Me tiembla la voz mientras
camino, con el sonido del camión de la basura de fondo, por una serie de puntos
suspensivos en cursiva. Los ritos de cortejo provocan risa o muerte cerebral, pero siempre me he escudado en el triste analgésico de la aceptación
patológica. Miro mis muñecas, pienso en él, y da igual y duele a la vez, a fin
de cuentas todos seremos polvo dentro de unas décadas. Le amo como una
caprichosa niña a la que le tiembla la voz el día de su cumpleaños. Familia
desestructurada. Hay que combatir el sueño de alguna manera en esta noche masticable
de vino, idiotez y muerte. Dejadme sangrar.
Tu negación abriéndose paso
como un cuchillo de inaudible risa. Nos colonizó la modestia existencial de una
pizza que se enfriaba mientras discutíamos. Vencejos acuchillando el aire en Soylent
Green. Labios resecos, besos de cartón. Muérdeme, haz sangrar a las sabanas,
soy tu victima, un puto saco de genética desparramada sin talento que se convierte en una amante circunstancial.
Córrete. Córrete conmigo. Comparte
mi lluvia. Soy un coño quebradizo, un alfeizar de carne, un cuervo hambriento,
una mancha de fiesta en la pared. Y aunque el desastre sea evidente, miénteme,
escupe mi nombre, muérdeme, úsame, fóllame en el baño de cualquier bar.
Bésame hasta
que duela.
El mundo sigue cojeando bajo mis pies, nada existe más
allá del incendio silencioso de mi mente, entelequias en la oscuridad, un dios
sin polla que nos dedica un sueño y una ventana que nos embriaga con su
solución. Lo único que puedo hacer es follarte hasta que mi alma se seque de
cansancio. La luna muestra su guadaña, somos dos charcos unidos por la
hojarasca de sentimientos, ¿epifanías de psiquiátrico o sonrisa de coyote?
Te regalo sempiternos y tú me contestas con efímeros. Te
describo la nada y me señalas tus uñas pintadas. Tus ojos parecen barrotes
cubiertos de sangre y sudor, ¿eres un hada de absenta o una esfinge sin
secretos?
No importa. Te arranco las bragas y agarro con saña tus
pechos, me gusta sentir los pezones duros a través de la lencería. Me aprieto a
ti para que sientas mi deseo, mi lengua baila por tu nuca, tu cuello,
recorriendo tu espalda, te muerdo ese culo perfecto y te empujo sobre la cama.
Me encanta acariciar ese coño húmedo, vibrante, lleno de deseo y locura, noto
como cambia tu respiración cuando mi lengua se abre paso, como gritas, casi
suplicante, que te la meta ya, que empiece a follarme tu inalcanzable
imperfección.
Pero sigo lamiendo tu clítoris, reteniendo tus contracciones
entre mis labios. Me gusta que gimas mi nombre en un orgasmo siempre
desinhibido, me gusta marcar las fronteras de tus muslos, de esos pezones tan
vanidosos. Pero acabamos de empezar, me ofreces tu cara más viciosa y me la
empiezas a chupar, improvisando, saboreando, lamiéndome los cojones, sintiendo
en tu boca todo el placer. No puedo más. Te pongo a cuatro patas y empiezo a
follarte con ganas, marcando un ritmo demasiado rápido mientras te susurro obscenidades.
Nos dejamos llevar, es divertido, deslumbrante.
Me pides que te llame puta, que
fuerce tu cuerpo. El aire vibra con destellos de riesgo. Hay intensidad en tus
palabras, dulzura de tu entrega. Me corro con fuerza, casi con desesperación,
no quiero separarme de ti, quiero dilatar este momento. ¿Hay sitio en tu vida
para otra ruptura?
Anacleto: Había creado
el test cuando era adolescente, no recuerdo realmente si había más seriedad que
broma en todo ese proyecto, solo sé que lo hice sin planificación, en una de
esas noches extrañas en las que te haces demasiadas preguntas. En cualquier
caso me prometí que si en el futuro contestaba a todas las cuestiones con un No,
me suicidaría. No era un reto personal, simplemente sentía que tenía que marcar
unos límites, una rayuela en el suelo que pudiera ver desde mi habitación, un anclaje
de lucidez que me permitiera recordar quien era a pesar del número de serie que
me habían tatuado en el antebrazo.
¿Qué tuvo de especial esa noche? No lo sé. Quizás el insomnio,
una extraña añoranza, pesadez en el corazón, quizás los últimos acontecimientos
habían amargado demasiado mi rictus vital. Me obsesioné. Necesitaba encontrar
la carpeta donde guardaba el test y repasar de nuevo las viejas preguntas. Lo
encontré casi de casualidad cuando ya me había dado por vencido. La mayoría, no lo recordaba, ya estaban tachadas, llenas de
razonamientos subrayados con energía. Creo que en ese momento ya intuía que
estaba en disposición de completar el puzzle. De todas formas muchas eran bastante estúpidas:
¿Crees en la existencia de
Dios? Esta fue una de las primeras que había tachado. No sabía
engañarme a mí mismo, no me rendía a la evidencia de la nada, de la estúpida
soberbia de creernos especiales, de la incoherencia de la existencia. No
recurría a la fe para paliar el miedo a la muerte y el olvido.
¿Te sientes emocionalmente
apegado a alguien? Ni siquiera a mí mismo. He tenido pareja
hasta hace poco, es sorprendente la complicidad que puedes crear simplemente
mezclando un poco de ansiedad, soledad y algún orgasmo mal encarado. Una forma
provisional de llenar tus huecos. ¿Qué es el amor? Una decepción que nos
persigue. Fui sincero: le confesé mi vasectomía, que la idea de crear un nido juntos me resultaba repulsiva, que
las palabras de amor ya estaban estancadas en la rutina.
¿Eres capaz de dejar un
legado?No destaco por mi
inteligencia ni por mi belleza. La genética ha sido rencorosa, pero he de
reconocer que tampoco he sido capaz de compensar mi medianía siendo valiente o
disciplinado. Quise ser escritor, pero después de intentarlo durante años fui
consciente de mis limitaciones. Nunca lo he confesado, no me gusta airear mi
mediocridad, ya resulta bastante indecoroso ese rastro pestilente en mi
memoria. De todas formas parece estúpido aspirar a que tus cenizas conozcan una
gloría que, como mucho, dignificará una biografía plagada de claroscuros.
¿Eres capaz de emocionarme
con algo? Al no ser capaz de crear tampoco me emociona el arte ajeno.Antes pensaba que no recordaba mis
sueños, la realidad es más grave: ni siquiera soy capaz de soñar. Y cuando
estoy despierto deseo huir. Cuando dejas atrás la adolescencia, cuando has
saboreado el aire helado de la cumbre y echas la vista atrás sabiendo que ahora
queda el descenso, sin más metas que la decadencia y el encorvamiento de
espíritu, la naturaleza enmascara tu crisis existencial en una necesidad reproductiva,
en esa voluntad de vivir bañada de
romanticismo. Soy un extranjero en mi propia mente, nada de eso me interesa.
¿Volverás a enamorarte?
Intento entender a las mujeres dentro de los límites intrínsecos de su incoherencia.
Y concluyo que el problema siempre es mío, no estoy a la altura de lo que
desean. La realidad me ha escupido demasiadas veces su insensibilidad, prefiero
el desahogo efímero, la capitulación ante cualquier amor insustancial de
esquina.
¿Conseguirás ser feliz?
A veces miro el reloj como si sus manillas estuvieran apuntalando los clavos de
mi ataúd. Y me echo a llorar. Esa sensación de llegar tarde al estreno de tu
película y no poder seguir el argumento, todo el público ensimismado delante de
una historia que a ti solo te provoca náusea. Y quieres levantarte, huir. Pero estás
atrapado en el asiento. Y solo anhelas que todo termine, que alguien encienda
las luces y diga que es un error. Pero la película continúa inmisericorde sin
darte ningún descanso.
Y seguían y seguían… No recuerdo cuanto tiempo me llevó. Pero
cuando completé con cierta poesía la última pregunta supe que no me estaba
dejando llevar por un momento de desesperación, solo había llegado a la
conclusión lógica. Era el momento. Quedaban solo por resolver ciertos detalles
Cortarme las venas me imponía cierto respeto, el corte
tenía que ir desde el codo a la muñeca para ser efectivo. La intoxicación dulce
por monóxido de carbono en un coche quedaba descartada por la ausencia del
mismo. Me agradaba la imagen del puente, pero son demasiado bajos, solo provocaría
demasiado dolor y lentitud. Una buena combinación de pastillas y alcohol,
quizás cicuta o cianuro por rememorar algún clásico, pero me llevaría unos días
conseguirlo y tenía que ser esta noche. La explosión de gas, sería lo ideal, instantáneo.
Pero no quería librar a mis vecinos de su infierno personal antes de tiempo.
Estaba pensando en el mar como ideal romántico del fin,
cuando Ian Curtis empezó a sonar en la habitación.
Comprobé el nudo corredizo y empecé a masturbarme en el
suelo del baño. Pensaba en ella, aquella vez en el cementerio. Rememoraba sus
caderas, la risa escondida detrás de su melena azabache, esa forma sinuosa que
tenía la ropa de pegarse a su cuerpo. Nunca volví a amar a alguien de esa
manera, era como un rio de placer fluyendo entre mis dedos, su sonrisa de
violetas era mi hogar, el lugar donde quería permanecer para siempre. Meses más
tarde llegó la desesperación, porque el placer es la frontera más efímera del
dolor. Y ahora, mientras el nudo se cierra del todo y el mareo nubla mi vista,
es cuando más la deseo, cuando más visceral resulta su recuerdo. Fuiste la
primera, mi Beatriz, el momento que
eclipsó todo lo demás.
El estertor llega junto al orgasmo, el placer se difumina
en la inconsciencia. Por fin puedo descansar…
Gerente: Muy bonito, pero es una historia poco
original. Te encuentras en el purgatorio de conejos literarios. Si quieres
descansar antes tendrás que ganarte tus Orejas De Oro.
Anacleto: ¿Cómo?
Gerente: Tenemos un sujeto, Rorschach, ha sido
fiel a nuestra causa durante años, pero ahora está en apuros. Tienes que bajar
y ayudarle.
Anacleto: ¿Ayudar a un humano? Eso no tiene ningún
sentido.
Doy una palmada en forma de aplauso sobre tu coño, una
forma mediocre, burda, incluso infame, de enlazar la penetración. Pero soy así,
no intento engañarte. Me corro sobre tu cara, en tus pechos caídos. Me limpias
con tu lengua, recreándote, para eso te pago, a mi manera, con mi llamada, mi
tiempo, mi energía. Y luego me secas con tus cabellos, como Magdalena. Una vieja
broma, somos católicos, nos hemos leído el panfleto sagrado.
Y pienso en ti
como un agujero en el que escurrirme solo para emerger más codicioso de otras
presencias. Me duele la cabeza, la vida me produce indigestión. Apuro la copa,
no te dejo vestirte. Media hora. Media hora más. Los dedos van arriba y abajo,
la boca resbala entre tus muslos intentando romper mi juguete favorito. Entro en
tu culo y te golpeo el rostro contra la pared. Gritas una sola vez. Escupo el
rocío de mis filias sobre tu oído esperando hacer crecer una flor desconocida
entre nosotros. Las prohibiciones son precursoras de los deseos, somos pequeñas
erecciones, polla y clítoris intentando abarcar más de lo que comprendemos
mientras la ropa cae como un animal muerto a nuestro alrededor.
Hay algo esencialmente hermoso en tocar fondo. Nadie nos
quita ese derecho inalienable mientras lo hagamos en nuestros ratos libres, de
forma silenciosa, civilizada, en relativa oscuridad. Soy una carga inútil para
mí mismo, no me refiero solo a la carga de esperma sin focalizar. Me siento a
escribir. Decido, después de abrir la segunda botella de vino, que mañana no
iré a trabajar, ¿qué sentido tiene? Prefiero pasar hambre, prefiero expresar
esta especie de canto de ballena crepuscular, prefiero vivir de insomnio. Prefiero
contagiaros mi dolor de cabeza, mi hambre, mi soledad, mi nece(si)dad, mi
toxicidad.
Me saco la polla en busca de estímulos. El amor. El
deseo. Te echo de menos. A ti, mi gran desconocida. Morimos solos. Y así suicidaré
esta noche. Creo que el gran problema de las mujeres es lamúsica. Me explico, es como estar en New York desayunando
croissants delante de Tiffany, pero sin Audrey cantando de fondo “Moon River” La vida
funciona un poco así: ganas dinero, eliges la casa, los muebles, la pareja, los
amigos, te desprendes de lastres, eres egoísta, taxativa, empática, y de
pronto, con el escenario perfecto, no suena tu banda sonora. Eres un extra más en una
aburrida película. Has planeado hacer sexo grupal y al final terminas
escuchando los gemidos a través de la pared. Las mujeres son demasiado vitales
para conformarse con algo así. Aunque cometan el error de llamarlo romanticismo.
Aby Warburg, un hombre que a los trece años le ofreció a su hermano
menor cederle su derecho de primogenitura sobre la fortuna y el negocio
familiares a cambio de que le pagase de por vida las facturas de sus libros. A
los cuarenta y cinco años poseía una biblioteca personal de más de quince mil
volúmenes, ¿hizo un buen trato?
La vida
es así, llena de maravillosas decisiones, aunque desde la atalaya del fondo de
mi vaso solo vislumbro tristeza. Podría recurrir a esa frase de nuestro
hemofílico favorito “-Lo siento;
no volverá a ocurrir.” para justificar mi
propia decadencia. Pero calculo que solo me resta una hora y media para divagar
antes de morir mientras la música, esa visión onírica del mundo soslayada por
las matemáticas, me exilia de todas esas peticiones anónimas que no sé ignorar
ni obedecer.
A veces
das una bofetada mientras la habitación huele a sexo. La cara de Jack Lemmon al
final de la película, la angustia del fracaso vital mientras la solución está a escasos metros iluminándote con su neón. Como leer “Histoire d'O” siendo virgen, como evocar un viaje sin atreverte a coger
el metro, como lubricar tu relación con veladas de estúpido quietismo ante el
televisor. Esa halitosis existencial, de finitud y mediocridad, donde Catherine
Earnshaw no existe, donde solo eres la mierda cantante y danzante resignada. Porque
me he resignado a no tenerte, a la soledad, a no ser bueno para nadie, a que
tus manos no me aten a la cama ni me acaricien, a no dejar huella en ti, a no
sentir de nuevo nostalgia por tu cuerpo desnudo. Solo quiero ser el Extranjero
de Camus, o de Houellebecq, un bucle de recuerdos en blanco y negro, un perfect day, como aquel último gemido entrecortado al penetrarte,
obviando el rencor, la decepción, la otredad, amortiguando las palabras de odio,
¿cómo te sentiste cuando se cayó tu sonrisa y no tuve interés en recogerla? Hoy
he visto una de nuestras películas.
Los aniversarios, por
tanto, suelen ser contraproducentes, bosquejos de sombras chinescas sobre el
tejado de la memoria. Cicatrices en el almanaque donde tu perfecta Bovary te
secuestra con su ausencia y no puedes evitar recordar sus mohines de niña
caprichosa, su pelo corto sin tirabuzones, su adagio de portazos. Aunque todo desfallece,
tarde o temprano, y finalmente tu pene cae fláccido supurando amistad y no
sientes esos escalofríos en la espalda que te impulsaban a poner todo tu mundo
a sus pies.
*** Mario se mete otra raya. Le deja traspuesto, como si derramara el alma sobre el libro de
ilustraciones de Klimt y fuera eso lo que estuviera esnifando. Normalmente la cocaína te pone frenético,
te hace huir de los espacios cerrados. Pero Mario, ese estúpido desertor de la
humanidad, se aposenta en el sillón desbordando con asincronía los marasmos de
su interior.
Mario: Hoy
una puta me ha sodomizado con un par de dedos. De forma imprevista, mientras me
la chupaba, sin ni siquiera pedirme permiso. Pero lo peor, lo más inquietante,
es que me he corrido de forma bestial.
Casimiro: Mierda.
Mario: Me
duele el culo, me han arrebatado mi virginidad. Pero ahora, en vez de sentirme
resentido, no sé, me siento más próximo a ellas, más mujer, como si pudiera
entenderlas mucho mejor después de esto.
Casimiro: Mierda.
Mario: Sé
que es un pigmento emocional muy fino, pero necesitaba compartirlo. Y ahora
permíteme hacer un último brindis: por el suicidio.
Casimiro: Mierda.
Mario:
Exacto amigo mío. Me he tomado medio bote de antidepresivos hace más de media
hora, ha pasado el tiempo suficiente para saber que no voy a vomitar. La mezcla
con alcohol me matará en una hora.
Casimiro: Mierda.
Mario:
Joder, sí, lo siento. Pero soy demasiado sensible para la situación política de
este país, tienes que comprenderme. Ya he hecho los preparativos convenientes,
he enviado a mi ex una grabación de voz con mis últimos momentos de placer en
solitario. ¿Te acuerdas del hada que llevaba tatuada? Me hubiera
gustado verla de nuevo y que por algún azar crepuscular me diera un abrazo.
También he repartido biblias y libros de autoayuda ente la gente que odio.
Casimiro: Mierda…
Mario:
Recuerdo aquella carta que me envió describiendo uno de nuestros últimos polvos…
“Tengo los pechos calientes, ebrios. Me besas como si
fueras una mariposa flotando a mí alrededor. Suena esa canción y no entiendo
porque. Estoy nerviosa. Me llamas puta, no es la primera vez, pero me haces
temblar. Me quito despacio la ropa, separo las piernas para que me veas, el
pelo se desborda sobre mi cara, sonrío con cara de niña viciosa. Me toco, me
acaricio, te muestro las ganas de tenerte dentro. Ojala estuvieras conmigo
mañana y no solo esta noche. Pero no quiero pensar en ello, solo quiero pensar
en tu polla, inmensa, llamándome. Me cuelgo de tu cuello, te beso, te muerdo, como
si estuviera ensayando un juego donde los sentimientos ya han perdido de
antemano. Te cabalgo, me duele, quizás ha sido demasiado rápido, pero se me
antoja una mezcla perfecta de placer y dolor. Grito un poco, mi mirada tiene algo de gata en celo. Te araño, te quejas y me agarras de las muñecas. Me gusta dejarte
marcas, una forma de poseerte. Noto tu mirada, no puedes aguantar más, soy
idiota pero me dejo llevar, tus dedos friccionan mi clítoris, eres un cabrón
tramposo, el orgasmo se alarga, ya no importa nada. Me miras con esa sonrisa,
me levanto y te meto en mi boca. Tan roja, tan caliente, succionando mis
propios flujos, respirándote. Noto como te tensas, tus testículos golpeando mi
barbilla mientras los aprieto con rabia, exprimiéndolos, ¿Te
gusta cabrón? Me coges como respuesta de las coletas, trenzadas para la
ocasión, y me follas la boca como a una vulgar meretriz, deslizo la mano hacía abajo
para llenar todos mis agujeros, me excita que me cosifiques, a la mierda los
feminismos, me gusta que me poseas de la forma más ruda, ya no sé correrme de
otra forma. Te vacías violentamente y me lo trago todo, te enseño la boca para que
lo compruebes pero ya estás mirando a otro lado. No importa, me tumbo a tu
lado, sé que todo esto es efímero, pero acurrucada junto a ti, escuchando como
tu corazón se va poco a poco recuperando, es cuando me siento mejor. No
suspires, no sonrías, solo quédate ahí, con los ojos cerrados, y descansa.”
Casimiro se larga,
demasiado alcohol, demasiada droga. No me ha tomado en serio. Ya ha pasado
media hora, empiezo a notar el cansancio, pero morir sin terminar la segunda
botella sería un sacrilegio. Un importante traspié en una biografía nihilista repleta
ya de demasiados fracasos. Otro problema es la sempiterna erección. Se
mantienen post mortem, imaginaos la cara del forense. Es una lástima que no
haya mujeres cerca, soy el mejor cunnilingus de todo Madrid.
Pero así suceden las
cosas, la banca gana, ¿qué mezcolanza de mierda, mis meritorios bastardos,
puedo publicar antes de la nada, como rubricar el sinestésico estertor?
Podría vivir otras vidas en las que colecciono vello púbico con el sudor blanco
del incendio del libertinaje, mientras Morrison sigue deslizándose en su bañera
de París, sombras de héroes que reconfortan cuando la náusea palpita en las
muñecas y todo se cubre de ruido y heces.
Pero todo termina aquí,
con mis labios curtidos de silencio deshaciéndose con el rocío de tu nombre,
desarropando todos los abrazos mientras mis zapatos se llenan de sangre y
vosotros, crueles clientes, apagáis el monitor sin mirar atrás.
Soy el vecino del quinto. Onofre, un parasito social que
colecciona botellas. Tengo episodios de leve violencia, como hace un momento,
amenazando al chino de mi barrio, exigiéndole bebida a pesar de ser más de las
doce. Pero es divertido escribir sobre la hermosa futilidad de la nada mientras
los antibióticos intentan combinarse de forma malsana con el alcohol. Sé que
puedo sobrevivir como indigente porque en mi casa, carente de calefacción
central, padezco los cambios de temperatura con las mismas consecuencias para
mi salud que si durmiera en la calle. Quizás, de forma inconsciente, intento
evitar los compromisos sociales de mañana. La resaca es una puta conocida a la
que no suelo guardo rencor.
Vaso vacío. Vaso lleno. Hay una cierta relación entre escribir y
beber. No es imprescindible. Tampoco la música. Pero para los decadentes es un
atrezzo vital, como las palomitas en el cine. Y además, lo más importante es el
presente puro, la aparición inmisericorde de letras sobre la pantalla, luego,
cuando el cansancio nos agarrote, cuando nuestra musa adicta a la absenta y al
bondage nos abandone ante la falta de creatividad, siempre podremos optar por
borrar nuestro rastro virtual, una solución menos radical que pintar la pared de masa encefálica inútil.
Hoy he visto, o mejor dicho, he punteado, que es una forma de abreviar
películas convirtiéndolas en montajes propios con los mejores momentos,
“Atrapado en el tiempo” o “Groundhog Day” película atemporal y asumo que conocida por
todos. Es curioso el cambio de comportamiento de Bill Murray: es un dios, tiene
la inmortalidad, puede hacer lo que quiera, pero se siente vacío, no puede
substraerse de la desesperación y se intenta suicidar. Luego, en el último
tercio de película, cuando ve que esta solución tampoco es viable -y motivado
por esas reminiscencias Frank Capra y por el entorno de comedia romántica-,
abandona su mezquindad inicial y empieza a desarrollar una ética de la virtud aristotélica,
a autorrealizarse e intentar ayudar a todo el mundo.
Como curiosidad en los extras se menciona que está repitiendo el
mismo día durante diez años. Joder. Diez años.
Vaso vacío. Vaso lleno. A veces también hay relación entre la escritura
y el sexo. Una foto. Tu foto. Tus pechos. Un calambre entre mis piernas. Mi
mano. Mi polla. Amor, o lujuria, quizás repetir viejos errores. O solo amarte
de forma aséptica durante cinco minutos de intensa y profunda nostalgia. Y
luego apagarte. Como un interruptor. Como la pantalla del ordenador. Y
aniquilar así todas las ansiedades. ¿Sabes que en el guión original del “Episode VI: Return of the Jedi” Han Solo
muere, los Ewoks no existen, Luke se convierte en un vengador trágico y no hay final
feliz? La autorrealización es respeto hacia ti mismo, no vender esa parcela de
talento que ciertas circunstancias aleatorias te han otorgado.
Sigamos. Las mujeres. Como la publicista diciéndome este viernes,
en un arranque de denostada sinceridad, que había sido mi falta de ambición lo
que había propiciado que Laura estuviera con un inglés en vez de conmigo. Que
majas son las mujeres, como esa compañera de trabajo que prefiere mi literatura a mi
persona, ¿es esa ambición de la que hablan, la que consigue penetrar la vagina de la vida, entendiendo ese
concepto como Welles, que llamaba Rosebud
al coño de su amante mientras filmaba su película? ¿Qué elegimos, en caso de tener esa posibilidad? Supongo
que mi pene arrastra su particular complejo de Asperger. Dentro de mi pequeña
idiosincrasia literaria me gustan más los términos pene-vagina que coño-polla,
pero acepto sugerencias.
Vaso vacío. Vaso lleno Mi gato vomita. Le tengo unos días mientras
mi ex folla con su nueva pareja. Normalmente eso sucede en nuestra antigua
cama. Sin acritud. Es divertido. La felicidad ajena digo. No suelo hablar de ella, ¿Qué decir? La única mujer con la
que no me he aburrido después de meses de relación. Inteligente. Culta,
Divertida. Alegre. Intensa. De carácter furibundo. Catalana, con estereotipos
incluidos. Aún recuerdo un mensaje suyo, meses después de dejarlo, donde
confesaba que no podía ver Up de
nuevo, porque durante mucho tiempo ese había sido su sueño: envejecer juntos,
canosos, con nuestras respectivas librerías, nuestras vidas unidas hasta el
final ¿Qué falló? Supongo que no me esforcé lo suficiente. Y también, en algún
momento, dejé de amarla. Y eso suele ser imprescindible con mujeres tan
intensas. Con las demás puedes, simplemente, quererlas, cultivar el apego, el
cariño, ser felices, sentarse uno al lado del otro, pero nunca de frente. A
veces te casas, tienes hijos, y eres consecuentemente feliz.
Reconozco mi cinismo, a fin de cuentas soy hijo de padres
separados y ausentes, he vivido la decadencia sentimental de mis vecinos filtrada
por las indiscretas ventanas abiertas en verano, he conocido la historia del pájaro azul, la de la mujer que tiene una hija autista y
un marido borracho, la enana que perdió la cabeza cuando murió su marido, pero que
durante los años de matrimonio le insultaba y amenazaba continuamente con
tirarle por la ventana, la adicta al bingo viviendo una segunda juventud fuera
de su domicilio conyugal. Basta.
Vaso vacío. Vaso lleno. A veces la vida es como un enorme atasco. Si
tienes suerte te quedas atrapado con alguien que resulta ser una buena
compañía, con momentos de sexo apasionado que empañan los cristales. Quizás
tengas un accidente o te quedes sin gasolina. O pierdas la paciencia al ver que
no te mueves y todo desemboque en un Día
de furia que te haga salir del coche con un bate de beisbol. Quizás la
radio no funcione o no consigas que suene la música adecuada. Quizás haya un
perro, o unos niños en el asiento de atrás, o tengas la oportunidad de hablar
durante un rato con el conductor de algún coche que se pone a tu altura. O tal
vez, en un gesto que muchos entenderán como una huida pero que supone el primer
acto de libertad desde tu infancia, te bajes del puto coche y avances caminando
por el arcén.
Este es un no-puente, formo parte de esa clase baja que ya no
tiene derecho a sanidad, a educación, a quejarse reunidos en una zona pública, soy
de esos que tienen que aguantar que Urdangarin quiera llegar a un acuerdo para
no ir a la cárcel solo por devolver parte del dinero que ha robado, o que
alguien como Carlos Fabra con su aeropuerto de personas llame inútiles a los
que le critican. Qué asco de país. Por eso no veo el telediario. Porque damos
pena, tendríamos que salir ahí afuera y matar. Así de simple: matar, destruir.
Estamos en manos de ineptos, o peor aún, de escoria humana que se ríe de
nosotros. Hasta a mí, que coqueteo con la idea del suicidio, me parece indignante
lo que están haciendo, y encima a sabiendas de que sus recortes sociales no
solucionan nada. Los mercados señalando al proletariado mientras los bancos siguen
subvencionando las campañas políticas y Angela Merkel continua masturbándose el
ombligo. Qué pena. Qué pena todas esas personas que tienen una familia. Qué
pena todos esos jóvenes emprendedores saliendo de la universidad, gente normal,
con sueños, con ambición, con ganas de comerse el mundo como corresponde a su
edad. Qué pena que lo único que podamos ofrecerles sea mierda, mierda y más
mierda. Y ni una sola esperanza de cambio. Solo el recetario común de aprender
un idioma y huir, o quedarse anclados en el desánimo, en una mortaja existencial
que solo les permita elegir una adicción para el fin de semana.
Copa vacía. Copa llena. Bah, dejemos el tema, soy alguien
tranquilo. Podríamos hablar del sexo sin penetración, la excitación de la
negación, “no te acerques, no me hables
no me toques, no me invites a tu casa” mientras vuestras bragas se humedecen.
El otro día vi, no sé exactamente en qué momento, ya sabéis, 2046. Aunque
sigo prefiriendo Deseando Amar. Podría decir que me estimulan el escroto,
pero no es cierto, son…bonitas, joder, sí, bonitas. Hermosas. Obras de arte.
Mejor en pareja. Mejor enamorado. Verlas solo es como ser una chica de trece
años y ver Dirty Dancing. Salvando las distancias menstruales.
Y poco más. Hay gente embutida en sí misma, una especie de costra
de tópicos que seca primero el coño y luego el alma. Luchad. Masturbaros.
Taladrad vuestras mesetas orgásmicas. Mandad esa carta. Haced ese viaje. Perdonad.
Recordad.
Creo que voy a morir pronto. Tengo solo treinta y cuatro, lo sé,
soy joven, productivo todavía para la cadena de montaje de esta sociedad,
aunque el futuro sean las pensiones privadas. Pero no estoy bien. No me siento
bien. No llevo una vida normal. Me embargan pensamientos que provocan que cada
vez me resulte más difícil levantarme de la cama. Es cierto que de momento me
puedo permitir seguir viviendo así, en esta habitación alquilada, solo,
trabajando de noche los fines de semana. Pero me estoy quebrando. La gente me
pregunta porque leo tanto: simple supervivencia, escapismo mental, termino un
libro y cojo el siguiente, a veces ni siquiera disfruto con ellos. Hoy no tenía
ganas de leer, abulia mental, o quizá incapacidad para superar mi mediocridad.
A eso de las cinco de la tarde me he metido de nuevo en la cama. A dormir. A
irme. Creo que podría hacerme adicto a las benzodiazepinas. Debería. He
despertado de madrugada. Sin comida en la nevera, con aliento de resaca. Llevo
desde el domingo sin hablar con nadie. La comunicación a veces es dolor.
Escribamos.
Creo que es difícil expresar las cosas importantes, al menos
las que son importantes para ti, porque suenan ridículas dichas en voz alta.
Nos sentimos demasiado expuestos, frágiles ante el escrutinio ajeno, ante su
crueldad. Porque la gente es cruel, es lo único que resulta sencillo para
todos.
Supongo que solo me pueden
entender las personas que les gusta la literatura, que tienden a empatizar con
personajes que no existen, a desear que existan, a enamorarse de ellos, a
buscarlos, En el fondo perder esa inocencia es un proceso normal, una inercia
como la muerte metafórica de tus padres. Aunque creo que esa incapacidad de
ensoñación nos convierte en personas más tristes.
Cuando tuve mi época
Amélie, no fue solo porque era una representación de todo lo que sentía y
sufría por ella. No, era algo más,
representaba un romanticismo todavía perenne en mi espíritu que había olvidado.
Las canciones hablaban de mí, las películas me emocionaban. Me comunicaba con
ella sin cinismo, directamente desde mi mundo interior y cuando terminaba, y
ella me sonreía, sentía como las piezas iban encajando. Y aunque no me
correspondía, me entendía, sentíamos cierta armonía en nuestros anhelos, en
nuestras fantasías, en nuestras ternuras. Existe
un lado cínico, pero este párrafo no es el lugar adecuado.
Y Amélie, con sus miedos, sus
pensamientos, su álbum de fotos desechadas, sus piedras, su enano de jardín, consiguió
brevemente que pensara que merecía la pena el peaje de sentir. El romanticismo es como literaturizar, es un engaño en sí
mismo, pones el foco emocional sobre unas cosas dejando en sombra otras. Pero
de alguna extraña manera eres feliz, que al final es lo importante. Y a veces,
después, el apego consigue que Ella se transforme en un hogar permanente, en un
ancla de significado al que siempre quieres volver. No hablo de dependencias,
aunque las haya, hablo de tener fe. No
en Dios, el Estado, El Trabajo o la Familia, sino en el Amor. En ese extraño
cumulo de sentimientos que no deja de ser una oda suprema a la irrealidad.
Ahora ya estoy totalmente
vacío de ese sentimiento, curado, como una metáfora de la fiebre del enfermo
que desaparece justo antes de morir. Quizá sea un momento de lucidez en una
carrera que me empeñaba en correr de espaldas, pero hay cosas que no podemos
elegir como nos afectan.
Recuerdo cuando esa
sensación latía con más fuerza en mí. Fue en EGB, cuando estuve perdidamente
enamorado de Patricia. Nunca le dije nada. Me conformaba con el platonismo, con
mirarla de lejos. Creía que sería difícil recordarla pero no es cierto: era una
chica morena de pelo largo, nariz pequeña, destacaba por su inteligencia, muy
aplicada en clase, tenía carácter, altiva, con toques rebeldes pero solo
insinuantes el último año. Buena persona, intentaba hacer siempre lo correcto.
Pero yo era terriblemente
tímido en la escuela, supongo que no sabía muy bien cómo comportarme, no tenía
hermanos, vivía prácticamente solo, sin visitas, me dedicaba simplemente a jugar
delante del televisión y a leer. Mi desconocimiento del género femenino era brutal.
Cuando tenía catorce años,
justo antes de entrar en el instituto, fue cuando vi la serie. Kimagure Orange Road. Cuando la
emitieron en Tele 5 le cambiaron el nombre por Johnny y sus amigos. Era un shojo anime, un triángulo amoroso. Un
chico con poderes psíquicos –Kyosuke- llega nuevo a la ciudad, se encuentra con
una chica –Madoka Ayukawa- en un parque, al final de una escalera de cien
escalones, y surge la atracción. Pero al llegar al instituto conoce a otra
chica –Hikaru- que se enamora de él y que resulta ser la mejor amiga de la
primera. Madoka mantiene una lucha interior entre su amistad con Hikaru y los
sentimientos hacía Kyosuke, y el susodicho nunca tiene muy claro que hacer, es
tremendamente indeciso y por otro lado tiene que esconder que tiene poderes, lo
cual siempre acaba metiéndole en problemas a él y al resto de su familia. Hay
muchos personajes secundarios que apoyan los tintes de comedia. Hoy en día esta
trama nos parecería demasiado ingenua, pero por aquel entonces –la serie data
de finales de los ochenta aunque aquí se emitiera cinco años después-, tanta
candidez no chocaba. También hay que tener en cuenta la mentalidad japonesa y la
forma de afrontar sus relaciones de pareja, el contacto físico, un beso, para
ellos requiere mucho más tiempo y es más trascendente.
Pero aparte de esa mezcla
de romanticismo, comedia y ciencia ficción, teníamos a Madoka Ayukawa. Aunque el
manga data de 1984, sigue siendo uno de los personajes femeninos más
inolvidables de toda la historia del comic. Es la perfección arrodillándose
ante sus ojos verdes y su pelo negro azabache de brillos violáceos. Atractiva, con
un toque de voluptuosa adolescencia, romántica, con carácter, capaz de dar una
bofetada a nuestro protagonista, con razón o sin ella, a la mínima excusa,
incapaz de mentir, con un acusado sentido de la justicia, amante de la música -tocaba
el saxofón y más adelante el piano-, con un pasado de pandillera poco claro,
deportista, valiente. No había nada que no hiciera bien. Aparte de su debilidad
por Kyosuke y el miedo a los fantasmas, no muestra ninguna grieta en su
carácter.
La serie duro 48
capítulos, de los cuales me debí ver en su momento la mitad. Me impactó
muchísimo, pero no había internet –era 1992-, por lo cual me quedé frustrado. Pero se había producido un
cambio… series como Dragon Ball, City Hunter –que trataba de un investigador
privado que siempre quería meterse en la cama con sus clientas-, Sant Seiya se
emitían en la televisión. Akira se proyectó en los cines. El puño de estrella
del norte se editaba en video. Pero todo fue muy lento, farragoso, se editaban
mangas que vendían en Japón en formato tankōbon, como si fueran comics
americano destrozándolos con el cambio de formato, sacaban películas en video
con doblajes pésimos, dividiéndolas en dos partes para vender el
doble. Un desastre. Pero algo bueno sobrevino de todo esto y fueron los
fanzines, los salones del manga, las tiendas de importación. Volví a ver la
serie, esta vez entera, y empecé con mi obsesión de acumular material, posters,
cds con la banda sonora, fanzines con cualquier mención, libros de
ilustraciones, Ovas, el manga en francés porque aquí nunca llego a salir
completo. Supongo que si fuera ahora, solo tendría que bajarlo de internet y en
un mes, sin apenas esfuerzo, ya habría agotado la experiencia. Pero en aquellos
años, para bien o para mal, todo era nuevo y mucho más lento. La gente se
reunía en las tiendas de comic, intercambiaba material, creábamos fanzines, mailing
list que se fotocopiaban y distribuían en cada provincia, se enviaba material o
copias de vhs por correo simplemente por el hecho de compartir. Ahora también
hay cosas así, solo hay que ver la cantidad de foros o de gente que, por
ejemplo, se dedican a subtitular series.
Toda esta obsesión
transcurrió paralela a mi nula vida sentimental. Buscaba a esa mujer perfecta,
no porque estuviera enamorado de un dibujo animado, pero sí de lo que representaba para mí.
Rechazaba en la búsqueda de ese ideal y cuando creía encontrarlo, era a mí, a
veces con talento y en otras ocasiones con crudeza, a quien rechazaban.
La verdad es que mi etapa
en el instituto nunca llegó a acabar. Tampoco hubo mucha miseria. Yo era un
buen estudiante, era inteligente, no tenía que coger apuntes ni estudiar. Pero
me junté con la gente errónea. Y ni siquiera por una convicción de rebelde,
simplemente porque fueron los primeros en aceptarme. Pasaron los años, y nunca
llegué a acceder a la universidad, mataba las preguntas bebiendo a diario, drogándome
a diario. A veces me daba por trabajar unos meses y observaba a la gente de mí
alrededor mientras se reían por las cosas más estúpidas. No entendía porque no
se hacían preguntas, porque estaban
tan felices acumulando sin más un día tras otro. Pero… ¿y yo? Tenía las
preguntas, las respuestas, y sin embargo estaba allí, con ellos, ¿Qué andaba mal conmigo, porque no quería buscar algo que me
sirviera también a mí? ¿Era miedo a implicarme y fracasar, era simple
indolencia? Luego me quedé solo. En parte porque era un cretino, en parte
porque empecé a aborrecer a la gente. O quizás la gente me asustaba. Hay una
línea muy tenue entre esas dos circunstancias.
Mi madre, con la cual
nunca he tenido una gran relación, me dejó ocupar una casa familiar y me
abandoné ahí. Cuando te aíslas tanto, todo empieza a perder importancia, el
abotargamiento te impide valorar el paso del tiempo, no hay nada que tenga
valor a tu alrededor.
Por culminar la historia,
y llegar a alguna conclusión solo entendible por mí, diré que al final terminé follando
por primera vez con una chiquilla que no representaba ninguno de mis ideales.
Estaba tan borracho que no me enteré de nada. Cuando al día siguiente quiso
repetir la eché de casa. Así de majo era yo por aquel entonces.
Lo que vino después fueron
una serie de relaciones sin ningún ápice de romanticismo, ¿para qué? Realmente
tampoco tenía mucho valor, y el sexo, ese enemigo natural de la religión que
tanta represión y neurosis ha provocado, nunca me pareció realmente para tanto.
Forzando la elipsis diré
que hace unos años editaron la serie completa en dvd con el doblaje original,
extras, todo bastante trabajado, incluso las canciones dobladas. Uno de los que
se habían encargado de ello era un conocido mío por fanzines de Madrid, freak
pero aplicado.
Cuando la volví a ver,
después de tantos años, no sentí nada, incluso he de reconocer que la tal Madoka
me pareció un personaje bastante fastidioso. A mi novia P. le fascinó, se hizo
fan, y reflejaba mi propia pasión de hacia una década. En ese momento ya supe
que nuestra relación no tenía futuro, mi yo actual no estaba a la altura de su
romanticismo, y ella, a su vez, no tenía el potencial de rescatar a ese antiguo
yo, cándido e idealista, que había sido en mi juventud, ya en ese momento, tan
lejana. "Cierta noche me encontraba sentado en la cama de habitación de la pensión de Bunker Hill en que me hospedaba en el centro mismo de Los Ángeles. Era una noche de importancia vital para mí, ya que tenía que tomar una decisión relativa a la pensión. O pagaba o me iba: es lo que decía la nota, la nota que la dueña me había deslizado por debajo de la puerta. Un problema relevante, merecedor de una atención enorme. Lo resolví apagando la luz y echándome a dormir."
Me llamo Cordelia, tengo treinta y dos años y mi hurón ha muerto. Es curioso cómo funcionan las asociaciones de ideas, recuerdo ahora como perdí la virginidad, como me atenazó en ese momento el mismo sentimiento de vacío, de insensibilidad. Tenía veinticinco años y quizás por miedo o más bien por orgullo, porque la persona que quería no tenía ni siquiera interés en mí, esperé. Hasta que apareció otro, otra relación turbulenta. Pero esta vez cedí, me acerqué a su casa y me folló. Sin velas, sin demasiado cariño, simplemente me puso encima de la cama a cuatro patas, me bajó las bragas y me folló. Y luego, con aire displicente, me pidió que me fuera. Hay lágrimas que nunca caen, no por una tregua mal entendida, sino porque el dolor queda encapsulado dentro de ti. Sentía que me lo merecía, que en el fondo era lo correcto. Quitar importancia a los hechos. Y claro: seguí con él. Yo le escupía algún te quiero, y él me follaba mirando el reloj. Cuando le dejé, después de año y medio, todavía extraviada en esa mezcla de obsesión y dependencia que es el amor, ya empecé a darme cuenta que algo dentro de mí no iba bien. Pero aún me sentía joven: me mudé de provincia, compré una casa, intenté moverme entre el escarceo sexual y la mentira. Y ahora, mientras sollozo estúpidamente por este animal inútil, fétido, que se parapetaba detrás de su jaula sin apenas prestarme atención, me doy cuenta de lo sola que estoy. Pienso en llamar a alguien, pero es de madrugada. Me intento convencer que simplemente es una crisis ridícula, que tengo que mantener mi impostura de mujer dura y descastada, pero en el fondo sé que no tengo a nadie, ni siquiera mi familia, a la que tenga el valor de despertar. Me ahogo en este piso, tengo una bola de bilis y angustia florando en el estómago. Me asusto. Cojo el teléfono y marco ocho dígitos, mis dedos revolotean sobre el noveno y al final cuelgo. Me conecto a internet, leo algunos blogs. Echo de menos al tal Rorschach, hace tiempo que no escribe nada, una vez superas su grandilocuencia infantil tiene algún destello escabroso que humedece mi alma. Le dejo otro mensaje. Sería gracioso vivir cerca y ni siquiera saberlo. No puedo seguir en casa, cojo al hurón del congelador, tenemos que salir de aquí los dos. Se me ocurre subir a la azotea y arrojarlo desde allí. O quizás arrojarme yo misma. Vivo en una tregua permanente con este sentimiento, a veces me pienso subida a la cornisa, cerrando los ojos, mi mente haciendo un amago extraño superponiendo estampas de un futuro que prefiero no vivir. Y un instante después cayendo. Sin sonido. Salgo y llamo al ascensor. Mierda, otra vez: no funciona. Vivo en un quinto, podría subir los otros siete pisos andando. Resoplo. Empiezo a subir escaleras. A pesar de las horas puedo vislumbrar algo de vida tras las puertas de mis vecinos, les escucho gritar, gemir –o su apocope en forma de golpecitos contra la pared-, un bebe llorando, teletienda en el televisor, videojuegos de guerra. Tan sola y tan acompañada. Por fin llego hasta la puerta azul metálica que da paso al tejado. Esta entreabierta, genial, seguro que mi imagen en camisón con un cadáver congelado en las manos causa furor en las reuniones de vecinos. Suspiro -debo de suspirar más de cien veces al día-, y empujo la puerta. Sólo hay una persona, ni siquiera le conozco, cosa por otra parte normal. Es un tipo alto, delgado, con pinta de intelectual desaliñado. No parece peligroso, más bien indefenso ahí plantado, fumando un cigarro mientras mira a lontananza. Se gira sorprendido, supongo que él tampoco quería compañía (…) Esta amaneciendo, Me siento feliz. Ha sido una noche inolvidable. Intensa. Más intensa que cualquier cosa que haya sentido hasta entonces. No puede haber sido una simple casualidad que el ascensor dejase de funcionar y él decidiera salir a la azotea a respirar, que nos hayamos encontrado precisamente ahora. No puede ser casualidad que hayamos derretido esa fina e indistinguible capa de hielo que nos recubre en apenas unas horas de confidencias y abrazos. Le miro y es como vivir un presente superlativo en el que todo se detiene y cobra entidad, contorno. Ni siquiera se ha dado cuenta del efecto que me ha causado, de cómo me ha conquistado sin apenas esfuerzo, con esa mezcla de fragilidad y fatalismo que tanto me conmueve. Quiero hacer las cosas despacio, me despido con un travieso beso en la comisura de sus labios y una sonrisa. Me giro antes de traspasar la puerta metálica y una punzada de decepción me traspasa cuando veo que se ha dado la vuelta y ya no me mira. Da igual, soy feliz. Es él. Sin duda. Bajo los escalones de tres en tres, paso delante de mi puerta y decido que voy a comprar el desayuno fuera, sonrío al recordar el final del pobre hurón entre la elegía humorística y el panegírico. Llego exhausta al vestíbulo. Me paro un instante delante del portal del edificio, sin salir. Cierro los ojos. Me pienso. De pronto ese golpe brutal, un sonido de aplastamiento. Se escuchan gritos y veo pasar a varias personas corriendo como sombras. Dejo de respirar. A la vez, detrás, algo hace contacto y el ascensor empieza a funcionar. La vida sigue girando.
Des ennuis des
chagrins, des phases Heureux, heureux a en mourir.
Me llamo Z y estoy encharcando el teclado con mi sangre.
Sonrío al oír chapotear mis dedos sobre las teclas como
soniquete expresivo de mis paranoias, como ese otro característico de cojones
contra vagina que nos suele dilatar la imaginación cuando el diálogo es
innecesario. La sangre gotea de los antebrazos, cortes horizontales, desde el
codo hasta la muñeca que me están liberando poco a poco. No hay mucho dolor, la
combinación de drogas legales y vodka obra milagros. De todas formas no voy a
morir hoy, no son heridas, son tatuajes de miedo y locura. Solo necesito un
poco de libertad.
Esta bien, eso es excesivo: sensación de libertad únicamente.
Me veo rodando junto a las demás bolas de mierda, rodeado de egoísmos, robots,
maniqueísmo, traumas, mentiras...lastres que hacen que la inercia aumente y que
choquemos unos contra otros produciendo dolor y odio sordo.
La mano izquierda se me esta durmiendo un poco, pero no me
preocupo, no es la primera vez que hago esto. Antes me masturbé, pensé en pulgares
horadando anos, en vaginas deshaciéndose en mi boca como un atardecer en
ruinas, pensé en tu boca meciéndose en mi entrepierna, en poderosas ficciones.
¿Mienten algunos cuando afirman que la cosa más viva es un recuerdo? Quizá no.
El caso es que no conseguí correrme. Mi polla de sangre me desprecia, como una
puta sin clientes, como un almanaque de sentimientos que estornuda cuando tiene
que reír.
Sería un buen relato si ahora llamasen a la puerta, entrase
una putilla venida a menos, tasándome con sus ojos inquisidores y yo,
calculando su tarifa, sacara la botella de vodka y dos vasos. Sería una buena
metáfora observar como va pisando con sus tacones rojos de aguja mi sangre,
todas esas pequeñas perlas de sangre que van enlodando el suelo. Sería
interesante sin duda, pero acabaría en muerte, acabaría con su garganta
cortada, con su pequeña cabeza separada del tronco y follada una y otra vez,
resbalando por su traquea hasta que saliera toda brillante y púrpura por su
boca, una felación diferente, pero gratificante sin duda.
Pero si hiciera eso pensaríais que estoy loco. O peor aun:
que soy un misógino. Nada más lejos de la realidad. O más cerca. La literatura es
lo que tiene, amputando la verdad pero dejando partes a la vista.
El caso es que llaman a la puerta pero no abro, no tengo
fuerzas para levantarme, quizá me he excedido con los cortes. Sigue pasando el tiempo
de una forma irreal, mientras la sangre me salpica el pecho en cada pulsación.
Quizá debería parar la hemorragia, quizá sentía más odio de lo habitual por mí y he apretado demasiado la cuchilla contra mi carne, quizá escribir
mientras pienso en mujeres abarrotando sus vaginas con mis palabras provoca que
mi corazón me desangre más rápidamente, siendo vosotras culpables indirectas.
Cojo el vaso de vodka e intento beber, pero mi mente pierde
el equilibrio y noto el sonido del cristal cayendo amortiguado por el dolor de
cabeza. Tiemblo, estoy cerca del punto de ruptura, pero siento la pulsión de
libertad que produce atrapar el eco de mi estertor en un párrafo…nunca me
preguntaron si quería una oportunidad. Me folle a mi madre, mate a mi padre,
viole a Dios y me cague en su cruz. Pero todo era inútil porque el problema
real se reflejaba en el semen incandescente que se deslizaba por tu cara: era
yo. Siempre YO. Porque para mi no había mucha diferencia entre los puntos
suspensivos y un punto y aparte, entre dejarme vivir o dejarme morir.
No es de extrañar que me de por escribir, después de Barcelona la quemazón en el alma me impide caer en la apoplejía del zombie, en ese duermevela de la conciencia que te permite seguir respirando en el deposito de cadáveres, en esa rueda de noria que empujamos día tras día, sin más legado que mearnos en las brasas de un campo de concentración.
Leo a Kundera y me recomienda desde sus líneas a un compatriota Leos Janacek, con unas maravillosas composiciones de piano que brindo a mi vecina, ahí quieta de nuevo, observando la nada con cierto asco. Todo es perfecto, quizá falta esa mujer sumisa buscando mis zapatillas mientras me roza el paquete con sonrisa de zorra.
Quizá debería revolcar mi dependencia en una puta, de esas cariñosas que te dan charla antes y después, alargando la media hora de su cliente fijo. Para eso tendría que trabajar más de media jornada, el amor es caro.
Las mujeres tienen fácil su legado, concibiendo, amaestrando a sus pequeños tiranos ingratos. Vivimos en un puto matriarcado y ellas, tan listas para todo tipo de sutilezas, todavía no se han dado cuenta, simplemente esperan como una maquina bien lubricada a que el amor se haga carne, como si el milagro de la erección ante una belleza dudosa no les pareciera suficiente.
Digresión. Me gustaría hablar de mi primera novia: se suicidó. Ya me imagino a esa caterva de anónimos que pululan por la red frotándose las manos con los lugares comunes. Pero vamos, que se suicidó años después. No tuve que ver, al menos conscientemente. Estuvimos juntos y nos tratamos mal, lo habitual a esa edad.
Con ella perdí mi virginidad en un cementerio. Creo que mis problemas de erección a partir de ahí están sumamente justificados, sí, el rollo romántico todavía me posee, pero hay una ciertas practicas perturbadas que salen a la luz en la tercera cita que aun no puedo dominar.
Fue como era ella, frío al principio, no solo por la lapida escogida o la brisa otoñal, y brutal al final, con mordiscos, arañazos, golpes y esas peticiones desbocadas para que me la follase con dureza, como a una puta. Le gustaba más el dolor que el placer. Me enseñaba esos surcos blancos cicatrizando lentamente en su antebrazo y sonreía, "Un tributo", ¿A qué? le preguntaba. "A mí misma. No lo puedes entender".
Su vida había sido normal, sin traumas, con unos padres amantísimos y protectores…no había explicación a su caótica existencia…quizá se conocía demasiado bien y no quería rechazar esa parte de si misma a pesar de las consecuencias.
Luego esas conversaciones sobre la muerte, ideas demenciales para alguien que frisaba los diecisiete pero un juego más de fin de semana mientras pateábamos los góticos de Madrid y volvíamos medio dormidos en el búho de las dos, ateridos en plaza castilla, dormitando confesiones, eligiendo el hombro izquierdo -¿o era el derecho?- para un tatuaje de Robert Smith. Recuerdo traducirle canciones de Depeche y The Cure mientras estábamos en mi casa y como ella se emocionaba.
No sé cuanto tiempo estuvimos juntos. Quizá cinco meses. Me dejó ella, naturalmente, creo que nunca he abandonado a ninguna mujer, incluso cuando he tomado la iniciativa han sido ellas quienes lo han provocado. Podría decir que hubo cierta elegancia en las formas pero no fue así, a la semana siguiente ya se la estaba chupando a otro en un baño de Argüelles. El amor, el amor…
Hubo un par de meses en los cuales mi orgullo se fue de vacaciones. Luego estuve casi tres años sin estar con nadie más. Joder, reconozco que estaba algo resentido, quizá asustado. Tenía demasiada libertad, me limitaba a quedarme en casa bebiendo o escuchando música. Para mí la selectividad fue como Woodstock.
Años después, en una de esas reuniones sociales en las que odias la vida, Antonio se acercó ávido de morbo y me soltó la noticia.
-¿Sabías que tu antigua novia se suicidó?
-No puede ser, ¿estás bromeando?
No, no bromeaba. Y como en estas cosas todos estamos al mismo nivel, la siguiente cuestión fue preguntarle cómo lo hizo.
El padre de la verdad es el tiempo. Ya esta todo escrito, solo podemos deshilvanar nuestra cadencia personal e intentar provocar -si hay talento- dos diálogos: uno con el lector potencial al que transformaremos y convertimos en nuestra presa, en nuestro cómplice…y otro desde ese ubicuo pasado literario desde el cual nos nutrimos consciente o inconscientemente. Más tarde, cuando la obra está terminada, se establece un único diálogo entre el texto y sus lectores, del cual esta excluido el autor.
Todo esta escrito se refiere al núcleo de la historia, las capas de tramoya son indiferentes, esto en vez de desanimarnos debería incentivarnos a diferenciarnos creando un estilo propio aunque no salga bien. Es curioso como en vida denigramos lo diferente, lo aislamos, nos da miedo, somos retrógrados y reaccionarios. Luego, cuando el enemigo de nuestra sacrosanta planicie existencial ha muerto y el tiempo lo dignifica, lo adoptamos/fagocitamos con prisa y pesadez de estomago.
¿No quieres decepcionarte? No tengas esperanza. ¿No quieres traición? No te enamores.
No estas loco, ¿verdad?
No, el alcohol solo es un síntoma, es demasiado tarde, echo de menos ese abrazo, la música es demasiado apropiada…la vida se ve mejor así, es más sencilla en esta euforia de soledad, como amar las dunas del desierto de tu piel con besos cuarteados color ceniza. Postrado ante el recuerdo de tus ojos verdes, tu pelo largo azabache -siempre la brújula insomne de mi imaginación señalando el mismo lugar-, una bofetada resuena en la noche como un pellizco en mi alma desubicada: es tu risa recorriendo los meandros de mi corazón.
Hay momentos en los que hay que elegir entre despertarse y enloquecer o seguir bebiendo. Dicen que todo se pudre al final, pero solo se pudre el papel con cincuenta y ocho razones por las que debería odiarte, una égida a mi autoestima. Son las tres de la madrugada y no puedo dormir, hace calor, un calor intenso, real, despótico… una perfecta noche lisérgica, adicciones sin embotellar con sabor a carta de una desconocida…
Dos meses después...
Las cosas son así: intenté superarte…te borré de las redes sociales, borré tus mails, tus mensajes de texto, tu teléfono, tus imágenes…expurgué todo mi entorno. Intente odiarte, asumir como axioma personal el típico “Todas putas”. Nada funcionaba.
Pensaba en el suicidio de Werther y Anna Karenina, en como el primero es producto de la causalidad y el segundo más de un arranque irreflexivo, de ese halo irracional que nos separa de las maquinas, que hace que matemos y amemos en la misma frase, en un solo párrafo.
Por eso te maté. No contestabas a mis correos, no querías verme, al final eras Tú o Yo. El resto ya lo sabes: fui a tu domicilio, te rapte, te viole, te mate…y te volví a forzar, aunque aquí empezaron mis dudas, porque, a fin de cuentas, ya no podías darme tu consentimiento, como mucho era una falta de respeto a tu cadáver, pero si tenemos en cuenta la vanidad de una mujer, la obsesión con su belleza, quizá lo que estaba buscando penetrando tu vagina fría y destartalada era una reconciliación, una bula de carne ante un cuerpo que solo representaba mi obsesión por ti, no por tu belleza.
Joder…
Sí, exacto, JODER, porque cuando meto mi lengua en esa boca pestilente, cuando naufrago en tus pechos descoloridos y te agarro del pelo con fuerza mientras te sodomizo…todo ese caudal de energía sexual de alguna forma esta retrasando tu descomposición…
Joder…
Sí, puede que la fricción, o algo relacionado con los libros de física cuántica que estoy leyendo, no lo sé, pero llevo un par de semanas y cada vez te encuentro más atractiva. Todas mis novias al final se sentían cosificadas por detalles sin importancia como atarlas a la cama y obligarlas a eliminar el vomito reflejo al follarme su boca a horcajadas, todas -menos aquella anoréxica…- le quitaban la magia al asunto con sus lagrimas a destiempo
Contigo puedo estar horas y horas y no te quejas, al revés, tu cara se empieza a transfigurar en una sonrisa cómplice. Casi diría que lubricas cada vez más, o quizá sea otra cosa, da igual, la oscuridad es mi mejor aliada en estos casos.
Como decía es el mejor sexo de mi vida, cada vez…no sé como explicarlo…cada vez hay más cosas nuevas…el viernes se te salio un ojo de la orbita y sabía que no era casualidad, era una invitación a lo prohibido, era un regalo de amor. Tu amor. Y lo acepte con una sonrisa, follándome tu nuevo agujero, intentando penetrar en tu cerebro una y otra vez…cuando me corrí y vi como se deslizaba el semen por tu cara fue una imagen…
Por eso ahora estoy huyendo. Intento recurrir a Dominica, esa puta gastada de ciento cincuenta kilos que vende su cuerpo por 15€ la sesión, su estampa analfabeta, ruda, fea y desproporcionada siempre me ha reconciliado con el mundo. Llegó de Huelva con catorce años huyendo de quien sabe qué y sobrevivió, pidiendo abrazos y calderilla en la estación de autobuses, hasta que dio con la persona equivocada.
Ahora escurre su don con una extraña afectación y orgullo malogrado, haciendo lo que nadie hace, explotando las depravaciones de todos sus clientes, difuminando la línea entre sexo y crueldad, como si necesitara que castigaran su cuerpo carente de belleza y éxito. Y ahí la tienes: violencia, fetichismo, coprofagia, lluvia dorada, fantasías de violación, le faltan bastantes dientes, no sé ya si por palizas o adicciones, pero en lo que a mi respecta aparte de mi ninfa muerta es la mejor feladora que conozco.
Su casa –soy un cliente antiguo- es un vertedero de recuerdos, ese contraste entre sus fotos antiguas y ella es de un exhibicionismo doloroso. Vive con su pareja/chulo, un viejo amargado que cuando llega algún cliente baja al bar a tomarse su corajillo y esperar a que termine. Me han llegado rumores de que la esta arrastrando al subgénero de orgías de gordas zoofílicas y que graba videos amateurs junto a ella. Basura dentro de basura, como esas muñecas rusas…el caso es que me recibe con cariño, hay varios perros nuevos junto a ella y lucho contra las imágenes que lanza mi mente. La verdad es que cada vez esta mas avejentada, mi ánimo gerontofílico no se amedrenta, aquella experiencia con mi tía me sirvió de mucho cuando era adolescente.
D: El negocio va mal, la gente cada vez esta más enferma, puto internet.
R: Internet no tiene la culpa, esa mierda siempre estuvo ahí esperando ser destilada y reciclada, simplemente la gente ahora tiene menos pudor.
D: No lo niego, es mi trabajo, pero cuando un chaval de dieciocho años me pide que le vomite encima, o quiere meterme el puño por el culo me pregunto ¿Qué harán con sus mujeres cuando tengan cuarenta años? ¿Cuál es el límite? Porque, ¿debería de haber un límite no?
R: Joder, si tú me hablas así es que la cosa esta muy jodida. Tienes razón, el porno softcore ya no existe, ese hueco lo llena la brutalidad. Las primeras experiencias marcan y con ese tipo de pornografía al alcance de cualquiera llega un momento en que lo único que te excita es pegar a una mujer y ver como sus lágrimas hacen correr el rimel por sus hinchadas mejillas.
D: Menos mal que tú no eres así, eres alguien bueno, siempre me has tratado como una dama.
R: Soy el último romántico…
Hay algo enfermo y retorcido en follarte a una puta con amor, como un medico nazi tratándote con amabilidad mientras experimenta con los umbrales de tu dolor, ¿le das esperanza o simplemente amplias por comparación las vejaciones que le causan el resto de sus clientes?
En cualquier caso esta vez no siento la vibración en los cojones, no me sirve de nada naufragar en esas ubres desproporcionadas ni imaginármela en sus orgías de serie B mientras escucho a un perro arañar la puerta del cuarto: algo se ha encasquillado dentro de mí. Lo dejamos pasar. Le doy un beso y me despido.
No puedo evitar pensar en comprarle unas rosas, siento la risa de Dios detrás de mí, ese Cabrón con las cartas marcadas. Pero es cierto: solo me empalma su imagen, ese despojo maloliente con manchas en la piel, ese hinchado trozo de carne fría y agusanada…una diosa caída esperando ser fornicada una y otra y otra y otra y otra vez. Arranco el coche con ansia, necesito estar junto a ella…atropello a un par de ciclistas y me tranquilizo.
Hay una elipsis, estoy en la cama sujetándote como una muñeca rota encima mío penetrándote…y es ahí cuando, sin poder evitarlo, las palabras brotan como un riachuelo de agua clara: “Te amo mi querida Carmilla, mi Daphne griega, mi puta indecorosa” Unos ruidos extraños acechan mis palabras: son tus brazos, tus dedos luchando contra el rigor mortis, todo tu cuerpo se despereza mientras intentas seguir el ritmo de mi cuerpo, tus manos descascarilladas y azules me rodean y acarician grotescamente, tu aliento insano se desprende reclinado sobre mi cuello, tu ojo me mira ahora sin catarata y con un brillo de malicia mientras sueldas mi pene a tu cuerpo ya no sé si friccionándolo contra tu vagina o tus intestinos.
Me corro con fuerza justo en el momento en que desgarras mi garganta con los dientes… “¡Por fin! -exclamo en un espasmo de sangre burbujeante-, por fin demuestras tu amor" Y dejo feliz que sigas alimentándote…