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viernes, 21 de septiembre de 2012

Transmutación en una tuerca.

Aquella época fue muy extraña, me gustaba estar solo, la gente me resultaba hostil, me embargaba una combinación letal de fobia social y altanería espiritual, todo me producía un gran esfuerzo. No entendía nada, no entendía las colas, sus conversaciones, no entendía a las mujeres embarazadas ni las horas extras. Volvía borracho por la mañana, quizás un martes, y veía sus caras derrotadas nada más levantarse, como si la mugre existencial cubriera su cuerpo, como si ese tiempo, la mitad de su vida, hubiera sido vendida en un mero trámite. Piezas de domino cayendo. La transmutación en una tuerca. Yogures caducados que permanecen en la nevera ocupando espacio. Desangrándose poco a poco sin atreverse a pedir la guillotina. Centros comerciales como nuevas catedrales al dios del capitalismo.

El caso es que mi vida tampoco tenía demasiado sentido. Intentaba no hacer nada, la inacción, solo me preocupaba robar el wifi a un vecino y seguir yendo a la biblioteca a leer libros. Cioran, Fante, Carver, Schopenhauer, Kierkegaard. Me gustaban sus voces, esa pequeña grabación mental de sus palabras. Me dejaban un extraño poso que mecía el tiempo sin acritud. Luego me liaba un porro, escanciaba un poco de vino en la alfombra, y escribía.

Escribía sobre todo relatos enfermizos sobre mi vecina, violaciones, conquistas románticas, sodomizaciones brutales. Ella era mi solución final, mi bula, mi redención. Párrafos y párrafos enteros dedicados a ella, a su culo, su cuello, su piel, sus ojos, su pelo, sus pies, su todo. Y los días sucedían. Fumar. Beber. Comer. Cagar. Masturbarse. Dormir.

A veces Carlos interrumpía esa inercia anacoreta. Carlos era un dios sin límites. Bebía y se drogaba como sino hubiera un mañana. Nadie nos podía seguir el ritmo, siempre había un momento de la noche en que surgían las excusas, el trabajo, los horarios, el cansancio, la falta de dinero, el local cerrado. Con Carlos no sucedía eso, ibas a su casa, llena de mierda y fetiches de fiestas pretéritas, y sabías que ese océano de locura siempre iba a estar ahí intentando ahogarte, mostrando su devoción a la nada.

La última vez eran las seis de la tarde, y ahí estábamos, esnifando un par de rayas de coca, la botella de vodka bailando entre nosotros a palo seco, movimientos espasmódicos delante del televisor con la pantalla rota -me declaro culpable-, las paredes acercándose poco a poco. En apenas una hora ya estábamos frenéticos, gritando incoherencias, huyendo por las escaleras sin esperar al ascensor. Todo se movía demasiado despacio.

Existía un local en Madrid donde ponían chupitos de absenta. No era fácil acostumbrarte a ellos. Había de dos clases, supérieure de sesenta y cinco grados y el suisse de ochenta y cinco; el hada verde te despejaba de inmediato, un puto puñetazo en el estomago. Siempre pedía la primera ronda con una sonrisa de condescendencia, como un hombre de mundo que conocía perfectamente cual era su límite. Cuatro. Con cuatro la noche era perfecta, continuaba sin daños aparentes, podía seguir naufragando con algún chupito de tequila sumergido en la cerveza mientras reía imbuido en las conversaciones más banales, disfrutando de la música más inocua. Sabía que a partir del cuarto todo podía pasar, nunca nada bueno, siempre el despertar magullado y solitario en un parque sin móvil, o en casa de Carlos, siendo recriminado por toda clase de infamias.

Naturalmente nunca, que yo recuerde, nunca, nunca, nunca, conseguí salir de ese local sin haber pedido como mínimo seis.

Adoraba esa libertad, ese romper con lo sensato, la zozobra de lo imprevisible, nadar contracorriente en mitad de la noche llenos de adrenalina. Y sabía que existían otras formas de sentirte vivo, masticadas e integradas en una alienación socialmente aceptada. Pero lo nuestro era beber y drogarnos. Algo banal sin duda, pero esa forma de protesta, esa arrogante indignación por obligarnos a vivir, nacer, existir, pensar, también requería mucho esfuerzo por nuestra parte. Aunque fuera una vulgaridad egoísta, nos funcionaba. A veces no resultaba tan divertido, a veces éramos expulsados de las discotecas por disrupción del orden. No sé el motivo por el cual insistía en bajarme los pantalones y enseñar mi polla. No era nada sexual. Lo digo en serio. Pero lo hacía. Quería que conociera mundo. Luego había momentos de absoluto bajón, cuando un váter y el vómito eran tus amantes, cuando en pleno invierno te quitabas la ropa porque la droga te hacía perder la cabeza. O cuando simplemente querías morir pero la cobardía te empujaba a hacerlo lentamente. Tal vez teníamos demasiado tiempo para pensar, no veíamos sentido a las cosas grandes, la familia, la hipoteca, el trabajo. Arbeit macht frei. No teníamos vocación para existir, ni para reivindicar nuestra pútrida existencia solo por una nómina alta. Las colas nos agarrotaban. Solo veíamos a nuestro alrededor gente esperando, sin más sentido que el cordón roto de un zapato. Nuestra quimera existencial era conseguir la siguiente copa y ligarnos a la camarera.

****
Ahora apenas trasnocho. He dejado de escribir. Tengo un trabajo estable.

En la ventana de enfrente se escuchan gritos:
-         ¡Eres un mierda, ni siquiera eres capaz de encontrar un empleo, me das asco!
-         ¡¿Cómo eres capaz de decirme eso?! ¡Puta!
Las sirenas se acercan inmisericordes. Todo sigue girando a pesar nuestro.

Alzo la copa sin llegar, evidentemente, a ninguna conclusión. Solo puedo hacer una cosa que tenga algo de sentido.

Me la saco y empiezo a masturbarme pensando en ella, con violencia, con dureza, delineando la esperanza en su cuerpo, ese cuerpo bello, ansioso, que ondea como una sinfonía en un océano de silencio. Saliva ardiente envolviéndome, juntos somos un puto universo implosionando al borde del abismo.

Me corro como un dios demoniaco sobre esta puta bola achatada de mierda, sobre las calles, las plazas, la ciudad, inundándolo todo con mi propia profecía de color blanco.
Y por un momento, soy feliz.

Ricochet by Anekdoten on Grooveshark

viernes, 2 de septiembre de 2011

El sexo es muy solitario sin ti, ¿Por qué eres tan zorra, Puta?

Es mejor reconocer los errores en voz alta: Te quiero. Ya me cobraré las deudas que tengo con tu cuerpo en una ocasión más propicia, por ejemplo cuando no te estés follando a otro. Te cedo el tatuaje de mi beso por un día, y mi aliento para siempre.

Pues aquí estamos, días que vagan sin acritud pero que se difuminan sin más potencial de cambio que la nostalgia de un mañana agotada de antemano. Como una muerte a latigazos que dura demasiado, como mendigos bajo soportales escupiendo su felicidad en cervezas picadas por el sol y libretas Moleskine. Contando con esa voz llena de arrugas como empujaron al amor contra la pared y se lo follaron sin permiso una noche de viento y espinas.

Y creo que compartimos las mismas alucinaciones porque bebemos la misma basura barata, visiones resacosas -y sin ánimo metafórico- de mierda cayendo sin parar, cantidades industriales que el cielo defeca sobre nosotros, un alud, una avalancha, un manantial que ahoga todo porvenir, que causa nausea y enfermedad a su paso, sin ningún lugar donde esconderse, golpeando como granizo sobre las casas, separando a los amantes y desfigurándolos, creando riadas como una última eclosión de los desastres naturales.


El límite del juicio estético es el asco, como pensar que nuestra felicidad depende del agravio comparativo que ejerce la melancolía de nuestro alrededor, como ahorrarte una relación sin sentido al comprobar que el sexo es una mierda en la primera cita.

La soledad, como muchos dicen, es una puta barata, y de eso quería hablar: me he enamorado de una puta. Y antes de que empecéis a borrar mi página de los favoritos no me refiero a una mujer a la que considero una puta, no, no, de verdad, es una puta, de las que cobran desde el principio.

Me encontré con ella en un club que hay a cincuenta y dos segundos de mi casa, nunca me había atrevido a entrar porque lleva ahí media vida siendo una metáfora viva de lo casposo, con esos neones rosas y ese cartel de dos mujeres bailando. Pero era una de esas noches en que la idea de utilizar mi cuerda de saltar a la comba para ahorcarme estaba siendo mas nítida que de costumbre. O sea que franqueé el escenario. Y que decir: ahí estaba Ella, nada emocionante en su físico -debía de tener diez o quince años más que yo-, pero había indiferencia, dejadez en su mirada. No es un lugar para buscar retos pero me senté en la barra a su lado y le invité a una copa, que es la forma más natural de romper el hielo y el precinto del condón.

Rorschach: Dejando aparte que tienes unos ojos miel exquisitos y que este vaso esta muy sucio… ¿Tienes hijos?
Puta: Mi instinto maternal desapareció con mi padrastro, pero también es cierto que nadie ha conseguido tentarme estando vestido.
R: Todos son decisiones a fin de cuentas, Radiohead o Vivaldi, escupir o tragar, follar o morir, una elección siempre contamina el resto. Por ejemplo: elijo terminar estos preliminares y follarte, ¿Cuánto cobras?
P: Siento desilusionarte pequeño alfeñique, pero solo hago mamadas, eso sí, felicidad en estado puro, y me temo que escupo…
R: Mierda, que extraño, tengo poca experiencia en estas lindes pero veo raro que tus clientes se conformen con una simple mamada...
P: De simple nada, mis mamadas son transcendentales, estratos de felicidad convertidos en arte, pura metafísica de mi lengua saboreándote, envolviéndote, te hago el amor con mi boca de forma más intensa que con mi coño.
R: Joder, me dejas impresionado, lastima que no puedas chuparla y hablar a la vez, ¿Dónde están los reservados?
P: En este local elegimos nosotras y mi arte felador no esta disponible para cualquiera.
R: Mierda, ¿es por mi cara?
P: No, termínate tu copa y vete. Inténtalo en otra ocasión.

Se levanta y desaparece con ese gesto noble del que da por hecho que la visita ha durado demasiado y deja en manos del criado sacarte del salón.

Y así fue, mis queridas contertulias, como me he vuelto a enamorar. Rasgos comparte con las pretéritas aparte de la vocación: esos labios altivos de cereza y el pelo largo ensortijado crean un cuadro de turbadora belleza femenina.

Pero así somos los hombres, buscando a quien dedicar las derrotas, iluminando el camino con el semen del amor. 

Hellraiser (VNV Nation Remix) by Suicide Commando on Grooveshark

martes, 26 de julio de 2011

Sorpresas en el cristal de color rojo muñeca…las ratas, como reglones torcidos, aligerando las páginas de su contenido afónico.

…estábamos hablando de vacíos emocionales que tratamos de llenar con obsesiones maquilladas de afecto, distraías mi apatía diciendo que preferías a Nietzsche antes que a Schopenhauer. A Bukowski le agradaba –como a mí- Schopenhauer, el espíritu antes que la forma. Todas sus mujeres le eran infieles, eran putas por compromiso, como un chorro de lejía abrasándote, como Alexei Ivanovich ante la ruleta, arañas tendiendo su telaraña invisible… ¿Qué quieres ser cuando seas mayor? Nada. Solo quiero rosas en botellas de vino rotas y, con mucha constancia, beber y esperar, beber y esperar, beber y esperar, beber y esperar, beber y esperar…

Y paseamos por Madrid, besos, un bocadillo de calamares, dos que se cruzan en una calle, juventud agostada, una herida cicatrizada que apenas deja una marca blanca estriada junto al pecho. Todo seguía adelante con esa convicción de las cosas sin sentido, buscando la jodida recompensa en las palabras, siendo el héroe de mi propia mierda, friccionando coños ficticios y culos muertos...desposeído, pero en calma, el amor como antesala -entreacto sexual, Bukowski inunda el texto, Él decía que algunas personas nunca enloquecen…que vida más horrible deben tener… ¿podemos estar de acuerdo?
Te dije que no sabía tratar a las mujeres más de diez minutos, un límite como otro cualquiera, no era un tipo duro...no suponía ningún peligro: nadie se había enamorado nunca de mí.

Me serviste un trago y me besaste la espalda mientras me pedías, acariciándome dulcemente los cojones, que te violara, que te tomase por la fuerza con cierta brutalidad, que gozase de tu impotencia. Esa predisposición femenina al masoquismo, ese tamiz judeocristiano que constriñe vuestras perversiones no me era desconocido, sin embargo admití cierto fraude en mis escritos. Pero tú, con una sonrisita inocente ribeteada en los labios, te arrodillaste y guiada por tu instinto de meretriz, me amaste con maestría, sabiendo -mi querida confidente-, que ese era mi punto débil, ese capaz junto a un par de copas, de expulsar los escrúpulos, el romanticismo y los miedos al presente.
Y así, sin más, mientras seguramente pensabas con quien te tocaba hacerlo el sábado, te viole contra las paredes de ese pequeño bajo de extrarradio que posees, pensando en otra, pensando en ti, con banda sonora de Amy que, como tantas otras cosas, no venía a cuento en ese momento, respirándonos con el oído, escanciando el vicio, salpicándonos con tus humedades...

...todo acontece cuando el demiurgo mueve imperceptiblemente su mano mientras duerme y esa sombra fugaz crea y diluye una existencia completa en apenas un par de párrafos…

Ley de la gravedad by Havalina on Grooveshark