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jueves, 11 de octubre de 2012

Puntos de vista.

Carlos

“El amor salva, durante un tiempo da sentido a tu vida, te levantas feliz de la cama por la sensación de tener un hogar en alguien. Una especie de redención existencial.”

Las cosas están yendo demasiado rápido, casi de forma incontrolable, Isabel tiene un magnetismo animal. Intento poner toda la ternura que puedo en mis besos, quiero saborear el momento, disfrutarlo, va a ser nuestra primera vez. La despojo de la ropa poco a poco, todo en ella es disoluto, nos tiramos en la cama, exploro con meticulosidad cada rincón de su cuerpo con mi lengua, mis labios, mis dedos, gestos repetidos, pero que en ella me cortan la respiración. Le digo que la quiero. Me muerde el labio, sus ojos verdes me rozan el alma y siento que las palabras ya no son necesarias entre nosotros, como si lleváramos años esperando esto. No puedo resistirlo más, me coloco encima y la penetro. Siento sus contracciones, su humedad, su mano en mi pelo estirándolo con fuerza, su voz, sus piernas rodeándome, haciéndome mover, cambiar de postura. Contemplo como gime, desinhibida, libre, entregada, No puedo creerme que sea mía, que me haya elegido. Febril la beso por todas partes, en el cuello, en la cara, en el pelo, como si estuviera esculpiendo poemas. Me parece que tiene su orgasmo y me dejo llevar. Me mantengo dentro de ella, no quiero separarme, la abrazo como si quisiera fundir nuestros cuerpos.

La despedida ha sido un poco fría, pero no importa, estoy casi seguro. Es ella.

Isabel

“A los hombres les gusta masturbarse con mi cuerpo, niños sucios e insatisfechos. Demasiadas palabras y nada de amor. Pero reconozco que me he adaptado a esa situación, me gusta esa animalidad que vuelcan en mi cuerpo antes de eyacular, de vaciarse en mí.”

Insisto con mi sonrisa, acariciando el silencio que hay entre los dos. Él se acerca y me invita a una copa. Se llama Carlos. Brindamos. Me cuesta desgajar su pudor, pero eso me hace insistir más. Una simple impostura, cuando cierran el bar ya estamos yendo, entre besos y caricias, al hotel más cercano. Le observo atentamente mientras aparca el coche, esas manos grandes, alto, atlético. Parece que tiene un buen paquete. Me pongo cachonda al imaginarme en el suelo, de rodillas, mientras me viola la boca, obligándome a tener las manos en la espalda para que pueda forzarme sin límite; se va a llevar una sorpresa, me gusta atragantarme, salivarla entera. Ya estoy húmeda. Le imagino jugando conmigo, primero metiéndola con movimientos largos y pausados, con una engañosa ternura, para luego empezar a follarme con brutalidad, frotándome con violencia el clítoris, arrojándome al suelo, poniéndome a cuatro patas, abriéndome entera mientras me aprieta los pechos, me estira de los pezones, del pelo, me obliga a mirar como me penetra. Me encantaría, como con Javier, que me obligase a lamerle las pelotas encharcadas con mis flujos, me encantaría meterle un dedo en el culo, ver que sonríe travieso, porque sabe que si me lo permite es porque luego me va a sodomizar mientras me grita obscenidades, mientras me llama puta y yo le digo que sí, que soy su puta, que mi cuerpo es suyo, que le pertenezco. Me imagino arañándole, mordiéndole, me imagino sus cachetes, su saliva entre mis piernas, imagino pasión, joder, eso es lo que quiero, pasión, sentirme deseada hasta que me duela.


Que puta decepción. Preliminares larguísimos, todo demasiado lento, como si fuera un homosexual reprimido. Y justo cuando, y no gracias a él, iba a correrme, termina y me aplasta contra la cama con su cuerpo. Joder, que mala suerte tengo. No veía la hora de largarme de la habitación. Esta claro que no es él.

Walking in My Shoes by Depeche Mode on Grooveshark

miércoles, 3 de octubre de 2012

Trópico De Decadencia (I)

El amor se apaga con la certidumbre. Es decir, inicias una convivencia, te casas, y empieza a aparecer una cuasi melancólica nostalgia por un poco de soledad, por las sorpresas, por un polvo contra la pared. Quizás resista un deje de admiración, pero todo empieza a claudicar a una agenda común que cumplir, al apego y una cierta indiferencia.

Hay excepciones, claro, estamos generalizando.

Si seguimos generalizando podríamos decir que el mejor momento en cuando solo os gustáis, habéis creado una pequeña necesidad, una rutina. Pero cada uno sigue con sus horarios. Todo es displicente, relajado, alguna llamada entre semana, los fines de semana quedáis para cenar, incluso alguno de los dos se queda a dormir. Pero nada de presentaciones a la familia. Simplemente disfrutar de los detalles, cada uno en su vida, sin que haya que tomar decisiones, solo pasarlo bien.

Pero entonces sucede. Ella piensa en él, en lo que estará haciendo en ese momento. Y llena el hueco a su manera. Piensa en el libro del que le habló el último día, le ve leyéndolo en su asiento favorito, o quizás comprando los billetes para ese viaje que quiere hacer con unos amigos a Barcelona. O quizás esté escribiendo algunas de esas hermosas y personales –al menos es lo que ella piensa- poesías que de vez en cuando le envía. O quizás haciendo horas extras, siempre trabajando, siempre responsable. Y sonríe. No quiere llamarle ahora, no quiere “interrumpirle”. Le gusta esa espera, porque aunque se resista, cree, desea, ansía cada vez más, que todo salga bien, como una especie de compensación kármica. Pero al final le invitará a cenar. La velada discurrirá agradablemente, beberá un poco más de la cuenta, y como está predestinado, echarán un polvo maravilloso. Y ahí, enamorada ya como una colegiala, aunque no se haya dado cuenta todavía, le dirá con demasiada sinceridad que le ama.

Lo gracioso del asunto es que el polvo no ha sido tan maravilloso, sí, ha tenido un orgasmo, pero han sido más bien las palabras, su idea del amor, de abrirse a él no solo físicamente. Siendo francos, y de esto se dará cuenta con el tiempo, él no sabe moverse, es torpe, se dedica a bombear con cierto egoísmo. Porque para él todo esto es una molestia, las palabras son un peaje, solo quiere disfrutar de la fricción, masturbarse con su cuerpo.

De hecho, si retrocedemos en el tiempo justo al momento en que empiezan las ensoñaciones de nuestra protagonista, descubrimos que él se está masturbando con los vídeos de una web, poco conocida y de carácter restringido, en la cual aparecen mujeres demasiado jóvenes, casi niñas, con coletas, suave maquillaje pastel, totalmente depiladas, siendo sometidas a toda clase de perversiones. Y justo en uno de los momentos álgidos, antes de eyacular, cuando ella está a punto de mandarle un mensaje, nuestro héroe se tira un pedo que llena la habitación con un intenso olor a mierda.


Te odio (con Santi Balmes) by Los Seis Días on Grooveshark

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Lo importante es coger aire y gritar. Que te escuchen o no es accesorio, un accidente.

No va a ser un texto brillante. Lo cual me alegra, porque implica que tengo cierta libertad. El hecho de saber que no te lee mucha gente permite ciertos descalabros lingüísticos, te permite aburrir al personal contando cosas que a priori no interesan a nadie, pero que por alguna extraña razón necesitas exorcizar a través de palabras, sintaxis y demás zarandadas.


Por ejemplo, hoy en el trabajo me he sentido como un fracasado, lo cual es contradictorio, porque tener trabajo en España es casi milagroso. Luego me he comprado -hace un momento- un par de botellas de vino y me he puesto a beber. Y a escuchar música. Miles Davis. Chopin. Joy Division. Kasabian. The Doors. Ya sabéis, más de lo mismo.

Leía el otro día que el talento está sobrevalorado, que todo el mundo puede hacer cualquier cosa si le dedica el tiempo suficiente. Con el amor, las relaciones, también sucede algo parecido. Es difícil encontrar el equilibrio emocional entre dos individuos, dos islas, dos pieles, dos pequeñas obsesiones irresolubles.

Miro el reloj, destejiendo realidades en el calendario, como besos sin vocación paralizados en un vals helado e incomprendido de color gris inerte. Las persianas permanecen bajadas para no distraerme con la esperanza mientras busco palabras que expresen el tiempo perdido, el inconformismo en forma de deseo, el aislamiento.

Claro que echo de menos el amor, unas manos que busquen mi cara y no mi erección. No quiero muñecas de plástico desbrozando un deseo fugaz, no quiero ser la sombra de un pájaro muerto que fornica en unos ojos opacos. Recuerdo esa frase de Salinger "Qué terrible es gritar te amo y que la otra persona en el otro extremo grite ¿qué?"

Quizás por eso hoy he vuelto a hablar con ella. Me gusta, no solo físicamente, me atrae su idiosincrasia personal, su forma de pensar. El amor es frívolo. Y aunque no estoy enamorado -demasiadas cicatrices-, me gusta verbalizarlo en esta efímera inmortalidad. Por eso me jode ser solo un capullo, un idiota que observa desde lejos como su belleza se marchita por la falta de besos. 

Las palabras deshilachan conceptos, pero no penetran. 

Hazme un hueco esta noche, una excepción, una pequeña tregua a la realidad. Ámame, déjame residir en los pliegues de tu coño unos minutos, dedícame un orgasmo, fóllame, puéblame, enférmame, parasítame, devórame, despedázame, contempla mi desnudez congestionada de sentimientos, incapaz de seguir con la impostura, ofréceme tu culo mientras besas mi voz, consigue que la vida tenga algo de sentido entre tanta arbitrariedad y mezquindad.

Miénteme y dime que me amas.

Camins by Sopa de Cabra on Grooveshark

sábado, 28 de julio de 2012

Interludio poético para mi inmensa minoría.

El canto de plañidera es una nevera vacía donde juegan las ratas,
el éxtasis después de la agonía es el amor que se aprende de los que fueron y ya no son.
La esperanza es una canción sin letra, como la mejilla seca de una flor que encuentras entre cartas de amor llenas de polvo.
Y antes de que el musgo cubra tus labios y borre su nombre de la tumba,
recuerdas que no soportaba vivir en voz alta, enamorada de un silencio con forma de corpiño.
La conjetura no deja de ser un mar sobre un mar, un pasillo embrujado que oculta un dentro de un yo.
Y ningún revolver cargado podrá deshacerlo.

**
Te gustan los charcos, las canicas, los laberintos emocionales que llenan la boca y despellejan rodillas, la poesía que huele a habitación estancada, sudor y sexo, los cigarros que se apagan en los dedos mientras escuchas a los cipreses llorar por el viento.
No te gusta pertenecer a las cosas, a la gente. Quieres ser una piel demolida a golpes de besos y abrazos, quieres ser la tinta derramada que transforme el dibujo, quieres iluminar una habitación con tu saliva y recordar como las mariposas brotaban de tu coño y se posaban en mis manos antes de morir.

**
Rojo. Rojo insomnio. Como el vino de rosa putrefacta, como unos ojos cobrizos pasados por el tamiz del deseo, como el carmín de una puta, el virgo granate, el rubor escarlata, como los rubís que anidan entre tus piernas, como el mar desencantado ante un atardecer de mal presagio. Y allí donde mire el mundo es rojo, mi querida pelirroja, una herida abierta que sigue supurando tu ausencia.

Memories of Green by Vangelis on Grooveshark

miércoles, 4 de julio de 2012

El futuro de Rorschach (II)

La resignación es la aceptación de lo inevitable. Así me siento con respecto a mi relación con Ophelia. El sexo se ha atenuado y ahora vemos en el otro una figura más cercana a la realidad, ¿nos despedimos o seguimos con el beso de rutina antes de acostarnos? Las relaciones son como un libro, la primera página es el primer roce con intención, pero al cogerlo entre tus manos ya intuyes el número de páginas. Los optimistas, extrañamente denigrados como románticos, suelen releer los mejores párrafos para alargar la trama y esperan incasables la segunda parte. Pero el agotamiento ya está latente en ese primer encuentro. Eres perfecto hasta que abres la boca, te bajas tus pantalones, dejar de venderte y empiezas a sincerarte del todo. O quizás no, quizás existen relaciones sin bostezos, donde las leyes de la naturaleza se disipan y las endorfinas son eternas. Pero seguramente se debe más a factores externos que nos distraen, como la familia, la lealtad, el masoquismo, enamorarte de alguien que no existe siendo tú alguien al que no dejas existir totalmente. Abnegación como sublimación de la autorrealización personal en el otro, síndromes de Electra y Edipo.

Me voy por las ramas, culpemos al alcohol. Lo que intento decir es que Ophelia y yo hemos perdido la inocencia. Si solo fueran sus grandes orejas, o el pasado sentimental siempre erigiendo alguna sombra, podría aceptarlo, pero hay otros detalles inaprensibles que nos separan, como su forma de enfrentarse a los problemas o sus silencios a destiempo. Pero odio los finales, por eso me cuesta implicarme. Y no me refiero solo a las mujeres, me sucede con los amigos, con los lugares donde paso más tiempo del habitual. Me cuesta asumir que las cosas no son para siempre, que son fungibles, que desaparecen. La gente habla de aceptación como forma de madurez, pero a mí solo me produce tristeza.

Me acuerdo ahora de esa vidente que a finales del año pasado –post aquí-, me aseguró con sus visiones prospectivas que una mujer trigueña iba a conquistar mi corazón durante años. No habló en ningún momento de conejitas parlanchinas. Quizás con el fin de distraerme me entran ganas de ajusticiarla por crearme falsas esperanzas

Zona del retiro, caseta de mala muerte descolorida por el sol. La anciana medio dormida, ojos como charcos, pega un respingo al escuchar a Rorschach entrar y le saluda automáticamente como si fuera su nieto favorito.

Rorschach: (Alzando la voz) Señora, exijo una retribución, he esperado pacientemente pero nada, absolutamente nada de lo que me dijo se ha cumplido.
Clotilde: A ver joven, cálmese, permítame una tirada de cartas (Baraja con pulcritud, corta con mano izquierda, disposición sobre la mesa, momento de concentración) Ah, ah, es normal que no se haya cumplido nada, tienes los caminos bloqueados. Necesitas una limpieza.
Rorschach: ¡¡Pero señora, no me ofenda, que me ducho todos los días!!
Clotilde: No, no, querido, me refiero a una limpieza espiritual. Tengo un santero recién llegadito de Cuba, Puede hacerte un trabajo y limpiarte los caminos.
Rorschach: (Levemente intimidado) ¿Por qué toda esa jerga que utiliza tiene reminiscencias homosexuales?
Clotilde: (Risueña) Querido, tranquilo, deja que te lea la mano. (La mira muy concentrada durante un par minutos, como si el mundo se reflejará en la palma) Sí, todavía tienes una oportunidad, la chica sigue ahí, pero tienes los caminos bloqueados. Haremos un endulzamiento y para finales de julio vendrá a ti.
Rorschach: (Retira la mano con cierta brusquedad) ¿Endulzamiento, pero de qué cojones me está hablando? (pausa) Aunque la idea de una mujer viniendo a mí… resulta agradable pensar que el destino todavía me conserva en su agenda.
Clotilde: (Decidida) Hoy mismo puedo hablar con el santero. Tirará los caracoles por ti toda la noche, bajará los santos de su madre y hará la limpieza. Solo te costará doscientos euros.
Rorschach: ¡¿Pero está usted loca?! Si le pago esa cantidad no tendré comida esté mes. Ni siquiera podré pagar internet.
Clotilde: No hay que ser tacaño con el amor, esa mujer estaba destinada a ti desde febrero, pero tienes mucha decadencia a tu alrededor y tienes que forzarlo. Es tu año del dragón, ahora o nunca.

¿Y qué he hecho? Pues pagar, me hubiera gustado veros ahí dentro, con esa anciana que parecía una de las Parcas con unas tijeras sobre el hilo de mi vida. Tenía datafono o sea que pagué con tarjeta. Y nada, ahora a esperar, me ha prometido que en veinte días empezaré a ver resultados.

Toda una profesional.

El Monstruo de las Ramblas by Facto Delafé on Grooveshark

miércoles, 9 de mayo de 2012

Confidencias Nocturnas.

Han pasado casi dos años. Nos reímos al pensarlo, tanto tiempo y parece que fue ayer cuando aún vivíamos juntos. Te he invitado a cenar, algo informal, ni siquiera celebramos tu cumpleaños el año pasado. Tú apenas bebes, lo justo para un brindis, pero yo ataco la botella con cierta desesperación. Miro a mi alrededor mientras enlazas banalidades, hay otra pareja en el restaurante con un niño, nunca quise niños, menos mal, hubiera sido otro error que añadir a nuestra lista. Te veo más guapa, joven, mucho más delgada, parece que te ha sentado bien estar lejos de mí. Te noto feliz, te pregunto por tu actual pareja, llevas varios meses con él, pero te muestras esquiva, excesivamente discreta. Quizás ya no quieras compartir esa parcela de tu vida conmigo, o temes que me ponga sarcástico.

Estrechas tu mirada inquisidora, supongo que me ves más calvo y ojeroso, la ropa negra y la barba me hace aparentar más edad, siempre me lo has dicho. Relleno nuestras copas.

Me das la gran noticia: te has quedado en paro. No pareces demasiado preocupada, es curioso, te recordaba siempre nerviosa por cualquier cambio, da la impresión de que has madurado, como si hubieras conseguido encontrar tu equilibro. Me alegra, pero no sé expresarlo, me pierdo en divagaciones, en un largo discurso de esos que siempre odiaste sobre la inutilidad de vivir en España, lleno de datos económicos y demasiado espeso para ser útil.

Ahora me hablas de tus planes para este año, en donde quieres trabajar y cómo quieres aprovechar el tiempo. Asiento y sigo llenando las copas, esta vez en silencio. Me doy cuenta de que no tenemos tiempo para pensar. Y cuando tenemos tiempo libre sentimos la necesidad de distraernos, como si existir fuera justificar nuestro ocio con alguna actividad, con llenar nuestro muro del Facebook con mensajes, fotos desde el móvil, siempre conectados a Internet. No sabemos disfrutar de nuestra soledad, tumbarnos y pensar, recreándonos en los recuerdos. Es demasiado cansado, como leer más de diez libros al año, como seguir una partida de ajedrez con demasiadas posibilidades contra un contrincante en forma de reloj de arena.

Miramos a nuestros abuelos, con esas relaciones sempiternas, entendiendo la autorrealización como concepto familiar, marcados por una mansedumbre que fluye entre la lealtad y la infelicidad y disparamos en dirección contraria, Tiempo-Jugada, Elección-Fornicio-Abandono, intentando eludir el eje de la verdad, ese punto medio, como si guardar un luto excesivo por una relación te convirtiera en un masoquista incapaz de seguir adelante con dignidad. No aprendemos, deglutimos nuestras raciones individuales sin apenas saborear, hasta que por suerte en ese ensayo y error -o quizás más bien por cansancio-, nos sentamos a contemplar el cuadro, e inesperadamente alguien se sienta a nuestro lado creando un canal de empatía, porque los dos, y esto es lo más importante, hemos hecho una pausa para recrearnos en su belleza. Es como releer un buen libro, la historia no cambia, pero tú cambias al disfrutarlo mejor.

Te miro con atención mientras atacas el segundo plato. Sí, fuiste mezquina, egoísta, mentirosa por omisión, ciclotímica, neurótica, pero siempre fuiste Ella: la que me cuidaba, la que me hizo los mejores regalos de cumpleaños, quien me acompañaba al teatro o me enviaba ofertas de trabajo a diario, la que me influyó con sus sueños de tener un hogar con biblioteca, la que me daba un beso antes de irse al trabajo o me abrazaba dormida en la cama, la que le gustaba ir a los parques a leer y dar de comer a los patos, la que siempre me enviaba un mail con ternuras, esa misántropa precoz que le gustaba hacer cosas solo conmigo, la que siempre venía con la idea de alguna nueva actividad o un viaje, la que me hizo aquella foto en la cumbre de la montaña, la que siempre estaba riendo y me llevó al concierto de Héroes, la que le gustaba cenar comida china mientras veíamos películas los sábados por la noche, la que pensaba que los hombres éramos unos inútiles y odiaba pedirme ayuda, la que desconfiaba de mí después de siete años y me hizo cambiar el contrato de alquiler. Así eras y posiblemente, en parte, sigas siendo.

¿Cuándo fue nuestro punto de ruptura, cuando dejé de quererte? ¿Cómo llegué a la situación de volver a casa del trabajo y que tu sola presencia me molestase, a pesar de que hubieras hecho la cena con todo tu amor, a pesar de mostrarte lo más atenta posible? ¿Cómo llegamos a dejar de tener confidencias, sexo, a que solo hubiera enfrentamientos, como un compañero de trabajo del que no puedes deshacerte, como se llegan a olvidar todos los detalles de ternura, a quedarte solo con el rencor, el resentimiento, como te vuelves una mala persona, alguien mezquino, desagradable, chapucero, capaz de gritarte por una nimiedad en tu cumpleaños?

Recuerdo situaciones dolorosas, de decepción total, de vergüenza ajena con salidas de tono y perdidas de respeto absolutas. Cosas que intentábamos olvidar pero que nos reconcomían en la garganta impidiéndonos respirar. Y todas las pequeñas cenas, los caprichos, los momentos de ternura, como un extraño reflejo del pasado, nunca parecían inclinar la balanza a nuestro favor.
Pero todo empezó por trabajar juntos, éramos demasiado diferentes, y el hecho de que fueras mi jefa provocó que necesitara sentirme por encima de ti en lo demás, competitividad. Vivir juntos no mejoró las cosas. Hay relaciones que se fortalecen ante la adversidad, en otras se crean dependencias tóxicas. Pero también es cierto que teníamos muchas cosas en común, pasábamos todo el día juntos y nunca nos aburríamos embarcados siempre en planes absurdos pero divertidos. Y si no teníamos dinero simplemente cogíamos la bicicleta y nos recorríamos toda la ciudad, o nos íbamos a la playa a disfrutarla como turistas. Pero siempre con esa dualidad, una cena maravillosa, todo un día magnifico que se estropeaba en una discusión estúpida que ninguno de los dos llegaba nunca a saber porque se producía. Siempre con la sensación de disfrutar de las cosas con el tic-tac de una salida de tono que mandase las buenas intenciones a la mierda.

Llevas un rato mirándome callada. Me disculpo. Me sonríes cariñosamente y me preguntas como estoy.
Te respondo que nadie se salva solo, que me siento así por las noches y por eso bebo más de la cuenta. Que cada vez me siento más cansado, más ajeno a la realidad, que pienso mucho en el pasado, pero no con nostalgia, sino con cariño, que a veces he pensado en llamarte, solo para hablar de alguna película, alguna serie o libro que me haya llamado la atención, pero que no sé cómo hacerlo. Porque todo cambia, ni a mejor ni a peor, solo cambia, y a veces esos cambios deshilachan las relaciones, las deshacen y ya no sabes cómo completar el puzzle de nuevo, que piezas mejor dejar atrás y que otras debes de añadir para, al menos, tener una imagen que nos guste a los dos.

Pero no te digo nada de eso. Te respondo que bien, disfrutando de la soltería, alguna aventurilla sin importancia, de esas que luego despachas con un sms de cortesía. Que la vida me sonríe y que... bueno... que quizás sea mejor terminar ya con el vino y pedir la cuenta.

Spaceman by Babylon Zoo on Grooveshark

viernes, 9 de marzo de 2012

Chorradas de un alcohólico que se siente solo.

Hoy me siento triste. Coincide con unos de mis días para escribir. Solo escribo, por razones de diversa índole, de martes a jueves. Soledad, tétanos y vino con el sabor a sangre ceniza del Shangri-La que se divisa al final de cada botella. Humor de fracasado, no espero que lo entendáis.
La gente aplaude, ríe, se inclina ante un becerro de oro de convencionalismos sociales, yo sigo masturbando la Herida/Rayuela rodeado de confetis de condones, yonqui de una decadencia que me impide olvidar su número.

Recuerdo a mis mujeres, como una bolsa de plástico de supermercado, buscando algo de viento para convertirse en nube. Así era mi amor por ti. Descubriste la caja donde escondía las últimas reservas de romanticismo y te cebaste con ella, un mero divertimento de niña caprichosa. Siempre serás el mar como perfecto preludio del primer beso, aunque las canciones que anclaste a tu recuerdo me ataquen a traición y humedezcan mi alma. Mi niña caprichosa, te amé, me cuesta reconocerlo, incluso ahora. Y por eso te odio. Pero solo un ratito. Eres tan especial que intento siempre eludirte porque la luz de tu recuerdo siempre me hace daño. Ojala leas esto. Y luego lo olvides. Solo tiene importancia cuando es correspondido. Lo sé. Aprendí esa lección...mi querida Amélie catalana.

También te recuerdo a ti, entiendo ahora, quizá demasiado tarde, que cuanto más fuerte era tu portazo, más intenso era tu amor. Una vez me echaste en cara que nunca te dediqué ninguna poesía. Y tienes razón, me acostumbraste demasiado mal, no me costó encontrar tu amor, tu dedicación, tu forma de aceptarme. Ahora ando perdido, incapaz de entender que las cosas no sean más fáciles y rápidas, que las demás no vean lo que tú viste inmediatamente. Echo de menos tu inteligencia, tu ingenio, tu fuerza. A veces tengo deseos de bajar a la calle, llamar a tu puerta y abrazarte. Y pedirte perdón, y violar tus labios. Pero mereces que no sea egoísta y te deje en paz, que me olvides. Haz tu vida, cree en el amor, busca el brillo y las mariposas. Quizá yo también vuelva a tener suerte, y si no es así, maldita sea, no hay conmiseración, lo tendré merecido. Aun sigues siendo la medida con la que estimo al resto de mujeres. Fui un ingrato. Lo siento. Tus amantes me envidian y yo envidio su tiempo. Cosas de la vida.

Luego estás tú, una simple puta. Te incluyo sin merecerlo como un adolescente al que han tomado un pelo y tarda demasiado en entenderlo. Me querías ladrándote los tobillos, y estuve así mucho tiempo. Eres tan estúpida y limitada, tan mezquina en tus mentiras, un trozo de carne incapaz ya de cambiar. Te maldigo con látex roto y moralina de vida fracasada. Te deseo lo peor. Y a su vez te doy las gracias por no darme una oportunidad. Tu sola existencia me hace entender la suerte que he tenido conociendo a otras mujeres. Tu sola ausencia ya es una virtud, como el hueco que deja un cáncer cuando lo amputan.

Y por último tú, mi dulce sumisa, sin juegos en común, como si hubiéramos comenzado en la casilla equivocada. Te llamaría ahora para decirte obscenidades al oído, pero sin romanticismo me siento extraño, quiero amar, quiero existir fuera de mi piel y sentir ese algo indefectible, sentir como mi confianza se transforma en afinidad a pesar de los lugares comunes de mis palabras, gastadas ya por el tiempo.

Pero conozco la sensación, estuve ahí, no fue solo mi imaginación. Empiezas a hablar y de pronto han pasado seis, siete horas, y no entiendes nada. No es solo simple química, es un paso más allá, es como si esa persona al otro lado del teléfono te conociera mucho mejor que tus padres, tu vecino o ese alguien con quien llevas conviviendo más de cinco años. Y sonríes, lloras, te lamentas. Y escribes su nombre en vapor de cristal como si tuvieras doce años y hubieras descubierto el amor por primera vez en la nuca de una compañera de clase.

Así funciona. Nada racional. No abres tu libreta y empieza a apuntar cosas en favor y en contra. Lo hice con mi ex, y el solo hecho de hacerlo me dio la respuesta. Es una putada, porque si pudiéramos elegir en quien depositar eso seriamos felices. Y Schopenhauer, la edad, el sexo, el cinismo, la soledad de una vida vacía, la racionalización…al final nada de eso importa. No es magia, pero hay algo inexplicable que te impulsa a ir en contra de ti mismo, algo que te hace sacar billetes de avión para otro país, algo que te hace besar a quien no tiene nada que ver contigo. De pronto dices “te quiero” y no es un formalismo. Lo sientes. Y sientes el miedo. Porque te pueden hacer mucho daño. Pero mientras tanto, da igual. Y no lo entiendes. Y quizás por eso, porque te dejas llevar, consigues algo que buscas inconscientemente sin darte cuenta.

Y cuando es correspondido, bueno…solo por eso merece la pena vivir. Cada segundo. Nunca lo dudes.

Enjoy The Silence (Depeche Mode cover) by Squealer on Grooveshark

viernes, 27 de enero de 2012

Abulia

Bienvenida a mis letras querida psiquiatra. Como me ha sugerido, y dado que en nuestras sesiones no conseguimos avanzar demasiado, voy a intentar hablar un poco de mí, de mis sensaciones por escrito. Espero que valore mi esfuerzo, mi recuperación me importa un bledo, de hecho no creo tener necesidad de ella, tengo asumida mis supuestas taras, lo que necesito es que tenga una oportunidad de entenderme.

A veces me mira con tristeza, supongo que es por su edad, es joven, vocacional todavía, no está cansada, no ve números ni nombres, se implica, proyecta. No cree que la solución sea simplemente medicar, drogar a un paciente y luego pasar al siguiente. Esconder tras antidepresivos un problema que cuesta esfuerzo resolver. También guardo la fútil esperanza de saber algo más de usted, un poco de bilateralidad. No veo cuadros familiares en su mesa, y por su acento se nota que no es de aquí. Su mesa posee ese extraño caos armonioso de la gente polivalente y emotiva. La verdad es que me gusta. Me gusta su tono de voz, me gusta cuando se toca el puente de las gafas cuando algo le disgusta, me gusta cuando cruza las piernas y balancea sutilmente el pie, me gusta porque no es pasiva, no se dedica a escuchar y fingir apuntar algo en su libreta mientras hace la lista mental de la compra.

Pero sí, tiene razón, vamos al tema, a la masturbación de interrogantes. Últimamente no puedo dormir. Me dedico solo a leer y a ver películas, tengo una vida parecida a Charles Crumb. Si, el hermano mayor del dibujante. Se suicidó. Hay un documental muy bueno producido por David Lynch. Un poco deprimente la verdad. Vi también el otro día, porque supongo que esto también trata de vivencias personales, la serie de anime “Aoki Densetsu Shoot”, ya sabe, shojo, triángulo amoroso adolescente, autorrealización personal a través de disciplina deportiva, muerte al estilo Touch, y grandes batallas. Recordé, viendo el último capítulo, que estuve durante un tiempo en un equipo de futbol, pero lo dejé, no me gustaba correr. Una metáfora de toda mi vida. Nunca me he esforzado por nada, ni siquiera por las mujeres, ¿miedo a perder, a sufrir? No sé si fue Oscar Wilde el que dijo “Mejor haber amado y haber perdido que no haber amado nunca” Da igual, teniendo en cuanta De Profundis y el final que tuvo cualquiera se fía de su opinión.

Aunque he de reconocer que hay una cosa en la que siempre me he esforzado.

Es difícil hablar sobre el alcohol o las drogas a mi edad. Cuanto eres un adolescente es más fácil ser condescendiente o displicente. Pero con mi edad cualquier defensa, alegato o pequeña crónica suena ridícula, estúpida, anacrónica. Como cuando una mujer mayor viste como una colegiala, hay cierto rechazo comprensible en esa imagen a priori poco elegante.

Lo llamativo es que tengo ejemplos muy cercanos. A. es cocainómano. A despecho de informaciones gubernamentales, hacerse adicto es complicado al menos que te hagas tu propio proveedor. Y también el de otros. Es cara, de mala calidad y requiere muchos años con grandes dosis. Luego sí, aparecen las paranoias, las manías persecutorias, algo de TOC, perdidas abismales de memoria. G. es alcohólico y encima lo mezclaba antes con su medicamento contra la esquizofrenia. Aún recuerdo cuando me lo encontré bebiendo solo de madrugada, una de esas botellas rancias de vino que se utilizan para cocinar. Fue como la escena de la naranja mecánica en al que el gordo empieza a hablar con su fusil.
Luego hay gente de mi edad, compañeros de viaje a los que parece que hayan golpeado con un bate de béisbol en la cabeza repetidas veces.

Todavía recuerdo a L. que debe de llevar más de veinte años fumando porros a diario y del cual llegué a pensar que padecía el Síndrome de Asperger. Y C. que siempre me dice lo mismo “Putas y juerga” Tiene un trabajo manual de más de diez horas al día, de viernes a sábado. Y ahí le tienes: sobreviviendo. Puto tarado, tengo que ir a verle algún día.

Pero no quiero aburrirla con ejemplos ajenos, lo que quería indicarle con esta introducción es que tuve constancia en su momento de la sordidez intrínseca. Y sin embargo, no me atraía el término medio, el disfrutar de las cosas con mesura. Quería llegar hasta el límite, hasta el final de la historia del Kronen. Los demás tenían su propia perspectiva, se miraban el ombligo en busca de ambiciones, sueños, ilusionados en proyectos de éxito. Aprender y adaptarse hasta conseguir una normalidad que te exima de juicios externos. Pero me hartaba que me vendieran su felicidad, una felicidad hueca e inexistente grabada en sus almas por la simple repetición de idearios.

Pienso ahora en tantos personajes femeninos luchando por esa normalidad, como la Señora Dalloway, o el amor del Gran Gatsby. La verdad es que no sé por qué hablo tanto de Irene Adler, la mayoría de las protagonistas literarias dejan mucho que desear…Madame Bovary, Anna Karenina, la viuda de Cinco Horas Con Mario, protagonistas del teatro de Lorca. Aunque como musas funcionáis perfectamente, estas líneas son la mejor prueba. Beatriz solo es especial como posibilidad.

Divago. Lo que quería decir es que hay otras personas que son más del tipo de Trainspotting, Fight Club. Gente que prefiere la no-vida, el no-movimiento, la no-elección. Mira por tu ventana, seguro que los identificas, son esos borrachuzos con pinta de mendigo que siempre recalan en una plaza o en un parque. Siempre por la mañana con sus dos o tres cervezas del supermercado. Malviviendo con alguna renta o porque viven en un piso de alquiler bajo. Siempre hay una mujer con la dentadura deteriorada entre ellos. Recuerdo que cuando vivía en Barcelona se reunían en el Parc De La Pegaso, detrás del Corte Ingles de la Meridiana. Observad a vuestro alrededor, no son invisibles aunque os esforcéis en ello.

¿Qué impulsa realmente a esas personas a despreciar su potencial, a afrontar las crisis existenciales desde un banquillo tan deprimente? ¿Falla algo en la química de su cerebro que les hace ver la decadencia como algo adictivo? ¿Cómo se sienten sin carisma, sin éxito, cuando pierden el respeto de su propia familia?

Al final la realidad es triste, no se trata de mártires de su propia libertad inventada, no se trata de la náusea o la falta de sentido: se trata de simple debilidad. Y al no asumir esa debilidad huimos. Escogemos una buena banda sonora, The End con Morrison, Ian Curtis, Velvet Underground, leemos los excesos de los famosos, de los malditos y buscamos ingenuamente eso. Putos retardados. La figura de Jim Morrison no sobrevive al leer su biografía, una víctima de sí mismo. Alguien guapo para las camisas y alguna portada. Pero en 1969 no era más que un pobre y gordo borracho bobalicón sin una pizca de talento.

Pero así somos, nos gusta la pistola apuntando a la cabeza mediocre del yonqui, nos gusta Chinaski, nos gusta esa mano temblorosa tirando la mitad del alcohol en la barra, no confiamos en la palabra Rosebud, somos como moscas de fruta a las que el conocimiento solo quita vitalidad. Sigues bebiendo porque odias la realidad, por inercia, por el vértigo cada vez más pronunciado por todo el tiempo perdido. Es curioso como en la antigüedad el ideal no era la sobriedad, sino la ebriedad sobria, que facultaba para gozar el entusiasmo sin incurrir en necedades. El abstemio era visto como alguien limitado que prefería no avergonzarse ante los demás porque no se veía capaz de controlarse.

Ahora es cuando tocaría, como catarsis personal de toda esta introspección, una especie de moralina que nos haga sentir mejor a los dos. Me temo que no. Llevo más de veinte años bebiendo, lustros impares donde bebía a diario. Épocas donde no sabía ni que día era y mantenía el ritmo gracias a las drogas. Ya no es así, pero el motivo no son las secuelas, no estoy ahora más preocupado que antes por mi salud o mi cerebro. No, realmente el cambio a una rutina más moderada ha sido provocado únicamente por las RESACAS. Son el puto infierno de Dante, no hay metáforas suficientes en toda la literatura para describir el horror del día siguiente, cuando sientes como se va pudriendo poco a poco tu cerebro mientras una colonia de indígenas toca con tambores un puto réquiem acelerado.

Supongo que con este texto he querido que entienda que soy perfectamente consciente de mi situación, que no hay dramas infantiles ni nadie me encerró en un armario. Tuve mis frustraciones personales y albergo inseguridades que aún no he superado, como usted, como todos. Pero no me dedico a hacerme cortes en los antebrazos, aunque me parezca otra opción perfectamente válida dicho sea de paso. Tampoco tengo una depresión o excesivos –de momento- deseos de suicidarme, aunque la vida me parezca un avance irremisible a la perdida de nuestra identidad. Solo asumo, como le he dicho antes, mi miedo, mi debilidad de la única forma que soy capaz. Sé que hay consecuencias. Me gustaría invitarla a cenar y hacerla feliz.

Pero estoy seguro de que dejando aparte nuestra relación médico-paciente, se negaría. Esta es mi consecuencia, no tener a alguien como usted a mi lado. Perdidas. Pero elegir siempre es perder, elijas lo que elijas. Lo importante es no arrepentirse, ser consciente. Y si lo eres…adelante. Levanta esa copa. Esnifa esa mierda. Traga esas pastillas. Ábrete de piernas. Y por fin, enloquece totalmente.

Three Days by Jane's Addiction on Grooveshark

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Sísifo, Prometeo y Rorschach.

Mañana es una entelequia, una ficción, lo que importa es el deseo, la pulsión presente. Lástima que no sea una noche de sábado donde todo es posible, es un martes de esos que sales a la calle mirando atrás por si alguien deja alguna ventana iluminada como faro para el camino de vuelta.
Voy al cajero para que escupa el dinero de mi última nomina mientras pienso en muertos de hemeroteca donde la belleza se confunde con la verdad.

Me gusta cerrar bares, esas farmacias del alma donde combates toda tu soledad, rodeado de hombres átonos por el reflejo del fondo de su vaso, el tiempo detenido, sin origen, esperando hasta que la madrugada les embosque y haga desaparecer el pequeño misterio de su existencia. Pero hay trincheras llenas de gente como nosotros esperando a llenar el puesto vacío en la barra sin preguntas ni consignas.

Otra noche desesperada, de las que tienes el filo de la navaja apuntando a tus errores como las manecillas del reloj. Es tan absurdo buscar el alumbrado de la vida en los ósculos de las putas o de las doncellas, es más fácil invitar a una ronda a los parroquianos. Necesito gastar mi dinero. Lo que haga falta para olvidar esa nota olvidada en mi camisa, esa caligrafía que pensaba había olvidado, ese cariñoso apelativo que utilizaba conmigo.

Salgo fuera, nadie se da cuenta. Es agradable pasear de noche cuando la resaca aún no existe. Debe de ser más de la una y hace bastante frío. Observo a un par de vagabundos con sus ropas de abrigo agujereadas y sus cartones, alguno no superará esta noche. Me acerco a un viejo que rebusca en la papelera su cena. De pronto un timbre exagerado estropea el ensueño, el viejo me mira atemorizado. Saco el móvil un poco abochornado. Si es Ella tengo que colgar, me lo prometí. No, no es ella, de hecho no sé quién coño es. Lo apago. Cada día que pasa sin llamarme es una pequeña puñalada a mi autoestima.

Recuerdo –error- uno de nuestros últimos polvos, como te rompí las bragas, como había algo de rabia, pocos preliminares, sin romanticismo extemporáneo, penetrándote con fuerza, sexo vertical mientras tu coño se desbordaba. Gritabas, gemías, me utilizabas, me tirabas del pelo y cambiabas de postura. En algún momento nos miramos a los ojos como pidiendo perdón, como si supiéramos que ya no era posible dar más de sí y sin palabras nos mecimos en el sonido de tu piel contra mi piel.
Un mes después te llamé. Suelo ser orgulloso pero te llamé. Sin ningún plan, siguiendo un impulso al que no quiero dar nombre. Y tú, fría, desapasionada, casi anónima. Mierda, fue horrible sentir esa voz.

Fuiste tú quien me preguntaba por Bukowski, yo te relataba como se paseaba por habitaciones de hotel barato alcoholizado y en calzoncillos gritando que era un genio pero que solo lo sabía él, como se dedicaba a follar con putas y a enamorarse de ellas, como conseguía aguantar noches como esta.
Te decía: “dels teus pits neixen poemes”  y tú contestabas “Je vous aimerai jusqu'à ma mort. Je vais essayer de ne pas mourir trop tôt. C'est tout, ce que j'ai à faire.”
Todo era tan mágico cuando me corría en tu boca y te insultaba quedamente.

Salgo y veo en una marquesina a dos jóvenes, quizá demasiado, ilusionados con la mentira. Me alegro, es una fiebre que todos debemos de superar. Se cogen de la mano, se miran sin años de decepciones a sus espaldas, con confianza, hay sueños todavía intactos detrás de esa mirada. Él se acerca un poco más a ella en un gesto de protección cuando paso por delante, roles primigenios. Bonito. Luego todo se echará a perder y ella recuperará el tiempo chupando una polla de media a la semana. En un par de meses hasta el olor habrá desaparecido de su mente, las historias primerizas en la gran ciudad no suelen funcionar. Pero dejemos que disfruten de ese primer momento al mirar debajo de sus ropas, cuando ella sienta ese sabor almizcle y el dolor y el placer se conjuguen a la par. Todo tiene su proceso.

Me alejo. No quiero volver a casa. Solo necesito un poco más de alcohol para superar esta noche. Cojo un taxi, tengo que ir a Madrid, alejarme de este puto pueblo del extrarradio. Voy a Segundo Jazz, hay una jam sessión y el camarero me cae simpático. El típico lugar donde llevas a una mujer: un ambiente encantador, música a la altura. Luego te la follas y ella descubre años después que ni siquiera te gusta el jazz. Para compensar tanto cinismo siempre voy solo.

Atravieso el umbral. Pido mi Absolut Vodka. Intento disfrutar. Pido un segundo. Pasa el tiempo. Antes del tercero la angustia se abre paso. Salgo a la calle, demasiada emoción, demasiada nada en mi interior. Afloran recuerdos asociados a pensamientos de esos que los psiquiatras no aconsejan. “No estuve a la altura” se convierte en un mantra, “cobarde” “fracasado” se añaden en diversas tonalidades de desprecio autocompasivo. Empiezo a boquear, joder… ¿un puto ataque de ansiedad? Empieza a llover, necesito mojarme, necesito revocarme en el barro, me tiro al suelo en medio de la calle.

Alguien se acerca, un impermeable azul, como un trocito de cielo bajo la lluvia me obliga a mirar al frente. ¿Mi salvadora? ¿El destino conspirando? Aturdido, intento incorporarme.
No. Es un transexual, una lumi. Buenas tetas y buena nuez. Me ayuda a levantarme y con una voz sugerente me propone chupármela en un portal por quince euros. Me va a comer los huevos con fruición. Seguro que sabe chuparla mejor que ninguna mujer que haya conocido. Me toca la cara y su aliento me devuelve a la realidad. Le pido disculpas y sigo adelante.
Me he dejado el abrigo en el local. Me da la impresión que todo el mundo se gira a mirarme y decido largarme definitivamente de allí.

El viento se cuela entre los rotos de mi gabán, las mujeres sacan música del asfalto con sus carreras. En Madrid ya es navidad, con todos esos adornos y Papa Noel en los balcones, pero sigue siendo oscura, un enorme almacén abandonado. Sigo mojándome, no sé dónde ir. Tampoco literalmente. Me pongo algo de música, David Lynch…me gusta esta. Son las tres de la madrugada y de pronto una china se convierte en un oasis bajo la lluvia: tres botes de cerveza. Casi la abrazo. Me cruzo con un gato, pequeño, aterido y hambriento. Intento cogerlo, pero no hay cebo. Se mete debajo de un coche… ¿otra víctima más esta noche?

De alguna forma consigo llegar a casa, pongo la estufa y me derrumbo en la cama. Estoy calado y empiezo a tiritar. Aparece de nuevo Él, la imagen de lo que pude haber sido, un Superyó altivo que me mira con desprecio. No dice nada, pero escucho su voz dentro de mi cabeza preguntando “¿por qué?”

Joder, no necesito estas mierdas. Necesito pornografía, la masturbación es una forma eficaz de terminar el día. Empiezo a machacármela, pienso en algunas, en otras y al final en todas. Pero se mezclan las fantasías con los recuerdos. No hay manera. Me deprimo. Cojo el mando y pongo música. Satie, revolquémonos en el declive.
Recuerdo a Manolo, como se ponía en la calle a tocar la guitarra, como llevaba siempre una pequeña libreta donde iba apuntando estrofas, palabras, ¿Dónde se fue toda esa energía, cómo conserva la gente normal esa ambición para levantarse por las mañanas y continuar hacinados en su rutina?

Nos comportamos como si la vida se redujera a esquivar los sueños que antes eran todo, como si ahora fueran charcos profundos que pudieran tragarte por completo. Y cuanto más hábil te vuelves al saltarlos más fácil te resulta olvidarte de ti mismo.
Sísifo, dentro de la mitología griega, hizo enfadar a los dioses. Como castigo, fue condenado a perder la vista y empujar perpetuamente un peñasco gigante montaña arriba hasta la cima, sólo para que volviese a caer rodando hasta el valle, y así indefinidamente.
Es un ejemplo de la completa inutilidad de la vida. Pero Camus no promovía el quietismo o la pasividad ante el absurdo, nos obligaba a aceptarlo como la menos mala de las alternativas –un salto de fe religioso sería la otra- siguiendo adelante en un eterno enfrentamiento. Quizá Sísifo experimenta una breve libertad mientras el peñasco termina de caer y puede disfrutar en la cima unos breves instantes.

Recuerdo cuando tenía la respuesta a todas las grandes preguntas, aquí, a mi lado, en el sonido de tu respiración, dentro de esa mirada que sigue perdurando en las cenizas de todo lo demás.

Good Day Today by David Lynch on Grooveshark

miércoles, 23 de noviembre de 2011

La literatura es ofrendar memoria.

Hay rupturas sentimentales que tienen la potestad de marcar tus gustos musicales, pero no solo eso, también de provocar secuelas: escuchas ciertas canciones y un nudo en el estómago te escupe la realidad a la cara, sí idiota, ¿Cómo te atreves a dudarlo? Sigues enamorado.

Me desperté con una terrible resaca, ¿era jueves, invierno, de noche? No quería recordar nada, ni donde estaba, ni quien era, solo volver a la inconsciencia. Pero el dolor lacerante de mi cabeza discutiendo de igual a igual con el que provenía de mi pie derecho me obligó a incorporarme.
Me miré en el espejo del cuarto de baño: Mierda. Un cubilete de carne lleno de mierda. Pero a fin de cuentas alguien con cuenta corriente, nómina y medio gramo de cocaína todavía en el bolsillo. Sí, esa era la idea. Ahora una llamada al trabajo. Una mezcla de excusas entre gastroenteritis y el entierro de un familiar lejano y a dormir.

Un toque, dos, tres…una familiar voz de tono uniforme me da los buenos días y me insta amablemente a que diga algo. Y es ahí, en ese momento, cuando me doy cuenta de que estoy completamente mudo. Cuelgo. Bueno, quizás lo de ayer fue excesivo. Farmacia, antibióticos y totalmente rehabilitado en dos días.

Eso fue hace más de dos años.

Al principio parecía una broma de mal gusto, fui a médicos, especialistas. Nadie encontraba explicación. Seis meses después, con un despido de exigua indemnización debajo del brazo, me desviaron a la consulta de psiquiatría. Año y medio de terapia y seguía igual. Incomunicado.

Mis ahorros estaban empezando a peligrar, me había mudado a una habitación con vistas a un bonito patio interior donde vislumbraba bragas xl de sabroso encaje y vecinas derrotadas por la cotidianidad. Llevaba una vida más tranquila, sin mucha compañía, exceptuando visitas extemporáneas de amigos con los que compartía televisión y notitas ya creadas que señalaba con el dedo –el pragmatismo de la comunicación llevado al estadio supremo-, nadie de mi entorno sabía de mi problema, con simples asentimientos podía seguir compartiendo ascensor con mis vecinos, confidencias con cajeros de supermercados, tenderos o simples funcionarios. Incluso podía seguir manteniendo las mismas conversaciones telefónicas con mi familia.

Con las mujeres noté cierto éxito al principio, pensaba que mi extraña mudez convergía en un misterio que las atraía, pero al final comprendí que lo único que les interesaba era tener a alguien que les escuchase sin interrupciones. O quizás entendía mal sus intenciones y querían curar la ausencia de palabras de su príncipe encantado con muchas palabras. Peroratas inmensas.

Lo curioso es que cuando empezaba a interesarme con alguna, cuando creía que la cosa podría funcionar, lo fastidiaba todo hablando en sueños, casi a gritos. Ellas se despertaban enfadadas, sintiéndose víctimas de una gran estafa. Naturalmente todas reaccionaban de forma madura: arrojándome cualquier objeto macizo y puntiagudo que tuvieran a mano mientras me gritaban obscenidades que en otro momento me hubieran puesto cachondo.

Pero como iba diciendo mis pequeñas aventurillas me dejaban insatisfecho, me sentía solo y sí: tenía miedo de quedarme mudo para siempre. O sea que, con cierta sensación de apremio, decidí investigar por internet. Lo primero que encontré fueron varios blogs de gente que le sucedía lo mismo que a mí. Es lo que tiene este medio, cualquier inadaptado puede encontrar su pequeño oasis social. En mi caso personas con problemas psicosomáticos extravagantes. Entré en unos de los grupos. Había casos divertidos como Manuel: era pintor, y se quedó ciego cuando descubrió a su mujer con otro hombre. Vaya, pensaréis, si  todo el mundo fuera tan sensible estaríamos viviendo un “Ensayo sobre la ceguera”, pero hay un detalle más: ella le estaba chupando la polla a su perro, un pastor alemán. Joder, un puto trio.

Y ahí estábamos todos, gente normal que de pronto pierde el sentido del gusto, el del tacto –jodiendo sus relaciones sexuales-, gente que de pronto se volvía daltónica o sinestésica. Unos putos freaks en una torre de Babel virtual. El caso es que ahí conocí a mi querida sordomuda. La primera vez que chateamos cayó sobre mí esa vieja fantasía en la que la libre verborrea sexual campaba a sus anchas sin que ningún mohín ni rencilla posterior pudiera dosificarla. Vamos, patente de corso para decir cualquier burrada que se me antojase en la cama, y yo –en confianza- soy muy proclive a ello.

Solo habíamos hablado a través de chats, la única forma posible de hacerlo dado que ninguno habíamos aprendido a leer los labios y teníamos escasos conocimientos del lenguaje de signos. Desde el principio su historia me resulto extraña. Primero me dijo que había sufrido abusos en la infancia, que enterró esos recuerdos y tuvo una adolescencia bastante promiscua, de las que vas probando de todo y a todos. Y finalmente, en algún momento entre la decimoquinta relación tortuosa y la siguiente, el cerrojo saltó y recordó todo. Pero sonaba demasiado a cuartada. Y claro, ese misterio me embriagaba porque, ¿Qué podría querer ocultar que fuese peor que eso? En el caso de que no fuera todo una paranoia mía claro, cosa que a estas alturas del relato era lo más posible.

Hice ímprobos esfuerzos y al final la convencí para quedar en persona. Era magnifica, no por ser excesivamente guapa, sino por compartir algunos de esos rasgos que normalmente no emocionan, labios demasiado finos, palidez, una apariencia aniñada sin apenas voluptuosidad, pero que al final te van fascinando precisamente por marcar una diferencia con lo que estás acostumbrado a admirar.

Vimos juntos El Piano en versión original. Todos tenemos nuestros fetiches que reverberan desde el pasado consumiendo parte del presente. Eso pensé cuando puso justamente la pista número diecinueve de la banda sonora de Amelie. Me emocioné. Ella, sin saber el motivo exacto, me atravesó con esos ojos oscuros como muros de abismo, con intensidad, acariciándome la cara, quizá para sentir la vibración de mis lágrimas. Y ahí, los dos, en ese silencio acuoso, nos besamos.

Y el sexo era tan intenso como su mirada, era todo y nada, siempre y nunca, sin medias tintas. La muerte y la sorpresa. Una eterna luna de miel en la esclavitud de su cuerpo, un cuerpo donde ahora me perdía buscando ese placer que nunca es inocuo.

Siempre hay dos finales:

En el primero los dos se encuentran y se separan. No hay más insolencia que una mentira cuando se ha compartido a dos voces algo tan sincero. No se puede mantener, los fluidos se secan y solo quedan dos islas sin horizonte, con la misma soledad en la mirada, y con el mismo miedo.

En el segundo esas voces se hacen materia, uno de los dos, o quizá los dos a la vez, dicen las palabras que mueven el mundo, esas palabras que convierten a alguien anónimo en ÉL o ELLA. Esas palabras que detienen el presente en una epifanía de trascendencia y que abren el embozo del dolor y del placer más intenso: Te quiero.

The Promise by Michael Nyman on Grooveshark

sábado, 13 de agosto de 2011

Resortes existenciales

No es de extrañar que me de por escribir, después de Barcelona la quemazón en el alma me impide caer en la apoplejía del zombie, en ese duermevela de la conciencia que te permite seguir respirando en el deposito de cadáveres, en esa rueda de noria que empujamos día tras día, sin más legado que mearnos en las brasas de un campo de concentración.

Leo a Kundera y me recomienda desde sus líneas a un compatriota Leos Janacek, con unas maravillosas composiciones de piano que brindo a mi vecina, ahí quieta de nuevo, observando la nada con cierto asco. Todo es perfecto, quizá falta esa mujer sumisa buscando mis zapatillas mientras me roza el paquete con sonrisa de zorra.


Quizá debería revolcar mi dependencia en una puta, de esas cariñosas que te dan charla antes y después, alargando la media hora de su cliente fijo. Para eso tendría que trabajar más de media jornada, el amor es caro.


Las mujeres tienen fácil su legado, concibiendo, amaestrando a sus pequeños tiranos ingratos. Vivimos en un puto matriarcado y ellas, tan listas para todo tipo de sutilezas, todavía no se han dado cuenta, simplemente esperan como una maquina bien lubricada a que el amor se haga carne, como si el milagro de la erección ante una belleza dudosa no les pareciera suficiente.


Digresión. Me gustaría hablar de mi primera novia: se suicidó. Ya me imagino a esa caterva de anónimos que pululan por la red frotándose las manos con los lugares comunes. Pero vamos, que se suicidó años después. No tuve que ver, al menos conscientemente. Estuvimos juntos y nos tratamos mal, lo habitual a esa edad.

Con ella perdí mi virginidad en un cementerio. Creo que mis problemas de erección a partir de ahí están sumamente justificados, sí, el rollo romántico todavía me posee, pero hay una ciertas practicas perturbadas que salen a la luz en la tercera cita que aun no puedo dominar.

Fue como era ella, frío al principio, no solo por la lapida escogida o la brisa otoñal, y brutal al final, con mordiscos, arañazos, golpes y esas peticiones desbocadas para que me la follase con dureza, como a una puta. Le gustaba más el dolor que el placer. Me enseñaba esos surcos blancos cicatrizando lentamente en su antebrazo y sonreía, "Un tributo", ¿A qué? le preguntaba. "A mí misma. No lo puedes entender".

Su vida había sido normal, sin traumas, con unos padres amantísimos y protectores…no había explicación a su caótica existencia…quizá se conocía demasiado bien y no quería rechazar esa parte de si misma a pesar de las consecuencias.


Luego esas conversaciones sobre la muerte, ideas demenciales para alguien que frisaba los diecisiete pero un juego más de fin de semana mientras pateábamos los góticos de Madrid y volvíamos medio dormidos en el búho de las dos, ateridos en plaza castilla, dormitando confesiones, eligiendo el hombro izquierdo -¿o era el derecho?- para un tatuaje de Robert Smith. Recuerdo traducirle canciones de Depeche y The Cure mientras estábamos en mi casa y como ella se emocionaba.

No sé cuanto tiempo estuvimos juntos. Quizá cinco meses. Me dejó ella, naturalmente, creo que nunca he abandonado a ninguna mujer, incluso cuando he tomado la iniciativa han sido ellas quienes lo han provocado. Podría decir que hubo cierta elegancia en las formas pero no fue así, a la semana siguiente ya se la estaba chupando a otro en un baño de Argüelles. El amor, el amor…

Hubo un par de meses en los cuales mi orgullo se fue de vacaciones. Luego estuve casi tres años sin estar con nadie más. Joder, reconozco que estaba algo resentido, quizá asustado. Tenía demasiada libertad, me limitaba a quedarme en casa bebiendo o escuchando música. Para mí la selectividad fue como Woodstock.

Años después, en una de esas reuniones sociales en las que odias la vida, Antonio se acercó ávido de morbo y me soltó la noticia.
-¿Sabías que tu antigua novia se suicidó?
-No puede ser, ¿estás bromeando?

No, no bromeaba. Y como en estas cosas todos estamos al mismo nivel, la siguiente cuestión fue preguntarle cómo lo hizo.

From the Edge of the Deep Green Sea by The Cure on Grooveshark

miércoles, 6 de abril de 2011

Dedicado a las ex de Rorschach. Posdata: Acoger la asexualidad en primavera es una ablación de la naturaleza femenina. Por favor, adorad vuestra libido, no la antepongáis al desamor...

La mujer del amor eterno, musa en este momento, de nombre Laura está cansada de la vida, o más bien de las pequeñas estupideces que le hacen perder trascendencia. Esas consignas ajenas tan anacrónicas no van con ella. Está tumbada en su cama individual y necesita, para ser claros, echar un polvo. Nadie se cree ese rollo de la asexual y carencia de libido como secuela del desamor dure demasiado. A lo sumo un cierto temor a no sentirse deseada por nadie digno después del último descalabro. Por eso, aún sin convicción, se ve a si misma maquillándose, escogiendo su mejor vestido negro y saliendo de casa. Local prominente. Y ahí entablando una conversación con el primer hombre que la corteja sin ambages.

Ese es el plan. Pero siempre hay algún problema. Cuando empezó a vivir sola, a plantearse la vida de soltera, sabía que no iba a encontrar al hombre de su vida de esa manera. A lo mejor sí, pero veía más factible encontrarle en el trabajo, en una reunión de amigos por alguna efeméride, en las clases de baila a las que quería asistir. No sé, prejuicios tontos quizás auspiciados por la idea del destino y de no forzar artificios de red social de contactos Pero lo que descubrió fue todavía más decepcionante, y es que muchas veces no podía disfrutar ni siquiera de un buen polvo. Se los llevaba a su casa, chicos guapos, atentos, evolucionados podríamos decir –guardábamos en el cajón de los escrúpulos que todavía viviesen con su madre, o que no tuvieran nada interesante que decir cuando abrían la boca- y de pronto en la cama, lejos de reaccionar, se demostraban en la mayor parte egoístas, intratables, aburridos, penes que no emocionaban y/o no daban la talla. Y cuando al fin, en alguna noche extraña de luna llena encontrabas alguno que follaba bien desaparecía al día siguiente con un “te llamare” y una cita solo para los martes.

Laura piensa en estas cosas cuando ve por el rabillo del ojo unas fotos antiguas enmarcadas en un lado del espejo del baño y se acuerda de uno de sus ex. Un tipo interesante, intelectual, quizás el problema vino después en la cama, cuando ya llevaba un par de años, ¿qué paso? No lo sé. Pero todo se convirtió en un desastre. Quizás las discusiones. Se perdió la magia, la afinidad. Me condenó a tener siempre orgasmos clitorianos, como si sólo bastara con meterla y funcionar como en una fábrica. Sin sorpresas. Sin arritmias en el cuello. Sin improvisar, ni someterse. Era su princesa, pero en la cama, quería ser su puta. Todavía le quiero, no estoy segura de quien se equivocó. Pero eso ya es pasado.

Aun así hubo algunos polvos antológicos, cuando Marc se le cruzaban los cables podía ser una maquina sexual. Recuerda aquella noche en que venían borrachos los dos, riéndose por las esquinas, como se metían mano en cualquier parte, como ella disfrutaba susurrándole obscenidades al oído y él se frotaba contra ella abrazándola con todo su cuerpo, pudoroso pero a la vez totalmente exaltado, incapaz de aguantar el calentón.

Claudia no puede evitar pasar sus dedos por los rizos del pubis mientras recuerda toda la escena. Al llegar a casa la lanzó contra el sillón, la subió la falda y empezó a besarla los muslos, a bucear entre sus piernas. Recuerda –ahora con los dedos mas juguetones- como le daba pequeños besos aquí y allá mientras sus dedos largos y calientes se apropiaban de sus bragas y luego –al igual que hace ella ahora- naufragaban en sus interior con facilidad. Laura cierra los ojos, esta allí, en ese pasado-presente levantando sus piernas y empujando la cabeza de Marc entre ellas. Sus dedos me penetran mientras su lengua suavizaba mis contracciones chupando, lamiendo, reteniendo entre sus labios esa pequeña perla de placer. No lo puedo resistir y gimo, emito pequeños grititos de placer, esos que tanto te gustan, ascendiendo por mi garganta con tu nombre en cada uno de ellos. Es un orgasmo largo, dulce, de un placer desinhibido. Marc sabe cuando parar, se aleja surcando con su lengua mis muslos, mi ombligo, mis pechos, deteniendo con cuidado en mis pezones erectos, vanidosos, en cada uno de ellos. Nuestro pequeño secreto.

Escucho a medias como caen sus pantalones. Quiero comérsela como a él le gusta, quiero sentirla dentro de mi boca hasta el fondo, derretirla con mi lengua, saborearla entera con esa cara de viciosa que tanto le gusta, que tanto le excita, lamerle los cojones, presionarlos, sentir en mi boca su placer, su glande palpitante, como esta a punto de explotar y sólo yo puedo decidir cuando. Pero no me da esa oportunidad, me tiene ganas, y me la mete rápidamente, sin más pausas, vuelvo a cerrar los ojos y me dejo llevar. A pesar de todo tiene cuidado, va a jugar un poco conmigo, primero se mueve imperceptiblemente, luego con movimientos largos y pausados, sacándola hasta el limite, rozándome el clítoris ora con el pulgar ora con el glande. Pero el juego le supera, me pone a cuatro patas y empieza a follarme con ganas, con su mano derecha me aprieta los pechos lubricados con mis flujos o me agarra del pelo para que le mire mientras me folla. Acabamos en el suelo totalmente tendida con él encima y ahí, con el rostro cobijado escondo mi orgasmo, no quiero que pare, quiero que me folle toda la noche. Le siento mientras me muerde el lóbulo de la oreja y me susurra obscenidades, creo que no he estado tan mojada en mi vida. Escucho como me llama, zorra, puta, y me encanta, me encanta y se lo repito, le repito que Sí, que soy su puta, que me gusta, que puede hacer con mi cuerpo lo que quiera, que soy suya, que soy totalmente suya.

En ese momento me coge en vilo y me empotra contra la pared. Repito su nombre sin cesar, no puedo creer que me esté follando con tanta pasión después del tiempo que llevamos juntos. Me siento totalmente sometida con mi espalda contra la pared, con las piernas enroscadas en su cintura. Mordiéndole, arañándole la espalda, amándole. Un vahído y estoy en la cama, con él encima, exhausto, pero con una mirada febril, moviéndose lentamente. Cambiamos la postura. Me pongo encima, me siento ligera, alegre, poderosa, maravillada por el momento. No sé cuanto tiempo ha pasado y no me importa. 
Siento que algo escapa a mi control, sube por mi garganta, siento la necesidad de pararlo, de ahogarlo en mi interior, pero no soy capaz, el aire vibra con destellos de riesgo: “Te amo” me escucho decir. Él –siempre recordaré esto- me da un beso, de una dulzura, de una entrega que no he vuelto a encontrar en nadie. Y justo después, abrazándome con fuerza, siento como tiene su orgasmo, siento su respiración entrecortada, como me aprieta y se deja ir totalmente Nos quedamos un tiempo así, juntos, todavía le siento dentro de mí. Luego con un suspiro nos separamos y nos quedamos dormidos…

Laura abre los ojos, tiene los dedos arrugados por los flujos, no sabe cuanto tiempo lleva tocándose. Se ha hecho tarde, hay poca luz en la habitación. Se le han quitado las ganas de salir. Por el contrario piensa en llamar a Marc, total, ¿quién dice que los ex no pueden ser amigos…?

Clocks by Coldplay on Grooveshark