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martes, 18 de diciembre de 2012

Sé bella y sé triste, y que la tormenta inmortalice el paisaje de tu rostro.

Hebras de vino, manos encallecidas de recuerdos
fuegos artificiales en el infierno
he vuelto
soy el mejor traficante de la ciudad
disparé al otoño a quemarropa
mientras divagaba en el fumadero de opio.

Mi lengua de poeta araña la herida de tu sexo
del que mana una hemorragia de vida
pintándome una sonrisa de payaso.

Vivimos como esclavos, condenados a esta orgía silenciosa
adorando una basura cuidadosamente elegida.
¿eres otra victima? ¿un cigarro desfigurado?
¿un desgarro anal producto del manual de poesía de mis ojos de mármol?

La vida es un hospital, no hay cura, la cama siempre te resultará incómoda
mientras envidias las de otros.
A veces te visitan, y se quedan a dormir
pero no suele durar demasiado

Otras veces, una quimera se te echa encima, te araña el vientre, te hunde con su peso
pero sonríes
y si tienes valor, te arrojas por la ventana
como una botella vacía
con la esperanza de volar
por encima de toda esta prostitución.

Si lo consigues, disfrútalo
la Muerte –nívea, hermosa y prepotente- te sonreirá afable
mientras espera su turno.

Turkish Voodoo by Free the Robots on Grooveshark

jueves, 15 de noviembre de 2012

No he ido a trabajar porque no quería dejar de vivir.

La nieve caía de tu rostro
y te desnudaba como un jardín
sobrecogiéndome
arrugando mi instinto
sin dejarme ver que eras una esfinge sin secreto.

Luego vinieron los diamantes de saliva
los ciervos preñados en nuestras muñecas
la sonrisa prestada y eterna de tu oso de peluche
los ojos de miel azabache para los días de lluvia.

Pero al cabo de unos meses
tú, mi querida veleidad
princesa de cuento
empezaste a convertir el amor en asesinato
a ser una niebla necrófila que encanecía mi mente.

No se cuánto duró.
Demasiado.
O quizás demasiado poco.
Pero un día cualquiera
sin un motivo especial
te maquillaste con el carmín de mi sangre
y, como un sueño prestado, desapareciste para siempre dando un portazo.

Y allí, con el murmullo de las cucarachas
la copa rota
y la belleza perdida
pensé:
“Así suele acabar todo. Siempre”

Y como no quería ser un despojo poético
ni pensar en sirenas varadas en el alfeizar
tras muchos meses
de arduo esfuerzo
conseguí olvidarte.
Una especie de tregua
de sereno vacío
pero, ¡qué demonios!
Podría llegar a acostumbrarme.

Entonces tocaron al timbre.
Vacilé un instante.
Pero al final abrí la puerta.
Era otra.
Alguien distinto.

Y todo volvió a empezar.

Te echaré de menos by Los Piratas on Grooveshark

viernes, 21 de septiembre de 2012

Transmutación en una tuerca.

Aquella época fue muy extraña, me gustaba estar solo, la gente me resultaba hostil, me embargaba una combinación letal de fobia social y altanería espiritual, todo me producía un gran esfuerzo. No entendía nada, no entendía las colas, sus conversaciones, no entendía a las mujeres embarazadas ni las horas extras. Volvía borracho por la mañana, quizás un martes, y veía sus caras derrotadas nada más levantarse, como si la mugre existencial cubriera su cuerpo, como si ese tiempo, la mitad de su vida, hubiera sido vendida en un mero trámite. Piezas de domino cayendo. La transmutación en una tuerca. Yogures caducados que permanecen en la nevera ocupando espacio. Desangrándose poco a poco sin atreverse a pedir la guillotina. Centros comerciales como nuevas catedrales al dios del capitalismo.

El caso es que mi vida tampoco tenía demasiado sentido. Intentaba no hacer nada, la inacción, solo me preocupaba robar el wifi a un vecino y seguir yendo a la biblioteca a leer libros. Cioran, Fante, Carver, Schopenhauer, Kierkegaard. Me gustaban sus voces, esa pequeña grabación mental de sus palabras. Me dejaban un extraño poso que mecía el tiempo sin acritud. Luego me liaba un porro, escanciaba un poco de vino en la alfombra, y escribía.

Escribía sobre todo relatos enfermizos sobre mi vecina, violaciones, conquistas románticas, sodomizaciones brutales. Ella era mi solución final, mi bula, mi redención. Párrafos y párrafos enteros dedicados a ella, a su culo, su cuello, su piel, sus ojos, su pelo, sus pies, su todo. Y los días sucedían. Fumar. Beber. Comer. Cagar. Masturbarse. Dormir.

A veces Carlos interrumpía esa inercia anacoreta. Carlos era un dios sin límites. Bebía y se drogaba como sino hubiera un mañana. Nadie nos podía seguir el ritmo, siempre había un momento de la noche en que surgían las excusas, el trabajo, los horarios, el cansancio, la falta de dinero, el local cerrado. Con Carlos no sucedía eso, ibas a su casa, llena de mierda y fetiches de fiestas pretéritas, y sabías que ese océano de locura siempre iba a estar ahí intentando ahogarte, mostrando su devoción a la nada.

La última vez eran las seis de la tarde, y ahí estábamos, esnifando un par de rayas de coca, la botella de vodka bailando entre nosotros a palo seco, movimientos espasmódicos delante del televisor con la pantalla rota -me declaro culpable-, las paredes acercándose poco a poco. En apenas una hora ya estábamos frenéticos, gritando incoherencias, huyendo por las escaleras sin esperar al ascensor. Todo se movía demasiado despacio.

Existía un local en Madrid donde ponían chupitos de absenta. No era fácil acostumbrarte a ellos. Había de dos clases, supérieure de sesenta y cinco grados y el suisse de ochenta y cinco; el hada verde te despejaba de inmediato, un puto puñetazo en el estomago. Siempre pedía la primera ronda con una sonrisa de condescendencia, como un hombre de mundo que conocía perfectamente cual era su límite. Cuatro. Con cuatro la noche era perfecta, continuaba sin daños aparentes, podía seguir naufragando con algún chupito de tequila sumergido en la cerveza mientras reía imbuido en las conversaciones más banales, disfrutando de la música más inocua. Sabía que a partir del cuarto todo podía pasar, nunca nada bueno, siempre el despertar magullado y solitario en un parque sin móvil, o en casa de Carlos, siendo recriminado por toda clase de infamias.

Naturalmente nunca, que yo recuerde, nunca, nunca, nunca, conseguí salir de ese local sin haber pedido como mínimo seis.

Adoraba esa libertad, ese romper con lo sensato, la zozobra de lo imprevisible, nadar contracorriente en mitad de la noche llenos de adrenalina. Y sabía que existían otras formas de sentirte vivo, masticadas e integradas en una alienación socialmente aceptada. Pero lo nuestro era beber y drogarnos. Algo banal sin duda, pero esa forma de protesta, esa arrogante indignación por obligarnos a vivir, nacer, existir, pensar, también requería mucho esfuerzo por nuestra parte. Aunque fuera una vulgaridad egoísta, nos funcionaba. A veces no resultaba tan divertido, a veces éramos expulsados de las discotecas por disrupción del orden. No sé el motivo por el cual insistía en bajarme los pantalones y enseñar mi polla. No era nada sexual. Lo digo en serio. Pero lo hacía. Quería que conociera mundo. Luego había momentos de absoluto bajón, cuando un váter y el vómito eran tus amantes, cuando en pleno invierno te quitabas la ropa porque la droga te hacía perder la cabeza. O cuando simplemente querías morir pero la cobardía te empujaba a hacerlo lentamente. Tal vez teníamos demasiado tiempo para pensar, no veíamos sentido a las cosas grandes, la familia, la hipoteca, el trabajo. Arbeit macht frei. No teníamos vocación para existir, ni para reivindicar nuestra pútrida existencia solo por una nómina alta. Las colas nos agarrotaban. Solo veíamos a nuestro alrededor gente esperando, sin más sentido que el cordón roto de un zapato. Nuestra quimera existencial era conseguir la siguiente copa y ligarnos a la camarera.

****
Ahora apenas trasnocho. He dejado de escribir. Tengo un trabajo estable.

En la ventana de enfrente se escuchan gritos:
-         ¡Eres un mierda, ni siquiera eres capaz de encontrar un empleo, me das asco!
-         ¡¿Cómo eres capaz de decirme eso?! ¡Puta!
Las sirenas se acercan inmisericordes. Todo sigue girando a pesar nuestro.

Alzo la copa sin llegar, evidentemente, a ninguna conclusión. Solo puedo hacer una cosa que tenga algo de sentido.

Me la saco y empiezo a masturbarme pensando en ella, con violencia, con dureza, delineando la esperanza en su cuerpo, ese cuerpo bello, ansioso, que ondea como una sinfonía en un océano de silencio. Saliva ardiente envolviéndome, juntos somos un puto universo implosionando al borde del abismo.

Me corro como un dios demoniaco sobre esta puta bola achatada de mierda, sobre las calles, las plazas, la ciudad, inundándolo todo con mi propia profecía de color blanco.
Y por un momento, soy feliz.

Ricochet by Anekdoten on Grooveshark

martes, 4 de septiembre de 2012

Mario.

La noche sigue, tu imagen me acompaña; te envío fotos de nubes para que sueñes con la libertad, como si pudieras sentir el mar en una caracola y no entre tus piernas; ya es septiembre, nos reímos de nuestra tristeza, excitados pero impotentes. La gente duerme a estás horas, ventanas heladas, irisadas en rutinas, voces amortiguadas por una almohada y un consolador sin pilas. Beber como forma de suicidio y desprecio. Nabokov requiere esfuerzo, y también lamerse las costuras, o ver como las manos se besan sentadas al borde de tu piel de astillas.

Estoy loco; me debato entre la misoginia y la adoración. Entre la puta pidiendo fuego en la esquina y el vodka frío mezclándose con zumo de naranja; entre una erección que apunta a la nada y esa extraña necesidad patología de soledad y muerte. Doce mil neuronas mueren diariamente mientras busco palabras que te encharquen, te inflamen, te exciten y provoquen tus contracciones

Nada tiene sentido. Me gustaría llorar, me gustaría que me acunaras entre tus brazos, que me mintieras, que me dieras amor, cordura, una razón, me gustaría matar a todos y disfrutar de la soledad de nuestros cuerpos a la pútrida luz de esta noche eterna. Estoy cachondo. Ejecutamos el baile. Vibro en un extraño gatillazo ad eternum mientras te como el coño, bebo tus flujos horadando tus emociones con mis dedos. Me hablas de tu vida, de tu matrimonio, me dices que solo disfrutas sola, que a veces nos destruimos en relaciones insatisfactorias porque no pedimos nada a la vida, sobreviviendo simplemente, que a veces me leías y no sabías porque daba tanta importancia al sexo, no sabías que era sentir varios orgasmos con una polla, no sabías que las palabras podían arquearte sobre la mesa y mojarte sin tocarte, no sabías que todo eso era posible, dejarse llevar, una noche sin horario, mi polla en tu boca, arcada, sentirte como una puta y disfrutarlo; se me pone dura cuando gimes, casi sin querer, cuando dices “joder, joder” como si tu cuerpo, tu piel, supiera más del lenguaje, como si todavía estuvieras buscando la manera de decir que quieres sentirme dentro, muy adentro. Te gusta, te asusta; y me dices que tu culo es mio, que te sodomice, y es tu entrega lo que me la pone dura, por eso empujo mis palabras dentro de ti, las mismas que te ponen cachonda, que hacen que fluyan sentimientos, como un terremoto hormonal. Geosminas, el petricor de tu coño, sudor, almizcle, besos que atarán este recuerdo a tu nostalgia.

Intento desconectar, me excito ante la idea de correrme dentro de ti, de ser el siguiente, de que me pidas que te enseñe, de jugar con nuestros cuerpos, de aceptarnos, autoestima reverberando en los ojos, en las manos, en el deseo del otro, como si empezáramos a existir a partir del tacto. Y en la literatura tu pelo cosquillea por mi espalda, me montas, me chupas, me lames, nos corremos, me abrazas, te atrapo bajo mi cuerpo y sigo penetrándote. Y percibimos eso que tú has sentido una vez, también en Madrid, y que yo quizás no he sentido nunca: el desasimiento total, el placer llenando el cuerpo, fluyendo, ahogando al propio yo, un sentimiento atávico que nos une al menos durante una noche.

Pero prefiero la decadencia; me abro las venas y dejo fluir la sangre, mejor así, un dolor suave pero conocido, sin culpa, sin esperanza, solo una nota a pie de página en otra noche sin sentido.

It's No Good by Depeche Mode on Grooveshark