martes, 10 de julio de 2018

Quizás la felicidad es el silencio del dolor porque la risa del mutilado aún necesita amor.

Aburrimiento. Quimeras. Bukowski. Máscaras. Fisura. Sísifo. Esquirlas. Chopin. Estupro. Adicción. Aflicción. Frío. Aquiles. Destemplanza. Peonía. Amor. Guerra. Futilidad. El arte no salva, solo se enamora de una soledad elitista, de la tristeza exhibicionista de una cama vacía. Síntomas que conmueven y provocan otra calada de escapismo. Veo entre sueños unas baldosas manchadas de vino y tinta, como si fueran el recorrido de una canción sobre mi piel muerta.

Todo es genial. Todo es una mierda. La desidia de bailar en la oscuridad con la oscuridad. El acto poético mancharse los dedos con la mortaja blanca del sexo. Esperar el accidente cálido y sensual. Unos pechos que envilezcan mis manos. Una lengua que recorra las fronteras del monstruo púrpura. Un coño convertido en cadalso y redención. No hagáis caso al pesimista que indica que todo es vulgar y ridículo, es cierto que somos animales masturbándose ante el espejo de la naturaleza, pero hemos sido nosotros quienes hemos puesto nombre al juego. Sigamos follándonos al suicidio sin entorpecernos con el baile de palabras confusas y anhelos de apagón.

Pero volvamos a la soledad de mi presente. Mi mano tiembla ante la pornografía depravada que Internet ofrece a sus files retoños. El estertor de mi sensibilidad hace zozobrar mi copa y el vino cae manchando mi vacío existencial. Me levanto para limpiar el desastre y en ese momento escucho unos gritos que vienen de la calle. Salgo al balcón y el espectáculo no puede ser más degradante: un poeta, como vil mesías llorando otoños, declama en voz alta sobre el amor y la épica del romanticismo y su pasión. Las ventanas se abren y la gente sonámbula agita sus cabezas y puños ante sus viles metáforas. Es inadmisible, nos ha costado años mutilar nuestra sensibilidad para que ahora venga un sensiblero enajenado y nos escupa en la cara nuestra falta de decoro y trascendencia. Saco la pistola y apunto con cuidado: ¡¡BANG!! Uno menos. Escucho aplausos. Llega un furgón de la policía y recogen el cuerpo. Los padres orgullosos salen a la calle en bata y pisotean sus poemas. Me estrechan la mano. Esos soñadores son peligrosos –me dicen-, su locura es contagiosa. Gracias a mi acción heroica sus hijos vuelven a estar a salvo.

Subo a mi casa y me siento delante del ordenador, ha vuelto el silencio y la normalidad. El estupor de los hombres grises dando cuerda a sus relojes. Algo rechina en un rincón de mi cerebro, pero lo ignoro. Me conecto a internet y busco el vídeo de antes, es hora de disfrutar del arte de verdad. Ropa interior desahuciada. Dedos abriendo la carne. Dolor. Placer. Mentira. Posesión. Un cuerpo aplastando otro cuerpo. La polla entrando con dureza. Fricción. Cosificación. Elipsis anal. Negación. Abismos. Cicatrices. Rompeolas en la piel. Destrucción. Garganta de aristas. La pornografía es tierra empapada y dilatada frotándose en el cajón cerrado de un eco de existencia pretérito... es poesía de nudos y cepos esquizoide. El orgasmo opaco. El disfraz de rencor. Una broma escatológica. Miedo a la otredad.

Y todo sigue. Y seguimos. Pero la calma no llega. Y mi orgasmo es muerte.

miércoles, 4 de julio de 2018

Reseña "De Profundis", de Oscar Wilde

De profundis es la epístola que Oscar Wilde (1854-1900) escribió a su amante Lord Alfred Douglas (1870-1945), alias Bosie, desde la cárcel de Reading, donde cumplió dos años de trabajos forzados por sodomía e indecencia moral. Wilde conoció a Bosie en 1891, el momento álgido de su carrera literaria. Bosie era hijo de John Douglas, marqués de Queensberry, el inventor de las reglas del boxeo. Tras varios enfrentamientos dialécticos, en 1895 el marqués dejó una nota pública en el club de Wilde acusándolo de homosexual. A instancias de Bosie, que odiaba a muerte a su padre, y desoyendo el consejo de sus amigos, Wilde inició contra el marqués un proceso por calumnia y difamación. El abogado de Queensberry amenazó con hacer comparecer a los muchos prostitutos de los bajos fondos londinenses con los que Wilde tuvo relaciones. Esto fue suficiente para probar la inocencia del marqués y condenar en los procesos subsiguientes a Wilde. En la cárcel de Reading, Wilde observa como su fortuna se desvanece, su madre muere y su esposa obtiene el divorcio y le aparta para siempre de sus dos hijos.

Wilde salió de Reading en 1897, convertido en un paria a quien se negaba la publicación y representación de sus obras e incluso el saludo en la calle. A pesar de todo lo sucedido se vuelve a reunir con Bosie en Nápoles. Pero su reconciliación dura poco, Wilde sintió que Bosie lo abandonaba cuando él ya no tenía dinero para sus extravagancias y ser vistos juntos era motivo de vergüenza y no de orgullo. Bosie a su vez quería ser aceptado como poeta lejos de la sombra de su protector. De Nápoles salió la última producción de Wilde, La balada de la cárcel de Reading. Murió tres años más tarde en París. Incluso su muerte tiene una anécdota curiosa: antes de morir pidió el champán más caro del hotel en el que se alojaba y, en un momento de lucidez, consciente de su ruina económica, dijo: «Estoy muriendo por encima de mis posibilidades».

Volviendo a la carta, en ella le reprocha a Alfred las infidelidades, la ruina económica, el abandono, la divulgación de su correspondencia privada, la destrucción de su Arte y el inicio del juicio que lo llevó a la ruina. En medio de la guerra visceral entre Alfred y su padre, Wilde se vio envuelto en una “tragedia repugnante y repelente”. El resultado fue que el marqués de Queensberry apareció ante todos como un “héroe de opúsculo de catequesis”, Bosie como un joven inocente manipulado por cuarentón perverso y Wilde quedó a medias entre “Gilles de Rais y el marqués de Sade”. Sin embargo, la cárcel y el dolor son experiencias en las que Wilde encuentra el camino de la regeneración moral. La carta es de una belleza desgarradora: «Detrás de la alegría y la risa, puede haber una naturaleza vulgar, dura e insensible. Pero detrás del sufrimiento, hay siempre sufrimiento. Al contrario que el placer, el dolor no lleva máscara».

A pesar de la vehemencia de sus reproches, de la ira reprimida, de la tristeza, también hay momentos de inteligentes metáforas, de geniales diatribas sobre un amor que fue neurótico y clandestino por la represión de la época. Repite la frase «el vicio supremo es la superficialidad», y de ahí pasa del reproche a la advertencia moral: avisa a Bosie que las consecuencias de convertir el odio hacia su padre en el sentimiento central de su vida es haberle amputado la empatía y la imaginación para todo lo demás.

Todo el texto denota, en el fondo, un ansia por comprender el comportamiento malsano e ingrato de Bosie, una búsqueda de justificación y autoengaño. Pero la absurda tragedia es la miopía sentimental de Wilde, que diviniza a Bosie como si se tratara de la reencarnación de Dorian Gray, cuando solo es un cretino vulgar y limitado. Algunos podrían argüir que resulta demasiado prejuicioso condenar a Bosie sin conocer su versión de la historia, pero gracias a la biografía de Douglas Murray sabemos cómo siguió su vida: después de morir Oscar Wilde abjura de él y su relación, y no cesa de difamarlo siempre que tiene ocasión. Se arrepiente de sus devaneos homosexuales, contrae matrimonio y se convierte al catolicismo. Años después añade a su currículo ser un antisemita furibundo y declarar públicamente su admiración por Adolf Hitler. Tiene un enfrentamiento con Winston Churchill, quien le acaba poniendo un juicio por libelo que le hace acabar en la cárcel. Y cuando estalla la Guerra Civil Española, nuestro querido lord Alfred toma partido por el general Franco, a quien considera el salvador de Occidente.

Tirar tu vida a la basura por alguien que no lo merece es, según se mire, una estupidez o un acto de poesía autodestructiva, la prueba definitiva de que la vida carece de lógica. Escribir sobre ello puede dar lugar a novelas tan interesantes como El tedio, de Alberto Moravia, o esta carta donde leemos, con la misma perplejidad y orfandad que Wilde, el desarrollo de sus pensamientos. De Profundis es recomendable para aquellos que ya han leído su obra y quieren escarbar en su biografía, pero lejos queda ese ampuloso prólogo de su novela El retrato de Dorian Gray, aquí tenemos al escritor abierto en canal, vencido, solo, su vida destrozada frente a él. Toda una experiencia literaria.

Aunque el hombre mata lo que ama
que cada uno de ellos escuche lo siguiente:
algunos lo hacen con mirada amarga,
otros con palabra aduladora.
El cobarde mata con un beso,
¡el valiente lo hace con la espada!

miércoles, 27 de junio de 2018

Reseña “El retrato de Dorian Gray”, de Oscar Wilde

“—¡Resulta tan triste! —murmuró Dorian Gray, con los ojos todavía fijos en el retrato—. Me convertiré en un viejo, horrible, espantoso. Pero el cuadro siempre será joven. Nunca dejará atrás este día de junio… ¡Si fuese al revés! ¡Si yo me conservase siempre joven y el retrato envejeciera! Daría… ¡daría lo que fuera por eso! ¡Incluso el alma!”

Como uno de los principales exponentes del esteticismo inglés del siglo XIX, Oscar Wilde considera el arte la pura exaltación y búsqueda de la belleza alejada de cualquier filosofía utilitarista. Esta concepción choca radicalmente con las nociones victorianas que consideran al arte un instrumento de educación moral o cívica. El esteticismo proclama la autonomía del arte, afirmando que la utilidad lo somete y esclaviza; y precisamente es la inutilidad lo que lo libera. En el prefacio del libro Wilde defiende que el artista puede utilizar entre sus materiales la moralidad, pero no someterse a ella. La obra de arte, según Wilde, se juzga y es válida solo por su belleza: «Un libro no es, en modo alguno, moral o inmoral. Los libros están bien o mal escritos. Eso es todo», «el arte es inútil; el artista no pretende convencer, demostrar, educar»

Para Wilde, así como para otros destacados del esteticismo, el dandy encapsula el ideal del esteticismo como forma de vida puesto que busca hacer de su vida una obra de arte: lo distingue su amor por el arte, la búsqueda de belleza, placer, refinamiento y conversación encantadora. Lord Henry Wotton es quizás quien mejor le representa en este libro. El dandy necesita una audiencia para la cual actuar, necesita de espectadores, pero esta dependencia resulta peligrosa puesto que la audiencia puede volverse contra él. La propia biografía de Wilde es el mejor ejemplo: el púbico victoriano le recibía en sus salones como un héroe, como una gran literato e intrigante socialité. Este mismo público fue quien, más adelante, le abandonó y vituperó tras su juicio y condena por sodomía. Este juicio le llevo a la cárcel, y luego murió solo y desahuciado unos años después en París.

La curiosa paradoja de la novela es que al principio parece querer defender los ideales del dandy y el esteticismo, la independencia del arte frente a la moralidad, pero al final aparece una terrible y clara lección moral sobre las consecuencias de vivir entregado exclusivamente a los placeres hedonistas. Como si Wilde despreciaba el utilitarismo victoriano del arte didáctico, pero no por ello pudiera evitar ser moral. O tal vez solo fuera el miedo a la censura y la reacción del público. Aquí pecó de iluso, porque a pesar de todo, la primera versión de su novela, publicada en Lippincot’s Monthly Magazine en 1890, fue tachada de vulgar, sucia, envenenada y vergonzosa. Entre otras cosas tuvo que retirar el material todo el material homoerótico que hacía explícita la naturaleza amorosa de los sentimientos del artista Basil Hallward hacia el joven Dorian Gray. Precisamente hace unos años la editorial Reino de Cordelia publicó en España esa versión original y sin censura.

Como curiosidad final el venenoso libro francés que corrompe a Dorian Gray está basado en la novela “A contrapelo” (1884) de Joris-Karl Huysmans, que junto al libro de Wilde y “Hedda Gabler” (1891) de Henrik Ibsen, forman el tríptico literario más destacable sobre el esteticismo. En resumen, un libro indispensable, como casi todo lo que escribió Oscar Wilde, y un placer intelectual de alto nivel.

Como también soy fanático de los cómics, encontré esta novela gráfica del excepcional Enrique Corominas. Es un archivo .cbr, os bajáis un programa para leerlo en el ordenador (CDisplay), y con la barra espaciadora o el ratón vaís pasando las páginas. Si os gusta compradlo, yo lo tengo y merece la pena.

miércoles, 20 de junio de 2018

Acabo de escuchar decir que Neruda por violar y Bukowski por maltratar dejan de ser grandes artistas. Que solo lo mantenemos lejos del juicio moral por no perderles. ¿Qué opina señor decadente?

https://curiouscat.me/Rorschachkovacs es una página donde de forma anónima -la mayor parte de las veces- recibo preguntas sobre cualquier tema. Como en concreto esta pregunta tienen cierta enjundia y debido a la extensión de mi respuesta no me deja poner el texto completo, lo copio aquí: Acabo de escuchar decir que Neruda por violar y Bukowski por maltratar dejan de ser grandes artistas. Que solo lo mantenemos lejos del juicio moral por no perderles. ¿Qué opina señor decadente?

Recuerdo que al leer su libro “Confieso que he vivido” y llegar a este fragmento me quedé perplejo por la forma aséptica con la que narraba la situación: “«Una mañana, decidido a todo, la tomé fuertemente de la muñeca y la miré cara a cara. No había idioma alguno en que pudiera hablarle. Se dejó conducir por mí sin una sonrisa y pronto estuvo desnuda sobre mi cama. Su delgadísima cintura, sus plenas caderas, las desbordantes copas de sus senos, la hacían igual a las milenarias esculturas del sur de la India. El encuentro fue el de un hombre con una estatua. Permaneció todo el tiempo con sus ojos abiertos, impasible. Hacía bien en despreciarme. No se repitió la experiencia

           Lo del maltrato de Bukowski ya es un poco más ambiguo, sí, hay una grabación en que golpea con los pies a su esposa, pero aparte del talante machista y resentido de Bukowski, no consta ninguna otra situación de violencia física hacia ninguna de sus parejas, cosa que sí sucede al revés. Y hay muchos biógrafos y testimonios al respecto, lo cual resulta muy significativo teniendo en cuenta la clase de mujeres que frecuentaba (Jane se prostituía en cuanto faltaba dinero) y su alcoholismo. Quizás lo que olvidan algunas feministas encantadas de plasmar a Bukowski como un ser horrible, es que él sí fue victima de malos tratos por parte de su padre durante toda su infancia y adolescencia. Maltratos de una violencia terrible, con cualquier excusa, y bajo la mirada impasible de su madre. También para analizar.

Pero entiendo tu pregunta de fondo, ¿es ético disfrutar de una obra de arte si el artista es una persona de conducta censurable? Yo creo que sí, porque una cosa es la obra de arte, un legado intelectual que, en teoría, convierte el mundo en un lugar mejor, y otra cosa su comportamiento personal. ¿Acaso el talento tiene algo que ver con la catadura moral? Lo que admiramos es el potencial del ser humano, su exitosa ambición de trascendencia plasmada en una obra que los demás podemos disfrutar. Un médico puede salvar vidas y, sin embargo, ser un mal padre, un mal marido, ¿le incapacitamos para seguir haciendo su trabajo? No, juzgamos que salve vidas, su talento, su éxito. 

Como he leído muchas biografías casi nunca he caído en la ingenuidad de idealizar a un escritor. De todas formas, creo que el problema no es la decepción sino la incómoda perplejidad que causa para mucha gente que un artista, alguien en teoría sensible, amante de la belleza, sea capaz luego de degradarse tanto en su vida personal. Y esa incapacidad para entenderlo es lo que provoca tanto rechazo. Pero la respuesta es sencilla, casi todos los artistas son personas desequilibradas, personas con taras, traumas y frustraciones, ¿acaso es sano dedicar los mejores años de tu vida, incluso tu vida entera, a la búsqueda obsesiva de la gloria, la perfección y la inmortalidad? Eso es lo que provoca adicciones, alcoholismo, relaciones tóxicas, suicidios… con esto no quiero excusar su comportamiento, pero está claro que idealizar a alguien por su obra es una estupidez.

Además, y ya por meterme en otros aspectos de tu pregunta, también hay cierta caza de brujas de algunas feministas por demoler las biografías de escritores, como si al poner en duda su obra ayudasen a demoler el terrible patriarcado opresor. Sin embargo, nunca he escuchado a ninguna feminista quejarse de la orfandad de los hijos de Sylvia Plath -uno de ellos se suicidó muy joven-. Una vez el autor lanza al público su obra, esta se independiza y pertenece al mundo, ¿qué importa descubrir que Arthur Conan Doyle, famoso por su personaje racionalista, creía en las hadas? ¿O que el bohemio Oscar Wilde, dandy decadente por antonomasia, tuviera una dentadura fétida y ennegrecida a consecuencia del tratamiento con mercurio recibido para aliviar los síntomas de la sífilis que había contraído al final de la adolescencia? ¿Qué importa que Bukowski, epítome del macho alfa follador, tuviera una vida sexual paupérrima, lamentable incluso para un adolescente, hasta bien entrados los cincuenta? Claro, tú te referías en tu pregunta a cosas moralmente reprobables, pero lo que quería mostrarte es que el artista es una mentira per se, por eso su obra es independiente del juicio biográfico. Lo mejor es no investigar. Y algo más útil: alejarse de la dictadura de lo políticamente correcto: solo crea tontos frustrados.