Musa: Puta viciosa que colecciona cicatrices. Eres ya un fetiche de
mis venas. Me dejo anidar en tu mano y me desvisto de existencia y aire. Pero
habitar no es vivir. Penetrar tus huecos no es poseerte. Antes de irte siempre
dejas un par de sonrisas perfectas debajo del edredón con sabor a loba
esteparia. Trago trozos de bombillas que iluminan tu recuerdo. Me gusta suceder junto a ti. En tu ausencia me
siento emparedado en esta cárcel de piel y huesos donde las palabras suenan
incomprensibles y el aire sangra con su verdad inexacta de flores y desorden. Imbuido
en este estertor sinestésico no me importa olvidar el poema nonato.
Pero vuelves. Quizás por última vez. Apenas he dormido. Insomnio.
Brindando con la Nada con vino tibio
durante toda la noche. A pesar de ello la necesidad animal de hundirme y
consumirme dentro de ti te da la bienvenida. Te explico que escribir es como
follar: requiere cierto grado de inspiración y esfuerzo eludir el aburrimiento
de tu coño.
Me coges el brazo y lo guías hacía tu garganta. Ojos desbordantes de
sadismo y palabras duras. No existe un nosotros
sólo la radicalización de una necesidad. Abres tus piernas y me muestras el
cerco mojado de tus bragas. No te masturbes con mis palabras: lubrica mis
dedos. Lengua. Cuello. Pechos. Pezones. Ombligo. Muslos. Clítoris.
Contracciones. Gemidos acompasados. Llega mi turno. Puente de saliva entre tu Boca
y mi Polla. Cojones golpeando tu barbilla. Sonido gutural. Rimen corrido. Pelo
enroscado en mi muñeca. Cuatro Patas. Dureza. Mi mano derecha violando tu boca.
Mis cojones hiriendo tu coño. Mordiscos disonantes. Bofetones sabor ceniza. Tu
culo dilatando el tiempo. Tu pelo formando arabescos maliciosos. Sabanas
ardiendo como las libélulas de tu piel.
Conviértete en mi psicópata. Mátame lentamente. Destroza mi piel, mis
músculos. Salpícame con dolor. Aléjame de la masificación. Humanízame. Zozóbrame.
Agonízame. Fóllame sin piedad. Comparte mi lluvia de alfeizar de carne, de
cuervo hambriento. Escupe mi nombre. Úsame como acto reflejo. Córrete. Córrete
conmigo.
Convirtamos nuestro orgasmo en el accidente existencial más suicida de
nuestras vidas.
Estoy loca. Es algo muy difícil
de asumir. No es algo mutable, como una parte de mi cuerpo que pueda cambiar en
un quirófano o en un gimnasio, tampoco es una limitación de mi carácter sobre
la que poder aplicar alguna técnica conductista. No, es una definición de mí
misma. Algo que siempre irá conmigo. Como ser diabético o alcohólico. Y es
curioso, porque muchos problemas mentales surgen a raíz de la incapacidad de
aceptarse a uno mismo, ¿en qué me convierte eso, en una loca al cuadrado?
Pensé mucho en eso de
pequeña, mientras iba de una institución a otra, encerrada en pequeñas
habitaciones blancas, atada a la cama, la cabeza llena de algodones, la boca seca
y sin vida. Al final llegué a un acuerdo con las voces, ninguna quería
continuar así. La tristeza de nuestros padres, de nuestros carceleros, se podía
evitar. Solo teníamos que disimular, rellenar los test de forma adecuada,
comportarnos como los demás, decir lo que ellos querían escuchar. Todo fue
bien. Poco a poco la alegría volvió a sus vidas.
Y yo siempre tenía los espejos
cuando las voces requerían también su tiempo y su luz.
Nunca se lo conté a nadie,
seguía con mi vida, sorprendida de que fuera tan fácil engañarlos a todos,
fingir ser normal. Durante la adolescencia se agravó más, y cuando el ruido de
mi cabeza se hacía demasiado insoportable me iba a otra parte de la ciudad a
beber, a drogarme, donde nadie pudiera reconocerme y asustarse por mi
comportamiento. Era una doble vida, entre el grupúsculo de gente adinera, con
su carrera, sus masters, sus planes impecables, y el otro, lleno de juergas malolientes
de madrugada, de sexo en la calle, de disociaciones y locura.
Han pasado muchos años.
Años donde mi actuación como la hija, la mujer, la amante, la amiga, la
profesional, ha sido perfecta. Todos sonrientes cuando entro en la habitación.
Ningún asomo de duda en sus rostros.
Pero ahora, esta noche, el
otoño me parece la imagen perfecta de la desesperación. Arboles llorando hojas
amarillas, cicuta, melancolía recorriéndoles como savia, pudriéndoles las
raíces. Me rozo distraídamente la mejilla mientras releo tus palabras, esas
palabras que destrozaron mi hermetismo, mi insensibilidad. Esas palabras que
llegaron al núcleo de mi ser, que me apuñalaron con sus aristas, que me
hicieron confesarle todo por primera vez a alguien. Que estúpida me siento.
Fútil. Yerma.
La conclusión es que las
personas no son ni significaban nada, todo es una gran impertinencia de los
sentidos, horizontes de carne pudriéndose poco a poco, el alma desdoblándose
mientras la sobrevalorada sensibilidad deja un hueco efímero tras de sí. No es
amor, solo endorfinas. Y nunca deja de llover.
El humo se aglutina dentro
de mi boca, deshaciéndose, huyendo entre mis comisuras. Las voces te odian y te
anhelan. Todas ellas. Me piden que te llame, existir un poco más dentro de ti,
impedir el desvanecimiento, el influjo de.
Pero en vez de eso una de ellas se hace con el poder y empieza a escribir una
interminable, ilegible –ininteligible- carta de amor, intentando, no sé, explicar
los silencios, las caricias al aire, el asco
alimentándose de si mismo dentro de mi venas calcinadas.
Y aunque te conté lo más
importante, hubo otras cosas que no quise compartir, supongo que porque sabía
que eran avisos ineludibles del final. Mis pesadillas, por ejemplo. En ellas
todo al principio esta iluminado con una extraña luz añil. Y ahí, en medio de
la nada, estás tú, ajeno, distante, dándome la espalda. Es curioso, pero a
pesar de la repetición, las sensaciones son siempre las mismas, me siento
asustada, atenazada por una sensación de desgracia inminente y empiezo a
llamarte, a suplicarte que te des la vuelta, que me cojas entre tus brazos y me
consueles. Pero tú sigues ahí, sin moverte, como una mascara inerte colgada de
una pared. Al final todo empieza a desdibujarse, a volverse violento, las voces
hablan por mí, te insultan, te golpean, mis manos se convierten en cuchillos
que te abren en canal, la tonalidad de la luz va cambiando a un rojo oscuro.
Y
en ese momento de tu interior sale una yo
más joven, sin cicatrices, brillante, de un blanco incólume. Ella me mira
fijamente, levanta sus manos hacía mi cuello y empieza a asfixiarme. Intento
soltarme, golpearla, pero su tenaza es demasiado fuerte. Siento como entro en
pánico, como mis pulmones arden, estallan los vasos capilares de mis ojos, el
mareo, la náusea. Se hace eterno. Y mientras ella aprieta más y más, tú ahí, observando
impasible como muero.
Me tiembla la voz mientras
camino, con el sonido del camión de la basura de fondo, por una serie de puntos
suspensivos en cursiva. Los ritos de cortejo provocan risa o muerte cerebral, pero siempre me he escudado en el triste analgésico de la aceptación
patológica. Miro mis muñecas, pienso en él, y da igual y duele a la vez, a fin
de cuentas todos seremos polvo dentro de unas décadas. Le amo como una
caprichosa niña a la que le tiembla la voz el día de su cumpleaños. Familia
desestructurada. Hay que combatir el sueño de alguna manera en esta noche masticable
de vino, idiotez y muerte. Dejadme sangrar.
Tu negación abriéndose paso
como un cuchillo de inaudible risa. Nos colonizó la modestia existencial de una
pizza que se enfriaba mientras discutíamos. Vencejos acuchillando el aire en Soylent
Green. Labios resecos, besos de cartón. Muérdeme, haz sangrar a las sabanas,
soy tu victima, un puto saco de genética desparramada sin talento que se convierte en una amante circunstancial.
Córrete. Córrete conmigo. Comparte
mi lluvia. Soy un coño quebradizo, un alfeizar de carne, un cuervo hambriento,
una mancha de fiesta en la pared. Y aunque el desastre sea evidente, miénteme,
escupe mi nombre, muérdeme, úsame, fóllame en el baño de cualquier bar.
Bésame hasta
que duela.