Quizás esté asustado
aunque no lo quiera reconocer; quizás sea incluso normal, la vida, las deudas,
el trabajo, las mujeres guapas que desarman con una mirada, la bebida.
Demasiadas cosas para una habitación tan pequeña. Sigo fumando, otro viejo
habito adquirido, otra puta dejando su cicatriz tras el abandono. Pero me gusta
este sabor opaco que agarrota la garganta, me gusta recrear con el humo cierta
elegancia de película en blanco y negro, quizás el ambiente sea importante antes
de la paja solitaria, antes de golpear el teclado. Aunque enseguida rompo el
encanto, cojo sus bragas y las olisqueo como un perro sarnoso. Pero así soy yo,
así es Harry, una suma de idioteces.
En mi familia somos
propensos a la hipertensión, a sufrir trombosis, ictus. Mis abuelos murieron
por esa razón. Mi tío tuvo su primer ictus con la misma edad que su padre –mi
abuelo- a los sesenta. Y ahora, tres años y medio después, ha muerto. Quizás
podría haber llevado una vida libre de excesos, cuidarse más, alejarse de la
bebida, pero creo que ya era demasiado tarde. A veces es mejor culpar a algo,
porque luego cuando te avisan de que tu amiga del instituto, la chica sana y
abstemia con la que quedaste antes del verano para celebrar su embarazo, ha
muerto de un derrame cerebral, no sabes como reaccionar y empiezas a ver las
costuras al universo.
Cuando muere un familiar
con el que no has tenido contacto en diez años a pesar de que ha sido parte
importante de tu infancia, todo se torna irreal. Y también demasiado real,
porque te percatas del monstruoso efecto que tiene el paso del tiempo, lo
degradante e injusto que es que las personas pierdan toda substancia e
importancia. No había nada en su casa, ni ordenador, fotos, libros… solo
papeles del trabajo, películas, una cadena de música, ropa desperdigada. Y
lupas. Me gustan sus lupas, inútiles como cualquier recuerdo.
Los cementerios son
visitas guiadas al museo de los muertos, pero en esta sociedad incluso quemar
un cuerpo, deshacerte de el, resulta caro, molesto, oneroso. Mi madre discute
los detalles con mi otro tío, intentando quebrar años de silencios, de familia
desubicada, rancia, egoísta, descastada. Me voy a mi casa, a mi habitación,
¿quiero saber si había demasiadas botellas y caos en su piso, quiero saber si
tardaron varios días en encontrar su cadáver, quiero saber porque no le dieron
la baja por enfermedad después del primer ictus y en que condiciones siguió
viviendo? No, los detalles son quistes, prefiero no saber.
Prefiero entubar las
emociones con la segunda botella de vino, dar la espalda y caer sobre un campo
de algodones y agujas hipodérmicas. La soledad, mi puta favorita, un mismo
concepto en cualquier idioma. Descorchemos otros recuerdos, como la última vez
que vi a Daphne, ojos miel, melena azabache, labios entreabiertos, el gesto de
morderse el nudillo del indice cuando estaba nerviosa, ese aire frágil y ajeno
a la vez.
El sexo sobredimensionado
compensaba todas las contradicciones que crepitaban entre los dos; polla, coño,
poemas de vida sin derechos de autor, húmedos, ansiosos, abrasados, sodomizados
por esa danza de presente puro, llena de miradas fijas y labios abiertos.
Siempre buscando ese estertor existencial que lo silenciase todo, aunque solo
fueras un mensaje de carmín en un espejo sucio, un neón de bar para el
alcohólico, palabras de litio acariciando mi cara.
El vino se derrama sobre
el ordenador, desasimiento visceral que provoca el fin de todo.
Hay
rupturas sentimentales que tienen la potestad de marcar tus gustos musicales,
pero no solo eso, también de provocar secuelas: escuchas ciertas canciones y un
nudo en el estómago te escupe la realidad a la cara, sí idiota, ¿Cómo te
atreves a dudarlo? Sigues enamorado.
Me
desperté con una terrible resaca, ¿era jueves, invierno, de noche? No quería
recordar nada, ni donde estaba, ni quien era, solo volver a la inconsciencia. Pero
el dolor lacerante de mi cabeza discutiendo de igual a igual con el que
provenía de mi pie derecho me obligó a incorporarme.
Me
miré en el espejo del cuarto de baño: Mierda. Un cubilete de carne lleno de
mierda. Pero a fin de cuentas alguien con cuenta corriente, nómina y medio
gramo de cocaína todavía en el bolsillo. Sí, esa era la idea. Ahora una llamada
al trabajo. Una mezcla de excusas entre gastroenteritis y el entierro de un
familiar lejano y a dormir.
Un
toque, dos, tres…una familiar voz de tono uniforme me da los buenos días y me
insta amablemente a que diga algo. Y es ahí, en ese momento, cuando me doy
cuenta de que estoy completamente mudo. Cuelgo. Bueno, quizás lo de ayer fue
excesivo. Farmacia, antibióticos y totalmente rehabilitado en dos días.
Eso
fue hace más de dos años.
Al
principio parecía una broma de mal gusto, fui a médicos, especialistas. Nadie
encontraba explicación. Seis meses después, con un despido de exigua
indemnización debajo del brazo, me desviaron a la consulta de psiquiatría. Año
y medio de terapia y seguía igual. Incomunicado.
Mis
ahorros estaban empezando a peligrar, me había mudado a una habitación con
vistas a un bonito patio interior donde vislumbraba bragas xl de sabroso encaje
y vecinas derrotadas por la cotidianidad. Llevaba una vida más tranquila, sin
mucha compañía, exceptuando visitas extemporáneas de amigos con los que
compartía televisión y notitas ya creadas que señalaba con el dedo –el pragmatismo
de la comunicación llevado al estadio supremo-, nadie de mi entorno sabía de mi
problema, con simples asentimientos podía seguir compartiendo ascensor con mis
vecinos, confidencias con cajeros de supermercados, tenderos o simples funcionarios.
Incluso podía seguir manteniendo las mismas conversaciones telefónicas con mi
familia.
Con
las mujeres noté cierto éxito al principio, pensaba que mi extraña mudez
convergía en un misterio que las atraía, pero al final comprendí que lo único
que les interesaba era tener a alguien que les escuchase sin interrupciones. O
quizás entendía mal sus intenciones y querían curar la ausencia de palabras de
su príncipe encantado con muchas palabras. Peroratas inmensas.
Lo
curioso es que cuando empezaba a interesarme con alguna, cuando creía que la
cosa podría funcionar, lo fastidiaba todo hablando en sueños, casi a gritos.
Ellas se despertaban enfadadas, sintiéndose víctimas de una gran estafa.
Naturalmente todas reaccionaban de forma madura: arrojándome cualquier objeto
macizo y puntiagudo que tuvieran a mano mientras me gritaban obscenidades que
en otro momento me hubieran puesto cachondo.
Pero
como iba diciendo mis pequeñas aventurillas me dejaban insatisfecho, me sentía
solo y sí: tenía miedo de quedarme mudo para siempre. O sea que, con cierta
sensación de apremio, decidí investigar por internet. Lo primero que encontré
fueron varios blogs de gente que le sucedía lo mismo que a mí. Es lo que tiene
este medio, cualquier inadaptado puede encontrar su pequeño oasis social. En mi
caso personas con problemas psicosomáticos extravagantes. Entré en unos de los
grupos. Había casos divertidos como Manuel: era pintor, y se quedó ciego cuando
descubrió a su mujer con otro hombre. Vaya, pensaréis, si todo el mundo fuera tan sensible estaríamos viviendo
un “Ensayo sobre la ceguera”, pero hay un detalle más: ella le estaba chupando
la polla a su perro, un pastor alemán. Joder, un puto trio.
Y
ahí estábamos todos, gente normal que de pronto pierde el sentido del gusto, el
del tacto –jodiendo sus relaciones sexuales-, gente que de pronto se volvía daltónica
o sinestésica. Unos putos freaks en una torre de Babel virtual. El caso es que ahí
conocí a mi querida sordomuda. La primera vez que chateamos cayó sobre mí esa vieja
fantasía en la que la libre verborrea sexual campaba a sus anchas sin que ningún
mohín ni rencilla posterior pudiera dosificarla. Vamos, patente de corso para
decir cualquier burrada que se me antojase en la cama, y yo –en confianza- soy
muy proclive a ello.
Solo
habíamos hablado a través de chats, la única forma posible de hacerlo dado que ninguno
habíamos aprendido a leer los labios y teníamos escasos conocimientos del
lenguaje de signos. Desde el principio su historia me resulto extraña. Primero
me dijo que había sufrido abusos en la infancia, que enterró esos recuerdos y
tuvo una adolescencia bastante promiscua, de las que vas probando de todo y a todos.
Y finalmente, en algún momento entre la decimoquinta relación tortuosa y la
siguiente, el cerrojo saltó y recordó todo. Pero sonaba demasiado a cuartada. Y
claro, ese misterio me embriagaba porque, ¿Qué podría querer ocultar que fuese peor
que eso? En el caso de que no fuera todo una paranoia mía claro, cosa que a
estas alturas del relato era lo más posible.
Hice
ímprobos esfuerzos y al final la convencí para quedar en persona. Era
magnifica, no por ser excesivamente guapa, sino por compartir algunos de esos
rasgos que normalmente no emocionan, labios demasiado finos, palidez, una
apariencia aniñada sin apenas voluptuosidad, pero que al final te van
fascinando precisamente por marcar una diferencia con lo que estás acostumbrado
a admirar.
Vimos
juntos El Piano en versión original. Todos
tenemos nuestros fetiches que reverberan desde el pasado consumiendo parte del
presente. Eso pensé cuando puso justamente la pista número diecinueve de la
banda sonora de Amelie.
Me emocioné. Ella, sin saber el motivo exacto, me atravesó con esos ojos
oscuros como muros de abismo, con intensidad, acariciándome la cara, quizá para
sentir la vibración de mis lágrimas. Y ahí, los dos, en ese silencio acuoso,
nos besamos.
Y
el sexo era tan intenso como su mirada, era todo y nada, siempre y nunca, sin
medias tintas. La muerte y la sorpresa. Una eterna luna de miel en la esclavitud
de su cuerpo, un cuerpo donde ahora me perdía buscando ese placer que nunca es
inocuo.
Siempre
hay dos finales:
En
el primero los dos se encuentran y se separan. No hay más insolencia que una
mentira cuando se ha compartido a dos voces algo tan sincero. No se puede
mantener, los fluidos se secan y solo quedan dos islas sin horizonte, con la
misma soledad en la mirada, y con el mismo miedo.
En el segundo esas voces se hacen materia, uno de
los dos, o quizá los dos a la vez, dicen las palabras que mueven el mundo, esas
palabras que convierten a alguien anónimo en ÉL o ELLA. Esas palabras que detienen
el presente en una epifanía de trascendencia y que abren el embozo del dolor y del
placer más intenso: Te quiero.
¿Lo he superado ya?, ¿he dejado de estar obsesionado con ella?
Quizá me siguen dando miedo las mujeres y alargo este luto
escribiendo exabruptos exaltados, botellas llenas de ensueño que se rompen
antes de llegar al destinatario en este vertedero de puntos suspensivos.
Te pido ayuda, mi querida anónima, me gustaría provocarte un
eclipse de conciencia -no sé si con este u otro texto-, y robar una mentira de
tus dedos, un te quiero virtual, residual, dirigido a mi corazón.
Siempre hay recompensa por encender el fósforo de mi alma,
combinaría esa ausencia de frio con la bola curva de inmoralidad que trazan mis
dedos y mi lengua sobre tu cuerpo. Nos haría disfrutar del color sinestésico de
tus gemidos mientras bebo el maná de tu clítoris enajenado. Convertirme en tu
heroína, en ese síndrome de abstinencia que te humedece cuando escuchas mis pasos. Y naufragaría en
ti mientras tu coño palpitante me ahoga resbalando por mi cuerpo en una lluvia
de orgasmo.
Tendríamos tiempo de poner a Satie y disfrutar del olor petricor
de tu lencería, del Paris en miniatura que hay entre tus piernas.
Puedo eyacular en tu cara con romanticismo si tú sobrellevas la
carga de mis fantasías, solo tienes que poseer inteligencia y cierto disgusto
existencial que te empuje a violar con saña el presente, a pensar solo en el
ahora y nunca en el después.
Se llama X, obeso, ojos vulgares de miope, joven. Le duelen las rodillas. Trabaja de noche, encargado de aparcamiento. Cerca de discoteca. Burlas y chistes. Es un romántico. Su ulcera también. La única opción es aceptarse.
Tiene pocos amigos todos casados o con hijos. Le deprime quedar con ellos. Él solo ha tenido una novia. Pero aquello terminó. Hace mucho tiempo. A veces, con ánimo masoquista, deshilacha los recuerdos de ese amor de vertedero.
Pasan las horas inclementes de trabajo, ojeras del alma. Piensa en su vecina. Piensa en su blog. Piensa en sus seguidores.
Piensa de nuevo en su vecina: un cuerpo increíble, alta, esbelta, pelo largo castaño, siempre vestida con algo de color rojo, ya sea una cinta, la falda, un anillo e incluso –esta seguro de ello- su ropa interior. Coinciden cuando él regresa del trabajo y ella, con sonido de tacones exhaustos, de un mundo diferente al suyo. El pelo revuelto. Ojos opacos. Siempre sola. Nunca conversan. Simplemente se miran, como en un espejo en el que no terminan de reconocerse. A veces varios días seguidos, otras veces pasan semanas sin ningún encuentro. Esta enamorado de ella.
El señor X deja de pensar en ello. Tiene otro mundo, más sencillo, en el que jugar. Abre el portátil. Redacta un post. Plagia a Benedetti. Lee poesía. Regurgita mezcolanzas de suspiros y desvelos. Surte efecto. Se siente como un cantante con bragas y sujetadores alrededor. Una vez quedó con una de ellas. La cita fue breve, le miraba como un cervatillo asustado, entre la suplica y la decepción. Esperaba otra cosa. Esperaba su fantasía. Él es real. Sus kilos son reales, su sudor, su pequeño pene, el vello de su espalda, sus manos de mujer. Tuvo que cambiar de blog. Empezar de nuevo.
Ahora nunca queda. Solo conversaciones por teléfono. Un estimulante sexual. Carne buscando carne, ¿alguien mira más allá de la grasa? No les culpa.
La única del blog con la que realmente ha intimidado es con Erin. Hablan de la soledad. De que nadie les ha enseñado a vivir. No hay sublimación ni artificio en como escribe ella, solo depresión y daños cerebrales. Erin esta obsesionada con alguien de su entorno, pero tiene miedo al rechazo. Nunca han hablado de quedar o verse en persona. X tiene fantasías, pero no se deja llevar.
Pasan los meses y la frustración le empieza a dominar. No recuerda el tacto de una vagina. La decadencia hace acto de presencia. Muñecas hinchables. Se subscribe a paginas de porno duro. Amor entre especies. La masturbación del cenobita.
Ya no hay poesía en sus post. Misoginia. Ellas pueden elegir, ¿Por qué él no? Pierde el contacto, no contesta ningún correo. Colecciona botellas de vino barato. Recorre las alcantarillas del mundo exterior. Conoce a putas, rescata rechazos en locales agrios, con mujeres arrugadas y borrachas. El romántico es despedazado por las ratas. Un buen festín.
Una noche vuelve borracho, con el alma aguada de malas experiencias. Se tambalea frente a la escalera, finalmente se rinde y se deja caer. De pronto un sonido: su vecina, zapatos rojos de aguja disolviéndose tras ella. Se para de improviso al verle y no puede evitar hacer una mueca. Todo el resentimiento explota en él, se levanta con furia, la empuja contra la pared, la manosea, la obliga a abrirse de piernas, destroza su ropa. Palabras, imágenes sucias muerden su aliento cuando intenta penetrarla. Pero no puede hacerlo, así no. Balbucea unas palabras de disculpa y la suelta. Ella se gira lentamente, un llanto seco le atraviesa la expresión. Recompone su ropa y se queda unos instantes que parecen eternos delante de él, mirándole fijamente, como si observara un insecto, una grieta en la pared. Luego desaparece sin decir nada.
Pasan unos días. No hay denuncia. Pregunta por ella. Se ha mudado. Nadie sabe donde. Se obsesiona. Deja de comer. No consigue olvidar esa mirada. Cae en una depresión y pide una excedencia. Se aísla más. No habla con nadie. Su familia se preocupa pero no hace nada.
Vuelve a hablar con Erin. Llevaban meses sin contacto. Ella le cuenta que su historia tuvo un final fatídico. Esta destrozada, tiene miedo a enamorarse de nuevo, nunca pensó que pudieran hacerle tanto daño. Cada uno a su manera ha perdido el amor de su vida. Sienten empatía por el dolor del otro y no ahondan en detalles.
Pasa un tiempo. Hay más risas y menos dolor. Al final, por pura evocación, algo intangible empieza a despertar entre sus soledades, algo que busca ser correspondido. Lentamente, con miedo, cada uno va dando pequeños pasos hasta poder reconocer sus sentimientos. Aun no se han visto, ni siquiera en foto, su comunicación ha sido solo por mails y llamadas telefónicas. Deciden quedar en un restaurante en el centro y darse una oportunidad.
X llega antes. Esta nervioso. Piensa en ella, en su fragilidad. Es posible enamorarse llenando los huecos de un cuerpo con las palabras de un párrafo sincero, visceral, que conecta contigo directamente, que te alimenta de emoción, que te excita, te violenta. Es posible que una voz te haga temblar, te seque la boca y se convierta en el centro de tu mundo, con todos tus sentidos atentos a cada matiz, cada inflexión. Es posible enamorarse así, como también es posible enamorarse solo de un cuerpo y no saber nada de esa persona.
X escucha unos tacones acercándose al reservado y antes de alzar la vista lo sabe. Algunas personas, lo merezcan o no, nunca tendrán un final feliz.
Un paseo de madrugada. Tus
tacones se acercan como tambores de guerra. Tu físico no desmerece la imaginería
de mi anhelo. Nariz acechante. Boca de flor. Vestido azul que apenas esconde
unas piernas infinitas. Rostro cautivador con esa sutil disposición a ser
desarmada.
¿Cuántos hombres han
pasado por tu vida sin llegar a conocerte? Al cruzarnos nuestros ojos follan y
se aman dentro de una perfecta ficción romántica. Instante Perfecto. No nos
detenemos. Nunca nos volveremos a ver.
Un anuncio de neón con las
palabras “Jesús Saves” iluminando con su luz ebria, humeante y pútrida, mi
habitación. Es como morir de amor cuando una ramera cruza sus piernas. Mirar
sus ojos inertes y preguntarte cuando fue la última vez que no pagaste por un
polvo.
Desempolvar el legado de
una relación dela que sólo quedan dos tarjetas de cumpleaños y recuerdos de un
manicomio compartido. Mierda oscura y condensada que cubre y asfixia parte de
tu cerebro para siempre.
Nos comportamos como si el
infierno de una mosca no fuera igual que el nuestro: algo trivial, vulgar,
anónimo. Peniques en los ojos. Mientras todos tienen prisa por morir de
inanición espiritual, mi mente estalla en llamas, las serpientes reptan por el
suelo, y el teléfono no para, no deja de sonar continuamente desde un número
equivocado.
Como estas horas
afortunadas –entre las tres y las cuatro de la madrugada-, que consumo
glorificando amores imposibles y genios muertos. Que consumo apoyando mis
pensamientos en tu risa como única resistencia en un mundo solitario lleno de
gente asustada de almas aguadas.
Borracho melancólico que
tropieza con la sombra de sus dedos sobre el teclado. Apuesta perdida que
encierran los muros angostos de mi ser. Decepcionante realidad que no apela a
sediciones, sólo a capitulaciones. Para míno hay fe ni esperanza.
Bukowski se quejaba de la falta de sinceridad en los escritos. Supongo que al final todo el mundo cae en la trampa: quiere gustar, rebusca en sus fajos de plagios, medita la palabra, edita el párrafo y al final cuando las palmadas llegan no se queja.
Es difícil escribir algo sincero, que agrade, que estimule, que subyugue. Y menos aun con falta de práctica, sin más aliciente que golpear las teclas y ver como se van formando palabras unas tras otras. Aunque eso sea lo más importante, lo único importante.
Estaba el otro día en una tienda y se hablaba de la muerte con demasiada frialdad, somos redes sociales que cambian de estado, escogemos una buena foto, buscamos compañía en la soledad de un número que simboliza algo abstracto e irreal -¿te envidio por tus tres dígitos? Pobre, pobre estúpida…- y decidimos si algo nos gusta o no nos gusta.
No me gusta que la gente tenga patente de corso para sentirse decepcionada conmigo, como si tuviera que ser fiel a un ideal. Su ideal. Prefiero esperar su llamada, esa que nunca llega. Prefiero que no lo haga, porque cuando llega me sabe a poco. Porque tu eres poco, una nulidad, nadie compatible. Pero me gustaría pensar que si, y en tu ausencia es mucho más sencillo. Pero no es un ideal lo que he creado sin ti, te conozco demasiado bien, no puedo pedirte lo que no te concedes a ti misma. Pero si no creyera en ti ya estaría juzgado. Eres una pequeña ventanita iluminada en la madriguera de mi fría angustia. Aunque no me guste la hipérbole. No he hecho realmente feliz a nadie en toda mi vida. Sonrisas en el matadero. Luego suceden cosas a mí alrededor, en el tiempo de un cigarro la gente desvela sus anhelos. Una obsesión, obsesionada con las palabras, con sus palabras, crea más palabras, las palabras les unen. Pero solo hay sexo, sexo sin palabras, solo la base de futuras palabras tristes. Sigo cavando en mi madriguera, cada vez más hondo, cada vez más y más. Hasta que no llegan las palabras de nadie, hasta que al final no se escucha ningún sonido perturbador.
Es ese punto en el que dejas de masturbarte, pierdes el conocimiento y sueñas con una vida perfecta mientras te desangras. ¿Hacía donde van esas escaleras? Hacia arriba. Y con esa frase ya era feliz. ¿Hacia donde vas tú, puta marioneta, objeto de decoración de la naturaleza? ¿Qué eliges, hijos o madriguera?
Debería de estar leyendo, haciendo algo útil, haciendo cosas ineludibles para una vida sana, informarme del devenir del mundo, conseguir dinero o un buen trabajo. No creo que la no-vida sea interesante a nivel literario. No somos especiales, ese es el gran error de esta absurda democracia, la mayor parte de la gente es una mierda vulgar y moliente. Sí, lo siento, así son las cosas, ni Dios ni la genética ha dispuesto un punto de compensación en nadie. Hay inteligentes guapos, tontos lerdos, gente infame que vive feliz su vida, y gente pobre que remienda sus llagas con comida podrida. La vida y la genética son injustas. Siempre hay un parque, al igual que también existe el suicidio. Pero hay muchas clases de suicidio, y no hablo de ir al maravilloso puente que aparece en la foto que ilustra esta entrada y lanzarte sin más. Hay suicidios ideológicos, hay suicidios como salir con esa chica, como decir que sí cuando quieres decir que no. Como trabajar ahí y ver como machacan a tus compañeros y no decir nada, como ser incapaz de mostrar un poco de dignidad en tu lamentable devenir. Con ese amigo que ya no es tu amigo, con la bebida, con las drogas, con esa fiesta y esa música que te parecen basura pero en la que finges divertirte. Como fingir un orgasmo. El tiempo no te hace madurar, en el mejor de los casos aplazas renuncias y secuelas. La mayoría de la gente no soporta estar sola, en silencio, consigo misma. Nos convertimos en estereotipos, en dantescos a fuerza de no enfrentarnos con nuestras frustraciones existenciales. Todo está ahí, día tras día. Hasta que al final revienta. Revienta tu cerebro consumido por el humo de la estupidez. Y ese alguien que mostraba su humor y su cinismo ante el abismo, relaja ahora su conversación hasta unos limites de embrutecimiento y adocenamiento dignos de cualquier yonqui buscando su dosis. Ese es el tipo de proletariado sin conciencia de clase que están fabricando. No os dejéis engañar por los nombres. No estoy hablando de Rajoy, Zapatero, Botín. Hablo de las empresas del IBEX35, de la globalización, del capitalismo más rastrero. Hablo de acabar con la educación, de promover la ignorancia, los guetos, hablo de conseguir que el futbol sea la única conversación de importancia, hablo de impedir manifestaciones, de controlar los medios de comunicación. Va de la perdida de esperanza, de que finalmente han conseguido crear una distopía al estilo 1984. Internet ha hincado la rodilla y está chupando demasiadas pollas sifilíticas. Hay demasiada mierda. Demasiado de todo. Demasiadas palabras en este párrafo para no decir nada. Sólo imponer, sin demasiado acierto, la sensación de frustración e impotencia ante tanta inacción. Empezando por mí mismo. Soy demasiado triste para enfrentarme al espejo. Pero no deberíais de seguir mi ejemplo. No. no. no. no. Adelante. Indignaros. Haced que cada día merezca un poco más la pena. Si ni siquiera os planteáis eso, en fin, coged vuestro maletín gris y uniros a la nada.
¿Lo has visto? Estaba ahí, en esa grieta del alma, ahí donde conviven mis cicatrices, Oh sí, pequeña chica, cierra tus ojos, esconde tu tesoro, el ataúd esta listo, hay sitio para los dos.
Sólo eres una palabra sucia, otra puta pidiendo amor de rodillas. Pinta tus labios con mi sangre, mutila esos sentimientos, estaré siempre junto a ti, no lo dudes, así el daño será mayor. Solo es un juego, una mariposa al lado de tu llama gritando mientras clavas tus alfileres uno tras otro con esa sonrisa codiciosa de dolor, esos ojos abiertos tras la decapitación, engorda tu ego con mi suicidio, ¿no es lo que siempre buscabas?
Te daré placer pero nunca olvidaré, eres un accidente en el que nadie se para, gusanos escarbando como topos en tu interior. Todo te pertenece, un canto de sirena, un desayuno en un almacén de escombros. Eyaculo, mi esperma te resultará frío como el hielo, pero lo saboreas con placer, ¿hay sitio en tu vida para otra ruptura?
***
Escenario: Dos de la mañana. Un bar en una andrajosa ciudad del extrarradio. Música rock. Chico y chica comiendo cacahuetes y bebiendo, vodka con naranja él y ella una cerveza. Chica: No me importaría follarme a una estatua, es de esas cosas que me gustaría probar. Rorschach da un trago largo a su copa mientras piensa: “Joder, joder, joder, todas las locas se acercan a mi, es que no falla…” R: Bueno, es una filia interesante, cuando era joven me enamoré de un personaje de cómic… Chica: No estoy hablando de amor, hablo de follarme realmente una estatua… Pausa de miradas sostenidas
R: Mira, para hablar claramente, acabo de pasar la tarde con una calientapollas –dicho con cariño y total aceptación por su parte- y teniendo en cuenta nuestra situación sentimental me gustaría arriesgarme y ahorrarnos algo de tiempo ¿este tipo de conversación podría servir de preámbulo para que acabemos en mi casa echando un polvo glorioso? Chica: No. R:… Chica:… R:… Chica:…. R: ¿Y en la tuya…?
Sí, la masturbación es la única forma de ser feliz en días así.
Al final soñé contigo, dormí a trompicones, pensando en nuestra música y conseguiste entrar, seguramente no es la primera vez, pero esta vez si lo recuerdo. Recuerdo el final, porque todo tiene siempre un final.
¿Por qué no somos simplemente amigos, porque no podemos ayudarnos ahora que lo estamos pasando tan mal, porque la única forma de que no te vayas a llorar a solas es discutir, es sentir que no estoy a la altura, que no compensa?
Da igual, toca ser comprensivos, toca entender las cosas aunque se repitan en diferentes momentos una y otra vez. Toca sentir que en el fondo da igual, que solo es otro día gris, acompañado por compromisos y dolor de garganta. Toca enfrentarse de nuevo a la realidad.
Creo que nunca entenderás lo bien que me sentía en esa burbuja que creábamos de la nada con un par de mensajes mezclado con coqueteo, nunca entenderás que veía mas sentido a esa conversación que todo lo que había hecho el resto del día, o de la semana. Nunca entenderás, en suma, que te necesito como amiga y al parecer eso es lo único que no puedes darme.
Pero bueno, no me hagas caso, a veces me confundo de blog, pongo cosas aquí que deberían ir en el otro, en ese en el que hablo de mí, de ti, de todo sin metáforas, a flor de piel sin pensar demasiado. Solo se trata de quejarse, de escribir, quejarse, escribir, intentando hacer correr los minutos lo mas deprisa posible, sin buscar un sentido inherente que no existe, emborronando, deshilachando el recuerdo hasta que llegue el momento en el que no signifique nada, nada importe, y se pueda cerrar el libro y pasar al siguiente sin ningún sentimiento de culpa.
Sólo es otro día gris, de esos que tanto me gustan, de esos que me gustaría compartir con alguien especial, que entendiera su belleza, que quisiera pasear el día entero, bailando ante los escaparates, riéndose, mientras su enorme bufanda gira con ella. Alguien que relacionase a Nick Drake con la lluvia. Alguien que viera la figura que esconde el bloque de mármol y buscase el cincel para todos pudiéramos verla con ella, Alguien que rescatara lo sublime en lo banal porque es la única forma que tiene de estar viva. Alguien, en el fondo, que impidiera que dentro de un tiempo un día gris sea simplemente eso: algo indiferente y vulgar que nos obliga a llevar paraguas.
Salgo del trabajo a la una de la madrugada. Cansado. Voy a casa a ducharme. Mi plan es quedar con Andrés, antiguo compañero de trabajo, y visitar los antros que existen en este pueblo ajeno a la belleza. Recordar tiempos mejores y alejar los pensamientos suicidas recurrentes que me asolan como el eco de una casa vacía. A punto de salir me ponen el Skype, fiesta de Halloween, divertida, chicas guapas, con glamour y la sonrisa pintada en los labios. El efecto es inmediato: mi plan me parece tan lamentable que mis ganas de emborracharme se recrudecen. Llego al lugar indicado y no viene nadie. Le llamo y, ¿qué escucho? Gemidos. Y un golpeteo rítmico –verídico. Vuelvo a casa y sigo leyendo a Epicuro. Noto como la depresión empieza a romper las pocas sinapsis sanas. Un extraño canto de sirenas taconea el asfalto. Levanto la persiana y como en la más jodida teoría del caso veo a mi ex. Me saluda. Saldo al balcón y la invito a unas copas. Acepta. Situación surrealista, hace dos meses que ni hablamos. 01:45-02:30 Estamos hasta que cierran el local. Le acompaño a casa, vive en el mismo barrio que yo. No quiere salir más. 02:35 Andrés me llama. Lo siente, pero han surgido cosas que no le han permitido estar a la hora. Quedamos de nuevo. El frío aumenta. Entramos en un local de salsa. Un matrimonio está discutiendo acaloradamente. La mujer le está golpeando mientras le llama cornudo y marica. Intento que me sirvan una copa antes de que venga la policía. Fracaso. Siguiente local. Se me insinúa una mujer que usa el corpiño de su hija y que tiene una par de obscenidades escritas con roturador en los brazos. Mi amiga la botella me aconseja que no comparta mi copa con alguien así. Cierran a la media hora. Sobre las cuatro menos cuarto entramos en otro, con la persiana bajada y todo. Conseguimos convencer al dueño para que nos sirva la bebida en vasos de plástico. Nos encontramos con más gente, músicos sin banda que nos invitan a sus conciertos y me cuentan que siempre hay tiempo para todo. El tiempo sobre cuando tienes veinte años, en mi caso sólo es polvo en un estante vacío al que ya no puedo llegar. Mi risa es desagradable, pero Andrés les convence para que nos lleven en coche. Deben de ser las cuatro de la mañana cuando nos encontramos a Mauri. Está hablando solo por la calle haciendo eses y hablando de Jesús. Es la primera vez que le vemos pero le animo a que venga con nosotros. Andrés no está muy convencido, pero a mi los psicóticos que abusan de las drogas y el alcohol me parecen la mejor compañía. Pasa de las murgas cristianas cogiéndonos de la mano y recitando la Biblia a hablar de las mujeres como si fueran objetos a los que hace falta sacar brillo. Conseguimos llegar a la peor zona de bares de Madrid mientras compartimos drogas y alcohol por la calle Esquilmamos a Mauri para que nos invite a todo. Esta totalmente descontrolado y entra a cualquier cosa con falda, incluido un tío. Casi nos pegan en dos ocasiones. Sobre las cinco y media ya estamos en zona discoteca. Paso por todas las sensaciones. Seamos francos: me siento un carroza. La bebida hace efecto a ratos, noto mi afonía. Me encuentro con un par de conocidos, pero huyo de ellos como de un espejo desenfocado. Mis compañeros más que ligar molestan. Todo es tan mundano, vulgar, triste, lamentable. Ahora se dedican a hacerse fotos con las chicas que les agradan. Es ese momento de la noche en que no puedes seguir fingiendo que lo pasas bien, las visitas al baño ya no funcionan y el cubata es una excusa para no meterte las manos en los bolsillos y tumbarte en el suelo. La noche finaliza, son cerca de las seis y media y empiezan a cerrar. Las mujeres son pedazos de carne incapaces de coordinar bien su salivación. Una chica empieza a rondarme. No hay visto Amelie, no conoce a ningún grupo decente, no entiende mis bromas. Se me echa encima. Magreo. Fricción. Encienden las luces. No sé como actuar. Intercambio de teléfonos. No quiere que la acompañe a casa. Está claro que con la luz encendida he fracasado. A Mauri le hemos perdido. O está follando o le han metido una paliza. Su noche era de extremos. Nos vamos a casa en taxi. Cuando llego a mi habitación todo me da vueltas. Malas noticias: he sobrevivido.