Nunca me había gustado. Lo
había hecho alguna vez, por obligación, sin disfrutar lo más mínimo, sin
desearlo en absoluto…
Hasta él. ¿Por qué coño
con él sí? No lo entiendo. Odio no entender. La primera vez me pilló por
sorpresa. Estaba encima de mí. La metía y cuando parecía que estaba a punto de
sacarla completamente, de abandonarme, embestía furioso. El sexo así tiene algo
que el tierno no tiene. ¿Cómo podía no echar de menos la ternura? “Pregúntame
lo que quiero” “Te jodes, hoy mando yo”
¿Y por qué me gusta? ¿Por
qué ese “te jodes” me hace sentir perra en celo, por qué me inunda así? Creo
que me estoy volviendo loca.
De repente no sé bien cómo
llegó a mi boca y empezó a follármela. Sin pedir permiso, sin preguntar. Mis
flujos llenando mi boca, mezclados con los suyos. Sube el ritmo, ahógame,
quiero morir asfixiada.
Aprenderás a hacerlo. Y
sonaba a promesa, a sesiones eternas de sexo, a ti aprendiendo de memoria los
lunares de mi espalda hasta que sean tu guía, tu mapa celestial en las noches
oscuras. Sonaba a mí suplicando que me folles también el culo, mientras tus
dedos buscan en mi coño la felicidad.
Suena a caricias, a
mordiscos. Suena a mi pelo acariciándote las caderas mientras subo y bajo
rítmicamente, mientras mis labios te envuelven y mi lengua te saborea.
Enséñame. Hazme hacer
horas extras. Se mi dueño. Fóllame hasta que tu polla no conozca otro hogar que
mi boca. Hasta que encuentres el amor en el fondo de mi garganta, hasta que mi
lengua sea la única caricia que desees.
Mi dueño… ¿O no?
Le ordeno que se desnude.
De rodillas. Sobre la cama. Separa las piernas. Ábrete. Mi mano es una fusta.
Golpes moderados. Marca roja sobre sus nalgas. Expuesto. Humillado. Su polla
dura, enhiesta. Habla sin permiso. Indisciplinado. Mi pie en su cabeza, hundiéndole
contra el colchón. Pide perdón. Empieza a chuparlo.
Le observo excitada.
Empiezo a acariciarme el clítoris, miles de terminaciones nerviosas, hinchado,
húmedo, mientras me follo su boca con el pie. Es suficiente. Le ordeno ponerse
en posición de nuevo. Empiezo a acariciarle. Primero un dedo. Poco a poco.
Dentro. Fuera. Gime. Empiezo con el segundo. Un poco más rápido. Bien. Buen
perro. Es el momento. Doble dildo, con arnés. Casi iguales. Me lo introduzco
lentamente. Ajusto las correas. Lubrico su parte. Me mira asustado. Queja.
Azote. Empiezo a presionar. Gime. Dolor. Me aferro a su cintura para
hundírselo. Grita. No paro. No puedo. El placer es demasiado intenso. El dildo
atraviesa mi coño con cada nueva embestida. Me muevo como si fuera un hombre
follándose a una puta, ajeno a todo excepto su placer. Él sigue gimiendo de
dolor pero empieza a moverse a mi ritmo.
El consolador está casi entero dentro
de él. Acelero. Me corro. No me cuesta nada, me encanta poseerlo así. Le ordeno
darse la vuelta. Se tumba boca arriba y se sujeta las piernas en alto. Me
coloco encima de él. Sigo metiéndosela, mi cara pegada a la suya, diciéndole
obscenidades. Ya no se queja. A la pequeña zorra le empieza a gustar. Aumento
el ritmo, se la clavo con fuerza mientras le miro a los ojos. Su polla se
balancea de un lado a otro. Sé que quiere tocarse pero no le he dado permiso.
Se la cojo, empiezo a masturbarle. No tarda mucho en correrse, con fuerza,
manchándose todo el pecho. Me embadurno los dedos y le obligo a chuparlos, a
limpiarme.
Y en ese momento, mientras se la saco lentamente del culo, al
observar su mueca al tragárselo, vuelvo a correrme.
Es la una de la madrugada y estoy totalmente alcoholizado. Leo una
entrada sobre la infancia y me gustaría poder sumergirme en esa especie de
nostalgia proustiana sobre el tiempo perdido, ¿cuáles fueron las decisiones
erróneas, las encrucijadas que jodieron mi evolución normal? En el fondo somos
cristal, frágiles, deformados estereotipos encauzados en una forma concreta y
vendible.
A veces todo se va a la mierda y no puedes controlarlo, echas un trago
más de la cuenta y tu piel vibra en manos de una epifanía artificial, un
atrezzo sentimental que provoca que el tiempo se dilate y los
sentimientos te desborden. Y a pesar de la cadena de montaje –alienación,
numeración, catalogación, infierno infinito-, sigues pensando en ella, en su
coño lleno de masoquismo existencial. Y gritas: "Conmigo serías infeliz, soy incapaz de ir más allá,
solo sirvo en pequeñas dosis, de visita, un simple punto y aparte, una triste nota a pie de página".
¿Y a pesar de eso quieres que te siga follando con mis
palabras…?
***
Te imagino masturbándote delante del espejo, de pie, arqueada. Mis
dedos te sorprenden, te bajan del todo las bragas arrancando tu timidez, deslizándose
dentro de ti, dedos largos llegando hasta el límite de tu carne. Con la otra
mano, de forma cruda y poco romántica, te pellizco los pezones; te muerdo el
cuello, ese pequeño hueco que tanto te gusta a diez centímetros de. Te giras y me montas, tus pechos
balanceándote, tienes ese gesto de adolescente follando en público. Subes.
Bajas Subes. Bajas. ¿Cuánto hace que no
te follan en condiciones? Recorro tu espalda con mis manos; te meto el
pulgar en el culo y noto por el espasmo de tu cara que estás cerca del orgasmo.
Hay un momento de esos que te gustan: beso largo, lenguas y manos entrelazadas,
cadencia, caricias, fusión de soliloquios, gemidos cada vez más fuertes; y por
fin el orgasmo, contracciones duras, como tatuajes sobre mi polla. Placer.
Placer. Placer…
Chapoteo en un teclado lleno de semen mientras sigues arqueándote en
mi cabeza. ¿Qué más quieres? Todo. Lo
sé. Pero solo puedo darte una noche. Eterna. Efímera. Pero solo tuya.
*** La nada, envuelta en su esperma blanco, reza al recuerdo del hombre que fui,
el pájaro llora y cae abatido desde la azotea de tus labios,
la vida es un vaso vacío, una boca que me mastica entre sus dientes.
La razón parpadea ante el espejo, como una flor desnuda por el viento,
mi polla es una cruz de despojos, una lámpara de deseo que ilumina, tiembla, y muere ante la cabellera oscura y eterna de Ligeia, sacrificándome a la usura del tiempo (y la locura) solo por un verso más.
Un verso que nace poseído por el miedo, arrodillado ante el silencio,
una cabaña de piel que observa a las serpientes sonriendo desde el cielo.
Pero ya es demasiado tarde: las piedras han ganado la guerra a las flores y han bañado de vida muerta las calles.
Aquella época fue muy extraña, me gustaba estar solo, la gente me
resultaba hostil, me embargaba una combinación letal de fobia social y
altanería espiritual, todo me producía un gran esfuerzo. No entendía nada, no
entendía las colas, sus conversaciones, no entendía a las mujeres embarazadas
ni las horas extras. Volvía borracho por la mañana, quizás un martes, y veía
sus caras derrotadas nada más levantarse, como si la mugre existencial cubriera
su cuerpo, como si ese tiempo, la mitad de su vida, hubiera sido vendida en un
mero trámite. Piezas de domino cayendo. La transmutación en una tuerca. Yogures
caducados que permanecen en la nevera ocupando espacio. Desangrándose poco a
poco sin atreverse a pedir la guillotina. Centros comerciales como nuevas
catedrales al dios del capitalismo.
El caso es que mi vida tampoco tenía demasiado sentido. Intentaba no
hacer nada, la inacción, solo me preocupaba robar el wifi a un vecino y seguir
yendo a la biblioteca a leer libros. Cioran, Fante, Carver, Schopenhauer, Kierkegaard.
Me gustaban sus voces, esa pequeña grabación mental de sus palabras. Me dejaban un extraño poso que mecía el tiempo sin acritud. Luego me liaba un porro, escanciaba un poco de
vino en la alfombra, y escribía.
Escribía sobre todo relatos enfermizos sobre mi vecina, violaciones,
conquistas románticas, sodomizaciones brutales. Ella era mi solución final, mi bula, mi redención.
Párrafos y párrafos enteros dedicados a ella, a su culo, su cuello, su piel, sus
ojos, su pelo, sus pies, su todo. Y
los días sucedían. Fumar. Beber. Comer. Cagar. Masturbarse. Dormir.
A veces Carlos interrumpía esa inercia anacoreta. Carlos era un dios
sin límites. Bebía y se drogaba como sino hubiera un mañana. Nadie nos podía
seguir el ritmo, siempre había un momento de la noche en que surgían las
excusas, el trabajo, los horarios, el cansancio, la falta de dinero, el local
cerrado. Con Carlos no sucedía eso, ibas a su casa, llena de mierda y fetiches
de fiestas pretéritas, y sabías que ese océano de locura siempre iba a estar ahí
intentando ahogarte, mostrando su devoción a la nada.
La última vez eran las seis de la tarde, y ahí estábamos,
esnifando un par de rayas de coca, la botella de vodka bailando entre nosotros
a palo seco, movimientos espasmódicos delante del televisor con la pantalla
rota -me declaro culpable-, las paredes acercándose poco a poco. En apenas una hora ya estábamos frenéticos,
gritando incoherencias, huyendo por las escaleras sin esperar al ascensor. Todo
se movía demasiado despacio.
Existía un local en Madrid donde ponían chupitos de absenta. No era
fácil acostumbrarte a ellos. Había de dos clases, supérieure de sesenta y cinco grados y el suisse de ochenta y cinco; el hada verde te despejaba de inmediato,
un puto puñetazo en el estomago. Siempre pedía la primera ronda con una sonrisa
de condescendencia, como un hombre de mundo que conocía perfectamente cual era
su límite. Cuatro. Con cuatro la noche era perfecta, continuaba sin daños
aparentes, podía seguir naufragando con algún chupito de tequila sumergido en la cerveza mientras
reía imbuido en las conversaciones más banales, disfrutando de la música más
inocua. Sabía que a partir del cuarto todo podía pasar, nunca nada bueno, siempre
el despertar magullado y solitario en un parque sin móvil, o en casa de Carlos, siendo recriminado por toda clase de infamias.
Naturalmente nunca, que yo recuerde, nunca, nunca, nunca, conseguí
salir de ese local sin haber pedido como mínimo seis.
Adoraba esa libertad, ese
romper con lo sensato, la zozobra de lo imprevisible, nadar contracorriente en
mitad de la noche llenos de adrenalina. Y sabía que existían otras formas de
sentirte vivo, masticadas e integradas en una alienación socialmente aceptada. Pero
lo nuestro era beber y drogarnos. Algo banal sin duda, pero esa forma de
protesta, esa arrogante indignación por obligarnos a vivir, nacer, existir, pensar, también requería mucho esfuerzo
por nuestra parte. Aunque fuera una vulgaridad egoísta, nos funcionaba. A veces
no resultaba tan divertido, a veces éramos expulsados de las discotecas por
disrupción del orden. No sé el motivo por el cual insistía en bajarme los
pantalones y enseñar mi polla. No era nada sexual. Lo digo en serio. Pero lo
hacía. Quería que conociera mundo. Luego había momentos de absoluto bajón,
cuando un váter y el vómito eran tus amantes, cuando en pleno invierno te
quitabas la ropa porque la droga te hacía perder la cabeza. O cuando simplemente
querías morir pero la cobardía te empujaba a hacerlo lentamente. Tal vez
teníamos demasiado tiempo para pensar, no veíamos sentido a las cosas grandes, la familia, la hipoteca, el
trabajo. Arbeit macht frei. No teníamos vocación para existir, ni para reivindicar
nuestra pútrida existencia solo por una nómina alta. Las colas nos agarrotaban.
Solo veíamos a nuestro alrededor gente esperando,
sin más sentido que el cordón roto de un zapato. Nuestra quimera existencial
era conseguir la siguiente copa y ligarnos a la camarera.
****
Ahora apenas trasnocho. He dejado de escribir. Tengo un trabajo
estable.
En la ventana de enfrente se escuchan gritos:
-
¡Eres un mierda,
ni siquiera eres capaz de encontrar un empleo, me das asco!
-
¡¿Cómo eres
capaz de decirme eso?! ¡Puta!
Las sirenas se acercan inmisericordes. Todo sigue girando a pesar
nuestro.
Alzo la copa sin llegar, evidentemente, a ninguna conclusión. Solo puedo
hacer una cosa que tenga algo de sentido.
Me la saco y empiezo a masturbarme pensando en ella, con violencia,
con dureza, delineando la esperanza en su cuerpo, ese cuerpo bello, ansioso,
que ondea como una sinfonía en un océano de silencio. Saliva ardiente
envolviéndome, juntos somos un puto universo implosionando al borde del abismo.
Me corro como un dios demoniaco sobre esta puta bola achatada de
mierda, sobre las calles, las plazas, la ciudad, inundándolo todo con mi propia
profecía de color blanco.
Madrid y el mar. A pesar de ser joven y
bonita hoy me siento infinitamente sola porque he perdido uno de mis calcetines
favoritos. Ni siquiera ese gesto de sorpresa y lubricidad al subirme la falda
ha conseguido que la noche mejore. Ni correrme en. He huido en cuanto la niebla
de la garganta ha desaparecido, sintiéndome como una retorcida fuente de vida,
blanca huella de lo efímero fluyendo analmente, deslizándose por mis muslos
rotos. El amanecer de un matriarcado con olor a alquitrán.
A veces me gustaría ser
una lesbiana que se enamora de hombres, que desbroza ansiedades escuchando
canciones tristes, atiborrándose de helado porque sabe que el mundo es tan atroz que es
imposible no enamorarse. Pero también vive en mí quien lo niega todo y se
revuelca en la pornografía nihilista y aséptica de internet, no busca salvarse
en besos, abrazos, o en esos leves mordiscos en los pezones que golpean el alma
como un accidente de trafico. Ahora, como punto medio, me hago fotos delante del espejo, quizás para demostrar que existo.
Contengo la respiración,
el silencio me aplasta. Intento distraerle entrechocando los cubitos de hielo del
vaso. El vodka hace un quiebro. Bailo un vals -o quizás sea un tango-, delante
de la ventana. Luz de luna, jardín inmenso. El sonido de ambulancias en Madrid rompe el
embrujo.
A veces pienso en ti, te
(d)escribo desde el manido artificio del lado frío de la almohada. Porque la
antítesis del amor no es el odio, pasión fea y mezquina que insiste en forcejear con la sensibilidad para no pasar desapercibida, la antítesis es la
indiferencia, terrible y dolorosa para cualquier amante.
Al final los sentimientos
residen en el estómago, no en el corazón; cuando el amor se rompe el corazón no
se inmuta, sin embargo el estómago se cierra y vomitas aire y vacío.
La niebla en la garganta
se sigue expandiendo, pronto, siempre demasiado pronto, moriremos todos de
normalidad.