Me duele la cabeza. Tomo dos pastillas más. Termina esa película
de los ochenta y pienso que Ferris Bueller es tan real como Tyler Durden, es
decir, una fuga psicótica del protagonista, eso explicaría su comportamiento
violento, aunque no se puede comparar un Ferrari destrozado a varios edificios explosionando
mientras los Pixies crean un momento romántico. La hermana de Ferris es
Jennifer Grey, la protagonista de Dirty Dancing, mujer altamente follable.
Estoy nervioso, ya noto el petricor acercándose, los
arcos blancos reclamando el cielo. Ese jodido accidente de coche tan estúpido,
la imagen de mi masa encefálica sobre el salpicadero... Sobreviviendo con una
placa de metal en la sien y un pedazo de la piel del culo cubriéndola. A veces
me duele tanto que me arranco el cabello y la piel con las uñas, escarbando
incluso en sueños, intentando derretir la parte metálica con los dedos, como si
aún tuviera que desalojar una parte más grande del cerebro para poder vivir en
paz.
Suelo ser bastante calmado, algo lento, tardo quizás. Pero
la tengo a ella, conseguí casarme con ella a pesar de todo. Son las malditas
noches de tormenta las que convierten todo en mierda. Empieza con una leve
migraña, luego ese pitido. Intento taparlo con la televisión, subiendo el
volumen a todos esos telepredicadores que piden más y más dinero para comprar una
tregua para sus creyentes. Pero como no tengo dinero me agarro la polla como si
fuera una zarza ardiente y rezo delante de la ventana como si todavía estuviera
sangrando en ese coche.
El orgasmo me convierte en un glacial rompiéndose,
derritiéndose en copos de nieve sucia que el mar limpia de significado. Pero luego
todo es peor, vuelvo en mí más vacío que antes, con esos meandros blancos
ensuciándome la mano. Y pienso que el sexo para las mujeres es un simple
disfraz conceptual, maquillaje vital, una peluca rubia. Para mí la peluca solo
es algo donde limpiarme cuando acabo.
Tomo dos pastillas más.
La tormenta está sobre mi cabeza. Todo se nubla. Tengo la misma sensación que cuando era pequeño y quemaba el hormiguero, como
si esa fuera la única forma de acercarme a dios. Noto un sabor agrio subiendo por
la garganta, golpeo la pared con el puño. Quiero alejarme de ella, pero el suelo es
cemento húmedo. Hay ecos de gritos, las cosas me ciegan como si me estuvieran arrancando los párpados y el mundo se doblara hacía atrás. Solo quiero acabar con el pitido, y esos
gritos, esos condenados gritos. Aprieto y aprieto hasta que el estertor es
silencio.
Me despierto de golpe. La tormenta ha pasado. Siento el
peso de tu cuerpo sobre la cama, pero no quiero mirar, no quiero saber. Intento no pensar en nada, pero no puedo evitar recordar como ayer me decías, justo aquí, que
deberíamos mudarnos al desierto, allí nunca llueve -añadías-, y el amor... el amor nunca se seca.
Psiquiatra Rorschach:
¿Ha escrito algo en su diario como le pedí?
Conejo Agapito: No, lo
siento. La verdad es que envidio a todos esos conejos que consideran escribir
un placer casi vocacional. Ya sabe cómo soy, no siento pasión por las cosas,
cuando escribo lo hago más que nada por aburrimiento. Ojala tuviera la misma
constancia que Masanobu Sato, el campeón mundial de masturbación.
Rorschach: Creo que divagas
demasiado, ¿tienes algún plan para las próximas semanas?
Agapito: Las cosas no me
están yendo demasiado bien, este mes he administrado mal el dinero y me queda
lo justo para comprar esas zanahorias de saldo, las que son pequeñas e
insípidas. Últimamente todo me decepciona. Como el E3 y la conferencia de Nintendo. El único plan es ir al cumpleaños de una compañera de trabajo, me invitó el domingo.
Rorschach: Es un avance,
usted siempre me dice que esa barriga fláccida que sirve de protección a su
entrepierna le impide tener vida social. Pues ahí tiene: un grupo de conejitas
deseosas de su compañía.
Agapito: No me
malinterprete, ya sabemos que la carne llama a la carne, que estamos sobreexpuestos
a la publicidad y sus cánones. Pero la belleza también puede ser subjetiva, hay
conejitas que con el paso del tiempo te emocionan, ves más allá, te acostumbras
a su físico, te atraen, te excitan, silban en tu interior y te la ponen dura. Pero
me temo que con las conejitas de mi trabajo no ha sucedido, me resultan
bastante insustanciales. Una lástima.
Por otra parte creo que el sexo está sobrevalorado, toda
esa gente tan obsesionada que no para de hablar, presumir, escribir en los
blogs sobre ello, simplemente no follan lo suficiente, o quizás no saben follar
o no les follan bien. El sentido común indica que el único escenario adecuado
para escribir sobre sexo sería con los labios de una joven conejita sobre tu
miembro.
Rorschach: Le noto
triste…
Agapito: Hay frases notoriamente
utilizadas por conejitas que crispan, “No
es por ti, es por mí” es una de ellas, ¿qué cojones es eso de que no es el
momento adecuado -cito como ejemplo- para empezar una relación? Si algo sé de
las conejitas es que viven es un embudo romántico, una especie de stand by permanente. Ya pueden estar
casadas y con dos niños, o llevar nueve años de relación y planes en común, que como la pasión se meta en sus bragas,
perdón, en sus corazoños, se
convertirán de pronto en Anna Bovary,
el típico personaje de telefilme barato, y se arrojaran sin pudor en pos del
amor verdadero sin ningún tipo de escrúpulos.
Aunque todo mengue con la edad y las malas experiencias,
no deja de ser una frase idiota para no reconocer que no despiertan en ti esa clase de pasión. Todo esta perorata viene motivada, si no resulta
evidente ya, porque he sido rechazado como posibilidad,
antes incluso de lograr meterme en su cama.
Rorschach: Eso es
doloroso sin duda, pero, ¿estaba usted enamorado?
Agapito: No, claro que no,
aquí tengo que dar la razón a los literatos del sexo: antes de eso hay que salivar su coño, besarla, penetrarla, arañarla, morderla, follarla hasta que la realidad de su cuerpo desnudo sea la única verdad que sobresale por encima de nuestras imposturas. Dicho lo cual, me gustaría pedirle un favor. Llevo acudiendo a sus sesiones
más de dos años, supongo que ya más por inercia que por tener alguna esperanza
en los resultados. En cualquier caso habrá notado que este tipo de cosas,
estos desgarros sentimentales, tienen un efecto muy negativo en mi estado
emocional…
Rorschach: Bueno, sí, es normal, pero me gustaría indicarle que a usted le gusta quejarse demasiado…
Agapito: Eso es
irrelevante. Lo que quiero pedirle es que me facilite algún contacto, usted
atiende a muchas conejitas. Ya sabe mis gustos, no soy nada exigente. No necesito
una enciclopedia con falda ni grandes alardes, solo alguien tranquilo, sin
demasiados problemas, que tenga sentido del humor. No se lo pediría sino
pensara que estoy en un momento de mi vida en que un poco de compañía y pasión harían
evitable que cayera en, como diría Cioran, las cumbres de la desesperación.
Rorschach: Le entiendo
perfectamente, pero ya conoce los pormenores del código deontológico de mi
profesión. Sin embargo, dado que me cae usted simpático (y que ya se han suicidado tres de mis pacientes esta semana) le puedo
permitir poner un anuncio con su mail en esa pared, junto a mis diplomas y el
cuadro de Freud. Será muy visible, si alguna está interesada solo tiene que
escribirle, ¿le parece conveniente?
Agapito: Espere que lo
escribo: “Conejita de Madrid dispuesta a
conocer conejo, mande foto en bikini, o grabación de voz a este mail, tomo mi medicación
regularmente y me gusta la ópera”
Rorschach: Le deseo
suerte. Por cierto, como no suelo prestarle mucha atención me he puesto a ver
videos en YouTube de Masanobu Sato, una de las pocas personas vivas a la que,
al igual que usted, proceso una admiración inquebrantable. Me gustaría, como
final para esta sesión, ver juntos algún video suyo.
Agapito: De acuerdo, gente
así es la que mueve el mundo, la que impide con su ejemplo de ambición y
superación, que perdamos la esperanza…
Carlos.
Soy escritor, bueno, eso es lo que digo. Realmente
trabajo en un matadero. No es un mal trabajo, solo tienes que ignorar el olor,
la sangre, las articulaciones agarrotadas por el frío.
Me metí un poco por
casualidad, uno más de los trabajos basura que te permiten vivir al día y
recoger algo de experiencia Bukowskiana. Llevo ya más de cinco años. Al
principio me reía de mis compañeros más talluditos. Ahora, tal y como están las
cosas, ni siquiera me planteo la posibilidad de irme. No llegué a terminar la
carrera de filología y lo que me ofrecen ahí afuera son trabajos de
teleoperador, lo más bajo de la escala, o vendedor.
Pero no me gusta hablar, no
consigo nunca encontrar las palabras adecuadas a tiempo, como si mi cerebro
fuera a una velocidad distinta. Quise convencer a mi mujer para que no me
abandonase, pero las palabras no fluyeron, luego sí, de noche, frente al
ordenador, páginas y páginas repletas de ellas. Pero en ese momento, cuando me
lo dijo, cuando estaba haciendo las maletas, cuando me anunció que dormiría en
casa de sus padres y que su hermana pasaría a recoger el resto de sus cosas,
ahí, nada. Ni una sola.
Tampoco hablo demasiado con la gente del trabajo, solo lugares
comunes, fútbol, chanzas. Con mi padre -todos los domingos quedamos para comer-
sucede algo parecido. Mis amigos ya se han acostumbrado a mi carácter, me dejan
por imposible, como un voto en blanco que se suma en las discusiones a la
mayoría simple. A veces tengo la sensación de que mis palabras se suicidan
antes de llegar a mi garganta.
Ahora, de madrugada, la casa reverbera con los recuerdos
de tiempos mejores. Una bonita frase. Pero es falsa, es la soledad quien habla.
No estaba enamorado de mi esposa. Podría contar una historia sórdida, digna del
mejor telefilme de televisión, en ella nos amamos locamente, se queda
embarazada, perdemos al niño en un accidente y me sumerjo en una espiral
decadente de alcohol y drogas. Pero no, el fracaso real es vulgar, son pequeños
detalles amontonándose. Es el tiempo, como marca de agua de ceniza gris, quien
te señala la cuota vacía de logros, quien te provoca la sensación de
estancamiento y desconcierto.
No, no amaba a Erika, al menos como ella necesitaba. Ella
a mí sí, de esa forma extraña que tienen las mujeres de amar los imposibles, a
quienes no las merecen.
Hasta que aparece otra persona, armada simplemente con una
palabra amable y una sonrisa de ojos verdes, que se percata cuando cambias de
peinado, que te invita a tomar una copa después del trabajo si te nota más
triste lo habitual, o que simplemente te pregunta cómo estás. Son gestos
sencillos, pero que se olvidan muchas veces en la rutina de la convivencia.
Luego todo cobra entidad, sentido, se empieza a hablar de amor, de hijos. Y el
ciclo comienza de nuevo hasta que todo se vuelve a ir a la mierda. O quizás no,
quizás está vez sea la definitiva y, como los viejecitos de Up, terminen juntos, canosos y
arrugados, aunque solo sea en un álbum de fotografías.
¿Qué podría reprocharle? Mi vida se resume en ir al
trabajo, volver -al menos una parte de mí-, comprar unas botellas de cerveza y
fumar algo de hachís. Y luego, ya de noche, antes de acostarme, esperar.
Esperar a que lleguen las palabras adecuadas, nada inmortal, ya perdí ese
barco. Solo palabras que me indiquen la salida de emergencia, un atajo que me libere
durante unas horas del principal problema de mi vida: YO.
Enrique.
Mis primeras relaciones sexuales fueron bastante
normales, los toqueteos habituales por encima de la ropa y luego,
progresivamente, alguna felación –más dolorosa que placentera-, pasando por el
típico polvo adolescente en el asiento de atrás de mi coche, donde todo solía
ser corto e incómodo, hasta el final fastuoso del hotel, que se veía mermado
por la rigidez y nerviosismo de la novia del momento. Por eso, cuando conocí a
Susana, era jodidamente inexperto. Me la encontré en una fiesta en un local a
la que no había sido invitada, de hecho no conocía a nadie. Según me confesó se
había colado porque no tenía ningún plan aquella noche y pensó que nadie lo iba
a notar. Fue un flechazo, tenía algo que me enloqueció nada más verla. Por eso,
cuando quisieron echarla, intercedí por ella. Esa fue la excusa. Del resto de
la noche no recuerdo gran cosa, solo sé que terminamos en un hostal follando y
las agujetas que recibimos con una sonrisa al día siguiente.
Siempre recordaré sus felaciones, eran brutales, mi polla
desaparecía en su boca como en un hermoso truco de prestidigitador, me follaba
con la lengua mientras sus manos me acariciaban dentro y fuera con una sabiduría
incontestable. Era algo increíble, intenso, me corría de forma tan salvaje sobre
su cuerpo incandescente que creía morirme. No tenía tabús de ninguna clase, le
gusta el sexo anal, le excitaba quitarse las bragas en cualquier local y que la
acariciase delante de todos, era terriblemente morbosa, necesitaba llevar
siempre la ropa más provocativa que pudiera encontrar, necesitaba que la
poseyera en cualquier situación, como si dejarme su marca en el cuello o en la
espalda fuera una prueba de la fe en nuestro amor.
No obstante discutíamos a menudo, la decía que se
denigraba con esa actitud, que tenía que cambiar, que me estaba dejando en
evidencia. Pero el problema era mío, era un imbécil inseguro, católico para más
inri, ella, simplemente, era demasiado para mí.
La ruptura era inevitable. Es curioso, no recuerdo el
motivo que desencadenó las palabras finales, llenas de gritos e insultos, no
podría ser de otro modo, pero si el estúpido sentimiento de alivio que sentí
cuando todo terminó. Nunca podría imaginar que, una década después, todavía
seguiría sintiendo nostalgia por esos meses que pasé junto a ella.
Ahora estoy felizmente casado, mi pareja duerme, una
chica católica, dulce, discreta, la madre de mis futuros hijos. Sin discusión.
Pero una puta frígida en la cama. Ni siquiera me deja darle por el culo. Por
eso, en noches como esta, me dedico a masturbarme viendo videos en el ordenador
en vez de quedarme junto a ella en la cama.
Al principio buscaba vídeos sórdidos de jovencitas, con
un parecido inconsciente a Susana. Luego mis preferencias fueron cambiando, inclinándose
hacía videos de transexuales. Hay películas con un guión bastante destacable:
un matrimonio contrata los servicios de uno de ellos, esté aparece y enseguida
trascurren las escenas, la esposa saca una caja de juguetes llena de consoladores,
arneses, mordazas. Mi escena favorita es cuando el transexual, con unos pechos
gigantescos, empieza a sodomizar al marido mientras su esposa le chupa la
polla.
A veces me siento extraño, sucio, con ganas de borrar
todo este material del disco duro. Pero sé que solo es un poso religioso, dura
poco, no me puedo engañar a mí mismo. MI esposa ya no me excita, casi resulta
un trabajo follármela a pesar de lo mucho que se cuida, yendo al gimnasio,
manteniendo ese cuerpo escultural que tanto envidian los demás.
Me gustaría compartir mis filias con una mujer, que me permitiera
follarme su boca, agarrarle del pelo con brutalidad mientras empujo hasta el
fondo de su garganta, sentir las contracciones de su arcada mientras la llamo
puta. Que me follase con un consolador, que me obligara a lamer mi semen del
suelo, o de sus botas.
Últimamente ojeo la sección de contactos del ABC. Cada
vez es más tentador, a fin de cuentas, solo se vive una vez.
Andrés.
No creo en la causalidad, al menos como explicación
literal para todo. No creo que mi incapacidad social, el hecho de haberme
abandonado tanto hasta rozar la obesidad mórbida, solo sea causa de que una
chica en el colegio me llamara gordo, o que hubiera un grupito de indeseables
que me hiciera la vida imposible. Claro que eso te marca, te hace más inseguro,
suspicaz, con más necesidad de ser aceptado. Pero puedes luchar contra ello. El
hecho de ser una persona de carácter débil no debería convertirse en una excusa
sempiterna en tu conversación.
En cualquier caso soy consciente de mi problema, sé que
estoy obsesionado con los videojuegos, que dedicar todo mi tiempo libre a ellos
no es sano. Pero no pienso dejar de hacerlo. No creo que esta adicción me esté
impidiendo vivir, al revés, es lo único que me hace levantarme por las mañanas,
que cubre los días con una pátina de ilusión.
A fin de cuentas el resto de mi vida es un erial, nunca
tuve figura paterna, ni amigos, solo me muestro sociable a través de espacios
de la red anónimos, como foros o chats. Tampoco he sido mitómano, nadie ha conseguido
despertar mi admiración, excepto, claro está, mi querido Daigo.
Aún sigo viviendo con mi madre, una mujer ya muy mayor, y
trabajo en el Cash Converters, un trabajo abominable en tiempos de crisis.
Llevo ya siete años allí de dependiente, nunca han confiado en mí para puestos
de mayor responsabilidad. Lo prefiero así, un túnel sin salida en el que gastar
ocho horas a jornada partida antes de volver al ensueño de mis juegos. Estoy
acostumbrado a no conseguir ni siquiera una pequeña victoria, a no destacar,
mis sueños, cuando los tuve, se han convirtieron en papel mojado, en llamadas a
números que ya no existen.
Pero a pesar de vivir resignado, de pasar todo mi ocio
delante de un monitor, solo, tampoco me engaño sobre el paso del tiempo, sobre
mi legado, porque, ¿qué esperan los demás cuando hablan de legado? ¿Arte? ¿Hijos? ¿Una rúbrica en los archivos de una empresa
donde se lista beneficios, nóminas y clientes? ¿Las estrías en el corazón o en
la vagina de una mujer? ¿Fama? ¿Redención? Solo somos recuerdos, datos mil
veces repetidos como un eco flatulento, empeñados en lograr un record Guinness,
un significado, cuando solo somos hormigas sin derechos, efímeras en nuestras
pequeñas recreaciones de orden, incapaces de entender que no existe nada
inmortal.
Obsesionarse con algo toda la vida te convierte, al
final, en una persona desgraciada, tengas éxito o no, entiendo mi pérdida al
convertir mi potencialidad en algo tan estéril. Pero soy tan feliz en mi
escapismo, agotando cada juego, terminando su reto y buscando el siguiente. Es
tan hermoso estar concentrado en la partida, sin que nada importe a tu
alrededor… ni el trabajo, ni la soledad, ni el mañana. Me convierto en un
artista y, a pesar de mi falta de talento o la complejidad del objetivo, siempre
tengo una nueva oportunidad para intentarlo, para conseguirlo, para hacerlo
bien esta vez. Enfoco mi realidad en este mundo sin frustraciones en donde
siento, de alguna manera, que aún soy capaz de ganar.
Carmen.
Últimamente siempre estoy cachonda. Tengo treinta y uno,
quizás se trate de un reverdecimiento sexual, al menos antes, cuando tenía
pareja, no me sentía así. Supongo que he tenido mala suerte, serán tópicos,
pero lo más dulces y cariñosos son los que, en mi caso, peor me comían el coño.
Siempre besándome como si fuera de cristal, sin una pizca de pasión. Maldita
sea. Sí, es cierto, luego mis compañías fueron a peor pero, ¿qué podía hacer,
arruinarme la diversión? De acuerdo, me pase con la cocaína, salía demasiado
por la noche. Luego, cuando me detectaron las arritmias, lo dejé, y el bajón
anímico fue tan fuerte que me provocó una depresión. Y luego vinieron los
antidepresivos y los puñeteros kilos de más que no hay manera de quitarse. Pero
aun soy mona, no como antes, soy más mayor pero….bah, ¿Dónde está mi consolador?
Aquí. Bien. ¡Qué gusto! No es una polla, pero mira, ahora es lo único que
tengo, y encima con lubricante sabor naranja. Maravilloso.
Sí, todavía soy atractiva, sé cómo hacer gozar a un
hombre. Sé cómo hay que mirar, las palabras adecuadas, los gestos. Son tan
básicos los pobres. Receptiva pero sin excederse, un toque de frágil timidez,
como si necesitara ser salvada pero sin que puedan agobiarse, lo justo para que
quieran echarte un polvo y no huir a la media hora.
Necesito una imagen mental. Quizás mi vecino, el casado. Seguro
que le gusta la marcha, tiene ojos de pervertido, le he pillado mirándome el
escote más de una vez. No sé qué coño hace con esa mujer tan estirada, siempre
mirándome con desdén, como si no tuviera derecho a compartir el mismo aire que
ella. Puta.
Tampoco hay mucho donde elegir, el gordito del segundo
piso que vive con su madre es entrañable, pero excita mi libido tanto como un
osito de peluche. Peor con Carlos, tan encantador, tan bohemio, y la tiene tan
pequeña que apenas sentía nada cuando se movía. Fue todo tan decepcionante que
solo quería que se fuera de mi casa cuanto antes.
El que resulta prometedor es el tipo del cuarto, no le
suelo ver demasiado, siempre llega de madrugada. Es feo, para qué engañarnos,
pero me da morbo. Quizás sea por su pinta de intelectual, siempre ensimismado,
pero a su vez con ese desaliño sórdido, como de estar de vueltas de todo, como
si estuviera por encima de todas las cuestiones importantes. Y esa música que
pone de madrugada. En las juntas de vecinos todo el mundo se queja, pero al
final nadie se atreve a decirle nada directamente.
Me humedece pensar en él. Estoy a punto de correrme pero
quiero alargarlo. Dejo el consolador anal y me paso un dedo entre los labios,
abriéndome un poco. Primero un dedo, luego dos. Me gusta rozarme el clítoris suavemente
y luego con fuerza. Ojala tuviera una mujer entre mis piernas comiéndome el
coño de nuevo. Estoy desaprovechada, ¿Qué estoy haciendo con mi vida? Haciendo
un curso tras otro, sin razón de ser. Podría irme a Chile, estar aquí es
deprimente, España es una tierra sin oportunidades. Joder, que polvo más triste,
envidio a los hombres, una falda airada por el viento, un video de golfas, y ya
les tienes salivando, con la polla enhiesta como monos en el zoo, incapaces de
pensar en nada más. Desconectados de la realidad. Yo soy incapaz de dejar de
pensar en otras cosas, ni siquiera cuando me duele al meterme tres dedos de
golpe.
Me concentro en tu
polla, me la imagino enorme, venosa, hinchada, caliente, roja, ligeramente
ladeada a un lado, vibrando por la excitación, con unos enormes cojones a
juego. Me imagino metiéndomela en la boca para ensalivarla, esforzándome por
encharcar esa inmensa masa de carne. Recreo como me pones de espaldas contra la
pared, me apartas las bragas y me la metes sin compasión. Sí, como animales,
necesito un animal dentro de mí, necesito pasión, palabras sucias follándose mi
cerebro, tus dedos en mi boca mientras con la otra mano me aprietas las tetas
hasta hacerme daño. Necesito que me llames puta porque no puedes evitar correrte,
necesito sentir que quieres echarme otro polvo después, que me utilizas, que te
mutilas dentro de mí y que, justo cuando me corro, sabes regresar con los
pedazos mezclados de mi alma y mentirme diciéndome que me amas.
Me
decía un amigo, de esos imaginarios que tengo, o que todos tenemos pero nadie
reconoce, que ninguna persona que tenga una pasión y se entregue a ella puede
estar realmente perdido en la vida. También me dice que no es bueno que piense
en ella cada vez que las cosas no van bien, con esa esperanza inconsistente de
que a su lado hubiera sido diferente. Mientras escucho la banda sonora de A
Clockwork Orange me vienen a la mente dos imágenes muy distintas: Gene Kelly
vivaracho y feliz cantando bajo la lluvia y la de Alex dando patadas al marido
de la mujer que en breves instantes va a violar. Así es la magia de la música,
el cine, o la literatura. Por fortuna no es tan permanente con esa mujer por la
que darías tu alma, tu vida y tu futuro, todos sabemos que en algunos meses -¿años?-
solo te transmitirá indiferencia.
Porque
somos animales deficitarios…dopamina, oxitocina, testosterona o endorfinas en
general, todo es una huella química, un instinto artificial de monogamia que se
agota a los dos o tres años, lo justo para dejarla embarazada, tener el niño y
pasar a la siguiente. Somos víctimas de nuestra cultura actual. En un futuro
inmediato la ciencia producirá una píldora anticonceptiva de una sola toma al
año –también para hombres-, no habrá ETS, y aunque venderán como aspirinas la
fórmula química del amor en cualquier farmacia –y su antídoto, o su vacuna-, no
tendrá demasiado éxito porque la promiscuidad no tendrá sentido peyorativo y
solo seremos un mercado de carne, un gadget, una píldora de experiencia. No habrá
celos ni posesión. Y todo el mundo vivirá mejor, con mayor serenidad. Consumiendo,
firmando contratos de matrimonio, sin amor, para seguir produciendo para el
Padre Estado más crías. Otro pequeño negocio. El poemario “Werther es un idiota
con una pistola” dará el pistoletazo de salida para la denigración de todo ese
romanticismo vetusto, anacrónico y absurdo que nos coloniza ahora. No habrá
delitos de exhibicionismo porque la gente follará en cualquier lugar sin pudor,
con normalidad. Habrá una educación sexual libre desde niños por lo que no
habrá ninguna filia que, con el acuerdo de ambas partes, esté prohibida. Debido
a esos cambios la prostitución se legalizará, integrándose como un servicio más
en centros comerciales. Las antiguas lacras como las violaciones, violencia
doméstica, comercio sexual, todo, desaparecerá.
Y
nos mirarán desde el futuro con una mezcla entre pena y desdén pensando: “¿cómo
eran capaces de vivir de esa forma?”
Es
curioso, pero casi diría que el mito del escritor alcohólico es, en cierta
medida, necesario. Hablamos de escritores claro, no de simples coleccionistas
de modas, modismos, lugares comunes y bostezos colectivos. Hablamos de sangre, vísceras,
y esa cara que se te pone cuando un texto te coge de los testículos, aprieta y
tú pides más y más. No tengo en el bolsillo ninguna metáfora femenina. Esa
pizca de inconsciencia, barniz de locura, desasimiento de convencionalismos, de
ir al otro lado, de salvaje
egocentrismo.
Luego
llega el día siguiente y la resaca se pudre en tu cerebro como perfecta
orquestación antónima del talento. Lo has perdido, junto a todos esos millones
de neuronas y conexiones sinápticas, anegado en el rojo y frio crepúsculo del
vino. Podría decir el atardecer violeta, pero no tengo la sensibilidad de un
poeta ni suelo mirar al cielo para comprobar su color. Divago. La cuestión es
que relees el texto y no puedes acceder de nuevo a ese estado de ruptura, ni siquiera te reconoces en
esas tres o cuatro frases ingeniosas que puedes rescatar. Y te conviertes en un
bebedor noctívago. Primero porque la otra opción es Hemingway y decorar el
salón con tus sesos, y tú ni siquiera has escrito un par de buenas novelas. Y segundo
porque no te gustan los toros, ni el boxeo -a pesar de que “Toro Salvaje” te parece
una película maravillosa-, ni has ido a la guerra. Tu vida no es peligrosa. Es
anodina. Por eso coges el vino blanco e intentas encontrarte, al otro, al que
tiene talento, no este despojo sin sombra que eres ahora. Pero, ¿qué es el
talento? La capacidad de sorpresa, de crear algo diferente. Bello es su
emoción.
Aunque
realmente el talento depende del público. Si tenemos un público oligofrénico iletrado,
es fácil convencerles de una mentira. Sería sencillo sorprenderles, provocar
que se levantaran de sus asientos al leer por primera vez en una frase las
palabras “coño” y “polla” o la descripción de la violación de una shemale. Juegos
de artificio, pólvora mojada, semen en el suelo de un adicto a la pornografía.
No,
la única forma de convencer es convencerse, y para ello el escritor tiene que
ser primero lector. Si lees a los clásicos sabes perfectamente cuando estás
escribiendo mierda, el noventa por cierto de los futuros escritores caen en una
bancarrota de ánimo cuando comprueban lo que es el verdadero talento, se
sienten frustrados, ridículos cuando intentan engarzar sus diarios personales, sus
cartas de amor o desamor, sus disquisiciones existenciales. El derrotismo
anquilosa tus dedos y simplemente prefieres solo leer, hay muchos libros ahí
afuera para intentar competir.
Los
demás, siguen. Siguen porque o bien creen que tienen talento y solo necesitan
práctica –y desde luego tienen toda la vida para adquirirla-, o se consuelan
con la diversión, con la terapia, con el público indulgente –y cuando digo
público me refiero principalmente a uno mismo. A fin de cuentas ya es un
triunfo conseguir una voz propia, ser el demiurgo de tu propia mediocridad, la
literatura no es una religión monoteísta, no tienes que chupársela a Jesucristo
los domingos, tienes miles de dioses paganos en tapa blanda deseosos de que
aprendas de su legado.
Me
desvío del tema, y además en los blogs no tiene sentido hablar de esto, hay dos
o tres con ciertas ínfulas de escritor, con algún libro autoeditado pero en
general nadie tiene pretensiones, les guía la simple diversión. Supongo que
quería hablar de la capacidad de atrevernos a crear algo diferente a pesar del
entorno, a pesar de la publicidad, a pesar de la represión, de la deformidad
mental, de las etiquetas, de tanto libro de estilo que esta puta sociedad nos
dicta. Hablo de huir del maniqueísmo, de salidas demasiado obvias e inútiles
para el descontento –ejemplo sería el 15M, mucha energía depositada en la nada.
Hablo de comprender que comprarse una camisa de Che Guevara y no tener idea de
política o simplemente ir de indie porque es la moda es también artificioso, es
vivir una ilusión de opinión propia que solo implica elegir el color de tus
barrotes.
O
quizá solo quiero beber algo, poner algo de música muy muy bajita y escribir.
Pero no sé de qué. Como decía alguien “lo mejor de ir de putas es subir la
escalera, a partir de ahí todo va a peor” Todo
es un enorme tópico. Por eso lo mejor es la heterodoxia, los viajes en el
tiempo para pedir a tus padres que aborten o utilicen condón, esa pizca de
honestidad que consigues en soledad, porque ya está todo escrito, es una
realidad, y seguramente mejor de lo que tú llegarás a hacerlo nunca. Ya se ha
hablado de lo fea que es la realidad aunque solo sea ficción, de lo bella que
parece la vida entre los muslos de una mujer, del enamorado que disfruta
imaginándote desnuda con los ojos cerrados y por eso siempre está tropezando,
de mails sin respuesta contándote como echo de menos reírme contigo durante lo
que parecía una breve eternidad, de acostarme con el gas abierto, de fingir que
no he cambiado a peor mientras solo me sostiene tu sonrisa al leerme, etcétera.
Sobre todo se ha hablado excesivamente de los etcéteras.
Pero
a pesar de esa mirada displicente del segundo párrafo que nos reserva el futuro,
escribir nunca tendría sentido si no soñase con Irene…Irene Adler.
No me ha tocado la lotería, es normal, nunca juego. La
gente exuda felicidad en mi televisor. Aunque siempre he pensado que la
felicidad real es ser capaz de mirar la misma baldosa durante horas, un estado
mental parecido a un zombi después de eyacular.
Tengo tortícolis, podría insinuar que es debido a grandes
proezas sexuales, pero hace tiempo que solo penetro el hueco de mi mano. Se ha
estropeado mi PlayStation 3 y el calentador de gas el mismo día, no hace falta atar a la rata o pensar que La ruta nos aportó otro paso naturalpara darse cuenta del karma palindrómico que auspicia estas
dos tragedias.
Un día de luto: Lucia Etxebarria nos deja. No se muere,
simplemente deja de escribir. Me encantaban sus historias de lesbianitas
drogadictas, pobre generación perdida que tiene que reivindicar a las mujeres
sexualmente activas. También me gustó mucho las edades de Lulú. Ah no, perdón,
que ese es de otra. Y mientras pasan todas estas cosas importantes recuerdo cuantas
veces me ha sorprendido el aburrimiento este año en mitad de uno de estos
libracos laureados por la crítica, y he pensado “Joder, he leído blogs que
tienen más talento en un solo post” Y es así.
Y la gente luchando por
(auto)editar sus libros, con ese éxito que se mide, según Machado, haciendo el
camino al andar y no por las pueriles matemáticas de ventas (autoengaño).Nada más lejos de lo aquí se cuenta
mis queridos contertulios, mi falta de ambición me salva de llorar por mi falta
de talento. A lo sumo, mi ambición es la imagen de tu coño –ese abismo que todo
lo resume- mientras cojo el impulso necesario para poder atravesar esta pared
de realidad y poder perderme al otro lado.
Pero bueno, a lo que íbamos: hoy quería hablar de mi
amigo Claudio. El señor Claudio nunca quiere quedar los sábados porque tiene
una cita con su ex. Una metáfora digital claro, porque Nuria, que es como se
llama la susodicha, hace dos años y medio que no tiene presencia en su vida.
¿Cuál es el misterio entonces? Nuestro querido protagonista me hizo caso. Había
conocido a Nuria en nochevieja seis meses antes. De alguna forma inexplicable habíamos
conseguido sacar su fofo cuerpo lejos de su Sancta Sanctorum, esa puta arcadia
de ludopatía, y habíamos conseguido que bebiera algo. De pronto ella
apareció. No recuerdo mucho más de esa
noche, seguramente hubo drogas y el ponche era verde por razones ajenas a los
ingredientes habituales. Y ahí teníamos el milagro ante nuestros ojos en forma de pareja disfuncional. Pero era
cuestión de tiempo. Cuando Claudio, mi querido analfabeto sentimental, se
deshizo en lágrimas confesándome que hacía un mes que no conseguía llevarla a
la cama sonaron los clarines del fin. Era normal, claro, era un despropósito de
persona, además de un simple dependiente y Nuria, esa niña pija, arquitecta ya
graduada y con dos master, clasista hasta el aborrecimiento, no podía
humedecerse al pensar en formar una familia con un mileurista con ojeras de
parado.
Naturalmente le di mi mejor consejo: GRÁBALA FOLLANDO
ahora que aun puedes. Ya está todo perdido, pero esa cinta te consolará el día
de mañana, enfócalo como esa escena de American Psyco.
Claro que podría haberle animado a hacer cambios en su
vida, un nuevo empleo de traje y corbata sería un buen comienzo. Pero quería
conservar a mi amigo tal y como era, no quería verle sometido como un puto
calzonazos.
Además yo también disponía de mi pequeña colección de ex
digitales. Claro, antes eran meras instantáneas, un polvete en la oscuridad con
sombras verdes. Pero, oh amigos, la tecnología avanza, y siempre es el sexo
quien acucia el progreso. Internet es un buen ejemplo: tanto ancho de banda,
tanta fluidez en el streaming y al final todo es gracias a esas páginas
pornográficas pidiendo números de tarjeta. Cuantas videocámaras se han comprado
con la ingenua idea femenina de inmortalizar unas vacaciones y se han
convertido en un instrumento del porno amateur.
Tengo buen material, recuerdo brevemente a mi ex
haciéndome una felación, algunas fotos, videos de Skype “Sí, tranquila, los he borrado” Siempre he dicho que los recuerdos
son el idioma de los sentimientos, ¿y qué mejor recuerdo que tu cara recorrida
por el latigazo caliente de mi semen, como una lluvia lenta e inmisericorde?
Pues eso, que después de estos argumentos Claudio, ese
gran…
Mi compañero de piso vuelve a interrumpirme por tercera vez
mientras maltrato esta página en blanco. No tengo más remedio que rebanarle el
cuello y cortar, cortar, cortar. Tengo mucho trabajo, ojala tuviera perros para
poder echar los restos. Pero no pasa nada, tengo práctica y muchas bolsas de
basura. Maldito gordo cabrón.
Su teléfono suena en una de las bolsas. Debe de ser su nueva
novia, cumple años mañana. Tendré que encargarme de ella más tarde.
Como iba diciendo le convencí para grabarla.
Fue un éxito. Naturalmente la idea era robarle la
grabación y hacer una copia sin que se percatara. Hicimos el estreno en mi casa como si fuera la
última de Tarantino.
Fue decepcionante. No sabría decir que era lo peor. Supongo
que el problema de Claudio, aparte de su enorme culo, es que sucedía todo
demasiado rápido, ¿Recordáis cuando vuestro novio perdió la virginidad con
vosotras y aquello duró unos segundos? Pues algo así. Joder, no me extraña que
la chica no lubricase, ¿para qué? Ese halo de frigidez que siempre la colapsaba
el gesto era simple ineptitud de su partenaire. Huye dulce gacela, huye…
Todo siguió su curso. Ella le abandono por otro –no se
suele abandonar por la soledad-, y él, dos años y medio después, sigue sin vida
social los sábados, sacudiéndosela como un mono del zoo viendo esos cuatro
minutos de cinta girar una y otra vez, en un bucle infinito, como el final de
Rayuela.
El caso es que me sentí algo responsable, era ya
demasiado tiempo. Fui a verle.
Rorschach: Joder, Claudio, tienes que olvidarla, tienes que romper
esa cinta, todas las copias, coño, que te pones la grabación de audio para
dormir. Tienes que parar.
Claudio: -Mutismo-
Rorschach: Es enfermizo, tiene algo de “Días Extraños” Hay que
dejar las cosas irse… Joder, ¡ni siquiera la chupaba bien!
Claudio: ¿...eso como lo sabes?
Lo había intentado.
De todas formas Claudio nunca estuvo bien. Era algo gordito
y la gente se acostumbró a meterse con él. Cada vez se fue encerrando más y más
en sí mismo. Se convirtió en un mal estudiante, tenía miedo a las mujeres,
pocos amigos. Repetía y repetía cursos. Faltaba a clase porque le daba
vergüenza ir, cuando alguien le decía algo mentía diciendo que estaba en la
universidad. Al final se sacó el bachillerato en un instituto nocturno pero,
¿Dónde volcó toda esa energía vital? En la masturbación compulsiva y los
videojuegos.
Hay personas más inteligentes que saben sublimar ese sufrimiento
adolescente de formas menos excluyentes, tardes de bibliotecas como Bukowski,
una guitarra, un grupo, los típicos intelectuales gafapasta que sueñan con
dominar el mundo, noches de alcohol donde a veces consigues aprehender algún
minuto de gloria, leve pero cálido, pero que mesura la congoja de SER. Pero él,
mediocre en todo, simplemente se encerró en casa a jugar. Un medio controlado
donde pudiera ser el héroe, el triunfador, alcanzar la perfección con cada
nuevo reto sin que la sombra del fracaso le amedrentase. Un objetivo, una
victoria. Enfocó en esa pasión toda su supervivencia, midiendo el tiempo en
juegos superados, en esa compulsiva adicción que, sin embargo, le hace feliz.
Sin preguntas, sin responsabilidad, sin sentir la decrepitud física, sin
sentirse al borde del abismo, sin dolor. Un drogadicto, un yonqui que mientras
mantenga una higiene aparente y su trabajo nadie señalará con el dedo. Ha
conseguido con esa capacidad de escapismo ser autosuficiente.
¿Quiénes somos los demás para juzgar como hay que usar la
vida? Al final los anhelos te hacen sufrir. Tampoco somos grandes ejemplos,
nuestro quietismo es estremecedor. Veo a mi alrededor gente que solo sabe
trabajar, que vive odiando su vida. No hablemos de las parejas, culmen del
maltrato psicológico. Todos sienten ese miedo agarrotándoles la existencia y se
dejan absorber por sus rutinas. Sí, claro, viven otras experiencias, se
enriquecen, se masturban en esa complacencia que es la autorrealización
personal. Pero, ¿al final les sirve de algo?
Los sueños joder, eso es lo verdaderamente importante. Me
es indiferente del tipo que sean. Pero para mí alguien perfectamente integrado
en la sociedad, con su coche, su casa, su mujer almidonada, y sus dos niños,
todo ese éxito, no me vale de nada si lo que realmente quiere hacer es…no sé,
escribir un libro, subir al Everest, ser actor porno, romper un record Guinness.
O simplemente estar solo.
Para mi subyace el mismo tipo de fracaso, porque Claudio es
una víctima de sí mismo, alguien débil. Pero los demás integrados en su
soberbia social no se dan cuenta que tampoco han luchado por su propia esencia,
por su propia integridad personal. Se dejan llevar mecidos por el canto de
sirenas de los centros comerciales a una vida sin vida.
Mierda, mierda negra que utilizo para escribir este
párrafo. Tengo mucho miedo. Miedo al horizonte. Porque las crisis existenciales
ni siquiera son una pregunta, es la muerte objetiva y real de las
oportunidades, es la perdida de la inocencia en base a la repetición de una
traición consumada, es la decrepitud que empieza con una arruga, la alopecia,
unos kilos de más, un gatillazo, con un sentimiento de estar fuera de lugar,
con un “da igual”, con una mentira el día de tu cumpleaños.
Y en esta carrera de relevos que es tu vida, tu yo más
joven te mira aborrecido mientras tu yo más viejo te insta a seguir adelante,
ya sin público en las gradas, pidiéndote con la mirada que acabes lo antes
posible con todo.
Bukowski se quejaba de la falta de sinceridad en los escritos. Supongo que al final todo el mundo cae en la trampa: quiere gustar, rebusca en sus fajos de plagios, medita la palabra, edita el párrafo y al final cuando las palmadas llegan no se queja.
Es difícil escribir algo sincero, que agrade, que estimule, que subyugue. Y menos aun con falta de práctica, sin más aliciente que golpear las teclas y ver como se van formando palabras unas tras otras. Aunque eso sea lo más importante, lo único importante.
Estaba el otro día en una tienda y se hablaba de la muerte con demasiada frialdad, somos redes sociales que cambian de estado, escogemos una buena foto, buscamos compañía en la soledad de un número que simboliza algo abstracto e irreal -¿te envidio por tus tres dígitos? Pobre, pobre estúpida…- y decidimos si algo nos gusta o no nos gusta.
No me gusta que la gente tenga patente de corso para sentirse decepcionada conmigo, como si tuviera que ser fiel a un ideal. Su ideal. Prefiero esperar su llamada, esa que nunca llega. Prefiero que no lo haga, porque cuando llega me sabe a poco. Porque tu eres poco, una nulidad, nadie compatible. Pero me gustaría pensar que si, y en tu ausencia es mucho más sencillo. Pero no es un ideal lo que he creado sin ti, te conozco demasiado bien, no puedo pedirte lo que no te concedes a ti misma. Pero si no creyera en ti ya estaría juzgado. Eres una pequeña ventanita iluminada en la madriguera de mi fría angustia. Aunque no me guste la hipérbole. No he hecho realmente feliz a nadie en toda mi vida. Sonrisas en el matadero. Luego suceden cosas a mí alrededor, en el tiempo de un cigarro la gente desvela sus anhelos. Una obsesión, obsesionada con las palabras, con sus palabras, crea más palabras, las palabras les unen. Pero solo hay sexo, sexo sin palabras, solo la base de futuras palabras tristes. Sigo cavando en mi madriguera, cada vez más hondo, cada vez más y más. Hasta que no llegan las palabras de nadie, hasta que al final no se escucha ningún sonido perturbador.
Es ese punto en el que dejas de masturbarte, pierdes el conocimiento y sueñas con una vida perfecta mientras te desangras. ¿Hacía donde van esas escaleras? Hacia arriba. Y con esa frase ya era feliz. ¿Hacia donde vas tú, puta marioneta, objeto de decoración de la naturaleza? ¿Qué eliges, hijos o madriguera?