Quizás podríamos excusarnos diciendo que las relaciones son incomprensibles,
que escapan a nuestro control. Sin embargo preferimos seguir abrazando el
cinismo, el juego, asegurando que ninguno quiere tener una relación real, sólo
divertirse de vez en cuando. Supongo que es lo mejor. Hay demasiadas asincronías
entre nosotros. Demasiados problemas. Yo soy un alcohólico impenitente. Tú arrastras
un trastorno de alimentación desde hace más de una década, la mayor parte de tu
energía mental, entusiasmo y juventud queda inútilmente lastrada en calcular calorías
y odiar la báscula, en analizar tu cuerpo en el espejo buscando fisuras. En la
cama te cuesta disfrutar, te desconcentras, incluso te hieren los halagos
porque piensas que te mienten.
También me dices que no quiere arrastrar a nadie a tus cambios de
humor, a tu locura, a esas noches etílicas llenas de lagunas donde acabas
echando un mal polvo entre dos coches, no sólo por la necesidad de sentirse
deseada, sino también por esa ansiedad por mezclar tu cuerpo, tu piel, tu olor…
como si así consiguieras dejar de ser, olvidarte de ti misma perdiéndote en la
otredad. Y huyes de los “buenos” chicos, de los planes de verano, de ese
maldito invento llamado romanticismo. El conflicto mecido por la negación. De
todas formas el miedo, que es en realidad lo que nos atenaza a los dos, también
nos llena de respeto: no intentamos cambiarnos, tenemos claro que somos unos
indigentes emocionales, que no sabemos comportarnos de otra manera.
Sin embargo esta noche parece distinta. Nos lo estamos tomando con
calma, no hemos ido directamente a la cama, de hecho estamos en la cocina,
preparando la cena, hablando de banalidades. Te has puesto un piercing en el
pezón derecho. Me cuentas que el primer día fue un infierno, pero que ahora te
alegras de haberlo hecho porque lo notas más sensible. Cosas de esas. Al rato
pones un plato enorme de pasta en mi lado y una escueta ensalada en el tuyo. Ninguno
de los dos parece tener mucho apetito. Sigues hablando, de vez en cuando me
preguntas que pienso. Apuro la copa. Me sirvo otra. La botella de vodka se está
consumiendo demasiado deprisa. Te respondo que pensaba en la palabra bucólico,
en que parece que nadie sabe usarla correctamente, como si sólo fuera apreciada
por la estética que otorga a la frase en vez de por su significado real. Pero no
soy sincero, mi mente está llena de ideas extrañas, ahora nos veo a los dos en
una bañera llena de agua caliente, con un par de cuchillas, haciéndonos cortes
en los antebrazos. Un poco de dolor y muerte. No tiene mucho sentido todo lo
demás: comer, cagar, trabajar, ir de un lado para otro; incluso follar está
demasiado sobredimensionado, estamos atrapados por el instinto, como el salmón
del Pacifico, nadando contracorriente para desovar y morir. El dolor también es
una forma de placer, un diferente punto de vista, otra forma de duelo ante la
falta de significado de la vida. Pero esos pensamientos son lugares comunes,
papel mojado. Guijarros en la corriente de tiempo.
Nos quedamos en silencio. Thom Yorke de fondo. No es un silencio incómodo,
hemos conseguido crear algo de intimidad. Te observo. Noto un calambre. Tengo
ganas de lamerte. De quemarme. Quiero convertirme en tu piercing, atravesar tu
carne y quedarme enquistado en ella, como un virus, una infección que hay que limpiar.
O amputar. En otras palabras: estoy cachondo. Y es normal, a pesar de tus idioteces
(oh, sí) tienes un cuerpo magnifico.
Tengo treinta y cinco, nos separa más de una década, quizás por eso soy capaz
de apreciar más tu juventud, tu coño prieto, esos pezones llenos de sadismo, tu
culo virgen. La botella de vodka yace vacía en medio de la mesa. El último
brindis es como un aullido, un gong golpeado por un mazo, sinapsis
chisporroteando, colapsando en eléctrica excitación.
Me levanto y empiezo a manosear con cierto desprecio tus pechos. Tengo
ganas de golpear nuestros cuerpos. Mi polla resurge entre la neblina del
alcohol. Te llevo a la cama y te quito el sujetador. Sí, me gusta tu mirada
preñada de ansiedad, esa indecencia en el fondo de tus ojos. Me siento a un
lado de la cama y te hago una indicación. Te resistes. Me pone furioso. El presente
bosteza: necesitas una lección. Te cojo del pelo y te tumbo sobre mí. Bajo con
rudeza tus pantalones y te inmovilizo con una mano. Acaricio tu precioso culo. Ninguna
palabra. La mano rígida desciende. Un azote. Gimes. El calor se extiende. Te
acaricio. La mano aumenta el recorrido y vuelve a caer con fuerza. Dos veces.
El sonido nos excita. Te muerdo el culo. Vuelves a gemir. Te ordeno silencio.
Aparto el tanga, recorro con mis dedos tu coño: estás mojada. Tres azotes y ya
estás entregada. Jodida enferma. Subo la mano, sigo azotándote. Uno. Dos. Tres.
Cinco. Diez. El culo rojo. Lo acaricio. Un dedo resbala dentro de ti. Bien.
Bien. Bien… Me suplicas que te meta
otro. “¿Eres mía?” “Sí, soy tuya” Palabras atávicas de
posesividad mal vistas en una sociedad patriarcal de hipócritas y reprimidos.
Te quito el resto de la ropa. Te cubres con un gesto. Aparto tu mano y
te miro con dureza. Separas las piernas. Buena chica. Me gusta tenerte así, me
gusta mirarte, me excita esa mezcla de timidez y ansiedad. Mi cuerpo te
acaricia con su peso, presiono y entro lentamente. Coño prieto. Este es el
mejor momento. Avanzo lentamente. Poco a poco. Centímetro a centímetro. Mi
polla palpita de emoción. Tu cuerpo reacciona, empieza a acogerme. Tus manos
recorren mi espalda, empujan mi culo para que te penetre totalmente. Eso es lo
que te gusta, no el típico vaivén dentro-fuera, lo que necesitas es sentirme
dentro presionando contra ti, intentando atravesarte. Me empiezo a mover.
Podría preguntarte pero sería una torpeza, sé que lo quieres todo: el
desasimiento, el te quiero mientras
te follo fuerte y duro, la palabra sórdida… la ira la pones tú, atrapándome
entre tus piernas, arañándome la espalda, mordiéndome el labio hasta que sangra.
Me gusta follarte con los tacones puestos. Te hago incorporarte y
ponerte de espaldas contra la pared, arqueando tu culo frente a mí, abriéndote
con los dedos. Te da vergüenza pero me obedeces. Separo más tus piernas, me
gusta verte tan abierta. Coloco tus manos en la pared y te empiezo a masturbar.
Pero no puedo resistir más. Empellón. Embestida. Mi polla abriéndose paso de
nuevo, mis manos ebrias rodeando tus pechos, golpeando tu clítoris, desvirgando
tu mente.
Estamos así cinco, diez minutos. Pero me canso. La saco y me tumbo en
la cama. Tienes escrúpulos, tuerces el gesto, pero te cojo del largo pelo
pelirrojo y te obligo a bajar la cabeza hasta mi polla. Y es ahí cuando el
mundo para de girar: tu cabeza bombeando sobre mí, tu mano acariciando mis
cojones… Bella imagen, hemos transformado la trampa mortal de la naturaleza en
simple placer hedonista, en comunicación y arte en movimiento. Gimo con fuerza
eyaculando la ponzoña blanca en tu boca. Sonríes, el semen huye por la comisura
de tus labios. Aprietas mis huevos, mantienes la postura. Y luego, como una
bella princesita, me das un beso profundo para compartirme.
Y pensando que quizás nuestra derrota nos haría invencibles -a pesar
incluso de nosotros mismos-, me rendí a la belleza implícita de este réquiem de
sentimientos y cerré los ojos.
Que absurdo, todo iba bien, era tierno, quizás demasiado para el poco tiempo que llevábamos juntos,
apenas una semana, me decía que nunca había sentido algo tan fuerte por nadie,
ni siquiera con su pareja de toda la vida. Joder, que responsabilidad, y yo
aquí, sin creer en nada, sin sentir más que una atracción. Me gusta, de acuerdo,
pero de ahí a lo otro, pues no, ni siquiera le conozco todavía.
Por fin llega nuestra
tercera cita, me besa, todo va perfecto, sigue tierno, acariciándome. Vamos a la
cama, y ahí la cosa ya empieza a deshilacharse; hay torpeza en sus gestos, es
incapaz de desabrocharme el sujetador, se tumba sobre mí, y empieza a trasegar.
Arriba y abajo, arriba y abajo. Aquello que siempre me suena tan horrible, tan
poco romántico, bombear, eso, nada más. Intento cambiar de postura, pero parece
que le incomoda. Aquí estamos, con la luz apagada, ni siquiera me habla, ni me
mira, ni nada, se limita a empujar, ¿acaso imagina que soy otra? ¿Está en un
trance religioso que le impide dar placer? Me imagino como aquellas mujeres de
generaciones atrás, castas, un agujero en las sabanas, camisón hasta los pies, ¿disfrutar?
No, no, eso es pecado. Lo gracioso es que esto ni siquiera sería un pecadito,
solo es un polvo largo, eterno.
Y encima esa música de mierda de fondo, alguien
destrozando una canción de Metallica, luego un cantautor lleno de ripios. Tengo
que lidiar con esto, la lámpara del techo es mona. Blanca, como de pétalos, muy
de Ikea, me gustaría ir a Ikea; quizás al de Murcia, aunque me coja un poco
lejos, así podría ir a ver a Carlos, que me diera en persona ese regalo de
cumpleaños que siempre me dice por teléfono que me va a sorprender pero nunca
quiere enviarme por correo. Sigo divagando, ¿por dónde iba? Ah, sí, el impertérrito
sigue sudando sobre mí, ajeno al mundo real, sin ver que me estoy durmiendo.
Joder, que largo, ¿acabará de una puta vez? Intento moverme, girar, ponerme
encima. No funciona, parece que se desinfla si le saco de su única posición. Voy
a fingir un orgasmo, a ver si así acelero la cosa y acaba. Gemido, gemido,
cierro los ojos, arqueamiento. Mierda, ¿se puede caer más bajo? Ni siquiera
reacciona, él sigue ahí, con su taladro, enfocado en el trabajo, porque esto es
como un trabajo, no puedo creer que pueda estar disfrutando, yo, desde luego,
no lo hago.
Como odio a Carlos, coño.
Le voy a mandar un mail de odio, por poner el listón ahí arriba, mientras yo
sigo debajo del maratoniano este. Joder. No será romántico, ni me querrá, pero
por lo menos es imaginativo. A ver, a ver, ¿acaba? No, mierda, falsa alarma, sigue.
Imagino que estoy en la playa, una playa preciosa, las olas rozándome los pies,
estoy caminando, me alejo, una ligera brisa… coño, no, las técnicas de
relajación tampoco ayudan. Interfiere este capullo con su sube y baja monótono.
Joder. Esta fuerte, pero solo la parte del pecho y los hombros, que absurdo, la
parte de abajo se le olvidó trabajarla, tiene un culo de anciano. ¿Sigue?
Espera, voy a salir de mis pensamientos… ah, sí, ahí sigue.
Mira que es mona la
lámpara. Tengo que ir a comprar un regalo para Carmen, el domingo es su cumpleaños
y no he preparado nada. Podría estar comprándolo ahora. Y también tengo que
llamar a la del presupuesto de la escalera, sí, a ver si luego me acuerdo. Ay,
espera, que acelera parece que gruñe ¡Sí, sí, por fin acaba! ¡Bien! Se acabó la
tortura, espero que se largue, que no quiera hacer sobremesa. Se levanta y me
mira ufano, hace un chascarrillo sobre que no sabía que era multiorgásmica, me
quedo callada, no sé ni que decir. Que absurdo. Se mete en la ducha, me largo,
necesito quitarme esta sensación. Joder, no estoy confundiendo el vacío sentimental
con el vacío existencial, solo quería echar un polvo, un polvo con algo de
imaginación, con esa pizca de violencia dosificada, caricias, besos, mordiscos,
palabras, ¿pedía acaso algo tan jodidamente difícil?
Intento distraerme, leo el
blog del decadente desde el móvil, poemas como charcos de gasolina, me gusta
imaginarme desnuda, naufragando en ellos de espaldas, llevando solo mis tacones
para que pueda empotrarme por detrás con comodidad. Mierda, me excitan más sus
palabras que todo lo que ha sucedido allí arriba, ni siquiera he llegado a
correrme. Me envía un whatsApp preguntándome donde estoy. Lo borro, maldita sea,
tengo treinta y siete años y acabo de echar el polvo más triste de mi vida.
Suelto una carcajada ante una frase tan melodramática. Coño, sí, eso es, hay
que vivir la vida con humor, solo se trata de un poco de adultescencia
sexual. Arranco el coche, a fin de cuentas -sonrío al pensarlo-, es imposible que el próximo sea peor.
No hay una gran
explicación, un día te levantas y algo te empuja hacía él, quizás crees que el
amor salva -un concepto anticuado-, o quizás sea la necesidad de cariño y la
soledad; en cualquier caso has encontrado un significado –químico- a la inercia
de tus días. La lucidez se escapa, y tu dañada mente cubre con la obsesión de
un tiempo infinito el altar de su licenciosa carne. No puedes huir a pesar del
daño prospectivo, aunque ya le ves alejándose como un sueño, el fatalismo
encogiéndote el estómago.
Pero así funcionan las
cosas, no suele haber permutación de roles, el amor es una cacofonía con sus
propias reglas, el objeto de deseo se aburre de su carga y el amante de su
maldición; como decía Nietzsche: “Sin crueldad no hay fiesta”, nos metemos en
el fango de esa lucha famélica con una sonrisa obtusa, pensando que quizás la
felicidad no es un sentimiento, solo el recuerdo de su antesala.
Y entonces me deprimo -el
coro de cuervos sigue golpeando el abismo de mi cerebro. ¡Ven ángel de amor! te
espero aquí, con las persianas bajadas, el silencio frío y desangelado, hecha
un ovillo de desnudez, un círculo de carne abierto e indefenso. Haz que el amor
sea dolorosamente real, ahógame en este lecho de cenizas lleno de miedo,
destroza todos mis espejos muertos, no me ames con palabras, ámame con tu fricción vocacional.
**
Masturbándome en el baño con la luz apagada
¡Viólame!
¡Fuérzame!
¡Abusa de mi cuerpo¡
[Solo soy una puta con el clítoris inflamado]
Sodomízame con violencia
golpea mis pechos
redúceme a carne
hazme sentir
algo
no quiero romanticismos
[¿Qué es eso?]
además, ¿no ves que estoy
muerta?
toca mis manos heladas
[Sueño a veces que se caen como cenizas de
escarcha]
“El amor salva, durante un tiempo da sentido a tu
vida, te levantas feliz de la cama por la sensación de tener un hogar en
alguien. Una especie de redención existencial.”
Las cosas están yendo
demasiado rápido, casi de forma incontrolable, Isabel tiene un magnetismo
animal. Intento poner toda la ternura que puedo en mis besos, quiero saborear
el momento, disfrutarlo, va a ser nuestra primera vez. La despojo de la ropa
poco a poco, todo en ella es disoluto, nos tiramos en la cama, exploro con
meticulosidad cada rincón de su cuerpo con mi lengua, mis labios, mis dedos,
gestos repetidos, pero que en ella me cortan la respiración. Le digo que la
quiero. Me muerde el labio, sus ojos verdes me rozan el alma y siento que las
palabras ya no son necesarias entre nosotros, como si lleváramos años esperando
esto. No puedo resistirlo más, me coloco encima y la penetro. Siento sus
contracciones, su humedad, su mano en mi pelo estirándolo con fuerza, su voz,
sus piernas rodeándome, haciéndome mover, cambiar de postura. Contemplo como
gime, desinhibida, libre, entregada, No puedo creerme que sea mía, que me haya
elegido. Febril la beso por todas partes, en el cuello, en la cara, en el pelo,
como si estuviera esculpiendo poemas. Me parece que tiene su orgasmo y me dejo
llevar. Me mantengo dentro de ella, no quiero separarme, la abrazo como si
quisiera fundir nuestros cuerpos.
La despedida ha sido un
poco fría, pero no importa, estoy casi seguro. Es ella.
Isabel
“A los hombres les gusta masturbarse con mi cuerpo, niños
sucios e insatisfechos. Demasiadas palabras y nada de amor. Pero reconozco que
me he adaptado a esa situación, me gusta esa animalidad que vuelcan en mi cuerpo
antes de eyacular, de vaciarse en mí.”
Insisto con mi sonrisa,
acariciando el silencio que hay entre los dos. Él se acerca y me invita a una
copa. Se llama Carlos. Brindamos. Me cuesta desgajar su pudor, pero eso me hace
insistir más. Una simple impostura, cuando cierran el bar ya estamos yendo,
entre besos y caricias, al hotel más cercano. Le observo atentamente mientras
aparca el coche, esas manos grandes, alto, atlético. Parece que tiene un buen paquete.
Me pongo cachonda al imaginarme en el suelo, de rodillas, mientras me viola la
boca, obligándome a tener las manos en la espalda para que pueda forzarme sin
límite; se va a llevar una sorpresa, me gusta atragantarme, salivarla entera. Ya
estoy húmeda. Le imagino jugando conmigo, primero metiéndola con movimientos
largos y pausados, con una engañosa ternura, para luego empezar a follarme con
brutalidad, frotándome con violencia el clítoris, arrojándome al suelo, poniéndome
a cuatro patas, abriéndome entera mientras me aprieta los pechos, me estira de
los pezones, del pelo, me obliga a mirar como me penetra. Me encantaría, como
con Javier, que me obligase a lamerle las pelotas encharcadas con mis flujos,
me encantaría meterle un dedo en el culo, ver que sonríe travieso, porque sabe
que si me lo permite es porque luego me va a sodomizar mientras me grita
obscenidades, mientras me llama puta y yo le digo que sí, que soy su puta, que mi
cuerpo es suyo, que le pertenezco. Me imagino arañándole, mordiéndole, me
imagino sus cachetes, su saliva entre mis piernas, imagino pasión, joder, eso
es lo que quiero, pasión, sentirme deseada hasta que me duela.
Que puta decepción. Preliminares
larguísimos, todo demasiado lento, como si fuera un homosexual reprimido. Y
justo cuando, y no gracias a él, iba a correrme, termina y me aplasta contra la
cama con su cuerpo. Joder, que mala suerte tengo. No veía la hora de largarme
de la habitación. Esta claro que no es él.
Mi coño te imagina en la estación esperándome, vestido ya de otoño, con
un libro en la mano, observando a ratos el andén vacío con displicencia,
despreocupado, con el móvil en silencio. Siempre desaliñado, con la ropa
arrugada, sin afeitar. Pero la voz, tu voz. Es tu voz lo que me altera, lo que
me consume, lo que me provoca la impresión de llegar tarde, media vida tarde, a
nuestra primera cita.
Mi coño sigue imaginándote, como me besas y me metes mano, como desgarras
mi ropa interior y entras en mi, me follas, azotas mis pechos, mi culo, como me
tiras del pelo, me pellizcas los pezones con tu aliento de vino mientras suena
nuestra música. Te imagino empotrándome contra la pared mientras te muerdo, te
muerdo, te muerdo. Y tú te corres, me
dejas embarazada. Y todo da igual, porque vengo a eso, a sentir pasión, a que
te vacíes, me puebles, a empeñar una y otra vez tu sudor, tu ansia, hasta que
me ames, hasta que tu polla se endurezca con solo pensar mi nombre. Soy una
tabula rasa sin bragas que necesita tus palabras.
Él
Ya estamos en mi casa. Enciendo la cámara de vídeo, nuestra relación
hasta ahora ha sido a través de una webcam, estás acostumbrada. Me gusta
grabarte en estos momentos en los que eres tú misma, pasional, desatada.
No necesitas preliminares, te quitas el vestido y empiezas a chuparme la
polla mientras me acaricias los cojones. Me gusta acunar tus pechos,
apretarlos. Te arqueo la boca, me gusta verte de rodillas mientras te deslizas
abajo, más abajo, hasta que cubres mi polla completamente. Siento tu garganta,
el calor, la saliva rodeándome completamente. La sacas brillante mientras sonríes
como una mantis religiosa. Ya me tienes. Soy tuyo.
Me cabalgas abriéndote una y otra vez, subiendo hasta el límite para
luego empalarte decididamente con un gemido. Gimes como si llevaras años reprimida,
como si cada vez que te penetraras fuera la primera.
Creo que te corres, aun no distingo tus orgasmos. Me pides, me suplicas,
que te folle el culo. Me gustaría estar dentro de tu cabeza ahora mismo. Los flujos
descienden lubricándolo pero prefiero follarlo primero con la lengua. La cámara
sigue grabando, ¿sientes romanticismo en el sonido de mis cojones golpeándote,
en ese dolor placentero cuando aumento el ritmo sin avisar?
Tiro con suavidad del vello de tu pubis mientras te agarro la cintura
con la otra mano; me gritas que me amas, el escenario alzándose sobre el mundo,
altar hedonista de carne; y solo puedo intentar, embestida tras embestida,
buscar ese amor en el fondo de tu culo. Y cuando los tambores de tus
contracciones anuncian un nuevo orgasmo, por fin el amor fluye de mis cojones
directo hacía ti, golpeándote como un poema, como un enorme océano de amor que
derrumba sus olas sobre ti y deja tus agujeros encharcados de espuma.
**
Todo nace del deseo, de una urna funeraria que me hace brindar por la
vida, nace de la animalidad besando el teclado, de estar cachondo, solo y loco,
de tu extraña nostalgia que avanza de noche y me mortifica.
Porque al final, lo más importante, la pregunta esencial siempre es:
“¿quieres follarme?”
Me despierto con una erección, pensando en ti, en tu coño húmedo,
mi lengua entrando y saliendo, bailando un tango con tu clítoris, asfixiándome
con tu marejada en esa muerte dulce de tu orgasmo. Piernas jónicas desafiando
la gravedad, tu pelo precipitándose, la pubertad de una escena de salón, ¿he
conseguido tu atención?
Son las doce de la noche. Vivo de noche, bebo de noche, trabajo de
noche. No me gusta la gente, siempre están en colas largas y estúpidas. La masa
siempre está equivocada. Prefiere el dinero al tiempo. Yo prefiero no elegir,
no quiero tiempo ni dinero. No quiero nada.
Me he despertado por la mañana con demasiado dolor, asco, resaca,
calor y cansancio. Me he vuelto a acostar. Antes miré mi cuenta bancaría a
través de internet. Habían ingresado la nómina, algo que siempre me resulta milagroso. Ahora ya habrá desaparecido víctima de gastos superfluos: alquiler,
recibos, esclavitud. Tengo que elegir entre comprar comida o libros, se me
condena a la ignorancia, a la mediocridad.Cerré los
ojos pensando en Angélica Libbett. Tiene un blog donde se hace fotos desnuda
en todos los hoteles a los que va.
(Soy un grifo que gotea, una botella con la santidad de una virgen
vestal, henchida de vitalidad pero ignorante, como una mosca de fruta, de su
corta existencia)
Mi habitación es un lodazal, huele a vómito, sudor, soledad.
Ansiedad. Tengo hambre pero es demasiado tarde para comprar nada. Abro la
botella superviviente. Me raspa la garganta como un racimo de pus. Levanto la
persiana. Justo en ese momento uno de mis vecinos, vestido con traje y corbata,
pasa por delante de mi ventana, muy despacio, cayendo casi a cámara lenta. Se
escucha a continuación un sonido extraño, amortiguado, como el de una sandía
abriéndose. Espero. No me atrevo a moverme. Pero no se escuchan gritos,
reacciones, puertas abriéndose con violencia. No sucede nada. Quizás solo haya
sido una epifanía. Cada uno recibe un poco de miel antes del cuchillo, así es
el orden de las cosas. Vuelvo a bajar la persiana, prefiero no comprobarlo.
Son las doce y veinte de la noche. Garzas, un cisne negro bailando en el
centro del lago. Así eras tú escapando de la ducha sin ni siquiera dirigirme
una mirada. La belleza en el exilio. Intento masturbarme, la bebida acrecienta
el deseo, me toco por encima del calzoncillo, cierro los ojos, escancio
garganta abajo un poco más de vino caliente imaginando que son tus besos.
Deslizo la mano hacia mis bolas, me acaricio, la tengo demasiado dura, tirante,
la enorme bestia ha despertado en forma de ariete hambriento, ¿eres tú la mujer
adecuada, la puta adecuada? Bailamos, mi polla gruesa y tu coño prieto, un
lenguaje de embestidas, de hematomas, mordiscos, gritos, arañazos; intento
penetrarte con todo mi cuerpo, con sadismo, engullendo, empalando, cosificando,
amarrando tus pechos a mis manos como aceite hirviendo. Tu cara mezcla dolor y
placer en cada embestida, palabras duras e hirientes, tus dedos se introducen
en mí. Empiezo a morir en tu agujero, aumento la velocidad y me estrello con
rabia. Me corro. Me corro. Me corro. Garganta seca. Agarrotado. Por un momento
todo es hermoso, brillante, dulce.
Dura poco. El brusco retroceso llena mis venas de mierda y
flaccidez.
A la una de la madrugada el monstruo vuelve a despertar. Es
algo enfermizo. La miro, enorme y sonrosada,
enhiesta, anhelando fricción, ajena a todo, como la ciega tortuga que gira la
cabeza buscando comida.
Psiquiatra Rorschach:
¿Ha escrito algo en su diario como le pedí?
Conejo Agapito: No, lo
siento. La verdad es que envidio a todos esos conejos que consideran escribir
un placer casi vocacional. Ya sabe cómo soy, no siento pasión por las cosas,
cuando escribo lo hago más que nada por aburrimiento. Ojala tuviera la misma
constancia que Masanobu Sato, el campeón mundial de masturbación.
Rorschach: Creo que divagas
demasiado, ¿tienes algún plan para las próximas semanas?
Agapito: Las cosas no me
están yendo demasiado bien, este mes he administrado mal el dinero y me queda
lo justo para comprar esas zanahorias de saldo, las que son pequeñas e
insípidas. Últimamente todo me decepciona. Como el E3 y la conferencia de Nintendo. El único plan es ir al cumpleaños de una compañera de trabajo, me invitó el domingo.
Rorschach: Es un avance,
usted siempre me dice que esa barriga fláccida que sirve de protección a su
entrepierna le impide tener vida social. Pues ahí tiene: un grupo de conejitas
deseosas de su compañía.
Agapito: No me
malinterprete, ya sabemos que la carne llama a la carne, que estamos sobreexpuestos
a la publicidad y sus cánones. Pero la belleza también puede ser subjetiva, hay
conejitas que con el paso del tiempo te emocionan, ves más allá, te acostumbras
a su físico, te atraen, te excitan, silban en tu interior y te la ponen dura. Pero
me temo que con las conejitas de mi trabajo no ha sucedido, me resultan
bastante insustanciales. Una lástima.
Por otra parte creo que el sexo está sobrevalorado, toda
esa gente tan obsesionada que no para de hablar, presumir, escribir en los
blogs sobre ello, simplemente no follan lo suficiente, o quizás no saben follar
o no les follan bien. El sentido común indica que el único escenario adecuado
para escribir sobre sexo sería con los labios de una joven conejita sobre tu
miembro.
Rorschach: Le noto
triste…
Agapito: Hay frases notoriamente
utilizadas por conejitas que crispan, “No
es por ti, es por mí” es una de ellas, ¿qué cojones es eso de que no es el
momento adecuado -cito como ejemplo- para empezar una relación? Si algo sé de
las conejitas es que viven es un embudo romántico, una especie de stand by permanente. Ya pueden estar
casadas y con dos niños, o llevar nueve años de relación y planes en común, que como la pasión se meta en sus bragas,
perdón, en sus corazoños, se
convertirán de pronto en Anna Bovary,
el típico personaje de telefilme barato, y se arrojaran sin pudor en pos del
amor verdadero sin ningún tipo de escrúpulos.
Aunque todo mengue con la edad y las malas experiencias,
no deja de ser una frase idiota para no reconocer que no despiertan en ti esa clase de pasión. Todo esta perorata viene motivada, si no resulta
evidente ya, porque he sido rechazado como posibilidad,
antes incluso de lograr meterme en su cama.
Rorschach: Eso es
doloroso sin duda, pero, ¿estaba usted enamorado?
Agapito: No, claro que no,
aquí tengo que dar la razón a los literatos del sexo: antes de eso hay que salivar su coño, besarla, penetrarla, arañarla, morderla, follarla hasta que la realidad de su cuerpo desnudo sea la única verdad que sobresale por encima de nuestras imposturas. Dicho lo cual, me gustaría pedirle un favor. Llevo acudiendo a sus sesiones
más de dos años, supongo que ya más por inercia que por tener alguna esperanza
en los resultados. En cualquier caso habrá notado que este tipo de cosas,
estos desgarros sentimentales, tienen un efecto muy negativo en mi estado
emocional…
Rorschach: Bueno, sí, es normal, pero me gustaría indicarle que a usted le gusta quejarse demasiado…
Agapito: Eso es
irrelevante. Lo que quiero pedirle es que me facilite algún contacto, usted
atiende a muchas conejitas. Ya sabe mis gustos, no soy nada exigente. No necesito
una enciclopedia con falda ni grandes alardes, solo alguien tranquilo, sin
demasiados problemas, que tenga sentido del humor. No se lo pediría sino
pensara que estoy en un momento de mi vida en que un poco de compañía y pasión harían
evitable que cayera en, como diría Cioran, las cumbres de la desesperación.
Rorschach: Le entiendo
perfectamente, pero ya conoce los pormenores del código deontológico de mi
profesión. Sin embargo, dado que me cae usted simpático (y que ya se han suicidado tres de mis pacientes esta semana) le puedo
permitir poner un anuncio con su mail en esa pared, junto a mis diplomas y el
cuadro de Freud. Será muy visible, si alguna está interesada solo tiene que
escribirle, ¿le parece conveniente?
Agapito: Espere que lo
escribo: “Conejita de Madrid dispuesta a
conocer conejo, mande foto en bikini, o grabación de voz a este mail, tomo mi medicación
regularmente y me gusta la ópera”
Rorschach: Le deseo
suerte. Por cierto, como no suelo prestarle mucha atención me he puesto a ver
videos en YouTube de Masanobu Sato, una de las pocas personas vivas a la que,
al igual que usted, proceso una admiración inquebrantable. Me gustaría, como
final para esta sesión, ver juntos algún video suyo.
Agapito: De acuerdo, gente
así es la que mueve el mundo, la que impide con su ejemplo de ambición y
superación, que perdamos la esperanza…
Carlos.
Soy escritor, bueno, eso es lo que digo. Realmente
trabajo en un matadero. No es un mal trabajo, solo tienes que ignorar el olor,
la sangre, las articulaciones agarrotadas por el frío.
Me metí un poco por
casualidad, uno más de los trabajos basura que te permiten vivir al día y
recoger algo de experiencia Bukowskiana. Llevo ya más de cinco años. Al
principio me reía de mis compañeros más talluditos. Ahora, tal y como están las
cosas, ni siquiera me planteo la posibilidad de irme. No llegué a terminar la
carrera de filología y lo que me ofrecen ahí afuera son trabajos de
teleoperador, lo más bajo de la escala, o vendedor.
Pero no me gusta hablar, no
consigo nunca encontrar las palabras adecuadas a tiempo, como si mi cerebro
fuera a una velocidad distinta. Quise convencer a mi mujer para que no me
abandonase, pero las palabras no fluyeron, luego sí, de noche, frente al
ordenador, páginas y páginas repletas de ellas. Pero en ese momento, cuando me
lo dijo, cuando estaba haciendo las maletas, cuando me anunció que dormiría en
casa de sus padres y que su hermana pasaría a recoger el resto de sus cosas,
ahí, nada. Ni una sola.
Tampoco hablo demasiado con la gente del trabajo, solo lugares
comunes, fútbol, chanzas. Con mi padre -todos los domingos quedamos para comer-
sucede algo parecido. Mis amigos ya se han acostumbrado a mi carácter, me dejan
por imposible, como un voto en blanco que se suma en las discusiones a la
mayoría simple. A veces tengo la sensación de que mis palabras se suicidan
antes de llegar a mi garganta.
Ahora, de madrugada, la casa reverbera con los recuerdos
de tiempos mejores. Una bonita frase. Pero es falsa, es la soledad quien habla.
No estaba enamorado de mi esposa. Podría contar una historia sórdida, digna del
mejor telefilme de televisión, en ella nos amamos locamente, se queda
embarazada, perdemos al niño en un accidente y me sumerjo en una espiral
decadente de alcohol y drogas. Pero no, el fracaso real es vulgar, son pequeños
detalles amontonándose. Es el tiempo, como marca de agua de ceniza gris, quien
te señala la cuota vacía de logros, quien te provoca la sensación de
estancamiento y desconcierto.
No, no amaba a Erika, al menos como ella necesitaba. Ella
a mí sí, de esa forma extraña que tienen las mujeres de amar los imposibles, a
quienes no las merecen.
Hasta que aparece otra persona, armada simplemente con una
palabra amable y una sonrisa de ojos verdes, que se percata cuando cambias de
peinado, que te invita a tomar una copa después del trabajo si te nota más
triste lo habitual, o que simplemente te pregunta cómo estás. Son gestos
sencillos, pero que se olvidan muchas veces en la rutina de la convivencia.
Luego todo cobra entidad, sentido, se empieza a hablar de amor, de hijos. Y el
ciclo comienza de nuevo hasta que todo se vuelve a ir a la mierda. O quizás no,
quizás está vez sea la definitiva y, como los viejecitos de Up, terminen juntos, canosos y
arrugados, aunque solo sea en un álbum de fotografías.
¿Qué podría reprocharle? Mi vida se resume en ir al
trabajo, volver -al menos una parte de mí-, comprar unas botellas de cerveza y
fumar algo de hachís. Y luego, ya de noche, antes de acostarme, esperar.
Esperar a que lleguen las palabras adecuadas, nada inmortal, ya perdí ese
barco. Solo palabras que me indiquen la salida de emergencia, un atajo que me libere
durante unas horas del principal problema de mi vida: YO.
Enrique.
Mis primeras relaciones sexuales fueron bastante
normales, los toqueteos habituales por encima de la ropa y luego,
progresivamente, alguna felación –más dolorosa que placentera-, pasando por el
típico polvo adolescente en el asiento de atrás de mi coche, donde todo solía
ser corto e incómodo, hasta el final fastuoso del hotel, que se veía mermado
por la rigidez y nerviosismo de la novia del momento. Por eso, cuando conocí a
Susana, era jodidamente inexperto. Me la encontré en una fiesta en un local a
la que no había sido invitada, de hecho no conocía a nadie. Según me confesó se
había colado porque no tenía ningún plan aquella noche y pensó que nadie lo iba
a notar. Fue un flechazo, tenía algo que me enloqueció nada más verla. Por eso,
cuando quisieron echarla, intercedí por ella. Esa fue la excusa. Del resto de
la noche no recuerdo gran cosa, solo sé que terminamos en un hostal follando y
las agujetas que recibimos con una sonrisa al día siguiente.
Siempre recordaré sus felaciones, eran brutales, mi polla
desaparecía en su boca como en un hermoso truco de prestidigitador, me follaba
con la lengua mientras sus manos me acariciaban dentro y fuera con una sabiduría
incontestable. Era algo increíble, intenso, me corría de forma tan salvaje sobre
su cuerpo incandescente que creía morirme. No tenía tabús de ninguna clase, le
gusta el sexo anal, le excitaba quitarse las bragas en cualquier local y que la
acariciase delante de todos, era terriblemente morbosa, necesitaba llevar
siempre la ropa más provocativa que pudiera encontrar, necesitaba que la
poseyera en cualquier situación, como si dejarme su marca en el cuello o en la
espalda fuera una prueba de la fe en nuestro amor.
No obstante discutíamos a menudo, la decía que se
denigraba con esa actitud, que tenía que cambiar, que me estaba dejando en
evidencia. Pero el problema era mío, era un imbécil inseguro, católico para más
inri, ella, simplemente, era demasiado para mí.
La ruptura era inevitable. Es curioso, no recuerdo el
motivo que desencadenó las palabras finales, llenas de gritos e insultos, no
podría ser de otro modo, pero si el estúpido sentimiento de alivio que sentí
cuando todo terminó. Nunca podría imaginar que, una década después, todavía
seguiría sintiendo nostalgia por esos meses que pasé junto a ella.
Ahora estoy felizmente casado, mi pareja duerme, una
chica católica, dulce, discreta, la madre de mis futuros hijos. Sin discusión.
Pero una puta frígida en la cama. Ni siquiera me deja darle por el culo. Por
eso, en noches como esta, me dedico a masturbarme viendo videos en el ordenador
en vez de quedarme junto a ella en la cama.
Al principio buscaba vídeos sórdidos de jovencitas, con
un parecido inconsciente a Susana. Luego mis preferencias fueron cambiando, inclinándose
hacía videos de transexuales. Hay películas con un guión bastante destacable:
un matrimonio contrata los servicios de uno de ellos, esté aparece y enseguida
trascurren las escenas, la esposa saca una caja de juguetes llena de consoladores,
arneses, mordazas. Mi escena favorita es cuando el transexual, con unos pechos
gigantescos, empieza a sodomizar al marido mientras su esposa le chupa la
polla.
A veces me siento extraño, sucio, con ganas de borrar
todo este material del disco duro. Pero sé que solo es un poso religioso, dura
poco, no me puedo engañar a mí mismo. MI esposa ya no me excita, casi resulta
un trabajo follármela a pesar de lo mucho que se cuida, yendo al gimnasio,
manteniendo ese cuerpo escultural que tanto envidian los demás.
Me gustaría compartir mis filias con una mujer, que me permitiera
follarme su boca, agarrarle del pelo con brutalidad mientras empujo hasta el
fondo de su garganta, sentir las contracciones de su arcada mientras la llamo
puta. Que me follase con un consolador, que me obligara a lamer mi semen del
suelo, o de sus botas.
Últimamente ojeo la sección de contactos del ABC. Cada
vez es más tentador, a fin de cuentas, solo se vive una vez.
Andrés.
No creo en la causalidad, al menos como explicación
literal para todo. No creo que mi incapacidad social, el hecho de haberme
abandonado tanto hasta rozar la obesidad mórbida, solo sea causa de que una
chica en el colegio me llamara gordo, o que hubiera un grupito de indeseables
que me hiciera la vida imposible. Claro que eso te marca, te hace más inseguro,
suspicaz, con más necesidad de ser aceptado. Pero puedes luchar contra ello. El
hecho de ser una persona de carácter débil no debería convertirse en una excusa
sempiterna en tu conversación.
En cualquier caso soy consciente de mi problema, sé que
estoy obsesionado con los videojuegos, que dedicar todo mi tiempo libre a ellos
no es sano. Pero no pienso dejar de hacerlo. No creo que esta adicción me esté
impidiendo vivir, al revés, es lo único que me hace levantarme por las mañanas,
que cubre los días con una pátina de ilusión.
A fin de cuentas el resto de mi vida es un erial, nunca
tuve figura paterna, ni amigos, solo me muestro sociable a través de espacios
de la red anónimos, como foros o chats. Tampoco he sido mitómano, nadie ha conseguido
despertar mi admiración, excepto, claro está, mi querido Daigo.
Aún sigo viviendo con mi madre, una mujer ya muy mayor, y
trabajo en el Cash Converters, un trabajo abominable en tiempos de crisis.
Llevo ya siete años allí de dependiente, nunca han confiado en mí para puestos
de mayor responsabilidad. Lo prefiero así, un túnel sin salida en el que gastar
ocho horas a jornada partida antes de volver al ensueño de mis juegos. Estoy
acostumbrado a no conseguir ni siquiera una pequeña victoria, a no destacar,
mis sueños, cuando los tuve, se han convirtieron en papel mojado, en llamadas a
números que ya no existen.
Pero a pesar de vivir resignado, de pasar todo mi ocio
delante de un monitor, solo, tampoco me engaño sobre el paso del tiempo, sobre
mi legado, porque, ¿qué esperan los demás cuando hablan de legado? ¿Arte? ¿Hijos? ¿Una rúbrica en los archivos de una empresa
donde se lista beneficios, nóminas y clientes? ¿Las estrías en el corazón o en
la vagina de una mujer? ¿Fama? ¿Redención? Solo somos recuerdos, datos mil
veces repetidos como un eco flatulento, empeñados en lograr un record Guinness,
un significado, cuando solo somos hormigas sin derechos, efímeras en nuestras
pequeñas recreaciones de orden, incapaces de entender que no existe nada
inmortal.
Obsesionarse con algo toda la vida te convierte, al
final, en una persona desgraciada, tengas éxito o no, entiendo mi pérdida al
convertir mi potencialidad en algo tan estéril. Pero soy tan feliz en mi
escapismo, agotando cada juego, terminando su reto y buscando el siguiente. Es
tan hermoso estar concentrado en la partida, sin que nada importe a tu
alrededor… ni el trabajo, ni la soledad, ni el mañana. Me convierto en un
artista y, a pesar de mi falta de talento o la complejidad del objetivo, siempre
tengo una nueva oportunidad para intentarlo, para conseguirlo, para hacerlo
bien esta vez. Enfoco mi realidad en este mundo sin frustraciones en donde
siento, de alguna manera, que aún soy capaz de ganar.
Carmen.
Últimamente siempre estoy cachonda. Tengo treinta y uno,
quizás se trate de un reverdecimiento sexual, al menos antes, cuando tenía
pareja, no me sentía así. Supongo que he tenido mala suerte, serán tópicos,
pero lo más dulces y cariñosos son los que, en mi caso, peor me comían el coño.
Siempre besándome como si fuera de cristal, sin una pizca de pasión. Maldita
sea. Sí, es cierto, luego mis compañías fueron a peor pero, ¿qué podía hacer,
arruinarme la diversión? De acuerdo, me pase con la cocaína, salía demasiado
por la noche. Luego, cuando me detectaron las arritmias, lo dejé, y el bajón
anímico fue tan fuerte que me provocó una depresión. Y luego vinieron los
antidepresivos y los puñeteros kilos de más que no hay manera de quitarse. Pero
aun soy mona, no como antes, soy más mayor pero….bah, ¿Dónde está mi consolador?
Aquí. Bien. ¡Qué gusto! No es una polla, pero mira, ahora es lo único que
tengo, y encima con lubricante sabor naranja. Maravilloso.
Sí, todavía soy atractiva, sé cómo hacer gozar a un
hombre. Sé cómo hay que mirar, las palabras adecuadas, los gestos. Son tan
básicos los pobres. Receptiva pero sin excederse, un toque de frágil timidez,
como si necesitara ser salvada pero sin que puedan agobiarse, lo justo para que
quieran echarte un polvo y no huir a la media hora.
Necesito una imagen mental. Quizás mi vecino, el casado. Seguro
que le gusta la marcha, tiene ojos de pervertido, le he pillado mirándome el
escote más de una vez. No sé qué coño hace con esa mujer tan estirada, siempre
mirándome con desdén, como si no tuviera derecho a compartir el mismo aire que
ella. Puta.
Tampoco hay mucho donde elegir, el gordito del segundo
piso que vive con su madre es entrañable, pero excita mi libido tanto como un
osito de peluche. Peor con Carlos, tan encantador, tan bohemio, y la tiene tan
pequeña que apenas sentía nada cuando se movía. Fue todo tan decepcionante que
solo quería que se fuera de mi casa cuanto antes.
El que resulta prometedor es el tipo del cuarto, no le
suelo ver demasiado, siempre llega de madrugada. Es feo, para qué engañarnos,
pero me da morbo. Quizás sea por su pinta de intelectual, siempre ensimismado,
pero a su vez con ese desaliño sórdido, como de estar de vueltas de todo, como
si estuviera por encima de todas las cuestiones importantes. Y esa música que
pone de madrugada. En las juntas de vecinos todo el mundo se queja, pero al
final nadie se atreve a decirle nada directamente.
Me humedece pensar en él. Estoy a punto de correrme pero
quiero alargarlo. Dejo el consolador anal y me paso un dedo entre los labios,
abriéndome un poco. Primero un dedo, luego dos. Me gusta rozarme el clítoris suavemente
y luego con fuerza. Ojala tuviera una mujer entre mis piernas comiéndome el
coño de nuevo. Estoy desaprovechada, ¿Qué estoy haciendo con mi vida? Haciendo
un curso tras otro, sin razón de ser. Podría irme a Chile, estar aquí es
deprimente, España es una tierra sin oportunidades. Joder, que polvo más triste,
envidio a los hombres, una falda airada por el viento, un video de golfas, y ya
les tienes salivando, con la polla enhiesta como monos en el zoo, incapaces de
pensar en nada más. Desconectados de la realidad. Yo soy incapaz de dejar de
pensar en otras cosas, ni siquiera cuando me duele al meterme tres dedos de
golpe.
Me concentro en tu
polla, me la imagino enorme, venosa, hinchada, caliente, roja, ligeramente
ladeada a un lado, vibrando por la excitación, con unos enormes cojones a
juego. Me imagino metiéndomela en la boca para ensalivarla, esforzándome por
encharcar esa inmensa masa de carne. Recreo como me pones de espaldas contra la
pared, me apartas las bragas y me la metes sin compasión. Sí, como animales,
necesito un animal dentro de mí, necesito pasión, palabras sucias follándose mi
cerebro, tus dedos en mi boca mientras con la otra mano me aprietas las tetas
hasta hacerme daño. Necesito que me llames puta porque no puedes evitar correrte,
necesito sentir que quieres echarme otro polvo después, que me utilizas, que te
mutilas dentro de mí y que, justo cuando me corro, sabes regresar con los
pedazos mezclados de mi alma y mentirme diciéndome que me amas.
Abajo, en la ciudad, la
venganza de Dios defeca en forma de precario y amorfo zoo de mierda ambulante,
monos con la locura pintada en sus rostros llenos de mediocridad. La ciudad
reposa, nunca muere, solo mueren tus sueños, tus estúpidos idealismos, donde eres
tú mismo quien encabeza el pelotón, quien da la orden de disparar. Cuando ella
intenta guardar las formas con su coño lleno de esperma ya es demasiado tarde,
solo buscas el fundido en negro de las pastillas, huir de esta pesadilla, de
las sobadas y vacuas metáforas sobre soledad y mutilación. Y te derrumbas.
Esta noche el Poeta, está
solo, no siente pasión por las palabras. Rescata la botella de vino y sube y
baja por su vertedero anímico, cantando canciones de miope nostalgia llenas de
lencería roja y desahucios de amor.
La ciudad da un respiro,
aún faltan horas para que amanezca. Un desierto de cemento y ladrillo, un
cementerio, como una vieja fotografía en blanco y negro con los bordes
desgastados. Capas de polvo sostenidas solo por el ruido lejano de algún coche.
Brinda de nuevo auspiciado por la música que palpita en sus venas, por las
conexiones que permiten estas palabras, por el vaticinio, el desconcierto, por
la falta de ese algo indescifrable.
Quizás simplemente aguarda la musa, la inspiración que le salve de languidecer,
quizá solo busca algo que le reconforte. Los demás piensan que es un
misántropo, pero solo es débil, frágil en sus sentimientos.
Cada noche reúne algo de
valor, utiliza la navaja y se despedaza el pecho. Saca su corazón y lo mira
fijamente. Lo muerde para sentir ese dolor inaudible más cercano, menos
alienado por el tópico. Y luego utiliza la sangre que sigue bombeando para
escribir. Pero no consigue expresar nunca lo que quiere, no hay alma, está
cerca, rozando esa sensualidad que siente, pero no llega a convertirla en
palabras, solo es una marisma abandonada. Cuando el fracaso es inapelable lo
vuelve a coser en su interior, un interior cada vez más grande y polvoriento.
Pero esta noche es
distinto. Ella aparece…Numen. Esta ahí, sentada
sobre el estercolero de sus sentimientos, con los pies desnudos manchados con
su sangre. Su piel es sueño, sus labios locura, su cuerpo pura poesía, con una
expresión de música sinfónica sinestésica de belleza inexplicable.
El Poeta esconde su
corazón, y hace que sus versos resbalen por su piel dominándola. Una oración de
lascivia que devora su cordura. Deseo febril, un disparo hormonal a bocajarro
que los embriaga por la necesidad de poseerse, follarse, aniquilarse en una
unión perpetua de almas y cuerpos.
En la ciudad los
habitantes arden, los versos del Poeta influenciados por la belleza de Numen
provocan la lascivia, la locura general. Cuerpos desnudos retozan en las calles.
Las esquinas emanan el olor a semen caliente, sudor y sexo. Todo el mundo se
ofrece con las piernas abiertas, o enhiestos, a los demás. Nadie va a trabajar,
en los colegios los profesores dilatan anos, practican felaciones. Pronto será
insuficiente, la histeria es colectiva, cuerpos desgastados, delirio furioso,
mentes perturbadas con un hambre voraz por el cuerpo. Almas desnudas y
espectros hacinados en descampados, consumidos por la labor de dar y recibir
placer. Sus cuerpos privados de flujo, saliva, lágrimas y sudor yacen
abandonados en cualquier parte de la ciudad con los genitales destrozados.
Pero no dura mucho. Numen
una noche deja de amar al Poeta. Hay amores que se sacian...se derriten...caducan por agotamiento. Numen se convierte en alguien voluble, caprichosa,
maniática, soberbia. Una pura contradicción frígida en esencia. Ni el más
endulzado de los poemas puede incendiar su corazón, convertido ya en un
invierno emocional. El Poeta enloquece totalmente.
La ciudad vuelve poco a
poco a la normalidad, las mujeres siguen fingiendo orgasmos, los solteros
siguen masturbándose con los mismos videos de mierda, la gente sigue pagando
por la sordidez de media hora o la de toda una vida previo contrato matrimonial,
todo es efímero en el cerebro de una mosca de fruta. Nadie habla de esa semana,
simplemente se restaura la rutina, insatisfechos o no, y se sigue adelante,
respetando el precepto kafkiano, dejando las explicaciones o el mando a otros.
Pero el Poeta no puede
olvidar, se siente desesperado, sabe que ha perdido algo importante. Por eso,
una noche como esta, mientras observa la glacial mirada de su musa, se quita la
camisa, se abre el pecho y saca su corazón de nuevo. Lo mira fijamente y lo
lleva a la cocina. Allí lo cuece con su propia sangre y se lo da para cenar.
Numen primero lo observa con desconfianza, lo prueba lentamente y ya, con
ansia, lo devora totalmente. Poco a poco va recobrando la luminosidad en la
mirada, su piel vuelve a reflejar la luna menguante. Vuelve a ser Ella.
Los ojos del Poeta se
inundan de lágrimas al contemplarla y cuando, minutos después, muere en sus
brazos, sonríe satisfecho: al fin ha conseguido expresar de forma tangible lo
que sentía.
Eras guapa, delgada, pechos pequeños pero con un buen culo,
1,70 de altura sin tacones. Alguien agradable, un buen polvo como dijiste entre
risas, deslumbrándome con tu sencillez andaluza. Necesitabas sacar partido a tu
cara con maquillaje y un corte de pelo muy concreto, pero mi única aportación era un
cerebro lisérgico ansioso de entropía, no creo que pudiera o debiera ser exigente.
Y ahí te esperaba, en la
estación de Chamartín, con esa mezcla de ansiedad o fe que producen este tipo
de encuentros. Dos desconocidos esperando que las cosas fluyan, sin más
argumentos que un mes de teléfono y dos encuentros por el skype. Un par de autocompasivos
gilipollas que ríen y lloran a destiempo y siempre por cosas sin importancia.
Solo te quedabas una noche y nos dimos prisa con el
romanticismo. No tenía ninguna presión, esta vez no importaba nada demasiado, te
abriste ante mí como una flor bajo la lluvia esperando placer, solo tenía que
recoger el premio… ¿demasiado fácil? No, el juego fue largo, marcando bien los
tiempos para convertirme en tu reto, sin hablar de necesidades ni sentimientos,
un baile ensayado de indiferencia. Tu vanidad disfrutaba más de la posesión que de la
penetración y a mí no me interesaba llegar a tu corazón, solo las palabras rompían mi espontaneidad, pero gemías lo suficiente para hundirme en ese pelo largo
azabache y dejarme llevar.
El segundo fue mucho mejor, la verdad es que resultabas
mucho más inteligente en la cama que fuera de ella. Incluso con el tiempo
podría aprender a quererte, un escenario aburrido pero relajado en el que no cruzamos las líneas tacitas de nuestras mutuas carencias, ¿Lealtad o
sorpresa...?
Te dormiste abrazada a mí, simple tramoya, somos ya mayores
para sobrecogernos por detalles mil veces repetidos. La nostalgia para ambos
seguía ahí, aunque nos afectase de forma diferente. Te abandono como a un párrafo que me da vergüenza releer –sin
metáforas- y dejo que mis falanges divaguen sobre cualquier tema, el éxito por
ejemplo.
Si tienes un blog el éxito se basa en el número de
seguidores y/o comentarios que devienen en muchas visitas. Pero es una
pantomima, solo es una cuestión de marketing, otra red social de aduladores
donde nos intercambiamos favores y spam, es una cuestión de tiempo no de
talento. Y de sexo, mucho sexo reciclado en fotos, relatos, en mujeres
bosquejando su promiscuidad con algún toque –espero- de realidad a flor de
párrafo. La imagen de una vagina se folla literalmente años de letras en apenas
una hora.
El éxito… quizá el tiempo, como padre de la verdad, pocos
aguantan un buen ritmo más de un año. Quizá la existencia de un troll, sí,
alguien que se tome los textos como algo personal, que nos odie, que nos escupa
en los comentarios hasta que no tengamos más remedio que moderarlos. También
sería entrañable un acosador o una groupie ofreciendo sexo, los decadentes
espantamos el éxito, pero me consta que
hay gente que disfruta de esas experiencias en este pedo virtual.
Pero a fin de cuentas todas las aguas fecales acaban
desembocando en el mismo mar
Soy la anoxia que te provoca la realidad a
bocajarro Soy letras para adolescentes adictos al crack Soy un medico
demasiado amable cuando va a darte los resultados Soy la sensación de fracaso
que te hace llorar por las noches Soy un cocainómano rompiendo billetes a
Paris sin usar Soy un accidente sentimental al que aun no puedes llamar puta Soy tu nausea al soltar tópicos intrascendentes ante una sala vacía Un mendigo
que te mira desde la basura y te ofrece un trago Una mente rota que no
entiende el principito La pasividad
de una muñeca hinchable Un condón roto mientras finges un orgasmo Un molino
de viento girando entre las piernas inabarcables de zorras indiferentes Una
esquela, un fundido en negro en versión original, un carnet de biblioteca
caducado Una chica que se queda embarazada por segunda vez de la persona
equivocada Soy ese gesto, esa palabra, ese puñetazo que destroza años de
convivencia y que hace que la mentira ya no pueda mantenerse ni un segundo más.
Aúlla conmigo, que le jodan al éxito.