viernes, 16 de noviembre de 2018

Esplín.

Nuestro comportamiento es tan autolítico como creativo. Somos esfinges sin secreto buscando respuestas que no existen. Quizás por eso permanecemos tranquilos en medio de la oscuridad, nuestros cuerpos estrechándose entre las sábanas, tentando la suerte del superviviente, abrasándose en las zonas de contacto, tanteando la posibilidad remota. Recorro tu espalda muy despacio, transmitiéndote un poco de locura y malas intenciones. Me fascinan tus ojos, ese vértigo de kilómetros de profundidad, ese interior cálido y peligroso, ese accidente de color y densidad. Ojos que me arrasan en silencio, que desean atravesar todo mi ser, que me tientan con obscenidades aún desconocidas.

            Mi boca desciende hacia tu coño pagano, esa doble curvatura de incitación y humedad, vértigo inaprensible en plena excitación. Su sabor provoca en mí la sensación de flotar de nuevo en líquido amniótico, libre de toda realidad y dolor. Es un coño preñado de lluvia y absolutos, con ecos de mar y densidades de laberinto emocional. Mi polla se adentra en él, y cada centímetro de nuestra piel húmeda y sensible transmite al unísono una sinfonía de colapso.

Sensación de dominio. Sensación de sumisión. Intercambio de perspectivas. Miradas perdidas aunque coincidentes. Palabras obscenas transformadas en cánticos. Miedo controlado. Confianza ciega. Vientres abiertos en canal con un hacha sentimental. Cerebros arrancados de raíz tirando del nervio óptico enamorado. Ingravidez. Misticismo sin afección ni culpa. Dolor radiante sin prejuicio ni vergüenza. Los restos de timidez son el requisito indispensable para la entrega. Vulnerabilidad. El grado adecuado de violencia. El egoísmo derrotado ante nuestra naturaleza hedonista. Azotes que mañana serán excelsas marcas amoratadas. Dedos sumándose a la profanación de tu corazoño. Rostros enrojecidos. Sonrisas vesánicas. Ósculos mostrando la profundidad del secreto que compartimos.

Y llega la victoria, la eclosión, algo rasgándose al filo de la inconsciencia gracias a nuestra cruel voluptuosidad. Llega el estallido inverso, la intuición de inmortalidad, la vida desfilando veloz en apenas unos segundos. Llega el orgasmo de visceralidad suicida, la carne abierta en combustión espontánea, el corazón rozando la anoxia. Pero lo más peligroso, lo que me desarma, es ver aparecer tu sonrisa justo después de correrte. Y es entonces cuando quedo perdido, a tu merced, porque esa sonrisa ilumina y justifica por sí sola toda mi existencia.

sábado, 10 de noviembre de 2018

Las manos de la muerte se crispan sobre un cuerpo que no es el mío, sino la suma de todas las ausencias que me componen

La vida te ha golpeado con su sadismo enfermizo una y otra vez. La vida, esa maravillosa y mezquina broma cruel, te ha marcado con demasiados traumas inasumibles. Por eso decides tomar la iniciativa, un último acto de anarquismo libertario existencial: preparas un baño caliente, te metes en la bañera y te cortas las venas longitudinalmente, la forma más honesta de hacerlo. Mantienes firme la cuchilla contra la carne mientras la madrugada transcurre tranquila, indiferente y ajena.

Acurrucada en la bañera de agua tibia te preguntas si has tomado la decisión correcta. Todo lo que has experimentado desfila en tu mente como una película muda de director esquizoide: tus miedos magnificados hasta el placer masoquista, tus escasas alegrías minimizadas, integradas en un crisol de imágenes sin vigor. Empieza a invadirte un sopor frío, cierta languidez, ese leve mareo que el sistema nervioso envía como señal de emergencia. Sabes que no va a doler, que no durará mucho, no hay tanta sangre en el cuerpo, no atesoramos tanta vida como creemos.

Mientras el agua se tiñe de rojo reflexionas sobre lo que podrías haber sido dentro de cinco o diez años. Piensas incluso en un pequeño intruso creciendo en tu interior, devastando tu cuerpo, perpetuando más el sinsentido acumulado. Ya no habrá más besos, ni expectativas. No habrá más música, ni viento en la cara, ni dolor, dicha, enfermedad o cansancio. No más traiciones, venganzas ni ausencias. Lames parte de la sangre que recorre tu antebrazo, su gusto metálico te recuerda vagamente al vino excesivamente fermentado en barricas podridas, al útero materno antes de tener consciencia de nada.

El fin te consume como un grito silencioso, sin embargo la punzada de pánico se disuelve con un último pensamiento: el infierno seguirá mañana para todos los demás, pero para mí no. Para mí no.

Sonríes y cierras los ojos.


***

Has traspasado con el fuego líquido de tus labios una larga sucesión de cuerpos hasta llegar al mío. Dominas el arte de la angustiosa espera y conoces el cómo y el porqué. Hay un vacío embriagador en ti, algo de perversión inacabada, de placer homicida, de guerra sin tregua. A veces me sugieres una mezcla imposible de odio y veneración, de entrega y huida. A veces me das miedo y suscitas un cosquilleo homicida en las puntas de mis dedos.

Tus ojos rozan el verde oscuro en mitad del orgasmo, ojos hermosos y literarios, de loca hipersensible y vital. Tu capacidad de seducción es casi dolorosa, has sabido conjugar la inocencia perdida con la infinita ansia de depravación que solo unos pocos sabemos apreciar. Para ti deseo es realidad, no hay posibilidad de negación, no existen límites. Todos palidecemos ante tu sed de sangre, sudor y lírica. Siempre has dominado el arte de aniquilar pasiones estúpidas con un gesto seco y perfecto, con un mohín de desacuerdo, con una terca displicencia ante el proceso que nos convierte en polvo.

Te excitan las noches tormentosas, te gusta arrancarte la ropa y girar sobre la hierba del prado imaginando miles de manos tocándote, suplicando ser aplacadas por la savia de tu orgasmo. Tu naturaleza abrasiva te hace proclive a la autocombustión, ese atavismo que confirma nuestra conexión con la nada y lo imposible, con lo que sólo existe en las fantasías dictadas por nuestro deseo más furibundo. Eres, en resumen, la banda sonora de la estructura arquetípica que me envuelve y domina. El altar en el que arder hasta que, aburrida, esparzas mis cenizas contra el viento.

jueves, 8 de noviembre de 2018

El cumpleaños de Kovacs.

Kovacs iba a cumplir cuarenta años y había conseguido todo lo que un hombre podía desear: era enormemente rico y gozaba de un prestigio mundial, no solo por sus donaciones, sus patentes científicas y su implicación en varias causas humanitarias, sino también por su vida personal y sus variados y comentados amoríos de vodevil. Se había convertido en todo un ejemplo generacional de éxito empresarial y personal.

Su trayectoria vital se había viralizado gracias a varias películas y libros de enorme éxito que el mismo se había encargado de dirigir y escribir: en ellas mostraba como ser niño prodigio le había aislado del mundo y había corrido el riesgo de verse anclado en el aburrimiento estéril del colegio y la mediocridad de sus coetáneos, pero él estaba llamado a cosas más importantes, y se esforzó en convertirse en un genio autodidacta en todo lo que se proponía, daba igual que fuera el dibujo, la escultura, componer música o las artes marciales, todo se le daba bien y en todo conseguía ser el mejor.

El joven Kovacs finalizó su formación universitaria cinco años antes de lo habitual. En realidad, podía haberse perpetuado en el fatuo mundo académico, pero su faceta creativa le impedía estancarse en esos oxidados corches, así que pronto descubrió que su talento podía optimizarse económicamente en el (no tan) azaroso mundo de la Bolsa. A los veinticinco era una de las primeras fortunas del país. A los treinta rivalizaba con monarcas, jeques y freaks tecnológicos de internet en la lista de las cien personas más ricas del planeta. Lo demás había sido un camino trufado de éxitos y honores.

Ateo, heterodoxo, nietzscheano, con una vasectomía hecha nada más cumplir los dieciocho años, su curiosidad sin límites le exigía placeres proporcionales a sus capacidades. Se convirtió en un Dorian Gray moderno, con la salvedad de que tenía un absoluto control sobre su placer, no era inteligente desperdiciar salud y experiencia vital, conocía sus propios límites y su autocontrol le permitía parar justo después de superarlos. Las drogas no le consumieron, la bebida no le diezmó, el juego y las obsesiones consumistas pasaron de largo sin apenas rozarle. Nunca confundió el sexo con amor, deseaba con total intensidad emocional y se alejaba justo antes de que la dependencia emocional le hiciera caer en el patetismo. Era capaz de disfrutar de toda la depravación potencial de cada ciudad en una sola noche, y levantarse totalmente recuperado, sin secuelas aparentes por la excesiva pérdida neuronal y seminal.

 Sin cultivar un ego arrogante y detestable había llegado a la edad madura con la sensación del deber cumplido, convertido en una especie de rey del mundo, al menos de ese mundo que damos por válido en función del dinero y salud acumulado, la empatía satisfecha y el sexo garantizado. Además, la genética había sido benigna en su devenir vital y el cabrón aparentaba solo treinta años: distinguido y sutilmente atlético seguía poniendo cachonda a una joven de veinte, a una veterana de treinta y hasta a esas sacerdotisas de la vida y el desengaño que frisan los cuarenta. El monstruo púrpura se mantenía en plena forma: venoso, enorme, vicioso, hambriento, ansioso de coñitos con los que alimentarse cada noche.

Pero a pesar de tanta perfección y triunfo, o quizás precisamente debido a ello, en el amanecer de su cuadragésimo cumpleaños Kovacs decidió suicidarse. El sol todavía no había conseguido rasgar el horizonte boscoso que se divisaba desde su lujoso ático, pero el degradado cromático de azules iba dorándose levemente. En la mesa había una carta para su abogado, con las últimas voluntades y la distribución que debía hacerse de sus bienes, una botella de vodka ruso, pura ambrosía, y también un iPhone de última generación. Kovacs apuró su copa y deslizó sus dedos de pianista por la superficie táctil de la pantalla para realizar una última llamada:

- Hola, Mónica…
- Kovacs, ¿eres tú? (voz somnolienta) Joder, ¿cuántas veces te he dicho que no me llames de madrugada?
- Bueno, quizás no tenga mucha importancia en el orden fundamental de tu existencia, pero he decidido volarme la cabeza, y pensé que querrías saberlo.
- Ya, ya, mi amor… Llevas hablándome sobre el suicidio desde hace diez años. No te preocupes, será rápido y maravilloso.
- No, no, esta vez va en serio. He cumplido cuarenta y todo está hecho. La vida no tiene por qué gastarse sola. Debemos ser nosotros los que decidamos el momento de apagar el interruptor.
- Me enfermas, ¿te parece divertido despertarme para otra sesión de filosofía barata?
- Sólo quería decirte que la mayor parte de mi fortuna será para ti.
- Oh, gracias, gran señor. Es lo menos que merezco por permitirte jugar al medievo con mi culo y mi corazón. Si no te importa prefiero hablar cuando ya sea de día… (Clic)
- Maldita meretriz desagradecida, se ha atrevido a colgarme.-, murmuró Kovacs antes de estampar el teléfono contra la pared.

Se quedó quieto durante unos minutos considerando otras opciones. Pero no, estaba seguro de su decisión, la decadencia empezaba a vislumbrarse y no podía permitirlo, esta era la solución perfecta, la única posible: amartilló la pistola, respiró profundamente, metió el cañón en su boca y apretó el gatillo con suave determinación. ¡¡BANG!! Sus sesos se esparcieron por la pared dejando un bonito dibujo abstracto del que Hemingway estaría muy orgulloso.

Al día siguiente su esquela llenó de dolor el corazón de millones de mujeres.

miércoles, 7 de noviembre de 2018

Acabo el último vaso sabiendo que no habrá mañana, que no existe esa palabra, que he sido engañado.

Cuando tú no estás las sinfonías se convierten en solos para un piano borracho y sordo. No hay polifonía, no hay complejidad en el estúpido devenir.
Cuando tú no estás las nubes de la noche me condensan en un lamento de animal a punto de ser sacrificado. No hay lógica, ni cordura, ni sentido.
Cuando tú no estás el solista es incapaz de controlar sus dedos, las notas se duplican hasta cometer el error de existir. No hay placer al golpear la cabeza contra las paredes acolchadas.

Cuando tú no estás la ciudad es un desierto baldío, un atasco sin coches, una extensión árida de sufrimiento. No hay ni una sola vida imprescindible.
Cuando tú no estás mis manos sólo pueden recorrer el camino de la perplejidad. No hay senderos de locura, no hay sudores mezclados creando oleajes de sagrado placer.
Cuando tú no estás el eco de tu piel empalma mi alma a todas horas, buscando el cielo y la promiscuidad de la tormenta que apacigüe este frío. No hay orgasmos en el ocaso, no hay sensación que merezca recordarse.

Cuando tú no estás no importa que se desencadene el absurdo, que caigan las bombas, que muera el aire, que cese el pulso. Cuando tú no estás solo queda la inexistencia y la nada.

***
Olvidarse de uno mismo sentado frente a la ventana, apreciando los matices ocres reflejados en los tejados de la casa de enfrente. Sentirse parte de la estación, de la lluvia que sigue cayendo. Languidecer mientras atardece, acuchillar el vaso de vino, vaciarlo y llenarlo de nuevo. Tocarse un poco los cojones, aunque solo sea para comprobar su presencia siempre oscilante, tartamuda, acuciante en su necesidad. Y pensarte, desconocida, pensar en follarte cuando ambos estemos afilados como cuchillos, suaves como cañones humeantes de violencia, receptivos como mártires de la caricia.

A ti, querida desconocida, que eres luna de sonrisa aviesa, callejón sin salida, ausencia y ensueño, luz y reflejo, lluvia sobre mi lápida, bosque en llamas, desierto que fecundar. Mi acometida aguarda tu dilatado vacío, la marea creciente de tu interior. Somos carne humeante manchada de semen. Mi grito sobre tu grito. Tu necesidad sobre mi anhelo. Mi amor sobre tu fantasía. La única posibilidad de felicidad sobrevolando un firmamento sin estrellas. Ven y conviértenos en algo real.

***
El otoño es una estación realmente extraña, aúna la melancolía del alma con la excitación de la carne y los sentidos. Todo muere en otoño, la naturaleza se recrea en los tonos ocres, en los insectos agonizando bajo las hojas, en la preparación para el largo sueño invernal o quizás la fría muerte. En otoño el sexo cobra más importancia que de costumbre porque se nos recuerda sutilmente que la carne está en constante degradación, y entendemos que el sexo es la anestesia de la trascendencia, o quizás la trascendencia en sí misma, dado que sirve de antídoto contra esa muerte, de recreación y distracción.

Somos envoltorios de carne, pequeños animales con ansias de supervivencia y placer que luchan por perpetuar sus genes mientras la naturaleza entera sigue declinándose en horizontes quemados de hojas sin clorofila y nidos resecos por los rayos de un sol efímero y cruel. El otoño es un maullar de gatos en celo, el comienzo de una bella despedida.