Tengo tortícolis, podría insinuar que es debido a grandes
proezas sexuales, pero hace tiempo que solo penetro el hueco de mi mano. Se ha
estropeado mi PlayStation 3 y el calentador de gas el mismo día, no hace falta atar a la rata o pensar que La ruta nos aportó otro paso natural para darse cuenta del karma palindrómico que auspicia estas
dos tragedias.
Un día de luto: Lucia Etxebarria nos deja. No se muere,
simplemente deja de escribir. Me encantaban sus historias de lesbianitas
drogadictas, pobre generación perdida que tiene que reivindicar a las mujeres
sexualmente activas. También me gustó mucho las edades de Lulú. Ah no, perdón,
que ese es de otra. Y mientras pasan todas estas cosas importantes recuerdo cuantas
veces me ha sorprendido el aburrimiento este año en mitad de uno de estos
libracos laureados por la crítica, y he pensado “Joder, he leído blogs que
tienen más talento en un solo post” Y es así.
Y la gente luchando por (auto)editar sus libros, con ese éxito que se mide, según Machado, haciendo el camino al andar y no por las pueriles matemáticas de ventas (autoengaño). Nada más lejos de lo aquí se cuenta mis queridos contertulios, mi falta de ambición me salva de llorar por mi falta de talento. A lo sumo, mi ambición es la imagen de tu coño –ese abismo que todo lo resume- mientras cojo el impulso necesario para poder atravesar esta pared de realidad y poder perderme al otro lado.
Y la gente luchando por (auto)editar sus libros, con ese éxito que se mide, según Machado, haciendo el camino al andar y no por las pueriles matemáticas de ventas (autoengaño). Nada más lejos de lo aquí se cuenta mis queridos contertulios, mi falta de ambición me salva de llorar por mi falta de talento. A lo sumo, mi ambición es la imagen de tu coño –ese abismo que todo lo resume- mientras cojo el impulso necesario para poder atravesar esta pared de realidad y poder perderme al otro lado.
Pero bueno, a lo que íbamos: hoy quería hablar de mi
amigo Claudio. El señor Claudio nunca quiere quedar los sábados porque tiene
una cita con su ex. Una metáfora digital claro, porque Nuria, que es como se
llama la susodicha, hace dos años y medio que no tiene presencia en su vida.
¿Cuál es el misterio entonces? Nuestro querido protagonista me hizo caso. Había
conocido a Nuria en nochevieja seis meses antes. De alguna forma inexplicable habíamos
conseguido sacar su fofo cuerpo lejos de su Sancta Sanctorum, esa puta arcadia
de ludopatía, y habíamos conseguido que bebiera algo. De pronto ella
apareció. No recuerdo mucho más de esa
noche, seguramente hubo drogas y el ponche era verde por razones ajenas a los
ingredientes habituales. Y ahí teníamos el milagro ante nuestros ojos en forma de pareja disfuncional. Pero era
cuestión de tiempo. Cuando Claudio, mi querido analfabeto sentimental, se
deshizo en lágrimas confesándome que hacía un mes que no conseguía llevarla a
la cama sonaron los clarines del fin. Era normal, claro, era un despropósito de
persona, además de un simple dependiente y Nuria, esa niña pija, arquitecta ya
graduada y con dos master, clasista hasta el aborrecimiento, no podía
humedecerse al pensar en formar una familia con un mileurista con ojeras de
parado.
Naturalmente le di mi mejor consejo: GRÁBALA FOLLANDO
ahora que aun puedes. Ya está todo perdido, pero esa cinta te consolará el día
de mañana, enfócalo como esa escena de American Psyco.
Claro que podría haberle animado a hacer cambios en su
vida, un nuevo empleo de traje y corbata sería un buen comienzo. Pero quería
conservar a mi amigo tal y como era, no quería verle sometido como un puto
calzonazos.
Además yo también disponía de mi pequeña colección de ex
digitales. Claro, antes eran meras instantáneas, un polvete en la oscuridad con
sombras verdes. Pero, oh amigos, la tecnología avanza, y siempre es el sexo
quien acucia el progreso. Internet es un buen ejemplo: tanto ancho de banda,
tanta fluidez en el streaming y al final todo es gracias a esas páginas
pornográficas pidiendo números de tarjeta. Cuantas videocámaras se han comprado
con la ingenua idea femenina de inmortalizar unas vacaciones y se han
convertido en un instrumento del porno amateur.
Tengo buen material, recuerdo brevemente a mi ex
haciéndome una felación, algunas fotos, videos de Skype “Sí, tranquila, los he borrado” Siempre he dicho que los recuerdos
son el idioma de los sentimientos, ¿y qué mejor recuerdo que tu cara recorrida
por el latigazo caliente de mi semen, como una lluvia lenta e inmisericorde?
Pues eso, que después de estos argumentos Claudio, ese
gran…
Mi compañero de piso vuelve a interrumpirme por tercera vez
mientras maltrato esta página en blanco. No tengo más remedio que rebanarle el
cuello y cortar, cortar, cortar. Tengo mucho trabajo, ojala tuviera perros para
poder echar los restos. Pero no pasa nada, tengo práctica y muchas bolsas de
basura. Maldito gordo cabrón.
Su teléfono suena en una de las bolsas. Debe de ser su nueva
novia, cumple años mañana. Tendré que encargarme de ella más tarde.
Como iba diciendo le convencí para grabarla.
Fue un éxito. Naturalmente la idea era robarle la
grabación y hacer una copia sin que se percatara. Hicimos el estreno en mi casa como si fuera la
última de Tarantino.
Fue decepcionante. No sabría decir que era lo peor. Supongo
que el problema de Claudio, aparte de su enorme culo, es que sucedía todo
demasiado rápido, ¿Recordáis cuando vuestro novio perdió la virginidad con
vosotras y aquello duró unos segundos? Pues algo así. Joder, no me extraña que
la chica no lubricase, ¿para qué? Ese halo de frigidez que siempre la colapsaba
el gesto era simple ineptitud de su partenaire. Huye dulce gacela, huye…
Todo siguió su curso. Ella le abandono por otro –no se
suele abandonar por la soledad-, y él, dos años y medio después, sigue sin vida
social los sábados, sacudiéndosela como un mono del zoo viendo esos cuatro
minutos de cinta girar una y otra vez, en un bucle infinito, como el final de
Rayuela.
El caso es que me sentí algo responsable, era ya
demasiado tiempo. Fui a verle.
Rorschach: Joder, Claudio, tienes que olvidarla, tienes que romper
esa cinta, todas las copias, coño, que te pones la grabación de audio para
dormir. Tienes que parar.
Claudio: -Mutismo-
Rorschach: Es enfermizo, tiene algo de “Días Extraños” Hay que
dejar las cosas irse… Joder, ¡ni siquiera la chupaba bien!
Claudio: ¿...eso como lo sabes?
Lo había intentado.
De todas formas Claudio nunca estuvo bien. Era algo gordito
y la gente se acostumbró a meterse con él. Cada vez se fue encerrando más y más
en sí mismo. Se convirtió en un mal estudiante, tenía miedo a las mujeres,
pocos amigos. Repetía y repetía cursos. Faltaba a clase porque le daba
vergüenza ir, cuando alguien le decía algo mentía diciendo que estaba en la
universidad. Al final se sacó el bachillerato en un instituto nocturno pero,
¿Dónde volcó toda esa energía vital? En la masturbación compulsiva y los
videojuegos.
Hay personas más inteligentes que saben sublimar ese sufrimiento
adolescente de formas menos excluyentes, tardes de bibliotecas como Bukowski,
una guitarra, un grupo, los típicos intelectuales gafapasta que sueñan con
dominar el mundo, noches de alcohol donde a veces consigues aprehender algún
minuto de gloria, leve pero cálido, pero que mesura la congoja de SER. Pero él,
mediocre en todo, simplemente se encerró en casa a jugar. Un medio controlado
donde pudiera ser el héroe, el triunfador, alcanzar la perfección con cada
nuevo reto sin que la sombra del fracaso le amedrentase. Un objetivo, una
victoria. Enfocó en esa pasión toda su supervivencia, midiendo el tiempo en
juegos superados, en esa compulsiva adicción que, sin embargo, le hace feliz.
Sin preguntas, sin responsabilidad, sin sentir la decrepitud física, sin
sentirse al borde del abismo, sin dolor. Un drogadicto, un yonqui que mientras
mantenga una higiene aparente y su trabajo nadie señalará con el dedo. Ha
conseguido con esa capacidad de escapismo ser autosuficiente.
¿Quiénes somos los demás para juzgar como hay que usar la
vida? Al final los anhelos te hacen sufrir. Tampoco somos grandes ejemplos,
nuestro quietismo es estremecedor. Veo a mi alrededor gente que solo sabe
trabajar, que vive odiando su vida. No hablemos de las parejas, culmen del
maltrato psicológico. Todos sienten ese miedo agarrotándoles la existencia y se
dejan absorber por sus rutinas. Sí, claro, viven otras experiencias, se
enriquecen, se masturban en esa complacencia que es la autorrealización
personal. Pero, ¿al final les sirve de algo?
Los sueños joder, eso es lo verdaderamente importante. Me
es indiferente del tipo que sean. Pero para mí alguien perfectamente integrado
en la sociedad, con su coche, su casa, su mujer almidonada, y sus dos niños,
todo ese éxito, no me vale de nada si lo que realmente quiere hacer es…no sé,
escribir un libro, subir al Everest, ser actor porno, romper un record Guinness.
O simplemente estar solo.
Para mi subyace el mismo tipo de fracaso, porque Claudio es
una víctima de sí mismo, alguien débil. Pero los demás integrados en su
soberbia social no se dan cuenta que tampoco han luchado por su propia esencia,
por su propia integridad personal. Se dejan llevar mecidos por el canto de
sirenas de los centros comerciales a una vida sin vida.
Mierda, mierda negra que utilizo para escribir este
párrafo. Tengo mucho miedo. Miedo al horizonte. Porque las crisis existenciales
ni siquiera son una pregunta, es la muerte objetiva y real de las
oportunidades, es la perdida de la inocencia en base a la repetición de una
traición consumada, es la decrepitud que empieza con una arruga, la alopecia,
unos kilos de más, un gatillazo, con un sentimiento de estar fuera de lugar,
con un “da igual”, con una mentira el día de tu cumpleaños.
Y en esta carrera de relevos que es tu vida, tu yo más
joven te mira aborrecido mientras tu yo más viejo te insta a seguir adelante,
ya sin público en las gradas, pidiéndote con la mirada que acabes lo antes
posible con todo.
¿Encontraría a
Marla?
