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lunes, 7 de mayo de 2012

Hoy he aprendido a masturbarme y a suicidarme, y no por ese orden.

Aby Warburg, un hombre que a los trece años le ofreció a su hermano menor cederle su derecho de primogenitura sobre la fortuna y el negocio familiares a cambio de que le pagase de por vida las facturas de sus libros. A los cuarenta y cinco años poseía una biblioteca personal de más de quince mil volúmenes, ¿hizo un buen trato?
La vida es así, llena de maravillosas decisiones, aunque desde la atalaya del fondo de mi vaso solo vislumbro tristeza. Podría recurrir a esa frase de nuestro hemofílico favorito-Lo siento; no volverá a ocurrir.” para justificar mi propia decadencia. Pero calculo que solo me resta una hora y media para divagar antes de morir mientras la música, esa visión onírica del mundo soslayada por las matemáticas, me exilia de todas esas peticiones anónimas que no sé ignorar ni obedecer.

A veces das una bofetada mientras la habitación huele a sexo. La cara de Jack Lemmon al final de la película, la angustia del fracaso vital mientras la solución está a escasos metros iluminándote con su neón. Como leer “Histoire d'O” siendo virgen, como evocar un viaje sin atreverte a coger el metro, como lubricar tu relación con veladas de estúpido quietismo ante el televisor. Esa halitosis existencial, de finitud y mediocridad, donde Catherine Earnshaw no existe, donde solo eres la mierda cantante y danzante resignada. Porque me he resignado a no tenerte, a la soledad, a no ser bueno para nadie, a que tus manos no me aten a la cama ni me acaricien, a no dejar huella en ti, a no sentir de nuevo nostalgia por tu cuerpo desnudo. Solo quiero ser el Extranjero de Camus, o de Houellebecq, un bucle de recuerdos en blanco y negro, un perfect day, como aquel último gemido entrecortado al penetrarte, obviando el rencor, la decepción, la otredad, amortiguando las palabras de odio, ¿cómo te sentiste cuando se cayó tu sonrisa y no tuve interés en recogerla? Hoy he visto una de nuestras películas.

Los aniversarios, por tanto, suelen ser contraproducentes, bosquejos de sombras chinescas sobre el tejado de la memoria. Cicatrices en el almanaque donde tu perfecta Bovary te secuestra con su ausencia y no puedes evitar recordar sus mohines de niña caprichosa, su pelo corto sin tirabuzones, su adagio de portazos. Aunque todo desfallece, tarde o temprano, y finalmente tu pene cae fláccido supurando amistad y no sientes esos escalofríos en la espalda que te impulsaban a poner todo tu mundo a sus pies.

***
Mario se mete otra raya. Le deja traspuesto, como si derramara el alma sobre el libro de ilustraciones de Klimt y fuera eso lo que estuviera esnifando. Normalmente la cocaína te pone frenético, te hace huir de los espacios cerrados. Pero Mario, ese estúpido desertor de la humanidad, se aposenta en el sillón desbordando con asincronía los marasmos de su interior.
Mario: Hoy una puta me ha sodomizado con un par de dedos. De forma imprevista, mientras me la chupaba, sin ni siquiera pedirme permiso. Pero lo peor, lo más inquietante, es que me he corrido de forma bestial.
Casimiro: Mierda.
Mario: Me duele el culo, me han arrebatado mi virginidad. Pero ahora, en vez de sentirme resentido, no sé, me siento más próximo a ellas, más mujer, como si pudiera entenderlas mucho mejor después de esto.
Casimiro: Mierda.
Mario: Sé que es un pigmento emocional muy fino, pero necesitaba compartirlo. Y ahora permíteme hacer un último brindis: por el suicidio.
Casimiro: Mierda.
Mario: Exacto amigo mío. Me he tomado medio bote de antidepresivos hace más de media hora, ha pasado el tiempo suficiente para saber que no voy a vomitar. La mezcla con alcohol me matará en una hora.
Casimiro: Mierda.
Mario: Joder, sí, lo siento. Pero soy demasiado sensible para la situación política de este país, tienes que comprenderme. Ya he hecho los preparativos convenientes, he enviado a mi ex una grabación de voz con mis últimos momentos de placer en solitario. ¿Te acuerdas del hada que llevaba tatuada? Me hubiera gustado verla de nuevo y que por algún azar crepuscular me diera un abrazo. También he repartido biblias y libros de autoayuda ente la gente que odio.
Casimiro: Mierda…
Mario: Recuerdo aquella carta que me envió describiendo uno de nuestros últimos polvos…

“Tengo los pechos calientes, ebrios. Me besas como si fueras una mariposa flotando a mí alrededor. Suena esa canción y no entiendo porque. Estoy nerviosa. Me llamas puta, no es la primera vez, pero me haces temblar. Me quito despacio la ropa, separo las piernas para que me veas, el pelo se desborda sobre mi cara, sonrío con cara de niña viciosa. Me toco, me acaricio, te muestro las ganas de tenerte dentro. Ojala estuvieras conmigo mañana y no solo esta noche. Pero no quiero pensar en ello, solo quiero pensar en tu polla, inmensa, llamándome. Me cuelgo de tu cuello, te beso, te muerdo, como si estuviera ensayando un juego donde los sentimientos ya han perdido de antemano. Te cabalgo, me duele, quizás ha sido demasiado rápido, pero se me antoja una mezcla perfecta de placer y dolor. Grito un poco, mi mirada tiene algo de gata en celo. Te araño, te quejas y me agarras de las muñecas. Me gusta dejarte marcas, una forma de poseerte. Noto tu mirada, no puedes aguantar más, soy idiota pero me dejo llevar, tus dedos friccionan mi clítoris, eres un cabrón tramposo, el orgasmo se alarga, ya no importa nada. Me miras con esa sonrisa, me levanto y te meto en mi boca. Tan roja, tan caliente, succionando mis propios flujos, respirándote. Noto como te tensas, tus testículos golpeando mi barbilla mientras los aprieto con rabia, exprimiéndolos, ¿Te gusta cabrón? Me coges como respuesta de las coletas, trenzadas para la ocasión, y me follas la boca como a una vulgar meretriz, deslizo la mano hacía abajo para llenar todos mis agujeros, me excita que me cosifiques, a la mierda los feminismos, me gusta que me poseas de la forma más ruda, ya no sé correrme de otra forma. Te vacías violentamente y me lo trago todo, te enseño la boca para que lo compruebes pero ya estás mirando a otro lado. No importa, me tumbo a tu lado, sé que todo esto es efímero, pero acurrucada junto a ti, escuchando como tu corazón se va poco a poco recuperando, es cuando me siento mejor. No suspires, no sonrías, solo quédate ahí, con los ojos cerrados, y descansa.”

Casimiro se larga, demasiado alcohol, demasiada droga. No me ha tomado en serio. Ya ha pasado media hora, empiezo a notar el cansancio, pero morir sin terminar la segunda botella sería un sacrilegio. Un importante traspié en una biografía nihilista repleta ya de demasiados fracasos. Otro problema es la sempiterna erección. Se mantienen post mortem, imaginaos la cara del forense. Es una lástima que no haya mujeres cerca, soy el mejor cunnilingus de todo Madrid.
Pero así suceden las cosas, la banca gana, ¿qué mezcolanza de mierda, mis meritorios bastardos, puedo publicar antes de la nada, como rubricar el sinestésico estertor?

Podría vivir otras vidas en las que colecciono vello púbico con el sudor blanco del incendio del libertinaje, mientras Morrison sigue deslizándose en su bañera de París, sombras de héroes que reconfortan cuando la náusea palpita en las muñecas y todo se cubre de ruido y heces.

Pero todo termina aquí, con mis labios curtidos de silencio deshaciéndose con el rocío de tu nombre, desarropando todos los abrazos mientras mis zapatos se llenan de sangre y vosotros, crueles clientes, apagáis el monitor sin mirar atrás.

Chicago (Con Vetusta Morla) by Christina Rosenvinge on Grooveshark

lunes, 8 de agosto de 2011

Laura

Hay muchas formas de contar una historia. Puedes coger una base real, verbalizarla, acosarla hasta exprimir cada sensación. También puedes dejarte llevar por los sentimientos, ¿Qué es más fidedigno? Al final la realidad es simplemente tu punto de vista macerado por una memoria imperfecta secuestrada por sicarios emocionales.

También puedes inventarla desde el principio, ni siquiera conocemos al autor, ¿Cómo fiarnos de él, quien es Rorschach, realmente es alguien de Madrid, es importante para disfrutar de la historia?

El viaje era un suicidio emocional, las cosas estaban claras: ella estaba con otro y yo había llegado tarde a todo, aunque realmente esta solo fuera una razón entre otras. Pero recordaba como nos habíamos encontrado, casi de casualidad, en medio de un párrafo de desamor, como habíamos empatizado con esa fragilidad, esa locura y como, durante meses, habíamos ido creando una burbuja romántica que nos protegía de todo y de todos. Cada vez que uno se sentía inseguro se acercaba a ese jardín privado y se apoyaba en el otro: era allí donde se querían, escuchaban música, hacían el amor. Todo bajo control, sin arriesgarse, sin ir demasiado lejos.

Pero al final ella, la que parecía más dependiente, salió al exterior y marcó los tiempos. La burbuja ya no le servía, le atrapaba y le impedía continuar. Y me quedé ahí, sin saber como continuar, más solo que antes.
Por eso necesitaba hacer ese viaje: tenía que confrontar la realidad, tocar el ideal, reconocerme en los ojos de ella, validar todas las palabras, todos los gestos fuera de esa burbuja, realidad contra ficción, comprobar que no era una locura lo que había sentido.

Cuando te vi me pareciste preciosa. Naturalmente no era la primera vez que nos veíamos. Pero habían pasado dos meses. Venías con un vestido blanco –como sabía que harías- y un maquillaje perfecto. Estuvimos andando ese primer día durante horas, haciendo la ruta de tus palabras, haciéndome partícipe de ellas, de tu vida, sintiendo como volvía la vieja afinidad, los matices de tu voz, como la risa se desbordaba hasta que, casi sin creerlo, me besaste junto a la playa. Y no me atrevía a dar un paso en falso porque no sabía exactamente cual era el camino que debía tomar.

Y seguimos jugando a este juego varios días, primero me hablabas de él y luego me besabas. Nada salía natural entre nosotros, solo a ratos, en suspiros de canciones que canturreábamos cuando nos mirábamos casi a escondidas, cuando nos abrazábamos y nos deseábamos un futuro feliz en un balcón, cuando subimos a aquel árbol, cuando gritaste en Arc del Triomf que se jodiera el destino y empezaste a espolvorear Chanel No.5, cuando te empotré contra una pared, cuando me dijiste que te besaba como a una hermana, cuando asegurabas que lo nuestro no podría funcionar nunca y luego, acto seguido, confesabas que estabas cachonda, cuando te llamé pidiéndote perdón y estabas sentada en un banco delante mío, cuando me tumbe en tu cama y me echaste una bronca como si fuera tu exmarido, cuando me hablaste de tu colegio de monjas, cuando me enviabas mensajes de reconciliación de madrugada, cuando nos bañamos de noche en la playa, cuando te pedí que te quedaras y cogiste un autobús diciendo que no era el día adecuado, cuando me llamaste y te hice llorar, cuando me besaste y luego me diste una bofetada, cuando me metí en la cama contigo y tu amiga, cuando me pediste que tocara la guitarra cuando solo sabía tocar el bajo, cuando me decías que lo tuyo con él no tenía futuro y luego te sentías mal por estar conmigo, cuando íbamos por la tercera cerveza y sonó Persiana Americana, cuando hablamos de mamuts, cuando nos besamos ajenos a todos y Ricardo puso Amelie rompiendo la magia, cuando...

Al final nos acostamos en el peor escenario posible: cansados, heridos, en un colchón en el suelo, en una habitación insalubre por el calor. Y sin embargo en cuanto nos tumbamos empezamos a magrearnos casi sin darnos cuenta. Empecé a besarte por todo el cuerpo, ese cuerpo que había deseado antes, esos pechos, ese redescubrimiento, los lunares de tu espalda, tu piercing, la forma perfecta de tus labios, tu cuello, tus ojos…
Enseguida tuviste un orgasmo entre gemidos acompasados por mis palabras. Porque sentía que eras deliciosa, que te quería, que tu nombre era mío como tu cuerpo esa noche, las palabras surgían y te acariciaba como si aun estuviéramos juntos en la burbuja.
Pero en algún momento la conexión se rompió: no sé si fuiste tú, o yo, el calor de la habitación, el dolor menstrual...pero sentimos la verdad: ya no era eso épico, maravilloso, acuciante que nos había poseído antes. Terminamos como lo harían los demás.
Me diste las gracias por ese momento y te abracé, intentando dormir así, sabiendo que era la última noche, aunque eso me lo confirmarías al día siguiente.

Nuestro último encuentro es en el aeropuerto. Te regalo un libro que luego me confirmas que te resulta deprimente. Hablamos de lo mismo una y otra vez. “Las cosas suceden por algún motivo -me dices-, juntos seríamos infelices, me odiarías, es mejor que no me haya enamorado de ti”
Me despido antes de embarcar. Me aparto un momento y no puedo reprimir un “Eres increíble” Bajas la cabeza y te abrazo con fuerza. Me dices que me quieres. Nos separamos. Te pido que te vayas, no me gusta alargar las despedidas, no quiero ver como te alejas. Naturalmente miro hacía atrás, y ahí sigues tú, observándome...hasta que finalmente te pierdo entre la gente. Ibas muy guapa.

Ahora cojo mi fetiche, ese lápiz que usaste para hacerte un moño, y pienso en ti, géminis con ascendiente piscis, añorándote terriblemente aunque a veces quiera matarte y otras simplemente dejarme caer al suelo para que recojas mis pedazos. Me despido de ti hasta que sea capaz de hablarte como amigo, sin pensar en esos labios perfectos que anudan mi alma, mi niña caprichosa, a tu rostro.

The end by Kings of Leon on Grooveshark

viernes, 24 de junio de 2011

Y en tu ausencia la paredes se pintaran de tristeza...El Final de la Decadencia.

Motel. Provoquemos una elipsis: diez noches después.

Rorschach cojea y tiene un parche en un ojo, varias feas cicatrices circundan su rostro. Le falta el meñique pero eso no le impide utilizar con cierta solvencia la M79, una escopeta monotillo que dispara granadas de cuarenta mm con una rubrica en la culata que pone “Dios es ateo”. Martha esta encantada con el nuevo aspecto de su partenaire, como si cada nueva mutilación le excitase más, las heridas se abren y las sabanas se manchan de sangre en cada nueva bacanal de sexo nocturno que acontece. Pero Rorschach está cansado de tanta locura.

Rorschach: Martha maldita sea, coge las armas. O resolvemos esto hoy o haremos explotar todo el puto motel.
Martha: no seas malhablado, mi maldito dios, y fóllame antes de salir. Tengo un mal presentimiento.
Rorschach: ¿Cómo cuando me dijiste que no metiera mi mano en aquel agujero repugnante?  ¿Cómo aquella vez que matamos al tipo del interruptor y todo empezó a temblar media hora después?
Martha: Cállate y ven aquí...
Hicimos el amor con una disonancia extraña. Como bailar ballet en medio de una discoteca con la banda sonora de Blade Runner de fondo.

R: Intimemos, ¿a que te gustaría dedicarte? Toda vida requiere un objetivo, los replicantes se quejaban de ello.
M: Bueno, ellos no podían reproducirse, por eso estaban siempre tan enfadados.
R: Quizá era porque se consideraban esclavos, con un objetivo impuesto antes de nacer y una vida muy corta.
M: No hay tanta diferencia con nosotros si lo piensas bien. Nosotros no podemos matar físicamente a Dios desgraciadamente. A mi me encantaría vender flores en un cementerio.
R: Creo que hay un servicio en el tanatorio que se encarga de ello, y la incineración esta de moda.
M: Tú has preguntado, todavía hay gente que atiende a sus muertos, es bonito…
R: A mí me parece jodidamente triste, como si no pudieran seguir con sus vidas después: ha muerto, ahí acaba todo. La gente se vuelca demasiado en los demás y después no saben que hacer con sus miserables vidas.
M: No como tú, ¿verdad?
R: No seas despiadada, sí, es cierto, soy un fracasado sin legado sobreviviendo lo mejor que sabe. Tampoco te lo he escondido. No te pido ayuda, solo compañía, que me aceptes. No quiero empalarme en las vidas afiladas de los demás. La he jodido ya lo sé. ¿Me quieres?
M: Si, pero solo dos párrafos más. Juguemos al juego de los suicidios.
Rorschach: Hay muchas formas, una de la más fáciles y que siempre tengo a mano es con Disulfiram y Naltrexona. Solo tienes que ir a un centro de salud, decir que eres alcohólico y te dan un par de recetas, naturalmente tienes que firmar un consentimiento legal. El motivo es sencillo: el Disulfiram te provoca un fuerte rechazo ante el alcohol: vómitos, arritmias, mareos. Pero si sigues bebiendo, y te aseguro que no hace falta mucho, quizá media botella de vino barato, te provoca perdida de conocimiento y finalmente la muerte. Rápido, seguro y subvencionado por la seguridad social.
Martha: Joder, llevamos diez noches hablando de esto y cada vez me sorprendes más.
Rorschach: He tenido tiempo para pensar en ello. Ha llegado la hora, vamos a terminar ya con toda esta mierda.

La última habitación antes del fin.

No es una iglesia con gente suicidándose en masa, descubriendo las ventajas de la caricia conciliadora de muerte mientras sus sacerdotes, vestidos de nazis y ángeles, mutilan penes, ablacionan clítoris y se bañan en la sangre de sus correligionarios.
Tampoco es una habitación con mujeres siendo violadas por maquinas cuyos flujos lubrican el soporte vital de un viejo vietnamita que controla el mundo desde su ordenador central en forma de pene.
Tampoco es una mujer traicionándote mientras decides si te vuelas la cabeza con la única bala de la recamara.
Tampoco es la inocencia perdida de un niño administrando a escondidas la medicación a su padre mientras observa en la televisión imágenes de mujeres desnudas en jaulas y ancianos follando en geriátricos.
Tampoco es un Rorschach anciano, enjuto, con perilla blanca sonriendo aviesamente mientras te doblega en una maquina propia de un episodio psicótico de Fringe, explicándote que solo puede quedar uno en el multiverso y ese tiene que ser un triunfador en el cuerpo joven de un fracasado mientras activa el traspaso de mentes y te vacía de oportunidades.

No, la depravación es como la belleza: te vuelve vulgar con el tiempo, insensible, te degrada y adocena. Es más provocadora la verdad. Hace días que Rorschach elude el fin, el sentido de toda la historia, se dedica a vivir el presente pero no avanza, como una soledad analfabeta cumpliendo años delante de una biblioteca. Pero eso tiene que terminar…

Rorschach: Antes de abrir la puerta dime una cosa, nada de esto es real, ¿verdad?
Martha se gira y me mira con tristeza: No tiene que ser ahora…
R: Contéstame por favor, tengo esta horrenda sensación desde que llegue al aparcamiento…
M: Sí…todo esto es un refugio para eludir la realidad, estas en coma, llevas en coma desde noviembre del año pasado.
R: ¡¿Noviembre…?! Dios santo…pero…tú…tú eres real, eres mas real que cualquier cosa que he tenido en mi vida.
M: Soy real porque me piensas, pero no, solo soy palabras en tu mente, irrealidades, deseos inconclusos, vampirizados, idealizados. No existo más allá de ti.

Martha se adelanta y abre la puerta: dentro hay una pequeña habitación de hospital. En la cama esta Rorschach lleno de heridas –algunas parecidas a las que tiene ahora- conectado a un sistema de respiración artificial.

Rorschach entra en la habitación y observa estupefacto la escena: Pero… ¿Cómo sucedió? No recuerdo ni siquiera haber tenido un accidente…
Martha: Fue la vida…hay muchas formas de estar en coma, o de morir. La realidad solo es un punto de vista, un concepto solipsista.
Rorschach: Pero… ¿no lo entiendes?… ¡estoy enamorado de ti! No quiero perderte.
Martha: Puede que en algún lugar del tiempo nos volvamos a ver. Ahora has comprendido, has dado el paso, todo tiene que seguir sin mí. Toma –le da la caja azul- Ábrela.
Rorschach: No, no puedo…Sé lo que hay dentro: es un punto y final, el fin de todo, ni siquiera estoy en esa cama de hospital, solo en una realidad mediocre sin transcendencia alguna, aquí al menos tengo palabras, imágenes, amor...no dejes que la abra por favor…quédate conmigo, déjame ser tu héroe.
Martha: Nada de esto se mantiene y lo sabes, lucha, sin trampas, sin idealizaciones, crea un futuro real, vive, simplemente vive…
Rorschach: ¡Quiero vivir!, ¿Qué crees? Pero nadie me ha enseñado, no quiero dolor, no quiero sufrir, soy demasiado frágil.
Martha: La vida es sufrimiento, no puedes eludir eso, no puedes dejar de sentir. Adiós amor mío…
Martha le da un último beso en los labios y como un fantasma translucido desaparece, sólo la reverberación de sus últimas palabras se mantiene unos instantes más.

No sabemos cuanto tiempo tarda, pero al final Rorschach abre la caja…suena una canción de Amelie con olor a mar. Lo primero que desaparecen son sus manos, la caja cae proyectando un fulgor azul que le envuelve… el resto de su cuerpo se volatiliza dejando las siguientes líneas de un blanco despedida…


















domingo, 3 de abril de 2011

Eres una puta flor marchita, si siquiera tus espinas pueden hacerme ya daño, déjame intentar ahogarme entre tus piernas una última vez, hay miles de formas de hacerte llorar, podemos descubrirlas juntos.

Empezaba a sentir el alma agarrotada y los pequeños oasis iban desapareciendo poco a poco. Mi sed era de amor pero mis harapos de mendigo me hacían tropezar una y otra vez con el mismo tipo de mujer. Un bucle absurdo que se dilataba hasta el anticlímax. Este sábado tendría que salir al exterior. Una pura cuestión de supervivencia.

En el trabajo hablando con dos mujeres me sugirieron ir a un cumpleaños de una tercera y accedí. No me voy a poner descriptivo, baste decir que no me interesaban para nada, que solo eran un escenario para mi desesperación.

Convencí a un conocido para que me acompañara con promesas de sexo femenino y encaramos la noche. Al parecer durante la cena me puse borde y desagradable, al parecer no era ese muchacho encantador que suelo ser. Al parecer según el sentir general soy un poco gilipollas. Luego las lleve a un bar heavy que no les gusto. De hecho se bebieron sus bebidas fuera con mi conocido, que enarbolaba su rol de caballero pero que a su vez tenía ganas de poner los cuernos a su novia con alguna de las dos.

Finalmente tuvimos que coger el coche y dirigirnos a una de las bocas del infierno que tiene este pueblo de la periferia en el que voy muriendo lentamente. El lugar ya daba miedo antes de entrar. El tipo de la puerta nos miraba con curiosidad, sin saber que trágico destino nos había hecho recabar allí.
Dentro la situación era mucho peor. Música espantosa, camareras desangeladas como si estuvieran haciendo horas extra antes de ir a su verdadero trabajo. Allí nos encontramos con los otros tres. Ya éramos siete, un número cabalístico, místico, para mí una puta cicatriz en el diseño genético. De la cumpleañera, podríamos decir que el maquillaje, la ropa, el baile y toda ella en general desbordaba un espantoso anacronismo. El marido vestía como si estuviera en un coctel. El tercer integrante de nuestro demencial grupo era el amante habitual. Ya llegaremos a esto.

Pedimos unas copas, buscando el aturdimiento total. Pero aún era pronto. No tuve mas remedio que mirar a mi alrededor mientras los demás buscaban no sé que extraña diversión en mostrar su arritmia.
Tres mujeres con ánimo de lucro a nuestra izquierda. Otro grupito vestido con minifaldas y camisas de España, gente sola entrando y saliendo de los baños. Sin embargo, en ese insano mercado de almas perdidas alguien capto mi interés de inmediato.

Era una mujer alta, casi de mi altura, -y yo mido 1,90- llevaba gafas que hacían juego con una adorable cara de esnob intelectual que me la puso dura al instante. Vestía con un traje de gasa negro afrancesado, gótico, de una sola pieza. Hasta la forma de coger la copa tenía cierto aire elegante. Irradiaba indiferencia, manteniendo la dignidad a pesar del todo.

Pero de pronto el Horror: un pigmeo, un enano que se ponía de puntillas para besarle la clavícula, ahí gorjeando feliz a su alrededor. Con aires de peón, fofo, desbordante, vulgar, cantando esas miserables canciones y osando tocarla con descaro.
No me entendáis mal, no la quería para mí y menos en una noche como esta, pero verla ahí era como contemplar un Van Gogh en un garaje, me enervaba la sensibilidad. Ella tenía muchísimo potencial, merecía estar en otro lugar, con una botella de vino, música de Brahms con alguien que le recitara algún poema francés o que la llevara un sábado a disfrutar del Sena reflejado en sus ojos pardo oscuros.
Me acerqué, rocé al pigmeo con el hombro, pedí una cerveza y me encaré con ella.
Rorschach: ¿Puedo hacerte una pregunta algo indiscreta? Veras, ¿no tienes la horrenda sensación de que no pegas absolutamente nada con el ambiente ni con la gente con la que estas?
Ella me miro desconcertada y me contestó: Pues no. Que quieres que te diga. Ahora mismo estoy aquí con mi marido…
Rorschach: “Dios Mio…” Fue lo único que pude articular. Me alejé sobrecogido.
Tuve que distraer mi atención, verles ahí mientras coreaban basurillas discotequeras, mientras intentaba colgarse de los hombros de ella, era demasiado. Me puse a hablar con el amigo de la cumpleañera. La única explicación para acompañarla era sexo o locura, no había más elementos en mi ecuación. Y como soy así de simpático y llevábamos los dos una buena curda aproveché para preguntarlo.
Rorschach: Dime la verdad, ¿te la estás follando no?
Hubo un momento de silencio, de esos que sientes la violencia emerger de tu contertulio. Pero se echó a reír y asintió con cierta suficiencia. Además se explayó y me confirmó que el marido lo sabía, aguantaba la situación porque la quiere. Pero prefería no saber cuándo ni con quién.

No sabía si reír o llorar. Eran las cinco de la mañana y necesitaba beber más. Era una noche intolerable para cualquier espíritu medianamente sensible. Nos fuimos a otra discoteca. La sinestesia del lugar era como ver los olores que esconde el amoniaco en un geriátrico. Como el dolor de un parto en el que el niño no respira. Como el sonido de las decepciones cuando chapotean en tus esperanzas.

Robé un cubata, dado que ya no tenía dinero, y me fui a buscar a ese carroza sin barbilla, a esa isla de mierda sin archipiélago. Le pregunté cuatro cosas sin sentido, le ofrecí conocer mujeres, pero se abstuvo. Se quedó ahí, junto a la pared, como anécdota bastaba, demasiado tiempo en compañía hubiera sido excesivo para mi depresión.
Luego sucedió algo extraño: todo el mundo bailaba menos yo. No era solo la música, no le veía sentido. Y sin embargo sentía esa pequeña vibración invisible que se transmite cuando bailas pegado a una mujer, veía esa posibilidad, ese desasimiento, esa vanidad reconcentrada. Pero lo dejé pasar.

Mandé un par de mensajes, muy bonitos, pero indescifrables, pero que nunca llegarían a su destinatario dado que tenía la línea cortada. Es agradable cuando tu empresa de telefonía protege la dignidad de sus usuarios. Una medida de contención para el ridículo. Se me acercó un tipo y me habló de un local en Santiago Bernabéu que sería la solución ideal para mi actual estado de ánimo.

Finalmente nos despedimos. Una de esas compañeras ya no me habla en el trabajo. Ni siquiera me saluda. Bien, después de todo la noche sirvió para algo…

2009. Voy A Romper Las Ventanas by Love of Lesbian on Grooveshark

jueves, 24 de marzo de 2011

Extracto llamada telefónica

Rorschach: Tenemos que normalizar el suicidio
Israel: No entiendo, ¿normalizar?
Rorschach: Si, la gente se cambia de sexo con la mayor de las facilidades. Amputa, recrea, y en un año ya son otras personas. Se puede ir un poco más lejos y amputar sin sustituir. Un pequeña entrevista con el psiquiatra, un par de firmas y consigues una muerte rápida, indolora y limpia. Has pagado al servicio de limpieza.
Israel: No deberías hablar así, no es sano, ves la vida como una capitulación del alma, de los sueños. Y sin embargo la vida es una adaptación al medio, madurar, aceptar. La vida no es una canción de Amelie por mucho que lo intentes.
Rorschach:¿Sabes porque iba a ese banco del retiro cada veinticuatro de marzo? Porque aunque todo fuera mal sabía que una vez al año la volvería a ver y podríamos ponernos al día, tendría de nuevo una cita perfecta con la chica perfecta. Además…solo faltaba un año para nuestra promesa de…bueno, de intentarlo.
Israel: ¿De quien hablas, de la chica de ojos miel, esa que conociste en aquel viaje a Granada? Nunca entendí vuestro juego, ese rollo de “Capaz o Incapaz”. Que habéis estado, ¿once años teniendo la misma cita en el mismo sitio? No tiene sentido, ¿Qué queríais demostrar haciendo eso?
Rorschach: Quizá precisamente lo que teníamos miedo era poner a prueba la realidad. Me gustaba la idea de probar mi vida frente a la suya una vez al año, de ver si seguía igual de atractiva o había dejado que los fracasos y las frustraciones dejaran sus secuelas en su cuerpo, en su voz, en su carácter. Pero era la única que invariablemente me sorprendía con su no-cambio, con su invariabilidad. Y reconozco que cada año me gustaba mas, era más lo que buscaba y más lo que quería poseer.

Israel: Pero nunca te has atreviste a dar el paso. Detrás de tus ideas estrafalarias sigues siendo un cobarde.
Rorschach: Ya lo sabes, por eso somos amigos. De todas formas te reconozco que algún fin de semana fui a verla, y ahí en el coche, fumando un cigarro la veía pasar a veces con sus amigas, o sola, o con algún hombre riéndose y colgada de su brazo. Pero el juego me podía. También nos escribíamos mails, mails largos, viscerales, sinceros, cosas que no he contado a nadie. Llamadas intempestivas en mitad de la noche, un martes, un jueves, sin sentido a veces, solo saludar y colgar. Como dejando constancia de que todavía existimos el uno para el otro.
Israel: Bueno, ¿y las sensaciones de este año como han sido?
Rorschach: Este año no ha venido a la cita. La estuve esperando durante horas. La llame pero tenía el teléfono dado de baja. Ha debido de ser hace poco. Hace un momento la envíe un mail, pero la cuenta también esta desactivada y me lo han devuelto.
Israel: Vaya, ahora entiendo no era de suicidio, era de desamor de lo que hablábamos.
Rorschach: No, estábamos hablando de suicidio, eso simplemente es un detalle más del tamiz.
Israel: Un tamiz sentimental. Pero hay más mujeres, más opciones.
Rorschach: Tenemos mentiras, no opciones. El otro día hablaba con una mujer de 35 años con dos críos. No tenía tiempo para nada, tiraba de agenda o de páginas de contactos cuando se sentía sola. El sexo como paliativo del amor. Pero siempre le pasaba lo mismo, no se sentía como una zorra por follar con desconocidos -había superado esa fase-, pero aun llegaban a su corazón a través de su coño.

Israel: Esta claro que inherentemente busca también un padre para sus hijos, pero ha formado una familia, y aunque a priori sea difícil encontrar a alguien, no tiene por qué resultar imposible. Por curiosidad, ¿por qué se separo?
Rorschach: Por amor, la misma razón que tú propones para que no sea realista. Se enamoró de otro hombre y esa pasión le revelo lo vacía, insulsa y vulgar que era su vida. Por amor se divorcio, por amor se humillo y por ese amor no correspondido se siente ahora sola y marginada en el rol de Madre. Además, desgraciadamente y esto lo he visto en muchas divorciadas ha tenido un resurgir sexual. Ahora se siente más, ¿cómo lo define ella? Más mujer, eso es. Añadamos otra frustración más a la ecuación, porque necesita mucho sexo, pero con amor y de momento nadie se acerca a ella para luego quedar abrazados toda la noche.
Israel: No quiero soltar un comentario misógino, pero puede recurrir a la masturbación. Pero dejemos de hablar de ti a través de otros, ¿lo del suicidio…?
Rorschach: Es mi divorcio de la vida, no quiero vivir los siguientes años como un zombi, cuando la curiosidad desaparece y solo deja paso a una carácter aséptico los años son domingos metastásicos de soledad y ruina moral.
Israel: Vaya con el puto Baudelaire. Creo que lo de esa chica te ha afectado, deberías buscar trabajo, hacer algo de utilidad con tu tiempo, sentirte útil.
Rorschach: Mi concepto de trabajo es un poco distinto del habitual. Es un medio no un fin, trabajo, consigo dinero, sobrevivo. Pero la gente busca reconocimiento, es decir, un objetivo de vida, la realización personal en un reto corporativo. Y entiendo esto en un medico, abogado, artista, en alguien que no sea un numero en una cadena de montaje global. Pero implicarte en el resto de trabajos, dejando aparte que sea una forma de sobrellevarlo, es como creer en Dios para no tenerle miedo a la muerte. Un número no se puede sentir realizado, es tan estúpido como animar a un equipo de futbol cuyos integrantes cambian cada año, ¿a quien animas, al concepto, a la marca?
Israel: Simplificas todo de nuevo para adaptarlo a tus ideas de perogrullo, hay gente que le gusta trabajar de contable, en oficinas, le gusta implicarse en relaciones sin magia, aunque sea solo por esa sensación de cariño estable, tranquilizador y quizá algo unidireccional. El destino no conspira, pero tampoco trabaja en tu contra. Es muy sencillo juzgarlo todo desde la cobardía de la inacción sin atreverte a luchar por nada, sin jugar a aceptar el resultado cuando tiras los dados.
Rorschach: Leonard Cohen decía que los dados están trucados. No puedo elegir ser de otra forma, sin embargo si que tengo que llevar la vida de los demás, diría que es injusto sino fuera porque provocaría tu risa inmediata.
Israel: Así es, bueno, no quiero cortar nuestra interesante conversación pero tengo responsabilidades, ¿quedamos mañana para cenar en el sitio de siempre, cuento con tu presencia un día más?
Rorschach: Sí. Mis palabras son como un tictac en el cementerio, algo fuera de lugar si estas muerto. Sólo necesito que un medico certifique. Mañana nos vemos.
Israel: Hasta mañana pues.
Rorschach: Adiós.

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