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viernes, 8 de marzo de 2013

Hay mucho trabajo que hacer.

Esta noche no es distinta, un jueves/viernes de madrugada, demasiado borracho, demasiado honesto, demasiado jodido, demasiado, en definitiva, solo. Me imagino a los demás, con su cuerpo cubierto por las mantas, durmiendo, esperando la maldición del despertador, y yo aquí, esfumándome mientras la noche se mece lentamente entre la lluvia. Quizás sea la misantropía quien se encarama a mi espalda y me hace pensar que relacionarme con los demás supone un baño de realidad cortante. Quizás confunda contigo, mi querida desconocida, el vacío existencial con el vacío emocional, quizás me obsesiona la idea de follarte, de moldear tu carne con la caricia violenta...

Otro trago, la erección escorándose, siento que enloquezco, todo es efímero, ¿mañana? no importa, no quiero que me salves, los años de plenitud ya han sido devorados por los cuervos, solo te pido terminar la noche besándote antes de dar la orden de ejecución, pasar mi mano por tu culo de zorra antes de que dejes caer la guillotina, antes de que muerdas mi carótida y caiga desangrado a tus pies.

Pero entonces me abres la boca con tu lengua, me abrazas con violencia. Hace tiempo que no siento un beso tan nítido, es como si caminases por mi tumba. Caemos sobre la cama, tu sexo está vivo, palpita entre mis dedos, no hay guiones ni censuras, solo dientes afilados desgarrado carne al azar, dedos, manos tobillos, pezones, muslos, cuellos, todo el cuerpo anhelando la posesión atávica, el cara a cara con el misterio de la existencia, busco en tu coño el oxigeno que necesito para mantenerme vivo, diez surcos de sangre en mi espalda, mi polla estremeciéndose, quebrándose cuando la presionas en el límite exacto de amor/odio, tu coño fundiéndose en una espiral de ansiedad y melancolía. Me hundo en tu cuerpo húmedo, lluvioso, horadándote como si mis manos fueran raíces buscando el agua en tu suelo, en tu carne, en tu sangre, eterno vaivén con el péndulo de la muerte bajando sobre nosotros. Tu coño abierto es jodidamente acogedor, ya no se trata del viejo juego, estamos follando como si detrás del orgasmo se escondiera un turbio apocalipsis.

Hace frío, temblamos al borde de la convulsión, somos místicos en pleno viaje de peyote, iluminados, gurús, mártires con el placer infectado en sus ardientes estigmas, santas descubriendo la profundidad de su amor por dios a través de enormes cirios. Desaparecen los referentes, las habitaciones oscuras, las tardes deambulando sin rumbo, la soledad, el ostracismo, las voces; todo desparece. Jadeamos como animales, me dejo caer sobre ti, siento que te atravieso y a la vez me precipito en tu interior. El orgasmo llega, gritamos entre el éxtasis agónico, la asfixia, la ebriedad y el olvido, nuestra carne humea incandescente, se funde en un perfecto y jodido milagro, en un puto guiño a los dioses paganos, como una bomba atómica explotando en el desierto, como un bucle de infinita obscenidad.

Cuando despertamos, la civilización, tal y como la hemos conocido, ha desaparecido. Estamos solos. Nos miramos a los ojos: no nos preocupa demasiado. Volvemos a la cama. Hay mucho trabajo que hacer.

Emotional Winter by Anathema on Grooveshark

jueves, 8 de marzo de 2012

Sólo existe un amor eterno, el no correspondido. No te abandona nunca.

Me llamo Lucilio y he buceado en un día de mierda. Siempre me ha gustado comprar libros, como si cierta enjundia intelectual fuera intrínseca en su compra. Pero últimamente me siento perezoso para leer. Acumulo novedades mientras releo viejos clásicos -para mí- que suenan bien cuando me emborracho. Y me emborracho a menudo. Sobre todo de noche. Escancio más vino rancio mientras espero una llamada que no se va a producir. Y el tiempo, esa vieja puta, cumple su cometido.

Hubo una oportunidad, un resquicio en esa verdad efímera que contiene la ficción de una broma, pero las dudas, la no-importancia de algo inexistente han impedido el milagro. Que no es tal. Todo es falso, barniz, solo hay que intentar disimular después del orgasmo. Y a veces disimulamos tanto tiempo que la inercia nos empuja en la misma dirección. Escribo, que es como vomitar pulcramente en el baño, y a veces cometo el error de mirarme en el espejo. La imagen bosquejada fluye entre lo aborrecible y lo tedioso, oscuras bolsas de depresión debajo de unos ojos de rata, la cara floja y desgastada, disgustada por pertenecerme, nariz sin nariz y luego, por fin, esas cejas hirsutas dominándolo todo desde arriba.

Quizá tendría que cambiar de trabajo, de recuerdos, de vida. De momento he cambiado de compañía de internet. Era una mujer, Paola, he conseguido sacarle una sonrisa no-comercial, o eso me ha hecho creer. Luego he bajado a los subterráneos. Madrid arde como un tronco podrido lleno de termitas, resplandor sonoro de jardín de infancia lleno de niños cocainómanos. Esta ciudad apesta como un prostíbulo por la mañana. Los gorriones no vuelan, caen muertos en brazos paralíticos mientras los arboles barren el cielo con sus escobas marrones.

No hay mucho más. Al llegar a casa he sido atacado a traición por una televisión encendida. Estaba a un volumen insidioso y el mando a distancia había huido. Soy muy sensible, y una sobreexposición a este engendro audiovisual más de dos minutos podría hacerme caer en una espiral de violencia y locura que terminaría con mis vecinos muertos y mi cabeza golpeando unas paredes acolchadas. Hay que evitarlo, la última vez solo fueron familiares, pero ahora ya no queda espacio en el congelador para más carne.

Toda mi iniciativa se difumina cuando aparece Ella en pantalla: un glorioso vértigo de feminidad embutido en un escueto vestido azul, ofreciéndome amor y compañía por unos míseros datos bancarios. Su pelo largo incendia el aire como azogue y converge hasta un culo que es una oración en sí mismo, una puta metáfora religiosa. La naturaleza es traicionera. Estoy tecleando el penúltimo dígito cuando, víctima de una extraña paradoja capitalista, me cortan la luz por impago. Estoy a salvo de mí mismo. Observo como la luz de la farola se filtra por la persiana formando una esvástica en mi cabeza. Dos moscas follan en el aire. Quizá la solución no sea volver a las sensaciones uterinas a través de una vagina. Aunque el Amor sea la respuesta, es el sexo quien plantea las preguntas más interesantes.

Las voces de mi cabeza me distraen con sus aforismos de arcada, triunvirato de emociones degradadas, profilácticos y Bloody Mary sin tabasco. La mente me empieza a colgar de una forma extraña cuando aparece mi amiga Muerte –vestida de conejita Playboy- y empieza a darme conversación:

Muerte: Eres un mamporrero del teclado, no sé cómo te atreves a decir que Thomas Mann consideraba el aburrimiento arte.
Lucilio: Me resulta tan tedioso como el típico reencuentro entre amantes: “¿Me has echado de menos? –Sí -¿Por qué? –Por las pequeñas cosas -¿Cuáles? –Ahora no recuerdo ninguna”
Muerte: Me gusta más las frases de Bogart con Lauren Bacall: “Creo que me he enamorado de usted”
Lucilio: “Cuidado. A estas horas de la noche no abofeteo demasiado bien”
Muerte: Creo que ya has fallado usando esta idea antes.
Lucilio: A veces fracasar es un éxito cuando eliges el momento adecuado para hacerlo.

La parca agita un dedo con obscenidad y desaparece.

Maldita puta. Me subo las mantas al cuello. Mi falta de ideas ilumina débilmente el teclado con su luz cenicienta mientras espero a que el tiempo, en su particular trasiego de manecillas, se despida de mí como dos enamorados de estación, de esos que tributan el poco amor que sienten a clichés parisinos pero que, al menos, no echan la vista atrás cuando el tren los separa.

Try Your Wings by Amel Larrieux on Grooveshark

viernes, 11 de noviembre de 2011

Elige un sitio, dibuja una equis y dame un beso antes de dejarme caer

Escanciaba en sueños palabras calientes en huecos imposibles de llenar cuando un dolor oscuro y resentido me ha despertado. El apocalipsis atávico se abrió paso por mi conciencia cuando descubrí que mi entrepierna estaba anormalmente hinchada. La bestia purpura me dolía en toda su plenitud: enorme, venosa, clamando con vigor que la empuñara como un estoque y acabase con esas dolorosas palpitaciones. Pero no era capaz de rozarme sin que el dolor se recrudeciera.

Impresionado por este rebrote de virilidad que apuntaba inalterable hacía delante comprendí en cierta medida porque mis amantes obviaban tan rápidamente mis taras después del sexo. Pero sin ninguna oquedad complaciente cerca esta mezcla de infección y priapismo no era la mejor forma de empezar el día. Fui a la cocina, me coloqué en la zona una bolsa de hielo–que empezó a deshacerse entre volutas de vapor- y mientras me masajeaba distraídamente los huevos comencé a buscar información por internet.

Minutos después apagué el ordenador asustado: balanitis, sífilis… ¡pero era imposible! ¡Hacía más de un año que no me bajaba los pantalones delante de una mujer! Y precisamente hoy, cuando por fin había conseguido quedar con Ana María Del Lupanar, una compañera de trabajo que tras el último fracaso sentimental estaba en ese perfecto estado anímico de falta de autoestima y gran receptividad. Solo necesitaba aderezar la velada con algo de vino y grandes muestras de empatía y por fin podría…
Mierda, tenía que solucionar esto cuanto antes, era el momento de hablar directamente con el culpable, la bestia purpura: Manolín.

Rorschach: A ver Manolín, ¿qué cojones te sucede? Siempre estas incordiando, que si duras poco, que si duras mucho, que si te pones en huelga…
Manolín: Soy un romántico, no me gusta esa chica que vas a ver, prefiero a nuestra ex.
Rorschach: Joder Manolín, que ya tendrías que haber superado eso, lo dejamos hace dos años…
Manolín: Fue una estupidez por tu parte, esa mujer tenía un don con la boca, sabía como tocarme en cada momento, era mi alma gemela. Nunca podré olvidarla.
Rorschach: Te dejas llevar por la nostalgia, recuerda que a veces se quejaba de ti, decía que le hacías daño, apenas pudimos disfrutar de su culo. En serio, tienes que pasar página, por los dos.
Manolín: Puede que tengas razón, pero de todas formas esto no es un antojo mío. Debe de ser consecuencia de aquella juerga de hace un par de semanas en la que te pusiste tan borracho.
Rorschach: ¡¿Cómo?! No fastidies, ¿he follado y no lo recuerdo?
Manolín: Compréndelo, no quería dejarte en mal lugar. Además la chica me gustaba, había mucha ira en ella.
Rorschach: No te pongas en plan Jedi, ¿no usaste condón, qué coño pasó? ¿Cómo vamos a solucionar esto?
Manolín: Ya sabes que los condones me ahogan, además la tía parecía de fiar. Pero eso sí, al médico no voy, paso de que me toque un viejo baboso.
Rorschach: Pero Manolín…
Manolín: Ni Manolín ni ostias, aquí se hace lo que yo diga. De momento consigue más hielo. Luego llamas a esa chica y cancelas todo. Me irrita observar como desgastas tus nudillos llamando a las puertas equivocadas. Localiza a nuestra ex, ya sabes que siempre ha funcionado de oído, y suéltale algunas de tus pamplinas pseudo románticas estilo: “Echo de menos ser inmortal en un presente habitado sólo por ti” Quedamos después con ella y nos la follamos…
Rorschach: Pero Manolín, no te obsesiones, así no podemos follar, es doloroso, además podemos contagiarle algo, ¿no te das cuenta de qué…
Manolín: ¡Qué te calles ya, joder!… ¿tú eres un hombre o una nena llorona? Es una puta pregunta retórica, no abras la boca. Escúchame: el corazón de una mujer se conquista a través de su coño, es una axioma hormonal, si me dejases tomar las decisiones a mí más a menudo las cosas nos irían mucho mejor. Ahora haz esas llamadas y deja de decepcionarme. Del resto me encargo yo...
Rorschach: Está bien, como quieras, me duele demasiado la cabeza para discutir. Hagámoslo a tu manera.
Manolín: “…And not the words of one who kneels. The record shows I took the blows. And did it my way”

Northern Sky by Nick Drake on Grooveshark