Esta noche no es distinta, un jueves/viernes de madrugada, demasiado borracho,
demasiado honesto, demasiado jodido, demasiado, en definitiva, solo. Me imagino
a los demás, con su cuerpo cubierto por las mantas, durmiendo, esperando la
maldición del despertador, y yo aquí, esfumándome mientras la noche se mece
lentamente entre la lluvia. Quizás sea la misantropía quien se encarama a mi
espalda y me hace pensar que relacionarme con los demás supone un baño de
realidad cortante. Quizás confunda contigo, mi querida desconocida, el vacío
existencial con el vacío emocional, quizás me obsesiona la idea de follarte, de
moldear tu carne con la caricia violenta...
Otro trago, la erección escorándose, siento
que enloquezco, todo es efímero, ¿mañana? no importa, no quiero que me salves,
los años de plenitud ya han sido devorados por los cuervos, solo te pido terminar
la noche besándote antes de dar la orden de ejecución, pasar mi mano por tu
culo de zorra antes de que dejes caer la guillotina, antes de que muerdas mi
carótida y caiga desangrado a tus pies.
Pero entonces me abres la boca con tu lengua, me abrazas con
violencia. Hace tiempo que no siento un beso tan nítido, es como si caminases
por mi tumba. Caemos sobre la cama, tu sexo está vivo, palpita entre mis dedos,
no hay guiones ni censuras, solo dientes afilados desgarrado carne al azar, dedos,
manos tobillos, pezones, muslos, cuellos, todo el cuerpo anhelando la posesión atávica,
el cara a cara con el misterio de la existencia, busco en tu coño el oxigeno
que necesito para mantenerme vivo, diez surcos de sangre en mi espalda, mi
polla estremeciéndose, quebrándose cuando la presionas en el límite exacto de
amor/odio, tu coño fundiéndose en una espiral de ansiedad y melancolía. Me hundo
en tu cuerpo húmedo, lluvioso, horadándote como si mis manos fueran raíces
buscando el agua en tu suelo, en tu carne, en tu sangre, eterno vaivén con el
péndulo de la muerte bajando sobre nosotros. Tu coño abierto es jodidamente
acogedor, ya no se trata del viejo juego, estamos follando como si detrás del
orgasmo se escondiera un turbio apocalipsis. Hace frío, temblamos al borde de la
convulsión, somos místicos en pleno viaje de peyote, iluminados, gurús, mártires
con el placer infectado en sus ardientes estigmas, santas descubriendo la
profundidad de su amor por dios a través de enormes cirios. Desaparecen los
referentes, las habitaciones oscuras, las tardes deambulando sin rumbo, la
soledad, el ostracismo, las voces; todo desparece. Jadeamos como animales, me
dejo caer sobre ti, siento que te atravieso y a la vez me precipito en tu
interior. El orgasmo llega, gritamos entre el éxtasis agónico, la asfixia, la
ebriedad y el olvido, nuestra carne humea incandescente, se funde en un
perfecto y jodido milagro, en un puto guiño a los dioses paganos, como una
bomba atómica explotando en el desierto, como un bucle de infinita obscenidad.
Cuando despertamos, la civilización, tal y como la hemos conocido,
ha desaparecido. Estamos solos. Nos miramos a los ojos: no nos preocupa demasiado. Volvemos a la cama. Hay mucho trabajo que hacer.
Son las cuatro de la mañana. Insomnio. Hace frío. Llueve. Me gusta. La
carencia de respeto hacía mi propia salud me empuja a salir a comprar unos
cigarros a la gasolinera. No fumo, pero la idea de un cigarro consumiéndose lentamente,
iluminando la habitación mientas suenan voces de gente muerta es irresistible.
Llueve cada vez más fuerte pero el alcohol, el sueño aplazado, la soledad, la
ingratitud sempiterna del teclado me transporta al limbo de la extenuante
mediocridad del que no tiene nada que decir y demasiado tiempo para pensar.
Me
gusta las subdivisiones, eres mía si te gusta mojarte bajo la lluvia antes que
abrir el paraguas, si te gusta coger una botella de vino y dar una vuelta por
el cementerio mientras se estrena el otoño. Quiero vivir, y lo hago a través de
tu irrealidad pasional.
Todos guardamos monstruos dentro de.
El mío abarca toda la habitación, como un virus, un tumor, un cáncer. La
mutilación no es una opción, sería como quebrar un espejo. El camión de la basura sucede, y su ruido es la homilía de mi decadencia. Pero no, mañana empezará mi
jornada laboral hasta la madrugada y no quiero legar para los siguientes tres
días una entrada decadente, también me aburren. Podríamos decir que la metáfora de todo esto es que a veces entro en la ducha pensando en el suicidio y termino
masturbándome.
Cosas interesantes del día de hoy. He terminado la segunda temporada
de “Breaking Bad” Está muy bien. Me gustan
los drogadictos. Me gustan las sorpresas. Me gusta el protagonista. Todo lento,
y lento, y lento. Pero me agrada.
También me gusta el post de
Marina, muchacha que acumula karma negativo por no comentarme. Hoy empieza
la novena temporada de “Anatomía de Grey”, es una serie infumable pero también nacen flores en el estiércol, y en algún episodio
se filtra algún diálogo o situación sorpresiva. Hoy la comparaba con los
comics, soy un lector compulsivo de comics desde los ocho años. Quiero decir, ¿qué
cojones me va a sorprender ahora de las historias de Batman, Superman, X-Men,
etcétera? Nada. Pero estoy encariñado. Me gusta esa rutina mensual. Ojalá todos
protegiéramos la rutina del amor. Me refiero a veinte años de tu vida
dejando un post-it en la mesita de noche, dando un beso de buenas días por
cariño y no por inercia, que cada vez que te suceda algo bueno, o malo, el primer
impulso sea llamarle. Todo se pierde. La vida es demasiado larga y llena de
vicisitudes. El amor es, simplemente, implicarte en los detalles. Si tienes
dudas al respecto, observa.
Vivo en un pueblo del extrarradio de Madrid. Zona alta. Muchos
parques. Gobernado por el PP. Tragedia. Otro momento destacable del día ha sido
ir a dar en una de esas zonas verdes de comer a los patos. Con mi ex. Hay pocos hombres que estén a su
altura, yo desde luego no soy uno de ellos. En cualquier caso es relajante. Debo añadir que hay plaga de conejos enanos, llevan sobreviviendo al invierno y a las redadas del
ayuntamiento más de tres años. Es real.
Cambiando de tema mi economía es parecida a la de España, gasto más de
lo que recaudo. Odio trabajar. Odio trabajar. Odio trabajar. Me gusta el
ajedrez. De hecho ahora, mientras escribo, estoy perdiendo una partida contra la
maquina en nivel cinco. Lo cual quiere decir que, básicamente, soy un fracasado
en cualquier actividad que practico.
Y aquí, ante el jaque mate inminente, la habitación iluminada débilmente
por el monitor y el sinsentido, solo puedo brindar por ti, por llegar hasta
aquí, por leerme, por apreciarme por lo que sabes o crees apreciar
entre líneas, por darme una excusa para, no sé, ¿escribir? ¿Mentir? ¿Carecer?
Ya he conseguido más
alcohol. Mis fuentes son ilimitadas, sobre todo cuando tengo tanta chusma
comerciando con el alma humana por aquí, en mi gueto de extrarradio.
Quizás este sería el
momento para dejar de escribir, o dejarlo como borrador para más adelante, no
conviene dar demasiado material seguido. Pero en el fondo me importa un bledo
escribir o no, es una lucha contra el tiempo, el insomnio, la botella medio
llena; vomito y publico, las reacciones me gustan pero me considero, por el
contexto y mi realidad personal, el demiurgo de una mierda cantante y danzante;
“no es por ti, es por mí”, claro que
me gustaría aleccionar a las masas con la genialidad de mis pepitas de oro
literarias, pero esa idea no concuerda con la realidad.
Los blogs son estercoleros
literarios, siento dar una visión tan negativa de todo esto, no sigo a nadie en
particular, sigo a la persona, sigo su diario personal, pero no compraría su
libro. O quizás sí. Me gustan los libros, incluso los malos, un síndrome de
Diógenes particular. Pero vamos a lo importante: sigo cachondo, la bestia ha
vuelto a despertar, el monstruo purpura ha cobrado vida; esto es un infierno,
vosotras, pequeñas nínfulas, no podéis comprenderlo, pero tener polla es un
suplicio, es un animal insaciable, un calambre enjaulado, el ansia se apodera
de nosotros y necesitamos despedazar vuestra ropa, arrancaros las bragas,
lameros todo el cuerpo, llenar el aire de sudor y sexo.
Por eso pienso en ella, mi
pequeña musa, chica menuda, pechos pequeños, media melena, no demasiado
atractiva, pero con unos ojos salvajes que solo el poeta experimentado sabe
interpretar.
¿Recuerdas ese hotel? Te desnudaste
de inmediato, pero te dejaste puestos los zapatos de tacón como una buena
chica. Todo esto no era nada nuevo, rellenabas tu vida con momentos como este.
Empezaste a contonearte con la misma naturalidad con que dejabas ese puente de
saliva ente tu boca y mi polla, malévola en su tamaño, mientras te
inmortalizaba con mi cámara. Una buena felación se realiza no solo con las
manos y la boca, también con los ojos, muchas os negáis a hacerlo sin percataros
del poder que ejercéis sobre nosotros, es lo más parecido a la adoración que
sentiréis en vuestra vida.
¿Recuerdas cómo te
contoneaste hacía atrás y te abriste de piernas ante mí y como yo, en un acto
reflejo, te ofrendé mi boca, mi saliva, mi lengua, y el resto de mi cuerpo?
En ese recuerdo, que ahora convierto en presente perfecto, no
puedo contenerme y te penetro. Te masturbas compulsivamente el clítoris, un
desliz de experiencia que provoca la quemazón en mi cerebro. Te pongo de lado y
te follo con fuerza mientras te beso. Me encanta como gimes, más y más alto,
como si quisieras reventar los corsés de la represión judeocristiana que domina
toda nuestra cultura. Me coges el brazo y lo empujas hacía tu garganta para que
haga presión. Veo en tus ojos ese punto de sadismo que no se conforma con la
palmada en el culo y algunas palabras duras.
Te meto un par de dedos en
la boca y me los chupas como si fuera la polla de alguien con quien formáramos
un trio. Me excitas demasiado, ningún cambio de postura me salvará de correrme,
de que esto acabe demasiado pronto y te vayas con otra muesca en tu agenda.
Hago un esfuerzo y salgo de ti, te doy la vuelta y empiezo a follarme tu culo
con la lengua; estás deliciosa, como un helado exultante que se derrite en la
boca en verano, podría correrme solo haciendo eso. Y no paras de gemir, de gritar, de
tocarte...
Te sodomizo, pero a pesar
de eso no consigo dominarte. Gritas hasta un orgasmo ya por fin reconocible. Recuerdo
a mi ex, todo tan automático, un matrimonio de mierda con los polvos
programados con un límite de tiempo. Pero tú te dejas llevar, sigues y sigues.
Ahora me quedo quieto, eres tú la que se penetra a su ritmo una y otra vez. No
he visto nunca una jodida puta que disfrute del sexo con tanta naturalidad como tú.
Tu culo dilata el tiempo, mis
cojones hieren tu coño al ritmo de palabras obscenas. Tus pechos son cada vez
más grandes, me voy a consumir dentro de ti. Te amo. Te amor. Te amo. Te amo.
A pesar del aire
acondicionado estamos empapados en sudor, tu pelo forma arabescos maliciosos en
tu espalda. No puedo más, el alcohol me vence, me dejo caer en la cama. Pero para
ti no es una capitulación, quieres seguir; coges del bolso un lubricante, lo
echas sobre mi polla. Está caliente, muy caliente. Me masturbas y a la vez te
follas el culo con los dedos, te lo abres para mí. Me vuelves a convertir en un
animal, te pongo de lado y vuelvo a follarte el culo, quiero llegar a tu límite
y te meto dos dedos en el coño; respondes con un gemido entre dolorido y
extasiado.
Dura poco, como cualquier
placer descontrolado. Pero cuando me corro rozo el cielo, la amnesia, te
conviertes en mi particular I Ching,
consigues enamorarme sin piedad.
No te he vuelto a ver. Te
asustan demasiado los autobuses.
O quizás lo que te asuste de verdad es esa sensación
inaprensible que algunos llaman amor y a ti siempre te ha provocado tanto
sufrimiento.
A Harry no le gusta
excesivamente la gente; hay demasiada por todas partes, ¿qué hacer con ella? A
Harry le duele la cabeza, las muelas, los cojones y el alma. Simple enumeración
sin orden de importancia. Harry decide hacerse una paja. No queda tan bonito
como decir que “Harry se masturba” o “Harry se acaricia por debajo del
pantalón” o “Harry satisface con un movimiento rítmico sus pulsiones
interiores” o “Harry recuerda con ardor a su musa”, pero prefiere la versión
sucia y soez. Harry después de ímprobos esfuerzos que fluctúan entre intimas
fantasías con su vecina septuagenaria y un par de vídeos de triples
penetraciones, torturas y violencia consentida, se corre, eyaculando doscientos
cincuenta millones de espermatozoides. Harry observa el pañuelo de papel donde
todas esos millones de posibilidades de vida abortadas se secan a temperatura
ambiente. El feto de una nación boqueando ante él. Harry a lo largo de su vida,
en cada una de sus descargas infructuosas, o licuados entre crema espermicida y
látex, ha exterminado a todo un universo entero de vida.
Harry se entristece ante
esa masacre de placer y muerte. Se siente como un nazi abriendo las espitas de
gas en un campo de concentración, como el piloto del Enola Gay después de
lanzar la bomba sobre Hiroshima.
Le hace pensar,
¿Jesucristo se masturbaba, folló alguna vez? ¿Por qué nadie habla de sus
poluciones nocturnas, de sus primeros toqueteos? ¿Hay alguna reminiscencia
homosexual en ese corrillo de apóstoles caminando por los montes? Es lógico que
no haya un segundo advenimiento, dejando aparte el significado de redención y
sacrificio, joder, el puto cabrón murió entre terribles dolores en la cruz, ¿y
qué hacemos nosotros? Convertimos la cruz en un símbolo sagrado que todo el
mundo porta sin disimulo. ¿Si tú fueras Ian Curtis y resucitases, te haría
gracia ver a todo el mundo con un colgante en forma de soga de oro en el cuello
cómo homenaje?
Harry se da cuenta que
tiene la grandeza espiritual de un teletubbie, pero de pequeño tenía sueños
eróticos en los que era el hombre de hojalata y le pedía a Dorothy que le
engrasara los bajos. Eso siempre provoca secuelas. Harry solo quiere ser
inmortal, como una bala atravesando un cráneo, como una cabeza en la guillotina
que sigue parpadeando en la cesta, como un médico diciendo “es benigno”, como
un poema que te folla durante el telediario, como un gato bufando a algo que no
puedes ver y sigue en tu habitación.
Harry está harto de la
tercera persona, seguramente solo el 10% de sus lectores ha llegado hasta aquí,
esa intimidad le ayuda a pasar a una cómoda primera persona.
Abro la segunda botella de
vino barato, rancio, y tibio. Algo pasa con la nevera. Es como los vecinos:
necesito cambiarlos. Mis vecinos se dividen en putas y gilipollas. Las putas no
quieren que los gilipollas metan su polla en sus coños. Pero la vida es dura, o
más bien la bebida amortigua la sensibilidad. Se habla de tarifas, es decir, de
contratos sociales, en que va a ceder cada uno en base a su desesperación o
valor en el mercado, no se suele hablar de ser leal, quizás sí de fidelidad, se
lubrica todo con frases manidas, sin sentido ni significado por repetidas, el
puto juego social; y luego, quizás con el tiempo, alguno bajará la guardia y
terminará escuchando canciones tristes en la soledad de su cuarto. La
idiosincrasia de nuestra mongoloide población.
Antes te casabas con
alguien racionalmente afín, cuya compañía pudiera hacer del entorno familiar un
hogar. Pero a mediados del siglo dieciocho algún cabrón burgués inició una
vendetta contra el sentido común y nos endilgo la idea de que el matrimonio por
amor estaría bendecido por la felicidad. La santísima trinidad de esta
felicidad se basaba en tres preceptos eternos: familia, sexo y amor. Algo
virtualmente imposible con los años. Y eso que la puta burguesía era una
descastada con sus hijos y normalmente tenían una vida privilegiada, no como
ahora, que tener un trabajo que te guste y seguridad de seguir en el los
siguientes tres años es casi imposible. En la película “Secretos De Un
Matrimonio” de Ingmar Bergman se explican algunas de estas ideas.
Mierda. No hay bebida.
Sacrilegio. Apocalipsis Maya. La onceava plaga bíblica de Egipto.
Soy una muñeca que escupe flores, deshilachándome día a
día, durmiéndose en abrazos tibios y aguaceros aislados. Un monstruo lleno de
belleza, de pensamientos huérfanos, de polvo en los ojos. Mi sangre rechina,
por eso leo tu poesía de noche, envuelta en la mortaja de mi piel.
Tu web, tus palabras, una posibilidad efímera y anónima
entre millones. Pero aquí no hay lenguaje almibarado, escenarios bucólicos o
arañazos residuales, tú hablas de angustia vital, de insomnio, de dar un puñetazo
en la pared, primero sin energía, y luego continuar más y más fuerte, porque
comprendes que cuando ya no eres capaz de sentir nada el dolor es vida. Una metáfora
decadente, como aludir a esas mariposas disecadas que me impiden ser romántica.
Y me hablas de coños que destilan poemas, de musas ficticias,
hermosas psicópatas. Me penetras con trozos de abismos, palabras que desgarran
y hacen sangrar el aire, me empujas contra montañas, de esas que no saben
gritar ni llorar, y me obligas a atravesarlas junto a ti.
Un silencio lento flota en mi almohada después de leerte,
y poco a poco me llena de nosotros,
de luciérnagas desnudas, risa y manzanas rojas.
Soy una reconocida psiquiatra. Quería ser enfermera, pero
mi condición de conejita solo me permitió tener éxito en la rama de la locura,
al parecer los desequilibrados se sienten muy cómodos hablando conmigo. Ahora tengo
la consulta privada en casa de Rorschach.
Gano bastante dinero, también hago encargos especiales. El
tema de la lobotomía es algo que debería de plantearse más gente. Babeas un
poco, eso es cierto, pero imagina estar el resto de tu vida disfrutando de un
trabajo que nunca se hace monótono, imagina estar siempre sonriendo sin
necesidad de drogas, que no te importe vivir en una condición social de
postguerra.
Cuando tengo consulta con Katy siempre recuerdo la
castración química de aquel individuo. Su polla era una costra sangrante, según
me dijo había recurrido a cosas ilegales para saciarse, la había metido en
cualquier agujero con tal de disfrutar de alguna experiencia nueva. No podía
tener un animal doméstico. Tenía los ojos inyectados en semen. Estaba
desesperado.
Disfrute castrándole más de lo que estoy dispuesta a
admitir.
Katy: El amor es
coprofagia, algo asqueroso a lo que al final te acostumbras. Un coño, sin
embargo, está conectado directamente a la carne del alma.
Ophelia: ¿Has
realizado algún progreso para controlar tu obsesión por el sexo?
Katy: Mi coño es un altar
de sacrificios, un zombi que devora pollas, bolas chinas, puños, cualquier
símbolo fálico que le introduzco, una bestia hambrienta que ladra exigiendo más
y más y más, un accidente en una autopista de saliva, una cara llena de cortes
buscando la belleza en un jodido orgasmo de temblores que haga del mundo algo
mejor, un amante de la música, del golpeteo rítmico de unas pelotas contra mi
clítoris resbaladizo.
Ophelia: ¿Crees que
enterarte de que eres fruto de una violación ha provocado esa actitud ante el
sexo?
Katy: No. Son esos sueños
que se repiten noche tras noche. Ojos de sangre en el suelo y el gas como
amante besándome. Y entonces, sin poder evitarlo, enciendo un cigarrillo. Las
ventanas estallan, las paredes de deshacen como arena húmeda mientras esa llama
púrpura, como una sonrisa, lo inunda todo.
Me aburre. Se perfectamente que Katy es virgen,
seguramente ni siquiera recuerda sus sueños. Necesita llamar la atención, ser
alguien interesante aunque solo sea para mí. O quizás es adicta a las pastillas
que le he recetado y necesita mantener el suministro.
No soy feliz. Rorschach no me ama. Pero me he
encaprichado, de forma irracional. No puedo evitarlo. A fin de cuentas no somos
ordenadores, ni libros abrazados a bolsas de plástico… somos besos de azúcar en
el suelo de un ascensor estropeado. Y ahora solo soy una mente entumecida en la
comisura de su desprecio, fundida durante media hora en paraísos mal pintados, intentando
llegar a su alma mientras penetra la lluvia de mi coño. Pero solo hay
indiferencia, frialdad. Y no puedo evitar echarle de menos cuando está a mi
lado, sentirme atraída por su rechazo. Mecer entelequias.
La sesión termina y me despido de ella con un abrazo que
no acaba de entender. Cuando se ha ido cojo el bote de pastillas. Entro en su
habitación. La cama, como un rizado nenúfar, suspira a mi lado.
Rorschach
Llego a casa. Me desnudo. Enciendo el ordenador. Me sirvo
algo de vino barato, caliente, con algo más. Me hundo en mi mente. Hay algo cómico en esta soledad, una jaula de pusilánime en un gigantesco Show
De Truman. La adolescencia dobló la esquina hace tiempo, pero la sensación sigue siendo la misma. Odio mi cuerpo y lo mutilo. La sangre
salpica mi pecho dibujando flores que se retuercen, que bailan música de
cañerías, meandros rojos de dolor con olor a vida. Porque la vida es dolor,
mariposas con alas de bayoneta atrapadas en un corazón de granito. Heridas nuevas,
cicatrices viejas, huesos de color añil buscando la reverberación al final de la
botella.
Y consigo el valor para hundirme junto a Ophelia, bella como la nieve, en esas
sabanas manchadas de muerte.
Psiquiatra: Vamos a hablar en esta sesión de lo que
sucedió aquel día Erik.
Erik: No recuerdo sentirme distinto, solo la tenue sensación de infelicidad
de siempre. Quizás no había sido un buen día, no había podido desayunar, un
taxi me había manchado el pantalón al pasar, no sé, las típicas cosas que te
ponen de mal humor y hacen que el día se alargue, que la inercia te consuma. Es
curioso, siempre pensé que de alguna manera estamos preparados para las
grandes desgracias, ya sabe, un divorcio, un despido. Las peligrosas son las
otras, las pequeñas, las que se van solapando unas encima de otras, poco a
poco, milímetro a milímetro. Pero no recuerdo nada grave, ningún
desencadenante.
Psiquiatra: Sin embargo esa noche fue cuando comenzó
todo.
Erik: Sí, recuerdo que me sentía muy cansado, tenía problemas de insomnio,
me pasaba las noches mirando el reloj digital, viendo como los números iban
cambiando. Lo había probado todo pero seguía sin poder conciliar el sueño. Y
bueno, ocurrió, tenía esa cuchilla en la mano y corté, un pequeño corte
transversal, como los que hacía antes. Recuerdo como me salpicó la sangre, ese
dolor antiguo, leve primero y luego intenso en la siguiente palpitación. Fue un
instante congelado. Y entonces la vi, a Emilie. No había cambiado, sus ojos de
cuervo, su pelo largo. Lánguida, esbelta, etérea, hermosa. Me hablaba sin mover
los labios, sus palabras atravesaban el aire sin llegarme del todo, como una
brisa en el infierno, un eco estancado, el sonido de una caricia.
Psiquiatra: Antes de hablar de Emilie vamos a comenzar
por el principio, ¿Cuándo empezaste a cortarte para, según tus propias
palabras, sentirte vivo?
Erik: Ya hemos hablado de eso, fue en la adolescencia, ¿nunca ha sentido la
necesidad de tocar fondo? Todo se derrumba lentamente a tu alrededor, pero
siempre hay dos o tres asideros, ¿cómo sería cortarlos, enterrarte entre sus
escombros? Fantaseaba con esas ideas, mi pulsión tendía más al dolor que al
placer.
Psiquiatra: Lo hacías antes de conocer a Emilie.
Erik: Si, creía tener razones, pero supongo que siempre hay razones. La conocí
de una forma muy particular. Era un día de mucho calor, estábamos en la
biblioteca, ella leyendo alguno de esos escritores rusos tan deprimentes, llevaba
un jersey negro de cuello alto y el pelo recogido. Supongo que yo había ido a
devolver un libro sobre vampiros o alguna idiotez. Lo importante es que justo
cuando me iba me abordó y me invitó a tomar algo en la cafetería. Antes de eso
no habíamos cruzado ni una sola palabra, no existíamos el uno el otro. Pero así
era ella, siempre se dejaba guiar por sus impulsos. Un par de semanas después
tuve la confianza suficiente para enseñarle mis cortes. Ella me sonrío. Solo
eso. Luego supe el motivo.
Psiquiatra: ¿Cuánto tiempo estuvisteis juntos hasta
que…?
Erik: Casi un año, hasta finales del verano siguiente. Nos poseía una
sensación de inmortalidad, de pasión irreverente contra el mundo. A veces
notaba, mientras acariciaba sus muslos, alguna cicatriz nueva. Yo había dejado
de hacerlo porque me sentía, no sé, ¿completo? Tenía miedo de preguntar, de
saber, el motivo por el cual ella no dejaba de hacerlo. Y era tan hermosa, no
solo por esa mirada celeste que te inundaba sin poder evitarlo, eran otros
rasgos que no había apreciado nunca en las demás. Escuchaba a mis compañeros
cosificar a sus novias, referirse a ellas como su agujero, su coño era simplemente un trofeo, una fuente de placer. Pero
Emilie, si sabías mirar, si te fijabas, transpiraba sensualidad en todos sus
movimientos, en la forma de recogerse el pelo o modular su voz, pero lo hacía sin
vulgaridad, sin pretender utilizarlo como arma. Y luego, en la intimidad, se
regalaba sin límites, sin tabúes, su cuerpo era como un ejército hereje, amoral
e inclemente que se derrotaba a sí mismo en cada orgasmo, como un punto de
eterno retorno, de búsqueda infinita de algo que necesitaba pero no sabía
precisar.
Psiquiatra: ¿Cómo fue vuestra última noche?
Erik: Todo empezó como un fin de semana normal, sus padres volvían a
dejarla sola y me invitó a su casa. Notaba que estaba más alterada que de
costumbre, fumando compulsivamente un cigarro tras otro, sin querer beber nada,
sin apenas hablar, con aquel disco de The Cure sonando como un mantra una y
otra vez. Sus padres habían iniciado los trámites de divorcio, pero ella me
había asegurado que no le estaba afectando. Recuerdo pasar esas últimas horas
en su habitación, encerrados con las persianas bajadas, fumando, bebiendo,
recuerdo mirarla a través del humo estancando como si fuera Oliveira y ella pura literatura, un matiz de vida que entintaba mis contornos solo con su presencia.
Lo siguiente que recuerdo es estar en su coche mientras ella conducía con las ventanillas
abiertas a mucha velocidad, recuerdo golpearme la cabeza cuando hizo ese giro
brutal y se puso a conducir en sentido contrario. Estaba acostumbrado a sus
locuras, pero no fue hasta que nos cegó los faros el primer coche cuando empecé
a asustarme de verdad. Nos esquivó en el último momento. Se me pasó la
borrachera de golpe. Se reía, recuerdo esa risa desquiciada, sus manos soldadas
al volante mientras aumentaba la velocidad. Estábamos forcejeando cuando sentí la
vibración del segundo coche pasando a escasos centímetros del nuestro
aturdiéndonos con su claxon. Zigzagueábamos, era cuestión de tiempo, quería
sacarla del coche, la golpeaba iluminado por otras luces que se acercaban
dispuestas a ungirnos en dolor. Conseguí pisar el freno, derrapamos sin control
y tuvimos la suerte de salirnos de la carretera sin volcar. Imagina la
situación: estaba histérico, llorando y gritando a la vez. Salí arrastrándome
del coche y vomité. Cuando me recuperé fui a por ella. Seguía dentro, con las
manos todavía sobre el volante. Estaba a punto de sacarla cuando giró la cabeza y me
miró: no había nada en esa mirada, era como si me hubiera borrado, como si nos
hubiera borrado a todos. No pude aguantar más y me fui de allí. Todavía
temblaba cuando llegué a casa.
Psiquiatra: …
Erik: Lo sé, lo sé, era una locura, pero no era eso realmente lo que me
importaba, lo que me reconcomía era que me había hecho sentir como un fraude,
como si no hubiera estado a la altura de, no sé, sus jodidas expectativas. La
abandoné, no quise volver a verla. Era finales de verano y aproveché para irme
con unos familiares a la costa. No contesté ninguna de sus llamadas ni
mensajes. La dejé sola. Cuando a las dos semanas volví ya era demasiado tarde. No
había dejado ni siquiera una nota. Fue su madre quien la encontró en la bañera.
Quise ir al entierro pero no me dejaron. Me sentía terriblemente culpable,
podría haber marcado una diferencia, podría haberme quedado o pedir ayuda. Pero
no hice nada, simplemente le di la espalda y hui.
Psiquiatra: ¿Pensaste alguna vez en el suicidio, en
volver a cortarte?
Erik: Lo hubiera hecho, estaba destrozado, la única forma de sobrevivir fue
anestesiarme, dejar atrás cualquier cosa que pudiera recordármela. Y durante un
tiempo creí que lo había conseguido: fui a la universidad, conocí a otras
chicas, me mantenía siempre en movimiento, ocupado, sonriente, sin tiempo para
pensar. Me volví un alcohólico social. Pero en algún momento todo empezó a
deshilacharse, a dejar de tener importancia, me resultaba cada vez más incómodo
relacionarme, hasta que terminé recabando en un trabajo en horario de noche y
dejé de moverme.
Psiquiatra:
¿Tu familia no se dio cuenta de nada?
Erik: Padres separados, me dejaban vivir en casa de mi abuela si cumplía
los deberes sociales una o dos veces al mes. Recuerdo vivir ajeno a la
realidad, pasar semanas enteras sin hablar con nadie, sin coger el teléfono ni
abrir la puerta, solo trabajar de noche, dormir de día, beber, leer. Quedarme
tendido en la cama durante horas pensando en los monstruos que habitaban al
otro lado del papel pintado de la pared.
Psiquiatra: Continua…
Erik: No sé cuánto tiempo estuve viviendo así, pero en algún momento
conseguí reconciliarme conmigo mismo. Cambié al turno de día y volví al redil.
Ahora lo comprendía, había intentado olvidar a Emilie pero era en vano, tendría
que vivir con ello. Empecé a hacer las cosas de forma correcta. La ropa
adecuada, las opiniones correctas, los sueños correctos, ¿las mujeres? Por lo
general me resultaban una caza estúpida, la mayoría presas del delirio social,
deseando bregar contigo la primera noche pero esforzándose por urdir sutilezas
y crear momentos artificiales. Ninguna mujer que conocía era consciente del
paso del tiempo, utilizaban el carpe diem
parafraseando diálogos de películas que en el fondo no entendían, nunca
pensaban en la muerte, para ellas era un concepto prohibido, lejano, depresivo,
incluso vejatorio en una conversación normal. Actuaban como si fueran
inmortales, como si el amor lo fuera, como si su salud, su vida, estuviera grabada
en granito para siempre. Por eso cuando enfermaban o descubrían a su marido
siendo sodomizado por un compañero de gimnasio, el mundo perdía sentido -¿y mi inmortalidad?-,gritaban al cielo con el puño en alto. Pero
todo pasaba y volvían a refugiarse de nuevo en los bancos, en sus centros
comerciales, comprando sueños a plazos, embaucadas en la seguridad de un
anuncio de compresas…
Psiquiatra: Creo que ya ha sido suficiente por hoy, mañana
volveremos sobre lo mismo, quiero que hagas memoria sobre esa noche y todo lo
que pasó después, ¿de acuerdo?
(…)
Emilie: ¿Has conseguido algún progreso?
Psiquiatra: De momento nada, todavía no ha sido capaz
de asumir que se ha suicidado y está muerto.
Emilie: Todo es culpa mía, deseaba tanto volver a
estar con él que aparecí demasiado pronto.
Psiquiatra: Vamos a mantenerle aislado, ya sabes lo
peligroso que es cuando un alma no asume su muerte, se vuelven locos y provocan
todo tipo de catástrofes.
Han pasado casi dos años. Nos reímos al pensarlo, tanto
tiempo y parece que fue ayer cuando aún vivíamos juntos. Te he invitado a
cenar, algo informal, ni siquiera celebramos tu cumpleaños el año pasado. Tú apenas
bebes, lo justo para un brindis, pero yo ataco la botella con cierta
desesperación. Miro a mi alrededor mientras enlazas banalidades, hay otra
pareja en el restaurante con un niño, nunca quise niños, menos mal, hubiera sido otro error que
añadir a nuestra lista. Te veo más guapa, joven, mucho más delgada, parece que
te ha sentado bien estar lejos de mí. Te noto feliz, te pregunto por tu actual
pareja, llevas varios meses con él, pero te muestras esquiva, excesivamente
discreta. Quizás ya no quieras compartir esa parcela de tu vida conmigo, o
temes que me ponga sarcástico.
Estrechas tu mirada inquisidora, supongo que me ves más
calvo y ojeroso, la ropa negra y la barba me hace aparentar más edad, siempre me
lo has dicho. Relleno nuestras copas.
Me das la gran noticia: te has quedado en paro. No pareces
demasiado preocupada, es curioso, te recordaba siempre nerviosa por cualquier
cambio, da la impresión de que has madurado, como si hubieras conseguido encontrar
tu equilibro. Me alegra, pero no sé expresarlo, me pierdo en divagaciones, en
un largo discurso de esos que siempre odiaste sobre la inutilidad de vivir en
España, lleno de datos económicos y demasiado espeso para ser útil.
Ahora me hablas de tus planes para este año, en donde quieres trabajar y cómo quieres aprovechar el tiempo. Asiento y sigo llenando
las copas, esta vez en silencio. Me doy cuenta de que no tenemos tiempo para
pensar. Y cuando tenemos tiempo libre sentimos la necesidad de distraernos, como
si existir fuera justificar nuestro ocio con alguna actividad, con llenar nuestro
muro del Facebook con mensajes, fotos desde el móvil, siempre conectados a Internet. No sabemos disfrutar de nuestra soledad, tumbarnos y pensar, recreándonos
en los recuerdos. Es demasiado cansado, como leer más de diez libros al año,
como seguir una partida de ajedrez con demasiadas posibilidades contra un
contrincante en forma de reloj de arena.
Miramos a nuestros abuelos, con esas relaciones
sempiternas, entendiendo la autorrealización como concepto familiar, marcados
por una mansedumbre que fluye entre la lealtad y la infelicidad y disparamos en
dirección contraria, Tiempo-Jugada, Elección-Fornicio-Abandono, intentando
eludir el eje de la verdad, ese punto medio, como si guardar un luto excesivo
por una relación te convirtiera en un masoquista incapaz de seguir adelante con
dignidad. No aprendemos, deglutimos nuestras raciones individuales sin apenas
saborear, hasta que por suerte en ese ensayo y error -o quizás más bien por
cansancio-, nos sentamos a contemplar el cuadro,
e inesperadamente alguien se sienta a nuestro lado creando un canal de empatía,
porque los dos, y esto es lo más importante, hemos hecho una pausa para recrearnos
en su belleza. Es como releer un buen libro, la historia no cambia, pero tú
cambias al disfrutarlo mejor.
Te miro con atención mientras atacas el segundo plato.
Sí, fuiste mezquina, egoísta, mentirosa por omisión, ciclotímica, neurótica,
pero siempre fuiste Ella: la que me
cuidaba, la que me hizo los mejores regalos de cumpleaños, quien me acompañaba
al teatro o me enviaba ofertas de trabajo a diario, la que me influyó con sus
sueños de tener un hogar con biblioteca, la que me daba un beso antes de irse
al trabajo o me abrazaba dormida en la cama, la que le gustaba ir a los parques
a leer y dar de comer a los patos, la que siempre me enviaba un mail con
ternuras, esa misántropa precoz que le gustaba hacer cosas solo conmigo, la que
siempre venía con la idea de alguna nueva actividad o un viaje, la que me hizo
aquella foto en la cumbre de la montaña, la que siempre estaba riendo y me
llevó al concierto de Héroes, la que le gustaba cenar comida china mientras
veíamos películas los sábados por la noche, la que pensaba que los hombres
éramos unos inútiles y odiaba pedirme ayuda, la que desconfiaba de mí después
de siete años y me hizo cambiar el contrato de alquiler. Así eras y
posiblemente, en parte, sigas siendo.
¿Cuándo fue nuestro punto
de ruptura, cuando dejé de quererte? ¿Cómo llegué a la situación de volver a
casa del trabajo y que tu sola presencia me molestase, a pesar de que hubieras
hecho la cena con todo tu amor, a pesar de mostrarte lo más atenta posible? ¿Cómo
llegamos a dejar de tener confidencias, sexo, a que solo hubiera
enfrentamientos, como un compañero de trabajo del que no puedes deshacerte,
como se llegan a olvidar todos los detalles de ternura, a quedarte solo con el
rencor, el resentimiento, como te vuelves una mala persona, alguien mezquino,
desagradable, chapucero, capaz de gritarte por una nimiedad en tu cumpleaños?
Recuerdo situaciones dolorosas, de decepción total, de vergüenza
ajena con salidas de tono y perdidas de respeto absolutas. Cosas que intentábamos
olvidar pero que nos reconcomían en la garganta impidiéndonos respirar. Y todas
las pequeñas cenas, los caprichos, los momentos de ternura, como un extraño
reflejo del pasado, nunca parecían inclinar la balanza a nuestro favor.
Pero todo empezó por trabajar juntos, éramos demasiado
diferentes, y el hecho de que fueras mi jefa provocó que necesitara sentirme
por encima de ti en lo demás, competitividad. Vivir juntos no mejoró las cosas.
Hay relaciones que se fortalecen ante la adversidad, en otras se crean
dependencias tóxicas. Pero también es cierto que teníamos muchas cosas en
común, pasábamos todo el día juntos y nunca nos aburríamos embarcados siempre
en planes absurdos pero divertidos. Y si no teníamos dinero simplemente
cogíamos la bicicleta y nos recorríamos toda la ciudad, o nos íbamos a la playa
a disfrutarla como turistas. Pero siempre con esa dualidad, una cena
maravillosa, todo un día magnifico que se estropeaba en una discusión estúpida
que ninguno de los dos llegaba nunca a saber porque se producía. Siempre con la
sensación de disfrutar de las cosas con el tic-tac de una salida de tono que
mandase las buenas intenciones a la mierda.
Llevas un rato mirándome callada. Me disculpo. Me sonríes
cariñosamente y me preguntas como estoy.
Te respondo que nadie
se salva solo, que me siento así por las noches y por eso bebo más de la
cuenta. Que cada vez me siento más cansado, más ajeno a la realidad, que pienso
mucho en el pasado, pero no con nostalgia, sino con cariño, que a veces he
pensado en llamarte, solo para hablar de alguna película, alguna serie o libro
que me haya llamado la atención, pero que no sé cómo hacerlo. Porque todo
cambia, ni a mejor ni a peor, solo cambia, y a veces esos cambios deshilachan
las relaciones, las deshacen y ya no sabes cómo completar el puzzle de nuevo,
que piezas mejor dejar atrás y que otras debes de añadir para, al menos, tener
una imagen que nos guste a los dos.
Pero no te digo nada de eso. Te respondo
que bien, disfrutando de la soltería, alguna aventurilla sin importancia, de
esas que luego despachas con un sms de cortesía. Que la vida me sonríe y que... bueno... que quizás sea mejor terminar ya con el vino y pedir la cuenta.
Aby Warburg, un hombre que a los trece años le ofreció a su hermano
menor cederle su derecho de primogenitura sobre la fortuna y el negocio
familiares a cambio de que le pagase de por vida las facturas de sus libros. A
los cuarenta y cinco años poseía una biblioteca personal de más de quince mil
volúmenes, ¿hizo un buen trato?
La vida
es así, llena de maravillosas decisiones, aunque desde la atalaya del fondo de
mi vaso solo vislumbro tristeza. Podría recurrir a esa frase de nuestro
hemofílico favorito “-Lo siento;
no volverá a ocurrir.” para justificar mi
propia decadencia. Pero calculo que solo me resta una hora y media para divagar
antes de morir mientras la música, esa visión onírica del mundo soslayada por
las matemáticas, me exilia de todas esas peticiones anónimas que no sé ignorar
ni obedecer.
A veces
das una bofetada mientras la habitación huele a sexo. La cara de Jack Lemmon al
final de la película, la angustia del fracaso vital mientras la solución está a escasos metros iluminándote con su neón. Como leer “Histoire d'O” siendo virgen, como evocar un viaje sin atreverte a coger
el metro, como lubricar tu relación con veladas de estúpido quietismo ante el
televisor. Esa halitosis existencial, de finitud y mediocridad, donde Catherine
Earnshaw no existe, donde solo eres la mierda cantante y danzante resignada. Porque
me he resignado a no tenerte, a la soledad, a no ser bueno para nadie, a que
tus manos no me aten a la cama ni me acaricien, a no dejar huella en ti, a no
sentir de nuevo nostalgia por tu cuerpo desnudo. Solo quiero ser el Extranjero
de Camus, o de Houellebecq, un bucle de recuerdos en blanco y negro, un perfect day, como aquel último gemido entrecortado al penetrarte,
obviando el rencor, la decepción, la otredad, amortiguando las palabras de odio,
¿cómo te sentiste cuando se cayó tu sonrisa y no tuve interés en recogerla? Hoy
he visto una de nuestras películas.
Los aniversarios, por
tanto, suelen ser contraproducentes, bosquejos de sombras chinescas sobre el
tejado de la memoria. Cicatrices en el almanaque donde tu perfecta Bovary te
secuestra con su ausencia y no puedes evitar recordar sus mohines de niña
caprichosa, su pelo corto sin tirabuzones, su adagio de portazos. Aunque todo desfallece,
tarde o temprano, y finalmente tu pene cae fláccido supurando amistad y no
sientes esos escalofríos en la espalda que te impulsaban a poner todo tu mundo
a sus pies.
*** Mario se mete otra raya. Le deja traspuesto, como si derramara el alma sobre el libro de
ilustraciones de Klimt y fuera eso lo que estuviera esnifando. Normalmente la cocaína te pone frenético,
te hace huir de los espacios cerrados. Pero Mario, ese estúpido desertor de la
humanidad, se aposenta en el sillón desbordando con asincronía los marasmos de
su interior.
Mario: Hoy
una puta me ha sodomizado con un par de dedos. De forma imprevista, mientras me
la chupaba, sin ni siquiera pedirme permiso. Pero lo peor, lo más inquietante,
es que me he corrido de forma bestial.
Casimiro: Mierda.
Mario: Me
duele el culo, me han arrebatado mi virginidad. Pero ahora, en vez de sentirme
resentido, no sé, me siento más próximo a ellas, más mujer, como si pudiera
entenderlas mucho mejor después de esto.
Casimiro: Mierda.
Mario: Sé
que es un pigmento emocional muy fino, pero necesitaba compartirlo. Y ahora
permíteme hacer un último brindis: por el suicidio.
Casimiro: Mierda.
Mario:
Exacto amigo mío. Me he tomado medio bote de antidepresivos hace más de media
hora, ha pasado el tiempo suficiente para saber que no voy a vomitar. La mezcla
con alcohol me matará en una hora.
Casimiro: Mierda.
Mario:
Joder, sí, lo siento. Pero soy demasiado sensible para la situación política de
este país, tienes que comprenderme. Ya he hecho los preparativos convenientes,
he enviado a mi ex una grabación de voz con mis últimos momentos de placer en
solitario. ¿Te acuerdas del hada que llevaba tatuada? Me hubiera
gustado verla de nuevo y que por algún azar crepuscular me diera un abrazo.
También he repartido biblias y libros de autoayuda ente la gente que odio.
Casimiro: Mierda…
Mario:
Recuerdo aquella carta que me envió describiendo uno de nuestros últimos polvos…
“Tengo los pechos calientes, ebrios. Me besas como si
fueras una mariposa flotando a mí alrededor. Suena esa canción y no entiendo
porque. Estoy nerviosa. Me llamas puta, no es la primera vez, pero me haces
temblar. Me quito despacio la ropa, separo las piernas para que me veas, el
pelo se desborda sobre mi cara, sonrío con cara de niña viciosa. Me toco, me
acaricio, te muestro las ganas de tenerte dentro. Ojala estuvieras conmigo
mañana y no solo esta noche. Pero no quiero pensar en ello, solo quiero pensar
en tu polla, inmensa, llamándome. Me cuelgo de tu cuello, te beso, te muerdo, como
si estuviera ensayando un juego donde los sentimientos ya han perdido de
antemano. Te cabalgo, me duele, quizás ha sido demasiado rápido, pero se me
antoja una mezcla perfecta de placer y dolor. Grito un poco, mi mirada tiene algo de gata en celo. Te araño, te quejas y me agarras de las muñecas. Me gusta dejarte
marcas, una forma de poseerte. Noto tu mirada, no puedes aguantar más, soy
idiota pero me dejo llevar, tus dedos friccionan mi clítoris, eres un cabrón
tramposo, el orgasmo se alarga, ya no importa nada. Me miras con esa sonrisa,
me levanto y te meto en mi boca. Tan roja, tan caliente, succionando mis
propios flujos, respirándote. Noto como te tensas, tus testículos golpeando mi
barbilla mientras los aprieto con rabia, exprimiéndolos, ¿Te
gusta cabrón? Me coges como respuesta de las coletas, trenzadas para la
ocasión, y me follas la boca como a una vulgar meretriz, deslizo la mano hacía abajo
para llenar todos mis agujeros, me excita que me cosifiques, a la mierda los
feminismos, me gusta que me poseas de la forma más ruda, ya no sé correrme de
otra forma. Te vacías violentamente y me lo trago todo, te enseño la boca para que
lo compruebes pero ya estás mirando a otro lado. No importa, me tumbo a tu
lado, sé que todo esto es efímero, pero acurrucada junto a ti, escuchando como
tu corazón se va poco a poco recuperando, es cuando me siento mejor. No
suspires, no sonrías, solo quédate ahí, con los ojos cerrados, y descansa.”
Casimiro se larga,
demasiado alcohol, demasiada droga. No me ha tomado en serio. Ya ha pasado
media hora, empiezo a notar el cansancio, pero morir sin terminar la segunda
botella sería un sacrilegio. Un importante traspié en una biografía nihilista repleta
ya de demasiados fracasos. Otro problema es la sempiterna erección. Se
mantienen post mortem, imaginaos la cara del forense. Es una lástima que no
haya mujeres cerca, soy el mejor cunnilingus de todo Madrid.
Pero así suceden las
cosas, la banca gana, ¿qué mezcolanza de mierda, mis meritorios bastardos,
puedo publicar antes de la nada, como rubricar el sinestésico estertor?
Podría vivir otras vidas en las que colecciono vello púbico con el sudor blanco
del incendio del libertinaje, mientras Morrison sigue deslizándose en su bañera
de París, sombras de héroes que reconfortan cuando la náusea palpita en las
muñecas y todo se cubre de ruido y heces.
Pero todo termina aquí,
con mis labios curtidos de silencio deshaciéndose con el rocío de tu nombre,
desarropando todos los abrazos mientras mis zapatos se llenan de sangre y
vosotros, crueles clientes, apagáis el monitor sin mirar atrás.
Podría empezar con el tono decadente habitual, léase: “Dos botellas de vino. Una erección. Siempre hay alguien que sale perdiendo. A veces me siento como el guardián de un museo vacío que nadie visita, una metáfora inútil de mi alma.”
Podría hablar de la hojarasca ruidosa de mi barrio, adolescentes sonriendo presa de la inercia de su edad, disfrutando del presente puro donde aún no caben decepciones ni derrotas. Hace calor. Es primavera. Gónadas llenas de amor eterno, lencería, bragas, escotes, todo siendo apartado por dedos juguetones, tacto de promesas febriles, mientras los raperos sodomizan poesía sin que nadie pueda evitarlo.
Podría hablar de Ella. Aquella que magnetiza mis sueños con las palabras que oculta bajo su falda. Intento ofrecerle las mías, las más altaneras, las que insisten en saludar al público, para que las devore en el papel donde las dibujo y así no consiga terminar el dibujo con tiza de mi silueta en el suelo.
Te imagino intensa, ciclotímica, absurda, escribiendo cartas de suicidio ficticias, cada año con menos nombres que recordar en tu despedida. Te anhelo intentando fusilarme entre tus piernas mientras te beso lentamente un párpado con esa ternura que tanto rehúyes. Te pienso intentando desnudarte sin conseguirlo, a pesar de tener toda tu ropa despellejada por el suelo, atrapados en un cuadrilátero de cemento, sin ecos, solo pequeños suspiros de hilo de plata. Mi pequeña chica Murakami, adornada con ojos de lluvia que apenas me reflejan.
Pero siempre me queda el sudor de aquella noche, tu pelo jugando sobre mi vientre desnudo mientras rodeas el glande con tu lengua. Como cierras los labios despacio, muy despacio, metiéndotela en la boca. No quiero cerrar los ojos, arqueo el cuello para poder disfrutar de ese prodigio, ver tu cabeza meciéndose sobre mí, tus labios llegando a la base de mi verga atravesándote, sintiendo las contracciones de tu garganta en pequeñas ondas de placer y calor. Tu dedo ensalivado entrando en mí, la sorpresa, una ligera molestia, y luego el placer incólume. Y tú entrando más y más, aumentando el ritmo, mirándome excitada. Y hay una certeza de amor, de juego peligroso, cuando te bajas las bragas y te derramas sobre mi boca.
Y mi lengua te folla los dos orificios sin piedad, aun calientes e hinchados por la última sesión. Y juego con mi pulgar, con mi lengua, incluso con mi nariz respirando, transpirando tu excitación. Hasta que en algún momento del tiempo de descuento, sincronizo las embestidas en tu boca y en tu coño y nos corremos yo en ti, tú en mí.
Me interrumpo y leo por ahí algo sobre contar historias, sobre dejar en los bolsillos de la mente de otro parte de tu memoria, algunas de esas palabras que se gangrenan en tu cabeza a fuerza de no compartirlas, pedacitos de ti mismo que olvidas porque no tienes un espejo del pasado, al que consideres también tu presente, que te los recuerde. Pero no tengo muchas historias, recuerdo aquella noche que esnifamos cocaína marrón, recuerdo la decepción que supuso ver a Héroes Del Silencio en concierto por primera vez después de décadas escuchándolos, no por ellos, sino porque llegaba tarde y no me emocionaban, recuerdo tirar bolsas llenas de botellas vacías un miércoles, recuerdo a mi abuela gritando que la quería matar solo por pretender acostarla en su cama, recuerdo a mi perra morir en mis brazos porque no había ido al veterinario a tiempo, recuerdo descubrir a mi tío borracho una noche de madrugada y no entender cómo se podía llegar a eso, la recuerdo diciendo al entrar “hola casa”, pensar en sus rarezas y ahora echar esos detalles de menos, recuerdo coger la bicicleta en Barcelona e ir hasta la playa y quedarme allí, observando con una sonrisa, como si todo empezara de nuevo.
No es necesario ser tan decadente, también podría hablarte de libros eternos, libros que te abren la mente, que te incitan a escribir, que consiguen que tu existencia tenga singularidad, libros que se convierten en amigos, en amantes. Te podría hablar de música, de cómo tocar un bajo, de porque un grupo tiene que convencerte en directo, de la poesía de algunas letras, te hablaría de la importancia de la soledad, de escribir -que es hablar solo, despacito-, te hablaría de que hay que enamorarse al menos una vez y sufrir las consecuencias, que el sexo con amor es un ballet de los sentidos que no acaba cuando eyaculas, te hablaría de que guardases siempre una reserva de inocencia a la que mantenerte fiel, de que a veces, pensar en el suicidio, en una forma de regocijarte de la vida, que el pensamiento mayoritario siempre suele ser erroneo porque el único padre de la verdad es el tiempo. Pero son ripios fáciles, sabréis perdonadme.
Como último comentario añadir que a veces en la literatura, y por desgracia últimamente también en las calles, da la impresión de que la libertad existe, siempre y cuando no tengamos la soberbia de querer ponerla a prueba.
Supongo que entendéis a qué me refiero. Buenas noches.
Realmente no pedía
tanto. Que me quisieras con cierto equilibrio, gritarte mis orgasmos mientras te
corrías dentro de mí, que escribieras sin resaca sobre nuestras huellas
mojadas, esas que hacían el amor al salir de la ducha, que me llamaras puta
entre las sabanas, porque esa palabra en tu boca significaba vida. Y porque era
verdad: era tu puta, me vendía por veinte besos, cinco abrazos, una cena con tu voz, un te quiero en cada ausencia y mi imagen idealizada en
las orillas de tus ojos. Quería que me hicieras llegar tarde al trabajo, ser tu
poema, tener una versión pequeñita de ti jugando en el salón…que hicieras de mi boca una trinchera mientras hacías malabares con mi coño. No pudo ser. Quizás con una
talla más de pecho y un cruce de piernas más ensayado... Pero tu sonrisa de deshilachó demasiado pronto, y ahora, en este martes hostil, mis
orgasmos se deslizan por mis piernas manchadas de soledad y se pierden por el desagüe. Dibujo tu nombre entre dos cubitos de hielo que se deshacen despacio en el vaso vacío.
Fuimos
un par de latidos desordenados, como pintar un corazón deforme en una postal
que es más una despedida que una nostalgia compartida.
Escucho la lluvia
de fondo y es como secarme las lágrimas con un pañuelo manchado con tu semen.
****
Y realmente no sé qué más añadir. No tengo muy claro de
que escribir hoy, pero necesito hacerlo, sin escaramuzas añadidas de
infelicidad, solo para ahuyentar el tiempo con el ruido del teclado. Como decía
Cioran, una sensación tiene que caer muy bajo para convertirse en idea. Vamos allá.
Podría hablar del talento. El talento es una pausa de
trascendencia que te emociona, también es algo que atisbas, no comprendes y
finalmente olvidas al segundo siguiente. Pero siempre existe esa pausa, un
instante de inercia bloqueada que pincha tu cauterizada sensibilidad. Luego tu
bagaje y cultura pueden hacerte entender el porqué de esa emoción. Es una
sorpresa, es leer un poemario totalmente aburrido y de pronto notar el pulso
acelerado, un extraño placer, envidia, ganas de compartirlo, de agotarte
releyéndolo una y otra vez. Si queréis una explicación más de ciencias, el
autor ha conseguido pasar de A a C sin pasar por B, siendo B lo máximo que
pueden llegar los demás con su esfuerzo. Y eso se nota. El talento es una
espada de Damocles muy cruel que hace que el tiempo, el esfuerzo, la dedicación
no sirvan para nada. Solo para cubrirnos totalmente de mierda aburrida –cine,
literatura, música- tapando los pocos rayos de esperanza, de sorpresa que nos puedan llegar por casualidad.
Luego también sucede algo curioso, a veces hacemos como
el protagonista de “El Túnel” de Ernesto Sábato, y ponemos una prueba, casi
como una llamada de socorro desde la soledad de la pista. Lanzamos una bola,
mediocre normalmente, con nuestro nombre, nuestro sello particular. Y nos
quedamos esperando una reacción. Con cautela, sin dejar mostrar la emoción de
la posibilidad de una respuesta a la altura de nuestras expectativas. Porque a
fin de cuentas el arte es comunicación, y es lo que esperamos desde el
principio, primero saber comunicarnos con nosotros mismos y a partir de ahí con los demás, sean quienes sean.
De todas formas otra cosa que me obsesiona después de
haber visto azuloscurocasinegro es el tema del éxito. En la película, al menos la interpretación que hago, los
personajes no pueden ser felices porque se empeñas en cosas imposibles, no son
conscientes de sus limitaciones, y como resolución hacen pequeños cambios para
que todo siga igual. Dicho así suena un poco desesperanzador. Te adaptas, pero
no a tus sueños sino a la realidad. El protagonista tiene la autoestima por los suelos y decide dejar la relación que tiene con su vecina, con la que
siempre se siente de prestado, que no está a la altura, por otra chica que
simplemente le necesita. Con el trabajo le sucede algo parecido, simplemente sigue
de portero, pero esta vez lo elige, intenta ver las cosas positivas
que le reporta aunque sigue buscando tímidamente otra cosa. Ya lo decían en Fight Club, somos la mierda cantante y danzante del mundo ¿nos conformamos con llevar una vida mediocre, ese es el secreto de la felicidad, como
el hombre feliz de Oscar Wilde?
Luego otro tema es el tiempo, ¿qué es perder el tiempo? ¿No
hacer cosas? ¿Qué tipo de cosas? ¿Quién dictamina que actividades o que
proyectos vitales son los más adecuados para no tener una crisis existencial en
el futuro por el acoso del tic tac? ¿Dónde está el manual de uso que da sentido real a nuestras acciones?
No encuentro deseable buscarlo en el trabajo. Hablo del noventa por ciento de los trabajos que terminan siendo un fin
en vez de un medio por el tiempo y dedicación que exigen. Dejando aparte el
efecto que causa una rutina de más de diez años en tu cerebro. Que conste que
entiendo el reto, la responsabilidad, intentar ser el mejor y la satisfacción
personal al conseguirlo. Pero para mí la implicación es aborrecible, una
entrada en Auschwitz. Pero claro, soy el tipo que tiene un blog titulado
Decadencia.
Tampoco considero que resida en la familia. Es una experiencia
vital –no necesariamente indispensable-, una pequeña capitulación a la voluntad
de la especie, de la naturaleza, que no nos debería impedir continuar con normalidad con nuestras vidas. Pero la realidad es
que muchas veces tenemos que asumir sacrificios a veces intolerables que nos
lastran durante décadas.
Tampoco en la fe, joder, eso ya sería demasiado sencillo.
Demos a una entidad toda la responsabilidad, todas las respuestas, toda la náusea.
No, si alguno cree en Dios -sobre todo si es el judeocristiano- que deje de leerme.
¿Entonces?
Creo que la vida es una búsqueda de uno mismo. Y ni
siquiera para aceptarnos, darnos la mano y sonreír ante el espejo. Necesitamos conocer cuáles son las limitaciones de nuestra propia celda mental –a través de proyectos, fracasos,
experiencias-, para luego saber qué podemos aceptar de nosotros mismos y qué queremos moldear. Pequeños cambios que provocan que la celda sea un poco más
espaciosa, más interesante, quizá que la vista o las visitas sean diferentes. Y
es ese cambio de perspectiva, una vez superado el miedo inicial, lo que nos
permite tomar nuestras decisiones con cierta libertad, sin imposiciones desde
fuera. Y eso es lo que puede dar relevancia y sentido a nuestras acciones.
Ya no eres un número más, un robot sin consecuencias que
acompaña a los demás borregos hacia la nada. Puede que te frustre no tener
éxito, o puede que seas feliz con poco y llevando una vida ajena, pero la única
felicidad real nace de desarrollar esa libertad personal, lo cual no tiene que
ver con ser egoísta o irresponsable con la gente que te rodea, solo con ser
consciente de ti mismo y jugar en consecuencia. Un juego infernal. Pero ya
estamos en medio de la partida y, al igual que en la literatura, sólo
competimos contra nosotros mismos. Los demás son extras en una narración en
primera persona. Si decides estar en medio de la tragedia o bajar el telón antes de tiempo, eso siempre será cosa tuya. Pero primero. Observa de cerca, sin compañía ni imposturas, los barrotes de tu cárcel… ¿es eso realmente lo que Tú quieres?
La gente que conozco no piensa en el suicidio, el
convencionalismo es su semáforo en verde, opinan que es cosa de adolescentes,
de parias depresivos que no han sido capaces de enfrentarse a la vida con
valentía, adictos a grandes tragedias. Para ellos, al menos que hayan sufrido
alguna experiencia cercana, la muerte es solo un concepto, algo intangible, casi
irreal, que les suele pillar desprevenidos. Por eso viven el presente como una
inercia inducida, sin luchar realmente, postergando. A mí no me asusta la
palabra, es como un retazo de libertad en medio de la locura que nos abduce y que
todo el mundo considera normal. La normalidad del borrego. Cuando la sensación
de esclavitud me ahoga con su náusea, aparece como unas enormes letras de neón SUICIDIO y todo se relaja, adquiero el control. Un
botón de pánico, una toalla en medio de la lona, una puerta trasera, una carta
de despido que llevas en tu bolsillo todos los días al trabajo basura. Solo necesitamos
eso, rodeados de tanta maquina esforzándose en nuestra total y absoluta alienación,
un guiño alcohólico que sirva para violar la idiosincrasia habitual, un gesto
obsceno ante las puertas del infierno.
Me da cierto pudor releer algunos post del año pasado,
desbordan histrionismo, aunque sean sinceros. Antes no había tantos problemas,
unas cartas, fotos desenfocadas, algún fetiche como una entrada de cine o
alguna camisa o regalo de cumpleaños. Todo cabía en una caja que podías
esconder en cualquier lugar. Ahora toda tu relación sentimental está
digitalizada, en el fondo puedes borrarla con la misma parsimonia, pero los
nostálgicos, pobres victimas de sí mismos, naufragan buceando en ese pasado.
Miles de fotos, sms, mails, post, redes sociales en común, logs de
conversaciones en el chat. Videos, ya no con la videocámara de formato
engorroso, con el propio móvil. Naturalmente con el repuesto adecuado esto no
sucede, hay demasiada inercia en el sexo, los problemas, la vida en común. A
fin de cuentas la añoranza se alimenta de la desesperación –sutil o no- de la
soledad –sea o no en compañía. Pero como sucedía con El extranjero de Camus, la evocación episódica de su vida le permitía
ahogar la desesperación de la cárcel y la falta de libertad. Así de poderosa es
la mente.
También es curioso el efecto del tiempo. Lees un buen
libro, lo entiendes pero, ¿cómo explicar el sexo, el desamor, la falta de
libertad, la muerte con el arte si tú mismo no has padecido de primera mano
esas experiencias? Por eso con el tiempo ciertos libros se te rebelan
distintos, totalmente conmovedores, como si en tu primera lectura hubieras
pasado por encima sin apenas tocarlos. Ahora te cambian, te producen dolor, queman.
Al final lo que queda, aparte de la inteligencia del escritor en la recreación
del personaje, es la empatía ante sus
conflictos internos, ante el dilema del escenario, da igual si este es ciencia
ficción o de un realismo sórdido y repugnante.
La música como banda sonora de pedazos de tu vida,
canciones que te entristecen y que buscas de forma masoquista cuando te
acuerdas de su ausencia. Que te alegran, que cuentan tu historia con sus
letras. Letras que no significan nada y luego significan todo. Prohibidas,
recurrentes.
Con la recreación digital perfecta de tu pasado
sentimental sucede lo mismo. Quizás con el tiempo, desde una perspectiva más
objetiva, te das cuenta de que fuiste injusto, un cabrón despiadado. Y aunque
el amor no deja de ser egoísmo narcisista, el sufrimiento es lo que realmente
humaniza. Y darte cuenta de tus errores.
No hay que convertirse en el protagonista de “Días
Extraños” que, gracias a la tecnología, revive una y otra vez los mejores
recuerdos grabados de su última relación, incapaz así de olvidarla, de desenamorarse.
El olvido es necesario, una forma de supervivencia. Si nunca olvidásemos nos volveríamos
locos. Es la forma que tiene el cerebro de adaptase, de poder ilusionarse de
nuevo, de creer que esta vez será especial, diferente.
Ahora, con más experiencia y menos prepotencia, mido mis
palabras cuando alguien me habla de su vida sentimental, no justifico ni juzgo,
considero que normalmente hay mucha idiotez intrínseca en su forma de afrontar
las cosas, pero puedo llegar a comprender como han llegado ahí.
Entiendo que alguien conserve la foto de un antiguo amor
en la mesilla de noche si cree que ella es su Irene Adler y prefiera seguir solo. Entiendo
que alguien mantenga una relación sin futuro con un hombre casado, o el hecho de permanecer
junto a alguien que está enamorada de otro y solo te toma como amigo. Mil
ejemplos. Es un dolor masoquista, vívido, real. Estúpido también. Luego miras a
tu alrededor y hay personas que se ha follado a cien mujeres y siguen insatisfechos,
o que solo han tenido una relación, o que no se han enamorado nunca, o que se
enamoran siempre. Gente que con treinta y cuatro años se dan cuenta que no
saben convivir con una mujer, o quizá no saben vivir en general, sin oferta de
futuro. A veces ellos también se enamoran, pero la cosa suele durar poco y el
egoísmo y las ganas de independencia ganan la partida. Al final hay mucha gente
que suspira por algo que les va a hacer infelices a medio plazo. A él y a ella.
Lo saben porque ya lo han intentado. Pero a pesar de ello siguen esperando el
milagro -como diría Cohen. ¿Quiénes somos nosotros para juzgar, a fin de
cuentas, ese extraño chispazo de endorfinas en el cerebro, la soledad terrible de cada uno? ¿Quiénes somos para juzgar a esa mujer que se enamora en
el primer polvo porque solo necesita una palabra amable, sentirse especial dos
o tres horas para dejarse llevar?
¿Es una trampa mortal el romanticismo en la época
digital? No, el cinismo avanza al ritmo de la tecnología, de la promiscuidad. Pero
de todas formas creo que es adecuado ofrendar
un pequeño homenaje sin lágrimas y con una media sonrisa, a esas dos o tres
personas que, de alguna forma, han conseguido tocarte, influenciarte, hacerte brillar durante algún tiempo.
Forman parte de nuestro bagaje y no sería justo simplemente borrarles,
colocarles un número como si fueran un lastre. Pero solo de vez en cuando, sin abusar de sentimentalismos.
La vida es una canción, una poesía que se tambalea hacia
un final impreciso pero inevitable. Como cantar “Tú eres de mis sueños la medida”
mientras dibujo tu nombre con orina en la pared. Todo vale, menos gemir en
soledad con ese sonido que hace la vida cuando no tiene energía para seguir,
menos llenar los agujeros existenciales con una puta biblia, menos venderte o
dejar que te pisoteen. La mierda se acumula a nuestro alrededor, estamos en un
escenario infernal lleno de mentiras y amores desquiciados, de pequeños bastardos
que intentan penetrar tu alma penetrando tu cuerpo con torpeza. ¿Y las malas
noticias?Tranquila: sólo acabo de empezar, déjame quitarme el regusto a
fracaso con otra copa.