Recuerdo como te vi entrar en el sanatorio. Apestabas, seguro. Tú no
me viste, y si lo hiciste ni me di cuenta. ¿Me recuerdas? Sentada al borde de
la ventana, la de la esquina. A dos manos; una sujetaba un cigarro, la otra la
poca cordura que se me derramaba entre caladas. El tabaco siempre me ha
colocado de una forma especial.
Desapareciste durante dos días. A saber qué te hicieron esas bestias
de lógica blanca. El tercero, no sería ni media mañana, volví a verte. Ojeroso,
pero aquí todos estamos ojerosos, con marcas en las muñecas, como las mías.
Aquí todos intentamos suicidarnos. Yo seguía en mi ventana. Entonces me
reconociste. Sí, claro que me reconociste y no te acercaste, aquí tú eras el
más cobarde. El cielo siempre está plomizo, no puede ser más hermoso, la
degradación de abismos entre dos aguas invertidas. Pero no te acercaste, sólo
sujetabas la botella. Tu botella.
Imagina el espacio que nos rodeaba, un desierto lívido sin más tinte
que el rojo de tu vino y el verde de mis ojos. Se te veía tan pequeño, mi
decadente ninfómano, tan frágil... Aquí todos somos putas rotas.
Compartimos aquella distancia galáctica durante ¿una, dos horas? y
luego, bajo el silencio esquizo, me digné a acercarme, lenta, puede que incluso
temerosa, a ti. Creo que hacía tiempo que no tenías tan cerca un rostro
adolescente. Se te notaba porque tus pupilas se dilataban sangrantes. Y estaba
tan cerca, mi boca de tu boca, que te hincabas violentamente en la botella.
Entonces me arrodillé a la altura de tus rodillas, también creo que pensaste
que iba a mamártela (te sobrecogiste), pero no. Cogí tus manos y les di la
vuelta, quería ver los vestigios, tus caminos extraviados. Y apoyé mi cabeza en
ellos, aún no habían cerrado sus bocas. Y como buen cobarde, te quedaste ahí,
quieto. Me estabas manchando de sangre. Tu muerte se corría en mis mejillas.
Pero se nos acababa. Tú no lo sabías, yo sí. Incorporé mi lengua hasta
tu garganta, hasta tu oído. Iba a sisearte algo, pero se me olvidó. Había empezado. Mi cuerpo estaba muriendo en humo, y tus cicatrices supuraban vino. Y
nos deshicimos en los vicios del alma, lenta y desoladamente.
Échale la culpa al alma.
Échale la culpa al alma.
