del supermercado. Malviviendo con alguna renta o en una habitación mugrienta de pensión. ¿Qué nos impulsa a despreciar nuestro potencial, a afrontar la náusea existencial desde un banquillo tan deprimente? ¿Por qué nos resulta tan adictiva una decadencia que ahuyenta el éxito y te hace perder el respeto de tu propia familia? Simple debilidad. Y al no asumirla huimos. Leemos los excesos de los malditos y nos inventamos una libertad de putos retardados. Nos gusta el final de Taxi Driver, nos gusta Chinaski, nos gusta Ian Curtis, Jim Morrison antes de que destruyera su talento en tres años, nos gusta esa mano temblorosa tirando la mitad del alcohol en la barra. No confiamos en la palabra Rosebud porque a las moscas de fruta el conocimiento les quita vitalidad.

Ahora es cuando tocaría, como catarsis personal de toda esta introspección, una especie de moralina que nos haga sentir mejor a los dos. Me temo que no. Ahora soy mucho más moderado, un mero alcohólico social, ¿ha cambiado algo? Beber no era el problema, solo era un síntoma de una catástrofe interior, un disfraz de hombre de nieve en el desierto, una tramoya infantil. Tampoco creo que la depresión o los anhelos de suicidio se puedan justificar siempre por una biografía sórdida llena de traumas, ni que sirva de algo diseccionar a alguien como si fuera un reloj de bolsillo. A veces nacemos tarados, débiles, con miedo, demasiado conscientes, con un grado de imperfección que bascula en un eje podrido de imposibilidad. A veces lo más coherente es observar a la polilla realizar su baile de cortejo. Como se acerca poco a poco, sin poder evitarlo, a la bombilla. Hasta que todo su amor y futilidad explota con un ruido sordo.

Nos vemos el próximo viernes.