Me llamaste varías veces,
a las ocho, las ocho y media, las nueve, las diez, las diez y media… habías
llegado a la ciudad y tenías curiosidad por conocerte. Pero yo había iniciado
mi clásico rito de autodestrucción de los viernes y tenía el móvil en silencio,
debajo de alguna pila de ropa.
Seguiste llamándome, borracha,
caliente, sexual, con la risa y el ruido de fondo de algún bar del extrarradio.
Me llamaste tanto que acabé por darme cuenta, pero ya era demasiado tarde. Te
enfadaste cuando te dije que era imposible que nos viéramos, demasiado desfase de
ebriedades, no tenía ganas de vida social, timidez exacerbada, el fracaso supurando
por las paredes, el asco, el miedo a joderla todavía más. En fin, la
conversación fue desagradable, el típico colapso de decepción y odio, me
dijiste que ya estabas acompañada, que no importaba demasiado, y me colgaste de
mala manera.
Mierda, pensé, estaba muy bien
antes de la llamada, feliz en mi inexistencia, el alcohol sanando,
manteniéndome vivo, los muertos tocando sus pequeñas sinfonías de talento
inusual, mañana ni siquiera tenía que madrugar… Pero no, la noche había perdido
ritmo, tu voz me había despertado una extraña ansiedad de contacto humano.
Seguí bebiendo.
A las cuatro de la mañana,
una botella después, me dejé dominar por el impulso: quería llamarte,
convencerte de algo, ni siquiera sabía exactamente de qué, quizás estuviera
relacionado con la orbita cementerio de mis pensamientos, quizás, siendo
sincero, tenía más relación con la imagen de tu cuerpo oscilando sobre el mío. Quería
tener una oportunidad de redención, a fin de cuentas yo era el único genio en
la multitud, alguien impredecible, capaz de follarte con la violencia adecuada
justo antes del gatillazo, capaz de hacerte reír como una loca antes de decepcionarte
completamente, alguien, en suma, mucho más gilipollas que cualquiera del
contubernio de gañanes que te rodeaba en este momento.
Te llamé. Y ahí estabas,
al otro lado, totalmente borracha, la voz preñada de lujuria desencantada, buscando
tabaco en la calle desierta, la ciudad rozándote con sus ojos húmedos. Me sentí
atrapado de inmediato, todo rastro de raciocinio desapareció. Te dije que iría
a salvarte ahora mismo. Te reíste, como una araña haciendo temblar su red,
miraste a tu alrededor y me diste el nombre de la calle. Te grité como despedida
que iba a inmolarme contra tu clítoris desdeñoso, que íbamos a joder en la
misma calle, como perros en celo.
Veinte minutos después el
taxi estacionó a un par de metros de ti. Antes de bajar observé tu perfil, saboreando
el momento. Eras jodidamente guapa, mohín clásico de depredadora, cara de
multiorgásmica, falda etérea, figura rotunda, pezones que desarmaban con su
arrogancia, cuerpo de orgiástica belleza enhebrando el viento...
Mierda, eras demasiado.
Simplemente demasiado. Le dije al conductor que diera la vuelta. No había nada
que hacer.
La realidad no imita al
arte, la realidad se compra con dinero. Y a pesar de ello hay cierta belleza en
la destrucción, en el ruido de las balas de arena, en los caramelos llenos de
cuchillas de afeitar, en los frescos de sangre que forman los vasos heridos. Y
tu ser gotea, se escapa de mi boca formando un círculo de moho, como una mosca
analfabeta que se golpea una y otra vez contra el cristal de la ventana hasta
morir.
El día ha sido como una
mota de polvo. La luz de la farola entra sin prisa, no se inmuta ni finge
sorpresa ante el perfil del cuchillo. Noches ínfimas, toda la casa sufre la
falta de sentido. Incluso la nevera, en su lenguaje sintético de freón, purga
su llanto en forma de ruidos extraños, congelando su propio vacío. Ángulos
difuntos. Piensa, ¿cuántas cosas puedes salvar de la falta de milagros solo con
un poco de calor? Se ha acabado el Haloperidol y siento el ronroneo de los
buitres sobre mi piel. Mi mente sangra, pero intento fabricar mis alas con vino
y escarcha, con una mueca de carne y un par de silencios.
El amor, un virus, una
fiebre psicótica que nos reúne en la sección de congelados, con su cola de
espera, sus tickets descuento, su cadena de frío que no hay que estropear, su
caducidad, su sabor prestado que solo llena estómagos, animales-hormonas-orgasmo-niños-vejez-muerte-bucle.
Pero llueve. Dentro de mí.
Tengo tu número de móvil y
una historia preparada, seré de nuevo tu metáfora, la compresa donde vuelques
tu copa de vodka, la cara donde eyacules tu otoño mientras doblegas a golpes de
cadera la primavera de mi coño. No quiero ser tu pareja, ni tu puta, solo
quiero otra cicatriz. Sí, me lo tragaré todo. Ven, hazme daño. Duerme en mi
sueño, aunque después de follar la calma huela a muerte y volvamos a ser solo
carne sobria de pasión.
Después sola, como
siempre, pondré una lavadora y miraré embelesada como giran y giran las
sabanas, mi ropa interior empapada de ti, como se ahogan todos esos millones de
posibilidades de vida. Y a pesar de tan alegre genocidio, no podré evitar
desear, al menos por un instante, estar también ahí, centrifugándome y
limpiándome de toda posibilidad.
Aby Warburg, un hombre que a los trece años le ofreció a su hermano
menor cederle su derecho de primogenitura sobre la fortuna y el negocio
familiares a cambio de que le pagase de por vida las facturas de sus libros. A
los cuarenta y cinco años poseía una biblioteca personal de más de quince mil
volúmenes, ¿hizo un buen trato?
La vida
es así, llena de maravillosas decisiones, aunque desde la atalaya del fondo de
mi vaso solo vislumbro tristeza. Podría recurrir a esa frase de nuestro
hemofílico favorito “-Lo siento;
no volverá a ocurrir.” para justificar mi
propia decadencia. Pero calculo que solo me resta una hora y media para divagar
antes de morir mientras la música, esa visión onírica del mundo soslayada por
las matemáticas, me exilia de todas esas peticiones anónimas que no sé ignorar
ni obedecer.
A veces
das una bofetada mientras la habitación huele a sexo. La cara de Jack Lemmon al
final de la película, la angustia del fracaso vital mientras la solución está a escasos metros iluminándote con su neón. Como leer “Histoire d'O” siendo virgen, como evocar un viaje sin atreverte a coger
el metro, como lubricar tu relación con veladas de estúpido quietismo ante el
televisor. Esa halitosis existencial, de finitud y mediocridad, donde Catherine
Earnshaw no existe, donde solo eres la mierda cantante y danzante resignada. Porque
me he resignado a no tenerte, a la soledad, a no ser bueno para nadie, a que
tus manos no me aten a la cama ni me acaricien, a no dejar huella en ti, a no
sentir de nuevo nostalgia por tu cuerpo desnudo. Solo quiero ser el Extranjero
de Camus, o de Houellebecq, un bucle de recuerdos en blanco y negro, un perfect day, como aquel último gemido entrecortado al penetrarte,
obviando el rencor, la decepción, la otredad, amortiguando las palabras de odio,
¿cómo te sentiste cuando se cayó tu sonrisa y no tuve interés en recogerla? Hoy
he visto una de nuestras películas.
Los aniversarios, por
tanto, suelen ser contraproducentes, bosquejos de sombras chinescas sobre el
tejado de la memoria. Cicatrices en el almanaque donde tu perfecta Bovary te
secuestra con su ausencia y no puedes evitar recordar sus mohines de niña
caprichosa, su pelo corto sin tirabuzones, su adagio de portazos. Aunque todo desfallece,
tarde o temprano, y finalmente tu pene cae fláccido supurando amistad y no
sientes esos escalofríos en la espalda que te impulsaban a poner todo tu mundo
a sus pies.
*** Mario se mete otra raya. Le deja traspuesto, como si derramara el alma sobre el libro de
ilustraciones de Klimt y fuera eso lo que estuviera esnifando. Normalmente la cocaína te pone frenético,
te hace huir de los espacios cerrados. Pero Mario, ese estúpido desertor de la
humanidad, se aposenta en el sillón desbordando con asincronía los marasmos de
su interior.
Mario: Hoy
una puta me ha sodomizado con un par de dedos. De forma imprevista, mientras me
la chupaba, sin ni siquiera pedirme permiso. Pero lo peor, lo más inquietante,
es que me he corrido de forma bestial.
Casimiro: Mierda.
Mario: Me
duele el culo, me han arrebatado mi virginidad. Pero ahora, en vez de sentirme
resentido, no sé, me siento más próximo a ellas, más mujer, como si pudiera
entenderlas mucho mejor después de esto.
Casimiro: Mierda.
Mario: Sé
que es un pigmento emocional muy fino, pero necesitaba compartirlo. Y ahora
permíteme hacer un último brindis: por el suicidio.
Casimiro: Mierda.
Mario:
Exacto amigo mío. Me he tomado medio bote de antidepresivos hace más de media
hora, ha pasado el tiempo suficiente para saber que no voy a vomitar. La mezcla
con alcohol me matará en una hora.
Casimiro: Mierda.
Mario:
Joder, sí, lo siento. Pero soy demasiado sensible para la situación política de
este país, tienes que comprenderme. Ya he hecho los preparativos convenientes,
he enviado a mi ex una grabación de voz con mis últimos momentos de placer en
solitario. ¿Te acuerdas del hada que llevaba tatuada? Me hubiera
gustado verla de nuevo y que por algún azar crepuscular me diera un abrazo.
También he repartido biblias y libros de autoayuda ente la gente que odio.
Casimiro: Mierda…
Mario:
Recuerdo aquella carta que me envió describiendo uno de nuestros últimos polvos…
“Tengo los pechos calientes, ebrios. Me besas como si
fueras una mariposa flotando a mí alrededor. Suena esa canción y no entiendo
porque. Estoy nerviosa. Me llamas puta, no es la primera vez, pero me haces
temblar. Me quito despacio la ropa, separo las piernas para que me veas, el
pelo se desborda sobre mi cara, sonrío con cara de niña viciosa. Me toco, me
acaricio, te muestro las ganas de tenerte dentro. Ojala estuvieras conmigo
mañana y no solo esta noche. Pero no quiero pensar en ello, solo quiero pensar
en tu polla, inmensa, llamándome. Me cuelgo de tu cuello, te beso, te muerdo, como
si estuviera ensayando un juego donde los sentimientos ya han perdido de
antemano. Te cabalgo, me duele, quizás ha sido demasiado rápido, pero se me
antoja una mezcla perfecta de placer y dolor. Grito un poco, mi mirada tiene algo de gata en celo. Te araño, te quejas y me agarras de las muñecas. Me gusta dejarte
marcas, una forma de poseerte. Noto tu mirada, no puedes aguantar más, soy
idiota pero me dejo llevar, tus dedos friccionan mi clítoris, eres un cabrón
tramposo, el orgasmo se alarga, ya no importa nada. Me miras con esa sonrisa,
me levanto y te meto en mi boca. Tan roja, tan caliente, succionando mis
propios flujos, respirándote. Noto como te tensas, tus testículos golpeando mi
barbilla mientras los aprieto con rabia, exprimiéndolos, ¿Te
gusta cabrón? Me coges como respuesta de las coletas, trenzadas para la
ocasión, y me follas la boca como a una vulgar meretriz, deslizo la mano hacía abajo
para llenar todos mis agujeros, me excita que me cosifiques, a la mierda los
feminismos, me gusta que me poseas de la forma más ruda, ya no sé correrme de
otra forma. Te vacías violentamente y me lo trago todo, te enseño la boca para que
lo compruebes pero ya estás mirando a otro lado. No importa, me tumbo a tu
lado, sé que todo esto es efímero, pero acurrucada junto a ti, escuchando como
tu corazón se va poco a poco recuperando, es cuando me siento mejor. No
suspires, no sonrías, solo quédate ahí, con los ojos cerrados, y descansa.”
Casimiro se larga,
demasiado alcohol, demasiada droga. No me ha tomado en serio. Ya ha pasado
media hora, empiezo a notar el cansancio, pero morir sin terminar la segunda
botella sería un sacrilegio. Un importante traspié en una biografía nihilista repleta
ya de demasiados fracasos. Otro problema es la sempiterna erección. Se
mantienen post mortem, imaginaos la cara del forense. Es una lástima que no
haya mujeres cerca, soy el mejor cunnilingus de todo Madrid.
Pero así suceden las
cosas, la banca gana, ¿qué mezcolanza de mierda, mis meritorios bastardos,
puedo publicar antes de la nada, como rubricar el sinestésico estertor?
Podría vivir otras vidas en las que colecciono vello púbico con el sudor blanco
del incendio del libertinaje, mientras Morrison sigue deslizándose en su bañera
de París, sombras de héroes que reconfortan cuando la náusea palpita en las
muñecas y todo se cubre de ruido y heces.
Pero todo termina aquí,
con mis labios curtidos de silencio deshaciéndose con el rocío de tu nombre,
desarropando todos los abrazos mientras mis zapatos se llenan de sangre y
vosotros, crueles clientes, apagáis el monitor sin mirar atrás.
Hola
a todos, me presento: me llamo Sumi. Antes de nada
agradecerle a Rorschach que me haya dado la oportunidad de utilizar su blog
para encontrar a mi futuro Amo. Siempre he sentido esta necesidad de sumisión,
de buscar el placer en el dolor. Desde el primigenio azote al nacer, pasando
por esos dibujos animados donde aparecía la heroína atada, o gatos y coyotes
sufriendo las más diversas torturas en manos de sus némesis, recuperándose y
yendo a por más, para mí todo eso fue una epifanía sexual.
Ahora,
con el clítoris ya maduro, busco mi Shangri-La en una relación 24/7 con un amo
poderoso, que tenga saldo en el móvil, paciencia y televisión por cable.
Mi
vida es complacer y ser buena. Lo juro. Jamás, jamás, me portaré mal. He
aprendido mucho de mis errores…sé que no debo morder con tanta fuerza en el
cuello, porque luego acabo limpiando la habitación llena de sangre y nadie me
ayuda, se quedan ahí tirados, inmóviles, mirándome con ojos vidriosos.
Pero
a lo que íbamos, siempre diré Sí a todos tus órdenes: dormida, con mordaza,
debajo del agua, en medio de las arcadas que provoca tu pene horadándome la
garganta…
Sé
que querrás atarme y te juro que no me resistiré. Te aconsejo que comiences por
las piernas porque a veces mi rebeldía, en un intento pueril de menoscabar tu
sacrosanta autoridad, me empuja a golpear tus testículos con mis zapatos de
tacón de aguja.
Los
azotes, ¡claro!, aunque recuerdo a un Amo que acabo con la fusta introducida
totalmente en su ano. En el hospital no paraban de hacerle fotos. No sé qué fue
de él, desapareció de la ciudad. A veces se me olvida la palabra de seguridad,
pero no te preocupes, mientras tú te acuerdes de la tuya no pasará nada grave.
Sé
que también, mi querido Amo, querrás disfrutar de tus ínfulas de artista
dibujando con cera preciosos dibujos sobre mi espalda y mi culo. Intentaré, te
lo prometo, no volcarla accidentalmente sobre tu cara como me ha sucedido en
otras ocasiones. De todas formas aquel Amo estaba muy atractivo con esas
quemaduras en la cara.
Tendré
cuidado con mis dientes cuando tenga tu precioso pene en la boca. En serio, no
sé qué paso la última vez, quizá un ataque epiléptico, sino hubiera seguido
masticando quizá hubiéramos podido salvar la relación. Una tragedia.
Prometo
dejar el tema de las reliquias, no sé, leía tanto sobre idealizar al Amo,
reverenciarle como un Dios, que construí un altar en el dormitorio con sus
fotos y un trocito pequeño de su cuerpo. Luego me di cuenta que necesita un
altar en todas partes, en la cocina, el coche, el trabajo, el bolso, el…
No
sé porque lloraba tanto, Él debía de estar en todas partes, ser omnisciente, no
tengo la culpa si hubiera tantos altares y tan poca carne disponible.
(Entre
nosotros no creo que fuera tan buen Amo…)
Rorschach
me comenta que ahora, con la crisis, hay muchas sumisas en paro, que debería de
hacer hincapié en mi currículo.
Mi
nombre es Sumisa Para Siempre, pero
tú, mi futuro Amo, me puedes llamar Sumi.
Soy
pequeña y manejable, no como demasiado y tampoco gasto mucha luz. Vivo donde
quieras, dado que mi ciudad eres tú. He sido educada en los mejores internados
del Opus, a los que debo mis filias más brutales.
Experiencia:
MI
primer Amo importante fue a distancia. Todo muy bonito hasta que nos vimos en
persona. Sus mentiras siempre estaban unidas al número quince: quince años más
viejo de lo que me había dicho, quince centímetros menos de altura –era más
bajo que yo- y, además, una niña de quince años con su pareja vainilla. También
quince centímetros menos de pene cuando se lo rebane en nuestra pasional despedida
en los baños de la estación de autobuses, a quince minutos de lárgame para
siempre de su puta ciudad.
Luego
tuve un Amo romántico. Le pedía que me sodomizase, que me tirara del pelo
mientras me insultaba y me escupía a la cara. Pero él simplemente colocaba la
fusta en un florero con flores resecas y se ponía a escuchar la banda sonora de
Amélie. A veces me preparaba una cena romántica y yo, para romper la rutina, me
masturbaba con las velas. Pero él reaccionaba indignado, echándose las manos a
la cabeza y encerrándose en su habitación. Aquello no podía funcionar. La única
vez que se me humedeció el coño fue cuando, accidentalmente, quemé su biblioteca
y alzando su voz meliflua casi me pega. Pero nada más. Lo abandoné ahí, entre
cenizas.
Tuve
una crisis de penes y conseguí una Ama. He de reconocer que nadie me ha comido
el coño mejor que Ella. No sé qué sucedió: un día amaneció ahogada en su bañera.
Mi
último Amo fue el de las reliquias. Con él afine mis idiomas, domino el francés
y el griego profundamente.
También
sirvo de mesa y puedo gatear y chupar a la vez.
Es
una lástima que el señor Rorschach este siempre borracho lloriqueando por sus
ex, puse una cámara en su ducha y bueno, entre nosotras, tiene una buena fusta
entre las piernas. Pero nada, esto es lo que hay. Si alguno se decide solo
tiene que mandar un mail aquí
reportando su edad, población, experiencia y juguetes más usados.
Estoy
deseando encontrar un buen Amo y poder demostrarle lo especial que soy…
El talento en la escritura es como penetrar tu mente y
verbalizar tu alma, una epifanía intelectual en la que te sientes reconocida. La
soledad de tu vagina se rompe físicamente, aquí se trata de raptarte de la
entropía de tu entorno durante unos instantes convirtiendo tu cárcel en mi hogar.
Puedes engañar al lector potencial usando palabras de
diccionario trasnochado, hablarle de sexo, miserias, filias, fobias...no dejan
de ser mecanismos sencillos, causalidad de lugares comunes mil veces
transitados que solo provocan un orgasmo Pavloviano. El talento es
extemporáneo, un niño mimado que juega con tus endorfinas, que te hace lubricar
y luego te abandona sin valorar nada, por eso cuando lees que te amo te
resistes a corresponderme.
**
Se acerca otra noche, otra ventana iluminada sin misterio. No
queda mucho cerebro que desollar. La autocompasión invita a la siguiente ronda
y el miedo a la falta de transcendencia me enajena: quiero olvidarme del propio
lenguaje, traicionarlo como él ha hecho conmigo. Camino en círculos arrastrando
los pies como una metáfora contenida de mi alma. Podría dejarme morir aquí como
un anciano sin jubilación, como un mueble molesto, apolillado, feo, anacrónico,
sin utilidad. Comida para perros. Excrementos esperando a que alguien tire de
la cadena. Hace tres semanas desde el
desencadenante, la catarsis que erradicó mi subjetividad el tiempo
suficiente para reconocer ante el espejo lo que todo el mundo sabía: soy un
escritor mediocre. Que putada.
Rodeado de basura espero el milagro junto a Leonard Cohen cuando
llama mi querido amigo Daniel.
Oriundo de barrio pijo, de carácter emprendedor, ambicioso y competitivo, formamos
un curioso contubernio: mi presencia disipa por comparación –sin aspiración a
ser un beta, me quedo en el paría omega- cualquier duda sobre su ascendiente y me
permite disfrutar con las vaginas resentidas que chocan contra su demoledora
presencia.
Un ejecutivo de éxito, una casa a las afueras, un buen
coche, el pelo en su sitio al igual que todo el resto del mueble bar que moldea
en el gimnasio. Su mujer embarazada completa el cuadro. Sin mundo interior pero
decoradora de interiores, la susodicha es un robot perfectamente engrasado
moviéndose en el escaso espacio que le dejan los convencionalismos y la
alienación política. Se ha comprado la biografía de Rajoy, el tercer libro de
su biblioteca, con esto dejamos las metáforas a un lado, queda todo dicho.
Naturalmente todas las personas tienen su cara B y nuestro
coprotagonista no es una excepción. La cara B se refiere a esa realidad que
hace estallar por los aires todos los juicios de valor prosaicos basados en los
breves encuentros sociales. Ex de amigos que parecen pequeños duendes de jardín
sumisos y se revelan como autenticas arpías desleales, muchachas pizpiretas que
acaban ingresadas en el hospital con las muñecas vendadas…o machos alfas
envidiables que en realidad son politoxicómanos peligrosos. Me ha llamado para
que fuera a por su dosis, tiene reunión y promete una compensación a la altura
de las circunstancias.
Y he aquí el motivo por el que me encuentro en este coche,
yendo de kunda a la Cañada Real,
acompañado por un par de putas y un yonqui crepuscular, a por sus dos micras de
base y de caballo. Que cabrón. Durante el viaje una de las putas me ofrece su
boca desdentada, ese pozo contagioso, por cinco euros, la otra aparenta
cincuenta años pero no debe de tener más de treinta, el yonqui temblando a mi
lado con los ojos desorbitados y sin poder apoyar el culo en el asiento -¿estreñimiento
o una versión masculina de Sera en Leaving Las Vegas?-, y ya por último el conductor algo
paranoico confundiéndose de camino constantemente.
Conseguimos llegar de alguna manera. Más miseria, más
jóvenes con cara de viejo mientras una ambulancia del Samur recoge desechos del
suelo. Pido mi parte en una casa al azar, el tipo, un rumano con la cara llena
de ronchones rojos, me da el material, hay un par de niños de unos cinco años
descalzos llenos de mierda dando trozos de papel albal.
Volvemos todos al coche, el tipo que conduce pone la radio,
suenan Los Secretos. Joder, genial, una de Lou Reed, o de Antonio Vega y ya nos
podemos lanzar por un terraplén. Intento distraerle –se llama Pablo, licenciado en
económicas, en paro, sin ningún ingreso desde hace seis meses- pero esta
demasiado atacado de los nervios observando como las putas ya están quemando la
mezcla y fumándola. El yonqui no es problema, se ha debido de picar antes y
esta totalmente ido. Pablo se caga en todo cuando se cruza con unos policías,
pero están riéndose con unas yonquis de la zona. Salimos de allí
echando ostias.
No sé que hora es cuando llego a casa pero Daniel no ha
llegado todavía. Me relajo tumbado en mi jergón mientras escancio unas
cervezas calientes y me recreo en los consejos deformados de la Velvet. No tengo que
esperar mucho, un par de horas después le tengo frente a mí. No podemos ser mas
distintos: con mi camisa de Iron Maiden agujereada, pantalones rotos, rapado,
sin afeitar…él con su inmaculada imagen de ejecutivo, su peinado, su
sonrisa perfecta…lástima esos ojos enfebrecidos...esas manos de manicura modelando el aire con ansiedad.
Nos damos un abrazo y se va al baño con la mercancía. Vuelve
al rato y se tumba conmigo. La pesadez no le dura más de quince minutos,
debe de estar acostumbrándose a esta mierda, o quizá la han cortado con
laxante o anfetamina barata.
Recaliento algo para cenar. Él no quiere nada. Me confiesa
que lleva una vida de mierda.
“Estoy siempre con la BlackBerry recibiendo
mails, mensajes, es como trabajar veinticuatro horas, un puto stress, no puedo desconectar,
solo con esto…y últimamente ni así. “
Le cuento que mi novia me ha dejado hace tres semanas, no le
gustaba mi forma de vida, no estoy a la altura. No hubo grandes dramas, casi
fue un traveling de película: cita en un café, monologo, alguna lágrima de
colirio, beso en la mejilla. Tuvo el detalle de pagarme la cerveza.
“Mierda, son todas unas zorras, seguramente te ha hecho un
favor.”
“No, es una mujer magnifica. Ahora estará adorando el tótem
de otro, arrodillada, lamiéndolo durante horas. Es muy complaciente. No se le
puede echar en cara que además quiera ser exigente. La erótica del poder no funciona
con un fracasado, ella merece algo más.”
“Tu necesitas echar un polvo y rápido…conozco un sitio
magnifico.”
“No sé, prefiero el alcohol.”
“Tú déjame a mí, ya veras como merece la pena. Tengo un par
de horas hasta que mi agujero preñado reclame mi presencia.”
Me lleva a un prostíbulo de chinas, la cosa más sórdida que
hay. A la tierra le salen de pronto dos pequeños satélites que se bambolean con
la rotación: son los cojones de mi amigo que se atreve a discutir con la madame
el precio de nuestro servicio. Al final llega a un acuerdo y con una palmadita
en la espalda me dice que tengo dos horas con la que quiera. Él se retira con
dos, espero que les pague un buen suplemento, sus filias han ido a peor.
Elijo con desgana a la más joven, unos veinte años. Su
maquillaje es como un ejército de soldaditos de plástico verde. Entramos en la
habitación, me lava un poco, se desnuda y se abre de piernas. Me pongo
romántico y me da por esnifarme lo que me queda de coca sobre su coño reseco.
Esto no funciona, parece una sordomuda retrasada. Pero claro, ¿Qué me esperaba?
Tengo ganas de huir, ¿Qué hago aquí de todas formas, busco algo que me denigre,
una venganza? La puta sigue ahí, totalmente ida, como una puritana entregando
su virginidad mientras mira una cruz colgada en la pared. Estas son las únicas
bajezas que la clase media extinta, sin talento para nada, puede permitirse…puro
hedonismo cartesiano.
Le doy dos bofetones para que reaccione, se asusta un poco,
le meto varios dedos en ese coño como ceniza de cigarrillo y le agarro del pelo
para que me la chupe. No sabe chuparla muy bien, pero al menos produce algún
sonido gutural que me excita. Su coño ya empieza a lubricar, algo ajeno al
placer de mis perforaciones. La tumbo y le obligo a lamerme los cojones
mientras pellizco sus pezones con saña. Un par de bofetadas más y empieza a
chuparla con un poco más de alma.
Bien. Años de experiencia. Seguimos así un
buen rato hasta que por fin empiezo a follármela con cierta intensidad, no creo
que llegue al punto de ruptura, pero aquí, mientras la sodomizo brutalmente y
empiezo a escuchar sus gemidos acompasados, mientras mi polla la perfora sin más
sentimiento que untar una tostada con mermelada, me doy cuenta de cual es mi
papel en el mundo.
Y sonrío.
Programa de televisión. Cualquier hora de la tarde. Presentador. Primer payaso del circo.
Rorschach: Hola, soy Rorschach. Hay recuerdos enquistados en canciones. A veces escribir transforma la ficción en partículas de realidad que se adhieren a tu psique, no es la vida real, sólo un punto de vista, pero la repetición contumaz puede convertirse en amor, la autoestima en un paredón donde hay un redoble de tambores. El destino puede ser muy cabrón si permites que siga decorando de mierda tus paredes.
Pero aunque lo sé, no puedo evitar seguir moviendo las palabras, en este juego en el que me has dejado solo, recreando historias indecorosas que lubriquen corazones o coños, quizá corazoños. Y es que todavía me dueles a pesar de mi mismo.
Celos. Eso es lo que siento. Celos… Celos que aturden, que desligan rechazo, que transpiran ansiedad cuando entre bromas cuelgo tu llamada y sigo escribiendo. El accidente ha ocurrido ya.
Sin embargo -tú lo sabes- si alguien te hace daño solo tienes que silbar y acudiré a tu lado, como amigo, como siempre. Aunque tu ciudad me aborrezca y solo te masturbes pensando en él…en mí nunca…
Aparece un subnormal con traje de presentador y echa al tonto de Rorschach del escenario con brusquedad. No ha tenido mucho éxito. El público mira hacia los lados sintiendo vergüenza ajena…
Presentador: Después de este exabrupto pseudo romántico, que ha provocado –y disculpen por la información- ganas de cagar en casi todos nuestros contertulios, pasemos a cosas mas importantes no sin antes aconsejar a este cabrón sin talento que deje de perder el tiempo escribiendo semejante bazofia y que se folle algún coño de una puta vez. O que hable con alguna mujer real porque da la impresión de que le sacaron de la incubadora demasiado pronto.
Ahora con todos ustedes Braulio el Gañan…un fuerte aplauso.
Braulio el Gañan: Hola, soy Braulio el Gañán, y he encontrado la clave de todo: El Coño. No en si mismo, sino su ausencia. Yo no tengo. Una tragedia. La aportación más importante en una relación no depende de mí. Solo poseo un pene, un pene pequeño que subordinado por fluctuaciones del riego sanguíneo me deja a merced de las propietarias de El Coño.
He tenido malas experiencias, pero siempre intento ser paciente, si ellas me dicen que ya me llamaran, espero, llevo haciéndolo cuatro años con Andrea, y solo dos con Anita. A veces he hecho guardia delante de sus puertas hasta que finalmente he podido hablar con alguna de ellas, pero frases como “el mensaje no me llego” o “he estado enferma y luego se me olvido” han terminado desanimándome. Puede que solo haya tenido éxito en dar esquinazo a mi inteligencia porque sigo esperando noticias de Andrea…que buena estaba…
La única vez que intenté tomar la iniciativa, aquella chica pelirroja de la discoteca Moebius me roció con un spray de pimienta mientras balbuceaba que todavía no estaba tan borracha. Son cosas que te hacen pensar. Crees que mañana será otro día, pero no, mañana será el día después de que una mujer te gaseara como una cucaracha por intentar besarla.
Otra estrategia es escucharlas, siempre me he encontrado con mujeres que son capaces de hablar durante horas, grandes monólogos sobre si mismas y El Coño con la única aportación de un “aha” o “sí, claro, tienes razón” encajados cada diez minutos por mi parte. Desgraciadamente son las que finalmente te sueltan “eres demasiado bueno para mi” o terminan la amistad de pagafantas por cualquier tontería sin importancia, mientras permiten que el macho alfa de turno les doblegue a base de latigazos de semen sobre su cara.
Cuando había perdido toda esperanza de encontrar el amor verdadero y vagaba por calles desconocidas sumido en la desesperación, me cruce con Lola, que con gran desparpajo me agarro el paquete con fuerza y me dijo: “Cariño, 30€ y te daré todo el amor del mundo”.
Esa frase me llego al corazón y de pronto todas las piezas encajaron: supe que tenía una oportunidad de ser feliz, feliz junto a ella.
Sé que muchas pensaréis que es triste y un fraude pagar por El Coño cuando follar es comunicación, un ejercicio de naturalidad instintiva mezclado con la capacidad para obviar toda educación social. Actuar como putos animales descontrolados en un ring de carne. Utilizad la metáfora que más os lubrique.
Pero yo, Braulio el Gañán, demasiado jodido ya por el insomnio, las resacas depresivas, los pulsos ansiolíticos del alcohol, por las drogas –que son alegría y autentico bienestar solo los primeros cinco años-, prefiero caer en esa violenta honestidad del trueque para salvar un poquito de dignidad –inalienable dicen- que vosotras esnifáis como si fuera soma liquido, como putas dosis de vanidad a mitad de precio que El Coño necesita para sobrevivir en perfectas condiciones.
Sé que en ese solaz de media hora semanal que, como único capricho, mi trabajo basura me permite, estoy poco a poco entrando en Lola, en su alma, en su corazón. Sé que debería follármela con la intensidad adecuada pero aun sigo en conflicto con las limitaciones de mi cuerpo. De todas formas esos veinticuatro minutos que sobran están sirviendo para comunicarnos más, ella me ha pedido dinero prestado para traer poco a poco a sus siete hijos y cuatro nietos a España. Y sé que a partir de ahí podré ser feliz junto a mi amor y su familia porque…
Presentador mirando el reloj.
Presentador: Gracias Braulio por la generosidad de tu testimonio. Hombres así es lo que necesita este país violado por las agencias de calificación externas. Hombres que no se derrumben ante la adversidad, que luchen por su felicidad, con pundonor, con ganas, con esencia a casta, a toro de Osborne, a carajillo, a casquería de matadero. Gracias Braulio, creo que todos hemos aprendido algo muy valioso hoy.
Una urna con cenizas sin talento. Sabes las reglas, las usas bien. Nunca lo conseguirás. Te tendrás que conformar con sensaciones pretéritas, no me interesa ya tu voz. Estancando me siento mas ligero que cuando estabas a mi lado. Eres menos que nada, solo un reglón manchado que hay que repetir, unas risas enlatadas a destiempo, eres un boceto desechado donde he practicado mis costuras, sinfonía ajena desvirtuada por una mala acústica, nunca exististe y la edad se te echa encima, disfruta de tu coño sin alma ahora, luego vaciaras de vomito tu sonrisa engañosa, te conocemos ya, no mereces ni siquiera mi violación.
Deseo que la pretensión transcendente de romanticismo que todavía -ingenua- te posee, muera en tu coño en moteles baratos y gemidos egoístas, que te enamores de nuevo, no te correspondan y te traten sin miramientos, sin pudor de tus sentimientos, que beban tus lagrimas como un néctar de miel entre risas grupales, deseo que conozcas la soledad y no la aguantes, deseo que tu ego alcance simas de decadencia, deseo que bebas a solas, deseo que tengas un trabajo basura donde te sientas ajada y te traten con despotismo.
Deseo que tu puto mundo de color de rosa conozca la realidad de la muerte, deseo que te des cuenta de cuan imperfecta eres y de cuanto tiempo has perdido hipnotizada con el sonido de tu voz, deseo que te manipulen, deseo que te rechacen en la cama, que conozcas lo que es no sentirse deseada, deseo que te mires al espejo y no te reconozcas de lo amorfa y degradada que te has vuelto y que la verdad sobre tu cuerpo, sobre tus pechos, sobre la forma que tienes de moverte en la cama se haga eco en ti, deseo que alguien te diga que no hay arreglo y que va a ir a peor.
Deseo que tengas arcadas cuando tragues su semen y que luego te diga que la chupas mal, deseo que quieras salir el fin de semana y que todo el mundo te niegue, deseo que no llegues al orgasmo y que creas que es culpa tuya, deseo que cualquier canción te recuerde tu fracaso, deseo que en el mejor momento de cualquier noche en la que actúes como una puta -tu verdadera naturaleza- se vea ensombrecido por el recuerdo de que no vales nada, que no lo mereces y que rozaste lo excelso sin merecerlo, deseo que no vuelvas a sentirte especial, deseo que a tu alrededor todo el mundo tenga una vida completa y encauzada y solo tú sientas todo el tiempo perdido.
Deseo que ningún proyecto fructifere y tu vida se resuma en trabajo y un cubata en la mano el fin de semana, cansada y con dolor de pies, mientras intentas ligar en una discoteca malsana a cualquier gañan con ganas de masturbarse con tu cuerpo en el suelo sucio de los baños, deseo que nadie te mande mensajes cariñosos, deseo que te mientan y que sepas que te mientan, deseo que no puedas masturbarte en la ducha porque no consigues recrear la ultima vez que echaste un buen polvo, deseo que la ropa te siga estando pequeña porque sigues engordando a pesar de tus esfuerzos y que gorda sea la palabra más repetida a tu alrededor.
Deseo que no te vuelvas a enamorar sino es para sufrir el mas espantoso rechazo, deseo que no encuentres al padre de tus hijos, que no estés a la altura, que te griten, que te odien, que te ridiculicen, que te den la espalda, que te dejen plantada, que te sientas como una fotografía vieja en blanco y negro anacrónica de gente muerta y ya olvidada, deseo que eches polvos de campo de concentración y que el semen resbale por tu vagina porque se ha roto el condón, te deseo papilomas y una secreción maloliente y blanquecina, te deseo un legrado, te deseo por encima de todo la infelicidad suprema en todos sus matices y que pueda estar ahí, como en una sala de cine con palomitas, para aplaudir mientras tanto…te deseo…
Unos nudillos femeninos tocan a la puerta:
Ana: ¿Qué haces Rorschach?
Rorschach: Escribiendo una carta de amor para otra. Tráeme hielo para la copa y déjame terminarla.
Ana: Eres un hijo de puta.
Rorschach: ¿Eso implica que no vamos a follar hoy…?
Se llama X, obeso, ojos vulgares de miope, joven. Le duelen las rodillas. Trabaja de noche, encargado de aparcamiento. Cerca de discoteca. Burlas y chistes. Es un romántico. Su ulcera también. La única opción es aceptarse.
Tiene pocos amigos todos casados o con hijos. Le deprime quedar con ellos. Él solo ha tenido una novia. Pero aquello terminó. Hace mucho tiempo. A veces, con ánimo masoquista, deshilacha los recuerdos de ese amor de vertedero.
Pasan las horas inclementes de trabajo, ojeras del alma. Piensa en su vecina. Piensa en su blog. Piensa en sus seguidores.
Piensa de nuevo en su vecina: un cuerpo increíble, alta, esbelta, pelo largo castaño, siempre vestida con algo de color rojo, ya sea una cinta, la falda, un anillo e incluso –esta seguro de ello- su ropa interior. Coinciden cuando él regresa del trabajo y ella, con sonido de tacones exhaustos, de un mundo diferente al suyo. El pelo revuelto. Ojos opacos. Siempre sola. Nunca conversan. Simplemente se miran, como en un espejo en el que no terminan de reconocerse. A veces varios días seguidos, otras veces pasan semanas sin ningún encuentro. Esta enamorado de ella.
El señor X deja de pensar en ello. Tiene otro mundo, más sencillo, en el que jugar. Abre el portátil. Redacta un post. Plagia a Benedetti. Lee poesía. Regurgita mezcolanzas de suspiros y desvelos. Surte efecto. Se siente como un cantante con bragas y sujetadores alrededor. Una vez quedó con una de ellas. La cita fue breve, le miraba como un cervatillo asustado, entre la suplica y la decepción. Esperaba otra cosa. Esperaba su fantasía. Él es real. Sus kilos son reales, su sudor, su pequeño pene, el vello de su espalda, sus manos de mujer. Tuvo que cambiar de blog. Empezar de nuevo.
Ahora nunca queda. Solo conversaciones por teléfono. Un estimulante sexual. Carne buscando carne, ¿alguien mira más allá de la grasa? No les culpa.
La única del blog con la que realmente ha intimidado es con Erin. Hablan de la soledad. De que nadie les ha enseñado a vivir. No hay sublimación ni artificio en como escribe ella, solo depresión y daños cerebrales. Erin esta obsesionada con alguien de su entorno, pero tiene miedo al rechazo. Nunca han hablado de quedar o verse en persona. X tiene fantasías, pero no se deja llevar.
Pasan los meses y la frustración le empieza a dominar. No recuerda el tacto de una vagina. La decadencia hace acto de presencia. Muñecas hinchables. Se subscribe a paginas de porno duro. Amor entre especies. La masturbación del cenobita.
Ya no hay poesía en sus post. Misoginia. Ellas pueden elegir, ¿Por qué él no? Pierde el contacto, no contesta ningún correo. Colecciona botellas de vino barato. Recorre las alcantarillas del mundo exterior. Conoce a putas, rescata rechazos en locales agrios, con mujeres arrugadas y borrachas. El romántico es despedazado por las ratas. Un buen festín.
Una noche vuelve borracho, con el alma aguada de malas experiencias. Se tambalea frente a la escalera, finalmente se rinde y se deja caer. De pronto un sonido: su vecina, zapatos rojos de aguja disolviéndose tras ella. Se para de improviso al verle y no puede evitar hacer una mueca. Todo el resentimiento explota en él, se levanta con furia, la empuja contra la pared, la manosea, la obliga a abrirse de piernas, destroza su ropa. Palabras, imágenes sucias muerden su aliento cuando intenta penetrarla. Pero no puede hacerlo, así no. Balbucea unas palabras de disculpa y la suelta. Ella se gira lentamente, un llanto seco le atraviesa la expresión. Recompone su ropa y se queda unos instantes que parecen eternos delante de él, mirándole fijamente, como si observara un insecto, una grieta en la pared. Luego desaparece sin decir nada.
Pasan unos días. No hay denuncia. Pregunta por ella. Se ha mudado. Nadie sabe donde. Se obsesiona. Deja de comer. No consigue olvidar esa mirada. Cae en una depresión y pide una excedencia. Se aísla más. No habla con nadie. Su familia se preocupa pero no hace nada.
Vuelve a hablar con Erin. Llevaban meses sin contacto. Ella le cuenta que su historia tuvo un final fatídico. Esta destrozada, tiene miedo a enamorarse de nuevo, nunca pensó que pudieran hacerle tanto daño. Cada uno a su manera ha perdido el amor de su vida. Sienten empatía por el dolor del otro y no ahondan en detalles.
Pasa un tiempo. Hay más risas y menos dolor. Al final, por pura evocación, algo intangible empieza a despertar entre sus soledades, algo que busca ser correspondido. Lentamente, con miedo, cada uno va dando pequeños pasos hasta poder reconocer sus sentimientos. Aun no se han visto, ni siquiera en foto, su comunicación ha sido solo por mails y llamadas telefónicas. Deciden quedar en un restaurante en el centro y darse una oportunidad.
X llega antes. Esta nervioso. Piensa en ella, en su fragilidad. Es posible enamorarse llenando los huecos de un cuerpo con las palabras de un párrafo sincero, visceral, que conecta contigo directamente, que te alimenta de emoción, que te excita, te violenta. Es posible que una voz te haga temblar, te seque la boca y se convierta en el centro de tu mundo, con todos tus sentidos atentos a cada matiz, cada inflexión. Es posible enamorarse así, como también es posible enamorarse solo de un cuerpo y no saber nada de esa persona.
X escucha unos tacones acercándose al reservado y antes de alzar la vista lo sabe. Algunas personas, lo merezcan o no, nunca tendrán un final feliz.