La próxima semana cumplo años, dejo a Cristo pudrirse en su fosa
común y avanzo un escalón más. Como apunto en prácticamente todos los post el
miedo es la antítesis de la felicidad, y la supervivencia a una vida distópica es
el escapismo. La música restaña el presente cuando rechazo salir con unas
compañeras de juerga para regurgitar mi pasividad solo en casa. Soy un ser
incompleto que merece el sacrificio por pura piedad, para evitar esa falta de rima que proyecta mi imagen cuando huyo. De todas
formas hay varias formas de disfrutar del arte, una es informándote, tomándote
tu tiempo, con disciplina. Otra es superficialmente, abarcando más pero sin
puntear los detalles.
Cumplir años es ante todo levantarte con resacas cada vez más
jodidas. Hace años intentaba evitar que los temblores me separaran de mi amiga
la botella sin saber que era exactamente la resaca, ¿dolor de cabeza? Algo
desconocido. Ahora bebo una botella de vino y tengo que tragar unas aspirinas
en la ducha mientras el mundo se pudre dentro de mi cabeza.
El hecho de que una idea tan absurda como intentar unir lo
efímero de una pasión irracional con un contrato social (matrimonial) –hablo del amor romántico- haya resistido tres
siglos es una muestra bastante clara de lo jodidos que estamos; no se trata
simplemente de retroalimentación cultural –música, películas, novelas- es producto
de la falta de fe, la desorientación de estar empaquetados, como trozos de
carne caducada, en un supermercado con la música demasiado alta, es el
aislamiento, la eterna desconfianza que provoca la ciudad. Queremos
sentir algo,sufrir esa metafísica genital que transciende el sexo e implica poseer y ser desposeído.
El puto concierto tenía la culpa. No era especialmente
bueno, pero el cantante, que debía de estar tomando las mismas drogas que
nosotros, arrastraba con su pasión a todo el público, disparando a matar contra
mi sempiterna resignación y haciendo que olvidara que iba a cumplir treinta y
cuatro. En ese momento no me preocupaba el infierno elegido, solo tenía ganas de
tocarte, de follarte aquí mismo mientras las guitarras destilaban odio como
espejo deformado del propio odio que sentía hacía mi mismo. Quizá solo era un
producto indulgente de la falta de guerras propias o de empatía hacía la imagen
del televisor.
Pero ahí estábamos los dos, sin enterarnos realmente de
nada, viviendo la realidad de un presente que se deshacía como flecos quemados
de neurosis, con un síndorme de Tourette provisional que nos impedía fijar nuestra atención en nada que no fuera físico, otra
forma de suicidio más divertida, lo reconozco. Sin embargo la miraba y pensaba
-puto cerebro-, que somos infalibles
para elegir pareja, sobretodo cuando necesitamos a la persona equivocada.
Porque es la adecuada para castigarnos, jodernos, humillarnos, y lo peor es que,
a pesar de todo, seguimos colgados del limbo del amor porque creemos que es
perfecta; supongo que yo también debo de ser subnormal.
O sea que fuimos a casa a castigarnos un poco más las venas,
allí había más drogas, de esas que te dejan tan atontado que permites que te
aten a la cama y te cabalguen. Miedo, sumisión, placer. Luego hay marcas en las
muñecas, mordiscos a ras de hueso, pero no estas pensando en el puto kamasutra
cuando follas, piensas en escupir en ese culo, rodearlo con tus pulgares y
pulverizarlo con tu polla, y luego mantener el ritmo hacía su coño y su boca, a
fin de cuentas de eso se trata: de actuar como animales, de eclosionar límites,
de moverse, de poseer, de dejarse llevar, de abjurar y jurar amor mientras te
llamo puta, de gritarte mi odio, de lacerarte, de jugar a ver quien jode más a
quien, hasta que al final, con o sin ayuda, nos levantamos y seguimos nuestra
vida como sino hubiera pasado nada importante.
Y es que no sucede nada importante, seguimos aquí, podemos
coger la pistola y volarnos la tapa de los sesos y no cambiaría nada
absolutamente. Familia, amigos, parejas y/o follamigas gimotearan brevemente,
pero ¿están en nuestra cabeza cuando todo va languideciendo, sufren el fracaso cuando la polla no se te pone dura después de dos botellas, cuando vives como
una mosca de fruta, poco y mal, alimentándote de podredumbre intelectual? No
hablamos de un puto lapsus después de un día de resaca en un examen de
matemáticas, hablamos de décadas de más, sin
significado.
Decía Leonard Cohen que El
amor verdadero no deja huellas, si tú y yo somos uno, se ha perdido en nuestros
abrazos como estrellas contra el sol. Pero que esté bien expresado no
implica que sea cierto, como me dice a menudo mi musa -escribes demasiada mierda edulcorada-, a lo que siempre respondo
-es culpa tuya por llevar demasiada ropa.
Me duele el pene y no es por falta de santidad: llevo años
sin hacer el amor. Aunque algunos me dicen que el amor es un articulo de lujo clasista, que no pierda el tiempo
ahorrando y vaya a las rebajas.
…estábamos hablando de vacíos emocionales que tratamos de llenar con obsesiones maquilladas de afecto, distraías mi apatía diciendo que preferías a Nietzsche antes que a Schopenhauer. A Bukowski le agradaba –como a mí- Schopenhauer, el espíritu antes que la forma. Todas sus mujeres le eran infieles, eran putas por compromiso, como un chorro de lejía abrasándote, como Alexei Ivanovich ante la ruleta, arañas tendiendo su telaraña invisible… ¿Qué quieres ser cuando seas mayor? Nada. Solo quiero rosas en botellas de vino rotas y, con mucha constancia, beber y esperar, beber y esperar, beber y esperar, beber y esperar, beber y esperar…
Y paseamos por Madrid, besos, un bocadillo de calamares, dos que se cruzan en una calle, juventud agostada, una herida cicatrizada que apenas deja una marca blanca estriada junto al pecho. Todo seguía adelante con esa convicción de las cosas sin sentido, buscando la jodida recompensa en las palabras, siendo el héroe de mi propia mierda, friccionando coños ficticios y culos muertos...desposeído, pero en calma, el amor como antesala -entreacto sexual, Bukowski inunda el texto, Él decía que algunas personas nunca enloquecen…que vida más horrible deben tener… ¿podemos estar de acuerdo?
Te dije que no sabía tratar a las mujeres más de diez minutos, un límite como otro cualquiera, no era un tipo duro...no suponía ningún peligro: nadie se había enamorado nunca de mí.
Me serviste un trago y me besaste la espalda mientras me pedías, acariciándome dulcemente los cojones, que te violara, que te tomase por la fuerza con cierta brutalidad, que gozase de tu impotencia. Esa predisposición femenina al masoquismo, ese tamiz judeocristiano que constriñe vuestras perversiones no me era desconocido, sin embargo admití cierto fraude en mis escritos. Pero tú, con una sonrisita inocente ribeteada en los labios, te arrodillaste y guiada por tu instinto de meretriz, me amaste con maestría, sabiendo -mi querida confidente-, que ese era mi punto débil, ese capaz junto a un par de copas, de expulsar los escrúpulos, el romanticismo y los miedos al presente.
Y así, sin más, mientras seguramente pensabas con quien te tocaba hacerlo el sábado, te viole contra las paredes de ese pequeño bajo de extrarradio que posees, pensando en otra, pensando en ti, con banda sonora de Amy que, como tantas otras cosas, no venía a cuento en ese momento, respirándonos con el oído, escanciando el vicio, salpicándonos con tus humedades...
...todo acontece cuando el demiurgo mueve imperceptiblemente su mano mientras duerme y esa sombra fugaz crea y diluye una existencia completa en apenas un par de párrafos…