“El amor salva, durante un tiempo da sentido a tu
vida, te levantas feliz de la cama por la sensación de tener un hogar en
alguien. Una especie de redención existencial.”
Las cosas están yendo
demasiado rápido, casi de forma incontrolable, Isabel tiene un magnetismo
animal. Intento poner toda la ternura que puedo en mis besos, quiero saborear
el momento, disfrutarlo, va a ser nuestra primera vez. La despojo de la ropa
poco a poco, todo en ella es disoluto, nos tiramos en la cama, exploro con
meticulosidad cada rincón de su cuerpo con mi lengua, mis labios, mis dedos,
gestos repetidos, pero que en ella me cortan la respiración. Le digo que la
quiero. Me muerde el labio, sus ojos verdes me rozan el alma y siento que las
palabras ya no son necesarias entre nosotros, como si lleváramos años esperando
esto. No puedo resistirlo más, me coloco encima y la penetro. Siento sus
contracciones, su humedad, su mano en mi pelo estirándolo con fuerza, su voz,
sus piernas rodeándome, haciéndome mover, cambiar de postura. Contemplo como
gime, desinhibida, libre, entregada, No puedo creerme que sea mía, que me haya
elegido. Febril la beso por todas partes, en el cuello, en la cara, en el pelo,
como si estuviera esculpiendo poemas. Me parece que tiene su orgasmo y me dejo
llevar. Me mantengo dentro de ella, no quiero separarme, la abrazo como si
quisiera fundir nuestros cuerpos.
La despedida ha sido un
poco fría, pero no importa, estoy casi seguro. Es ella.
Isabel
“A los hombres les gusta masturbarse con mi cuerpo, niños
sucios e insatisfechos. Demasiadas palabras y nada de amor. Pero reconozco que
me he adaptado a esa situación, me gusta esa animalidad que vuelcan en mi cuerpo
antes de eyacular, de vaciarse en mí.”
Insisto con mi sonrisa,
acariciando el silencio que hay entre los dos. Él se acerca y me invita a una
copa. Se llama Carlos. Brindamos. Me cuesta desgajar su pudor, pero eso me hace
insistir más. Una simple impostura, cuando cierran el bar ya estamos yendo,
entre besos y caricias, al hotel más cercano. Le observo atentamente mientras
aparca el coche, esas manos grandes, alto, atlético. Parece que tiene un buen paquete.
Me pongo cachonda al imaginarme en el suelo, de rodillas, mientras me viola la
boca, obligándome a tener las manos en la espalda para que pueda forzarme sin
límite; se va a llevar una sorpresa, me gusta atragantarme, salivarla entera. Ya
estoy húmeda. Le imagino jugando conmigo, primero metiéndola con movimientos
largos y pausados, con una engañosa ternura, para luego empezar a follarme con
brutalidad, frotándome con violencia el clítoris, arrojándome al suelo, poniéndome
a cuatro patas, abriéndome entera mientras me aprieta los pechos, me estira de
los pezones, del pelo, me obliga a mirar como me penetra. Me encantaría, como
con Javier, que me obligase a lamerle las pelotas encharcadas con mis flujos,
me encantaría meterle un dedo en el culo, ver que sonríe travieso, porque sabe
que si me lo permite es porque luego me va a sodomizar mientras me grita
obscenidades, mientras me llama puta y yo le digo que sí, que soy su puta, que mi
cuerpo es suyo, que le pertenezco. Me imagino arañándole, mordiéndole, me
imagino sus cachetes, su saliva entre mis piernas, imagino pasión, joder, eso
es lo que quiero, pasión, sentirme deseada hasta que me duela.
Que puta decepción. Preliminares
larguísimos, todo demasiado lento, como si fuera un homosexual reprimido. Y
justo cuando, y no gracias a él, iba a correrme, termina y me aplasta contra la
cama con su cuerpo. Joder, que mala suerte tengo. No veía la hora de largarme
de la habitación. Esta claro que no es él.
El amor se apaga con la certidumbre. Es decir, inicias una convivencia,
te casas, y empieza a aparecer una cuasi melancólica nostalgia por un poco de
soledad, por las sorpresas, por un polvo contra la pared. Quizás resista un deje
de admiración, pero todo empieza a claudicar a una agenda común que cumplir, al
apego y una cierta indiferencia.
Hay excepciones, claro, estamos generalizando.
Si seguimos generalizando podríamos decir que el mejor momento en
cuando solo os gustáis, habéis creado una pequeña necesidad, una rutina. Pero
cada uno sigue con sus horarios. Todo es displicente, relajado, alguna llamada
entre semana, los fines de semana quedáis para cenar, incluso alguno de los dos
se queda a dormir. Pero nada de presentaciones a la familia. Simplemente
disfrutar de los detalles, cada uno en su vida, sin que haya que tomar
decisiones, solo pasarlo bien.
Pero entonces sucede. Ella piensa en él, en lo que estará haciendo en
ese momento. Y llena el hueco a su manera. Piensa en el libro del que le habló
el último día, le ve leyéndolo en su asiento favorito, o quizás comprando los
billetes para ese viaje que quiere hacer con unos amigos a Barcelona. O quizás
esté escribiendo algunas de esas hermosas y personales –al menos es lo que ella piensa- poesías que de vez en cuando le
envía. O quizás haciendo horas extras, siempre trabajando, siempre responsable.
Y sonríe. No quiere llamarle ahora, no quiere “interrumpirle”. Le gusta esa
espera, porque aunque se resista, cree, desea, ansía cada vez más, que todo
salga bien, como una especie de compensación kármica. Pero al final le invitará
a cenar. La velada discurrirá agradablemente, beberá un poco más de la cuenta,
y como está predestinado, echarán un polvo maravilloso. Y ahí, enamorada ya
como una colegiala, aunque no se haya dado cuenta todavía, le dirá con
demasiada sinceridad que le ama.
Lo gracioso del asunto es que el polvo no ha sido tan maravilloso, sí,
ha tenido un orgasmo, pero han sido más bien las palabras, su idea del amor, de
abrirse a él no solo físicamente. Siendo francos, y de esto se dará cuenta con
el tiempo, él no sabe moverse, es torpe, se dedica a bombear con cierto egoísmo.
Porque para él todo esto es una molestia, las palabras son un peaje, solo
quiere disfrutar de la fricción, masturbarse con su cuerpo.
De hecho, si retrocedemos en el tiempo justo al momento en que
empiezan las ensoñaciones de nuestra protagonista, descubrimos que él se está
masturbando con los vídeos de una web, poco conocida y de carácter restringido,
en la cual aparecen mujeres demasiado jóvenes, casi niñas, con coletas, suave
maquillaje pastel, totalmente depiladas, siendo sometidas a toda clase de
perversiones. Y justo en uno de los momentos álgidos, antes de eyacular, cuando
ella está a punto de mandarle un mensaje, nuestro héroe se tira un pedo que
llena la habitación con un intenso olor a mierda.
No
va a ser un texto brillante. Lo cual me alegra, porque implica que tengo cierta
libertad. El hecho de saber que no te lee mucha gente permite ciertos
descalabros lingüísticos, te permite aburrir al personal contando cosas que a
priori no interesan a nadie, pero que por alguna extraña razón necesitas exorcizar
a través de palabras, sintaxis y demás zarandadas.
Por ejemplo, hoy en el trabajo me he sentido
como un fracasado, lo cual es contradictorio, porque tener trabajo en España es
casi milagroso. Luego me he comprado -hace un momento- un par de botellas de
vino y me he puesto a beber. Y a escuchar música. Miles Davis. Chopin. Joy
Division. Kasabian. The Doors. Ya sabéis, más de lo mismo.
Leía el otro día que el talento está sobrevalorado, que todo el mundo puede hacer cualquier cosa si le dedica el tiempo
suficiente. Con el amor, las relaciones, también sucede algo parecido. Es
difícil encontrar el equilibrio emocional entre dos individuos, dos islas, dos
pieles, dos pequeñas obsesiones irresolubles.
Miro el reloj, destejiendo realidades en el
calendario, como besos sin vocación paralizados en un vals helado e
incomprendido de color gris inerte. Las persianas permanecen bajadas para no
distraerme con la esperanza mientras busco palabras que expresen el tiempo
perdido, el inconformismo en forma de deseo, el aislamiento.
Claro
que echo de menos el amor, unas manos que busquen mi cara y no mi erección. No
quiero muñecas de plástico desbrozando un deseo fugaz, no quiero ser la sombra
de un pájaro muerto que fornica en unos ojos opacos. Recuerdo esa frase de Salinger "Qué terrible es gritar te amo y que la otra persona en el otro extremo grite ¿qué?"
Quizás
por eso hoy he vuelto a hablar con ella. Me gusta, no solo físicamente, me
atrae su idiosincrasia personal, su forma de pensar. El amor es frívolo. Y
aunque no estoy enamorado -demasiadas cicatrices-, me gusta verbalizarlo en
esta efímera inmortalidad. Por eso me jode ser solo un capullo, un idiota que
observa desde lejos como su belleza se marchita por la falta de besos.
Las palabras
deshilachan conceptos, pero no penetran.
Hazme
un hueco esta noche, una
excepción, una pequeña tregua a la realidad. Ámame, déjame residir en los
pliegues de tu coño unos minutos, dedícame un orgasmo, fóllame, puéblame,
enférmame, parasítame, devórame, despedázame, contempla mi desnudez
congestionada de sentimientos, incapaz de seguir con la impostura, ofréceme tu
culo mientras besas mi voz, consigue que la vida tenga algo de sentido entre
tanta arbitrariedad y mezquindad.
El canto de plañidera es una nevera vacía donde juegan
las ratas,
el éxtasis después de la agonía es el amor que se aprende
de los que fueron y ya no son.
La esperanza es una canción sin letra, como la mejilla
seca de una flor que encuentras entre cartas de amor llenas de polvo.
Y antes de que el musgo cubra tus labios y borre su
nombre de la tumba,
recuerdas que no soportaba vivir en voz alta, enamorada de un silencio con forma de corpiño.
La conjetura no deja de ser un mar sobre un mar, un
pasillo embrujado que oculta un tú
dentro de un yo.
Y ningún revolver cargado podrá deshacerlo.
**
Te gustan los charcos, las canicas, los laberintos
emocionales que llenan la boca y despellejan rodillas, la poesía que huele a
habitación estancada, sudor y sexo, los cigarros que se apagan en los dedos
mientras escuchas a los cipreses llorar por el viento.
No te gusta pertenecer a las cosas, a la gente. Quieres
ser una piel demolida a golpes de besos y abrazos, quieres ser la tinta derramada que
transforme el dibujo, quieres iluminar una habitación con tu saliva y recordar como
las mariposas brotaban de tu coño y se posaban en mis manos antes de morir.
**
Rojo. Rojo insomnio. Como el vino de rosa putrefacta, como unos ojos cobrizos pasados
por el tamiz del deseo, como el carmín de una puta, el virgo granate, el rubor
escarlata, como los rubís que anidan entre tus piernas, como el mar desencantado ante un atardecer de mal presagio. Y allí donde mire el mundo es rojo, mi querida pelirroja, una herida abierta que sigue supurando tu ausencia.
La resignación es la aceptación de lo inevitable. Así me
siento con respecto a mi relación con Ophelia. El sexo se ha atenuado y ahora
vemos en el otro una figura más cercana a la realidad, ¿nos despedimos o
seguimos con el beso de rutina antes de acostarnos? Las relaciones son como un
libro, la primera página es el primer roce con intención, pero al cogerlo entre
tus manos ya intuyes el número de páginas. Los optimistas, extrañamente
denigrados como románticos, suelen releer los mejores párrafos para alargar la
trama y esperan incasables la segunda parte. Pero el agotamiento ya está
latente en ese primer encuentro. Eres perfecto hasta que abres la boca, te
bajas tus pantalones, dejar de venderte y empiezas a sincerarte del todo. O
quizás no, quizás existen relaciones sin bostezos, donde las leyes de la naturaleza
se disipan y las endorfinas son eternas. Pero seguramente se debe más a
factores externos que nos distraen, como la familia, la lealtad, el masoquismo,
enamorarte de alguien que no existe siendo tú alguien al que no dejas existir
totalmente. Abnegación como sublimación de la autorrealización personal en el
otro, síndromes de Electra y Edipo.
Me voy por las ramas, culpemos al alcohol. Lo que intento
decir es que Ophelia y yo hemos perdido la inocencia. Si solo fueran sus
grandes orejas, o el pasado sentimental siempre erigiendo alguna sombra, podría
aceptarlo, pero hay otros detalles inaprensibles que nos separan, como su forma
de enfrentarse a los problemas o sus silencios a destiempo. Pero odio los
finales, por eso me cuesta implicarme. Y no me refiero solo a las mujeres, me
sucede con los amigos, con los lugares donde paso más tiempo del habitual. Me cuesta
asumir que las cosas no son para siempre, que son fungibles, que desaparecen.
La gente habla de aceptación como forma de madurez, pero a mí solo me produce
tristeza.
Me acuerdo ahora de esa vidente que a finales del año
pasado –post
aquí-, me aseguró con sus visiones prospectivas que una mujer trigueña iba
a conquistar mi corazón durante años. No habló en ningún momento de conejitas
parlanchinas. Quizás con el fin de distraerme me entran ganas de ajusticiarla
por crearme falsas esperanzas
Zona del retiro, caseta de mala muerte descolorida por el
sol. La anciana medio dormida, ojos como charcos, pega un respingo al escuchar
a Rorschach entrar y le saluda automáticamente como si fuera su nieto favorito.
Rorschach: (Alzando la
voz) Señora, exijo una retribución, he esperado pacientemente pero nada,
absolutamente nada de lo que me dijo se ha cumplido.
Clotilde: A ver joven,
cálmese, permítame una tirada de cartas (Baraja
con pulcritud, corta con mano izquierda, disposición sobre la mesa, momento de
concentración) Ah, ah, es normal que no se haya cumplido nada, tienes los
caminos bloqueados. Necesitas una limpieza.
Rorschach: ¡¡Pero señora,
no me ofenda, que me ducho todos los días!!
Clotilde: No, no,
querido, me refiero a una limpieza espiritual. Tengo un santero recién
llegadito de Cuba, Puede hacerte un trabajo y limpiarte los caminos.
Rorschach: (Levemente intimidado) ¿Por qué toda esa
jerga que utiliza tiene reminiscencias homosexuales?
Clotilde: (Risueña) Querido, tranquilo, deja que
te lea la mano. (La mira muy concentrada
durante un par minutos, como si el mundo se reflejará en la palma) Sí,
todavía tienes una oportunidad, la chica sigue ahí, pero tienes los caminos
bloqueados. Haremos un endulzamiento y para finales de julio vendrá a ti.
Rorschach: (Retira la mano
con cierta brusquedad) ¿Endulzamiento, pero de qué cojones me está hablando? (pausa) Aunque la idea de una mujer viniendo
a mí… resulta agradable pensar que el destino todavía me conserva en su agenda.
Clotilde: (Decidida) Hoy
mismo puedo hablar con el santero. Tirará los caracoles por ti toda la noche,
bajará los santos de su madre y hará la limpieza. Solo te costará doscientos
euros.
Rorschach: ¡¿Pero está
usted loca?! Si le pago esa cantidad no tendré comida esté mes. Ni siquiera
podré pagar internet.
Clotilde: No hay que
ser tacaño con el amor, esa mujer estaba destinada a ti desde febrero, pero tienes
mucha decadencia a tu alrededor y tienes que forzarlo. Es tu año del dragón, ahora
o nunca.
¿Y qué he hecho? Pues pagar, me hubiera gustado veros ahí
dentro, con esa anciana que parecía una de las Parcas con unas tijeras sobre el
hilo de mi vida. Tenía datafono o sea que pagué con tarjeta. Y nada, ahora a
esperar, me ha prometido que en veinte días empezaré a ver resultados.
Han pasado casi dos años. Nos reímos al pensarlo, tanto
tiempo y parece que fue ayer cuando aún vivíamos juntos. Te he invitado a
cenar, algo informal, ni siquiera celebramos tu cumpleaños el año pasado. Tú apenas
bebes, lo justo para un brindis, pero yo ataco la botella con cierta
desesperación. Miro a mi alrededor mientras enlazas banalidades, hay otra
pareja en el restaurante con un niño, nunca quise niños, menos mal, hubiera sido otro error que
añadir a nuestra lista. Te veo más guapa, joven, mucho más delgada, parece que
te ha sentado bien estar lejos de mí. Te noto feliz, te pregunto por tu actual
pareja, llevas varios meses con él, pero te muestras esquiva, excesivamente
discreta. Quizás ya no quieras compartir esa parcela de tu vida conmigo, o
temes que me ponga sarcástico.
Estrechas tu mirada inquisidora, supongo que me ves más
calvo y ojeroso, la ropa negra y la barba me hace aparentar más edad, siempre me
lo has dicho. Relleno nuestras copas.
Me das la gran noticia: te has quedado en paro. No pareces
demasiado preocupada, es curioso, te recordaba siempre nerviosa por cualquier
cambio, da la impresión de que has madurado, como si hubieras conseguido encontrar
tu equilibro. Me alegra, pero no sé expresarlo, me pierdo en divagaciones, en
un largo discurso de esos que siempre odiaste sobre la inutilidad de vivir en
España, lleno de datos económicos y demasiado espeso para ser útil.
Ahora me hablas de tus planes para este año, en donde quieres trabajar y cómo quieres aprovechar el tiempo. Asiento y sigo llenando
las copas, esta vez en silencio. Me doy cuenta de que no tenemos tiempo para
pensar. Y cuando tenemos tiempo libre sentimos la necesidad de distraernos, como
si existir fuera justificar nuestro ocio con alguna actividad, con llenar nuestro
muro del Facebook con mensajes, fotos desde el móvil, siempre conectados a Internet. No sabemos disfrutar de nuestra soledad, tumbarnos y pensar, recreándonos
en los recuerdos. Es demasiado cansado, como leer más de diez libros al año,
como seguir una partida de ajedrez con demasiadas posibilidades contra un
contrincante en forma de reloj de arena.
Miramos a nuestros abuelos, con esas relaciones
sempiternas, entendiendo la autorrealización como concepto familiar, marcados
por una mansedumbre que fluye entre la lealtad y la infelicidad y disparamos en
dirección contraria, Tiempo-Jugada, Elección-Fornicio-Abandono, intentando
eludir el eje de la verdad, ese punto medio, como si guardar un luto excesivo
por una relación te convirtiera en un masoquista incapaz de seguir adelante con
dignidad. No aprendemos, deglutimos nuestras raciones individuales sin apenas
saborear, hasta que por suerte en ese ensayo y error -o quizás más bien por
cansancio-, nos sentamos a contemplar el cuadro,
e inesperadamente alguien se sienta a nuestro lado creando un canal de empatía,
porque los dos, y esto es lo más importante, hemos hecho una pausa para recrearnos
en su belleza. Es como releer un buen libro, la historia no cambia, pero tú
cambias al disfrutarlo mejor.
Te miro con atención mientras atacas el segundo plato.
Sí, fuiste mezquina, egoísta, mentirosa por omisión, ciclotímica, neurótica,
pero siempre fuiste Ella: la que me
cuidaba, la que me hizo los mejores regalos de cumpleaños, quien me acompañaba
al teatro o me enviaba ofertas de trabajo a diario, la que me influyó con sus
sueños de tener un hogar con biblioteca, la que me daba un beso antes de irse
al trabajo o me abrazaba dormida en la cama, la que le gustaba ir a los parques
a leer y dar de comer a los patos, la que siempre me enviaba un mail con
ternuras, esa misántropa precoz que le gustaba hacer cosas solo conmigo, la que
siempre venía con la idea de alguna nueva actividad o un viaje, la que me hizo
aquella foto en la cumbre de la montaña, la que siempre estaba riendo y me
llevó al concierto de Héroes, la que le gustaba cenar comida china mientras
veíamos películas los sábados por la noche, la que pensaba que los hombres
éramos unos inútiles y odiaba pedirme ayuda, la que desconfiaba de mí después
de siete años y me hizo cambiar el contrato de alquiler. Así eras y
posiblemente, en parte, sigas siendo.
¿Cuándo fue nuestro punto
de ruptura, cuando dejé de quererte? ¿Cómo llegué a la situación de volver a
casa del trabajo y que tu sola presencia me molestase, a pesar de que hubieras
hecho la cena con todo tu amor, a pesar de mostrarte lo más atenta posible? ¿Cómo
llegamos a dejar de tener confidencias, sexo, a que solo hubiera
enfrentamientos, como un compañero de trabajo del que no puedes deshacerte,
como se llegan a olvidar todos los detalles de ternura, a quedarte solo con el
rencor, el resentimiento, como te vuelves una mala persona, alguien mezquino,
desagradable, chapucero, capaz de gritarte por una nimiedad en tu cumpleaños?
Recuerdo situaciones dolorosas, de decepción total, de vergüenza
ajena con salidas de tono y perdidas de respeto absolutas. Cosas que intentábamos
olvidar pero que nos reconcomían en la garganta impidiéndonos respirar. Y todas
las pequeñas cenas, los caprichos, los momentos de ternura, como un extraño
reflejo del pasado, nunca parecían inclinar la balanza a nuestro favor.
Pero todo empezó por trabajar juntos, éramos demasiado
diferentes, y el hecho de que fueras mi jefa provocó que necesitara sentirme
por encima de ti en lo demás, competitividad. Vivir juntos no mejoró las cosas.
Hay relaciones que se fortalecen ante la adversidad, en otras se crean
dependencias tóxicas. Pero también es cierto que teníamos muchas cosas en
común, pasábamos todo el día juntos y nunca nos aburríamos embarcados siempre
en planes absurdos pero divertidos. Y si no teníamos dinero simplemente
cogíamos la bicicleta y nos recorríamos toda la ciudad, o nos íbamos a la playa
a disfrutarla como turistas. Pero siempre con esa dualidad, una cena
maravillosa, todo un día magnifico que se estropeaba en una discusión estúpida
que ninguno de los dos llegaba nunca a saber porque se producía. Siempre con la
sensación de disfrutar de las cosas con el tic-tac de una salida de tono que
mandase las buenas intenciones a la mierda.
Llevas un rato mirándome callada. Me disculpo. Me sonríes
cariñosamente y me preguntas como estoy.
Te respondo que nadie
se salva solo, que me siento así por las noches y por eso bebo más de la
cuenta. Que cada vez me siento más cansado, más ajeno a la realidad, que pienso
mucho en el pasado, pero no con nostalgia, sino con cariño, que a veces he
pensado en llamarte, solo para hablar de alguna película, alguna serie o libro
que me haya llamado la atención, pero que no sé cómo hacerlo. Porque todo
cambia, ni a mejor ni a peor, solo cambia, y a veces esos cambios deshilachan
las relaciones, las deshacen y ya no sabes cómo completar el puzzle de nuevo,
que piezas mejor dejar atrás y que otras debes de añadir para, al menos, tener
una imagen que nos guste a los dos.
Pero no te digo nada de eso. Te respondo
que bien, disfrutando de la soltería, alguna aventurilla sin importancia, de
esas que luego despachas con un sms de cortesía. Que la vida me sonríe y que... bueno... que quizás sea mejor terminar ya con el vino y pedir la cuenta.
Hoy me siento triste. Coincide
con unos de mis días para escribir. Solo escribo, por razones de diversa índole,
de martes a jueves. Soledad, tétanos y vino con el sabor a sangre ceniza
del Shangri-La que se divisa al final de cada botella. Humor de fracasado, no
espero que lo entendáis.
La gente aplaude, ríe, se
inclina ante un becerro de oro de convencionalismos sociales, yo sigo
masturbando la Herida/Rayuela rodeado de confetis de condones, yonqui de una decadencia
que me impide olvidar su número.
Recuerdo a mis mujeres, como una bolsa de plástico
de supermercado, buscando algo de viento para convertirse en nube. Así era mi
amor por ti. Descubriste la caja donde escondía las últimas reservas de romanticismo
y te cebaste con ella, un mero divertimento de niña caprichosa. Siempre serás
el mar como perfecto preludio del primer beso, aunque las canciones que
anclaste a tu recuerdo me ataquen a traición y humedezcan mi alma. Mi niña
caprichosa, te amé, me cuesta reconocerlo, incluso ahora. Y por eso te odio.
Pero solo un ratito. Eres tan especial que intento siempre eludirte porque la
luz de tu recuerdo siempre me hace daño. Ojala leas esto. Y luego lo olvides.
Solo tiene importancia cuando es correspondido. Lo sé. Aprendí esa lección...mi querida Amélie catalana.
También te recuerdo a ti,
entiendo ahora, quizá demasiado tarde, que cuanto más fuerte era tu portazo,
más intenso era tu amor. Una vez me echaste en cara que nunca te dediqué
ninguna poesía. Y tienes razón, me acostumbraste demasiado mal, no me costó
encontrar tu amor, tu dedicación, tu forma de aceptarme. Ahora ando perdido,
incapaz de entender que las cosas no sean más fáciles y rápidas, que las demás
no vean lo que tú viste inmediatamente. Echo de menos tu inteligencia, tu ingenio,
tu fuerza. A veces tengo deseos de bajar a la calle, llamar a tu puerta y
abrazarte. Y pedirte perdón, y violar tus labios. Pero mereces que no sea egoísta
y te deje en paz, que me olvides. Haz tu vida, cree en el amor, busca el brillo
y las mariposas. Quizá yo también vuelva a tener suerte, y si no es así,
maldita sea, no hay conmiseración, lo tendré merecido. Aun sigues siendo la
medida con la que estimo al resto de mujeres. Fui un ingrato. Lo siento. Tus amantes
me envidian y yo envidio su tiempo. Cosas de la vida.
Luego estás tú, una simple
puta. Te incluyo sin merecerlo como un adolescente al que han tomado un pelo y
tarda demasiado en entenderlo. Me querías ladrándote los tobillos, y estuve así
mucho tiempo. Eres tan estúpida y limitada, tan mezquina en tus mentiras, un trozo
de carne incapaz ya de cambiar. Te maldigo con látex roto y moralina de vida
fracasada. Te deseo lo peor. Y a su vez te doy las gracias por no darme una
oportunidad. Tu sola existencia me hace entender la suerte que he tenido
conociendo a otras mujeres. Tu sola ausencia ya es una virtud, como el hueco
que deja un cáncer cuando lo amputan.
Y por último tú, mi
dulce sumisa, sin juegos en común, como si hubiéramos comenzado en la casilla
equivocada. Te llamaría ahora para decirte obscenidades al oído, pero sin
romanticismo me siento extraño, quiero amar, quiero existir fuera de mi piel y sentir
ese algo indefectible, sentir como mi confianza se transforma en afinidad a
pesar de los lugares comunes de mis palabras, gastadas ya por el tiempo.
Pero conozco la sensación,
estuve ahí, no fue solo mi imaginación. Empiezas a hablar y de pronto han
pasado seis, siete horas, y no entiendes nada. No es solo simple química, es un
paso más allá, es como si esa persona al otro lado del teléfono te conociera
mucho mejor que tus padres, tu vecino o ese alguien con quien llevas
conviviendo más de cinco años. Y sonríes, lloras, te lamentas. Y escribes su
nombre en vapor de cristal como si tuvieras doce años y hubieras descubierto el
amor por primera vez en la nuca de una compañera de clase.
Así funciona. Nada racional.
No abres tu libreta y empieza a apuntar cosas en favor y en contra. Lo hice con
mi ex, y el solo hecho de hacerlo me dio la respuesta. Es una putada, porque si
pudiéramos elegir en quien depositar eso
seriamos felices. Y Schopenhauer, la edad, el sexo, el cinismo, la soledad de
una vida vacía, la racionalización…al final nada de eso importa. No es magia,
pero hay algo inexplicable que
te impulsa a ir en contra de ti mismo, algo que te hace sacar billetes de avión
para otro país, algo que te hace besar a quien no tiene nada que ver
contigo. De pronto dices “te quiero” y no es un formalismo. Lo sientes. Y sientes
el miedo. Porque te pueden hacer mucho daño. Pero mientras tanto, da igual. Y
no lo entiendes. Y quizás por eso, porque te dejas llevar, consigues algo que
buscas inconscientemente sin darte cuenta.
Y cuando es correspondido,
bueno…solo por eso merece la pena vivir. Cada segundo. Nunca lo dudes.
Bienvenida a mis letras querida
psiquiatra. Como me ha sugerido, y dado que en nuestras sesiones no conseguimos
avanzar demasiado, voy a intentar hablar un poco de mí, de mis sensaciones por
escrito. Espero que valore mi esfuerzo, mi recuperación me importa un bledo, de
hecho no creo tener necesidad de ella, tengo asumida mis supuestas taras, lo
que necesito es que tenga una oportunidad de entenderme. A veces me
mira con tristeza, supongo que es por su edad, es joven, vocacional todavía, no
está cansada, no ve números ni nombres, se implica, proyecta. No cree que la
solución sea simplemente medicar, drogar a un paciente y luego pasar al
siguiente. Esconder tras antidepresivos un problema que cuesta esfuerzo
resolver. También guardo la fútil esperanza de saber algo más de usted, un poco
de bilateralidad. No veo cuadros familiares en su mesa, y por su acento se nota
que no es de aquí. Su mesa posee ese extraño caos armonioso de la gente
polivalente y emotiva. La verdad es que me gusta. Me gusta su tono de voz, me
gusta cuando se toca el puente de las gafas cuando algo le disgusta, me gusta
cuando cruza las piernas y balancea sutilmente el pie, me gusta porque no es
pasiva, no se dedica a escuchar y fingir apuntar algo en su libreta mientras
hace la lista mental de la compra.
Pero sí, tiene razón,
vamos al tema, a la masturbación de interrogantes. Últimamente no puedo dormir.
Me dedico solo a leer y a ver películas, tengo una vida parecida a Charles
Crumb. Si, el hermano mayor del dibujante. Se suicidó. Hay un documental muy
bueno producido por David Lynch. Un poco deprimente la verdad. Vi también el
otro día, porque supongo que esto también trata de vivencias personales, la serie
de anime “Aoki Densetsu Shoot”, ya sabe, shojo, triángulo amoroso adolescente,
autorrealización personal a través de disciplina deportiva, muerte al estilo
Touch, y grandes batallas. Recordé, viendo el último capítulo, que estuve
durante un tiempo en un equipo de futbol, pero lo dejé, no me gustaba correr.
Una metáfora de toda mi vida. Nunca me he esforzado por nada, ni siquiera por
las mujeres, ¿miedo a perder, a sufrir? No sé si fue Oscar Wilde el que dijo “Mejor
haber amado y haber perdido que no haber amado nunca” Da igual, teniendo en
cuanta De Profundis y el final que
tuvo cualquiera se fía de su opinión.
Aunque he de reconocer que
hay una cosa en la que siempre me he esforzado.
Es difícil hablar sobre el
alcohol o las drogas a mi edad. Cuanto eres un adolescente es más fácil ser
condescendiente o displicente. Pero con mi edad cualquier defensa, alegato o
pequeña crónica suena ridícula, estúpida, anacrónica. Como cuando una mujer
mayor viste como una colegiala, hay cierto rechazo comprensible en esa imagen a
priori poco elegante.
Lo llamativo es que tengo
ejemplos muy cercanos. A. es cocainómano. A despecho de informaciones
gubernamentales, hacerse adicto es complicado al menos que te hagas tu propio
proveedor. Y también el de otros. Es cara, de mala calidad y requiere muchos
años con grandes dosis. Luego sí, aparecen las paranoias, las manías persecutorias,
algo de TOC, perdidas abismales de memoria. G. es alcohólico y encima lo
mezclaba antes con su medicamento contra la esquizofrenia. Aún recuerdo cuando
me lo encontré bebiendo solo de madrugada, una de esas botellas rancias de vino
que se utilizan para cocinar. Fue como la escena de la naranja mecánica en al
que el gordo empieza a hablar con su fusil.
Luego hay gente de mi
edad, compañeros de viaje a los que parece que hayan golpeado con un bate de béisbol en la cabeza repetidas veces. Todavía recuerdo a L. que debe de llevar
más de veinte años fumando porros a diario y del cual llegué a pensar que padecía
el Síndrome de Asperger. Y C. que siempre me dice lo mismo “Putas y juerga”
Tiene un trabajo manual de más de diez horas al día, de viernes a sábado. Y ahí
le tienes: sobreviviendo. Puto tarado, tengo que ir a verle algún día.
Pero no quiero aburrirla
con ejemplos ajenos, lo que quería indicarle con esta introducción es que tuve
constancia en su momento de la sordidez intrínseca. Y sin embargo, no me atraía
el término medio, el disfrutar de las cosas con mesura. Quería llegar hasta el
límite, hasta el final de la historia del Kronen. Los demás tenían su propia
perspectiva, se miraban el ombligo en busca de ambiciones, sueños, ilusionados
en proyectos de éxito. Aprender y adaptarse hasta conseguir una normalidad que
te exima de juicios externos. Pero me hartaba que me vendieran su felicidad,
una felicidad hueca e inexistente grabada en sus almas por la simple repetición
de idearios.
Pienso ahora en tantos
personajes femeninos luchando por esa normalidad, como la Señora Dalloway, o el
amor del Gran Gatsby. La verdad es que no sé por qué hablo tanto de Irene
Adler, la mayoría de las protagonistas literarias dejan mucho que desear…Madame
Bovary, Anna Karenina, la viuda de Cinco Horas Con Mario, protagonistas
del teatro de Lorca. Aunque como musas funcionáis perfectamente, estas líneas
son la mejor prueba. Beatriz solo es especial como posibilidad.
Divago. Lo que quería
decir es que hay otras personas que son más del tipo de Trainspotting, Fight Club. Gente que prefiere la no-vida, el
no-movimiento, la no-elección. Mira por tu ventana, seguro que los identificas,
son esos borrachuzos con pinta de mendigo que siempre recalan en una plaza o en
un parque. Siempre por la mañana con sus dos o tres cervezas del supermercado.
Malviviendo con alguna renta o porque viven en un piso de alquiler bajo.
Siempre hay una mujer con la dentadura deteriorada entre ellos. Recuerdo que
cuando vivía en Barcelona se reunían en el Parc De La Pegaso, detrás del Corte Ingles
de la Meridiana. Observad a vuestro alrededor, no son invisibles aunque os esforcéis
en ello.
¿Qué impulsa realmente a
esas personas a despreciar su potencial, a afrontar las crisis existenciales
desde un banquillo tan deprimente? ¿Falla algo en la química de su cerebro que
les hace ver la decadencia como algo adictivo? ¿Cómo se sienten sin carisma,
sin éxito, cuando pierden el respeto de su propia familia?
Al final la realidad es
triste, no se trata de mártires de su propia libertad inventada, no se trata de
la náusea o la falta de sentido: se trata de simple debilidad. Y al no asumir
esa debilidad huimos. Escogemos una buena banda sonora, The End con Morrison,
Ian Curtis, Velvet Underground, leemos los excesos de los famosos, de los
malditos y buscamos ingenuamente eso. Putos retardados. La figura de Jim
Morrison no sobrevive al leer su biografía, una víctima de sí mismo. Alguien
guapo para las camisas y alguna portada. Pero en 1969 no era más que un pobre y
gordo borracho bobalicón sin una pizca de talento. Pero así somos, nos gusta la
pistola apuntando a la cabeza mediocre del yonqui, nos gusta Chinaski, nos
gusta esa mano temblorosa tirando la mitad del alcohol en la barra, no confiamos
en la palabra Rosebud, somos como moscas de fruta a las que el conocimiento
solo quita vitalidad. Sigues bebiendo porque odias la realidad, por inercia,
por el vértigo cada vez más pronunciado por todo el tiempo perdido. Es curioso
como en la antigüedad el ideal no era la sobriedad, sino la ebriedad sobria,
que facultaba para gozar el entusiasmo sin incurrir en necedades. El abstemio
era visto como alguien limitado que prefería no avergonzarse ante los demás
porque no se veía capaz de controlarse.
Ahora es cuando tocaría,
como catarsis personal de toda esta introspección, una especie de moralina que
nos haga sentir mejor a los dos. Me temo que no. Llevo más de veinte años
bebiendo, lustros impares donde bebía a diario. Épocas donde no sabía ni que
día era y mantenía el ritmo gracias a las drogas. Ya no es así, pero el motivo
no son las secuelas, no estoy ahora más preocupado que antes por mi salud o mi
cerebro. No, realmente el cambio a una rutina más moderada ha sido provocado
únicamente por las RESACAS. Son el puto infierno de Dante, no hay metáforas
suficientes en toda la literatura para describir el horror del día siguiente,
cuando sientes como se va pudriendo poco a poco tu cerebro mientras una colonia
de indígenas toca con tambores un puto réquiem acelerado.
Supongo que con este texto
he querido que entienda que soy perfectamente consciente de mi situación, que
no hay dramas infantiles ni nadie me encerró en un armario. Tuve mis
frustraciones personales y albergo inseguridades que aún no he superado, como
usted, como todos. Pero no me dedico a hacerme cortes en los antebrazos, aunque
me parezca otra opción perfectamente válida dicho sea de paso. Tampoco tengo
una depresión o excesivos –de momento- deseos de suicidarme, aunque la vida me
parezca un avance irremisible a la perdida de nuestra identidad. Solo asumo,
como le he dicho antes, mi miedo, mi debilidad de la única forma que soy capaz.
Sé que hay consecuencias. Me gustaría invitarla a cenar y hacerla feliz. Pero estoy
seguro de que dejando aparte nuestra relación médico-paciente, se negaría. Esta
es mi consecuencia, no tener a alguien como usted a mi lado. Perdidas. Pero
elegir siempre es perder, elijas lo que elijas. Lo importante es no arrepentirse,
ser consciente. Y si lo eres…adelante. Levanta esa copa. Esnifa esa mierda.
Traga esas pastillas. Ábrete de piernas. Y por fin, enloquece totalmente.
Mañana es una entelequia, una ficción, lo que importa es
el deseo, la pulsión presente. Lástima que no sea una noche de sábado donde
todo es posible, es un martes de esos que sales a la calle mirando atrás por si
alguien deja alguna ventana iluminada como faro para el camino de vuelta.
Voy al cajero para que escupa el dinero de mi última
nomina mientras pienso en muertos de hemeroteca donde la belleza se confunde
con la verdad.
Me gusta cerrar bares, esas farmacias del alma donde combates
toda tu soledad, rodeado de hombres átonos por el reflejo del fondo de su vaso,
el tiempo detenido, sin origen, esperando hasta que la madrugada les embosque y
haga desaparecer el pequeño misterio de su existencia. Pero hay trincheras
llenas de gente como nosotros esperando a llenar el puesto vacío en la barra
sin preguntas ni consignas.
Otra noche desesperada, de las que tienes el filo de la
navaja apuntando a tus errores como las manecillas del reloj. Es tan absurdo
buscar el alumbrado de la vida en los ósculos de las putas o de las doncellas,
es más fácil invitar a una ronda a los parroquianos. Necesito gastar mi dinero.
Lo que haga falta para olvidar esa nota olvidada en mi camisa, esa caligrafía
que pensaba había olvidado, ese cariñoso apelativo que utilizaba conmigo.
Salgo fuera, nadie se da cuenta. Es agradable pasear de
noche cuando la resaca aún no existe. Debe de ser más de la una y hace bastante
frío. Observo a un par de vagabundos con sus ropas de abrigo agujereadas y sus
cartones, alguno no superará esta noche. Me acerco a un viejo que rebusca en la
papelera su cena. De pronto un timbre exagerado estropea el ensueño, el viejo
me mira atemorizado. Saco el móvil un poco abochornado. Si es Ella tengo que
colgar, me lo prometí. No, no es ella, de hecho no sé quién coño es. Lo apago. Cada
día que pasa sin llamarme es una pequeña puñalada a mi autoestima.
Recuerdo –error- uno de nuestros últimos polvos, como te
rompí las bragas, como había algo de rabia, pocos preliminares, sin
romanticismo extemporáneo, penetrándote con fuerza, sexo vertical mientras tu
coño se desbordaba. Gritabas, gemías, me utilizabas, me tirabas del pelo y
cambiabas de postura. En algún momento nos miramos a los ojos como pidiendo
perdón, como si supiéramos que ya no era posible dar más de sí y sin palabras
nos mecimos en el sonido de tu piel contra mi piel.
Un mes después te llamé. Suelo ser orgulloso pero te llamé.
Sin ningún plan, siguiendo un impulso al que no quiero dar nombre. Y tú, fría,
desapasionada, casi anónima. Mierda, fue horrible sentir esa voz.
Fuiste tú quien me preguntaba por Bukowski, yo te
relataba como se paseaba por habitaciones de hotel barato alcoholizado y en
calzoncillos gritando que era un genio pero que solo lo sabía él, como se
dedicaba a follar con putas y a enamorarse de ellas, como conseguía aguantar
noches como esta.
Te decía: “dels
teus pits neixen poemes” y tú contestabas
“Je vous aimerai jusqu'à ma mort. Je vais
essayer de ne pas mourir trop tôt. C'est tout, ce que j'ai à faire.”
Todo era tan mágico cuando me corría en tu boca y te
insultaba quedamente.
Salgo y veo en una marquesina a dos jóvenes, quizá
demasiado, ilusionados con la mentira. Me alegro, es una fiebre que todos
debemos de superar. Se cogen de la mano, se miran sin años de decepciones a sus
espaldas, con confianza, hay sueños todavía intactos detrás de esa mirada. Él
se acerca un poco más a ella en un gesto de protección cuando paso por delante,
roles primigenios. Bonito. Luego todo se echará a perder y ella recuperará el
tiempo chupando una polla de media a la semana. En un par de meses hasta el
olor habrá desaparecido de su mente, las historias primerizas en la gran ciudad
no suelen funcionar. Pero dejemos que disfruten de ese primer momento al mirar
debajo de sus ropas, cuando ella sienta ese sabor almizcle y el dolor y el
placer se conjuguen a la par. Todo tiene su proceso.
Me alejo. No quiero volver a casa. Solo necesito un poco
más de alcohol para superar esta noche. Cojo un taxi, tengo que ir a Madrid,
alejarme de este puto pueblo del extrarradio. Voy a Segundo Jazz, hay una jam sessión y el camarero me
cae simpático. El típico lugar donde llevas a una mujer: un ambiente
encantador, música a la altura. Luego te la follas y ella descubre años después
que ni siquiera te gusta el jazz. Para compensar tanto cinismo siempre voy
solo.
Atravieso el umbral. Pido mi Absolut Vodka. Intento
disfrutar. Pido un segundo. Pasa el tiempo. Antes del tercero la angustia se
abre paso. Salgo a la calle, demasiada emoción, demasiada nada en mi interior.
Afloran recuerdos asociados a pensamientos de esos que los psiquiatras no
aconsejan. “No estuve a la altura” se convierte en un mantra, “cobarde” “fracasado”
se añaden en diversas tonalidades de desprecio autocompasivo. Empiezo a
boquear, joder… ¿un puto ataque de ansiedad? Empieza a llover, necesito mojarme,
necesito revocarme en el barro, me tiro al suelo en medio de la calle.
Alguien se acerca, un impermeable azul, como un trocito
de cielo bajo la lluvia me obliga a mirar al frente. ¿Mi salvadora? ¿El destino
conspirando? Aturdido, intento incorporarme.
No. Es un transexual, una lumi. Buenas tetas y buena
nuez. Me ayuda a levantarme y con una voz sugerente me propone chupármela en un
portal por quince euros. Me va a comer los huevos con fruición. Seguro que sabe
chuparla mejor que ninguna mujer que haya conocido. Me toca la cara y su
aliento me devuelve a la realidad. Le pido disculpas y sigo adelante.
Me he dejado el abrigo en el local. Me da la impresión
que todo el mundo se gira a mirarme y decido largarme definitivamente de allí.
El viento se cuela entre los rotos de mi gabán, las
mujeres sacan música del asfalto con sus carreras. En Madrid ya es navidad, con
todos esos adornos y Papa Noel en los balcones, pero sigue siendo oscura, un
enorme almacén abandonado. Sigo mojándome, no sé dónde ir. Tampoco literalmente.
Me pongo algo de música, David Lynch…me gusta esta. Son las
tres de la madrugada y de pronto una china se convierte en un oasis bajo la
lluvia: tres botes de cerveza. Casi la abrazo. Me cruzo con un gato, pequeño,
aterido y hambriento. Intento cogerlo, pero no hay cebo. Se mete debajo de un
coche… ¿otra víctima más esta noche?
De alguna forma consigo llegar a casa, pongo la estufa y
me derrumbo en la cama. Estoy calado y empiezo a tiritar. Aparece de nuevo Él,
la imagen de lo que pude haber sido, un Superyó altivo que me mira con
desprecio. No dice nada, pero escucho su voz dentro de mi cabeza preguntando “¿por
qué?”
Joder, no necesito estas mierdas. Necesito pornografía,
la masturbación es una forma eficaz de terminar el día. Empiezo a machacármela,
pienso en algunas, en otras y al final en todas. Pero se mezclan las fantasías
con los recuerdos. No hay manera. Me deprimo. Cojo el mando y pongo música.
Satie, revolquémonos en el declive.
Recuerdo a Manolo, como se ponía en la calle a tocar la
guitarra, como llevaba siempre una pequeña libreta donde iba apuntando
estrofas, palabras, ¿Dónde se fue toda esa energía, cómo conserva la gente
normal esa ambición para levantarse por las mañanas y continuar hacinados en su
rutina?
Nos comportamos como si la vida se redujera a esquivar los
sueños que antes eran todo, como si ahora fueran charcos profundos que pudieran
tragarte por completo. Y cuanto más hábil te vuelves al saltarlos más fácil te resulta
olvidarte de ti mismo.
Sísifo, dentro de la mitología griega, hizo enfadar a los
dioses. Como castigo, fue condenado a perder la vista y empujar perpetuamente
un peñasco gigante montaña arriba hasta la cima, sólo para que volviese a caer
rodando hasta el valle, y así indefinidamente.
Es un ejemplo de la completa inutilidad de la vida. Pero
Camus no promovía el quietismo o la pasividad ante el absurdo, nos obligaba a
aceptarlo como la menos mala de las alternativas –un salto de fe religioso
sería la otra- siguiendo adelante en un eterno enfrentamiento. Quizá Sísifo experimenta una breve libertad mientras el peñasco termina de caer y puede disfrutar en la cima unos breves instantes.
Recuerdo cuando tenía la respuesta a todas las grandes
preguntas, aquí, a mi lado, en el sonido de tu respiración, dentro de esa mirada
que sigue perdurando en las cenizas de todo lo demás.
Hay
rupturas sentimentales que tienen la potestad de marcar tus gustos musicales,
pero no solo eso, también de provocar secuelas: escuchas ciertas canciones y un
nudo en el estómago te escupe la realidad a la cara, sí idiota, ¿Cómo te
atreves a dudarlo? Sigues enamorado.
Me
desperté con una terrible resaca, ¿era jueves, invierno, de noche? No quería
recordar nada, ni donde estaba, ni quien era, solo volver a la inconsciencia. Pero
el dolor lacerante de mi cabeza discutiendo de igual a igual con el que
provenía de mi pie derecho me obligó a incorporarme.
Me
miré en el espejo del cuarto de baño: Mierda. Un cubilete de carne lleno de
mierda. Pero a fin de cuentas alguien con cuenta corriente, nómina y medio
gramo de cocaína todavía en el bolsillo. Sí, esa era la idea. Ahora una llamada
al trabajo. Una mezcla de excusas entre gastroenteritis y el entierro de un
familiar lejano y a dormir.
Un
toque, dos, tres…una familiar voz de tono uniforme me da los buenos días y me
insta amablemente a que diga algo. Y es ahí, en ese momento, cuando me doy
cuenta de que estoy completamente mudo. Cuelgo. Bueno, quizás lo de ayer fue
excesivo. Farmacia, antibióticos y totalmente rehabilitado en dos días.
Eso
fue hace más de dos años.
Al
principio parecía una broma de mal gusto, fui a médicos, especialistas. Nadie
encontraba explicación. Seis meses después, con un despido de exigua
indemnización debajo del brazo, me desviaron a la consulta de psiquiatría. Año
y medio de terapia y seguía igual. Incomunicado.
Mis
ahorros estaban empezando a peligrar, me había mudado a una habitación con
vistas a un bonito patio interior donde vislumbraba bragas xl de sabroso encaje
y vecinas derrotadas por la cotidianidad. Llevaba una vida más tranquila, sin
mucha compañía, exceptuando visitas extemporáneas de amigos con los que
compartía televisión y notitas ya creadas que señalaba con el dedo –el pragmatismo
de la comunicación llevado al estadio supremo-, nadie de mi entorno sabía de mi
problema, con simples asentimientos podía seguir compartiendo ascensor con mis
vecinos, confidencias con cajeros de supermercados, tenderos o simples funcionarios.
Incluso podía seguir manteniendo las mismas conversaciones telefónicas con mi
familia.
Con
las mujeres noté cierto éxito al principio, pensaba que mi extraña mudez
convergía en un misterio que las atraía, pero al final comprendí que lo único
que les interesaba era tener a alguien que les escuchase sin interrupciones. O
quizás entendía mal sus intenciones y querían curar la ausencia de palabras de
su príncipe encantado con muchas palabras. Peroratas inmensas.
Lo
curioso es que cuando empezaba a interesarme con alguna, cuando creía que la
cosa podría funcionar, lo fastidiaba todo hablando en sueños, casi a gritos.
Ellas se despertaban enfadadas, sintiéndose víctimas de una gran estafa.
Naturalmente todas reaccionaban de forma madura: arrojándome cualquier objeto
macizo y puntiagudo que tuvieran a mano mientras me gritaban obscenidades que
en otro momento me hubieran puesto cachondo.
Pero
como iba diciendo mis pequeñas aventurillas me dejaban insatisfecho, me sentía
solo y sí: tenía miedo de quedarme mudo para siempre. O sea que, con cierta
sensación de apremio, decidí investigar por internet. Lo primero que encontré
fueron varios blogs de gente que le sucedía lo mismo que a mí. Es lo que tiene
este medio, cualquier inadaptado puede encontrar su pequeño oasis social. En mi
caso personas con problemas psicosomáticos extravagantes. Entré en unos de los
grupos. Había casos divertidos como Manuel: era pintor, y se quedó ciego cuando
descubrió a su mujer con otro hombre. Vaya, pensaréis, si todo el mundo fuera tan sensible estaríamos viviendo
un “Ensayo sobre la ceguera”, pero hay un detalle más: ella le estaba chupando
la polla a su perro, un pastor alemán. Joder, un puto trio.
Y
ahí estábamos todos, gente normal que de pronto pierde el sentido del gusto, el
del tacto –jodiendo sus relaciones sexuales-, gente que de pronto se volvía daltónica
o sinestésica. Unos putos freaks en una torre de Babel virtual. El caso es que ahí
conocí a mi querida sordomuda. La primera vez que chateamos cayó sobre mí esa vieja
fantasía en la que la libre verborrea sexual campaba a sus anchas sin que ningún
mohín ni rencilla posterior pudiera dosificarla. Vamos, patente de corso para
decir cualquier burrada que se me antojase en la cama, y yo –en confianza- soy
muy proclive a ello.
Solo
habíamos hablado a través de chats, la única forma posible de hacerlo dado que ninguno
habíamos aprendido a leer los labios y teníamos escasos conocimientos del
lenguaje de signos. Desde el principio su historia me resulto extraña. Primero
me dijo que había sufrido abusos en la infancia, que enterró esos recuerdos y
tuvo una adolescencia bastante promiscua, de las que vas probando de todo y a todos.
Y finalmente, en algún momento entre la decimoquinta relación tortuosa y la
siguiente, el cerrojo saltó y recordó todo. Pero sonaba demasiado a cuartada. Y
claro, ese misterio me embriagaba porque, ¿Qué podría querer ocultar que fuese peor
que eso? En el caso de que no fuera todo una paranoia mía claro, cosa que a
estas alturas del relato era lo más posible.
Hice
ímprobos esfuerzos y al final la convencí para quedar en persona. Era
magnifica, no por ser excesivamente guapa, sino por compartir algunos de esos
rasgos que normalmente no emocionan, labios demasiado finos, palidez, una
apariencia aniñada sin apenas voluptuosidad, pero que al final te van
fascinando precisamente por marcar una diferencia con lo que estás acostumbrado
a admirar.
Vimos
juntos El Piano en versión original. Todos
tenemos nuestros fetiches que reverberan desde el pasado consumiendo parte del
presente. Eso pensé cuando puso justamente la pista número diecinueve de la
banda sonora de Amelie.
Me emocioné. Ella, sin saber el motivo exacto, me atravesó con esos ojos
oscuros como muros de abismo, con intensidad, acariciándome la cara, quizá para
sentir la vibración de mis lágrimas. Y ahí, los dos, en ese silencio acuoso,
nos besamos.
Y
el sexo era tan intenso como su mirada, era todo y nada, siempre y nunca, sin
medias tintas. La muerte y la sorpresa. Una eterna luna de miel en la esclavitud
de su cuerpo, un cuerpo donde ahora me perdía buscando ese placer que nunca es
inocuo.
Siempre
hay dos finales:
En
el primero los dos se encuentran y se separan. No hay más insolencia que una
mentira cuando se ha compartido a dos voces algo tan sincero. No se puede
mantener, los fluidos se secan y solo quedan dos islas sin horizonte, con la
misma soledad en la mirada, y con el mismo miedo.
En el segundo esas voces se hacen materia, uno de
los dos, o quizá los dos a la vez, dicen las palabras que mueven el mundo, esas
palabras que convierten a alguien anónimo en ÉL o ELLA. Esas palabras que detienen
el presente en una epifanía de trascendencia y que abren el embozo del dolor y del
placer más intenso: Te quiero.
No es de extrañar que me de por escribir, después de Barcelona la quemazón en el alma me impide caer en la apoplejía del zombie, en ese duermevela de la conciencia que te permite seguir respirando en el deposito de cadáveres, en esa rueda de noria que empujamos día tras día, sin más legado que mearnos en las brasas de un campo de concentración.
Leo a Kundera y me recomienda desde sus líneas a un compatriota Leos Janacek, con unas maravillosas composiciones de piano que brindo a mi vecina, ahí quieta de nuevo, observando la nada con cierto asco. Todo es perfecto, quizá falta esa mujer sumisa buscando mis zapatillas mientras me roza el paquete con sonrisa de zorra.
Quizá debería revolcar mi dependencia en una puta, de esas cariñosas que te dan charla antes y después, alargando la media hora de su cliente fijo. Para eso tendría que trabajar más de media jornada, el amor es caro.
Las mujeres tienen fácil su legado, concibiendo, amaestrando a sus pequeños tiranos ingratos. Vivimos en un puto matriarcado y ellas, tan listas para todo tipo de sutilezas, todavía no se han dado cuenta, simplemente esperan como una maquina bien lubricada a que el amor se haga carne, como si el milagro de la erección ante una belleza dudosa no les pareciera suficiente.
Digresión. Me gustaría hablar de mi primera novia: se suicidó. Ya me imagino a esa caterva de anónimos que pululan por la red frotándose las manos con los lugares comunes. Pero vamos, que se suicidó años después. No tuve que ver, al menos conscientemente. Estuvimos juntos y nos tratamos mal, lo habitual a esa edad.
Con ella perdí mi virginidad en un cementerio. Creo que mis problemas de erección a partir de ahí están sumamente justificados, sí, el rollo romántico todavía me posee, pero hay una ciertas practicas perturbadas que salen a la luz en la tercera cita que aun no puedo dominar.
Fue como era ella, frío al principio, no solo por la lapida escogida o la brisa otoñal, y brutal al final, con mordiscos, arañazos, golpes y esas peticiones desbocadas para que me la follase con dureza, como a una puta. Le gustaba más el dolor que el placer. Me enseñaba esos surcos blancos cicatrizando lentamente en su antebrazo y sonreía, "Un tributo", ¿A qué? le preguntaba. "A mí misma. No lo puedes entender".
Su vida había sido normal, sin traumas, con unos padres amantísimos y protectores…no había explicación a su caótica existencia…quizá se conocía demasiado bien y no quería rechazar esa parte de si misma a pesar de las consecuencias.
Luego esas conversaciones sobre la muerte, ideas demenciales para alguien que frisaba los diecisiete pero un juego más de fin de semana mientras pateábamos los góticos de Madrid y volvíamos medio dormidos en el búho de las dos, ateridos en plaza castilla, dormitando confesiones, eligiendo el hombro izquierdo -¿o era el derecho?- para un tatuaje de Robert Smith. Recuerdo traducirle canciones de Depeche y The Cure mientras estábamos en mi casa y como ella se emocionaba.
No sé cuanto tiempo estuvimos juntos. Quizá cinco meses. Me dejó ella, naturalmente, creo que nunca he abandonado a ninguna mujer, incluso cuando he tomado la iniciativa han sido ellas quienes lo han provocado. Podría decir que hubo cierta elegancia en las formas pero no fue así, a la semana siguiente ya se la estaba chupando a otro en un baño de Argüelles. El amor, el amor…
Hubo un par de meses en los cuales mi orgullo se fue de vacaciones. Luego estuve casi tres años sin estar con nadie más. Joder, reconozco que estaba algo resentido, quizá asustado. Tenía demasiada libertad, me limitaba a quedarme en casa bebiendo o escuchando música. Para mí la selectividad fue como Woodstock.
Años después, en una de esas reuniones sociales en las que odias la vida, Antonio se acercó ávido de morbo y me soltó la noticia.
-¿Sabías que tu antigua novia se suicidó?
-No puede ser, ¿estás bromeando?
No, no bromeaba. Y como en estas cosas todos estamos al mismo nivel, la siguiente cuestión fue preguntarle cómo lo hizo.
La mujer del amor eterno, musa en este momento, de nombre Laura está cansada de la vida, o más bien de las pequeñas estupideces que le hacen perder trascendencia. Esas consignas ajenas tan anacrónicas no van con ella. Está tumbada en su cama individual y necesita, para ser claros, echar un polvo. Nadie se cree ese rollo de la asexual y carencia de libido como secuela del desamor dure demasiado. A lo sumo un cierto temor a no sentirse deseada por nadie digno después del último descalabro. Por eso, aún sin convicción, se ve a si misma maquillándose, escogiendo su mejor vestido negro y saliendo de casa. Local prominente. Y ahí entablando una conversación con el primer hombre que la corteja sin ambages. Ese es el plan. Pero siempre hay algún problema. Cuando empezó a vivir sola, a plantearse la vida de soltera, sabía que no iba a encontrar al hombre de su vida de esa manera. A lo mejor sí, pero veía más factible encontrarle en el trabajo, en una reunión de amigos por alguna efeméride, en las clases de baila a las que quería asistir. No sé, prejuicios tontos quizás auspiciados por la idea del destino y de no forzar artificios de red social de contactos Pero lo que descubrió fue todavía más decepcionante, y es que muchas veces no podía disfrutar ni siquiera de un buen polvo. Se los llevaba a su casa, chicos guapos, atentos, evolucionados podríamos decir –guardábamos en el cajón de los escrúpulos que todavía viviesen con su madre, o que no tuvieran nada interesante que decir cuando abrían la boca- y de pronto en la cama, lejos de reaccionar, se demostraban en la mayor parte egoístas, intratables, aburridos, penes que no emocionaban y/o no daban la talla. Y cuando al fin, en alguna noche extraña de luna llena encontrabas alguno que follaba bien desaparecía al día siguiente con un “te llamare” y una cita solo para los martes. Laura piensa en estas cosas cuando ve por el rabillo del ojo unas fotos antiguas enmarcadas en un lado del espejo del baño y se acuerda de uno de sus ex. Un tipo interesante, intelectual, quizás el problema vino después en la cama, cuando ya llevaba un par de años, ¿qué paso? No lo sé. Pero todo se convirtió en un desastre. Quizás las discusiones. Se perdió la magia, la afinidad. Me condenó a tener siempre orgasmos clitorianos, como si sólo bastara con meterla y funcionar como en una fábrica. Sin sorpresas. Sin arritmias en el cuello. Sin improvisar, ni someterse. Era su princesa, pero en la cama, quería ser su puta. Todavía le quiero, no estoy segura de quien se equivocó. Pero eso ya es pasado. Aun así hubo algunos polvos antológicos, cuando Marc se le cruzaban los cables podía ser una maquina sexual. Recuerda aquella noche en que venían borrachos los dos, riéndose por las esquinas, como se metían mano en cualquier parte, como ella disfrutaba susurrándole obscenidades al oído y él se frotaba contra ella abrazándola con todo su cuerpo, pudoroso pero a la vez totalmente exaltado, incapaz de aguantar el calentón. Claudia no puede evitar pasar sus dedos por los rizos del pubis mientras recuerda toda la escena. Al llegar a casa la lanzó contra el sillón, la subió la falda y empezó a besarla los muslos, a bucear entre sus piernas. Recuerda –ahora con los dedos mas juguetones- como le daba pequeños besos aquí y allá mientras sus dedos largos y calientes se apropiaban de sus bragas y luego –al igual que hace ella ahora- naufragaban en sus interior con facilidad. Laura cierra los ojos, esta allí, en ese pasado-presente levantando sus piernas y empujando la cabeza de Marc entre ellas. Sus dedos me penetran mientras su lengua suavizaba mis contracciones chupando, lamiendo, reteniendo entre sus labios esa pequeña perla de placer. No lo puedo resistir y gimo, emito pequeños grititos de placer, esos que tanto te gustan, ascendiendo por mi garganta con tu nombre en cada uno de ellos. Es un orgasmo largo, dulce, de un placer desinhibido. Marc sabe cuando parar, se aleja surcando con su lengua mis muslos, mi ombligo, mis pechos, deteniendo con cuidado en mis pezones erectos, vanidosos, en cada uno de ellos. Nuestro pequeño secreto. Escucho a medias como caen sus pantalones. Quiero comérsela como a él le gusta, quiero sentirla dentro de mi boca hasta el fondo, derretirla con mi lengua, saborearla entera con esa cara de viciosa que tanto le gusta, que tanto le excita, lamerle los cojones, presionarlos, sentir en mi boca su placer, su glande palpitante, como esta a punto de explotar y sólo yo puedo decidir cuando. Pero no me da esa oportunidad, me tiene ganas, y me la mete rápidamente, sin más pausas, vuelvo a cerrar los ojos y me dejo llevar. A pesar de todo tiene cuidado, va a jugar un poco conmigo, primero se mueve imperceptiblemente, luego con movimientos largos y pausados, sacándola hasta el limite, rozándome el clítoris ora con el pulgar ora con el glande. Pero el juego le supera, me pone a cuatro patas y empieza a follarme con ganas, con su mano derecha me aprieta los pechos lubricados con mis flujos o me agarra del pelo para que le mire mientras me folla. Acabamos en el suelo totalmente tendida con él encima y ahí, con el rostro cobijado escondo mi orgasmo, no quiero que pare, quiero que me folle toda la noche. Le siento mientras me muerde el lóbulo de la oreja y me susurra obscenidades, creo que no he estado tan mojada en mi vida. Escucho como me llama, zorra, puta, y me encanta, me encanta y se lo repito, le repito que Sí, que soy su puta, que me gusta, que puede hacer con mi cuerpo lo que quiera, que soy suya, que soy totalmente suya. En ese momento me coge en vilo y me empotra contra la pared. Repito su nombre sin cesar, no puedo creer que me esté follando con tanta pasión después del tiempo que llevamos juntos. Me siento totalmente sometida con mi espalda contra la pared, con las piernas enroscadas en su cintura. Mordiéndole, arañándole la espalda, amándole. Un vahído y estoy en la cama, con él encima, exhausto, pero con una mirada febril, moviéndose lentamente. Cambiamos la postura. Me pongo encima, me siento ligera, alegre, poderosa, maravillada por el momento. No sé cuanto tiempo ha pasado y no me importa. Siento que algo escapa a mi control, sube por mi garganta, siento la necesidad de pararlo, de ahogarlo en mi interior, pero no soy capaz, el aire vibra con destellos de riesgo: “Te amo” me escucho decir. Él –siempre recordaré esto- me da un beso, de una dulzura, de una entrega que no he vuelto a encontrar en nadie. Y justo después, abrazándome con fuerza, siento como tiene su orgasmo, siento su respiración entrecortada, como me aprieta y se deja ir totalmente Nos quedamos un tiempo así, juntos, todavía le siento dentro de mí. Luego con un suspiro nos separamos y nos quedamos dormidos… Laura abre los ojos, tiene los dedos arrugados por los flujos, no sabe cuanto tiempo lleva tocándose. Se ha hecho tarde, hay poca luz en la habitación. Se le han quitado las ganas de salir. Por el contrario piensa en llamar a Marc, total, ¿quién dice que los ex no pueden ser amigos…?