Cada noche reúne algo de
valor, utiliza la navaja y se despedaza el pecho. Saca su corazón y lo mira
fijamente. Lo muerde para sentir ese dolor inaudible más cercano, menos
alienado por el tópico. Y luego utiliza la sangre que sigue bombeando para
escribir. Pero no consigue expresar nunca lo que quiere, no hay alma, está
cerca, rozando esa sensualidad que siente, pero no llega a convertirla en
palabras, solo es una marisma abandonada. Cuando el fracaso es inapelable lo
vuelve a coser en su interior, un interior cada vez más grande y polvoriento.
Pero esta noche es
distinta, la musa aparece con los pies desnudos manchados de sangre. Su piel es
sueño, su cuerpo es música sinfónica sinestésica de belleza inexplicable. El
Poeta moja la pluma en sus huellas sobre el papel y deja que una oración de
lascivia devore su cordura. Los versos resbalan como un disparo a bocajarro, la
ata a la cama con metáforas de deseo febril y la posee con violencia, con ansias
de redención y accidente de tráfico.
En la ciudad los versos
del Poeta provocan una bendita locura: estalla el caos, todo arde, las parejas fornican
sin miramientos, quienes viven solos salen a la calle desnudos y se ofrecen
enhiestos, o se tumban con las piernas abiertas esperando el placer anónimo. No
hay pudor, las calles emanan un fuerte olor a semen caliente, sudor y sexo. Todos
brindan por la muerte de los viejos dioses, todos aceptan su bisexualidad,
reciben y dan placer, hay una risa libertaria que pudre convencionalismos, la
histeria es colectiva, los cuerpos desgastados por el delirio furioso, las
mentes roncas por el hambre voraz de contacto.
Pero solo dura esa noche, el
amor de la musa queda saciado, derretido por la primera luz del alba. Después
solo queda una veleidad maniática y soberbia, una pura contradicción de frígida esencia. El poeta escribe sin descanso, intenta conmoverla de nuevo, pero es inútil:
su corazón es un invierno emocional que ningún poema consigue incendiar.
Mientras, en la ciudad, todo
ha vuelto a la normalidad, nadie habla de esa noche, todos restauran su rutina
de sexo mecánico y aburrido, esa pátina de sordidez conservadora que hace que
muchas mujeres finjan sus orgasmos o se aburran en la cama.
Pero el Poeta no puede
olvidar, se siente desesperado, sabe que ha perdido algo importante. Por eso, unas
semanas después, mientras observa la glacial mirada de su musa, se quita la
camisa, se abre el pecho y saca su corazón de nuevo. Lo lleva a la cocina, lo
cuece con su propia sangre y se lo sirve en un plato. Ella le observa con
desconfianza, prueba un bocado, y luego, como en trance, lo devora totalmente.
Poco a poco va recobrando
la luminosidad en la mirada, su piel vuelve a reflejar la luna menguante.
Vuelve a ser ella.
Los ojos del Poeta se
inundan de lágrimas al contemplarla, y antes de morir en sus brazos sonríe
satisfecho: al fin ha conseguido expresar de forma tangible lo que sentía.


