Camino por Callao con los ojos cosidos en nieve. Nadie se
fija en mí, otro amanecer inmóvil de figuras de cera ¿Cómo me sueñan los
dioses, me tratan como una iglesia hueca y abandonada? No hay besos ni cruces,
solo el aliento gris del cemento mojado acercándose veloz para aplastarme. No
puedo. En este mismo segundo alguien muere, orgasma, dilata, defeca, sueña,
fracasa, resbala, duda, cae, siente un sabor metálico en la boca, deja un
mensaje de carmín en forma de risa desnutrida o vómito de carne.
Musa. Fetiche. Ofrenda. Basura. Cadáver. Si me dejas
anidar en tu mano me desvestiré de existencia y aire. Habitar no es vivir, penetrar
mis huecos no es poseerme. Encuentro sonrisas llenas de imperfección debajo del
edredón, un sótano sangriento que transforma a la niña en mujer, a la mujer en
loba esteparia. Trago trozos de bombilla que me oscurecen garganta abajo y me
hacen recordar. Me chupas. Me follas. Sucedo
debajo o encima de ti. Silencio. Me quedo ahí, semidesnuda de calor, tirada,
dormida como un feto, la inocencia diluyéndose entre mis piernas.
Emparedada en esta cárcel de piel y huesos, el
rascacielos de mi mente tiene forma de ataúd, de precipicio, las palabras
resuenan incomprensibles en mi nuca, pechos de flor y desorden, busco un ahora que las manillas del tiempo no
acuchillen con prisa, consumo y egoísmo. Vivo una verdad inexacta que me hace
feliz, como mucho, tres veces al año.
Olvido el poema. Un teléfono suena. El aire empieza a
sangrar.
Me llamo Lucilio y he
buceado en un día de mierda. Siempre me ha gustado comprar libros, como si
cierta enjundia intelectual fuera intrínseca en su compra. Pero últimamente me
siento perezoso para leer. Acumulo novedades mientras releo viejos clásicos -para mí- que
suenan bien cuando me emborracho. Y me emborracho a menudo. Sobre todo de noche.
Escancio más vino rancio mientras espero una llamada que no se va a producir. Y
el tiempo, esa vieja puta, cumple su cometido. Hubo una oportunidad, un resquicio
en esa verdad efímera que contiene la ficción de una broma, pero las dudas, la
no-importancia de algo inexistente han impedido el milagro. Que no es tal. Todo
es falso, barniz, solo hay que intentar disimular después del orgasmo. Y a
veces disimulamos tanto tiempo que la inercia nos empuja en la misma dirección.
Escribo, que es como vomitar pulcramente en el baño, y a veces cometo el error
de mirarme en el espejo. La imagen bosquejada fluye entre lo aborrecible y lo
tedioso, oscuras bolsas de depresión debajo de unos ojos de rata, la cara floja
y desgastada, disgustada por pertenecerme, nariz sin nariz y luego, por fin,
esas cejas hirsutas dominándolo todo desde arriba.
Quizá tendría que cambiar
de trabajo, de recuerdos, de vida. De momento he cambiado de compañía de
internet. Era una mujer, Paola, he conseguido sacarle una sonrisa no-comercial,
o eso me ha hecho creer. Luego he bajado a los subterráneos. Madrid arde como
un tronco podrido lleno de termitas, resplandor sonoro de jardín de infancia
lleno de niños cocainómanos. Esta ciudad apesta como un prostíbulo por la
mañana. Los gorriones no vuelan, caen muertos en brazos paralíticos mientras
los arboles barren el cielo con sus escobas marrones.
No hay mucho más. Al
llegar a casa he sido atacado a traición por una televisión encendida. Estaba a
un volumen insidioso y el mando a distancia había huido. Soy muy sensible, y
una sobreexposición a este engendro audiovisual más de dos minutos podría
hacerme caer en una espiral de violencia y locura que terminaría con mis
vecinos muertos y mi cabeza golpeando unas paredes acolchadas. Hay que evitarlo,
la última vez solo fueron familiares, pero ahora ya no queda espacio en el congelador para más carne. Toda mi iniciativa se difumina cuando aparece Ella en pantalla: un glorioso
vértigo de feminidad embutido en un escueto vestido azul, ofreciéndome amor y compañía
por unos míseros datos bancarios. Su pelo largo incendia el aire como azogue y converge
hasta un culo que es una oración en sí mismo, una puta metáfora religiosa. La
naturaleza es traicionera. Estoy tecleando el penúltimo dígito cuando, víctima de una extraña paradoja capitalista, me cortan la luz por impago. Estoy a salvo de mí
mismo. Observo como la luz de la farola se filtra por la persiana formando una
esvástica en mi cabeza. Dos moscas follan en el aire. Quizá la solución no sea
volver a las sensaciones uterinas a través de una vagina. Aunque el Amor
sea la respuesta, es el sexo quien plantea las preguntas más interesantes.
Las voces de mi cabeza me
distraen con sus aforismos de arcada, triunvirato de emociones degradadas,
profilácticos y Bloody Mary sin tabasco. La mente me empieza a colgar de una
forma extraña cuando aparece mi amiga Muerte –vestida de conejita Playboy- y
empieza a darme conversación:
Muerte: Eres un mamporrero
del teclado, no sé cómo te atreves a decir que Thomas Mann consideraba el
aburrimiento arte.
Lucilio: Me resulta
tan tedioso como el típico reencuentro entre amantes: “¿Me has echado de menos?
–Sí -¿Por qué? –Por las pequeñas cosas -¿Cuáles? –Ahora no recuerdo ninguna”
Muerte: Me gusta más las
frases de Bogart con Lauren Bacall: “Creo que me he enamorado de usted”
Lucilio: “Cuidado. A estas
horas de la noche no abofeteo demasiado bien”
Muerte: Creo que ya has
fallado usando esta idea antes.
Lucilio:A veces fracasar
es un éxito cuando eliges el momento adecuado para hacerlo.
La parca agita un dedo con obscenidad y desaparece.
Maldita puta. Me subo las
mantas al cuello. Mi falta de ideas ilumina débilmente el teclado con su luz
cenicienta mientras espero a que el tiempo, en su particular trasiego de
manecillas, se despida de mí como dos enamorados de estación, de esos que
tributan el poco amor que sienten a clichés parisinos pero que, al menos, no
echan la vista atrás cuando el tren los separa.
Me
llamo Mauricio y soy policía desde hace más de veinte años, un hombre con mayúsculas, con los cojones
como el toro de Osborne. Si hay que meter una paliza, ya sea dentro o fuera de casa,
soy el ejemplo a seguir. Mi mujer, ese animal de compañía que encharca las
bragas al pensar en su alcaldesa Ana Botella, es sobre el papel mi pareja
perfecta, lubricando su coño a mi antojo. Convivimos sin que las cosas terminen
de funcionar. Supongo que el único momento de pasión de su vida fue con su
amante, es una lástima que este desapareciera de repente y todas sus
entelequias se vieran frustradas. La pobre envió durante varios años cartas de
amor no correspondidas hasta que finalmente, resentida, se resignó a mi verga y
a mis lunas de hiel. Nunca sabrá que su Romeo, después de la paliza que le
metimos en comisaría y las dos noches que pasó con un par de violadores en el calabozo,
tenía sobradas razones para desaparecer y nunca atreverse a contestar sus
misivas. A veces leo alguna de ellas y me sobrecojo ante esa exultante fantasía
que hace presa de las mujeres:
“(…) Ganar o perder lo que
me humedece es el riesgo. Siento el clítoris tembloroso solo con recordar tu
voz. Esa voz penetrante, grave, borracha de vino y ansiedades que me penetraba
hasta lo más hondo. Soy un premio ya conquistado antes de que me bajes las
bragas. Te recuerdo marcando el camino con tu saliva, arrodillado, haciéndome
arder. Tu lengua agujereándome mientras tu nariz rozaba mi clítoris febril y
enfermo de tamaño. Esa música de fondo como si quisieras adoctrinarme mientras
te suplicaba, te imploraba, que me la metieras, que me follases, necesitando
que me compensaras todo el tiempo pedido. Sentirte caliente, duro, entrando en
mí, saborear el sabor de tu semen en un solo latido, sin sentido y sin final
mientras bebemos de nuestros orgasmos. Te amo y te amaré siempre, nos conocimos
con un beso de despedida, nunca te olvidaré”
Qué
bonito.
De
todas formas he descubierto que lo que realmente me gusta no es follarme a mi
esposa en la misma posición aburrida del misionero con el Cara Al Sol de fondo. No. Lo que realmente me gusta es que me
sodomicen, que me den por el culo. Pero no un puto homosexual, mierda, ojalá
mueran todos de alguna enfermedad más perfeccionada. Solo me dejo sodomizar por
una mujer. Podría ahorrar dinero y pedírselo a su esposa, pero en plena
menopausia eso erosionaría la poca lucidez que le queda. Por eso recurro a
Carla.
Carla
es majísima, una puta de alto postín, todo artificial: tetas, culo, labios…me
gusta sus preliminares cuando empieza a chuparme los huevos y va bajando.
Cuando me penetra con su consolador me humaniza, casi consigue por unos instantes que desaparezca esa necesidad de violencia que me provocan esos putos perroflautas de
Sol. Si tuviera algo de poder acabaría con todos esos gilipollas, esos
anarquistas okupas de mierda que ralentizan el buen devenir de ese maravilloso
país: España. Y que me dices de Cataluña…cada vez que veo las noticias se me
revuelve el estómago con todos esos independentistas, antipatriotas de mierda,
exigiendo derechos. Si pudiera me follaría a todas esas putas afrancesas y les
obligaría a chuparme el cimbrel en condiciones y en castellano. Me quedo con las
fachillas de Madrid: prepotentes, un poco idiotas, pero acostumbradas a bajarse
las bragas cuando es necesario.
A
veces pienso en chupar una polla mientras Carla me sodomiza, son extrañezas
pasajeras, fruto del stress del trabajo. No soy un jodido gay, no tengo
necesidad de ir al psiquiatra a medicarme. Solo tengo curiosidad. Por eso
compré aquellas revistas, con escenas de perros pasándolo bien. Se lo propuse a
Carla pero no era su campo. Me puso en contacto con Sandra.
Sandra
si lo hace, ella tiene su propio perro, es hermoso ver como se la folla Marcus,
su pastor alemán, con ese enorme falo. He pensado mucho en ello: lo que me
excita es la sumisión, la denigración de la mujer, me gusta cuando Marcus se
corre y la llena con esa enorme cantidad de semen y ella tiene que permanecer
quieta porque el glande del perro está totalmente inflamado y tiene que seguir
dentro de ella durante unos minutos hasta que por fin puede sacarla sin hacerse
daño. Me gusta ver como se la folla brutalmente mientras me la chupa. Una mera
esclava…menos que eso: un simple animal.
Pero
Sandra disfruta con ello, le gustan las emociones fuertes, desgraciadamente se
rompió la magia al darme cuenta de ello.
Quizá
sea un poco misógino, quizá debería dar un poco de libertad a mi hija. Pero cuando
vi ese condón no pude evitar darle una ostia, aún es muy joven para follar,
para vestir con esa ropa de puta. Joder, solo pido un poco de respeto en mi
propia casa. ¿Qué coño es eso de que necesito controlar mi ira? Alguna vez
rompo algo y tengo que tomar medidas disciplinarias para mantener el orden,
pero eso no es motivo para encerrarse en su habitación y poner esa puta música tan
deprimente.
Cuando
nos vino a ver ese asistente social del colegio diciendo esas tonterías de que
la niña no comía, me reí y empecé a limpiar mi arma reglamentaría H&K -rutina habitual en las sobremesas familiares-, ¿estamos locos? Mi hija es delgada
porque es su constitución, la veo comer todos los días, joder, en mi casa siempre
hay comida, para eso me mato a trabajar. Menudo gilipollas. Que no me lo cruce cuando voy de servicio porque
no sale de comisaria.
Al
final encontré a Regina, adicta al caballo, pobrecita, es duro para ella a sus treinta
y cuatro aparentar veinte años más y ver como su hija le hace la competencia en
la esquina de enfrente. He intentado hacer un trio con las dos pero no quieren.
Es cuestión de tiempo. De momento me conformo con el servicio gratuito que me ofrenda -previa amenaza- en el asiento de atrás de mi coche. Me gusta su boca, ahogarla con mi enorme polla llena de
postulas –a saber el motivo…- y ver como se derraman sus lágrimas de rimen,
como se retuerce cuando mis pequeños soldaditos pasan por su garganta. Este es
el puto paraíso: violar la boca de una puta. Soy ateo, no puedo aspirar a más.
Ahora
sin embargo estoy de mala ostia: han ingresado a mi hija. Dicen que pesa menos
de cuarenta kilos, el médico me lo recalca con tono desaprobador, como si
tuviera la culpa. Mi mujer llora desconsolada. La tienen entubada, con quince
años. Bueno, está claro que necesito liberar tensiones.
Vuelvo
con Esther, me gusta hablar con ella. Es una mujer grandota, tetas caídas,
pocos dientes, conserva ese talante vetusto de pueblo, esa risa sincera a pesar
del aliento perpetuo a semen rancio. Esta ajada, cuando miras a sus ojos
vislumbras una puerta entornada llamada esperanza, que va cerrándose
irremisiblemente sin ni siquiera la protesta de un portazo.
Me
cuenta sus experiencias, hoy la han pagado por comer la mierda de un tío y
dejar que le vomiten encima. Más tarde se lo ha encontrado en el supermercado
con su mujer y su hija pequeña. La felicidad de un matrimonio se basa en volcar
el vómito reprimido en ella, a veces literalmente.
Sabe
que tengo potencial para el sadismo, para romper los límites de la degradación
establecida. Pero es complicado, ya ha tenido sexo con animales, películas de
bondage, violaciones, reconstrucción de colon. Incluso su falta de dientes
mejora las felaciones. Ha hecho de la miseria sexual, de la barbarie, su razón
para vivir, su forma de definirse como individuo. Me mira inquisitiva,
esperanzada, pero ¿Qué puedo ofrecerle yo cuando golpearla es un simple
preliminar, un bostezo existencial, cuándo ha hecho del castigo sexual una
rutina?
No se
me pone dura y seguimos hablando. Me enseña fotos de un antiguo novio de su
juventud, me habla del pueblo, de su familia, de su primer aborto, me dice que
nunca la quisieron, que la prostitución es como la guerra: una excusa para
mostrarte como realmente eres, un animal. Dice que bebe demasiado, que su madre
murió el año pasado y no se atrevió a ir al entierro. Le hubiera gustado llevar
una vida normal y ser madre. Mierda, casi me enternece, no podré volver aquí.
Sería como escupir en un pozo seco. Me despido.
Ya es
de noche, Madrid está podrida por dentro. No me gustan las drogas, Franco no se
drogaba, pero la noche es larga. Voy al poblado de siempre, nadie se percata, la
policía es clientela fija. Me meto un par de rayas. La cocaína en vez de hacerme
hablar me pone introspectivo. La imagen de mi hija en el hospital, con ese tubo
en la boca, mirándome con odio cuando fui a verla… Joder, me he follado a
yonquis de su edad con más ganas de vivir que ella. Me siento un monstruo.
Me
meto otra raya, que extraño es este impulso que nos empuja a seguir a pesar de
todo. Bebo un trago de la petaca. Me gusta conducir borracho con la sirena a
toda leche, me encantaría ir a Sol o cualquier otro sitio, y en medio de una
manifestación romper la cabeza a algún perroflauta, sino fuera por las
denuncias, por esta mierda de democracia de pacotilla…
Es
curioso donde me ha llevado la vida con cuarenta y cuatro años. Yo quería ser
dentista, pero en algún momento se torció todo. Quizá no luché lo suficiente, o
quizá me dejé llevar por las circunstancias del momento, adaptándome para
sobrevivir. Genio o genocida, al final lo único importante es el presente. Saco
la nota de suicidio de aquella yonqui a la que encontramos muerta hace unos días:
“Explicar el suicidio en una nota
es una incoherencia, normalmente es un simple arrebato, la cuerda, el puente,
el gas, la pistola. Nadie da explicaciones de porque Mozart acabó en una fosa
común, de porque si tienes un gatillazo siento que la culpa es mía, de porque
elegimos no elegir y no abrir la puerta al superyó. Sé que hay gente que me
quiere…pero no me comprenden, y si no eres capaz de comprenderme no puedes
aceptarme. No sabes porque lloro cuando estoy sola, y por eso me siento sola en
tu compañía. Ya ni siquiera me siento viva con la música, cuando escribo, cuando
me masturbo…lo siento. Y te pido perdón porque sé que es cosa mía, mi
percepción, mi forma de enfocar las cosas, sé que no hay razón para quejarme,
que no tengo perspectiva…pero no puedo evitar sentirme así. Simplemente
sobrevivo. Podría ir al psicólogo, pero es como la fe ¿de qué serviría a un
ateo? Me enamoro sin pensar, de ojos gastados, sin brillo, que tienen miedo a
los espejos, coleccionistas de llamadas perdidas, de mails sin respuesta, a
rebufo de la funeraria. Así soy yo: complicada, caótica, inservible, de las que
se apoyan en la barra de algún bar, inmutable a invitaciones sórdidas o canciones
de amor porque esperan que la ginebra haga efecto para volver a aquel verano
donde sonaba esa canción y Él, por fin, me sacaba a bailar. La vida, como
siempre, tenía otros planes. Pero no quiero enmarcar ese viejo neón estropeado de
la nostalgia…solo pienso en la nieve…blanca, pura, apocalíptica, un réquiem de
luz que lo inunda todo sin dejar ninguna pista al enemigo. Y dejas tus huellas,
esperanzada en ese simple legado, mientras caminas ignorante hacia el Sol que
hará desaparecer todo detrás de ti. Pero conozco esa verdad, noto el frio tras
el cristal del segundero que marca la marcha fúnebre, y aunque hay cierta
ternura contenida en este epigrama separado por comas, no espero que mis
palabras sean un gran acontecimiento, todo es tan fugaz como los ojos verdes de
ese conductor de autobús que, sin interés, flirtea conmigo. Ya siento el
cansancio, el veneno circulando por mis venas, actuando, desatando ese instinto
atávico de supervivencia. Subo el volumen, rechazo la llamada, no hay nada por
lo que merezca la pena resistir…”
Llamo
a Silvia, le digo que tengo coca y caballo. Llego a su cuarto, está sembrado de
fotos suyas antes y después de la operación: antes era Silvio y tenía polla.
Ahora tiene una vagina de juguete. Lo bueno es que te la puedes follar sin
condón. Le gusta poner la música muy alta, creo que lo hace para joderme. Día
equivocado. La ato como siempre y empiezo a follármela sin preliminares, me
gusta el tacto de esta vagina de mentira, de virgen incapaz de lubricar. Le
duele y mi empatía me empuja a meterle sus bragas en la boca y aumentar el
ritmo. No consigo correrme y entonces saco la porra y empiezo a golpear esa cara
que tanta cirugía y hormonas ha necesitado. No destrozo nada hermoso, solo una
patética mentira.
La
sangre me salpica, es divertido, excitante, intercalo mis crueles penetraciones
con golpes en sus pechos de porcelana, en su rostro amorfo ya por las lesiones.
Le arranco un pezón para devolverle la conciencia. Necesito que siga despierta,
sus bragas están rojas de sangre y sufre espasmos. Me rio, la vida tiene
sentido: golpear, penetrar, matar. Soy un puto psicópata. Y sí: al final somos
los únicos supervivientes. Vivís en un mundo de horror. Welcome
Cierta ansiedad me impide dormir, pertenezco también a esa generación de cobardes, manchas en el sofá delante de un televisor, sin aprovechar la única oportunidad que tienen de vivir, encorchetados, pagando a gente para conseguir respuestas inútiles. Impotentes en todos los sentidos. Algunos jugamos con las palabras, como pequeños Príncipes sin Rosa. Masturbando mentes, sublimando la inmortalidad de un momento. Sofistas de la vida, tibios, ajenos, inermes, un libro que fascina por su portada, por el título...lo compras con ilusión, esperanza, necesidad. Lo acaricias en la bolsa regodeándote en la espera, anticipando el placer. Llegas a casa, lo desenvuelves y la desilusión amarga tu rostro: cientos de páginas en blanco. Hueco, vacío, sin orgasmo.
No hay árbitro. Juego inmortal, inmoral. Sin estrategia saltemos juntos los vulgares puentes indestructibles de Benedetti –nunca nos gustaron los lugares comunes- y aguardemos el fin que ya se fragua mientas caemos. Antes de las decepciones de la carne y del conocimiento intimo. Ahora vive el presente, saborea tu café, repasa tu agenda, revolotea por las paginas abiertas, controla la respiración. Estas radiante. Me pones cachondo. Pero sé que disfrutas con ello, sé que estas haciendo trampa y miras la extensión del texto, quieres sincronizar el final con el efecto de las endorfinas, quizá aun en pijama te acaricias distraídamente. Mójate, moja mis palabras, huele tu sexo, cierra los ojos y humedécete los dedos.
La única edad que enamora es la musicalidad de tu cerebro, banda sonora de nuestros encuentros coloreados de un carmesí oscuro; donde el silencio es solo cómplice de la necesidad, por fin, de mirarte a los ojos y penetrarte. Decir te quiero besando tu piel. Esa piel que habla de deseo furtivo, de todo aquello que ocurre cuando se quedan dormidas las palabras en el cielo de tu boca, susurros moribundos, una mente cercando a otra mente, buscando la bondad de los desconocidos en un latigazo de placer.
¿Qué necesitas de mí? Adoctríname. Soy una tabula rasa, sin deux ex machina que nos saque del aprieto. Solo tú puedes enseñarme. Empieza por algo sencillo como enseñarme a vivir. A follarte. A abrazarte, enamorarte, amarte, besarte, masturbarte, abrigarte, a acariciar tu cuerpo como conquistador e irme colonizado, a crearte necesidad de mí, a follarme a otras pensando en ti, a no preguntar donde has aprendido a hacer eso, a follarte la boca mientras tengo el resto de tus agujeros llenos de mí.
El demiurgo se masturba, sintiéndose poderoso entre líneas. No es lo mismo amar que una dependencia de tintes esquizoides. Lo demás te sonará.
(...)
Escribo mi llamada de atención desde una sala acolchada e impolutamente blanca donde me golpeo la cabeza provocando campanadas de boda, una lluvia de esperma, como el arroz que lanzan a los recién casados, una segunda oportunidad para reconciliarme con las palabras. Buscando su química, esa estructura que solo Syd intuye. La ebriedad es un atajo, un sueño dirigido.
Nirvana sonando en el campo de concentración. Si quieres crear algo decente dedica cuatro horas a leer y a escribir. Como alternativa hazte un blog, una puta endogamia de mediocres, un concurso de feladoras ansiosas por recibir el grumoso premio en la cara. El deporte como nueva religión, me pides que me case contigo y asiento: mi vasectomía me protege. Sigo disimulando, compro un arma como seguro ante la vida normal. Anoto en un cuaderno toda la ficción que me rodea con letra que nadie entiende
Reuniones de alcohólicos anónimos a las que acudo borracho sin que nadie se atreva a romper mi silencio. Reventar la cabeza a una figura religiosa en unas prácticas de tiro tiene algo de epifanía espiritual. Arrancar piercing de pezones erectos no tiene el mismo efecto en mi psique.
Libros sobrevalorados como “El guardián entre el centeno” formando una enorme pira funeraria nazi. Provocando odio intenso. Los putos patos murieron, no había necesidad de explicarlo todo…
Katanas y universos paralelos. Bin Laden esta vivo, tomando té de forma entrañable. No entiende nada, ¿aviones? No le gusta volar. Vive mejor que nunca, a pesar del aislamiento de por vida, subvencionado por sus amigos americanos. Mientras el mercado de putas siga fluyendo se pueden meter el Corán por el orto.
Hume justificaba nuestra alma apoyándose solo en la memoria. Si esta página tuviera percepción de si misma convertiría un porcentaje muy escueto de mi mismo en inmortal. Un diccionario de sinónimos mientras escribes es como decir “Te amo” cuando te masturbas.
La vida pudriéndose a tus pies como un colapso de publicidad. Una Amelie violada que, en última instancia, disfruta y lubrica en esa puta carnicería de sentimientos. Romper a llorar cuando la realidad explota en tu cara silueteada.
¿Es demasiado tarde para todo? Esa mezcla de rojo y azul que invade mi cerebro de madrugada. Ensimismado me escindo del teclado. Invento tu olor, lo guardo en esta hoja en blanco…no tenemos fotografías pero sí muchas botellas vacías impidiéndome la salida. No me hagas pensar en tu cama.
Desflorando la nada que nos separa con masoquismo emocional. Los dos necesitamos algo trascendente e imposible, no solo una necesidad física desubicada…no sirve que solo te enamores de mi forma de escribir. No me pidas más, esto termina aqui