sábado, 16 de julio de 2022

El filósofo es el único rebelde que siempre triunfa desde el interior, por eso, si tengo que elegir entre Espartaco que se rebela y odia, y Epicteto que parece resignarse y perdona: siempre con Epicteto.

Antes de los sueños llevaba una vida monótona: madrugar, conducir como una zombi hasta la oficina, varias horas de trabajo hasta que llegaba la hora de la comida y calentaba mi tupperware en el microondas, charla banal con mis compañeros, retomar el trabajo hasta las cinco de la tarde, y luego volver a casa, quizás una visita rápida al supermercado para hacer algo de cena decente o, si el cansancio no me lo impedía, quedar con alguna amiga o tener alguna cita con alguien decepcionante de Tinder con el que, a pesar de todo, terminaba acostándome solo para sacudirme el sopor de la semana. Tampoco es que el fin de semana supusiera demasiada novedad en mi vida, de hecho, lo aprovechaba para descansar, llenar la nevera, limpiar un poco mi casa y ponerme al día de todas las series de Netflix que seguía. También iba cada dos semanas a una psicóloga, un par de compañeras de la oficina me lo habían recomendado, y creía que hablar con alguien me ayudaría a librarme de mi sempiterna desidia vital, aunque de momento no había conseguido ningún progreso.

Fue hace dos meses cuando tuve mi primer sueño lúcido. Estaba en un avión, no sabía el destino ni por qué estaba allí, pero lo aceptaba con normalidad, como quien entra al cine a mitad de la película e intenta llenar los huecos de la historia sobre la marcha. A pesar de las turbulencias hablaba con mi compañero de asiento con tranquilidad. Era un hombre maduro, de pelo corto, con bastante canas en las sienes y barba de dos o tres días; las gafas de pasta negra pasadas de moda le daban un aire intelectual muy atrayente, también su forma descuidada de vestir, como si hubiera cogido cualquier cosa del armario sin prestar demasiada atención. Pero lo mejor era su voz, me tenía fascinada, era profunda, varonil, pero a la vez suave y aterciopelada; además, hablaba de forma pausada, sin estridencias.

En mitad de un silencio cómodo me sonrió y dijo que era un maleducado, que ni siquiera se había presentado. Cuando me dijo que se llamaba Marcos me dejó descolocada, pero no debió de notarlo porque enseguida me preguntó si era la primera vez que iba a Nueva York, que esperaba que hubiera cogido ropa de abrigo porque en septiembre hacía bastante frío. Tuve un pálpito y cogí uno de los periódicos que había repartidos por todos los asientos: sí, la fecha coincidía, desde luego era un sueño muy retorcido, pero seguí hablando sin mostrar nerviosismo. Sí, le contesté, era la primera vez, llevaba mucho tiempo planeando este viaje, aunque ahora ya no me hacía tanta ilusión. Me observó con intensidad, con un silencio discreto, y noté que me ruborizaba ligeramente. Mi primera impresión había sido acertada: era un hombre con un atractivo especial, y tenerle tan cerca despertaba mi lado más juguetón y sensual, tenía ganas de coquetear con él, de implicarle en ese juego de seducción, tan en desuso hoy en día, en el que cada gesto, mirada o comentario tiene connotaciones sexuales, aunque luego no quieras hacer nada.

Dos horas después, aunque quizás no tardé tanto en decidirme, la percepción del tiempo en el sueño era imprecisa, estábamos follando en los baños del avión. En la vida real nunca me hubiera planteado algo así, era bastante puritana, pero la impunidad del sueño me desinhibía, y el morbo de la situación provocó que, a despecho de la mediocridad sexual de mi vida real, me corriera con intensidad un par de veces. Nada más terminar y cuando todavía me estaba recomponiendo la ropa, el avión empezó a caer con mucha velocidad, taponándome los oídos. Dentro del baño escuchábamos los gritos, y la histeria del resto de los pasajeros; observé a Marcos, pero aunque percibía la inquietud en su mirada, no parecía asustado. Quise despedirme, pero solo me dio tiempo a darle un beso antes de que nos estrelláramos contra una de las Torres Gemelas.

Cuando se lo conté a mi psicóloga me aseguró con displicencia que no tenía importancia, seguramente me había sugestionado con algún documental, y sugirió que tomase melatonina e hiciera un poco más de ejercicio antes de acostarme. Salí un poco decepcionada por su falta de intuición, y eso que llevaba yendo a su consulta más de dos años. Sí que tenía importancia, sobre todo porque era la primera vez que tenía un sueño erótico con alguien que no fuera mi hermanastro, mi primer y único gran amor, el cual, curiosamente, también se llamaba Marcos.

Todo comenzó cuando tenía trece años, mi madre se había vuelto a casar y nos mudamos a la casa de su nuevo marido, y fue allí donde conocí a Marcos. Él tenía diecisiete años y, aunque suene tópico, era diferente a todos los demás chicos, no solo porque le gustaba escribir poesía, o actuase de forma impecable en su papel de hermano mayor responsable y atento, sino también por su forma de existir, de moverse, sus extrañezas, las opiniones que dejaba caer en nuestras conversaciones sobre arte, música o cine, y que yo memorizaba para intentar atrapar esa pequeña parte de su universo. También me atraía su obsesión por vestir casi siempre de negro, por esconder un cuerpo perfecto y musculado detrás de una lánguida pose trágica. Eso no le impedía ligar bastante, y yo odiaba con intensidad a todas las mujeres que aparecían por nuestra casa, aunque se aburriera de ellas a las pocas semanas y su recuerdo se redujera a unos cuantos mensajes desesperados en el contestador. Mi madre a veces le amonestaba, decía que las utilizaba, que no sabía comprometerse, pero yo le justificaba: ninguna estaba a su altura, nadie lo estaba.

Aún recuerdo con viveza aquel fin de semana: me despertó de madrugada el ruido de la ducha y salí adormilada de mi habitación; la puerta del baño estaba entreabierta, seguramente había estado de fiesta y quería despejarse. Me apoyé en la puerta y le observé, era la primera vez que veía a un hombre masturbándose y su efecto en mí fue inmediato: algo oscuro y ardiente se extendió por todo mi cuerpo, quería entrar ahí, necesitaba que me poseyera, que extirpase a la niña y me convirtiera en una mujer. Tuve que clavarme las uñas en las palmas de las manos para controlarme, pero no pude evitar seguir ahí, quieta, fascinada, observando durante unos minutos más cómo se tocaba, de esa forma tan brutal y mecánica que tienen los hombres, hasta que empezó a gemir con una sensualidad que me hizo temblar de placer. Y tal vez fue mi imaginación, quizás ni siquiera sabía que estaba ahí, pero entonces giró la cabeza para mirarme y sonrió, lo que me sacó de mi estupor y me hizo salir corriendo hasta mi habitación y cerrar la puerta. Al día siguiente, cuando coincidimos en el salón, no capté ninguna mirada, ningún gesto que revelase nada, pero ese recuerdo estuvo conmigo a partir de entonces todas las noches, ensortijado entre mis dedos húmedos de lujuria.

Por desgracia, a partir de entonces noté en él cierto distanciamiento, como si se sintiera incómodo en mi presencia; en muchas ocasiones quise hablarlo, pero no sabía qué decirle, cómo expresar mis sentimientos; me sentía una niña a su lado, no quería que se riera de mí. O tal vez yo no tenía nada que ver con su cambio de actitud, quizás se sentía insatisfecho con su vida, desubicado. En cualquier caso, a los pocos meses anunció a toda la familia que le habían concedido una beca para estudiar en Nueva York y que había decidido aceptarla. Me quise morir, fue algo horrible, de vivir juntos pasamos a solo vernos en las fiestas familiares; y lo peor es que me sentía culpable, como si en cierta forma yo hubiera provocado todo esto. Seguí obsesionada con él durante toda mi adolescencia, y aunque tuve algún novio, eran relaciones muy superficiales, le tenía tan idealizado que era imposible que nadie pudiera desplazarlo de su altar.

Pasaron los años y un día, de forma sorpresiva, ni siquiera le había visto las últimas Navidades, me llamó y me invitó a ir a verle. Yo iba a cumplir dieciocho años a finales de ese mes, y me dijo que ya había hablado con nuestros padres, y que él se encargaría de recogerme en el aeropuerto y hacerme de guía turística; además, añadió de forma criptica, me lo debía, ya era hora de que viviera una pequeña aventura. Casi me desmayo de la emoción: la siguiente semana fue una locura entre hacer las maletas, solicitar el pasaporte y, lo reconozco, resucitar viejas fantasías. Ya no era una niña, y necesitaba darle un sentido a nuestra historia, y qué mejor lugar que allí donde nadie nos conocía y éramos libres de hacer cualquier cosa. Sin embargo, un día antes de coger el avión recibí otra llamada que cortaría mi vida en dos: Marcos había tenido un accidente de coche y había muerto horas después en el hospital. Lloré durante semanas, meses, apenas comía, apenas vivía. Me regodeaba en el dolor, un dolor tan punzante, tan extremo, que mi familia, desbordada por la preocupación, estuvo a punto de internarme en un psiquiátrico. Comencé a tomar antidepresivos, una dosis bastante alta, la única forma de anestesiarme; después, por pura supervivencia, intenté esconderme en otros cuerpos, en otras drogas, en una vida cauterizada y sin sentido, pero que, a fin de cuentas, era la única vida que tenía.

Hasta que, doce años después, empezaron estos sueños. El primero fue el del avión, pero luego he tenido más, todos más o menos parecidos. El escenario cambia, puede ser un tren, un autobús, un edificio, una cafetería, pero siempre estamos Marcos y yo, conversando tranquilamente, ajenos a todo lo que acontece a nuestro alrededor, como si hubiéramos sido amantes hace muchos años y ahora intentásemos compensar el tiempo perdido redescubriéndonos el uno al otro. Y al poco rato, de forma ineludible, él, yo, o incluso los dos a la vez, insinuamos con una sonrisa procaz que ya ha llegado el momento, y nos metemos en cualquier lugar para hacer el amor, siempre como preámbulo de la muerte, porque todos los sueños terminan igual: un atentado, un accidente, un incendio, un terremoto, e incluso un tsunami arrasándolo todo.

El problema es que cuando me despierto, totalmente mojada y con agujetas en las piernas, la vida real me parece insustancial y aburrida. No tengo ganas de ir al trabajo, ni de hacer nada, es como si vivir solo tuviera significado cuando sueño con él. Nadie había conseguido superar el fantasma de Marcos, ni me había susurrado en catalán que mataría monstruos por mí. Pero tengo miedo, ¿por qué siempre termina todo en accidentes mortales, es una metáfora freudiana sobre el orgasmo? ¿Por qué tengo la sensación de que él es real, de que estoy soñando dentro de su sueño, o él dentro del mío, qué sucedería si pudiéramos vernos en persona?

El solo hecho de reflexionar sobre todo esto me está volviendo loca: solo son sueños, sublimación onírica de mi vacío afectivo, del dolor sin cicatrizar que me produjo la muerte de Marcos en mi adolescencia. Joder, tengo treinta años, debería ser más racional, mantener la compostura y, si es necesario, volver a los antidepresivos; lo que no puedo hacer es dejarme llevar por mis fantasías, comprar un billete de avión y presentarte en Barcelona a una cita con alguien con el que sueño, eso es completamente absurdo. Pero aquí estoy, paseando nerviosa a las once de la noche por la plaza de Sant Felip Neri, dándole vueltas a todo, pero también dudando de si el conjunto de suéter rojo y falda de cuero me favorece o tendría que haber elegido otra cosa. No sé qué me da más miedo, si el hecho de que él venga, o que intenten avasallarme un par de ingleses borrachos.

El sonido de unos pasos a mi espalda interrumpe mis reflexiones, sea quien sea se acerca hacia mí con decisión. Estoy tan nerviosa que no me atrevo a girarme. De pronto su voz, la misma voz de mis sueños, tan parecida a la de Marcos, penetra en el silencio de mi vida: “¿Irene, eres tú?".

miércoles, 6 de julio de 2022

Tímido e inconcluso poeta, marioneta consciente que confunde ternura con humedad afónica, cumplir años con sustituir un corazón de fuego por uno de piedra.

Son las tres de la madrugada, otra noche de amargura y alcohol barato. El nudo de mi pensamiento es que todo ha salido mal en mi vida, pero el problema real es que tengo que seguir, y seguir, y seguir, y por desgracia hace tiempo que me invade una desesperanza resentida. Por eso, cuando el impertinente timbre del móvil rompe el silencio, solo una ligera curiosidad malsana me mueve a buscarlo entre mi ropa. Sin embargo, no puedo evitar pegar un respingo cuando reconozco el número de teléfono: Helena. Meses sin saber de ella y ahora, de pronto, ahí está, solo tengo que aceptar la llamada y su voz entrará de nuevo en mi vida. El Übermensch ha muerto, ¿acaso puedo resistirme?

Helena: Qué tal Rorschach… solo quería decirte que estoy cansada de cruzarme con pollas sin talento. Mi coño es incapaz de soportar más decepciones, creo que mi única opción es volverme lesbiana y adicta a la masturbación.
Rorschach: Me encantan tus frases preparadas, pero tu única adicción es llenar vacíos existenciales con desgarros vaginales. Tu cinismo no conseguirá embaucarme esta vez.
Helena: A mí me encanta tu refinamiento. Quiero que descubramos juntos hasta donde alcanza mi deseo, he descubierto una parte oscura que solo puedo sacar contigo, quiero que me domines, que saques la furcia que hay en mí, la puta que quiere comerte la polla de rodillas, lamerte los huevos, apretarte dentro de ella, la golfa que necesita tu semen deslizándose por su cara, la que quiere llorar de placer atada a la cama y perder el miedo dejando que tortures su cuerpo con tus perversiones.
Rorschach: Me gusta vivir el presente, querida Helena, pero tú ya no vives aquí, te largaste de esta apestosa ciudad dejándome solo con mi locura. Eres desleal y caprichosa, ¿y pretendes ahora que bailemos juntos en el jardín en llamas de tu lujuria?
Helena: Acepta mi videollamada, bastardo, me voy a abrir para ti, voy a jadear para ti, voy a ser tu maldito juguete sexual…
Rorschach: Sucia meretriz… -me tiemblan las manos cuando acepto su solicitud, y unos segundos después veo a Helena masturbándose con furia en mi pantalla-. Ahora entiendo el plan maestro de las élites: a la mierda la intelectualidad digital, solo queremos utilizar la tecnología para darnos nuestro chute de endorfinas diario.
Helena: Olvida tus putas paranoias nihilistas y sácate la polla. No enfoques tu cara, necesito ver cómo te masturbas.
 
        Todo resulta demasiado morboso: coloco el móvil a la distancia adecuada y empiezo a tocarme con lentitud. Helena coge un consolador enorme, quizás uno de los que le regalé cuando vivía conmigo en Madrid, lo pone al máximo de vibración y empieza a follarse con violencia.
Helena: ¿Quieres que gima tu nombre? ¿Qué necesitas?
Rorschach: Me alegra que, a pesar de cosificarme, me des algo de iniciativa -le contesto con calma, aunque siento mi polla a punto de estallar-. Miénteme, dime que me quieres, que amarme era demasiado doloroso para ti y por eso te fuiste.

        Entorna los ojos, se frota el clítoris con desesperación mientras hace desaparecer entero el consolador dentro de ella, mientras gime mi nombre con un placer turbio y doloroso. La lasciva imagen se emborrona en mi cerebro, es un frenesí, una obra de arte incendiándose lentamente. De repente, como si la atravesase un témpano de hierro fundido, arquea la espalda hasta el infinito y exhala un largo suspiro.
Rorschach: Maldita puta, no he terminado, sigue, sigue hasta que te sangren los dedos. Ella, obediente, se acerca aún más a la cámara y se pone a cuatro patas; su cuerpo es un abismo de lubricidad resucitado, un acto de vudú esclavista. Juguetea con su saliva y, con una sonrisa condescendiente, se mete el pulgar en el culo y comienza a masturbarse de nuevo.
Helena: Me encantaría estar ahí -me dice entre gemidos-. Joder, me encantaba cuando te descontrolabas, me rompías la ropa y me violabas contra el suelo. Nunca me he sentido más degradada y excitada a la vez. Lo que más echo de menos es cuando me agarrabas la cabeza y me obligabas a lamerte el culo y luego me ahogabas con tu polla hasta que sentía que me iba a desmayar.

Rorschach: No te pongas romántica, fuiste tú quien huyó, quien no pudo seguir a mi lado. Quizás fue lo mejor: solo éramos dos cuerpos chocando en la oscuridad, sin redención ni salida. Ahora solo intento cubrir el agujero de desesperanza que has dejado en mi interior.

Helena: Mierda, sigue hablando, cómo me excitas, cabrón -cierra los ojos y su mano desaparece entera en su interior-, te siento tan dentro de mí, llenándome totalmente, me encanta el dolor que me provocas…
Rorschach: Bienvenida al sexo de Huxley, a la ausencia de ideales, al semen caliente y espeso sobre tu rostro granulado, al andamiaje de mentiras, al cadáver de la nada…
Empieza a gemir cada vez más fuerte, hasta que su squirting, con una hermosa parábola, baña el objetivo de la cámara del móvil enturbiando la imagen.
Rorschach: Sin darte cuentas has conseguido crear una metáfora pornográfica de aquella frase sobre las lágrimas en la lluvia que dijo Roy Batty en Blade Runner.
Helena: 
Me ha encantado, poeta -me contesta con voz agotada-, pero mañana tengo que madrugar. Au revoir.

        Su imagen desaparece y la oscuridad vuelve a reinar en la habitación. Miro el reloj: son las cuatro de la mañana. Me tumbo en la cama y, durante unos segundos, dudo de si realmente he estado hablando con ella o solo ha sucedido en mi cabeza. En cualquier caso, ¿qué más da? La metáfora de mi decadencia es esta insalubre falta de pasión en forma de polla flácida; ni siquiera un orgasmo podría salvarme. Aunque, ¿acaso tuve alguna vez fe en mi propia salvación? Au revoir, bella dama.

domingo, 26 de junio de 2022

Tenemos permiso del eclipse para desollarnos a la sombra del reloj atrasado y creernos inmortales; forniquemos ebrios de sombras, esquizofrénicos de esperanza.

La vida es como una partida de ajedrez: cuando te das cuenta de que quieres dejar de jugar y ofreces tablas, tu rival te indica con una sonrisa monomaniaca y cruel que no va a permitirte ni siquiera eso. A veces pienso en ti, tengo ganas de llamarte, no sé, de intentar arreglar las cosas entre nosotros. Pero nunca consigo que sea el día adecuado, siempre llego cansado o agobiado del trabajo, siempre hay algún puto problema que tengo que solucionar y que no me deja tiempo para… joder, de hecho, hoy, en mi único día libre, tengo que ir a renovar el carnet de conducir, me llegó el otro día la carta, y no me puedo permitir más multas de tráfico.


        Cada diez años toca hacerlo y quizás, más incluso que mi cumpleaños, es el signo más evidente de mi decrepitud física, del camino sinuoso y sin trincheras a la vista que me llevará a la tumba; y no es que, tú ya lo sabes, me importe demasiado morir, pero, aunque suene incongruente, me desagrada la certeza del hecho. Así que, cada vez que me toca renovar el carnet, al igual que sucede en mi cumpleaños o en las fiestas de Navidad, la noche anterior me emborracho como si fuera un cínico a las puertas del infierno. Por desgracia, ahora estoy sufriendo las consecuencias, son las once de la mañana, tengo un terrible dolor de cabeza por la resaca, y mientras conduzco hacia el lugar donde realizan el examen médico y se pagan las tasas estoy inmerso en una miríada de pensamientos intrusivos depresivos, de esos que giran en torno a sí mismos en un torbellino sin sentido; supongo que tampoco soportan la nada, necesitan un punto de apoyo, un confidente, alguien como tú, un pararrayos emocional; sin embargo, estoy solo, y lo único en lo que pienso es en parar el coche y dormir. Pero soy una persona adulta, la gente normal no hace ese tipo de cosas, es responsable, tiene su agenda y se mantiene firme ante las obligaciones; dios mío, ojalá pudiera vomitar sobre mi alienamiento vital y volver a casa. Miro la hora: todavía me sobra algo de tiempo, por lo que decido aparcar y buscar un bar para tomarme una cerveza, quizás así pueda tranquilizarme.

        No necesito pasear demasiado para llegar la misma conclusión de siempre: Madrid es insoportable, siempre hay ruido, obras, gente que te empuja, atascos, turistas haciendo fotos y con miles de bolsas del Primark… es una puta mole de cemento achaparrada que se yergue sobre nosotros como una miserable Torre de Babel sin personalidad ni épica, sin vocación de hogar ni trinchera, como un beso negro carente de amor. Harto de todo entro en el primer bar que veo, es de esos sitios viejos, casi norteamericanos, con una larga barra, un viejo rencoroso detrás de ella, y ese olor rancio a vino, fritanga y fracaso. Pido una cerveza y miro a mi alrededor: solo hay otra persona bebiendo, un par de taburetes más allá, una mujer enorme, con el pelo verde muy corto y maquillaje espeso; además, lleva un enorme vestido fucsia, aunque parece como si hubiera cogido una sábana sucia de hotel barato y le hubiera hecho un agujero para meter la cabeza. La miro fijamente y ella se percata.

—Hola —Se levanta y se arrastra hasta donde estoy sentado—. Soy Helena, trabajo como vidente.
—Rorschach Marlowe, controlador aéreo en paro —contesto.
—¿Te leo la mano, Rorschach?
—¿Cuánto?
—Una cerveza.
—De acuerdo.
Cuando me coge la mano izquierda noto una sensación viscosa, reprimo un escalofrío y me fijo en cómo la mira y recorre con su dedo lentamente la palma.
—Ah —dice—, tienes una línea de vida muy larga.
—En realidad, creo que ya he vivido demasiado. Dime algo nuevo.
—Ah —se concentra un poco más—. ¡Oh, ya lo veo! —exclama—. Antes de una hora vas a estar follando.
—¿Con quién? ¿Contigo?
—Puede, ¿alguna vez has pintado cuadros con tu propia sangre?
—No.
—Entonces, conmigo no.

        Le pago una cerveza, yo me acabo la mía y salgo de allí. A pesar de la extraña conversación me siento un poco mejor, aunque sigo sin saber por qué me causa tanta ansiedad renovar hoy el carnet. Quizás es porque me siento estúpido, siendo realista no me puedo permitir tener coche, es como sufragar los gastos de un hijo subnormal; y luego están los atascos, lidiar con psicópatas al volante que toman riesgos estúpidos por avanzar solo unos metros. A veces ir por la autopista es como estar en una película de Tarantino: algunos vuelcan tanta agresividad en su forma de conducir que parece su último reducto de masculinidad antes de la castración final.

        Cuando vuelvo al coche el interior está ardiendo, le ha debido dar el sol todo el tiempo que he estado dentro del bar, por lo que el bienestar de la cerveza fría desaparece en cuanto me siento. Pero la vida continúa, ya he agotado todas las excusas, tengo que madurar y seguir con mi pseudovida de adulto: bajo los cristales y arranco, ya casi es la hora de mi cita. Avanzo unos metros justo a tiempo para que el semáforo se ponga en rojo; freno, miro a mi alrededor y me fijo en una mujer que está a mi izquierda, sentada en la parada del autobús: parece Monica Bellucci, quizás un poco más rellenita, pero tiene la misma cara lasciva. Dirijo una mirada pecaminosa a su pequeña minifalda y al pequeño destello de braga roja que he creído ver cuando ha cruzado las piernas, se nota que el actual feminismo monjil no ha tenido mucho efecto sobre ella. Lo gracioso es que ella, que apenas está a tres metros de distancia, al percatarse de mi presencia en vez de mirarme con repugnancia me sonríe, un gesto de asunción y celebración de su propia belleza.

        El semáforo se pone en verde, los cláxones suenan con violencia detrás de mí, algunos coches empiezan a adelantarme por la derecha, pero yo sigo hechizado, sintiendo el prospectivo dolor de tener que alejarme de la única veta de placer estético que he encontrado en esta terrible mañana. Sin embargo, ella reacciona de forma sorprendente: se levanta de un salto, echa a correr hacía mí, abre la puerta del coche y se desliza dentro como si fuera una fruta madura cayendo del árbol. En ese momento lo único que se me ocurre es pisar a fondo el acelerador como si estuviera en medio de un secuestro.

—Me llamo Daphne —dice, mirándome con intensidad de psicópata desde el asiento de atrás.
—Encantado de conocerte, yo me llamo Rorschach Camus, filósofo en paro, ¿sueles meterte a menudo en coches de desconocidos con ese ímpetu?
—¿Francés completo por cincuenta? —me pregunta Daphne con lasitud profesional, contestado a mi pregunta indirectamente—. Déjame que adivine, me encantan estos juegos, ¿quizás eres más de arneses, lluvia dorada y lazo tailandés? -se echa a reír como una colegiala, aunque ahora que la tengo cerca le calculo al menos treinta años-. Pero dime, no te quedes callado, ¿Qué necesitas?
—Necesito renovar mi carnet de conducir —le respondo, intentando encontrar alguna razón para no echarla del coche.
—No hay problema, pero te costará setenta euros.
—¿También te dedicas a eso? —me echo a reír por su ocurrencia—. Vaya, esa sí que es una buena forma de diversificar el negocio en época de crisis.
—Ríete si quieres, pero si echas un buen polvo, luego eres capaz de solucionar cualquier problema. Si la gente disfrutara más de su cuerpo, sin represiones puritanas, todos seríamos más felices —hace una pausa y me mira con curiosidad—. Tienes un aspecto extraño, es como si estuvieras muerto, pero te hubieras olvidado de ello y siguieras actuando como si nada.
—No eres la primera mujer que me dice algo así, supongo que a veces buscar la satisfacción vital entre grandes periodos de angustia es el Grial de la existencia, aunque de momento esté fracasando en ello.
—¿Y cuáles son esas cosas que te angustian?
—No sé cómo actúan los demás, pero yo cuando me agacho para atarme los zapatos por la mañana, pienso, ¿Qué fallará hoy? Siempre espero que suceda algo malo, a veces son cosas idiotas, como que se atasque la cremallera del pantalón, pero lo que más me preocupa es, ¿por qué tengo esos pensamientos, para qué me sirven? Es una pérdida de energía, una completa inutilidad.
—¿Por qué no vas a ver a un psiquiatra?
—Es difícil encontrar un psiquiatra que no necesite a su vez otro psiquiatra. Además, todo el mundo tiene cremalleras que le preocupan, solo que su nivel de intensidad y confusión es diferente.

        Daphne bosteza, y me pide que vayamos a su casa, que allí solucionaremos todas mis angustias. Todo vuelve a ser demasiado surrealista, pero cualquier cosa me sirve para romper el surco común y eludir las tareas que, como ciudadano responsable, tenía la obligación de gestionar hoy. Me guía a través de las calles y veinte minutos después aparco enfrente de su casa: esta parece estar construida de contrachapado, los lados están un poco combados y el techo desnivelado, pero tiene un pequeño jardín con una enorme palmera en medio. Al salir del coche se adelante para abrir la puerta, lo que me permite disfrutar de su culo: es de esos pequeños, vibrantes y certeros, perfectos para la sumisión anal y los azotes disciplinarios, de esos que piden a gritos que los liberes de la falda y los saborees con fruición.
La casa por dentro está sucia, mal iluminada, transpira soledad, o tal vez la única soledad aquí sea la mía. Se va a la cocina a preparar un par de copas, y yo me derrumbo en uno de los sofás desvencijados de su pequeño salón. En realidad, este es el mejor momento, la expectación antes del acto, luego todo se convierte en algo banal, arduo y aburrido, como una película que has visto demasiadas veces.

—Lo primero, el dinero… —me dice con educación después de tenderme la copa. Le doy un billete de cincuenta y otro de veinte, los deja sobre la mesa y empieza a desnudarse.
—Pero Daphne, ¡yo quiero gestionar el carnet de conducir!
—No te preocupes, todos consiguen siempre aquello por lo que pagan.

        Se sube la falda, se sienta sobre mí y empieza a frotarse contra mi entrepierna. Se ha debido de quitar las bragas en la cocina, un gesto que no me termina de gustar, desnudar a una mujer es la mejor parte los preliminares. Pero ya da igual, y me zambullo en el milagro de su cuerpo: sus pechos son como nubes entre cascadas, aunque también noto un ligero olor a guantes de goma mojados. Sigo con el magreo, pero me siento triste, incluso con ganas de llorar, y quizás ella lo nota porque hunde su boca en mí haciendo que todo se difumine: su lengua es fría, casi gelatinosa, sus uñas se hunden en mi espalda, rasgándome la camisa y la piel. Bajo la mano y jugueteo con su sexo, y me sorprende lo húmeda que está; la trampa ya ha caído sobre nosotros, ya estamos listos para continuar propagando la fealdad de la especie un siglo más: me bajo como puedo los pantalones y entro en ella con una mezcla de crueldad y desgana. No es muy prieta, seguramente tiene algún hijo adolescente esnifando mierda ahora mismo en el patio del instituto, pero tampoco está mal, un sueño pequeño, minúsculo, pero a la altura de mi vida. Cierro los ojos y me rindo a la inercia de su cuerpo, a sus movimientos de fábrica de espejismos, como si creyera que este placer de prepago alberga un poso de trascendencia. Pero no puedo evitar ser un pirómano de espejos al que le gusta alimentar a los cuervos con trozos de su propio cerebro, por eso insisto, con la polla entumecida, hasta que su orgasmo, perfecta interjección de alegría, inunda todo con su disoluta belleza.

***
Una hora después, ahí estoy, de pie frente a una cámara, acompañado por una vieja gordísima, con ojos como nueces y rictus amargo:
—¡Venga, sonría! ¡No le va a doler! —Sonrío al flash, otra foto de psicópata para la colección.
—Le voy a dar el carnet provisional —me indica—, y dentro de un plazo de treinta días recibirá por correo el carnet definitivo —antes de despedirse vuelve a mirarme y noto que sonríe, pero es una sonrisa desagradable.

        Al entrar en el ascensor y mirarme en el espejo se confirma mi sospecha: tengo la cremallera del pantalón bajada. Bajo la mano para subirla, pero se atasca con el calzoncillo y resulta imposible; sin duda me sirve como profecía autocumplida, como metáfora decadente de mi forma de ser. Salgo del edificio arrastrando los pies, y al entrar en el coche y apoyar la espalda noto un ligero dolor, parece que Daphne me ha dejado también su marca, espero que no se infecte. Salgo conduciendo calle abajo, miro el reloj: aún quedan muchas horas por delante, no sabría afirmar si son una oportunidad o una maldición. Al encender la radio comienza a sonar una canción de amor y no puedo evitar empezar a reírme, supongo que ese podría ser el resumen: existen demasiadas canciones de amor horribles reverberando por el mundo, contaminando nuestro sentido común.

        De repente, justo cuando he salido a la autopista, empiezo a ver un poco borroso, con visión doble, no sé sí está provocado por el estrés, llevo así unos meses, y cada vez que sucede pienso en acelerar y tentar un poco al destino. Hoy quizás sea ese día, pero decido que, si consigo llegar a casa, me atreveré por fin a llamarte, aunque solo sea para contarte todo esto y que puedas alegrarte de la decisión que tomaste hace meses. Yo me conformaré con convertir de nuevo tu voz en mi hogar, una pequeña tregua antes del suspiro contenido y la despedida forzada, a fin de cuentas, el amor es encender una hoguera con la leña de tu propio árbol, hay días que no requieren nada más.

jueves, 31 de marzo de 2022

Fragmentos de un cuaderno manchado de vodka.

Hola a todos, espero que, a pesar de guerras, pandemias, desabastecimiento y demás despropósitos, todavía os quede algo de tiempo para vosotros mismos e incluso, haciendo un exceso, seguir visitando y escribiendo en vuestros blogs.

Vengo de nuevo a presentar otro libro, sí, lo sé, soy un poco pesado. Este nuevo libro es una selección de las mejores entradas de mi blog, relatos repletos de filosofía, sexo, sordidez, humor surrealista y decadencia, que han sido reescritos y pulidos antes de encontrar su hogar en este proyecto literario. A esta revisión profunda y orgánica de unos textos que, a pesar de sus pinceladas de talento y originalidad, se habían escrito a vuelapluma, he añadido más de cien páginas de material inédito en forma de poemas, relatos cortos y algunos homenajes literarios a mis autores favoritos.

La verdad es que me ha gustado mucho meterme en este proyecto, releerme después de tantos años ha sido extraño, angustioso -es lo que tiene recordar la mierda anímica en la que estaba sumergido en el 2011-2013-, y a veces sorprendente por la generosidad que mostraba la musa cuando estaba totalmente alcoholizado de madrugada inmerso en la escritura automática. Creo que hay material interesante, y no solo para los fans, mucha brutalidad entremezclada con pinceladas de romanticismo trasnochado. Son doscientas páginas en las que, como ya he comentado, he intentado resumir y redimir todos mis años de escritura en este blog, como esos recopilatorios de grandes éxitos de bandas de heavy ya extintos, pero que suenan como si estuvieran en su momento más álgido. Un homenaje en papel que creo que debía a mi querido blog, a esta hermosa decadencia que comencé para distraerme al volver del trabajo insidioso de teleoperador, pero que se convirtió con el paso de los años en un hogar en el que conocí a muchísima gente interesante, algunos de los cuales todavía siguen en mi vida.

O sea que, como últimas palabras, no voy a pedir que me compréis el libro, a fin de cuentas, si me estoy embarcando en tantos proyectos seguidos es porque la escritura es terapéutica y me viene muy bien estar distraído y un poco ajeno a todo lo que está sucediendo allá afuera estos dos últimos años. Más bien lo que me gustaría es que todos los que tenéis un blog, sea un poco activo o ya abandonado, os animéis a releeros y, con algo de tiempo, hagáis algún recopilatorio; os confirmo que os vais a llevar muchas sorpresas agradables reencontrándoos con vuestro yo del pasado. Sí, da algo de pereza, y yo he ido trastrabillando una y otra vez con la falta de tiempo y de ánimo, pero al final merece la pena. Y, naturalmente, (¡Hola Isabel!) os lo compraré encantado, ¿qué mejor fetiche intelectual?

Y poco más, espero que a pesar de las circunstancias todos os vaya bien. Un abrazo.