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miércoles, 28 de diciembre de 2011

¿Hacia dónde van esas escaleras? Hacía arriba.

No sé exactamente porque odio a las mujeres, supongo que todo empezó con ese test de inteligencia que me hicieron con nueve años en el colegio. Usaron un eufemismo pero cuando vi a mi madre llorar y mirarme con cierta aprensión entendí la elipsis, los puntos suspensivos, esa palabra impronunciable. Era Casi…casi….subnormal.

Ese vértigo, esa sensación de que había perdido antes de empezar nunca desapareció del todo. Me convertí en un mal estudiante. Intentaba hacer amigos, mostrar entusiasmo por los demás, pero había una negativa implícita en todas mis relaciones. Como si todo discurriera en un espejo de humo y solo yo chocase con él. El tiempo discurría sin ambición. Y todo, poco a poco, dejó de tener sentido para mí.

Luego vinieron las novias, o la ausencia de ellas, las risas, ese desprecio en su cara cuando eyaculaba demasiado rápido. Pero pude engañar a una, el truco fue simplemente desvirgarla, quitarla cualquier comparación posible. También ayudaba que no le gustase el sexo. Quizá no les gustase conmigo, pero no quitemos importancia a los pequeños infiernos de cada uno, no estamos aquí hablando de que todo tenga explicación, a Hitler no le violó de niño un judío, y aunque hubiera sido el caso, la gente elige, elige como reaccionar o que excusas tomar ante determinadas situaciones. Mi queridísima novia, desde hace casi ocho años, podría haber cambiado de pareja, podría haber intentado aprender a chupar una polla, a masturbarse y descubrir donde tiene el clítoris. Pero no, arquitecta, mujer de éxito, y su puto dios no la dejaba disfrutar del sexo, su novio, concretamente su pene, era pecado, incluso correrse debía de ser pecado. Debíamos vivir de acuerdo a las reglas, ella se dejaba hacer, no quedaba más remedio, era el precio por ese amor puro que me brindaba, pero siempre con el tiempo justo, con un “me duele”, un “acaba ya” trasluciendo el asco en su mirada, como si yo fuera un animal que la mancillaba por el simple deseo sexual.

Todo esto era una metáfora de mi vida de fracasado. No había terminado la carrera y concatenaba trabajos basura. Lo peor de ser un fracasado es sentirte como tal. A veces se trata de un agravio comparativo. Polidori era un buen escritor pero trabajando para Byron se vio sumido en una depresión y se suicidio, Thomas Bernhard habla de ello en “El malogrado” Si tu única consideración hacía la propia vida es obedecer, o ser ama de casa, o dejarte llevar por tus impulsos hedonistas, si vives durante casi toda la vida sin cuestionarte nada, al final eres feliz, aunque sea una felicidad gris, triste, apagada. Luego está lo de siempre: el fracaso. Haces camino al andar y resulta que ese camino es un pantano de mierda. Decía alguien que siempre hay que intentar las cosas aunque se fracase, porque del quietismo no puedes aprender nada. Pero no se habla de las secuelas que provoca. La gente se suicida o suicida a los demás.

El único momento en que me sentía inteligente, real, era cuando escribía, como si reivindicara mi propia existencia plasmándola sobre el papel, como si mi futuro y el de la literatura descansasen sobre la novela autobiográfica.
Pero, ¿Qué clase de experiencias tenía yo? Ninguna: la convivencia con las cucarachas, los gritos de mis vecinos, un trabajo basura, una novia frígida. Y una enorme y terrible pelota de angustia que no me dejaba dormir por las noches. Pensé en la cháchara, como hilo musical de ascensor, de un psicólogo, convenciéndome de que no era tonto, que mi vida era buena y podía cambiarla. O en prescripciones de Procaz. Al final opté por esconderme, por huir. Abandoné mi trabajo de vendedor de seguros de vida y empecé a buscar un trabajo con horario de noche, un trabajo silencioso donde quizás aprovechar las horas de soledad para leer o escribir algo, sin presiones, alejado de jefes directos, de la gente en general. Eché currículums para gasolineras, vigilante nocturno, teleoperador, control de alarmas. Cualquier cosa.
Pasaron dos meses y ya sin dinero, auspiciado por las presiones del hambre y la falta de techo, acepté lo primero que surgió: camarero de una discoteca, horario de doce a ocho de la mañana.

Cuando fui la primera noche no podía creérmelo: un after para turistas inglesas, un agujero infecto sucio y maloliente donde lo más importante era saber inglés y que el jefe, un cocainómano que se desmayaba ensangrentado todas las noches, no te pillara robando. Esas primeras semanas las recuerdo con cierta nostalgia cuando, ajeno a todo, me preocupaba porque me quedaba sin vodka o whisky en mitad de la noche o porque, de pronto, era el único camarero atendiendo la barra. Luego pude ver los flecos a esa entropía inexplicable, los baños eran los picaderos oficiales a cien metros a la redonda y todo el negocio funcionaba porque no se vendía solo alcohol…

Al principio era algo temporal, lo justo para ahorrar dinero y darme unos meses sabáticos, volver a mi horario normal, escribir. Pero ya llevo casi tres años.

Puedo decir sin duda que han sido los años más aprovechados de mis aborrecibles treinta y uno. Aquí me he dado cuenta de la verdadera naturaleza de las mujeres, seres despreciables, pozos de basura putrefactas, receptáculos de las peores enfermedades venéreas. Aquí es sencillo follar, casi lo difícil es no hacerlo. Entran dos turistas y puedes sentir el vaho de su necesidad en el círculo de miradas, quizás una hora más, una copa más y la tendrás tragándose tu semen, tiradas en el aparcamiento mientras te piden que te las folles antes de que llegue su novio. ¿El amor? El amor es un puto espejismo. La realidad es que todas las mujeres piensan con la polla porque también tienen una, en su interior, y una vez que la represión cultural o la visita a otro país les permite cierta desinhibición sin hipocresía, utilizan su coño como una estación de servicio donde todos podemos repostar. Es un puto edén. Aprendí a follar. Miraba a las gordas o a las mujeres de más de treinta años con repulsión, no eran mujeres, su coño era una anécdota.

Disfrutaba insultando a las inglesas en mi idioma mientras me las follaba, llamándolas putas, diciéndolas que solo servían para esto, que eran seres vacíos que solo podían intuir el milagro de la vida abriéndose de piernas. Alguna me decía entre llantos, antes de echarla de mi apartamento, que se había enamorado de mí, yo me reía, era cruel, “¿enamorarte? Solo te has enamorado de mi polla, hay muchas pollas, sigue arrodillándote”. Malditas putas sin hogar, sin cerebro, adictas al flirteo, a la posesión de cualquiera con abdominales que les mostrase algo de carácter, o violencia.
A muchas de ellas se la metía en su coño reseco sin preliminares, cuando estaban ya borrachas, idas. Me corría dentro, las usaba, eso me excitaba: cosificarlas, ¿acaso puedes sentir empatía por un agujero…? Algunas me juraban que eran diferentes. Luego, cuando las sodomizaba, gritaban de placer. En su mentira me odiaba y las odiaba.

Solo hay idealización en el abandono, en la negación del capricho.

La relación con mi novia tuvo el final perfecto. Llevaba ya meses trabajando allí cuando la invité a cenar. Seguí el itinerario habitual, es lo malo de las clasistas: son tremendamente aburridas. Restaurante de lujo, bien vestido, elegante. Una rosa en la entrada, sonrisa, buenos modales. La emborraché. Con un vino de cincuenta euros para variar.
En la cama los preliminares, besos dulces pero apasionados, palabras de amor, de esas que te hacen sentir única y especial. ¡Ja!…pobre imbécil, todos somos muescas en una enorme verga, remeros en galeras repitiendo una y otra vez los mismos gestos para crear una sensación de movimiento que nos adormezca los sentidos. Pues eso: la combinación de sutil romanticismo acelerado. Supongo que nuestra neurosis occidental se basa en la incapacidad de asumir que dos conceptos opuestos pueden fusionarse sin dicotomías, un lenguaje empobrecido que habla de querer y amar, de follar y hacer el amor diferenciando facetas de una única cosa.

Me la empecé a follar muy duro, con rabia, ella me pidió que parara, que por favor me pusiera condón. Ahí perdí los nervios, ¿Cómo era capaz de humillarme así, de joder la noche? ¿tan terrible era tener un hijo conmigo, tan superior se sentía con sus dos masters que la sola posibilidad de quedarse embarazada de un camarero le asustaba tanto?

Le di la vuelta y me la empecé a follar por detrás mientras le sujetaba los brazos. Ella intentaba soltarse, gritaba, lloraba, me suplicaba que parase y todo eso me excitaba cada vez más. Pensaba en todas las veces que lo había intentado, en cómo me hacía sentir, sucio, despreciable solo por mencionarlo. Y ahora aquí me tenías, preguntándola a gritos que pensaba su dios de esto mientras la sodomizaba con brutalidad, sin ningún cuidado. Notaba algo húmedo pero no podía parar, ella lloraba como si le estuvieran arrancando el alma. Supongo que era una venganza contra todos aquellos valores que ella representaba, quería romper ese espejo, ese vínculo que aún conservaba y que destrozaba mi ego.

No recuerdo cuánto duró. En algún momento me corrí, saque mi polla, me limpié la sangre en sus sabanas y me largué sin decirla nada.

No sé por qué ahora me vienen estos pensamientos. Es cierto que durante unos meses tuve miedo de su familia o de que me denunciase. Pero ya han pasado dos años y no he sabido nada de ella.

Salgo a la calle, solo veo moscas con formas de ser humano a mi alrededor. La Navidad, como elaborado chantaje emocional patrocinado por varias marcas comerciales, me da la bienvenida con sus luces, sus invitaciones a una felicidad que depende de un trozo de platico, de hasta donde soy capaz de hipotecar mi futuro. Pensamientos banales, claro. Pero hay que seguir viviendo, hay que destrozar más coños, volcar mi miseria en su miseria. Somos monstruos…

De pronto aparece ese hombre, alguien alto, vestido de negro, un gabán desahuciado. Lleva una recortada en la mano.
-"¿Qué cojon…?"
Dirige el arma hacia mí y de pronto ¡Bang! Tengo un enorme boquete sangriento en la entrepierna. Intento gritar pero solo sale un gorgoteo de sangre. Un segundo disparo me destroza la rodilla izquierda. Caigo como un fardo. Una violenta patada me destroza un par de costillas. Dolor inmenso. Miedo. Pensamientos inconexos. Intento girar la cabeza, algo cede. Voy a MORIR en mitad de esta calle, ¿por qué...?

Rorschach se acerca a su creación y le apunta a la cabeza:
-“El texto se alargaba demasiado y además... eres un jodido bastardo."

¡Bang!

Unforgettable (Duet With Nat King Cole) by Natalie Cole on Grooveshark

jueves, 22 de diciembre de 2011

Parcialmente te quiero, generalmente te amo.

No me ha tocado la lotería, es normal, nunca juego. La gente exuda felicidad en mi televisor. Aunque siempre he pensado que la felicidad real es ser capaz de mirar la misma baldosa durante horas, un estado mental parecido a un zombi después de eyacular.

Tengo tortícolis, podría insinuar que es debido a grandes proezas sexuales, pero hace tiempo que solo penetro el hueco de mi mano. Se ha estropeado mi PlayStation 3 y el calentador de gas el mismo día, no hace falta atar a la rata o pensar que La ruta nos aportó otro paso natural para darse cuenta del karma palindrómico que auspicia estas dos tragedias.

Un día de luto: Lucia Etxebarria nos deja. No se muere, simplemente deja de escribir. Me encantaban sus historias de lesbianitas drogadictas, pobre generación perdida que tiene que reivindicar a las mujeres sexualmente activas. También me gustó mucho las edades de Lulú. Ah no, perdón, que ese es de otra. Y mientras pasan todas estas cosas importantes recuerdo cuantas veces me ha sorprendido el aburrimiento este año en mitad de uno de estos libracos laureados por la crítica, y he pensado “Joder, he leído blogs que tienen más talento en un solo post” Y es así.

Y la gente luchando por (auto)editar sus libros, con ese éxito que se mide, según Machado, haciendo el camino al andar y no por las pueriles matemáticas de ventas (autoengaño). Nada más lejos de lo aquí se cuenta mis queridos contertulios, mi falta de ambición me salva de llorar por mi falta de talento. A lo sumo, mi ambición es la imagen de tu coño –ese abismo que todo lo resume- mientras cojo el impulso necesario para poder atravesar esta pared de realidad y poder perderme al otro lado.

Pero bueno, a lo que íbamos: hoy quería hablar de mi amigo Claudio. El señor Claudio nunca quiere quedar los sábados porque tiene una cita con su ex. Una metáfora digital claro, porque Nuria, que es como se llama la susodicha, hace dos años y medio que no tiene presencia en su vida. ¿Cuál es el misterio entonces? Nuestro querido protagonista me hizo caso. Había conocido a Nuria en nochevieja seis meses antes. De alguna forma inexplicable habíamos conseguido sacar su fofo cuerpo lejos de su Sancta Sanctorum, esa puta arcadia de ludopatía, y habíamos conseguido que bebiera algo. De pronto ella apareció. No recuerdo mucho más de esa noche, seguramente hubo drogas y el ponche era verde por razones ajenas a los ingredientes habituales. Y ahí teníamos el milagro ante nuestros ojos en forma de pareja disfuncional. Pero era cuestión de tiempo. Cuando Claudio, mi querido analfabeto sentimental, se deshizo en lágrimas confesándome que hacía un mes que no conseguía llevarla a la cama sonaron los clarines del fin. Era normal, claro, era un despropósito de persona, además de un simple dependiente y Nuria, esa niña pija, arquitecta ya graduada y con dos master, clasista hasta el aborrecimiento, no podía humedecerse al pensar en formar una familia con un mileurista con ojeras de parado.

Naturalmente le di mi mejor consejo: GRÁBALA FOLLANDO ahora que aun puedes. Ya está todo perdido, pero esa cinta te consolará el día de mañana, enfócalo como esa escena de American Psyco.
Claro que podría haberle animado a hacer cambios en su vida, un nuevo empleo de traje y corbata sería un buen comienzo. Pero quería conservar a mi amigo tal y como era, no quería verle sometido como un puto calzonazos.

Además yo también disponía de mi pequeña colección de ex digitales. Claro, antes eran meras instantáneas, un polvete en la oscuridad con sombras verdes. Pero, oh amigos, la tecnología avanza, y siempre es el sexo quien acucia el progreso. Internet es un buen ejemplo: tanto ancho de banda, tanta fluidez en el streaming y al final todo es gracias a esas páginas pornográficas pidiendo números de tarjeta. Cuantas videocámaras se han comprado con la ingenua idea femenina de inmortalizar unas vacaciones y se han convertido en un instrumento del porno amateur.
Tengo buen material, recuerdo brevemente a mi ex haciéndome una felación, algunas fotos, videos de Skype “Sí, tranquila, los he borrado” Siempre he dicho que los recuerdos son el idioma de los sentimientos, ¿y qué mejor recuerdo que tu cara recorrida por el latigazo caliente de mi semen, como una lluvia lenta e inmisericorde?

Pues eso, que después de estos argumentos Claudio, ese gran…

Mi compañero de piso vuelve a interrumpirme por tercera vez mientras maltrato esta página en blanco. No tengo más remedio que rebanarle el cuello y cortar, cortar, cortar. Tengo mucho trabajo, ojala tuviera perros para poder echar los restos. Pero no pasa nada, tengo práctica y muchas bolsas de basura. Maldito gordo cabrón.
Su teléfono suena en una de las bolsas. Debe de ser su nueva novia, cumple años mañana. Tendré que encargarme de ella más tarde.

Como iba diciendo le convencí para grabarla.

Fue un éxito. Naturalmente la idea era robarle la grabación y hacer una copia sin que se percatara. Hicimos el estreno en mi casa como si fuera la última de Tarantino.
Fue decepcionante. No sabría decir que era lo peor. Supongo que el problema de Claudio, aparte de su enorme culo, es que sucedía todo demasiado rápido, ¿Recordáis cuando vuestro novio perdió la virginidad con vosotras y aquello duró unos segundos? Pues algo así. Joder, no me extraña que la chica no lubricase, ¿para qué? Ese halo de frigidez que siempre la colapsaba el gesto era simple ineptitud de su partenaire. Huye dulce gacela, huye…

Todo siguió su curso. Ella le abandono por otro –no se suele abandonar por la soledad-, y él, dos años y medio después, sigue sin vida social los sábados, sacudiéndosela como un mono del zoo viendo esos cuatro minutos de cinta girar una y otra vez, en un bucle infinito, como el final de Rayuela.

El caso es que me sentí algo responsable, era ya demasiado tiempo. Fui a verle.

Rorschach: Joder, Claudio, tienes que olvidarla, tienes que romper esa cinta, todas las copias, coño, que te pones la grabación de audio para dormir. Tienes que parar.
Claudio: -Mutismo-
Rorschach: Es enfermizo, tiene algo de “Días Extraños” Hay que dejar las cosas irse… Joder, ¡ni siquiera la chupaba bien!
Claudio: ¿...eso como lo sabes?

Lo había intentado.

De todas formas Claudio nunca estuvo bien. Era algo gordito y la gente se acostumbró a meterse con él. Cada vez se fue encerrando más y más en sí mismo. Se convirtió en un mal estudiante, tenía miedo a las mujeres, pocos amigos. Repetía y repetía cursos. Faltaba a clase porque le daba vergüenza ir, cuando alguien le decía algo mentía diciendo que estaba en la universidad. Al final se sacó el bachillerato en un instituto nocturno pero, ¿Dónde volcó toda esa energía vital? En la masturbación compulsiva y los videojuegos.

Hay personas más inteligentes que saben sublimar ese sufrimiento adolescente de formas menos excluyentes, tardes de bibliotecas como Bukowski, una guitarra, un grupo, los típicos intelectuales gafapasta que sueñan con dominar el mundo, noches de alcohol donde a veces consigues aprehender algún minuto de gloria, leve pero cálido, pero que mesura la congoja de SER. Pero él, mediocre en todo, simplemente se encerró en casa a jugar. Un medio controlado donde pudiera ser el héroe, el triunfador, alcanzar la perfección con cada nuevo reto sin que la sombra del fracaso le amedrentase. Un objetivo, una victoria. Enfocó en esa pasión toda su supervivencia, midiendo el tiempo en juegos superados, en esa compulsiva adicción que, sin embargo, le hace feliz. Sin preguntas, sin responsabilidad, sin sentir la decrepitud física, sin sentirse al borde del abismo, sin dolor. Un drogadicto, un yonqui que mientras mantenga una higiene aparente y su trabajo nadie señalará con el dedo. Ha conseguido con esa capacidad de escapismo ser autosuficiente.

¿Quiénes somos los demás para juzgar como hay que usar la vida? Al final los anhelos te hacen sufrir. Tampoco somos grandes ejemplos, nuestro quietismo es estremecedor. Veo a mi alrededor gente que solo sabe trabajar, que vive odiando su vida. No hablemos de las parejas, culmen del maltrato psicológico. Todos sienten ese miedo agarrotándoles la existencia y se dejan absorber por sus rutinas. Sí, claro, viven otras experiencias, se enriquecen, se masturban en esa complacencia que es la autorrealización personal. Pero, ¿al final les sirve de algo?

Los sueños joder, eso es lo verdaderamente importante. Me es indiferente del tipo que sean. Pero para mí alguien perfectamente integrado en la sociedad, con su coche, su casa, su mujer almidonada, y sus dos niños, todo ese éxito, no me vale de nada si lo que realmente quiere hacer es…no sé, escribir un libro, subir al Everest, ser actor porno, romper un record Guinness. O simplemente estar solo.

Para mi subyace el mismo tipo de fracaso, porque Claudio es una víctima de sí mismo, alguien débil. Pero los demás integrados en su soberbia social no se dan cuenta que tampoco han luchado por su propia esencia, por su propia integridad personal. Se dejan llevar mecidos por el canto de sirenas de los centros comerciales a una vida sin vida.

Mierda, mierda negra que utilizo para escribir este párrafo. Tengo mucho miedo. Miedo al horizonte. Porque las crisis existenciales ni siquiera son una pregunta, es la muerte objetiva y real de las oportunidades, es la perdida de la inocencia en base a la repetición de una traición consumada, es la decrepitud que empieza con una arruga, la alopecia, unos kilos de más, un gatillazo, con un sentimiento de estar fuera de lugar, con un “da igual”, con una mentira el día de tu cumpleaños.

Y en esta carrera de relevos que es tu vida, tu yo más joven te mira aborrecido mientras tu yo más viejo te insta a seguir adelante, ya sin público en las gradas, pidiéndote con la mirada que acabes lo antes posible con todo.

¿Encontraría a Marla?

I Go to Sleep by Sia on Grooveshark

jueves, 3 de noviembre de 2011

El amor eterno siempre se acaba, y cuanto más eterno más temprano.

Aporrean la puerta. Miro por la mirilla: es Erik, mi vecino del bloque de enfrente. El cabrón está haciendo demasiado ruido. Va con una ristra de cervezas y sus pintas de indigente habituales. Le abro, que remedio.
Rorschach: Coño Erik, tranquilo. ¿Cómo te trata la vida, en que andas metido esta vez?
Erik: Rors, hola. Bien, ya sabes lo de siempre. Y hace el gesto de llevarse una cerveza a la boca.
Pasamos al salón y nos abrimos un par de latas. Siempre le he tenido un cariño especial. Es un tipo duro, como un ateo ante la muerte, enfrentándose a la vida sin ninguna aspiración, sin planes ni proyectos. Simplemente bebiéndosela a pequeños sorbos en la placita con sus amigos yonquis. La inacción como antítesis del fracaso. Y del éxito claro.
Hacía meses que no le veía. Me hace un par de chistes sobre la última mujer con la que ha estado y nos reímos con ganas.
Erik: ¿Sabes qué? He vuelto a soñar con mi abuela. Supongo que el puto día de los difuntos ha tenido que ver, pero estoy melancólico… ¿te he hablado de ella alguna vez?
Pregunta trampa claro, el mamón quiere poner a prueba nuestra amistad actuando como un personaje de la Sombra Del Viento.
Rorschach: La verdad es que no…pero vamos, ya que traes cerveza estaré encantado de escuchar una buena historia…
Erik: Buena, no sabría decirte sí es de las buenas. Aunque todo tiene un peaje, tengo que remontarme a la guerra de Cuba, en 1898 cuando perdimos nuestras últimas colonias…


“Mi bisabuela María nació en el cambio de siglo, fue una mujer valiente y pionera en su época. Se le tenía un ferviente respeto en este pueblo, no solo por sus contactos con los Marqueses de Aldama, sino también por su implicación política durante la guerra civil: participo como intermediaria en uno de los envíos de oro y niños a Moscú y también estuvo en contubernio con un médico de la capital para desfigurar a algún cenetista y ayudarle así a cruzar la frontera. Fue madre soltera en 1922, llamó a la niña María: mi abuela.

Hubo sombras y luces en esa primera etapa de la vida de mi abuela María. Por un lado fue criada junto a las hijas de los marqueses, con la guerra pasando de soslayo y sin problemas económicos. Pero quien se encargó directamente de su educación fue su abuela materna, de carácter agrio y dictatorial. Con la adolescencia se transformó en una muchacha hermosa y altiva que hacía girar las miradas, con unos hermosos ojos grises, alta, de fuerte carácter y gran inteligencia. Sin embargo se sentía, por la moral de la época, tremendamente acomplejada por no tener apellidos paternos. Era feliz a pesar de todo hasta que acaecieron dos sucesos que trastornaron su vida por completo.

El primero fue la aparición, cuando ya tenía veinticinco años, de Tomás. Era un hombre guapo, con empaque y buena planta, tenía varios negocios en la ciudad y una fama de vividor y cosmopolita a la altura de su sonrisa. Mi abuela se enamoró irremediablemente. Se entregó a esa emoción con brutalidad y tuvieron varios encuentros.
Mi bisabuela cuando se percató de lo que sucedía cortó de raíz el asunto. Le prohibió verle más y concertó un matrimonio de conveniencia con mi abuelo Gabriel. Gabriel era un buen hombre, de pueblo, sencillo, incapaz de decir una palabra más alta que otra, enamorado de sus vacas. Mi abuela se tragó la bilis y se resignó, no fue capaz de enfrentarse a su madre, por cobardía o por no contar con la connivencia expresa de Tomás, nunca lo sabremos.

Mis abuelos se casaron ese mismo año, un bodorrio de tres días. Desgraciadamente al año siguiente, estando mi abuela embarazada ya de su primer hijo, su madre enfermó de cáncer. A pesar de toda la cohorte de médicos que vinieron de Barcelona no se pudo hacer nada y murió pocos meses después con apenas cuarenta y ocho años. Esta muerte le afecto irremediablemente. Hasta ese momento gracias a ella había tenido una vida de lujo, pero a partir de entonces tuvo que empezar a trabajar en una vaquería. Tuvo dos hijos más en los años siguientes que le hicieron perder su esbelta figura, y aunque mi abuelo intentó ser lo más servicial y atento posible, nunca pudo doblegar esa amargura que producía en ella la nostalgia de lo no vivido, las entelequias de su juventud.

Tengo que pedir perdón. Me doy cuenta de que intento justificar el comportamiento que vino después en base a su biografía. Pero es injusto, es estúpido e irreal. Mi abuela, desgraciadamente para ella y para la gente que la rodeaba, estaba desequilibrada. Hay cosas que no es necesario comprender, solo es posible escucharlas sin moraleja.

Tuvo una relación toxica con sus tres hijos y su marido, pero con la que fue más despiadada fue con mi madre. Se habla muchas veces de las turbulentas relaciones entre madres e hijas pero en este caso lo que viví no fue envidia, rivalidad o falta de cariño: fue odio. Un odio visceral e incomprensible.
Mi madre fue tratada como Tita -de la novela de Laura Esquivel- como si su mera existencia se basara en la obligación de cuidar a su madre, trabajar y nada más. Era tan asfixiante la situación que con dieciocho años se casó y se fue de casa. Aún conservo las fotos de boda: ahí aparece mi abuelo sonriente, bonachón, y mi abuela con cara de perro, obligada por las circunstancias y por un cura que se extralimito en sus funciones y fue a buscarla a casa, porque se negaba a acudir a la iglesia. A pesar de la celeridad hubo amor en este matrimonio. Pero cuando mi madre se quedó embarazada ya no estaba enamorada de mi padre. Tenía veinticinco años, corría el año 1977 cuando decidió que prefería ser madre soltera a vivir una vida regalada de ama de casa. Y se separó. Así de simple. Comenzó un acceso a la universidad para estudiar enfermería, tenía un trabajo en Madrid y las cosas iban relativamente bien, ¿Qué podía fallar? La familia…

Mi abuelo tuvo una trombosis  y quedo incapacitado. Necesitaba asistencia diaria para todo. Mis dos tíos no se hicieron cargo por omisión o incapacidad. Y le toco a ella trasegar con la situación. Dejó los estudios y se hizo cargo de un bar, un negocio familiar que a partir de ese momento le consumió la vida los siguientes diez años. Nunca se lo agradecieron, al revés, la explotaron todo lo que pudieron y más. Pero hubo algo peor: yo me quede al cuidado de mi abuela.

Yo amaba a mi abuela. Tenía cinco años y ella era mi madre, porque a la mía propia nunca la veía. Nunca estuvo ahí para explicarme que mi abuelo estaba enfermo. Parece una estupidez, pero con mi edad simplemente daba por hecho que él era así, que había que limpiarle, cambiarle los pañales, que más tarde habría que afeitarle, o darle la comida, que había que empujarle para que no arrastrara los pies. Nadie me explico tampoco porque mi abuela se comportaba así, cuál era el motivo para pasar del grito, al llanto, porque hablaba sola. Porque llamaba puta a mi madre, o lesbiana, o mala persona. Son cosas que observas, como una película en la televisión. Pero una película que se repite a diario.
De mi infancia tengo una sensación de extrañeza pero también de felicidad, me consta que mi abuela me adoraba. Pero cuando me fui haciendo mayor siguió con su chantaje emocional, como si fuera necesario que eligiera entre ella y mi madre, cuando tenía la batalla ganada de antemano. Me hacía sentir mal, porque aunque no entendiera el sacrificio que estaba haciendo mi madre, aunque no compartía su tiempo conmigo, había un sentimiento inalterable de lealtad hacía ella. Hubo más situaciones surrealistas aparejadas a otras personas, como mi padre. No viene al caso.

Mi abuelo murió, y un año después, cuando tenía quince años, mi abuela se fue con uno de mis tíos a vivir fuera de Madrid. Me quedé a vivir en su casa de renta antigua. Mi madre me pasaba algo de dinero para aliviar su conciencia, enajenada en sus proyectos de trabajo, acostumbrada a no tener un hijo del que ocuparse. Dejé los estudios. Tenía dinero, libertad y una absoluta incapacidad de decisión. Pero esa es otra historia, no nos desviemos: cinco años después mi abuela volvió. Enfermó. La cuidamos mi madre y yo, y finalmente, tres años después, murió en una cama de hospital.

Me gustaría contar que todo fue aséptico, que mi abuela recapacito y no siguió comportándose como una ingrata con mi madre. Que aprovechamos la oportunidad.
Pero no fue así. Era incapaz de comprender porque mi madre quería cuidarla, como estaba tan abducida por esa búsqueda de amor imposible. Y me nombré juez y jurado, no por mi mí, sino porque la situación me repugnaba, porque no era justo pagar ese cariño incondicional con desprecio. Con chantaje emocional. Y le declare una guerra abierta durante esos años, con la estupidez y la soberbia de un adolescente. Me insensibilice. Porque eso era más sencillo que comprender que mi abuela era una mujer enferma, que solo sabía comprar el cariño con dinero.

Y eso fue lo que conseguimos: cicatrices en el alma. Cuando la última semana fui a verla al hospital se estaba muriendo. Mis últimas palabras no fueron de aprecio. Fueron frías, de escarcha. No recuerdo siquiera si llegué a darle un beso. Murió dos días después. Todas mis energías las volqué en no llorar, como si significara algo, como si ese gesto fuera alguna clase de victoria. Solo tuve dos momentos de debilidad: cuando vi su cuerpo hinchado, irreconocible en el tanatorio, y cuando sacaron su ataúd en hombros. Alguien me dio el pésame pero solo tenía ganas de vomitar. Cuando volvimos del cementerio, una vecina, amiga de mi abuela de toda la vida, empezó a increpar a mi madre por no haberla avisado a tiempo del entierro. Ella se derrumbó echándose a llorar desconsoladamente mientras la vecina se disculpaba entre lágrimas, atragantándose por la pena. En ese momento sentí un odio ardiente por todos…”

Erik se interrumpe: está llorando. Miro hacía la ventana…ya ha oscurecido. Me levanto un momento con la excusa de coger más cervezas de la nevera. Me entretengo en la cocina dándole tiempo a recuperarse. No somos mujeres, tenemos nuestros propios códigos de conducta.
Hay circunstancias que solo cura el silencio, el tiempo, la distancia. Pero hay otras que siempre se quedan ahí, impidiéndote avanzar. Lo único que puedes hacer es levantarte, mirarlas de frente y abrazarlas. Ya forman parte de ti.

Caminito by CD 9 on Grooveshark

martes, 1 de noviembre de 2011

Náufragos en un mar de mierda.

Soy un decadente, un puto desclasado, no tengo ni idea de política. Solo divago, que de momento es relativamente gratuito.
Y es que realmente la culpa no es de la falta de competencia o carisma de nuestros políticos. Aunque guardo un ferviente rencor a Zapatero por mentirme descaradamente, por tratarme como si fuera un niño pequeño al que hay que negar la verdad distrayéndole con cheques y grandes dosis de marketing incompetente, no ha dejado de ser al final un pobre idealista. Los de derechas lo tienen todo más claro, parecen inteligentes, quizás más acostumbrados a la realidad del poder. Pero esta crisis no solo afecta a nuestros políticos, sino también a Sarkozy, Angela Merkel y llega hasta nuestro querido Obama, premio nobel de la paz. Todos sin excepción domeñados a nivel mundial por los poderes facticos de los mercados. Intentando trasegar con una crisis que, desgraciadamente, se permutará eternamente en otras diferentes, porque es producto de un modelo inverosímil de crecimiento perpetuo, un disparate que nos obliga a consumir dinero que ni siquiera existe.

Rajoy –que no suele hablar mucho para mantener débilmente la duda de su estupidez congénita-, después de presentarse por tercera vez, ganará las elecciones. Puede hacerlo con mayoría absoluta o aliarse con algún grupo nacionalista que, después de unos privilegios desproporcionados, le permita gobernar con normalidad. ¿Alguien conoce cual el su programa electoral? De nuevo escamoteando información, total ¿Qué importa? ¿Acaso nos justifican algo de lo que está sucediendo? No. Los medios de información son simples cuñas publicitarias. No hay un diálogo real entre representantes sociales, el pueblo –por elegir una palabra rimbombante- y los políticos. No sé realmente si es por estupor, perplejidad o ignorancia, pero nadie exige nada, no reaccionamos. La aparición de los indignados ha sido tan efectiva como un pedo virtual. No hay líderes intelectuales, Stephane Hessel y su pequeño pasquín son una tomadura de pelo, una cortina de humo de risas enlatadas.
Somos los resignados, sin opción de crítica, una masa ninguneada. Nos hablan de billones y de países en quiebra mientras los mercados, en manos de especuladores, se frotan las manos con cada nuevo golpe de ciego. Nuestros gobiernos no pueden dejar de jugar, nadie controla la banca.

Y en vez de intentar salir todos juntos de esta trampa caemos en la indecencia política, sindical y periodística. Cada parte de la pirámide intentando sobrevivir aunque ello conlleve apretar más la soga alrededor del cuello de su país. No existe un futuro DIGNO que no pase, desgraciadamente, por la violencia, por una revolución en armas, real. Porque antes al menos nos manipulaban sutilmente, ahora nos desprecian, somos ganado al que no es necesario dar explicaciones, la democracia tal y como la conocíamos no existe, lo del próximo día veinte es simplemente un teatrillo barato sin consecuencias. Las ordenes ya están dadas, da igual quien ostente el poder.

Quince años de prosperidad atontan a cualquiera. Veremos cómo nos dejan los próximos treinta años de mierda enlatada.

This Is The Last Time I Shake Your Hand by The Suicide Of Western Culture on Grooveshark

lunes, 26 de septiembre de 2011

Rorschach empieza una semana de mierda.

El talento en la escritura es como penetrar tu mente y verbalizar tu alma, una epifanía intelectual en la que te sientes reconocida. La soledad de tu vagina se rompe físicamente, aquí se trata de raptarte de la entropía de tu entorno durante unos instantes convirtiendo tu cárcel en mi hogar.


Puedes engañar al lector potencial usando palabras de diccionario trasnochado, hablarle de sexo, miserias, filias, fobias...no dejan de ser mecanismos sencillos, causalidad de lugares comunes mil veces transitados que solo provocan un orgasmo Pavloviano. El talento es extemporáneo, un niño mimado que juega con tus endorfinas, que te hace lubricar y luego te abandona sin valorar nada, por eso cuando lees que te amo te resistes a corresponderme.

**
Se acerca otra noche, otra ventana iluminada sin misterio. No queda mucho cerebro que desollar. La autocompasión invita a la siguiente ronda y el miedo a la falta de transcendencia me enajena: quiero olvidarme del propio lenguaje, traicionarlo como él ha hecho conmigo. Camino en círculos arrastrando los pies como una metáfora contenida de mi alma. Podría dejarme morir aquí como un anciano sin jubilación, como un mueble molesto, apolillado, feo, anacrónico, sin utilidad. Comida para perros. Excrementos esperando a que alguien tire de la cadena. Hace tres semanas desde el desencadenante, la catarsis que erradicó mi subjetividad el tiempo suficiente para reconocer ante el espejo lo que todo el mundo sabía: soy un escritor mediocre. Que putada.

Rodeado de basura espero el milagro junto a Leonard Cohen cuando llama mi querido amigo Daniel. Oriundo de barrio pijo, de carácter emprendedor, ambicioso y competitivo, formamos un curioso contubernio: mi presencia disipa por comparación –sin aspiración a ser un beta, me quedo en el paría omega- cualquier duda sobre su ascendiente y me permite disfrutar con las vaginas resentidas que chocan contra su demoledora presencia.

Un ejecutivo de éxito, una casa a las afueras, un buen coche, el pelo en su sitio al igual que todo el resto del mueble bar que moldea en el gimnasio. Su mujer embarazada completa el cuadro. Sin mundo interior pero decoradora de interiores, la susodicha es un robot perfectamente engrasado moviéndose en el escaso espacio que le dejan los convencionalismos y la alienación política. Se ha comprado la biografía de Rajoy, el tercer libro de su biblioteca, con esto dejamos las metáforas a un lado, queda todo dicho.

Naturalmente todas las personas tienen su cara B y nuestro coprotagonista no es una excepción. La cara B se refiere a esa realidad que hace estallar por los aires todos los juicios de valor prosaicos basados en los breves encuentros sociales. Ex de amigos que parecen pequeños duendes de jardín sumisos y se revelan como autenticas arpías desleales, muchachas pizpiretas que acaban ingresadas en el hospital con las muñecas vendadas…o machos alfas envidiables que en realidad son politoxicómanos peligrosos. Me ha llamado para que fuera a por su dosis, tiene reunión y promete una compensación a la altura de las circunstancias.

Y he aquí el motivo por el que me encuentro en este coche, yendo de kunda a la Cañada Real, acompañado por un par de putas y un yonqui crepuscular, a por sus dos micras de base y de caballo. Que cabrón. Durante el viaje una de las putas me ofrece su boca desdentada, ese pozo contagioso, por cinco euros, la otra aparenta cincuenta años pero no debe de tener más de treinta, el yonqui temblando a mi lado con los ojos desorbitados y sin poder apoyar el culo en el asiento -¿estreñimiento o una versión masculina de Sera en Leaving Las Vegas?-, y ya por último el conductor algo paranoico confundiéndose de camino constantemente.

Conseguimos llegar de alguna manera. Más miseria, más jóvenes con cara de viejo mientras una ambulancia del Samur recoge desechos del suelo. Pido mi parte en una casa al azar, el tipo, un rumano con la cara llena de ronchones rojos, me da el material, hay un par de niños de unos cinco años descalzos llenos de mierda dando trozos de papel albal.

Volvemos todos al coche, el tipo que conduce pone la radio, suenan Los Secretos. Joder, genial, una de Lou Reed, o de Antonio Vega y ya nos podemos lanzar por un terraplén. Intento distraerle –se llama Pablo, licenciado en económicas, en paro, sin ningún ingreso desde hace seis meses- pero esta demasiado atacado de los nervios observando como las putas ya están quemando la mezcla y fumándola. El yonqui no es problema, se ha debido de picar antes y esta totalmente ido. Pablo se caga en todo cuando se cruza con unos policías, pero están riéndose con unas yonquis de la zona. Salimos de allí echando ostias.

No sé que hora es cuando llego a casa pero Daniel no ha llegado todavía. Me relajo tumbado en mi jergón mientras escancio unas cervezas calientes y me recreo en los consejos deformados de la Velvet. No tengo que esperar mucho, un par de horas después le tengo frente a mí. No podemos ser mas distintos: con mi camisa de Iron Maiden agujereada, pantalones rotos, rapado, sin afeitar…él con su inmaculada imagen de ejecutivo, su peinado, su sonrisa perfecta…lástima esos ojos enfebrecidos...esas manos de manicura modelando el aire con ansiedad.

Nos damos un abrazo y se va al baño con la mercancía. Vuelve al rato y se tumba conmigo. La pesadez no le dura más de quince minutos, debe de estar acostumbrándose a esta mierda, o quizá la han cortado con laxante o anfetamina barata.

Recaliento algo para cenar. Él no quiere nada. Me confiesa que lleva una vida de mierda.
“Estoy siempre con la BlackBerry recibiendo mails, mensajes, es como trabajar veinticuatro horas, un puto stress, no puedo desconectar, solo con esto…y últimamente ni así. “
Le cuento que mi novia me ha dejado hace tres semanas, no le gustaba mi forma de vida, no estoy a la altura. No hubo grandes dramas, casi fue un traveling de película: cita en un café, monologo, alguna lágrima de colirio, beso en la mejilla. Tuvo el detalle de pagarme la cerveza.
“Mierda, son todas unas zorras, seguramente te ha hecho un favor.”
“No, es una mujer magnifica. Ahora estará adorando el tótem de otro, arrodillada, lamiéndolo durante horas. Es muy complaciente. No se le puede echar en cara que además quiera ser exigente. La erótica del poder no funciona con un fracasado, ella merece algo más.”
“Tu necesitas echar un polvo y rápido…conozco un sitio magnifico.”
“No sé, prefiero el alcohol.”
“Tú déjame a mí, ya veras como merece la pena. Tengo un par de horas hasta que mi agujero preñado reclame mi presencia.”

Me lleva a un prostíbulo de chinas, la cosa más sórdida que hay. A la tierra le salen de pronto dos pequeños satélites que se bambolean con la rotación: son los cojones de mi amigo que se atreve a discutir con la madame el precio de nuestro servicio. Al final llega a un acuerdo y con una palmadita en la espalda me dice que tengo dos horas con la que quiera. Él se retira con dos, espero que les pague un buen suplemento, sus filias han ido a peor.

Elijo con desgana a la más joven, unos veinte años. Su maquillaje es como un ejército de soldaditos de plástico verde. Entramos en la habitación, me lava un poco, se desnuda y se abre de piernas. Me pongo romántico y me da por esnifarme lo que me queda de coca sobre su coño reseco. Esto no funciona, parece una sordomuda retrasada. Pero claro, ¿Qué me esperaba?

Tengo ganas de huir, ¿Qué hago aquí de todas formas, busco algo que me denigre, una venganza? La puta sigue ahí, totalmente ida, como una puritana entregando su virginidad mientras mira una cruz colgada en la pared. Estas son las únicas bajezas que la clase media extinta, sin talento para nada, puede permitirse…puro hedonismo cartesiano.

Le doy dos bofetones para que reaccione, se asusta un poco, le meto varios dedos en ese coño como ceniza de cigarrillo y le agarro del pelo para que me la chupe. No sabe chuparla muy bien, pero al menos produce algún sonido gutural que me excita. Su coño ya empieza a lubricar, algo ajeno al placer de mis perforaciones. La tumbo y le obligo a lamerme los cojones mientras pellizco sus pezones con saña. Un par de bofetadas más y empieza a chuparla con un poco más de alma.

Bien. Años de experiencia. Seguimos así un buen rato hasta que por fin empiezo a follármela con cierta intensidad, no creo que llegue al punto de ruptura, pero aquí, mientras la sodomizo brutalmente y empiezo a escuchar sus gemidos acompasados, mientras mi polla la perfora sin más sentimiento que untar una tostada con mermelada, me doy cuenta de cual es mi papel en el mundo. 


Y sonrío.


I Sit On Acid [Soulwax Remix] by Lords Of Acid on Grooveshark

viernes, 2 de septiembre de 2011

El sexo es muy solitario sin ti, ¿Por qué eres tan zorra, Puta?

Es mejor reconocer los errores en voz alta: Te quiero. Ya me cobraré las deudas que tengo con tu cuerpo en una ocasión más propicia, por ejemplo cuando no te estés follando a otro. Te cedo el tatuaje de mi beso por un día, y mi aliento para siempre.

Pues aquí estamos, días que vagan sin acritud pero que se difuminan sin más potencial de cambio que la nostalgia de un mañana agotada de antemano. Como una muerte a latigazos que dura demasiado, como mendigos bajo soportales escupiendo su felicidad en cervezas picadas por el sol y libretas Moleskine. Contando con esa voz llena de arrugas como empujaron al amor contra la pared y se lo follaron sin permiso una noche de viento y espinas.

Y creo que compartimos las mismas alucinaciones porque bebemos la misma basura barata, visiones resacosas -y sin ánimo metafórico- de mierda cayendo sin parar, cantidades industriales que el cielo defeca sobre nosotros, un alud, una avalancha, un manantial que ahoga todo porvenir, que causa nausea y enfermedad a su paso, sin ningún lugar donde esconderse, golpeando como granizo sobre las casas, separando a los amantes y desfigurándolos, creando riadas como una última eclosión de los desastres naturales.


El límite del juicio estético es el asco, como pensar que nuestra felicidad depende del agravio comparativo que ejerce la melancolía de nuestro alrededor, como ahorrarte una relación sin sentido al comprobar que el sexo es una mierda en la primera cita.

La soledad, como muchos dicen, es una puta barata, y de eso quería hablar: me he enamorado de una puta. Y antes de que empecéis a borrar mi página de los favoritos no me refiero a una mujer a la que considero una puta, no, no, de verdad, es una puta, de las que cobran desde el principio.

Me encontré con ella en un club que hay a cincuenta y dos segundos de mi casa, nunca me había atrevido a entrar porque lleva ahí media vida siendo una metáfora viva de lo casposo, con esos neones rosas y ese cartel de dos mujeres bailando. Pero era una de esas noches en que la idea de utilizar mi cuerda de saltar a la comba para ahorcarme estaba siendo mas nítida que de costumbre. O sea que franqueé el escenario. Y que decir: ahí estaba Ella, nada emocionante en su físico -debía de tener diez o quince años más que yo-, pero había indiferencia, dejadez en su mirada. No es un lugar para buscar retos pero me senté en la barra a su lado y le invité a una copa, que es la forma más natural de romper el hielo y el precinto del condón.

Rorschach: Dejando aparte que tienes unos ojos miel exquisitos y que este vaso esta muy sucio… ¿Tienes hijos?
Puta: Mi instinto maternal desapareció con mi padrastro, pero también es cierto que nadie ha conseguido tentarme estando vestido.
R: Todos son decisiones a fin de cuentas, Radiohead o Vivaldi, escupir o tragar, follar o morir, una elección siempre contamina el resto. Por ejemplo: elijo terminar estos preliminares y follarte, ¿Cuánto cobras?
P: Siento desilusionarte pequeño alfeñique, pero solo hago mamadas, eso sí, felicidad en estado puro, y me temo que escupo…
R: Mierda, que extraño, tengo poca experiencia en estas lindes pero veo raro que tus clientes se conformen con una simple mamada...
P: De simple nada, mis mamadas son transcendentales, estratos de felicidad convertidos en arte, pura metafísica de mi lengua saboreándote, envolviéndote, te hago el amor con mi boca de forma más intensa que con mi coño.
R: Joder, me dejas impresionado, lastima que no puedas chuparla y hablar a la vez, ¿Dónde están los reservados?
P: En este local elegimos nosotras y mi arte felador no esta disponible para cualquiera.
R: Mierda, ¿es por mi cara?
P: No, termínate tu copa y vete. Inténtalo en otra ocasión.

Se levanta y desaparece con ese gesto noble del que da por hecho que la visita ha durado demasiado y deja en manos del criado sacarte del salón.

Y así fue, mis queridas contertulias, como me he vuelto a enamorar. Rasgos comparte con las pretéritas aparte de la vocación: esos labios altivos de cereza y el pelo largo ensortijado crean un cuadro de turbadora belleza femenina.

Pero así somos los hombres, buscando a quien dedicar las derrotas, iluminando el camino con el semen del amor. 

Hellraiser (VNV Nation Remix) by Suicide Commando on Grooveshark

jueves, 25 de agosto de 2011

Breve pero intenso.

No me lo puedo creer: a punto de besarla, una oportunidad donde el cinismo estaba en terreno desconocido, y de pronto suena esa canción de fondo en esta puta feria olvidada de la mano de dios.

Nota mi duda -como no notarla- y en sus ojos se trasluce mi fracaso, la oportunidad perdida, la lucidez volviendo por sus fueros. Ni siquiera me pregunta que ha pasado, para ella era uno de los momentos, uno de tantos que hay que superar para poder paladear el origen del mundo. Y ahí, en las prostimerías de mi fracaso, noto como ya no hay marcha atrás, miradas esquivas, pezones desmarcando su contorno, la sangre volviendo a su lugar establecido.


Todo se pierde en un instante, instantes que acercan a personas que no tienen nada en común. Sólo encontrarse en un bar a una hora determinada, tener una mirada triste, una copa más, viajar juntos, sonreír en vez de mirar al suelo, comprar una rosa para una amiga, ayudarla su primer día de trabajo, llamar a las cuatro de la mañana y que este despierta. Llamarla otro día y que siga igual de encantadora, compartir una mesa en un restaurante abarrotado, un gesto protector, proyectos. Sueños inconexos que se comparten, química desbordándose en una noche de verano, inercias, conexión, ¿Cuántas veces lo sientes y lo dejas marchar?


Tampoco es tan importante, hablar, hablar, hablar. Cualquier mendigo existencial que ha resistido el paso del tiempo tiene una base de vivencias susceptible de aguantar unas horas de conversación. Solo somos datos, datos, datos. Pero, ¿y cuándo se produce el contacto? ese juego genético de expresión corporal -todos lo hemos notado-, esas miradas largas y brillantes sin palabras, ese cogerte del brazo casi accidentalmente, o acariciarte la nunca mientras te susurra alguna confidencia al oído, caza y seducción, caramelizando las palabras, vendiendo algo inasible en realidad, pero con esa sutil invitación a la intimidad trasluciéndose de fondo.


Entonces, por primera vez en la vida, me sublevo contra la fatalidad de mi destino y la beso de improviso.

El bofetón me saca de dudas: estos mojitos están jodiendo mi percepción de la realidad.

mi suerte by Vetusta Morla [aticus] on Grooveshark

miércoles, 24 de agosto de 2011

Elemental, mi querido Rorschach

Habitación con olor a comida, sudor y animal muerto. Rorschach de pie en ropa interior gesticula ante el espejo, Erika tumbada en la cama fuma su desaliento entre las sabanas rancias. La única nota de color es un foulard azul enroscado en el cabecero junto al resto de ropa femenina.

Rorschach: Bueno Sherlock, ya sabes que te admiro ¿Qué piensas de todo esto?
Sherlock: El truco es una solución al 7% de cocaína. En cuanto a las mujeres, hazme caso: no merecen la pena, son –y perdona la pausa dramática me tengo que inyectar – un despropositito sin talento, no es misoginia, es que desconfío abiertamente de ellas. Quédate solo.
R: Intentaré hacerte caso, eres la persona más inteligente que conozco…
S: Elemental, mi querido Rorschach.
R: Tú nunca dijiste esa frase…
S: Hay que estar a la altura del mito, ¿Te preparo un chute…?

Erika: ¿Puedes dejar de hablar solo? Me pone nerviosa…
Rorschach: Tienes la molesta costumbre de interrumpirme. Ayer estaba hablando con Hemingway y estaba a punto de convencerle para que alejase la escopeta de su cabeza. Nos estábamos tuteando una vez llegado al acuerdo de que el Viejo y el Mar era una puta mierda sobrevalorada.
E: Tu mente esta muy dañada y aun no he encontrado ninguna excusa en tu biografía.

Rorschach pone la radio -suena algo de música clásica- tira la sabana al suelo y mira el cuerpo herido de Erika con una sonrisa.
R: Me encantan tus quemaduras, aun no me has dicho como fue el accidente, algo extraño seguro, solo tienes quemado el torso y parte del cuello, ni extremidades ni cara, únicamente tus amantes pueden disfrutan del espectáculo. Me encantan tus pechos, es como si hubieran apagado miles de cigarrillos en ellos y tu espalda es una región de tatuajes volcánicos.

Erika recoge la sabana y se vuelve a tapar.
E: Eres un puto loco, un acomplejado, casi diría que solo te gusto por mis cicatrices.
R: Tú eres la insegura, estamos en un mercado de carne, solo tienes que revolotear de madrugada en cualquier local y pedir tu ración de sexo, barra libre para tu vagina. Sin embargo yo te quiero, eso es más difícil de encontrar.
E: Sí, es una lastima que hables con gente muerta y que tu mayor aspiración sea seguir en esa mierda de empleo de horario nocturno.
R: No nos enfademos, llevamos solo tres días de relación, ¿Vemos alguna película, compramos algún libro, follamos?
E: No me gusta últimamente como me follas, buena banda sonora, intensos preliminares, pero luego me siento como tu hermana.
R: Me veo incapaz de hacerlo de otra forma la verdad, no sé si es porque te quiero o porque tengo algún episodio oscuro en mi infancia que me impide golpearte mientras te llamo puta.
E: ¡Oh Capitán! ¡Mi capitán! Nuestro espantoso viaje ha concluido… te voy a dejar por ese motivo, necesito violencia en la cama, necesito sodomización verbal, que alguien pierda el control sobre mi. Lo siento, era cuestión de tiempo.
R: Te comportas como una zorra pero ya estoy acostumbrado. Adelante, busca tu felicidad a pesar de mí.

Erika se viste con su conjunto de lencería rojo mortalmente atractivo. Ya esta fuera de mi alcance. Se despide. Adiós. Adiós…
La angustia sobrevuela la habitación, no podré olvidarla jamás, no podré superarlo nunca, cada pequeño detalle enquistado por la magia del amor en mi cerebro, convirtiendo cada fetiche en un altar. No importa si han sido tres días o treinta años, algo transcendental ha acontecido y merece mi respeto perpetuo.

R: Siento tus pies desnudos taconeando mis pensamientos, luz asperjada en el aguacero de mi cara, la nostalgia de tus manos convertida en sombras chinescas de un desamor encanecido…solo fuimos un momento de ternura, mentes farfullando sobre el orgasmo, camisas de manga larga ocultando el delirium tremens de una obsesión…fuimos como…como…

Desgraciadamente mis intestinos no entienden de poesía ni desgarros sentimentales y una violenta necesidad diarreica hace que doble las rodillas por los retorcijones. Me muevo rápidamente hacia el baño pero el destino tiene a bien de humillarme de nuevo: no hay papel higiénico. Mierda. Miro asustado la habitación ponderando las posibilidades, se acaba el tiempo. Pero allí, en ese rincón, la esperanza se viste de azul. Y con el hermoso foulard en las manos me dirijo al baño pensando en aquella chica del trabajo y cuanto costará emborracharla esta vez.

Just Like You Imagined by Nine Inch Nails on Grooveshark