Ese
vértigo, esa sensación de que había perdido antes de empezar nunca desapareció
del todo. Me convertí en un mal estudiante. Intentaba hacer amigos, mostrar
entusiasmo por los demás, pero había una negativa implícita en todas mis
relaciones. Como si todo discurriera en un espejo de humo y solo yo chocase con
él. El tiempo discurría sin ambición. Y todo, poco a poco, dejó de tener
sentido para mí.
Luego
vinieron las novias, o la ausencia de ellas, las risas, ese desprecio en su
cara cuando eyaculaba demasiado rápido. Pero pude engañar a una, el truco fue
simplemente desvirgarla, quitarla cualquier comparación posible. También
ayudaba que no le gustase el sexo. Quizá no les gustase conmigo, pero no
quitemos importancia a los pequeños infiernos de cada uno, no estamos aquí
hablando de que todo tenga explicación, a Hitler no le violó de niño un judío,
y aunque hubiera sido el caso, la gente elige, elige como reaccionar o que
excusas tomar ante determinadas situaciones. Mi queridísima novia, desde hace
casi ocho años, podría haber cambiado de pareja, podría haber intentado
aprender a chupar una polla, a masturbarse y descubrir donde tiene el clítoris.
Pero no, arquitecta, mujer de éxito, y su puto dios no la dejaba disfrutar del
sexo, su novio, concretamente su pene, era pecado, incluso correrse debía de
ser pecado. Debíamos vivir de acuerdo a las reglas, ella se dejaba hacer, no
quedaba más remedio, era el precio por ese amor puro que me brindaba, pero
siempre con el tiempo justo, con un “me duele”, un “acaba ya” trasluciendo el asco
en su mirada, como si yo fuera un animal que la mancillaba por el simple deseo
sexual.
Todo
esto era una metáfora de mi vida de fracasado. No había terminado la carrera y
concatenaba trabajos basura. Lo peor de ser un fracasado es sentirte como tal.
A veces se trata de un agravio comparativo. Polidori era un buen escritor pero
trabajando para Byron se vio sumido en una depresión y se suicidio, Thomas
Bernhard habla de ello en “El malogrado” Si tu única consideración hacía la
propia vida es obedecer, o ser ama de casa, o dejarte llevar por tus impulsos
hedonistas, si vives durante casi toda la vida sin cuestionarte nada, al final
eres feliz, aunque sea una felicidad gris, triste, apagada. Luego está lo de
siempre: el fracaso. Haces camino al andar y resulta que ese camino es un
pantano de mierda. Decía alguien que siempre hay que intentar las cosas aunque se
fracase, porque del quietismo no puedes aprender nada. Pero no se habla de las
secuelas que provoca. La gente se suicida o suicida a los demás.
El
único momento en que me sentía inteligente, real, era cuando escribía, como si
reivindicara mi propia existencia plasmándola sobre el papel, como si mi futuro
y el de la literatura descansasen sobre la novela autobiográfica.
Pero,
¿Qué clase de experiencias tenía yo? Ninguna: la convivencia con las
cucarachas, los gritos de mis vecinos, un trabajo basura, una novia frígida. Y
una enorme y terrible pelota de angustia que no me dejaba dormir por las
noches. Pensé en la cháchara, como hilo musical de ascensor, de un psicólogo,
convenciéndome de que no era tonto, que mi vida era buena y podía cambiarla. O
en prescripciones de Procaz. Al final opté por esconderme, por huir. Abandoné
mi trabajo de vendedor de seguros de vida y empecé a buscar un trabajo con
horario de noche, un trabajo silencioso donde quizás aprovechar las horas de
soledad para leer o escribir algo, sin presiones, alejado de jefes directos, de
la gente en general. Eché currículums para gasolineras, vigilante nocturno,
teleoperador, control de alarmas. Cualquier cosa.
Pasaron
dos meses y ya sin dinero, auspiciado por las presiones del hambre y la falta
de techo, acepté lo primero que surgió: camarero de una discoteca, horario de
doce a ocho de la mañana.
Cuando
fui la primera noche no podía creérmelo: un after para turistas inglesas, un
agujero infecto sucio y maloliente donde lo más importante era saber inglés y
que el jefe, un cocainómano que se desmayaba ensangrentado todas las noches, no
te pillara robando. Esas primeras semanas las recuerdo con cierta nostalgia
cuando, ajeno a todo, me preocupaba porque me quedaba sin vodka o whisky en
mitad de la noche o porque, de pronto, era el único camarero atendiendo la
barra. Luego pude ver los flecos a esa entropía inexplicable, los baños eran
los picaderos oficiales a cien metros a la redonda y todo el negocio funcionaba
porque no se vendía solo alcohol…
Al
principio era algo temporal, lo justo para ahorrar dinero y darme unos meses
sabáticos, volver a mi horario normal, escribir. Pero ya llevo casi tres años.
Puedo
decir sin duda que han sido los años más aprovechados de mis aborrecibles
treinta y uno. Aquí me he dado cuenta de la verdadera naturaleza de las
mujeres, seres despreciables, pozos de basura putrefactas, receptáculos de las
peores enfermedades venéreas. Aquí es sencillo follar, casi lo difícil es no
hacerlo. Entran dos turistas y puedes sentir el vaho de su necesidad en el círculo
de miradas, quizás una hora más, una copa más y la tendrás tragándose tu semen,
tiradas en el aparcamiento mientras te piden que te las folles antes de que
llegue su novio. ¿El amor? El amor es un puto espejismo. La realidad es que
todas las mujeres piensan con la polla porque también tienen una, en su
interior, y una vez que la represión cultural o la visita a otro país les
permite cierta desinhibición sin hipocresía, utilizan su coño como una estación
de servicio donde todos podemos repostar. Es un puto edén. Aprendí a follar.
Miraba a las gordas o a las mujeres de más de treinta años con repulsión, no
eran mujeres, su coño era una anécdota.
Disfrutaba
insultando a las inglesas en mi idioma mientras me las follaba, llamándolas
putas, diciéndolas que solo servían para esto, que eran seres vacíos que solo
podían intuir el milagro de la vida abriéndose de piernas. Alguna me decía
entre llantos, antes de echarla de mi apartamento, que se había enamorado de
mí, yo me reía, era cruel, “¿enamorarte? Solo te has enamorado de mi polla, hay
muchas pollas, sigue arrodillándote”. Malditas putas sin hogar, sin cerebro,
adictas al flirteo, a la posesión de cualquiera con abdominales que les
mostrase algo de carácter, o violencia.
A
muchas de ellas se la metía en su coño reseco sin preliminares, cuando estaban
ya borrachas, idas. Me corría dentro, las usaba, eso me excitaba: cosificarlas,
¿acaso puedes sentir empatía por un agujero…? Algunas me juraban que eran
diferentes. Luego, cuando las sodomizaba, gritaban de placer. En su mentira me
odiaba y las odiaba.
Solo
hay idealización en el abandono, en la negación del capricho.
La
relación con mi novia tuvo el final perfecto. Llevaba ya meses trabajando allí
cuando la invité a cenar. Seguí el itinerario habitual, es lo malo de las clasistas:
son tremendamente aburridas. Restaurante de lujo, bien vestido, elegante. Una
rosa en la entrada, sonrisa, buenos modales. La emborraché. Con un vino de
cincuenta euros para variar.
En la
cama los preliminares, besos dulces pero apasionados, palabras de amor, de esas
que te hacen sentir única y especial. ¡Ja!…pobre imbécil, todos somos muescas
en una enorme verga, remeros en galeras repitiendo una y otra vez los mismos
gestos para crear una sensación de movimiento que nos adormezca los sentidos.
Pues eso: la combinación de sutil romanticismo acelerado. Supongo que nuestra
neurosis occidental se basa en la incapacidad de asumir que dos conceptos
opuestos pueden fusionarse sin dicotomías, un lenguaje empobrecido que habla de
querer y amar, de follar y hacer el amor diferenciando facetas de una única
cosa.
Me la
empecé a follar muy duro, con rabia, ella me pidió que parara, que por favor me
pusiera condón. Ahí perdí los nervios, ¿Cómo era capaz de humillarme así, de
joder la noche? ¿tan terrible era tener un hijo conmigo, tan superior se sentía
con sus dos masters que la sola posibilidad de quedarse embarazada de un
camarero le asustaba tanto?
Le di
la vuelta y me la empecé a follar por detrás mientras le sujetaba los brazos. Ella
intentaba soltarse, gritaba, lloraba, me suplicaba que parase y todo eso me
excitaba cada vez más. Pensaba en todas las veces que lo había intentado, en
cómo me hacía sentir, sucio, despreciable solo por mencionarlo. Y ahora aquí me
tenías, preguntándola a gritos que pensaba su dios de esto mientras la
sodomizaba con brutalidad, sin ningún cuidado. Notaba algo húmedo pero no podía
parar, ella lloraba como si le estuvieran arrancando el alma. Supongo que era
una venganza contra todos aquellos valores que ella representaba, quería romper
ese espejo, ese vínculo que aún conservaba y que destrozaba mi ego.
No recuerdo
cuánto duró. En algún momento me corrí, saque mi polla, me limpié la sangre en
sus sabanas y me largué sin decirla nada.
No sé
por qué ahora me vienen estos pensamientos. Es cierto que durante unos meses
tuve miedo de su familia o de que me denunciase. Pero ya han pasado dos años y
no he sabido nada de ella.
Salgo
a la calle, solo veo moscas con formas de ser humano a mi alrededor. La Navidad,
como elaborado chantaje emocional patrocinado por varias marcas comerciales, me
da la bienvenida con sus luces, sus invitaciones a una felicidad que depende de
un trozo de platico, de hasta donde soy capaz de hipotecar mi futuro.
Pensamientos banales, claro. Pero hay que seguir viviendo, hay que destrozar
más coños, volcar mi miseria en su miseria. Somos monstruos…
De
pronto aparece ese hombre, alguien alto, vestido de negro, un gabán
desahuciado. Lleva una recortada en la mano.
-"¿Qué
cojon…?"
Dirige
el arma hacia mí y de pronto ¡Bang! Tengo un enorme boquete sangriento en la
entrepierna. Intento gritar pero solo sale un gorgoteo de sangre. Un segundo
disparo me destroza la rodilla izquierda. Caigo como un fardo. Una violenta
patada me destroza un par de costillas. Dolor inmenso. Miedo. Pensamientos inconexos. Intento girar la cabeza, algo cede. Voy a MORIR en mitad de esta calle, ¿por qué...?
Rorschach
se acerca a su creación y le apunta a la cabeza:
-“El
texto se alargaba demasiado y además... eres un jodido bastardo."
¡Bang!




