Le ordeno que se desnude.
De rodillas. Sobre la cama. Separa las piernas. Ábrete. Mi mano es una fusta.
Golpes moderados. Marca roja sobre sus nalgas. Expuesto. Humillado. Su polla
dura, enhiesta. Habla sin permiso. Indisciplinado. Mi pie en su cabeza, hundiéndole
contra el colchón. Pide perdón. Empieza a chuparlo.
Le observo excitada.
Empiezo a acariciarme el clítoris, miles de terminaciones nerviosas, hinchado,
húmedo, mientras me follo su boca con el pie. Es suficiente. Le ordeno ponerse
en posición de nuevo. Empiezo a acariciarle. Primero un dedo. Poco a poco.
Dentro. Fuera. Gime. Empiezo con el segundo. Un poco más rápido. Bien. Buen
perro. Es el momento. Doble dildo, con arnés. Casi iguales. Me lo introduzco
lentamente. Ajusto las correas. Lubrico su parte. Me mira asustado. Queja.
Azote. Empiezo a presionar. Gime. Dolor. Me aferro a su cintura para
hundírselo. Grita. No paro. No puedo. El placer es demasiado intenso. El dildo
atraviesa mi coño con cada nueva embestida. Me muevo como si fuera un hombre
follándose a una puta, ajeno a todo excepto su placer. Él sigue gimiendo de
dolor pero empieza a moverse a mi ritmo.
El consolador está casi entero dentro
de él. Acelero. Me corro. No me cuesta nada, me encanta poseerlo así. Le ordeno
darse la vuelta. Se tumba boca arriba y se sujeta las piernas en alto. Me
coloco encima de él. Sigo metiéndosela, mi cara pegada a la suya, diciéndole
obscenidades. Ya no se queja. A la pequeña zorra le empieza a gustar. Aumento
el ritmo, se la clavo con fuerza mientras le miro a los ojos. Su polla se
balancea de un lado a otro. Sé que quiere tocarse pero no le he dado permiso.
Se la cojo, empiezo a masturbarle. No tarda mucho en correrse, con fuerza,
manchándose todo el pecho. Me embadurno los dedos y le obligo a chuparlos, a
limpiarme.
Y en ese momento, mientras se la saco lentamente del culo, al
observar su mueca al tragárselo, vuelvo a correrme.
Ya he conseguido más
alcohol. Mis fuentes son ilimitadas, sobre todo cuando tengo tanta chusma
comerciando con el alma humana por aquí, en mi gueto de extrarradio.
Quizás este sería el
momento para dejar de escribir, o dejarlo como borrador para más adelante, no
conviene dar demasiado material seguido. Pero en el fondo me importa un bledo
escribir o no, es una lucha contra el tiempo, el insomnio, la botella medio
llena; vomito y publico, las reacciones me gustan pero me considero, por el
contexto y mi realidad personal, el demiurgo de una mierda cantante y danzante;
“no es por ti, es por mí”, claro que
me gustaría aleccionar a las masas con la genialidad de mis pepitas de oro
literarias, pero esa idea no concuerda con la realidad.
Los blogs son estercoleros
literarios, siento dar una visión tan negativa de todo esto, no sigo a nadie en
particular, sigo a la persona, sigo su diario personal, pero no compraría su
libro. O quizás sí. Me gustan los libros, incluso los malos, un síndrome de
Diógenes particular. Pero vamos a lo importante: sigo cachondo, la bestia ha
vuelto a despertar, el monstruo purpura ha cobrado vida; esto es un infierno,
vosotras, pequeñas nínfulas, no podéis comprenderlo, pero tener polla es un
suplicio, es un animal insaciable, un calambre enjaulado, el ansia se apodera
de nosotros y necesitamos despedazar vuestra ropa, arrancaros las bragas,
lameros todo el cuerpo, llenar el aire de sudor y sexo.
Por eso pienso en ella, mi
pequeña musa, chica menuda, pechos pequeños, media melena, no demasiado
atractiva, pero con unos ojos salvajes que solo el poeta experimentado sabe
interpretar.
¿Recuerdas ese hotel? Te desnudaste
de inmediato, pero te dejaste puestos los zapatos de tacón como una buena
chica. Todo esto no era nada nuevo, rellenabas tu vida con momentos como este.
Empezaste a contonearte con la misma naturalidad con que dejabas ese puente de
saliva ente tu boca y mi polla, malévola en su tamaño, mientras te
inmortalizaba con mi cámara. Una buena felación se realiza no solo con las
manos y la boca, también con los ojos, muchas os negáis a hacerlo sin percataros
del poder que ejercéis sobre nosotros, es lo más parecido a la adoración que
sentiréis en vuestra vida.
¿Recuerdas cómo te
contoneaste hacía atrás y te abriste de piernas ante mí y como yo, en un acto
reflejo, te ofrendé mi boca, mi saliva, mi lengua, y el resto de mi cuerpo?
En ese recuerdo, que ahora convierto en presente perfecto, no
puedo contenerme y te penetro. Te masturbas compulsivamente el clítoris, un
desliz de experiencia que provoca la quemazón en mi cerebro. Te pongo de lado y
te follo con fuerza mientras te beso. Me encanta como gimes, más y más alto,
como si quisieras reventar los corsés de la represión judeocristiana que domina
toda nuestra cultura. Me coges el brazo y lo empujas hacía tu garganta para que
haga presión. Veo en tus ojos ese punto de sadismo que no se conforma con la
palmada en el culo y algunas palabras duras.
Te meto un par de dedos en
la boca y me los chupas como si fuera la polla de alguien con quien formáramos
un trio. Me excitas demasiado, ningún cambio de postura me salvará de correrme,
de que esto acabe demasiado pronto y te vayas con otra muesca en tu agenda.
Hago un esfuerzo y salgo de ti, te doy la vuelta y empiezo a follarme tu culo
con la lengua; estás deliciosa, como un helado exultante que se derrite en la
boca en verano, podría correrme solo haciendo eso. Y no paras de gemir, de gritar, de
tocarte...
Te sodomizo, pero a pesar
de eso no consigo dominarte. Gritas hasta un orgasmo ya por fin reconocible. Recuerdo
a mi ex, todo tan automático, un matrimonio de mierda con los polvos
programados con un límite de tiempo. Pero tú te dejas llevar, sigues y sigues.
Ahora me quedo quieto, eres tú la que se penetra a su ritmo una y otra vez. No
he visto nunca una jodida puta que disfrute del sexo con tanta naturalidad como tú.
Tu culo dilata el tiempo, mis
cojones hieren tu coño al ritmo de palabras obscenas. Tus pechos son cada vez
más grandes, me voy a consumir dentro de ti. Te amo. Te amor. Te amo. Te amo.
A pesar del aire
acondicionado estamos empapados en sudor, tu pelo forma arabescos maliciosos en
tu espalda. No puedo más, el alcohol me vence, me dejo caer en la cama. Pero para
ti no es una capitulación, quieres seguir; coges del bolso un lubricante, lo
echas sobre mi polla. Está caliente, muy caliente. Me masturbas y a la vez te
follas el culo con los dedos, te lo abres para mí. Me vuelves a convertir en un
animal, te pongo de lado y vuelvo a follarte el culo, quiero llegar a tu límite
y te meto dos dedos en el coño; respondes con un gemido entre dolorido y
extasiado.
Dura poco, como cualquier
placer descontrolado. Pero cuando me corro rozo el cielo, la amnesia, te
conviertes en mi particular I Ching,
consigues enamorarme sin piedad.
No te he vuelto a ver. Te
asustan demasiado los autobuses.
O quizás lo que te asuste de verdad es esa sensación
inaprensible que algunos llaman amor y a ti siempre te ha provocado tanto
sufrimiento.