Recuerdo como te vi entrar en el sanatorio. Apestabas, seguro. Tú no
me viste, y si lo hiciste ni me di cuenta. ¿Me recuerdas? Sentada al borde de
la ventana, la de la esquina. A dos manos; una sujetaba un cigarro, la otra la
poca cordura que se me derramaba entre caladas. El tabaco siempre me ha
colocado de una forma especial.
Desapareciste durante dos días. A saber qué te hicieron esas bestias
de lógica blanca. El tercero, no sería ni media mañana, volví a verte. Ojeroso,
pero aquí todos estamos ojerosos, con marcas en las muñecas, como las mías.
Aquí todos intentamos suicidarnos. Yo seguía en mi ventana. Entonces me
reconociste. Sí, claro que me reconociste y no te acercaste, aquí tú eras el
más cobarde. El cielo siempre está plomizo, no puede ser más hermoso, la
degradación de abismos entre dos aguas invertidas. Pero no te acercaste, sólo
sujetabas la botella. Tu botella.
Imagina el espacio que nos rodeaba, un desierto lívido sin más tinte
que el rojo de tu vino y el verde de mis ojos. Se te veía tan pequeño, mi
decadente ninfómano, tan frágil... Aquí todos somos putas rotas.
Compartimos aquella distancia galáctica durante ¿una, dos horas? y
luego, bajo el silencio esquizo, me digné a acercarme, lenta, puede que incluso
temerosa, a ti. Creo que hacía tiempo que no tenías tan cerca un rostro
adolescente. Se te notaba porque tus pupilas se dilataban sangrantes. Y estaba
tan cerca, mi boca de tu boca, que te hincabas violentamente en la botella.
Entonces me arrodillé a la altura de tus rodillas, también creo que pensaste
que iba a mamártela (te sobrecogiste), pero no. Cogí tus manos y les di la
vuelta, quería ver los vestigios, tus caminos extraviados. Y apoyé mi cabeza en
ellos, aún no habían cerrado sus bocas. Y como buen cobarde, te quedaste ahí,
quieto. Me estabas manchando de sangre. Tu muerte se corría en mis mejillas.
Pero se nos acababa. Tú no lo sabías, yo sí. Incorporé mi lengua hasta
tu garganta, hasta tu oído. Iba a sisearte algo, pero se me olvidó. Había empezado. Mi cuerpo estaba muriendo en humo, y tus cicatrices supuraban vino. Y
nos deshicimos en los vicios del alma, lenta y desoladamente. Échale la culpa al alma.
Estoy loca. Es algo muy difícil
de asumir. No es algo mutable, como una parte de mi cuerpo que pueda cambiar en
un quirófano o en un gimnasio, tampoco es una limitación de mi carácter sobre
la que poder aplicar alguna técnica conductista. No, es una definición de mí
misma. Algo que siempre irá conmigo. Como ser diabético o alcohólico. Y es
curioso, porque muchos problemas mentales surgen a raíz de la incapacidad de
aceptarse a uno mismo, ¿en qué me convierte eso, en una loca al cuadrado?
Pensé mucho en eso de
pequeña, mientras iba de una institución a otra, encerrada en pequeñas
habitaciones blancas, atada a la cama, la cabeza llena de algodones, la boca seca
y sin vida. Al final llegué a un acuerdo con las voces, ninguna quería
continuar así. La tristeza de nuestros padres, de nuestros carceleros, se podía
evitar. Solo teníamos que disimular, rellenar los test de forma adecuada,
comportarnos como los demás, decir lo que ellos querían escuchar. Todo fue
bien. Poco a poco la alegría volvió a sus vidas.
Y yo siempre tenía los espejos
cuando las voces requerían también su tiempo y su luz.
Nunca se lo conté a nadie,
seguía con mi vida, sorprendida de que fuera tan fácil engañarlos a todos,
fingir ser normal. Durante la adolescencia se agravó más, y cuando el ruido de
mi cabeza se hacía demasiado insoportable me iba a otra parte de la ciudad a
beber, a drogarme, donde nadie pudiera reconocerme y asustarse por mi
comportamiento. Era una doble vida, entre el grupúsculo de gente adinera, con
su carrera, sus masters, sus planes impecables, y el otro, lleno de juergas malolientes
de madrugada, de sexo en la calle, de disociaciones y locura.
Han pasado muchos años.
Años donde mi actuación como la hija, la mujer, la amante, la amiga, la
profesional, ha sido perfecta. Todos sonrientes cuando entro en la habitación.
Ningún asomo de duda en sus rostros.
Pero ahora, esta noche, el
otoño me parece la imagen perfecta de la desesperación. Arboles llorando hojas
amarillas, cicuta, melancolía recorriéndoles como savia, pudriéndoles las
raíces. Me rozo distraídamente la mejilla mientras releo tus palabras, esas
palabras que destrozaron mi hermetismo, mi insensibilidad. Esas palabras que
llegaron al núcleo de mi ser, que me apuñalaron con sus aristas, que me
hicieron confesarle todo por primera vez a alguien. Que estúpida me siento.
Fútil. Yerma.
La conclusión es que las
personas no son ni significaban nada, todo es una gran impertinencia de los
sentidos, horizontes de carne pudriéndose poco a poco, el alma desdoblándose
mientras la sobrevalorada sensibilidad deja un hueco efímero tras de sí. No es
amor, solo endorfinas. Y nunca deja de llover.
El humo se aglutina dentro
de mi boca, deshaciéndose, huyendo entre mis comisuras. Las voces te odian y te
anhelan. Todas ellas. Me piden que te llame, existir un poco más dentro de ti,
impedir el desvanecimiento, el influjo de.
Pero en vez de eso una de ellas se hace con el poder y empieza a escribir una
interminable, ilegible –ininteligible- carta de amor, intentando, no sé, explicar
los silencios, las caricias al aire, el asco
alimentándose de si mismo dentro de mi venas calcinadas.
Y aunque te conté lo más
importante, hubo otras cosas que no quise compartir, supongo que porque sabía
que eran avisos ineludibles del final. Mis pesadillas, por ejemplo. En ellas
todo al principio esta iluminado con una extraña luz añil. Y ahí, en medio de
la nada, estás tú, ajeno, distante, dándome la espalda. Es curioso, pero a
pesar de la repetición, las sensaciones son siempre las mismas, me siento
asustada, atenazada por una sensación de desgracia inminente y empiezo a
llamarte, a suplicarte que te des la vuelta, que me cojas entre tus brazos y me
consueles. Pero tú sigues ahí, sin moverte, como una mascara inerte colgada de
una pared. Al final todo empieza a desdibujarse, a volverse violento, las voces
hablan por mí, te insultan, te golpean, mis manos se convierten en cuchillos
que te abren en canal, la tonalidad de la luz va cambiando a un rojo oscuro.
Y
en ese momento de tu interior sale una yo
más joven, sin cicatrices, brillante, de un blanco incólume. Ella me mira
fijamente, levanta sus manos hacía mi cuello y empieza a asfixiarme. Intento
soltarme, golpearla, pero su tenaza es demasiado fuerte. Siento como entro en
pánico, como mis pulmones arden, estallan los vasos capilares de mis ojos, el
mareo, la náusea. Se hace eterno. Y mientras ella aprieta más y más, tú ahí, observando
impasible como muero.
A rastras entre la abulia y la simplicidad de miras, con esa manera triste de desaprovechar la vida -esa locura cosificada-, desearía tener ese éxito de hostilidad con tu coño. Sí, me gusta hablar de sexo, es más divertido que hablar de “como me ha ido el día” o “mis sueños” Mis sueños son follarte y dejarte exhausta. Que te cueste ocultar como te jode que ayer no tuviera ganas de ti.
Que aburrida es la vida, todo el mundo luchando, empujando, ¿hacia dónde? No sabría precisarlo, pero desde aquí parece una nada del color de una tarjeta de crédito caducada. Y os dais cuenta, sí, perfectamente. Pero fingís, disimuláis, señaláis al que se sale de la fila como un paría, aunque sufraguéis con su pasión vuestro vacío inconmensurable.
Escupidme a la cara vuestra incomprensión. Creo que me excita. Como a otros el amor entre especies, la visión de perros sodomizando humanos, o el puño de un niño insertado en el culo del pedófilo, ¿dónde está el límite? No lo sé.
Podría ser un creyente mirando al cielo esperando que no llueva para cargar los pasos, esa tonelada de mierda, sobre mis hombros pecadores, y ser feliz en ese momento de pecado-culpa-castigo-exoneración que rige esta puta mierda religiosa con la que nos torturan todos los años. Pero en vez de eso escupo al cielo por si es capaz de devolverme el favor y vomitar sobre esos pobres imbéciles su odio centuplicado. Sin acritud.
Mi corazón itifálico se nutre de cucarachas mientras Leonard Cohen canta su visión al mundo. La gente se pudre, demasiado pronto, demasiado tarde. Abracadabra. Esa ardilla tenía la respuesta, pero tú insistes en matarla, en fotografiar su agonía.
La escritura se colapsa, tengo ganas de masturbarme. Me la saco, roja, caliente, intensa, dura, me escupo en la palma y pienso en ti, en todas vosotras, necesito calmarme; el porno duro me aburre, todo ese mete-saca, todos esos coños depilados, pollas enormes moviéndose como si fueran maquinaria pesada en aburridas secuencias, sin apenas sorpresa, que diluyen la excitación.
Pocos entienden que lo más peligroso no es friccionar nuestros cuerpos excitados con cualquiera los fines de semana, no, las mayores depravaciones solo surgen cuando estás enamorado, cuando solo quieres satisfacer, complacer. Del poder de la sumisión, de la entrega, surge lo más excitante y hermoso. Pero el ser humano, víctima de su purgatorio particular, tiende a destruir antes que conservar. El sueño adolescente ha muerto y su recuerdo nos mutila. Piensas en Kennedy, en Japón, en ese cielo color verde apagado, como la botella de vino de tu escritorio, y destrozas esa belleza sin saber exactamente el motivo. Y luego, como retrato de nuestra época, subes las fotos al Facebook.
La poesía de la primavera... utilizas palabras excelsas de diccionario que no saben expresar porque te escuece el alma, hablas de la lluvia cuando siempre sales con paraguas, buscas el color adecuado para describir el cielo cuando nunca se ha derrumbado sobre ti. Basura, idilios con una mierda estupefacta por esa ansia de coprofagia. No soy mejor, no soy nada, pero tengo alguna cicatriz que aún gime de placer o de sufrimiento, y es el grito de su escarificación la síntesis de la que deriva la verdadera poesía.
Las mujeres, por ejemplo, no tienen término medio, o te destripan o te follan. Y los hombres buscamos una vagina prieta cuya risa sea menos vulgar de lo habitual. Cuando claudicas en eso tapas los espejos, asustado por tu metamorfosis. Tus muñones resbalan por su piel y eyaculas con rutina, quedándote dormido como un trozo de carne sin identidad.
Me he ausentado un momento, necesitaba matar a mis vecinos, un acto de piedad. Ahora el teclado esta encharcado con mi semen y su sangre, teclear es como nadar en amor. Pienso en esta ciudad, como alimenta a sus verdugos, las sombras de su juventud se deslizan tras mis cortinas mostrándome un cadáver vacío donde antes había, al menos, una posibilidad de amor. Ahora solo huele a balance, a cifra, a final. Pero solo es mi punto de vista.
La televisión mientras tanto sigue cogiendo rehenes y ahora, con mi polla recitando poesía, resulta casi romántico, como la respiración de las arandelas, ver el proselitismo que despierta. Pero un extraño residuo de miedo me impide encenderla. Miro como el cielo, ese rio de ahogados, se va tornando negro y sucio mientras la ciudad, abajo, se vuelve amarillenta, como un cuenco de leche plagado de gusanos. El gato sube por la pared y me maúlla dese las alturas, quiere mis ojos y mi amor.
Me recuerdas a Marion Silver, aunque estoy demasiado drogado para entender la similitud. La última vez que te vi tenías una rosa tatuada en la mejilla, "¿qué es la nada?" me preguntaste antes de salir de la habitación. Mis ojos desbordaban espuma enamorada, pero no intenté detenerte.
Y así suele terminar todo, un blog, internet, mi vida, tu recuerdo: con la sangre, ese esperma rojo, cubriéndolo todo, borboteando como huérfana advertencia de gestos agotados, sobre mis labios, sobre mis dedos.
Pedro Salinas no quería dejar de sentir dolor por la mujer que amaba, porque eso era lo único que le quedaba de ella. Él ya ha muerto, también esa mujer. Al final nada tiene demasiado sentido. Ya estoy borracho, echo en falta el amor, una verdad, un sentido. Pero solo tengo un teclado y la lluvia adocenada. Ella sigue allí; y yo aquí. Como decía Freddie Green: “Llega, toca, y lárgate”
La verdad es que antes de los sueños llevaba una vida
monótona. Me levantaba, iba a la oficina, tupperware, siguiente turno, volvía
en coche. Algo de atasco. Llegaba a casa, quizás necesitase ir al supermercado,
a veces quedaba con alguna amiga, a veces algún polvo desangelado. A veces me rebelaba contra mi vida y me
preparaba una cena especial acompañada de un buen vino. Pero cocinar solo para
mi me resultaba algo deprimente. Luego me metía en la cama con un libro o el
portátil y al cabo de media hora ya estaba dormitando. El fin de semana…bueno,
alguna actividad cultural de esas pretendidamente enriquecedoras, alguna visita
familiar, pero el tiempo no daba demasiado de sí. También iba una vez cada dos semanas a mi psicóloga. Dos
años de rutina. Sin un motivo aparente, quizá porque muchas en la oficina lo
hacían, por hablar con alguien, por intentar descubrir algo interesante dentro
de mi cabeza.
Hace dos meses tuve mi primer sueño. Estaba en un avión,
había turbulencias. No estaba segura del destino ni de nada, pero lo aceptaba
con tranquilidad, así son los sueños, como meterse en medio de una película,
sigues por inercia. Hablaba con mi compañero de asiento, un hombre con un
físico a priori poco afortunado, moreno, con gafas, pelo muy corto, barba y
ojos de miope. Parecía más mayor de lo que delataba su conversación, con esos
pantalones de pinza, los zapatos y ese jersey negro de cuello alto. La charla
discurría animadamente. Me comentaba que el libro “Drive” no merecía la pena,
que el director había hecho maravillas con el guión, que “Nada” de Jane Teller
era un eructo nihilista. Me ofendía que fuera tan taxativo, el libro de Jane me
había gustado, no pensaba que fuera solo para adolescentes. El movía las manos
y sonreía, se veía que disfrutaba mucho de la discusión. Me dijo que había
demasiados libros, que el tal Roald Dahl estaba sobrevalorado, que prefería
releerse a Bukowski o a Cortázar.
Hubo un silencio cómodo y nos presentamos, se llamaba
Carlos, como mi hermanastro. Me preguntó si era la primera vez que iba a New
York y si había cogido ropa de abrigo, ahora en septiembre el tiempo no era muy
estable. Ahí fue donde me di cuenta de todo, no tuve la necesidad de
comprobarlo en el atrezzo en forma de periódicos que había repartido por todos
los asientos. Jodido sueño retorcido. Pero seguí hablando, sin ansiedad, era la
directora y la actriz principal. Sí, le conteste, había querido ir con alguien
muy especial pero al final no pudo ser. Otro silencio cómodo.
A partir de ahí fue como si Carlos se fuera
transformando, cada opinión, cada gesto, cada detalle le hacía más y más
deseable. Y dos horas después -o quizás fueran solo dos minutos, la percepción del tiempo era imprecisa-, estábamos echando un polvo en los baños del avión.
Expresión burda, porque en realidad todo fue muy tierno…extraño, morboso,
imperfecto, incomodo, pero tierno. E intenso. Muy intenso. Cuando terminamos ya
habían empezado los gritos en el avión. Parecía asustado, pero no sorprendido. Se
escucharon golpes, un intenso sonido de descompresión. Quise despedirme pero
solo me dio tiempo a darle un beso antes de que nos estrelláramos contra una de
las Torres Gemelas.
Se lo conté a mi psicóloga pero no le dio demasiada
importancia. Demasiados documentales. Demasiada ansiedad. Supongo que no fue
culpa suya, nunca le había hablado de mi hermanastro.
Cuando tenía catorce años mi madre se volvió a casar. Nos
mudamos a la casa de su marido y ahí fue cuando conocí a Carlos. Tenía
dieciocho años y, aunque suene a tópico, no era como los demás. No era
simplemente que escribiera poesía, no era que la visión de su exuberante cuerpo
jugara con mis hormonas a su antojo, no era su mirada encantadora ayudándome, en
su nuevo papel de hermano mayor, con el inglés. Era su forma de existir, de moverse, sus extrañezas, las
opiniones que dejaba caer sobre cosas que ni siquiera sabía que existían. Para
mí la película que marcó mi adolescencia no fue Dirty Dancing, fue “Los amantes
del círculo polar”.
Odiaba con intensidad a todas sus novias. Una tras otras
desfilaban por casa, y luego apilaban sus mensajes en el contestador. Mensajes
sin respuesta. No estaban a su altura. Nadie lo estaba.
Aún recuerdo vívidamente aquel fin de semana. Era
domingo, me despertó de madrugada el ruido de la ducha, se había dejado la
puerta entreabierta, quizás acababa de llegar de farra o simplemente tenía
calor. Me apoye en el quicio de la puerta y le observé. Era la primera vez que
veía a un hombre totalmente desnudo. Se estaba masturbando. Tuve que clavarme
las uñas para no entrar ahí dentro y, no sé, devorarlo. Me temblaban las
piernas, respiraba aceleradamente, casi gemía. Él siguió durante varios minutos,
minutos eternos, deliciosos.
Luego me miro, o quizá solo fue mi imaginación. Nunca lo
sabré. Me fui corriendo a mi habitación y nunca volvió a repetirse. A partir de
ahí también estuvo conmigo por las noches, entre mis dedos.
Pasaron unos años, Carlos se fue a vivir al extranjero Se
espació nuestro contacto. Tuve novios. Pero él siempre estaba ahí. Cuando
cumplí dieciocho años me llamo y me dijo que me regalaría un viaje a New York,
que él se encargaría de hacerme de guía turística y de lo que necesitara. Murió
dos días después en un accidente de moto. Un accidente estúpido.
Lloré durante semanas, meses. Apenas comía, apenas vivía.
Me regodeaba en ese dolor, un dolor tan punzante, tan extremo que al final mi
familia estuvo a punto de internarme. Pasó más de medio año hasta que los
antidepresivos empezaron a funcionar. Empecé a olvidar, a adaptarme, a
cauterizar, a esconderle. Con otros cuerpos, otras drogas, otra vida.
Hasta que, quince años después, empezaron estos sueños.
El primero fue ese. Luego han venido más, todos más o menos parecidos. El
escenario cambia, puede ser un tren, un autobús, un edificio, una cafetería, siempre
inmersos ya en una conversación. Sobre libros, películas, banalidades del día a
día, anhelos. Siempre con esa sensación de ser desconocidos y amantes a la vez.
Luego hay un gesto, quizá suyo, a veces mío y hacemos el amor como preámbulo de
la muerte. Porque los sueños siempre terminan igual: un atentado, un accidente,
un incendio, un terremoto, un tsunami…
El problema es que esos sueños tan intensos -amanezco
totalmente encharcada y con agujetas-, empañan mi vida real, esa especie de show de Truman de baja audiencia. No
tengo ganas de ir al trabajo, incluso lavarme los dientes es una tarea
titánica. Como si vivir solo tuviera significado
cuando sueño con él. Supongo que nadie me había susurrado antes en catalán que
mataría monstruos por mí, supongo que nadie me había recordado antes tan
genuinamente al Carlos de mi adolescencia. Pero tengo miedo, porque alguno de
los dos sueña al otro, algunos de los dos no es real, e incluso si lo fuéramos
y pudiéramos vernos en persona ¿Qué sucedería? ¿Por qué siempre todo termina en
accidentes mortales, era una metáfora freudiana sobre el orgasmo?
El solo hecho de reflexionar sobre ello me convencía aún
más de que me estaba volviendo loca. Solo son sueños, literatura onírica.
Sublimación de esa necesidad de afecto, del vacío que produjo la muerte de
Carlos. De las decepciones, de la soledad. Tengo treinta años, joder, debo de
ser más racional, mantener la compostura. Pedir ayuda. Tomar algún tipo de
sedante que me haga dormir normalmente. No puedo dejarme llevar por mis
fantasías, comprar un billete de avión y presentarte en Barcelona a una cita
con alguien con el que sueñas. Es absurdo.
En eso estoy pensando mientras paseo inquieta a las once
de la noche por la plaza de Sant Felip Neri. En si el conjunto de suéter rojo y
falda de cuero negra me favorece con el maquillaje escogido. En que todo esto
es una estupidez. En sí realmente vendrá alguien o solo van a intentar
atracarme un par de ingleses borrachos. En que la plaza tiene una magia
especial y, aunque sea sola, ya solo por estar aquí ha merecido la pena el
viaje. En que si el sexo es así
en la realidad he estado perdiendo el tiempo durante muchos, muchos años. En
que…
De pronto, el sonido de unos pasos a su espalda
interrumpe sus reflexiones. Sea quien sea se acerca a ella decididamente. Está
muy nerviosa, no se atreve a girarse.
Me
llamo Mauricio y soy policía desde hace más de veinte años, un hombre con mayúsculas, con los cojones
como el toro de Osborne. Si hay que meter una paliza, ya sea dentro o fuera de casa,
soy el ejemplo a seguir. Mi mujer, ese animal de compañía que encharca las
bragas al pensar en su alcaldesa Ana Botella, es sobre el papel mi pareja
perfecta, lubricando su coño a mi antojo. Convivimos sin que las cosas terminen
de funcionar. Supongo que el único momento de pasión de su vida fue con su
amante, es una lástima que este desapareciera de repente y todas sus
entelequias se vieran frustradas. La pobre envió durante varios años cartas de
amor no correspondidas hasta que finalmente, resentida, se resignó a mi verga y
a mis lunas de hiel. Nunca sabrá que su Romeo, después de la paliza que le
metimos en comisaría y las dos noches que pasó con un par de violadores en el calabozo,
tenía sobradas razones para desaparecer y nunca atreverse a contestar sus
misivas. A veces leo alguna de ellas y me sobrecojo ante esa exultante fantasía
que hace presa de las mujeres:
“(…) Ganar o perder lo que
me humedece es el riesgo. Siento el clítoris tembloroso solo con recordar tu
voz. Esa voz penetrante, grave, borracha de vino y ansiedades que me penetraba
hasta lo más hondo. Soy un premio ya conquistado antes de que me bajes las
bragas. Te recuerdo marcando el camino con tu saliva, arrodillado, haciéndome
arder. Tu lengua agujereándome mientras tu nariz rozaba mi clítoris febril y
enfermo de tamaño. Esa música de fondo como si quisieras adoctrinarme mientras
te suplicaba, te imploraba, que me la metieras, que me follases, necesitando
que me compensaras todo el tiempo pedido. Sentirte caliente, duro, entrando en
mí, saborear el sabor de tu semen en un solo latido, sin sentido y sin final
mientras bebemos de nuestros orgasmos. Te amo y te amaré siempre, nos conocimos
con un beso de despedida, nunca te olvidaré”
Qué
bonito.
De
todas formas he descubierto que lo que realmente me gusta no es follarme a mi
esposa en la misma posición aburrida del misionero con el Cara Al Sol de fondo. No. Lo que realmente me gusta es que me
sodomicen, que me den por el culo. Pero no un puto homosexual, mierda, ojalá
mueran todos de alguna enfermedad más perfeccionada. Solo me dejo sodomizar por
una mujer. Podría ahorrar dinero y pedírselo a su esposa, pero en plena
menopausia eso erosionaría la poca lucidez que le queda. Por eso recurro a
Carla.
Carla
es majísima, una puta de alto postín, todo artificial: tetas, culo, labios…me
gusta sus preliminares cuando empieza a chuparme los huevos y va bajando.
Cuando me penetra con su consolador me humaniza, casi consigue por unos instantes que desaparezca esa necesidad de violencia que me provocan esos putos perroflautas de
Sol. Si tuviera algo de poder acabaría con todos esos gilipollas, esos
anarquistas okupas de mierda que ralentizan el buen devenir de ese maravilloso
país: España. Y que me dices de Cataluña…cada vez que veo las noticias se me
revuelve el estómago con todos esos independentistas, antipatriotas de mierda,
exigiendo derechos. Si pudiera me follaría a todas esas putas afrancesas y les
obligaría a chuparme el cimbrel en condiciones y en castellano. Me quedo con las
fachillas de Madrid: prepotentes, un poco idiotas, pero acostumbradas a bajarse
las bragas cuando es necesario.
A
veces pienso en chupar una polla mientras Carla me sodomiza, son extrañezas
pasajeras, fruto del stress del trabajo. No soy un jodido gay, no tengo
necesidad de ir al psiquiatra a medicarme. Solo tengo curiosidad. Por eso
compré aquellas revistas, con escenas de perros pasándolo bien. Se lo propuse a
Carla pero no era su campo. Me puso en contacto con Sandra.
Sandra
si lo hace, ella tiene su propio perro, es hermoso ver como se la folla Marcus,
su pastor alemán, con ese enorme falo. He pensado mucho en ello: lo que me
excita es la sumisión, la denigración de la mujer, me gusta cuando Marcus se
corre y la llena con esa enorme cantidad de semen y ella tiene que permanecer
quieta porque el glande del perro está totalmente inflamado y tiene que seguir
dentro de ella durante unos minutos hasta que por fin puede sacarla sin hacerse
daño. Me gusta ver como se la folla brutalmente mientras me la chupa. Una mera
esclava…menos que eso: un simple animal.
Pero
Sandra disfruta con ello, le gustan las emociones fuertes, desgraciadamente se
rompió la magia al darme cuenta de ello.
Quizá
sea un poco misógino, quizá debería dar un poco de libertad a mi hija. Pero cuando
vi ese condón no pude evitar darle una ostia, aún es muy joven para follar,
para vestir con esa ropa de puta. Joder, solo pido un poco de respeto en mi
propia casa. ¿Qué coño es eso de que necesito controlar mi ira? Alguna vez
rompo algo y tengo que tomar medidas disciplinarias para mantener el orden,
pero eso no es motivo para encerrarse en su habitación y poner esa puta música tan
deprimente.
Cuando
nos vino a ver ese asistente social del colegio diciendo esas tonterías de que
la niña no comía, me reí y empecé a limpiar mi arma reglamentaría H&K -rutina habitual en las sobremesas familiares-, ¿estamos locos? Mi hija es delgada
porque es su constitución, la veo comer todos los días, joder, en mi casa siempre
hay comida, para eso me mato a trabajar. Menudo gilipollas. Que no me lo cruce cuando voy de servicio porque
no sale de comisaria.
Al
final encontré a Regina, adicta al caballo, pobrecita, es duro para ella a sus treinta
y cuatro aparentar veinte años más y ver como su hija le hace la competencia en
la esquina de enfrente. He intentado hacer un trio con las dos pero no quieren.
Es cuestión de tiempo. De momento me conformo con el servicio gratuito que me ofrenda -previa amenaza- en el asiento de atrás de mi coche. Me gusta su boca, ahogarla con mi enorme polla llena de
postulas –a saber el motivo…- y ver como se derraman sus lágrimas de rimen,
como se retuerce cuando mis pequeños soldaditos pasan por su garganta. Este es
el puto paraíso: violar la boca de una puta. Soy ateo, no puedo aspirar a más.
Ahora
sin embargo estoy de mala ostia: han ingresado a mi hija. Dicen que pesa menos
de cuarenta kilos, el médico me lo recalca con tono desaprobador, como si
tuviera la culpa. Mi mujer llora desconsolada. La tienen entubada, con quince
años. Bueno, está claro que necesito liberar tensiones.
Vuelvo
con Esther, me gusta hablar con ella. Es una mujer grandota, tetas caídas,
pocos dientes, conserva ese talante vetusto de pueblo, esa risa sincera a pesar
del aliento perpetuo a semen rancio. Esta ajada, cuando miras a sus ojos
vislumbras una puerta entornada llamada esperanza, que va cerrándose
irremisiblemente sin ni siquiera la protesta de un portazo.
Me
cuenta sus experiencias, hoy la han pagado por comer la mierda de un tío y
dejar que le vomiten encima. Más tarde se lo ha encontrado en el supermercado
con su mujer y su hija pequeña. La felicidad de un matrimonio se basa en volcar
el vómito reprimido en ella, a veces literalmente.
Sabe
que tengo potencial para el sadismo, para romper los límites de la degradación
establecida. Pero es complicado, ya ha tenido sexo con animales, películas de
bondage, violaciones, reconstrucción de colon. Incluso su falta de dientes
mejora las felaciones. Ha hecho de la miseria sexual, de la barbarie, su razón
para vivir, su forma de definirse como individuo. Me mira inquisitiva,
esperanzada, pero ¿Qué puedo ofrecerle yo cuando golpearla es un simple
preliminar, un bostezo existencial, cuándo ha hecho del castigo sexual una
rutina?
No se
me pone dura y seguimos hablando. Me enseña fotos de un antiguo novio de su
juventud, me habla del pueblo, de su familia, de su primer aborto, me dice que
nunca la quisieron, que la prostitución es como la guerra: una excusa para
mostrarte como realmente eres, un animal. Dice que bebe demasiado, que su madre
murió el año pasado y no se atrevió a ir al entierro. Le hubiera gustado llevar
una vida normal y ser madre. Mierda, casi me enternece, no podré volver aquí.
Sería como escupir en un pozo seco. Me despido.
Ya es
de noche, Madrid está podrida por dentro. No me gustan las drogas, Franco no se
drogaba, pero la noche es larga. Voy al poblado de siempre, nadie se percata, la
policía es clientela fija. Me meto un par de rayas. La cocaína en vez de hacerme
hablar me pone introspectivo. La imagen de mi hija en el hospital, con ese tubo
en la boca, mirándome con odio cuando fui a verla… Joder, me he follado a
yonquis de su edad con más ganas de vivir que ella. Me siento un monstruo.
Me
meto otra raya, que extraño es este impulso que nos empuja a seguir a pesar de
todo. Bebo un trago de la petaca. Me gusta conducir borracho con la sirena a
toda leche, me encantaría ir a Sol o cualquier otro sitio, y en medio de una
manifestación romper la cabeza a algún perroflauta, sino fuera por las
denuncias, por esta mierda de democracia de pacotilla…
Es
curioso donde me ha llevado la vida con cuarenta y cuatro años. Yo quería ser
dentista, pero en algún momento se torció todo. Quizá no luché lo suficiente, o
quizá me dejé llevar por las circunstancias del momento, adaptándome para
sobrevivir. Genio o genocida, al final lo único importante es el presente. Saco
la nota de suicidio de aquella yonqui a la que encontramos muerta hace unos días:
“Explicar el suicidio en una nota
es una incoherencia, normalmente es un simple arrebato, la cuerda, el puente,
el gas, la pistola. Nadie da explicaciones de porque Mozart acabó en una fosa
común, de porque si tienes un gatillazo siento que la culpa es mía, de porque
elegimos no elegir y no abrir la puerta al superyó. Sé que hay gente que me
quiere…pero no me comprenden, y si no eres capaz de comprenderme no puedes
aceptarme. No sabes porque lloro cuando estoy sola, y por eso me siento sola en
tu compañía. Ya ni siquiera me siento viva con la música, cuando escribo, cuando
me masturbo…lo siento. Y te pido perdón porque sé que es cosa mía, mi
percepción, mi forma de enfocar las cosas, sé que no hay razón para quejarme,
que no tengo perspectiva…pero no puedo evitar sentirme así. Simplemente
sobrevivo. Podría ir al psicólogo, pero es como la fe ¿de qué serviría a un
ateo? Me enamoro sin pensar, de ojos gastados, sin brillo, que tienen miedo a
los espejos, coleccionistas de llamadas perdidas, de mails sin respuesta, a
rebufo de la funeraria. Así soy yo: complicada, caótica, inservible, de las que
se apoyan en la barra de algún bar, inmutable a invitaciones sórdidas o canciones
de amor porque esperan que la ginebra haga efecto para volver a aquel verano
donde sonaba esa canción y Él, por fin, me sacaba a bailar. La vida, como
siempre, tenía otros planes. Pero no quiero enmarcar ese viejo neón estropeado de
la nostalgia…solo pienso en la nieve…blanca, pura, apocalíptica, un réquiem de
luz que lo inunda todo sin dejar ninguna pista al enemigo. Y dejas tus huellas,
esperanzada en ese simple legado, mientras caminas ignorante hacia el Sol que
hará desaparecer todo detrás de ti. Pero conozco esa verdad, noto el frio tras
el cristal del segundero que marca la marcha fúnebre, y aunque hay cierta
ternura contenida en este epigrama separado por comas, no espero que mis
palabras sean un gran acontecimiento, todo es tan fugaz como los ojos verdes de
ese conductor de autobús que, sin interés, flirtea conmigo. Ya siento el
cansancio, el veneno circulando por mis venas, actuando, desatando ese instinto
atávico de supervivencia. Subo el volumen, rechazo la llamada, no hay nada por
lo que merezca la pena resistir…”
Llamo
a Silvia, le digo que tengo coca y caballo. Llego a su cuarto, está sembrado de
fotos suyas antes y después de la operación: antes era Silvio y tenía polla.
Ahora tiene una vagina de juguete. Lo bueno es que te la puedes follar sin
condón. Le gusta poner la música muy alta, creo que lo hace para joderme. Día
equivocado. La ato como siempre y empiezo a follármela sin preliminares, me
gusta el tacto de esta vagina de mentira, de virgen incapaz de lubricar. Le
duele y mi empatía me empuja a meterle sus bragas en la boca y aumentar el
ritmo. No consigo correrme y entonces saco la porra y empiezo a golpear esa cara
que tanta cirugía y hormonas ha necesitado. No destrozo nada hermoso, solo una
patética mentira.
La
sangre me salpica, es divertido, excitante, intercalo mis crueles penetraciones
con golpes en sus pechos de porcelana, en su rostro amorfo ya por las lesiones.
Le arranco un pezón para devolverle la conciencia. Necesito que siga despierta,
sus bragas están rojas de sangre y sufre espasmos. Me rio, la vida tiene
sentido: golpear, penetrar, matar. Soy un puto psicópata. Y sí: al final somos
los únicos supervivientes. Vivís en un mundo de horror. Welcome
La única mujer que me consideraba guapo es mi ex, y creo que es un efecto entrópico de su mente luchando por superar la experiencia de nuestra relación, una especie de secuela del síndrome de Estocolmo. Esto unido a que en mi último viaje de avión me obligaron a pagar dos plazas por razones de peso, me hace pensar que no soy bueno en las distancias cortas.
No me enfado por ello, la sabiduría que me da el fracaso me hace tomar pequeñas decisiones que algún día reverdecerán en grandes conquistas. O bien en un viaje a Tailandia para comprobar tarifas internacionales.
Pero no estábamos hablando de mis problemas de tiroides o de mi pene, cada vez más oculto entre pliegues y pliegues de grasa, no, bellas damas, de lo que aquí se habla es de llevar a una mujer al catre, o de masturbarse en el intento.
Pero desgraciadamente había quedado ya con todas las mujeres de mi trabajo -las plataformas de teleoperador son donde anidan más féminas por metro cuadrado de ahí mi elección-, y no había conseguido ningún resultado, bueno, miento, algún bofetón y cumplidas deudas contraídas queriendo mostrar un nivel de vida ajeno a la realidad.
Heme aquí entonces en las fastuosas fiestas de San Sebastian De Los Reyes, famoso pueblo de mierda por sus encierros –con esto digo todo- donde la lubricidad de jóvenes vestales en el césped se combina con el olor a basura, perrito y algodón de azúcar. Naturalmente estaba solo, mi último simulacro de affaire estaba siendo penetrada por el macho alfa de turno en el asiento trasero de un coche. Yo no tenía coche, pero me gusta andar hasta que me canso. Desilusionado -era ya de madrugada-, compré una bolsa con costillas de cerdo, la versión masculina del helado de chocolate. El plan era encontrar alguna borracha con los sentidos aletargados a la que poder acercarme con la suficiente rapidez para que no gritara o saliera corriendo pidiendo ayuda.
De pronto un brutal golpe me sacó de mis pensamientos y casi provocó mi caída. Pero la imagen de las costillas desperdiciadas en el suelo hizo que recobrara rápidamente el equilibrio y me irguiera dispuesto a enfrentarme, como una madre defendiendo a su camada, a aquel poderoso ser que había podido cambiar mi gravedad tan fácilmente.
Era una mujer de una belleza sin igual, vamos, que era fea, enorme y fea para los amigos. Riadas de carne que acompasaban las mías como un reflejo de espejo deformado de circo. La llame Eva porque le ofrecí inmediatamente una costilla con la ceremonia de una petición de mano. Mi querida Eva cogió directamente la bolsa y como una plaga de langostas las fagocitó en pocos segundos, en una exhibición de poder que solo la gente sensible y empática sería capaz de percibir. Luego, con esas manazas llenas de grasa, se limpio en mi camisa en un abrazo demudado.
No estoy acostumbrado al contacto físico y enseguida tuve una erección. Ella se santiguo, y con ira zulu agarró mi paquete y me gritó que era un pecador y que no me dejase llevar por mis instintos. La giganta, esta valkiria desproporcionada, apretaba con rabia entre imprecaciones religiosas y estuve a punto de desmoronarme en uno de esos tránsitos místicos que la apocada Santa Teresa de Jesús refiere pero que solo eran producto de su anemia sexual.
De alguna forma llegamos a mi casa, solo sé que intenté penetrarla y algo de fricción hubo, quizá entre sus muslos, unos segundos maravillosos antes de que empezáramos a entrar en el campo de la asfixia erótica, es decir, ella encima. En algún momento me desmayé y sentí su violación, pero era sexo, algo que había esperando durante años, décadas incluso, y de lo que podría hablar cuando tuviera amigos. Y bueno, no estuvo mal, no tenia mucho con que comparar, quizá logré correrme a pesar del dolor, tengo un recuerdo difuso, solo sé que le dije que la quería y me dio una buena bofetada acorralando al romanticismo y disparando a matar.
Luego me enteré de que era una Kiko, ya sabéis, ese grupo de mierda ultraconservador, esa secta amparada por Benedicto XVI, el que fue compañero de GünterGrass amigo de las SS. Siempre hay barreras para el amor, no solo el condón, la primera era un diezmo que me exigían, luego tenía que irme a Asia a evangelizar chinos. Joder, no pintaba muy bien. Personalmente el tema secta no me parece mal, pero alguna que predique el amor libre y que no mande a las mujeres a clausura.
Y ahora, antes de irme en busca de nuevas aventuras, con ese dolor difuso que ha transformado mi pene en algo amorfo y amoratado, pienso en esa frase que leí en alguna parte: si me cortas las alas volaré con los cojones…o algo parecido, la bebida tiene también su coste nemotécnico.
Besos y abrazos, y ya sabéis: ojos cerrados y piernas abiertas.
El padre de la verdad es el tiempo. Ya esta todo escrito, solo podemos deshilvanar nuestra cadencia personal e intentar provocar -si hay talento- dos diálogos: uno con el lector potencial al que transformaremos y convertimos en nuestra presa, en nuestro cómplice…y otro desde ese ubicuo pasado literario desde el cual nos nutrimos consciente o inconscientemente. Más tarde, cuando la obra está terminada, se establece un único diálogo entre el texto y sus lectores, del cual esta excluido el autor.
Todo esta escrito se refiere al núcleo de la historia, las capas de tramoya son indiferentes, esto en vez de desanimarnos debería incentivarnos a diferenciarnos creando un estilo propio aunque no salga bien. Es curioso como en vida denigramos lo diferente, lo aislamos, nos da miedo, somos retrógrados y reaccionarios. Luego, cuando el enemigo de nuestra sacrosanta planicie existencial ha muerto y el tiempo lo dignifica, lo adoptamos/fagocitamos con prisa y pesadez de estomago.
¿No quieres decepcionarte? No tengas esperanza. ¿No quieres traición? No te enamores.
No estas loco, ¿verdad?
No, el alcohol solo es un síntoma, es demasiado tarde, echo de menos ese abrazo, la música es demasiado apropiada…la vida se ve mejor así, es más sencilla en esta euforia de soledad, como amar las dunas del desierto de tu piel con besos cuarteados color ceniza. Postrado ante el recuerdo de tus ojos verdes, tu pelo largo azabache -siempre la brújula insomne de mi imaginación señalando el mismo lugar-, una bofetada resuena en la noche como un pellizco en mi alma desubicada: es tu risa recorriendo los meandros de mi corazón.
Hay momentos en los que hay que elegir entre despertarse y enloquecer o seguir bebiendo. Dicen que todo se pudre al final, pero solo se pudre el papel con cincuenta y ocho razones por las que debería odiarte, una égida a mi autoestima. Son las tres de la madrugada y no puedo dormir, hace calor, un calor intenso, real, despótico… una perfecta noche lisérgica, adicciones sin embotellar con sabor a carta de una desconocida…
Dos meses después...
Las cosas son así: intenté superarte…te borré de las redes sociales, borré tus mails, tus mensajes de texto, tu teléfono, tus imágenes…expurgué todo mi entorno. Intente odiarte, asumir como axioma personal el típico “Todas putas”. Nada funcionaba.
Pensaba en el suicidio de Werther y Anna Karenina, en como el primero es producto de la causalidad y el segundo más de un arranque irreflexivo, de ese halo irracional que nos separa de las maquinas, que hace que matemos y amemos en la misma frase, en un solo párrafo.
Por eso te maté. No contestabas a mis correos, no querías verme, al final eras Tú o Yo. El resto ya lo sabes: fui a tu domicilio, te rapte, te viole, te mate…y te volví a forzar, aunque aquí empezaron mis dudas, porque, a fin de cuentas, ya no podías darme tu consentimiento, como mucho era una falta de respeto a tu cadáver, pero si tenemos en cuenta la vanidad de una mujer, la obsesión con su belleza, quizá lo que estaba buscando penetrando tu vagina fría y destartalada era una reconciliación, una bula de carne ante un cuerpo que solo representaba mi obsesión por ti, no por tu belleza.
Joder…
Sí, exacto, JODER, porque cuando meto mi lengua en esa boca pestilente, cuando naufrago en tus pechos descoloridos y te agarro del pelo con fuerza mientras te sodomizo…todo ese caudal de energía sexual de alguna forma esta retrasando tu descomposición…
Joder…
Sí, puede que la fricción, o algo relacionado con los libros de física cuántica que estoy leyendo, no lo sé, pero llevo un par de semanas y cada vez te encuentro más atractiva. Todas mis novias al final se sentían cosificadas por detalles sin importancia como atarlas a la cama y obligarlas a eliminar el vomito reflejo al follarme su boca a horcajadas, todas -menos aquella anoréxica…- le quitaban la magia al asunto con sus lagrimas a destiempo
Contigo puedo estar horas y horas y no te quejas, al revés, tu cara se empieza a transfigurar en una sonrisa cómplice. Casi diría que lubricas cada vez más, o quizá sea otra cosa, da igual, la oscuridad es mi mejor aliada en estos casos.
Como decía es el mejor sexo de mi vida, cada vez…no sé como explicarlo…cada vez hay más cosas nuevas…el viernes se te salio un ojo de la orbita y sabía que no era casualidad, era una invitación a lo prohibido, era un regalo de amor. Tu amor. Y lo acepte con una sonrisa, follándome tu nuevo agujero, intentando penetrar en tu cerebro una y otra vez…cuando me corrí y vi como se deslizaba el semen por tu cara fue una imagen…
Por eso ahora estoy huyendo. Intento recurrir a Dominica, esa puta gastada de ciento cincuenta kilos que vende su cuerpo por 15€ la sesión, su estampa analfabeta, ruda, fea y desproporcionada siempre me ha reconciliado con el mundo. Llegó de Huelva con catorce años huyendo de quien sabe qué y sobrevivió, pidiendo abrazos y calderilla en la estación de autobuses, hasta que dio con la persona equivocada.
Ahora escurre su don con una extraña afectación y orgullo malogrado, haciendo lo que nadie hace, explotando las depravaciones de todos sus clientes, difuminando la línea entre sexo y crueldad, como si necesitara que castigaran su cuerpo carente de belleza y éxito. Y ahí la tienes: violencia, fetichismo, coprofagia, lluvia dorada, fantasías de violación, le faltan bastantes dientes, no sé ya si por palizas o adicciones, pero en lo que a mi respecta aparte de mi ninfa muerta es la mejor feladora que conozco.
Su casa –soy un cliente antiguo- es un vertedero de recuerdos, ese contraste entre sus fotos antiguas y ella es de un exhibicionismo doloroso. Vive con su pareja/chulo, un viejo amargado que cuando llega algún cliente baja al bar a tomarse su corajillo y esperar a que termine. Me han llegado rumores de que la esta arrastrando al subgénero de orgías de gordas zoofílicas y que graba videos amateurs junto a ella. Basura dentro de basura, como esas muñecas rusas…el caso es que me recibe con cariño, hay varios perros nuevos junto a ella y lucho contra las imágenes que lanza mi mente. La verdad es que cada vez esta mas avejentada, mi ánimo gerontofílico no se amedrenta, aquella experiencia con mi tía me sirvió de mucho cuando era adolescente.
D: El negocio va mal, la gente cada vez esta más enferma, puto internet.
R: Internet no tiene la culpa, esa mierda siempre estuvo ahí esperando ser destilada y reciclada, simplemente la gente ahora tiene menos pudor.
D: No lo niego, es mi trabajo, pero cuando un chaval de dieciocho años me pide que le vomite encima, o quiere meterme el puño por el culo me pregunto ¿Qué harán con sus mujeres cuando tengan cuarenta años? ¿Cuál es el límite? Porque, ¿debería de haber un límite no?
R: Joder, si tú me hablas así es que la cosa esta muy jodida. Tienes razón, el porno softcore ya no existe, ese hueco lo llena la brutalidad. Las primeras experiencias marcan y con ese tipo de pornografía al alcance de cualquiera llega un momento en que lo único que te excita es pegar a una mujer y ver como sus lágrimas hacen correr el rimel por sus hinchadas mejillas.
D: Menos mal que tú no eres así, eres alguien bueno, siempre me has tratado como una dama.
R: Soy el último romántico…
Hay algo enfermo y retorcido en follarte a una puta con amor, como un medico nazi tratándote con amabilidad mientras experimenta con los umbrales de tu dolor, ¿le das esperanza o simplemente amplias por comparación las vejaciones que le causan el resto de sus clientes?
En cualquier caso esta vez no siento la vibración en los cojones, no me sirve de nada naufragar en esas ubres desproporcionadas ni imaginármela en sus orgías de serie B mientras escucho a un perro arañar la puerta del cuarto: algo se ha encasquillado dentro de mí. Lo dejamos pasar. Le doy un beso y me despido.
No puedo evitar pensar en comprarle unas rosas, siento la risa de Dios detrás de mí, ese Cabrón con las cartas marcadas. Pero es cierto: solo me empalma su imagen, ese despojo maloliente con manchas en la piel, ese hinchado trozo de carne fría y agusanada…una diosa caída esperando ser fornicada una y otra y otra y otra y otra vez. Arranco el coche con ansia, necesito estar junto a ella…atropello a un par de ciclistas y me tranquilizo.
Hay una elipsis, estoy en la cama sujetándote como una muñeca rota encima mío penetrándote…y es ahí cuando, sin poder evitarlo, las palabras brotan como un riachuelo de agua clara: “Te amo mi querida Carmilla, mi Daphne griega, mi puta indecorosa” Unos ruidos extraños acechan mis palabras: son tus brazos, tus dedos luchando contra el rigor mortis, todo tu cuerpo se despereza mientras intentas seguir el ritmo de mi cuerpo, tus manos descascarilladas y azules me rodean y acarician grotescamente, tu aliento insano se desprende reclinado sobre mi cuello, tu ojo me mira ahora sin catarata y con un brillo de malicia mientras sueldas mi pene a tu cuerpo ya no sé si friccionándolo contra tu vagina o tus intestinos.
Me corro con fuerza justo en el momento en que desgarras mi garganta con los dientes… “¡Por fin! -exclamo en un espasmo de sangre burbujeante-, por fin demuestras tu amor" Y dejo feliz que sigas alimentándote…
Te escucho hablar y hablar y no sé dónde nos perdimos, dónde quedo la magia del principio, ese reparto equitativo, la diversión, la seducción de tus palabras, sin tiempo, sin silencios, con ese sabor a reencuentro de almas amnésicas.
Ahora son monólogos sin ritmo, sin emotividad. Todo chirría en esta versión estancada, oxidada, ya sin marcha atrás.
Hojarasca de lugares comunes, un suicidio asistido de manual. Nada nuevo que mitigue esta vida de contenedor. Epifanías fundidas como estrellas de navidad en abril. Manos retorcidas de psiquiátrico arañando el vaso de prozac con sonrisa de coyote. Un amor opaco y vagabundo. Me destrozas sin sentir nada especial, como una canción en bucle cuya letra solo tiene sentido para mí.
Te regalaba sempiternos y tú me contestabas con efímeros. Te describía la nada y tú me señalabas al cielo. Angostas calles, lluvia plomiza, quimérica, mi necesidad de ti se viste de azul. Te observo cada vez desde más lejos.
Tus ojos se nublan, tus manos se alzan en un gesto inequívoco pero inacabado. No escucho el final de tus labios en ese momento, siento -más que ver- como me das la espalda y te pones a mirar por la ventana. Termino mi taza de café y me despido con fingida desgana. Otro día más antes del irremediable fin.
Te desbordas por mi sueño cuando intento dormir -no recuerdo mis sueños. El cenicero lleno de miles de colilla encendidas en una casa sin luz –no fumo. Atrapado en el engranaje de un viejo-nuevo amor –no soy capaz de enamorarme. Se dejaron caer, él sabía bucear, ella se hundió irremediablemente en un baño de sudor y delicadezas –sigo atado al teclado.
Semen regurgitado sin trasfondo real, deseas mi polla, mi voz, pero ni siquiera me conoces, no has querido ir más allá. Me gustaría follarte hasta que dependieras de mí, hasta que no supieras reconocer tu cuerpo sin que mis manos lo recorrieran antes, que me vendieras tu ego con un beso de puntillas. Ofréceme tus flujos, dibujaré sobre ti un testimonio de locura, de placer, inmolare todas mis noches de soledad en tu boca, en tus labios, en tus pestañas, y cuando por fin me abandones, quemaré todos mis libros, recorreré un bar, dos, tres, quinientos, todos llenos de crisis existenciales, rostros ahítos de melancolía y genios desconocidos a perpetuidad, donde nadie ha hecho nada digno de mención, sin timbre, sin posibilidad; y ahí, sin querer olvidarte, me abandonaré también yo, para al final, poder darte la razón también es eso.
Aún no te has enterado de qué va toda esta mierda, y si lo sabes no tienes el coraje de enfrentarte a ello, sucumbirás, pasarás el resto de tus días arrastrándote por las cloacas con las ratas como únicas compañeras. Deja de masturbarte, saca fuerzas de flaqueza, da puñetazos, siente el sabor metálico de la sangre, ese ligero mareo al sentir tus dientes moldeándose al contacto de tu lengua. Ese piano volviéndose loco en su hartazgo. Naufraga. Es una forma como otra cualquiera de tentar al presente.